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LA PRESA DEL MUERTO Fue después de que terminó su carrera de ingeniero cuando Rodrigo se vino a vivir a la ciudad de México. Toda su vida anterior había vivido en provincia. El campo, la naturaleza y todo lo relativo a los animales no le interesaba, por lo menos eso creía. Fue por eso que compró una casa sin jardín. La casa tenía cinco metros cuadrados de verde al frente. Eran tres de largo por dos de fondo en el lado norte, hacia el lado sur estaba el vértice del triángulo. Después del verde seguía la fachada y la casa. A Rodrigo le alcanzó el jardín para sembrar tres azaleas. También puso al frente un seto de truenos, con eso acabó el jardín. En la parte trasera de la casa había un patio, allá puso unas macetas de barro que pintó de color blanco y sembró otras tres azaleas. Fue entonces cuando empezó a extrañar el verde de su tierra tropical. A Rodrigo lo había contratado una empresa que construía fraccionamientos. Sus patrones pretendían construir casas en una superficie de más de cuatro mil hectáreas. De esa cantidad de terreno el 40% era para calles y el resto era para casas. La primera comisión que le dio el gerente de construcción a Rodrigo, fue desalojar a un grupo de paracaidistas que habían hecho sus cuartos en los alrededores del casco de una vieja hacienda llamada de “Nuestra Señora de la Merced”. En los alrededores del casco de la hacienda de la Merced estaban viviendo unas veinte familias. Las viviendas las habían hecho de lámina de cartón enchapopotada y unos cuantos palos. El único muro de piedra que tenían aquellas casuchas era el que había correspondido a los establos de la antigua finca. A los poseedores aquellos en virtud de que no tenían ningún derecho para vivir ahí, sólo les dieron unos cuantos pesos y para ayudarles la empresa les compró sus viviendas y unas cuantas vacas que pastaban en los alrededores. A Rodrigo le dio pena tener que correr a aquella gente pero entendió que era el precio del progreso. Cuando los últimos paracaidistas se fueron de los alrededores del casco de Las Mercedes, se quedó sola la vieja hacienda donde nuestro amigo acostumbraba ir a tomar un lunch. A la distancia el único ruido que se oía era el de las motocomformadoras que aplanaban el terreno y preparaban las plataformas para el sembrado de casas. Cerca del casco de la hacienda, los antiguos propietarios habían mandado construir una presa que al tiempo fue bautizada como La Presa del Muerto porque en la época de su construcción un hombre había muerto en el lugar bajo circunstancias nunca aclaradas. En los alrededores de la Presa del Muerto pastaban las vacas de los paracaidistas que se habían ido, pero no había quien las cuidara. Con frecuencia Rodrigo pensó que había que venderlas pero asuntos más importantes lo distraían de ese pendiente. Las obras fueron avanzando más rápido de lo programado y se hizo necesario mandar a cercar los terrenos de la empresa. La Presa del Muerto se quedó dentro del lindero a desarrollar y a las vacas las vendieron a los campesinos vecinos, pero como las vacas no entienden de propiedades seguían comiendo en sus pastizales hasta que los terrenos fueron cercados con alambre de púas. Las vacas se quedaron viendo crecer sus antiguos pastos pero no podían hacer nada. El alambre les impedía cruzar hacia la presa. Pasó un año y las azaleas de la casa de Rodrigo se secaron por la contaminación, en cambio en la Presa del Muerto los lirios habían invadido prácticamente todo el lago. Era importante que la presa no se secara porque un buen argumento de ventas era tener cerca de las casas un escudo de agua. A Rodrigo le encargaron que como jefe del proyecto investigara cómo detener el crecimiento de los lirios acuáticos que estaban azolvando la presa. Se contrataron técnicos y biólogos pero nada podía detener aquella plaga. Un domingo Rodrigo llevó a su esposa e hijos a la zona de obras. Le gustaba ir de vez en cuando, había encontrado que caminar por el campo lo relajaba y ponía de buen humor. Llegó hasta el antiguo casco de La Merced y vio que las vacas se le quedaban viendo a sus antiguos pastizales, por eso explicaría más tarde, fue a la cerca y cortó un tramo de alambre para que las vacas pasaran a pastar cerca del agua. Las vacas aquellas se fueron acercando a la orilla de la presa y se empezaron a comer el retoño de los lirios que tenían a su alcance. Sin querer la empresa había destruido el equilibrio ecológico que había entre las vacas, los lirios y la presa cuando cercaron el terreno. Rodrigo siguió trabajando un tiempo hasta terminar el primer sembrado de casas, después se regresó a su tierra. No le gustó la ciudad, contaba cuando con los amigos tomaba el café frente al jardín del pueblo. Octubre de 1990.
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