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Ardilla de Níquel
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Ardilla de Níquel

Níquel suspiró, perezoso. Estaba acomodado sobre una silla del jardín, haciendo su media siesta de energía solar. El ciclo empezaba con el sol calentándole el cuerpo, cerraba los ojos y tenía un sueño de imágenes furtivas, soltaba un ronquido que lo despertaba y volvía a comenzar. Así pasaba el tiempo, medido en unidades pequeñas e inexactas.
La Culebra abandonó su castillo de piedras y cascotes para explorar un poco sus dominios. Sobre el césped, era verde brillante contra verde brillante, un lento río de llanura que creaba sus meandros a medida que avanzaba. Algunos insectos zumbaban de aquí para allá atareados en sus asuntos.
—Clap —A sus espaldas, en un espacio entre el ronquido y el derrumbe de los párpados, Níquel oyó la puerta mosquitero golpeando contra el marco. Se relamió interiormente, seguro que le traían un vaso de cerveza helada. Una imagen, con la humedad fresca del cristal, le acarició el borde de la conciencia. Una Cerveza Dorada, con dos dedos de espuma, no más, tampoco menos. Otro pantallazo mental y la bebida corrió por su garganta, el primer impacto frío en su estómago, ese sabor levemente amargo en el fondo de la lengua. Acababa de despertar su sed, una sed vieja y golosa. No era una sed nueva, joven y ávida de cualquier líquido, de esas que tienen los niños y los hombres que no han vivido. Esta sed era una antigua compañera, selectiva y hasta refinada, casi pretenciosa en su búsqueda.
Níquel no escuchó los pasos menudos mientras Sed aplaudía de puro gozo anticipado. Culebra levantó levemente la cabeza triangular, apenas interesada en lo que pasaba continuó su recorrido fluvial. Uno de los insectos, descubriendo súbitamente el Secreto de la Felicidad Eterna, se elevó haciendo eses cada vez más amplias y cruzó el cerco de ligustro hacia el Paraíso, en apariencia situado en el naranjo del vecino.
Ardilla se paró a su lado, Níquel, sorprendido, comprobó que no traía vaso alguno. Sed, refunfuñando, se retrajo en una protesta que terminó en un hondo suspiro.
-¿Dónde está mi cerveza? -Preguntó plañidero, Níquel-, siempre me traes una o dos, a esta hora (que es la mejor porque el sol quema y entonces se nota la diferencia) le sopló Sed, todavía ofendida por la falta de consideración.
-Me voy, Ardilla retorcía una de sus trenzas rojizas, como sus pecas. Ante tal declaración, Níquel se incorporó, casi.
-Bueno pero antes de salir, ¿me podrías acercar una cerveza bien fría? Y otra cuando vuelvas, si no es molestia. A propósito, ¿a dónde vas?
Ardilla se miró los pies diminutos, de niña. El dedo gordo apenas parecía gordo y era bastante más chico que el pulgar de Níquel. Un gordito adorable con el que ambos solían jugar. Buscó las palabras que se estaban escapando para cualquier lado menos para su boca.
-No vuelvo, me voy para siempre. Enrojeció, como ella acostumbraba a hacerlo, las pecas se ponían rojas y el resto permanecía igual. Miríadas de pecas, constelaciones de pecas que no se detenían ni en el borde de sus ojos marrones, tenía motas rojas en el iris. Siempre se las contaba y Níquel la ayudaba con las que ella no alcanzaba a ver.
-¿Cómo que Para Siempre? ¿Hasta qué hora es Para Siempre? ¿Dónde queda Para Siempre? Sed fue destinada de inmediato a la carpeta de asuntos pendientes. Níquel parpadeó, sacándole fotografías con cada golpe de sus pestañas. Se alarmó, Ardilla se había puesto el vestido de los DOMINGOS. El que tenía puntillas y volados sobre un fondo de margaritas. Ese sin mangas que mostraba los brazos desde los hombros. Culebra volvió rápido a su castillo, olía tormenta aunque el cielo estaba limpio. Los insectos restantes decidieron seguir a su compañero iluminado para adorarlo y se fueron en su busca.
-Para Siempre, queda muy lejos y se lo encuentra a toda hora —Explicó Ardilla. -Quiere decir que no nos vamos a ver nunca más, que ya no vamos a jugar con el dedo gordo y que no vamos a recontar las pecas. Quiere decir, también que "vamos a..." ya no habla de nosotros dos, que si hay otros "vamos a..." es Ardilla con..., por un lado y Níquel con.... por otro. Frunció los labios, no quería llorar porque cuando lloraba Níquel la llevaba en brazos por todo el jardín diciéndole al oído -Vamos mi chiquita, ¿que te pasa?- Mientras caminaba como un oso, le besaba el pelo, la punta de la nariz. Y ella no quería que usara otra vez la palabra "vamos" para ellos dos y además porque le gustaba mucho recostarse en su pecho para escuchar sus palabras viniendo desde adentro, sin esperar que salieran por la boca (a veces lloraba un poco de más para seguir escuchando) y porque no quería que le besara mas el pelo y la punta de la nariz y no quería acordarse de las cosas que le gustaban cuando estaban juntos y, y, y...
Níquel tabaleó con los dedos en su rodilla, dos veces.
-A ver si entendí, ¿me estás diciendo que te vas Para Siempre? ¿Que conté las pecas para nada? ¿Que te compré ese vestido de los DOMINGOS con puntillas y volados para ver como te lo ponías después de bañarte para nada? Ah, no, así no vale -Estaba preocupado, se rascó la cara donde después de afeitarse, quedaba un campo azulado, donde Ardilla lo besaba al despertarse y le picaba, a ella, en los labios-. Si te vas Para Siempre, siguió hablando, ¿cómo voy a hacer? Para despertarme mañana, digo. O ¿para qué? ¿Para qué sirve tener ganas de despertarse mañana, si no vas a estar? Peor, ¿para qué sirve Mañana, si no vas a estar?
Angustia despertó de su letargo, nunca estaba lejos, nunca lo suficiente. Se arrastró por las piernas de Níquel y le hizo cosquillas en la ingle, había esperado largo tiempo a que Ardilla dejara de ocuparse de eso. Ahora tenía hambre, quería comer como comen las Angustias, de a poco, sin pausa, sin saciedad, digiriendo con morosidad cada bocado de carne (su único alimento), antes de morder otra vez. Una Angustia que se precie, jamás se atraganta ni se atora ni desprecia un almuerzo ni se apura en terminar. Tienen un solo enemigo, otra Angustia, en caso de encontrarse luchan despiadadamente. La manera de enfrentarse es siempre la misma, cada una trata de ganar el mayor espacio posible y de arrinconar a la otra en un lugar mínimo, con alimento apenas suficiente para mantenerse con vida. Su código les impide matarse entre sí, a veces se aparean mientras combaten, no tienen principios.
Ardilla suspiró, era la parte más difícil. Cuando uno dice cosas que rompen otras cosas que ya no se pueden arreglar, como hacía Níquel cuando desarmaba la canilla del patio porque tenía una parte que estaba ROTA por adentro.
-Hmm, esto está terminado, me voy a ir por el camino ahora o dentro de un rato.- Dijo "Hmm" porque si empezaba a hablar con "esto está terminado", iba a soltar tanto aire de golpe que iba a parecer un grito y no quería gritarle a Níquel, con "Hmm" bajó el tono justo a tiempo. Se retorció la otra trenza, justo en ese momento recordó que se las hacía y deshacía Níquel. Su Propia Angustia, se desperezó, le lamió el Dedo Gordo (ahora deshabitado) y trepó. Trepó y trepó, copiándose de la otra Angustia, quiso superarla y no se detuvo demasiado en la ingle, se deslizó en su vientre arrastrando cualquier recuerdo de Níquel que pudiera esconderse por allí. No había mucho lugar así que los recuerdos estaban todos apiñados, listos para resistir. Una masa compacta, valiente, memoriosa. Angustia los arrastró con facilidad y los tomó prisioneros, si hubiera sido menos experimentada los habría matado. Ebria de triunfo cruzó por el ombligo diminuto, mordisqueándolo apenas siguió hacia arriba, se paseó de un pecho a otro, endureciéndolos y comparando la turgencia de uno y otro. -Me voy, Níquel, ahora o dentro de un rato, repitió para poder creerlo y tener fuerza y voluntad y ánimo.
Níquel la miró Fijo. Cuando Níquel mira Fijo, mira Fijo. Un segundo o dos, un minuto, cien años. No importa cuanto dura, mira Fijo porque piensa cosas Terribles, todo el tiempo que sea necesario. A Ardilla nunca la había mirado Fijo porque las cosas Terribles nunca estaban cerca de ella. La Angustia de Níquel le mordió la garganta con delicadeza para que no tragara ni carraspeara y ella tuviera que volver a acomodarse.
-De acuerdo -habló después de un minuto de trescientos segundos-. Mejor dicho, en desacuerdo, pero ya no importa, me parece. Te llevo hasta la puerta, ¿puedo? -Antes que Ardilla dijera que no o que sí, ni ella lo sabía, Níquel la llevaba en brazos diciéndole al oído -Vamos mi chiquita- Eran los últimos "vamos" que habría entre ambos.
Ardilla se recostó en su pecho para escuchar sus palabras viniendo desde adentro, sin esperar que salieran por la boca (llorando un poco de más para seguir escuchando), mientras Níquel caminaba como un oso y le besaba el pelo, la punta de la nariz.
-Adiós, entonces -Dijo Níquel-, poniéndola en el suelo y balanceándose hacia adelante y hacia atrás.
-Adiós. Dijo Ardilla y salió al camino dando un portazo.
-¡Ese camino no va a ninguna parte! Alcanzó a gritar Níquel sobre el cerco de ligustro. Ardilla no le contestó ni se dio vuelta para saludar, las trenzas se balanceaban acariciándole la espalda, los brazos parecían nadar, los talones levantaban nubecitas de polvo gris, el Dedo Gordo hacía de explorador, avanzando, avanzando.

Níquel estiró el cuello hasta que el reflejo dorado de las trenzas se perdió atrás de la siguiente loma. Cuando se cansó de mirar el aire, se dio media vuelta para buscar esa cerveza. Angustia, hablando con la boca llena, cuchicheaba con Sed, que se reía.

Kalessin
Buenos Aires, febrero de 2002
kalessin1111@hotmail.com


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