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EL
MAGO DE MESOPOTAMIA
Descubriendo el Último Misterio
†
Abel Carvajal
2000
©Abel
Carvajal. Derechos de autor reservados.
Edición en
español para distribución gratuita. Se autoriza su copia, impresión y reenvío
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A mi
Sulamita
"La que vale es la última
vida"
Mahoma
Felipe se
encontró con Natanael y le dijo: "Hemos hallado a aquel de quien escribieron
Moisés en la Ley y también los profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret."
Natanael
le replicó: "Pero ¿qué cosa buena puede salir de Nazaret?" Felipe le contestó:
"Ven y lo verás."
Cuando
Natanael llegaba donde Jesús, éste dijo de él: "Ahí viene un verdadero israelita
de corazón sencillo." Natanael le preguntó: "¿De cuándo acá me conoces?" Jesús
le respondió: "Antes que Felipe te hablara, cuando estabas bajo la higuera, ahí
te conocí."
Natanael exclamó: "Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú
eres el Rey de Israel!" Jesús le dijo: "Tu crees porque te he dicho: Te vi bajo
la higuera. Verás cosas mayores que éstas." Juan 1, 45-50
I
Muchas cosas han pasado desde que salí de Roma hace más de tres inviernos, en el
año 14 del reinado de "El Dácico"*, mi magnánimo tío con quien no se aún si
tengo la fortuna o desventura de compartir el nombre, como tu bien sabes
apreciado Fabio.
Te
sorprenderá la extensión de este escrito así como el apenas legible pergamino
que lo acompaña, que por la Gracia Divina no fue totalmente consumido por el
fuego. Los que deposito bajo tu custodia hasta mi llegada a Lugdunum**, si es
que el mensajero logró cumplir cabalmente su misión. En caso contrario solicito,
en nombre del único y verdadero Dios, a quien en sus manos posea estos rollos su
protección y difusión de lo que en ellos encontrará, asegurando su conservación
de generación en generación para que en tiempos futuros los hombres conozcan la
Verdad. Igual pedido te hago excelente Fabio, en nombre de nuestra antigua
amistad, si después de un tiempo prudente no vuelves a tener noticias mías.
Confiando pues en los designios de Dios, he decidido componer para ti y para
todos aquellos que quieran conocer la Verdad, un relato ordenado de todo lo
importante que me sucedió en estos tres años y que cambió mi vida para siempre.
El
Trajano que te escribe no es el mismo con quien compartiste la mesa en aquella
magnífica fiesta con la que me honraste en tu espléndida casa en Lugdunum.
Tampoco es el mismo que luchó a tu lado en las guerras por la Dacia, y menos
aún, el muchacho orgulloso de su pasado turdetano junto al que creciste jugando
en los alrededores de nuestra Itálica. Recuerdos que todavía guardo en mi
corazón.
Así es, yo Marco Trajano, quien no cabía de gozo y vanidad cuando mi célebre tío
se vistió de púrpura, quien blandía con excesivo donaire el Sello Imperial
cuando se me encomendó la supervisión de la construcción de la vía entre
Benavento con Brindisi, y no supe elegir entre apaciguar mi ira a empuñar la
espada ante las ofensas de algunos desdichados; confieso con la humildad que
sólo da un espíritu arrepentido, que estaba equivocado y demasiadas veces actué
mal. Hoy, cuando he visto pasar casi cuarenta primaveras, puedo decir que soy
otro hombre, gracias a que otros me mostraron el Camino a la Verdad y a la Vida,
la Verdadera Vida.
Como recordarás cuando te visité en Lugdunum, ya hacía un largo tiempo me había
retirado de la vida militar en pos de colaborarle al César en la administración
del Imperio. Contaba con una modesta pero suficiente fortuna producto de los
botines que me correspondieron como Capitán de Legión en las guerras por la
Dacia, que bien sabes no escasearon. Además de las recompensas que eventualmente
recibí de mi generoso tío por lo que él consideraba un buen desempeño en mis
funciones administrativas, tal y como lo hacía con los demás que le servían
lealmente. Es así que quise imitarte, comprando una hacienda no muy lejos de
Roma adonde pudiera retirarme de la vida pública, dedicarme al estudio de la
Filosofía, tal vez casarme y construir una familia. Aunque todavía no conocía a
ninguna mujer, hija de algún patricio o al menos ciudadana romana, que cumpliera
los requisitos que exigía para tal fin. ¡Cuán equivocado estaba!
Recién me había instalado en la casa de mi hacienda junto con mi leal esclavo
egipcio, que antes había servido a Domiciano, después a Nerva y luego a mi tío,
quien me lo obsequió un día sin más razón que "llévatelo, ya merece descanso en
manos de un amo que no tenga mujer que lo azote." Además de Ahmés, que así se
llamaba el viejo esclavo que conoció los secretos más íntimos de tres césares y
de cuyo nombre se ufanaba que perteneció a un antiguo general tebano que expulsó
a los hicsos de su milenario país, llevé conmigo a la bella esclava judía que
dos años atrás había rescatado en el puerto de Ancona de las manos de un
inescrupuloso mercader sirio. Cuando una lluviosa mañana llegó hasta mi puerta
un mensajero de César Augusto Trajano "El Dácico".
Pese a que no estuvo muy de acuerdo cuando decidí renunciar a mi cargo, el
Dácico comprendió y aceptó. Ahora en su carta, sin ninguna explicación, me pedía
regresar al Palacio.
Sulamita, mi joven esclava, me puso la capa con la suavidad que la caracterizaba
en su trato. Al mirarla ella leyó en mis ojos la preocupación de que se
frustraran los planes de llevar una vida alejada de la política. "Confía en la
voluntad de Dios, Él te dará lo mejor," me susurró.
"¿Acaso lo mejor que te pudo dar tu dios fue hacerte esclava?" Le repliqué. Bajó
su cabeza. Arrepentido por la crudeza de mis palabras, agregué: "Está bien,
pídele a tu dios judío que me acompañe." Sus ojos negros brillaron de nuevo.
Siempre había sido un escéptico en cuestiones religiosas, así se tratasen de los
dioses del Olimpo, de los dioses con cuerpos humanos y cabezas animales que
adoraba Ahmés, o del tal Yavé, el Dios sin rostro ni cuerpo que pregonaba el
pueblo al que pertenecía Sulamita. Mi educación filosófica sumada a la
observación del mundo y de los hombres, me hacía difícil creer en uno o varios
seres superiores al ser humano. Dioses en contra de toda lógica o razón, que
consideraba más como productos de la necesidad del Hombre de responsabilizar de
los actos humanos a actores invisibles supramundanos y del no aceptar que la
vida simplemente termina con la muerte, engañándose con la ilusión de una
supuesta vida en el más allá.
No
obstante existían muchos interrogantes sobre la condición humana, sobre la vida
y sobre la muerte, a los que no encontraba respuestas satisfactorias. Por lo que
leía y escuchaba con atención desapasionada toda filosofía y religión nueva que
estuviera a mi alcance, sin excluir temas oscuros como la magia y la hechicería,
logrando sólo aumentar más las dudas al respecto. Hasta tal punto que llegué a
una conclusión: O caía en un mar de confusiones que podrían llevarme al borde de
la locura, o, abandonaba toda búsqueda de respuestas y me refugiaba en la
seguridad de mi escepticismo. Opté por la sana e indiferente incredulidad.
Cuando me llegara la muerte encontraría las respuestas, si es que existía
alguna.
Pero sería injusto sino reconociera que durante todos aquellos años de búsqueda
de la Verdad aprendí de filósofos, sacerdotes, magos y ascetas, así como de
algunas religiones, valiosa sabiduría. La que me permitió extractar muchas cosas
ciertas, que encontraba en común, entre las diversas creencias y pensamientos.
Empecé a dilucidar que la verdadera magia, la verdadera Fe, es la "de adentro
hacia afuera", como la llamé. Es ésta la que logra el cambio interior, del ser,
la que alcanza la libertad del espíritu, a través del reconocer y aceptar el
destino, el sino del hombre, cumpliendo a cabalidad su misión. Fortaleciendo el
espíritu con el manejo de la energía interna, multiplicándola en vez de
derrocharla en los asuntos que se originan en la vanidad, emociones dañinas, que
son los verdaderos demonios: La envidia, los celos, la ira, el egoísmo, el
engaño, la codicia, el odio y la venganza.
Descubrí también, que las mujeres y los hombres somos infelices porque andamos
por la vida cargados de apegos y de rutinas. Somos ciegos, no vemos lo que hay
que ver ni sentimos lo que hay que sentir, cuando el mundo nos ofrece sus
bellezas a diario. El secreto de la felicidad es sencillo: Hay que ver, sentir y
vivir al máximo cada día con los regalos que la Naturaleza, la Vida misma, nos
obsequia.
Y
es que conocí a hombres verdaderamente ricos, no por sus bienes materiales,
aunque algunos también los poseían en abundancia, sino ricos de espíritu,
felices, llenos de esa misteriosa energía vital. Una especie de gran fuego
interior, de energía multiplicada, que hace que todo surja como por arte de
magia, que todo salga bien, que hasta los deseos más sublimes se cumplan.
Hombres que han descubierto esa magia "de adentro hacia afuera" y viven cada día
de acuerdo al secreto de la felicidad. Hombres que traslucen su "riqueza" a
través de la paz y serenidad que irradian.
Algo que cualquiera puede alcanzar si multiplica su energía interna, alimentando
bien las llamas de ese fuego interior. Lo que me propuse y poco a poco comencé a
ganar. Siendo ésta la principal razón por la que desdeñé la promisoria carrera
política que tal vez hubiese desarrollado bajo el manto protector del César.
Decisión inaceptable para muchos.
Creo que ahora queda más claro el motivo de mi preocupación ante la inesperada
llamada del Dácico.
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(*)Marco Ulpio Trajano "El Dácico": Nacido en Itálica
(España) en el año 53 d.C. cerca de Sevilla. Emperador romano (98-117). El
primer extranjero que ascendió al trono. En el 91 fue nombrado Cónsul por
Domiciano y en el 96 gobernador de Germania Superior; en el 97 fue adoptado por
Nerva al que sustituyó a su muerte en el 98. Restituyó al Senado algunas de las
prerrogativas que le habían sido quitadas por sus antecesores. Convirtió la
Dacia en provincia romana tras dos guerras (101-102 y 105-107), por lo que ganó
el apodo de "El Dácico"; anexionó la Arabia Pétrea y tras vencer a los partos,
Mesopotamia, Asiria y Armenia. Gobernante progresista; su reinado destacó por el
saneamiento de la política administrativa imperial y por el impulso dado al
comercio y a la agricultura. Construyó numerosas obras como el gran Foro Romano;
vías como la Vía Trajana, que unía Benavento con Brindisi; puertos como Ancona y
Civitavecchia; puentes como el Alcántara, sobre el Tajo; y monumentos como la
"columna" que lleva su nombre. Consideró a los cristianos fuera de la ley pero
no los persiguió obsesivamente. En su época se desarrollaron notablemente la
literatura y el arte. Murió en el 117.
(**)Lugdunum: nombre latino de Lyon (Francia).
II
Para muchos debido a su origen provinciano, pero yo que le conocía bien, sabía
que la sencillez del Dácico iba acorde con su práctico estilo de vida, la que
ahora se reflejaba en el palacio de los césares. Sencillez que entraba en
contradicción con su vanidad. Ambas, virtud y defecto, han sido marca de
familia.
"Veo que te ha sentado bien la vida en el campo," fue su saludo.
"Así es loado César." Sólo en las reuniones familiares lo trataba de tío y ésta
no lo era a juzgar por la presencia de sus consejeros.
Después de preguntarme por mis negocios y comentarme asuntos triviales de
Estado, de los que por mi cargo anterior tenía conocimiento, hizo una pausa y
miró a uno de sus consejeros. Éste le pasó una carta. Dejando de pasearse por el
salón se sentó en su silla mientras la desenrolló con lentitud mirándome en
silencio con cierta picardía.
"Escucha con atención," dijo finalmente antes de iniciar la lectura de un breve
párrafo que, intuí de inmediato, truncaría mi plan de retiro:
"El contagio de la superstición cristiana* no se limita ya a las ciudades sino
que se ha propagado a los pueblos y campos, y se ha apoderado de personas de
toda edad, sexo y condición. Nuestros templos están casi desiertos y
despreciadas las ceremonias." Enrollando de nuevo la carta habló con tono serio:
"Nuestro procónsul en Bitinia** está muy alarmado por la proliferación de esta
secta judía en el Imperio..."
"Conque Plinio el Joven es el autor de esa carta," pensé con molestia, pues
recordaba esa chocante actitud adulatoria que era una constante en él, al menos
mientras vivió en Roma antes de ser nombrado procónsul. A lo mejor, el astuto
Dácico cansado de su presencia le encargó el gobierno de esa alejada provincia.
"No veo por
qué tanta prevención contra los cristianos, es sólo una secta más de judíos, y
el Imperio ha sido tolerante con todas las religiones de los pueblos donde ha
llegado con la 'pax romana'. Nada más aquí en Roma hay un templo a Amón, dios de
los egipcios, cosa que creo no molesta a Júpiter; por no mencionar las orgías,
que interrumpen la tranquilidad de la ciudad, organizadas por los seguidores de
Baco." Me atreví a refutar.
"En el fondo estoy de acuerdo contigo. Además, políticamente es beneficioso
tolerar las diversas religiones, teniendo en cuenta el considerable poder e
influencia que ejercen los sacerdotes de casi todas éstas sobre los fieles, que
son la mayoría de los habitantes del Imperio. Pero a mis consejeros, como a
Plinio, les preocupa la prédica poco conveniente para Roma de los seguidores de
aquel galileo que el procurador de Judea en tiempos de Tiberio tuvo que
ajusticiar." Dijo en tono menos formal.
"Si me
permites señor, quisiera agregar algo." Murmuró uno de sus consejeros. Se
estaban demorando en meter sus narices, o mejor, sus lenguas.
No
tengo nada en contra de que un gobernante cuente con otros a su alrededor que lo
aconsejen, de hecho lo considero sabio, pero siempre y cuando éstos obren de
manera imparcial, objetiva y superponiendo los intereses del pueblo a los
propios, incluso por encima de los intereses del gobernante mismo. Tal vez una
utopía. Pero los allí presente, los conocía, eran unos codiciosos que no
vacilaban en servir primero a sus bolsas y a la de otros patricios que al pueblo
romano.
El
consejero continuó con la venia del César: "La preocupación por los cristianos
no es tan infundada, capitán Trajano." Pronunció con prepotencia mi antiguo
rango militar, queriendo recordarme que un legionario no discute con el César.
"Ellos, apoyados en un supuesto amor al prójimo que incluye al enemigo mismo,
están implícitamente contra las políticas y leyes de Roma. Es así como se oponen
de manera abierta al servicio militar. Pero eso no es lo más grave. Sabes
perfectamente que en su mayoría son esclavos y pobres," sentí que su tuteo era
hipócrita, "lo que representa un peligro potencial para el Imperio." Hizo adrede
una pausa para remarcar esta última frase.
"Explíquese mejor, pues ahora tengo la inteligencia lenta de un campesino, no la
aguda mente de un consejero." Observé como mi tío esbozó una leve sonrisa, le
encantaba mi cinismo.
"¡Vaya! Nunca dejas de sorprendernos." Puso a los otros dos consejeros de su
lado. "Tu que ahora eres un hacendado, un patricio de la misma familia del
César, deberías estar consciente que una rebelión de esclavos y siervos te
afectaría notablemente, llevándote a la ruina como a los demás hacendados. ¿O
quién araría tus tierras, cuidaría tu ganado o cosecharía tus olivos? ¿Acaso tu
mismo, que ni hijos tienes?" Un golpe bajo. Me mordí la lengua. Continuó: "¿O
quién te prepararía la cena o asearía tu casa, sino contaras con tu esclavo
egipcio o... la judía? Que hasta otros favores podrá concederte." Dos golpes. El
desgraciado aún no perdonaba que me le hubiese atravesado en la subasta de
esclavos en el puerto de Ancona.
Este hombre, llamado Cornelio, era más rico, pero cuando descubrí a Sulamita en
el muelle llegué a un acuerdo secreto con el traficante sirio, quien a cambio de
una cuantiosa cantidad de plata y de un favor, que justo mi alto cargo público
podía hacerle, la retiró del registro de la subasta de esclavos y me la vendió.
Ahora me daba cuenta que tenía un enemigo más en la corte del César. Agradecí en
mi interior el vínculo sanguíneo que me unía con el hombre más poderoso del
mundo. Decidí controlarme y ver hasta dónde llegaría Cornelio, además, todavía
ignoraba de qué se trataba todo esto.
El
consejero Cornelio siguió diciendo: "¿O estarías dispuesto a pagar salarios a
los jornaleros para que trabajen tu campo, menguando tus ganancias? La alarma
del procónsul Plinio por la propagación del culto cristiano no es nueva. Ya
cincuenta años atrás Nerón les temía como insurgentes, y con razón, incendiaron
a media Roma. Domiciano tampoco estuvo tranquilo con ellos..."
No
lo soporté más. Interrumpí las sandeces que ahora vomitaba este hombre, del que
me preguntaba si no estaría pagado por los ricos sacerdotes de las otras
religiones: "¡Oh, vamos! Todos aquí sabemos que el incendio de Roma fue el
producto de una confabulación del pretor Tigelino, hombre cruel en quien Nerón
confiaba demasiado." Remarqué pausadamente esta última frase y continué: "Al que
el buen sentido del emperador Otón más tarde condenaría al suicidio. En cuanto
al temor de una rebelión fomentada por los cristianos tus mismas palabras la
descartan," le di de su misma bebida, "cuando dices que ellos se fundamentan en
el amor al prójimo incluido el enemigo. ¿Cómo una religión con una filosofía así
podría desencadenar la violencia o la rebeldía? Y en caso tal, ¿sería la primera
rebelión de esclavos que el Imperio debería sofocar? Además," me dirigí hacia
los otros consejeros, "piensen esto: Si se trata de una religión más, invento de
los hombres, no perdurará, pero si en realidad proviene de un verdadero dios
¿quién podrá impedir su propagación?"
¡Por las barbas de Neptuno! ¿De dónde había sacado aquel discurso? Sin querer
asumí el papel de defensor de los cristianos ante el César. Unos pobres
perseguidos desde la época de Nerón, que profesaban una fe que me era ajena,
pues más que una religión organizada los consideraba un grupo clandestino de
fanáticos. Aunque reconozco que me simpatizaban por alguna inexplicable razón.
Tal vez porque no se trataba de una religión impuesta por una casta dominante o
clase gobernante, sino más bien todo lo contrario, estaba naciendo una nueva
religión "de abajo hacia arriba".
"Tu locuacidad no nos abruma ni tus palabras nos convencen." Replicó Cornelio de
nuevo incluyendo a los demás. "Pareciera que tu esclava judía te está
convirtiendo a su secta."
Quedé pasmado, no se si por la falta de respeto del rencoroso consejero o porque
jamás se me ocurrió que Sulamita fuese cristiana. La ira iba apoderándose de mi
mente.
"¡Basta ya!" Intervino oportunamente el Dácico. "Me es suficiente con evitar que
este asunto de los cristianos no se convierta en un problema de Estado y tenga
que pasar al Senado, como para que dos de mis más leales y allegados hombres lo
transformen en un conflicto personal."
Reinó en la sala un silencio tenso.
"Si supiera la dulce Sulamita del viejo necio y baboso que el destino quiso
librarla," pensaba. "¿Será cierto que es cristiana? Este intrigante senil no se
atrevería a ofender a un sobrino del César así porque sí... Pero si yo la he
tratado con bondad y le he depositado mi más absoluta confianza, ¿por qué nunca
me lo confesó? ¿Acaso me teme?..." El muy maldito me había clavado la ponzoña de
la duda. Pero no caería en su juego. Me juré no indisponer mi ánimo contra la
muchacha.
El
Dácico se levantó de su silla. Con un rostro endurecido se dirigió a los tres
consejeros: "Bien, señores. Creo que estarán de acuerdo por las palabras de
Marco y por sus actuaciones anteriores al servicio de Roma, que es un hombre
objetivo y justo, aunque a veces apasionado defensor de las causas nobles. Lo
que no deja de preocuparme ya que muchas de las buenas causas son causas
perdidas." Hizo una pausa sonriendo al tiempo que se acomodaba su manto
purpúreo. Los consejeros también sonrieron excepto Cornelio. Continuó: "Así que
seguiremos con el plan." Observó con gracia mi reacción de sorpresa, la que no
pude ocultar.
Ya
intuía que algo no me gustaba de este llamado del César, menos la presencia de
sus consejeros. Era evidente que yo hacía parte del mencionado plan, del que
momentos después me enteré se oponía a mis propios planes. Mas, qué hacer, la
voluntad del César subyugaba la mía.
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(*) En Antioquía (Siria) se les dio el nombre de cristianos a
los seguidores de Jesús de Nazaret, que antes se les llamaba nazarenos y eran
considerados una secta judía.
(**)Bitinia (Bithynia): antigua región al noroeste de Asia
Menor. Hoy forma parte de Turquía
III
Tres semanas después estaba dando las instrucciones finales a mis siervos de
mayor confianza y al viejo mayordomo de la hacienda, a quien encargué de su
administración durante mi ausencia. Hombre confiable, muy conocedor de los
secretos del campo y del cultivo de olivos, recomendado por el anterior
propietario, a quien había prestado también excelentes servicios al igual que al
padre de éste.
Sentí tristeza de tener que dejar esta agradecida tierra, pese a que llevaba
poco tiempo de haberme instalado en la hacienda. Pero es que una buena finca es
como una hermosa mujer, primero nos atrae con su belleza natural, luego, si
descubrimos empatía y nos sentimos a gusto ya se hará difícil apartarnos de
ella.
Ordené a Ahmés y a Sulamita que empacaran la menor cantidad de cosas posible.
Nada más la ropa, mantas y abrigo necesario para el invierno que apenas
iniciaba, para ellos y para mí. Como legionario había aprendido que cada bulto
adicional era causa de problemas y retrasos. Lo demás que nos llegara a faltar
lo compraríamos. Llevaría suficiente oro, plata y tablas de reconocidos
cambistas. Dinero que en su mayor parte me suministró el Dácico, pues iba en
misión oficial con las respectivas cartas de presentación selladas por el mismo
César.
Sulamita no ocultaba su entusiasmo por el viaje, propio de su curiosidad
juvenil. No así Ahmés, quien no dejaba de rezongar por las molestias que esa
inesperada misión le ocasionaría a un viejo cansado y cojo esclavo como él,
según sus propias palabras. Aunque yo tenía presente su cojera, consecuencia de
la salvaje paliza que le hizo propinar una infame concubina del emperador
Domiciano, no la consideraba excusa suficiente para privarme de su útil
compañía. Creo más bien, que en el fondo él sentía miedo, pues en su ya larga
vida no había conocido mundo diferente al Egipto de su infancia y a la Roma de
su juventud y madurez. Su robusta salud era envidiable, gracias muy seguramente
a su también robusto estómago. No en balde eran famosas sus habilidades
culinarias y buen gusto gastronómico.
A
la mañana siguiente, de madrugada, partimos los tres en sendos caballos más tres
mulas que cargaban el equipaje tiradas de un peón que jineteaba una cuarta
bestia.
Grabé en mi memoria el aroma que despedía el campo a esa hora del día así como
el hermoso paisaje que pintaban los primeros rayos del sol. Me despedí de
aquella tierra, ahora mía, la primera que poseía, a la que pronto esperaba
regresar.
Ser sobrino del César no necesariamente involucra provenir de una familia rica.
Por el contrario, mis orígenes fueron más humildes de los que la gente suponía.
Mi padre había nacido como producto de un amor juvenil furtivo, de aquellos
prohibidos por las diferencias de clase, entre el padre de Marco Ulpio Trajano
"El Dácico" y una bella sierva de su familia en Itálica. Poco después, mi abuelo
contrajo nupcias con la que sería la madre del hoy César, mujer de noble corazón
quien no tuvo ningún reparo en permitir vivir en la misma casa y hasta colaborar
en la crianza del hijo bastardo, luego de la temprana muerte de aquella sierva,
mi abuela. Creciendo los dos niños como hermanos. Mi padre creció y pronto se
casó, me engendró, llamándome igual que a su amado hermano menor.
Cuando mi tío fue nombrado Cónsul por Domiciano, me llevó a Roma para terminar
mi educación. Luego me enroló en la Legión, pues consideró que la disciplina
militar y el adiestramiento en armas me sería útil. Alcancé el grado de Capitán.
Siendo ya el César, después de servirle en las guerras por la Dacia, me
introdujo en la política nombrándome en cargos públicos de alta responsabilidad.
Hasta que un día me cansé y, aceptando que aquella vida no era para mí,
renuncié. Recuerdo aquel día, no muy lejano, cuando el Dácico exclamó con
desconcierto: "Eres igual a tu padre, ambos carecen de ambición. La que le sobra
a mi primo Adriano... Está bien, tal vez sea lo mejor para ti. Cada hombre se
forja su destino de acuerdo al favor de los dioses. No soy quien para oponerme."
Cabalgamos sin prisa, cuidando de no agotar a los equinos y
ahorrando nuestras energías ante la larga travesía por mar que nos esperaba. Nos
dirigimos hacia el puerto de Ancona, donde nos embarcamos Sulamita, Ahmés y yo
en una nave cretense rumbo a Nicomedia, la antigua capital de la provincia de
Bitinia, ubicada sobre el estrecho que da acceso al Ponto*.
Fue una travesía agitada, el Mar Nuestro** no presagiaba una
tranquila misión.
Mientras Ahmés,
víctima del mal de tierra, cuando su indomable estómago no lo obligaba a doblar
su cuerpo por la borda, renegaba entre maldición y maldición por su suerte, yo
meditaba sobre las palabras del Dácico en una estera extendida en la cubierta
con mi cabeza recostada sobre el contorneado vientre de Sulamita.
“No quiero
tomar decisiones precipitadas respecto a los cristianos, menos cometer actos
injustos contra ellos, que de una u otra forma hacen parte del pueblo. Así que
antes, quiero saber con certeza quiénes son ellos y qué pretenden,
cuántos son y qué tanto peligro encierran sus prédicas, si son una amenaza para
el Imperio o si sus creencias son buenas para Roma.” Aquel día del llamado, el
Dácico dejaba entrever que estaba indeciso ante el “problema cristiano”, como lo
denominaba Cornelio.
“Por eso,
querido Marco, te quiero comisionar esta misión especial.” Continuó diciendo
mientras posaba su mano sobre mi hombro. “Ve a Bitinia, como mi embajador
plenipotenciario ante Plinio y los demás gobernadores, averigua todo sobre esta
secta que parece propagarse como una peste sobre nuestras provincias. Si es
necesario recorre Asia, Siria y hasta la misma Judea. Usa toda tu sagacidad y
el poder que te otorgo, investiga la verdad sobre estos cristianos y mantenme
informado, sin intermediarios, a través de cartas de tu puño y letra. No me
ocultes nada de lo que descubras o suceda...”
La brisa
marina parecía jugar con el largo cabello castaño de Sulamita, mientras ella con
sus dedos jugueteaba con el mío. Qué bien me sentía a su lado.
La imagen del
César retornó a mi mente. Ahora la escena se remonta al jardín del palacio.
Luego de dar por concluida la sesión en la sala de su despacho, me había tomado
del brazo invitándome a caminar por el jardín con la excusa de tomar un baño de
sol, dando a entender a Cornelio y a los demás consejeros que ahora debía tratar
conmigo un asunto personal.
"Marco, sé muy bien que no estás a gusto con la misión que te acabo de
encomendar, la que te apartará más tiempo del que quisieras de tu nueva vida
campirana. Pero créeme, que no sólo es porque necesito de tus objetivos e
imparciales informes sobre los cristianos sino también por nuestra
conveniencia." Susurró a mi oído mientras miraba de soslayo que nadie estuviera
lo suficientemente cerca como para escuchar lo que decía."
"Si es tu deseo, César, cumpliré con gusto la misión. Pero, ¿por qué dices que
también es por nuestra conveniencia?"
"Deja el
formalismo para las ocasiones oficiales. Ya viste la actitud de Cornelio, tu
eres tan perceptivo como yo y se que atisbas el resentimiento que tiene hacia
ti. Pues te digo que no es el único."
Obviando mi cara de sorpresa el Dácico continuó: "Estar rodeado de ratas
intrigantes es el precio del poder. La razón por la que un gobernante pierde la
tranquilidad de su sueño. Se mantienen al acecho, esperando cualquier
oportunidad para atacar en jauría, como este asunto con los cristianos. Qué
mejor daño a la imagen del César, que lleva catorce años reinando, demasiado
para algunos, que la del tirano perseguidor de una inofensiva secta religiosa
pero que goza de gran aceptación entre el pueblo raso y hasta en las mismas
filas de mi leal ejército. ¿Entiendes?"
"Sí, tío. Y también entiendo que la familia y los amigos leales al César somos
enemigos de esas ratas intrigantes."
"Exacto. Por esta razón y otras más, en las que no tengo tiempo para entrar en
detalles, deseo que te alejes de Roma y del remolino político que cada día crece
más amenazándonos, al menos hasta que el porvenir se vea más claro. Te envío a
las provincias del oriente para que cuides mi espalda, tu misión oficial como
espía entre los cristianos abarca más, descubre a mis verdaderos enemigos: los
que ostentan o ambicionan el poder. Se mis ojos y mis oídos, y manténme
informado... ¡Ah! Y no te separes de tu espada."
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(*) “Pontus Euxinus” en latín: hoy Mar Negro.
(**) “Mare Nostrum” en latín, también llamado “Mare
Internum”: hoy Mar Mediterráneo.
IV
Hicimos escala en Atenas por tres días, tiempo suficiente para conocer la cuna
de la Filosofía. Me di gusto recorriendo la ciudad de Sócrates, Platón y
Aristóteles, en compañía de Sulamita, quien con un apetito insaciable por
aprender exprimió de mi mente cuanto conocimiento recordaba sobre los antiguos
griegos. Mientras Ahmés, en las diferentes tabernas del puerto, saciaba su
apetito con los manjares de la cocina griega, pasándolos con vino al que también
le tenía afición, a veces en exceso.
Recuerdo que cuando abordamos de nuevo el barco, para continuar la travesía, el
capitán cretense me recibió malhumorado. Se quejaba de la lidia que les dio
Ahmés, unas horas antes, cuando abordó en un lamentable estado de embriaguez.
Por lo que entendí, el egipcio llegó a duras penas manteniéndose de pie,
habiendo un momento en el que el vaivén ocasionado por las fuertes olas le hizo
perder el equilibrio no encontrando donde más sujetarse que de la delicada
túnica de la amante ateniense del capitán. Una gruesa señora que salió, ante el
empujón de Ahmés, proyectada por la borda cayendo al agua... ¡desnuda!
Al
ebrio Ahmés sólo se le ocurrió gritar al ver la túnica que quedó en sus manos:
"Oye gordita, ¿dónde compraste esta tela tan fina?"
Tuve que soportar el regaño del capitán por, según él, mi exagerada
condescendencia con el esclavo al que le faltaban unos buenos latigazos que lo
disciplinaran. Para calmar su enojo, que ya estaba poniendo en peligro nuestra
tranquila travesía, me vi obligado a simular una gran turbación, cosa que no me
fue fácil ante el contagioso ataque de risa que no podía contener Sulamita.
Con el furioso capitán a mis espaldas, exigí una explicación al tambaleante
Ahmés.
"¡Por Osiris! Pero si es vaca se cayó sola, yo nada más traté de sostenerla
agarrándola por la túnica... ¿Pero qué túnica puede soportar tanta masa de
carne?"
Ante tal explicación, y anticipándome al capitán, le propiné una bofetada a mi
leal Ahmés, que lo derribó. Lo que pareció satisfacer al lobo de mar, que no
dudo, se hubiera devorado al egipcio si no lo castigo con mi propia mano, al que
agregué una enojada orden de seguir una dieta a pan y agua por tres días. Orden
que sabía no cumpliría, ya que Ahmés era quien administraba nuestras
provisiones.
Otro día, en que navegábamos por las tranquilas aguas próximas a las costas de
Asia*, una pareja de delfines saltó frente a la proa. Parándome sobre esta canté
casi gritando una antigua melodía turdetana. La que a los delfines pareció
agradarles, pues de inmediato surgieron otros cuatro delfines a babor y a
estribor. Estos seis magníficos ejemplares marinos nos obsequiaron la más
maravillosa danza acuática que mis ojos jamás hayan visto. Hasta el capitán y
los marineros estaban asombrados, algunos de los cuales llegaron a aplaudir tan
magistral espectáculo de la naturaleza.
Escuché cuando el capitán acercándose a Sulamita, le dijo: "Tu amo es un hijo de
Poseidón, mira como los príncipes del mar lo respetan."
No
le di importancia a este hecho, excepto que sí percibí a partir de aquel día un
trato más cordial por parte de la tripulación. Los hombres de mar griegos creen
en muchos agüeros y mitos, considerando a los delfines los seres más sabios del
mundo marino, los hijos del dios de los mares.
Pero ignoraba la rapidez y penetración de las voces comunicantes de los
marineros en tierra.
La
soleada mañana en que avistamos el puerto de Nicomedia, Sulamita exclamó:
"Parece una ciudad muy antigua."
"Lo es. Bitinia formó parte del imperio persa de Ciro, hace más de trescientos
años se constituyó en reino independiente, regido por una dinastía de reyes
llamados Nicomedes. Su capital: Nicomedia. Al morir el último de ellos,
Nicomedes IV "Filopátor"**, dejó su reino en herencia a Roma, sin que el rey del
Ponto, Mitrídates, pudiera evitarlo." Repuse.
“Me gustaría tener tantos conocimientos como tu." Sonrió tomándome del brazo.
"Tal vez conozca sobre los extraños, pero conozco poco sobre los que me rodean."
No pude resistir más. Desde aquel día en que Cornelio me punzó, había callado,
pese al sentimiento de amo engañado que me carcomía.
La
malicia femenina de Sulamita afloró: "¿Qué me quieres decir, amo? Desde que te
llamó el César te he notado algo extraño, distante y hasta algo desconfiado
conmigo. Soy tu fiel servidora, siempre lo he sido..." Por un instante pensé que
agregaría "y siempre lo seré hasta la muerte," o más bien eso deseé. Pero tras
una breve pausa continuó: "Si deseas preguntar algo que te inquieta o aclarar
dudas de tu corazón, hazlo mi señor, es tu derecho." Dijo esto con cierto enojo.
Vieja táctica de las mujeres: escudarse tras una supuesta ofensa ante el ataque
que ven venir.
Decidí ir directo al asunto: "¿Eres cristiana?"
-----
(*) Asia: antigua provincia romana en la costa oeste de la
actual Turquía.
(**) El rey Filopátor murió en el 74 a.C.
V
Esa noche, en la que desembarcamos en Nicomedia, mientras trataba de conciliar
el sueño en la cama de la habitación que Ahmés rentó en una taberna próxima al
puerto, pensaba en la sollozante confesión de Sulamita. Me embargaban contrarios
sentimientos: orgullo herido por el engaño y admiración por su franqueza, ira
conmigo mismo por no haberlo sospechado y envidia de ella por la certeza con la
que hablaba sobre su credo, enojo con los cristianos que la convirtieron
aprovechando quizá su ingenuidad y curiosidad por esa nueva religión que no
hacía distinciones entre el amo y el esclavo.
La
miraba una y otra vez, dormida, tendida a mi lado abrazándome, con ese delicado
rostro de una belleza exótica y esa suave piel cetrina que reflejaba los rayos
de luna que se filtraban por entre las celosías de la ventana. La ternura que
emanaba apaciguaba mi confundido corazón. Cómo castigar, siquiera reprender, a
un ser así. No podía.
Recordé las palabras de Diana, mi última amante: "Dicen que el amor es sincero y
transparente, mas ni la inmortalidad es suficiente para conocer los capítulos
oscuros de un compañero."
¿Sulamita,
por qué has llegado hasta mí como esclava y no como princesa? Quería preguntarle
como si ella fuera la responsable de mi vida, o más sinceramente, de mis
prejuicios. Esta joven de Palestina tenía todo lo que siempre había anhelado de
una esposa, excepto que era una esclava y no la hija de un noble, una mujer
digna de mi rango.
Sonreí. Volvía a mi mente la imagen de la escena en el barco, cuando ella entre
lágrimas y explicaciones me pedía perdón. Ahmés, quien había escuchado todo
exclamaba: "¡Ves amo, lo que pasa con la mujeres cuando se les brinda confianza!
A una mujer no se le habla con la boca sino con la mano, pero con una mano que
sostenga un látigo o un palo. Por Amón que todas las mujeres son poseídas por
demonios con el fin de amargarnos la vida a los hombres." Cuando le espeté con
mis ojos agregó: "Bueno, casi todas... Sólo Isis, mi santa madre y la tuya,
generoso amo, han sido dignas de idolatría." Ante mi gélida mirada y contundente
silencio, Ahmés fingió toser y se marchó justificándose: "Iré a disponer nuestro
equipaje para el desembarco."
Sulamita me confesó ser cristiana desde mucho antes que unos traficantes sirios
la rescataran agonizante en el desierto, después de que la caravana de su
familia que se dirigía a Damasco fuera asaltada y aniquilada. Así, luego de
comprarla en Ancona a uno de ellos, ella se puso en contacto con la comunidad
cristiana de Roma, con quienes continuó sus prácticas religiosas, algunas de
cuyas reuniones se realizaban todavía en las catacumbas.
Yo
estuve entonces equivocado, ella no era judía, su familia provenía de una región
llamada Samaria, al norte de Judea. Su abuela, según me dijo, había conocido a
Jesús de Nazaret un día que ella fue a recoger agua al pozo de su tribu y Él le
pidió de beber. El Galileo fue cuestionado por los suyos, en especial por la
clase sacerdotal judía, por mezclarse con estos samaritanos y otros pueblos.
Sulamita se encontraba plena en Roma, entre la comunidad fundada por Pedro,
discípulo elegido por Jesús de entre los llamados doce apóstoles, el que murió
también crucificado pero de cabeza por respeto a su Maestro. En la capital del
Imperio también pereció un tarsiota llamado Pablo, un ciudadano romano que
perdió su cabeza por expandir esta nueva religión, como muchos otros.
Estoy seguro que Ahmés sí estaba enterado de la religión de Sulamita.
Conociéndolo, debió seguirla en más de una ocasión a sus reuniones secretas, a
las que supongo ella se escapaba cuando yo me ausentaba. Pero decidí dejar el
asunto en este punto. Además, tal vez pudiera utilizar el conocimiento de
Sulamita sobre los cristianos para cumplir parte de mi misión, de la que
obviamente no sabían ellos dos.
A
la mañana siguiente tenía planeado presentarme ante Plinio el Joven, el que
suponía ya debía estar al tanto de mi arribo a su provincia.
El
Procónsul me recibió tal y como lo esperaba, con ceremoniosa lisonja. El curso
de los años no lo habían cambiado en nada. Hay hombres que parecen pasar por la
vida sin que ésta pase por ellos, Plino era uno de ellos. Considero al mundo una
academia adonde venimos a aprender la más grande de las filosofías: la de la
vida; pero algunos parecen aprender muy poco, o peor aún, ni siquiera saben que
deben aprender.
"Bienvenido a mi humilde casa, Marco Trajano, sobrino del César y según dicen
hijo del dios griego Poseidón." Era evidente que quería demostrarme su control
absoluto sobre Bitinia, que se mantenía informado de cuanto forastero transitaba
por su provincia y que ningún detalle escapaba a su oído.
Intercambiamos las palabras de rigor, respondí a sus preguntas que trataban
poner de manifiesto un interés por la salud del Dácico, las últimas actuaciones
del Senado y sobre asuntos políticos en Roma. Cuestiones todas, que estoy
seguro, él ya conocía a la perfección. Ni se mostró sorprendido cuando le
entregué la carta del César en la que le anunciaba y le pedía su colaboración
para el cumplimiento de mi misión.
"Es un honor para este humilde servidor que nuestro amado César le conceda tanta
importancia a mi advertencia sobre la amenaza cristiana enviando a uno de sus
más leales capitanes, de sangre noble." Dijo al terminar de leerla. Pareciera
que utilizara el calificativo de humilde para todo lo que tuviera que ver con
él.
"Ya no soy capitán, respetado Plinio, me retiré de la Legión hace varios años
para servir a Roma en la administración pública." Sabía muy bien que él estaba
enterado, pero decidí seguir su juego.
Plino el Joven, aunque famoso hombre de letras, no me inspiró simpatía, lo que
me hacía desconfiar de él. No obstante sus actuaciones habían demostrado lealtad
al César. Detrás del adulador nunca hay un amigo, hay un interesado, un inseguro
o un cobarde que no siempre es enemigo.
No
pude negarme ante su insistencia de acomodarme en una de las habitaciones de su
palacio. A él le convenía, me mantendría así más estrechamente vigilado y
tendría más oportunidad de congraciarse conmigo esperando le llevara un buen
informe al Dácico.
Fue un error aceptar su hospitalidad. Los primeros días me puso una escolta que
mermó a tal punto mi movilidad que exasperado los eché a gritos, debiendo luego
darle una larga explicación al susceptible Procónsul. ¿Cómo investigar con
discreción sobre los cristianos con una escuadra de legionarios siguiéndome como
la sombra por las calles de Nicomedia?
Después descubrí a un par de espías, aficionados muchachos bitinios, que me
seguían sin tregua. Uno de ellos aterrorizado por el frío del metal de mi espada
que apretaba su garganta me confesó que era enviado por el mayordomo del
Palacio. La explicación de Plinio, quien alegó desconocimiento, fue una supuesta
mala interpretación de cuidarme por parte de su hombre.
Ya
era muy tarde, todo esto había llamado demasiado la atención entre los
pobladores de Nicomedia, además ya había corrido la voz del incidente con los
delfines. No tuve conciencia del poder de la "vox populi" hasta que caminando
por la plaza principal, unos niños me alcanzaron corriendo y tocando mi manto se
decían unos a otros "Hijo de Poseidón... Los delfines le obedecen," en su griego
nativo.
Obviamente no pude abrir ninguna puerta del secreto mundo cristiano. ¿Quién
confiaría en un romano amigo del Procónsul, emisario del César? Y tal vez ya
circulaba el rumor de mi parentesco imperial.
En cambio a un
viejo cojo egipcio y a una samaritana echada a menos sí les sería fácil
infiltrarse entre los cristianos de Nicomedia. Ya era hora de hablar con
franqueza. Pondría a prueba la lealtad de ellos, en especial la de Sulamita.
"Amo, me pides algo muy difícil, mas tu sabes que daría mi vida por ti. Sería
traicionar a los míos, a los que siguen el Camino como yo."
Exclamó Sulamita
acongojada.
"No te
pido que los traiciones, sólo que me informes de sus actividades y propósitos,
del número de adeptos y quiénes son sus líderes. El César nada más desea estar
seguro que no representan peligro alguno para Roma." Dije estas palabras con
poco convencimiento, pues no podía apartar de mi mente la influencia que
ejercían sujetos como Cornelio en las decisiones políticas tanto del Senado como
del César.
"Amo, perdona mis palabras, pero ya antes se han desatado persecuciones contra
nosotros por orden del César. Tu lo sabes bien... En la misma Roma han sufrido y
perecido cientos de mártires por ninguna causa diferente a la de difundir las
enseñanzas del Nazareno. Si eso llegara a suceder aquí, por mi culpa, no
desearía seguir viviendo." Replicó sollozando.
"¡Ah, mujeres! Todo lo quieren arreglar con lloriqueos." Intervino Ahmés
extendiendo sus brazos hacia el cielo. "Déjeme ese trabajito, amo. Ya verá que
en menos de una semana sabrá hasta qué come el jefe de esa banda. Que esta judía
llorona se encargue de atenderlo a usted nada más."
"¡No somos una banda!" Gritó Sulamita.
Comprendí su dilema y también vi la fuerza espiritual que poseía. Sentí celos de
aquel Galileo. Cómo las palabras de un hombre al que sólo una vez había visto su
abuela podían generarle tal convencimiento y fidelidad, hasta el punto de
negarse a obedecer a su amo. "¿Acaso, era en realidad este hombre el Hijo del
Dios Único, como lo pregonaban sus seguidores? A mí, ahora en Nicomedia, me
llaman Poseidón, pero en pocos días todos lo olvidarán, más aún cuando haya
partido. ¿Por qué ochenta años después de su muerte siguen llamando así al tal
Jesús de Nazaret? ¿Quién era ese hombre que logra, que todavía hoy, sus
seguidores se multipliquen como abejas por todo el mundo?," pensé.
Decidí, pues, que por el momento solamente Ahmés intentara permear esta secreta
sociedad o comunidad religiosa.
Cometí otro segundo error al creer que Sulamita se quedaría de brazos cruzados.
Muy pronto descubriría la magnitud de ese fuego interior que ardía en su
corazón.
VI
No
sabía bien el porqué, pero decidí tratar de entrevistarme con el líder cristiano
de Nicomedia, un hombre al que llamaban Filopátor, no sé si en honor a aquel
último rey bitinio o porque era su descendiente o como alias para ocultar su
verdadera identidad.
En
las dos semanas que transcurrieron desde nuestra llegada, no fue mucho lo que
avancé en mi misión. No tenía suficiente información como para escribirle al
Dácico, nada que valiera la pena.
La
información que Ahmés logró obtener era más bien escasa y de dudosa
credibilidad. No fue entonces posible establecer contactos. Hasta que un día,
Sulamita me entregó una pequeña tablilla en la que estaba grabado un pez sobre
una copa, y me susurró al oído en un tono serio: "Amo, se que eres un buen
hombre, siempre me has tratado con bondad y amor, así como sé que no tienes
razones para hacernos daño a los hombres y mujeres que seguimos el Camino. Esto
le he dicho a Filopátor y él ha aceptado hablar contigo..."
Me
estremecí de miedo al pensar en el riesgo que corrió Sulamita, y más cuando
imaginé en lo que ella haría si el resultado de este encuentro trajera
desgracias a los cristianos de Nicomedia. Una extraña vacilación me invadió.
Seguí sus instrucciones. Al mediodía del día siguiente, esperé sentado en la
fuente de la plaza del mercado. Me sentía observado. Al rato, una mujer que
parecía por su atuendo dedicarse a la prostitución se me acercó, sonriendo me
preguntó: "¿Qué buscas forastero, el placer o la Verdad?"
"La Verdad es para el espíritu lo que el placer para el cuerpo, mas la Verdad
perdura en el tiempo, mientras el placer dura sólo un momento." Respondí.
"Entonces paga con la moneda adecuada," dijo sin dejar de sonreir. Era bella
pese a que su piel comenzaba a marchitarse seguramente por el trajín de su
oficio ejercido por largos años.
Le
entregué la pequeña tablilla, luego ella me pidió que la siguiera. Caminamos por
entre calles y callejones. Observé que con frecuencia miraba de reojo a nuestras
espaldas, lo que aumentó mi nerviosismo. De repente nos detuvimos frente a la
puerta de una casa, de inmediato un hombre viejo y tuerto de aspecto descuidado
la abrió, me hizo señas para que entrara de prisa.
Era una casa de gente sencilla. Además del tuerto que olía de un modo apestoso
había adentro un anciano de barba blanca, éste si muy pulcro en su vestir. Me
invitó a sentarme frente a él, con una sólida mesa de por medio.
"Soy Filopátor, honorable Marco Trajano. No necesitas presentarte, sé todo sobre
ti y tu misión." Fue su saludo.
La
cabeza me daba vueltas, ¿todo... misión...?, ¿por Sulamita o por espías en el
palacio de Plinio o hasta en la misma corte del César?
"Gracias por aceptar esta entrevista." Fue lo único que se me ocurrió decir.
"Muchos entre mis hermanos se opusieron a efectuar este encuentro, pero hace
unos días tuve un sueño: Vi a un hombre, era un legionario, que en un campo
desolado clavaba su espada en la tierra y después abrazaba una cruz de madera
que tenía frente a él.
Lo interpreto
como que algún día Roma enarbolará la Cruz del Cristo*, ante su decadencia. Y
también la... Bueno, no importa. Por eso no podía negarme la oportunidad de
mostrar la Verdad a los oídos del Dácico, por medio de su sobrino, confiando en
que el poderoso César no desate más tarde otra oprobiosa persecución en contra
nuestra, repitiendo la barbarie de Domiciano."
Era un hombre de hablar pausado y actitudes reposadas, un anciano que inspiraba
respeto.
"Venerable Filopátor, la única preocupación del César es si los seguidores del
Nazareno, que al parecer son muchísimos, no son una amenaza para el Imperio."
Decidí ir al grano.
"No podría un verdadero cristiano representar una amenaza para Roma, iría contra
las enseñanzas del Maestro, quien entre otras cosas dijo: 'Dad al César lo que
es del César y a Dios lo que es suyo.' Pero entiendo el temor de Roma, pues el
predicar el amor al prójimo y la igualdad entre los hombres va contra los
intereses del Imperio, o mejor, de los patricios." Replicó esbozando una
sonrisa.
Recordé las palabras de Cornelio al respecto. Toda esta cuestión contra los
cristianos más que un asunto político era un asunto económico que amenazaba a la
clase dominante. Me asqueaba el tener que servir a una causa de este tipo, así
como detesto al rico que maltrata al pobre, tal vez porque por mis venas corre
sangre de siervos.
La
entrevista fue extensa, Filopátor parecía empeñado en convertirme a su Fe. Me
contó con lujo de detalles toda la vida de Jesús, el Galileo, la que resumiré
como una vida normal para un carpintero judío, bastante inteligente y no menos
noble, pues descendía del glorioso rey David, y que en sus últimos tres años de
vida marchó por la tierra de Palestina predicando la existencia de un Dios
paternal y amoroso, no el colérico y vengativo al que temen los descendientes de
Israel. Un Dios Padre, un Dios para amar y confiar en él, no uno para temer e
implorar piedad. Un Dios Padre, que da a sus hijos, los hombres, como mayor
regalo la Vida en su maravillosa creación material: el Mundo; y al finalizar
ésta, la posibilidad de la Vida Eterna del espíritu de cada hombre en su Reino:
el Cielo, un mundo muchísimo más grande y bello pero que no es material.
Es
esto lo que entendí por la Verdad, cuya prédica llevó al Galileo a la muerte en
la Cruz, así como a muchos de sus seguidores.
Se
comprende entonces que esta Verdad asuste al Imperio del César, como asustó a
la ortodoxa dirigencia judía, más cuando sus adeptos se multiplican día a día
por millares. Pues, para el cristiano el César es un hombre más que adolece de
la tan pregonada divinidad, y menos aceptable le será la subyugación de los
esclavos y siervos. Rico y pobre, César y esclavo, sacerdote y siervo, son a fin
de cuentas iguales ante los ojos de Dios, hijos de un mismo Padre. La diferencia
es, en este mundo de la materia, que uno tiene poder y el otro no.
Vi
todo con claridad: Ningún imperio o reino se sostendrá por mucho tiempo si su
gobierno está soportado en esta vana diferencia. Por esta razón Roma algún día
caerá, como todas las Romas que surjan en el futuro, mientras el cristianismo se
expandirá por el mundo, como toda religión que se fundamente en la Verdad.
Entendí también a qué se refería Filopátor cuando dijo que un verdadero
cristiano no podría representar una amenaza para Roma. Es que el hombre que cree
en las enseñanzas de Jesús, sabe que es hijo del Dios Padre y no debe hacerle
daño a sus hermanos, los otros hombres, así sean judíos o romanos. ¿O quién, que
respete y ame a sus padres, levantaría una espada contra su misma sangre?
Por lo anterior también creo, que, muchos quieren ser cristianos pero pocos lo
logran de corazón, pese a que todos son bautizados. Porque la codicia, la
venganza, los celos, la envidia, el egoísmo, en fin, todas las vanidades de los
hombres, priman sobre la aceptación de esta Fe que enseñó Jesús de Nazaret.
"Ámense los unos a los otros como a Dios mismo, es el único mandamiento que les
dejo," dijo Él, pero, ¿cuántos cristianos llegan realmente a sentir respeto y
aprecio por los demás seres sin excepción?
Siendo precisamente este credo lo que más admiro de esta nueva religión. Un
credo sencillo pero difícil. Un Dios Padre de todos y para todos, con el que hay
que actuar en consecuencia. Un Padre con un plan para todos y cada uno de sus
hijos, pero que al mismo tiempo nos otorga la libertad de seguirlo o no
Por fin había encontrado una religión que me llenaba. Una religión con una
filosofía digna del Dios Supremo. Entró en mí el deseo de conocer más sobre los
cristianos y su Maestro, ya no causado por el cumplimiento de la misión
encomendada por el Dácico sino por el apetito de un espíritu que durante años ha
estado hambriento de respuestas, cuya existencia intuía.
Pero siempre he mantenido cierta prevención cuando me acerco a determinada
religión, filosofía o idea, por buena que parezca. Ya que he observado que una
considerable parte de sus adeptos, practicantes o seguidores no comprenden la
esencia o el fondo de lo que creen, cayendo en la distorsión, en un fanatismo
que denigra el mismo credo. He visto que muchos siguen más al predicador que lo
predicado en sí, pareciera que son incapaces de pensar por sí mismos
entregándose por completo a todo lo dicho y hecho por el líder, maestro o
sacerdote. Confían en que él piense por ellos y enaltecen su verdad como la
verdad de todos. Los cristianos no serían la excepción como lo confirmaría
tiempo después.
Ahora el problema era qué le informaría a mi tío. Si le escribía todo lo que he
expuesto, en especial esto último, no dudaría en considerarlos una amenaza para
la estabilidad político-económica del Imperio, y con razón, pues será inevitable
que grupos exacerbados por líderes que distorsionen el Mensaje del Cristo se
rebelen, llegándose a derramar sangre. Hasta veo un futuro cargado de
intolerancia y resentimiento entre las diferentes facciones o grupos cristianos.
El problema se originará en las múltiples interpretaciones del Mensaje Divino
que se darán bajo las diferentes circunstancias, a conveniencia de los que
ostenten o anhelen el poder. Siempre ha sido así.
Esta nueva religión se está masificando de una manera peligrosamente rápida, el
que quiera es bautizado sin siquiera saber bien porqué, sin entender a cabalidad
cuál es el sentido o la esencia de esta magnífica Fe.
Imaginé a qué tipo de conclusiones llegaría el Dácico junto con sus consejeros,
o si se leyera en el Senado un informe mío así. El resultado obvio: otra
persecución.
No
estaba dispuesto a cargar sobre mi conciencia sangre cristiana.
Decidí entonces, enviar un informe que mostrara a los cristianos como una secta
de gente pobre en crecimiento, una nueva religión más que llegaba al Imperio tan
inofensiva como la griega, la egipcia o como la misma religión judía de la que
se derivó. Dejaría entrever entre líneas que sería más conveniente para el César
tolerarlos que perseguirlos, además conociendo los resquemores de mi tío, le
daría a entender que sería prudente dejarlos en paz ya que si realmente este
Jesús tenía procedencia Divina era mejor para el César y para Roma no desafiar a
su dios.
No
obraría mal escribiendo un informe más "discreto", considerando que nada
efectivo se podía hacer para atajar el cristianismo, su fuerza era incontenible,
aún para el imperio más poderoso del mundo, ya que ella radicaba en la simpleza
de su esencia, un credo que, como ya lo mencioné, satisfacía el hambre de
respuestas que el espíritu humano ha tenido por centurias: La razón de la
existencia, la no soledad del Hombre, la solución a los problemas gracias a la
intervención Divina, el designio Divino, el destino inexorable de cada ser, el
origen Divino del Hombre y lo que sigue a la muerte o la certeza de la Vida
Eterna en el más allá. Siendo este último misterio el que más me llamaba la
atención de la prédica del Galileo, la respuesta sobre la que mi espíritu más
quería profundizar pero sobre la que menos conocimientos demostraban tener los
cristianos a mi alrededor, inclusive Filopátor. Quien ante la dificultad de
responder a mis cuestionamientos al respecto me recomendó viajar a Antioquía**,
en Siria, la verdadera cuna del cristianismo, donde se organizó la primera
comunidad en forma.
Allí encontraría a los primeros discípulos de los doce apóstoles y del tarsiota
llamado Pablo. Tal vez ellos le dieran respuestas más satisfactorias al sediento
filósofo que había en Marco Trajano, según palabras de Filopátor.
Así, a la mañana siguiente de mi larga entrevista con el líder de los cristianos
de Nicomedia, escribí el informe para el César, la primera carta que le enviaba
desde mi salida de Roma. La cual, no sospechaba que, muy pronto pondría nuestras
vidas en peligro cambiando el curso de los acontecimientos.
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(*) Cristo: del griego Christus que significa "Ungido". En
latín Christu
(**)Antioquía: Antiócheia en griego, Antakya en turco y
Antiochia en latín. Fundada en el 300 a.C. por Seleuco, fue una de las ciudades
más populosas de la antigüedad y centro de la cultura helenística. Capital de
los seléucidas, pasó al imperio romano en el 64 a.C. y se convirtió en sede de
los gobernadores de Siria (Syria).
VII
Dos días después de enviar mi informe al César, a través de un correo no oficial
que me había recomendado el mismo Filopátor, salí en la tarde a dar un paseo por
las calles de Nicomedia en compañía de Sulamita. Quería apreciar la arquitectura
de la antigua ciudad bitinia y conocer un poco más la vida cotidiana de sus
habitantes, así como ejercitar mi cuerpo, al que siempre he procurado darle un
buen cuidado.
Creo que el cuerpo es la casa que nos obsequia Dios, su mejor regalo, para que
en ella habite nuestro espíritu, su soplo de vida, y por lo tanto debemos
mantenerla limpia y en buen estado. Por eso ni la limpieza ni el ejercicio
físico deben considerarse como una pérdida de tiempo. Desde niño mi madre me
inculcó el baño diario con agua limpia, el baño de sol frecuente y el lavado de
la boca después de comer, incluso me enseñó a cepillarme los dientes con un
corto pincel de crin de caballo e insistía en la importancia de retirar los
residuos de comida entre las piezas dentales con hilos. Cuando conocí a Sulamita,
descubrí que ella coincidía en estas sanas costumbres, algo que me agradó
sobremanera y explicaba su perfecta dentadura que no ocultaba al sonreir como
muchas mujeres y hombres suelen hacerlo. La boca es como la entrada a la casa,
repetía mi madre, por eso hay que mantenerla digna de mostrar, que invite a
entrar en vez de causar repugnancia.
Es
curiosa la insistente práctica romana de la afeitada de la barba y el corte del
cabello con frecuencia, mientras poco se insiste en la limpieza bucal. Cuando he
escuchado que muchísimas mujeres, sean nobles, cortesanas o esclavas, prefieren
a los hombres con dentaduras sanas y sin malos olores a los que nada más les
preocupa la cara rasurada y un cabello rizado.
Tampoco se cuida quien se excede con el vino, la embriaguez no sólo degrada al
hombre y lo hace despreciable a los suyos sino que envilece su cuerpo.
Pienso que también a esto se refería el Galileo cuando dijo: "Dios está en cada
uno de ustedes." Nuestro cuerpo es su Templo.
Continúo con el relato:
Finalizando nuestra caminata, al oscurecer, muy cerca a la posada donde nos
alojábamos luego del incidente con los espías del mayordomo del palacio de
Plinio, de repente por una solitaria calle nos sorprendieron por la espalda dos
bandidos. Ambos, puñal en mano. Apenas tuve tiempo de sacar mi espada, por
fortuna no había olvidado el consejo de mi tío, siempre llevándola conmigo bajo
el manto.
En
el rápido forcejeo perdí el equilibrio y caí sobre el empedrado suelo. Uno de
los tipos se abalanzó sobre mí, mientras el otro le cubría la espalda. Sulamita
gritaba horrorizada. Antes de que cayera con todo su peso sobre su puñal en mi
corazón logré esquivarlo al tiempo que le atravesé uno de sus costados con mi
espada. Gimió maldiciendo, no sin antes alcanzar mi hombro izquierdo con su
arma. Lo dejé tendido en un charco de sangre buscando al segundo con mis ojos.
Lo descubrí a pocos pasos sujetando por la espalda a Sulamita apretándole su
delicada garganta con el puñal.
En
griego me advirtió que soltara mi espada o degollaría a mi esclava. Por unos
instantes vacilé, no sabía qué hacer, él estaba fuera del alcance de mi espada y
el horror de sólo pensar que Sulamita fuera herida o asesinada me paralizó.
Oré: "¡Dios, Padre de Jesús, ayúdanos!"
El
bandido gritaba de nuevo su advertencia cuando percibí el rápido movimiento de
una sombra tras él. Instantáneamente se desplomó en silencio.
Comprendí qué sucedió cuando advertí en el cuerpo inerme del bandido, tendido
boca abajo, una daga egipcia clavada en su nuca. Detrás de él, de pie
observándolo, Ahmés respiraba con agitación.
Sulamita corrió a abrazarme y estalló en llanto. Fue en ese cruento momento
cuando tomé conciencia del bello y magnífico sentimiento que enaltece al ser
humano, el que nos hace sentir que vale la pena vivir: el amor. Necesité llegar
al límite, ver cómo pude perder a Sulamita para siempre, para darme cuenta que
la amaba como jamás había amado a mujer alguna. Gracias a Dios, y a Ahmés,
ahora tendría una segunda oportunidad, me juré no dejarla pasar esta vez.
"¡Oh,
por Dios!" Exclamó Sulamita sacándome del éxtasis. "¡Amo, estas herido!" Miré mi
herida en el hombro, una cortada algo profunda pero nada grave, peores había
recibido en batallas. Tomé la cara de la mujer de mi vida y la besé con el
desafuero de una pasión exaltada por el sentimiento y la sangre. Ella respondió
con igual pasión.
"¡Ejem!...
¡Ejem!..." Simuló toser Ahmés. "Lamento interrumpirlos par de palomos, ¿pero no
olvidan a alguien?"
Sulamita estampó un beso en la mejilla del viejo esclavo egipcio, manifestándole
sus agradecimientos.
"¡Vamos, tampoco es para tanto!" Dijo Ahmés. "Por la gracia de Amón, sentí
deseos de una buena cerveza y salía rumbo a una taberna egipcia que descubrí
hace poco en el puerto, cuando escuché tus gritos. Corrí tan rápido como mi
rodilla me lo permitió y... Bueno, tu Dios, estaba también de tu lado."
Sulamita lo beso de nuevo.
"Ya basta, mujer." Exclamó fingiendo molestia limpiándose la mejilla.
"Ignoraba que cargabas una daga... Que creo sabes es prohibido para un esclavo.
Debería azotarte." Simulé enojo. Luego le sonreí y agregué: "Pero en vista de su
utilidad, te permitiré su posesión. La que seguro recordaré cuando sienta deseos
de golpearte."
"No debe preocuparse mi señor, nunca he pensado en usarla contra un amo, ni
siquiera contra la bruja que destrozó mi rodilla. No soy tan estúpido, sé muy
bien que mi castigo sería una despiadada muerte. Siempre la cargo conmigo."
Agregó al tiempo que desclavaba la daga del cadáver y limpiaba la sangre en la
ropa de éste. "Mientras me vista con túnica siempre usaré un cinturón, y entre
el cinturón y mi espada siempre quedará un espacio, y ahí siempre habrá una
daga."
Hay hombres que necesitan cargar un arma para sentir seguridad, hasta pienso que
para sentirse hombres la necesitan, así ésta sea un palo.
"Vámonos
antes de que lleguen los pretorianos*" Murmuró Ahmés.
"No estamos en Roma, calma. Antes interrogaré a... ¡se escapó!" Descubrí que el
cuerpo del atacante al que herí con mi espada ya no estaba.
"No llegará muy lejos, mi señor. Mira, está desangrándose." Dijo Ahmés señalando
el charco de sangre y un camino demarcado con gotas rojas que se perdía en la
oscuridad." Por favor, vámonos, debes curarte y evitarme dar explicaciones a la
justicia. Y este otro está más tieso que un tronco seco, no creo que pueda
responderte." Rogó señalando el cadáver del segundo atacante.
"Está bien. Pero no eran asaltantes sino asesinos, su intención era matarme,"
susurré.
Ahmés se
inclinó sobre el cadáver y de entre el cinturón extrajo una bolsita, de la que
sacó unas monedas de plata.
"Creo que tienes razón, mi señor. Un asaltante no carga tanta plata, pues roba
cuando le falta. Esta ha de ser su parte de la paga... Alguien quiere su..." Me
miró con temor sin terminar la frase.
Sulamita rompió en llanto. Traté de tranquilizarla mientras nos alejábamos de
prisa. La cabeza me daba vueltas: ¿Quién?, ¿por qué?, ¿Plinio?, ¿los
cristianos?, ¿quién se beneficiaría con mi muerte?
Tan pronto entramos a la posada, mientras Sulamita preparaba unos emplastos y
limpiaba mi herida, Ahmés pidió permiso para salir y realizar algunas
averiguaciones sobre los atacantes. Argumentó que todo lo que pasaba en la
ciudad se sabía en las tabernas del puerto y que además necesitaba unas cervezas
para calmar sus nervios, las que pagaría con las monedas del asesino muerto,
quien seguramente ya no las necesitaría, pero que para no molestarlo se bebería
una deseándole un buen viaje en compañía de la Parca.
Regresó tarde al día siguiente y me contó el resultado de sus pesquisas, que me
dejó sin aliento.
"Nos marchamos de Nicomedia. Prepara el viaje de inmediato." Le ordené cuando
reaccioné ante sus palabras.
"¿De regreso a Roma?" Preguntó intrigado.
"No, claro que no. Vamos a Antioquía."
-----
(*)
Pretorianos: soldados de la guardia de los emperadores romanos, temidos y
privilegiados respecto a otros soldados. La guardia pretoriana fue organizada
por Augusto y disuelta por Constantino, influía en la política romana.
VIII
El
asaltante herido, en efecto, no había huido muy lejos. Encontraron su cuerpo
desangrado en un miserable callejón. Lo reconocieron unos marineros que dos
noches atrás lo habían visto conversando en una de las tabernas del puerto con
un hombre al parecer extranjero, de buen vestir y acento latino. Pero Ahmés
había indagado más, gracias a su amistad con el tabernero, descubrió que el
forastero se hospedaba muy cerca de allí. Fue a la pensión y lo encontró justo
saliendo con equipaje. Lo siguió hasta verlo embarcar en una nave que partía
rumbo a Ancona. El tabernero también le aseguró a Ahmés que vio cuando el
extranjero, aquella noche, le entregó la bolsita con monedas a mi atacante, la
que reconoció apenas mi leal esclavo se la enseñó.
El
astuto Ahmés, sin perder tiempo, corrió en busca de una conocida damisela a
quien contrató a cambio de una pulsera de oro, comprada muy seguramente con lo
que me robaba de cuando en cuando, pequeños robos de los que sospechaba pero
toleraba sin reclamos ya que me parecían una justa retribución por sus
eficientes servicios. La mujer haciéndose pasar por una viajera de último
momento se embarcó en la nave y, antes de que se hiciera a la mar horas más
tarde, embriagó y sedujo al extranjero logrando sonsacarle gran información.
Se
trataba de un romano que presumía de ser el hombre de confianza, la mano
derecha, de un patricio romano muy prestigioso, aunque se negó a mencionar
nombre alguno, y que había llegado a Nicomedia hacía una semana en cumplimiento
de una misión secreta muy peligrosa... Fue lo más importante que pudo hacerle
confesar la mujer, la que logró desembarcar a tiempo antes de la partida de la
nave, sin que el dormido ingenuo romano lo advirtiera. El que al despertar
descubriría la ausencia de su amada y de su bolsa, no sospechando la verdad.
Por tan excelente trabajo recompensé a Ahmés y le dije que le perdonaba los
robos de antaño, que evidenció cuando narró en detalle la contratación de la
damisela. Su vanidad, al querer impresionarme con su astucia, lo traicionó a
través de la lengua, como les sucede a muchos hombres. El hombre se envanece con
su inteligencia y la mujer con su belleza.
Ya
no cabía duda, alguien en Roma me quería muerto. La cuestión era: ¿quien y por
qué?
IX
Una energía multiplicada hace que todo surja como por arte de magia que hasta
los deseos más firmes del espíritu se cumplan. Sentía esa gran energía en mí.
Todo parecía, en mi vida, seguir un plan trazado de antemano, mas no por mí. Me
preguntaba qué o quién estaba detrás de todo. Era evidente una inteligencia
coordinadora de todo, una mano invisible que guiaba los hilos del mundo. No
creía en la casualidad.
Algo me faltaba.
El
destino me llevó hasta Antioquía, después me llevaría hasta Mesopotamia, donde
descubriría al que llamé "el Último Misterio".
Esa gran energía estaba dentro de mí. Sabía de su existencia en todos los
seres, en unos más en otros menos, todo depende de cuánto se recibió y cómo se
ha administrado por cada quien. Ahora entendía lo que muchos sabios, filósofos y
magos tratan de explicar: Somos un capullo de luz, energía pura, en un cuerpo de
carne y huesos. Esa es la Vida. Como un árbol es luz, es energía en su tronco,
en sus ramas, en sus hojas y en sus frutos.
Esa energía, esa luz, es el soplo de Dios en todos los seres de su Creación, el
mundo que él nos presta unos instantes para aprender y para que conozcamos su
magnificencia.
La
misma que podemos gastar hasta el derroche, a través de actos provenientes de la
vanidad y del orgullo, de la ira, de los celos, de la envidia, de la posesión,
del engaño, de la codicia, de la venganza y del odio, todo esto que nos agota
físicamente porque en verdad gastamos así la energía. Mientras que podemos
conservarla si no caemos en todo eso, aún pudiendo aumentarla con el amor, la
paz, la fraternidad, la serenidad, disfrutando de la naturaleza y dejando de
lado las preocupaciones por las cosas vanas de la vida. Un espíritu sereno y
libre de ambiciones mundanas se mantiene en paz, multiplica su energía,
enriqueciendo al hombre en salud, amor, paz, libertad y bienes. Es a esto, creo,
a lo que se refería el Maestro de Galilea cuando dijo: "Al que tiene mucho se le
dará más y al que tiene poco se le quitará hasta lo que no tiene."
Es
esta, para mí, la Verdad sobre la vida, la que ahora, después de muchos años de
estudio comprendía. Entonces, me faltaba por aprender la Verdad sobre la muerte.
El
largo tiempo que duró el viaje por mar desde Nicomedia hasta Antioquía me sirvió
para sacar las anteriores conclusiones, para conocerme más. Seguí pues, la
enseñanza grabada en el Oráculo de Delfos: "Conócete a ti mismo."
Habíamos salido de Nicomedia, de una manera apresurada. Opté por no informar a
las autoridades sobre aquel atentado, y menos al procónsul en Bitinia, Plinio el
Joven, ya que no podía estar seguro de que no estuviera implicado. Ni siquiera
me tomé el trabajo de despedirme de él o de informarle sobre mi partida, quería
mantener en secreto mi próximo puerto de destino. No sé si relacionarían las
misteriosas muertes de mis dos atacantes con mi partida, pero hasta el día en
que este relato escribo, más de dos años después, no ha llegado hasta mis oídos
que hayan ordenado investigación alguna o solicitud de interrogarme. Lo que se
hace cada vez menos probable.
En
cambio, antes de partir, decidí enviarle una segunda carta al Dácico, narrándole
sin mucho detalle lo sucedido para que en caso de ser interceptada o leída por
ojos diferentes a los de mi tío no pudiera utilizarse en mi contra, pero
advirtiéndole de la existencia de enemigos mortales en Roma no sólo míos sino
posiblemente también de él.
Pese a que los
poderosos siempre viven rodeados de enemigos.
Nos embarcamos rumbo a Efeso*, allí tomamos otro barco directo a Tarso** y en el
puerto de aquella ciudad cambiamos nuevamente de nave para arribar a Antioquía.
Ruta seguida con el fin de despistar a mis enemigos o posibles perseguidores, al
menos por un tiempo. Durante el trayecto me dejé crecer la barba y cambié mis
atuendos romanos por trajes sirios, pretendiendo pasar por un mercader baético***,
lo que no me sería difícil gracias a mi origen.
Desde nuestra llegada a Antioquía actué con mayor discreción y sigilo, mi misión
tenía ahora un interés más personal que oficial. Por lo tanto me abstendría de
mostrar mis credenciales imperiales, excepto en caso de extrema necesidad.
Tampoco volvería a escribirle al César, no sólo porque una carta delataría mi
ubicación sino porque hasta no tener claridad sobre lo que estaba sucediendo no
tenía objeto presentar un nuevo informe. Intención de la que le advertí en mi
última carta para que no se preocupara por mi suerte. Además, nuevos
interrogantes me aguijoneaban: ¿Acaso sabía el César algo que yo ignoraba y,
estando enterado del peligro que me acechaba en Roma, decidió alejarme ocultando
tras la misión encomendada la verdadera intención de protegerme? ¿O, mi misión
era parte de una estrategia para que sus enemigos, y míos, se descubrieran más
fácilmente? La astucia del Dácico, más su vasta red de informantes, ha sido el
secreto de su permanencia por diecisiete años en el trono más codiciado del
mundo.
Sulamita actuaría como mi esposa, papel que desempeñó a la perfección, que
confieso disfruté y nos pareció divertida. Para Ahmés la situación no cambió
mucho, debía comportarse como nuestro criado, aunque para mi sorpresa no parecía
molestarle el que estuviese bajo el mando de Sulamita, es más, en algún momento
me pareció notar cierta complicidad.
Ellos dos eran los únicos amigos en quienes podía confiar, eran mi familia. A
Sulamita, lo acepté de una vez, la amaba como a ninguna, como ella a mí. Es esta
la mayor fortuna de un hombre.
Mi
plan era pernoctar en Antioquía un largo tiempo, contactar a la comunidad
cristiana y profundizar en el estudio de esta nueva religión, que empezaba a
intrigarme. Así que tomé en arriendo una casa en un modesto pero tranquilo
barrio. En la planta baja abrimos una pastelería, para vender los deliciosos
pastelillos de miel que Sulamita preparaba, que pronto fueron famosos en la
ciudad, y otros pasteles no menos exquisitos que provenían de las secretas
recetas de Ahmés. En el piso de arriba vivíamos.
Abrí la pastelería pensando más en camuflarme que en una fuente de sustento,
pues en realidad traía mucho dinero conmigo, pero en pocas semanas se convirtió
en un magnífico negocio. A veces, así surgen los buenos negocios, sin quererlo,
o mejor, sin proponérnoslo.
El
comercio en general es una actividad que depende de los más variados factores,
algunos de los cuales no puede controlar, ni siquiera prevenir el hombre, y el
producir o mercadear alimentos aunque parece un negocio seguro en principio, la
única certeza que se tiene es que su resultado obedece a los caprichos de la
gente. Es decir, primero hay que descubrir lo que de verdad la gente quiere o
está dispuesta a comprar, antes que ofrecer lo que se sabe hacer bien. En
nuestro caso no hicimos lo primero, pero por fortuna, coincidió con lo segundo.
Ahmés era el pastelero y yo el vendedor, él en el horno y yo tras el mostrador.
Sulamita nos ayudaba a ambos, y por supuesto, preparaba sus apetecidos
pastelillos de miel. Así fue en un comienzo. Pese a que yo aporté el capital,
los vi tan entusiasmados con la pastelería, que rompiendo con la ortodoxia,
decidí repartir las ganancias entre los tres en partes iguales. Jamás vi
trabajar con tanto ímpetu a mi esclavo egipcio, parecía que mientras más ganaba
más ambicionaba. Pero hasta el día de hoy, todavía ignoro en qué gastaba él sus
denarios.
Aunque, para hacer honor a la verdad, también había decidido compartir los
réditos del negocio para que ellos no me recriminaran o se lamentaran por mis
cada vez más largas y frecuentes ausencias. Era consciente de ser quien menos
contribuía, en lo que a trabajo se refiere, para el éxito de la pastelería. Mis
intereses eran otros en Antioquía. Tan poco tiempo le dedicaba, que muchos
creían que Ahmés era el dueño, hasta llegó a conocerse como "La pastelería del
Egipcio". Quien me la compraría, tiempo después, le puso precisamente ese
nombre, ya que nunca le dimos uno.
Pronto contacté a los líderes cristianos de Antioquía, gracias a una carta de
Filopátor y a los buenos oficios como mensajera de mi amada. Sin embargo a nadie
enteré de mi calidad de patricio, menos de mi vínculo con el César. La señal del
pez era la clave de las reuniones secretas. La figura de un pez se dibujaba en
los sitios de reunión, la misma que con los dedos índice y pulgar formábamos
como señal de identidad.
Mientras más aprendía sobre el Mensaje y la vida de Jesús, de sus discípulos,
llamados apóstoles y del ciudadano romano Saulo de Tarso, llamado Pablo, más
tiempo le dedicaba al estudio de sus ideas y filosofía, y menos al negocio de
los pasteles. Dejó de importarme el negocio como tal. Confiaba en Sulamita y en
mi viejo esclavo. Si no podía ser así entonces no tenía a nadie en este mundo en
quien confiar, lo que me sería desastroso, pues el hombre que no tiene en quien
confiar se convierte en un ser solitario lleno de amarguras, en un ser
desdichado con pocas razones para vivir.
A propósito,
me dicen que Pablo recomendaba incluso rodearse de prostitutas y de ladrones si
un hombre llegaba a adolecer de amigos. Hay que evitar la soledad como al peor
de los demonios.
Más que los amigos, aunque son muy importantes, el mejor antídoto contra el
veneno de la soledad es el amor.
El
amor sincero y desinteresado de una mujer vale más que siete cofres repletos de
diamantes, esmeraldas, rubíes y perlas. Doy gracias a Dios porque lo tengo. Ya
lo dijo un rey que tuvo más de cien cofres así, según la tradición judía: El rey
Salomón, hijo del gran rey David, de cuyo linaje desciende Jesús hijo de José de
Nazaret, concluye en el libro "Eclesiastés" que lo único que vale en la vida es
el comer y beber bien, el disfrutar del trabajo y el amor de una buena mujer.
El
amor es sublime y enaltecedor, todo lo vale. El amor es la mejor razón para
vivir, es la mejor experiencia para sentir la presencia de Dios. En ese
sentimiento que florece entre un hombre y una mujer ahí está Él, porque Dios es
amor, la Fuerza que llena hasta el más pequeño espacio del Universo, es lo que
rige y ordena. Es por eso que Dios es mucho más que un hombre supremo y
todopoderoso, no, Él no es de carne, aunque la carne proviene de Él. Es por eso
que no lo podemos ver ni tocar no obstante está en todas partes. El amor no se
ve ni se toca, el amor se siente y se goza. El amor tampoco se comprende ni se
razona, simplemente se tiene o no. Así es Dios, porque es Dios. El amor es de
Dios, porque Dios es amor.
El
amor entre hombre y mujer es el más claro pero no el único, ¿o acaso hay amor
más leal, desinteresado y duradero que el de una madre y un hijo?
Es
entonces Dios, el amor, ambos que son uno solo, la solución para la mayor
angustia del Hombre: la soledad de su existencia.
El
Hombre no está solo, Dios existe como existe el amor. Un Dios Padre que ama,
guía, enseña y cuida a sus hijos, nosotros. Por eso a Dios se le debe amar, no
temer, porque Él enseña, no castiga, pese a que a veces las enseñanzas son
dolorosas y hasta amargas. Pero si Él las manda es porque es lo mejor. Dios nos
creó y por ende conoce muy bien nuestra naturaleza, como un padre conoce a su
hijo, y más una madre. Él es Padre y Madre a la vez. El sabe que si aún siendo
dolorosas y amargas algunas de nuestras experiencias en la vida, con frecuencia
no aprendemos u olvidamos la lección, menos aprenderíamos si nos sentara en sus
rodillas y nos diera consejos. Como el padre que permite al niño quemarse el
dedo con el fuego porque sabe que la advertencia sola de por sí no basta. Tal
vez sea difícil de entender, pero eso es amor.
He
aquí la esencia del Mensaje del Galileo, la columna principal de su Iglesia, la
más importante Verdad. en ésta radica la fuerza del cristianismo, siempre y
cuando no sea deformada por los hombres del futuro. Por eso creo que estamos en
el nacimiento de una religión indestructible, que ningún hombre ni imperio, por
poderoso que sea, podrá detener o impedir su expansión. Lo que nos llevará a
otro peligro: que algún día un emperador, ante su impotencia, se una a ella.
Nada peor podría sucederle al cristianismo, aliarse con el poder. El poder
corrompe a los hombres y la Iglesia la conforman hombres. Espero que no se de la
corrupción de la Iglesia, porque degeneraría la Verdad.
Casi dos años viví en Antioquía, pleno y feliz, tiempo que fue como un largo
sábado en mi vida, de descanso y aprendizaje. Conocí gente muy interesante entre
cristianos y no cristianos, aunque se notaba el predominio, discreto, de los
primeros. Si a Plinio le preocupaba que los templos de las religiones romanas en
Nicomedia estuvieran desiertos, se hubiera espantado con los de Antioquía a los
que no entraba sino el polvo y las polillas.
Pero en Antioquía sucedió algo más. Ocurrió al final, cuando ya conocía con
cierta profundidad el Mensaje y me convencí de su procedencia Divina. Creí en
Él. Decidí seguir el Camino, me bauticé.
Sí, ahora soy cristiano.
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(*) Efeso (Ephesus): ciudad y puerto de la antigua
provincia romana de Asia, hoy oeste deTurquía.
(**) Tarso (Tarsus): capital de la provincia romana de
Cilicia, hoy sur de Turquía.
(***)Baética: antigua provincia romana de Hispania, hoy sur
de España.
X
Llevaba varios meses en Antioquía cuando llegó hasta mis oídos la noticia de la
muerte de Plinio el Joven, a quien siempre llamaron así para diferenciarlo de su
tío Plinio el Viejo. Por la edad que aparentaba no creo que el procónsul de
Bitinia hubiese alcanzado su sexagésimo aniversario. Debo reconocer en honor a
su memoria, que pese a sus excesivas adulaciones y su vanidad, era un hombre con
una mente privilegiada para las letras, con seguridad sus escritos trascenderán
las postrimerías del imperio romano.
Había ya descartado la participación de Plinio en el atentado de que fui víctima
en Nicomedia, pues él no podría beneficiarse en forma alguna con mi asesinato,
menos aún si ocurría en su provincia, todo lo contrario, perdería más de lo que
ganaría. Mis enemigos estaban en Roma, allí se planeó todo.
El
duelo en Bitinia no sería largo, los gobernantes no duelen al pueblo tanto como
sus verdaderos líderes, que raras veces son los mismos. Así lo comprobé en
Antioquía: Hacía más de dos años había muerto martirizado el líder cristiano
llamado Ignacio* y todavía se le lloraba.
En
ocasiones sentimos que no tenemos completo dominio sobre nuestras vidas, que su
transcurrir obedece más bien a un predestinado y misterioso plan. Así lo sentía
desde que salí de Roma, en especial cuando arribé a Nicomedia. en aquella ciudad
no me sentí forastero, es más, tenía la sensación de haberla conocido de tiempo
atrás hasta el punto de reconocer algunas de sus calles, algo extraño, pues era
la primera vez que visitaba la ciudad bitinia.
También allí tuve extraños sueños: Una noche soñé que era el procónsul de
Bitinia, pero en tiempos anteriores a Plinio, eran los de Nerón. ¿Acaso los
sueños son más que simples sueños, como lo afirman algunos magos y sacerdotes de
otras religiones? ¿Y acaso hay otras vidas o la reencarnación, como también
otras religiones lo pregonan? Todavía existen muchos misterios, y el de la
muerte era el que más me intrigaba.
Indagué entre los padres de la Iglesia en Antioquía sobre el misterio de la
muerte, qué dijo Jesús y qué decían los apóstoles al respecto. Nada claro
obtenía. Parecía que la Resurrección y la Vida Eterna era una idea aún muy
confusa entre los cristianos. Sin embargo, el ciudadano romano Saulo de Tarso o
Pablo, sí habló y escribió sobre el Último Misterio.
Pablo insistía en la resurrección de los muertos ya que si no la hubiera Jesús
tampoco hubiera resucitado, y si Él no resucitó su Mensaje ya no contendría nada
de lo que cree el cristiano. Si sólo para esta vida vale la prédica del
Nazareno, somos los más infelices de todos los hombres.
Pero Jesús de Nazaret, a quien Pablo llamó Cristo, resucitó como primer fruto
ofrecido a Dios, el primero de los que duermen. Es que la muerte vino por el
hombre así como la resurrección viene por el hombre. El último enemigo destruido
será la muerte.
Recomendaba Pablo no dejarse engañar con aquella frase de que comamos y bebamos
que mañana moriremos. Porque la Verdadera Vida viene después.
¿Cómo resucitan los muertos?, ¿con qué tipo de cuerpo salen? Lo que se siembra
no revive sino muere. Lo que se siembra no es el cuerpo de la futura planta,
sino un grano, una semilla, a la que Dios a través de la naturaleza dará el
cuerpo que le corresponde.
Así como los cuerpos no son iguales entre los hombres y los animales, igualmente
hay "cuerpos celestes" como hay "cuerpos terrenales". Los cuerpos celestes
tienen otro resplandor que los terrenales, como el brillo del sol es diferente
al de la luna y al de las estrellas. Una misma estrella se diferencia de otra
por el brillo.
Del mismo modo pasa con la resurrección de los muertos. Al sembrarse es un
cuerpo que se pudre, al resucitar será algo que no puede morir. Al sembrarse es
cosa despreciable, al resucitar será glorioso. Al sembrarse el cuerpo perdió sus
fuerzas, al resucitar estará lleno de vigor. Se sembró un cuerpo animado por
alma viviente, y resucitará uno animado por el Espíritu. Pues habrá un cuerpo
espiritual lo mismo que hay al presente un cuerpo animado y viviente.
No
aparece primero lo espiritual, sino la vida animal, y sólo después lo
espiritual. El primer hombre es hecho de tierra, pero el segundo hombre viene
del Cielo. El hombre terrenal es modelo de los terrenales, el hombre del Cielo
es modelo de los celestiales. Y así como nos parecemos ahora al hombre terrenal,
también nos vamos a parecer al hombre del Cielo.
"Hermanos," declaraba Pablo, "les aseguro que no entrará al Reino de Dios lo que
en el hombre es carne y sangre. Eso que va a la muerte no puede tener parte en
el Reino, donde no se puede morir."
No
desapareceremos, sino que seremos transformados. Es ésta la gran revelación de
Jesús que transmitió Pablo.
Todo esto lo supe por algunos ancianos que en su juventud conocieron y siguieron
a Pablo, en especial por uno de ellos proveniente de Corinto, a cuya comunidad
cristiana Pablo, en su tiempo, escribió una epístola convidándolos a creer en la
resurrección de los muertos. Esto mismo sería lo que me diría, más tarde, otro
hombre de otras tierras.
Mi
apetito por conocer más sobre el Último Misterio todavía no se saciaba. En
Antioquía ya no encontraría más.
Un
día un cristiano procedente de Armenia** me dijo que hallaría más respuestas
entre los seguidores de un hombre a quien se le conoció como "el Mago de
Mesopotamia".
-----
(*) San
Ignacio de Antioquía (44?-110?): Uno de lo padres apostólicos que más influyó en
la Iglesia primitiva. Escribió siete epístolas exhortando la unión entre los
cristianos.
(**)Armenia: Antiquísima región montañosa del sur del
Cáucaso, habitada por un pueblo sometido a los medos, persas, Alejandro Magno,
seléucidas, romanos, partos y sasánidas. A finales del siglo III fueron
evangelizados completamente.
XI
Antes de nuestra partida de Antioquía le escribí al Dácico, cuidándome de no
mencionar mi próximo destino. Le narré sin mucho detalle mi vida en los últimos
casi dos años, confirmándole mi apreciación inicial de que los cristianos no
encerraban ningún peligro potencial para el Imperio. También le advertí que no
me respondiera la carta, pues cuando llegase ésta a sus manos yo estaría ya muy
lejos de la ciudad siria. Todavía no podía decirle cuando regresaría a Roma.
La
suma de las ganancias acumuladas de la pastelería más la venta de la misma más
el dinero que aún me restaba arrojaba una cantidad muy superior a la que tenía
cuando salí de Roma. Parecía que la buena estrella me seguía, ahora no sólo era
más rico en amor, espíritu y conocimiento sino también en plata. Aunque ignoraba
cómo marchaba mi hacienda en Lacio*, que había dejado a manos del viejo
mayordomo. La nostalgia por aquella tierra cada vez era mayor.
Hay un momento en que el hombre encuentra su lugar en el mundo, su sitio, la
tierra a la que pertenece y que no necesariamente es aquella donde nació. Yo
nací en Baética, pero mi lugar lo encontré en Lacio. El hombre halla su tierra
como a su compañera, basta con verla una vez para saber que es ella, no obstante
a veces comprende tarde con la mente lo que su corazón tiempo atrás vio con los
ojos.
Contraté a un guía con varios asnos para la travesía por Mesopotamia. Quise
pasar como un discreto mercader viajero, al igual que en Antioquía, con su mujer
y su siervo.
Ciertamente no dejaba de ser riesgoso el viaje, ya que nos adentraríamos por
inhóspitas regiones donde todavía el estandarte de la "Pax Romana" no estaba
firme. Sin embargo, confiaba en mi destino, en la Voluntad del Padre. Una fuerza
muy grande en mi interior me obligaba a conocer más sobre el Mago de Mesopotamia.
-----
(*) Lacio (Latium): región de donde son originarios los
latinos, que en la época de Augusto conformó la región romana de Campania.
Situada en la Italia central, vecina a Roma, entre el Tiber y los Montes
Albanos.
XII
Los partos* son un pueblo guerrero temido pertenecientes al poderoso antiguo
reino de los Arsácidas, que lucharon con ferocidad contra los seléucidas como
ahora lo hacen contra nuestras legiones, aunque tal vez infructuosamente, la
fuerza militar romana es avasalladora. Siempre existirá un imperio que será la
potencia dominante, como lo es Roma en estos tiempos.
Tuvimos un viaje sin contratiempos, afortunado, hasta la ciudad de Edesa, al
igual que en el segundo trayecto hasta el perdido poblado desde donde escribo,
en la montañosa región parta sobre el río Tigris. Fortuna consecuente de la
prudencia, y valga la verdad, de uno que otro denario con los que pagamos
información sobre los posibles peligros que nos esperaban, pudiendo siempre
eludirlos, gracias a Dios.
Mi
acento hispano junto con mi barba y nuestros modestos trajes sirios han sido el
camuflaje perfecto.
Me
vi obligado en cierta parte del trayecto a quemar las cartas de presentación del
César, así como a enterrar mi valioso anillo de patricio. También con dolor me
separé de mi vieja espada de legionario, cambiándola por una burda espada parta
a un dichoso mercader de Damasco con quien nos encontramos en el camino, quien
me debió tomar por tonto. Pero no podía arriesgar mi vida ni la de Sulamita ni
la de Ahmés, ni siquiera la del guía sirio, por apegarme a cosas materiales,
símbolos de un imperio al que odian los habitantes de estas agrestes tierras.
Así pues, no debo quejarme. Estos aldeanos nos han tratado bien, no obstante
pareciera que no miraran con buenos ojos a los extranjeros ni a los practicantes
de religiones diferentes a la suya.
La
tierra de los partos es más bien árida, las lluvias son escasas, es muy fría en
invierno y bastante calurosa en el verano. Pese a esto sus paisajes me
maravillan, aunque no sobrepasan en belleza las llanuras que conocí entre el
Eúfrates y el Tigris. Si el paraíso realmente existió en este mundo, estas
llanuras sin lugar a dudas formaron parte de él.
Después de tantos y tantos días a lomo de asno por polvorientos caminos, fue más
que reconfortante haber llegado a este poblado parto y dormir en las camas de la
humilde posada, que aunque rústicas son lo suficientemente cómodas para nuestros
ya poco exigentes y maltratados cuerpos.
Aquí esperaba encontrar a uno de los discípulos de Natanael, el verdadero nombre
de quien era más conocido por estos lares como "el Mago de Mesopotamia". Ese
seguidor suyo, que lo sobrevive, se llama Abreu.
De
acuerdo a los resultados que habían arrojado mis pesquisas en Antioquía, aquí en
este olvidado rincón del mundo vivía este anciano discípulo de Natanael, uno de
los doce apóstoles de Jesús de Nazaret. La información fue correcta.
Pero por qué me interesaba en particular este apóstol y no otro más conocido
entre las comunidades cristianas, como Simón a quien el Maestro llamó Pedro,
quien encontraría la muerte en Roma, o a los hermanos Zebedeo: Juan y Santiago,
siendo el primero el favorito del Galileo y quien vivió hasta avanzada edad,
casi cien años dicen, muriendo en el sexto año del reinado del Dácico en Efeso.
¿O por qué no Felipe, o Mateo, o Tomás, o el otro Santiago, o el discreto Simón,
o Judas Tadeo o Matías el que sustituyó a Judas Iscariote, el que traicionó a
Jesús?
Quería indagar sobre aquel Natanael, también conocido como Bartolomé, porque se
me había dicho en Antioquía que poco después de irse Jesús se produjo un cisma
entre los apóstoles, unos que apoyaban a Pedro y a Juan, quienes al igual que
Saulo de Tarso querían hacer énfasis en el origen Divino del Galileo, como el
verdadero Hijo de Dios, resaltando más sus obras y milagros que su Mensaje,
siendo precisamente esto último lo que Natanael y los otros que estaban de su
lado consideraban más importante. No pudiendo llegar a un acuerdo entonces se
dividieron.
Así Natanael y sus partidarios me cautivaron, pues pienso que ciertamente es más
importante para los hombres conocer la Verdad que simplemente admirar a un
hombre como Hijo de Dios por sus impresionantes milagros que, me atrevo a
pensar, los hizo no para que lo adoraran sino para que creyeran en Él, en su
palabra, en el Mensaje que traía, la Verdad. No imagino a un Jesús vanidoso que
buscaba idolatría sino a un hombre que conocía la naturaleza humana y su
incredulidad.
También supe que Jesús
había dicho de este apóstol cuando lo conoció: “Ahí viene un verdadero israelita
de corazón sencillo." Natanael sorprendido le preguntó que cómo podía decir eso
si no lo conocía. A lo que Jesús le respondió describiendo con detalle cómo fue
que otro apóstol, Felipe, había hablado con él bajo una higuera invitándolo a
ver al Maestro. Natanael admirado lo reconoció como Hijo de Dios, pero Jesús le
dijo: "Tu crees porque te he dicho: Te vi bajo la higuera. Verás cosas mayores
que éstas."
Después del cisma poco se supo de Natanael, o Bartolomé como lo llamaban
algunos. Él, al igual que varios de los doce, empezó un peregrinaje por las
tierras de Oriente predicando el Mensaje del Galileo. Se dice que recorrió
Mesopotamia hasta la frontera con la India, y en los mismos días en que las
tropas de Tito destruían a Jerusalén, según mis cálculos, Natanael moría
crucificado en una cruz invertida en Albanópolis, ciudad parta de Armenia. Tal y
como murió años antes Simón Pedro en Roma, con una diferencia: Natanael antes de
ser crucificado había sido despellejado... vivo. ¡Cruel muerte!
La
intolerancia de muchos llega a límites aterradores, aunque ya nada que provenga
del Hombre me asombra.
Pero Natanael durante su misión en todos aquellos años sí asombró. Llevaba
consigo el don del Espíritu que Jesús les había prometido, y un hombre de
"corazón sencillo" debió multiplicarlo al máximo. Realizó grandes milagros entre
sus seguidores y en los pueblos que visitó, hasta el punto que su fama como mago
se extendió entre los bárbaros que habitan los confines de la Tierra, por lo que
se le conoció con el Mago de Mesopotamia.
Sus milagros se han vuelto leyenda. Se habla de la hija de un príncipe de la
India a quien revivió, arrebatándola de las garras de la muerte como se dice que
Jesús hizo con un tal Lázaro.
El
poder de Dios no tiene límites y a veces Él elige a uno de entre los hombres,
para a través de éste, mostrar ese poder, recordándonos su existencia y que todo
lo puede. Creo que Natanael fue uno de los elegidos.
Dios se muestra a los hombres por medio de sus elegidos, como a través de los
profetas lo podemos entender, así como por los filósofos lo podemos encontrar,
pues de lo contrario estaríamos en un mundo lleno de ciegos. La Verdad es como
la luz del sol, pero de nada nos sirve si no podemos ver. La gran mayoría de los
hombres no vemos porque no abrimos los ojos, por eso necesitamos seguir a un
elegido, escuchar a un profeta o estudiar al menos a un filósofo. Son ellos
quienes nos abren los ojos. Tal vez por eso Jesús repetía: "Que vea el que tenga
ojos para ver, que escuche el que tenga oídos para oír."
No
obstante, este apóstol también se valió de la "magia Divina" para que creyeran
en él, en su predicación del Mensaje de Jesús.
Su
predicación sobre el Mensaje, del hombre a quien el Maestro dijo: "...Verás
cosas mayores que ésta," era lo que me interesaba. ¿Qué cosas había visto?
Un
elegido sabe de Dios porque ha visto, por eso jamás duda. Como los seguidores de
éste ven a través de los ojos de él creen en Dios, pero a veces dudan. Así como
la duda es todavía más grande entre quienes escuchan a un profeta o estudian a
los filósofos. Mientras quien no han seguido a un elegido o escuchado a un
profeta o estudiado a filósofo alguno, rara vez creerá con sinceridad en Dios,
menos en la existencia de la Otra Vida, limitándose a cumplir ritos y normas en
los mejores casos, con la tenue esperanza de que sea cierto lo que se dice.
Estos últimos, que son la mayor parte de los hombres, tienen un velo oscuro que
no les permite ver la luz. No tienen ojos para ver ni oídos para oír.
Desde que Natanael salió de Judea fue siempre acompañado por uno de sus
discípulos, uno muy joven, Abreu. Éste aún vivía y estaba aquí entre las
montañas partas, retirado en la meditación y la oración, esperando su hora.
Esperando reunirse con su maestro en la Casa del Padre para siempre, como Jesús
lo había prometido.
Vivía en una discreta casa algo alejada del poblado, bajo un abnegado cuidado y
atención que le brindaba una joven mujer parta.
Cuando vi por primera vez a Abreu, sentado sobre una roca tomando el sol de la
mañana frente a su casa, me pareció el anciano más venerable que había conocido
en mi vida. Aunque los cálculos me decían que debía superar los noventa años,
aparentaba la vitalidad de un hombre veinte años menos pese a su delgadez. De
larga y blanca barba y cabellera, irradiaba un aura de paz y serenidad como
suelen los pocos seres que han alcanzado la plenitud en sus vidas. Pero era su
cálida sonrisa lo que más me llamó la atención. Sentí que podía confiar en él,
revelarle quién era yo, mas no fue necesario, sus palabras de saludo fueron:
"Acércate en paz y con el corazón abierto, mi querido Marco Trajano."
Quedé estupefacto. A diferencia de Filopátor en Nicomedia, quien había sido
informado sobre mí y la misión encomendada por el César a través de terceros,
Abreu no podía tener tal información. Desde que arribé a Siria nunca nadie supo
mi verdadera identidad, menos en Mesopotamia y mucho menos aquí entre los
partos. Ahmés y Sulamita jamás me traicionarían, además si lo hicieran morirían
al igual que yo por estar con un romano, peor aún, con el sobrino del César. Así
que este anciano tenía que ser Abreu, el discípulo de Natanael el Mago de
Mesopotamia. ¿Era Abreu un profeta?
-----
(*) Partos: Del griego Párthoi. Antiguo pueblo escita que
se estableció en el norte de Irán, antes del siglo III a.C., y cayó bajo dominio
de los persas. Fundaron luego el reino Arsácida que sería incorporado al imperio
sasánida años más tarde. Lucharon contra los seléucidas y los romanos.
XIII
Lloré. Lloré
abrazado a él.
Limpié mi alma con lágrimas. Bastó ver a este santo hombre para que emergiera el
arrepentimiento del daño que hice a otros, y a mí, a lo largo de mi vida, y del
perdón que no concedí cuando debí. Aquella soleada mañana, que nunca olvidaré,
me liberé de mis pecados. Sentí el perdón Divino por medio de Abreu. Así conocí
esta Verdad.
XIV
Han
transcurrido días, semanas, meses, escuchando las enseñanzas y vivencias de
aquel sabio anciano nacido en Judea. He vuelto a ser niño, de nuevo estudio en
la academia, pero esta vez lo hago no por deber sino por gusto y placer. ¿Mis
compañeros? Quiénes más sino Sulamita y el obstinado Ahmés.
Vivo
feliz, entre el apasionado amor que nos prodigamos Sulamita y yo, y ante el
conocimiento que Abreu nos transmite. ¿Algo vale más para el hombre que un
corazón colmado y una razón satisfecha?
Buena parte de la Luz que he visto, que me permitió ver Abreu, he tratado de
mostrarla a lo largo de esta carta, pese a la premura del tiempo. Cada día que
paso escribiéndola aumentan los riesgos para nosotros, pero siento que es mi
deber, que es parte de mi misión en esta vida. Es la fuerza de mi espíritu la
que guía mi mano.
Muchas otras
cosas que me ha revelado Abreu no podré escribirlas, ni siquiera hablarlas, pues
aún los hombres no están preparados para conocerlas. Ya vendrá el día en que se
podrán conocer, a otros se les encargará esa sagrada misión. "Cada cosa a su
tiempo," suele repetirnos.
Sobre el Último Misterio, lo que hay después de la muerte, no es mucho lo que
puedo agregar a lo que ya he escrito sobre las enseñanzas de Pablo al respecto.
Porque no hay más, así de sencillo. Es que es una verdad simple: Sí hay vida
después de la muerte. Se trata de una vida no corpórea, diferente a la materia
de este mundo, es más, en otro mundo, uno más grande y maravilloso donde no
existen las necesidades materiales porque no hay cuerpo que atender o
satisfacer. Una vida donde todo se nos revela.
Puedo decir también que la muerte es algo así como cuando en una carrera un
carro se estropea o pierde sus caballos, ya no sirve, entonces su conductor debe
apearse abandonando la carrera. La vida aquí es la carrera, el carro es el
cuerpo del hombre y los caballos son su energía vital, mientras el conductor es
el espíritu o el alma. Siendo precisamente este espíritu el que abandona el
cuerpo cuando ya no le sirve o cuando ha perdido su energía vital. Así como el
conductor va a alguna parte, el espíritu también se dirige a otro sitio, al más
allá, al Reino de los Cielos, donde al igual que el conductor evalúa su
desempeño en la carrera el espíritu evaluará su paso por esta vida.
En
cuanto a la cuestión de si es posible que en la Vida Eterna se den
interrupciones para volver al mundo, la reencarnación, sólo puedo decir que en
ninguna parte está escrito o se dijo que el espíritu nada más encarne una vez o
que encarne siete veces. Cada espíritu creado por Dios evoluciona de manera
diferente como crecen y maduran los diferentes frutos de un mismo árbol. Tal
vez a algunos se les encomiende más misiones que a otros, debiendo venir más de
una vez, o tal vez sea porque necesiten aprender más que otros. Pero eso no debe
importar, basta con lo que nos trae esta vida para preocuparnos con otras vidas
mundanas que es probable nunca se den o no se hayan dado. ¿De qué le sirve a un
hombre saber si existen otras vidas aquí en la Tierra? Que se preocupe más bien
por ser cada día mejor en esta vida, de la única que tiene certeza hasta su
muerte, para merecer la Vida Eterna, sin interrupciones, en el Reino de los
Cielos. Para cuando haga el balance le sea favorable. "No se preocupen por
atesorar bienes en este mundo donde los ladrones y la polilla darán cuenta de
ellos, preocúpense más bien por acumular riqueza en el Reino de los Cielos,"
predicaba el Galileo.
El
Último Misterio está revelado, Jesús de Nazaret lo reveló, y fue más lejos al
morir en la Cruz, demostrándonos que no se debía temer a la muerte ni verla como
el final de todo, porque nada más es el nacimiento a la Verdadera Vida, la Vida
Eterna en el Reino del Padre, en los Cielos. Por eso dijo: "Mi reino no es de
este mundo." Por eso también le dijo a sus discípulos: "La casa de mi Padre es
como una mansión con muchas habitaciones, no se preocupen, que allí vivirán."
Así como le prometió al hombre arrepentido que crucificaron junto a Él: "No te
preocupes, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso." La Otra Vida es un
paraíso, ¿cómo no serlo donde no se tiene cuerpo que alimentar ni que abrigar ni
que cuidar?
Fue
entonces necesario que el Galileo muriera crucificado. Así demostró con este
hecho lo que tanto predicó. Para que le creyeran. Sin embargo, la mayoría duda o
no cree. "El que tenga ojos para ver que vea..."
No
hay misterios, la Vida carece de tales. Somos los hombres quienes por nuestra
incredulidad, vemos misterios, o mejor, no vemos la claridad. Es ésta la Verdad.
Creer sin dudar, en esto consiste la fe.
Durante nuestra
estadía en el poblado parto se nos ha tratado con hospitalidad, aunque nos
cuidamos de no sociabilizar demasiado ni trabar amistad con personas diferentes
a Abreu y sus no pocos discípulos, temíamos ser descubiertos. Ser cristiano es
ya un peligro, ser romano es una cruel muerte segura.
Recién me he enterado que todo el pueblo sabe bien quién es Abreu. Quien no sólo
es respetado, sino hasta protegido por estos humildes pobladores y montañeses,
pues, así como su maestro Natanael, posee el don del Espíritu: profetiza, sana
cuerpos y expulsa demonios. Por lo que hay entre ellos más cristianos, en
secreto claro, de lo que pensaba.
XV
Gracias a Dios he logrado salvar esta carta y el pergamino de que cayeran en
manos inapropiadas, lo que pudo habernos costado la vida.
Así
es, excelente Fabio, esta carta que de lo larga más bien parece un libro, pero
es que quería y quiero ahora más que nunca, dejar testimonio de los hechos y
compartir la Verdad que he descubierto, pidiéndote que seas el albacea de ésta y
del pergamino que la acompaña. En nombre del Dios único y verdadero, y en nombre
de nuestra larga amistad, te ruego que seas un guardián celoso de estos dos
rollos hasta que nos encontremos nuevamente, o si no puede ser, divulgues su
contenido en el momento adecuado y a las personas correctas según tu buen
criterio.
En
aquel poblado parto, en el que viví durante aquellos hermosos meses, tiempo en
el que escribí esta carta hasta el capítulo anterior, por este pergamino que
recibí para su custodia y que ahora te encomiendo, el peligro nos parecía
acechaba cada vez más. Hasta que una noche todo se complicó,
obligándonos a cambiar de planes intempestivamente.
Abreu, hacía ya muchos días me había entregado el pergamino, diciéndome: "Marco,
tu eres el elegido para que guardes las palabras escritas por mi maestro
Natanael. Mis días están contados en este mundo, te esperaba como en un sueño se
me anunció: 'Entrega las palabras del israelita de corazón sencillo a la sangre
del trono de Roma.' Ahora que he cumplido podré reunirme de nuevo con él.
Luego me explicó porqué está en tan mal estado el pergamino:
Natanael, también llamado Bartolomé, había escrito una epístola a la naciente y
dispersa comunidad cristiana en Mesopotamia poco antes de su cruel muerte.
Cuando el Apóstol cayó en manos de sus verdugos éstos trataron de quemarla, pero
un milagroso viento lluvioso impidió que fuera consumida por el fuego en su
totalidad, de lo que no se percató sino Abreu (aunque no puedo evitar
preguntarme si el don de Abreu intervino en este fenómeno de la naturaleza)
quien más tarde, de manera furtiva, la rescató de entre las cenizas.
Es
por eso que el pergamino está incompleto, con rastros evidentes del ataque de
las llamas. Según me dijo, sólo ha quedado legible una quinta parte de la
Epístola de Natanael. Tal vez, las palabras que la Divina Providencia quiere que
se conozcan.
Abreu y los demás seguidores del Apóstol, ante la pérdida de su maestro y para
salvar sus vidas, huyeron de Armenia hacia diferentes regiones dentro y fuera
del Imperio. Abreu fue el que menos se alejó, quería continuar la misión de su
maestro divulgando el Mensaje entre los partos, y así lo hizo por muchos años,
estando su vida en peligro en incontables ocasiones. Peligro que siempre eludió
gracias a su maravilloso don y a la protección Divina, claro está. Hasta que su
extrema vejez le obligó a refugiarse de modo permanente entre las montañas donde
lo encontré.
En
vista del peligro que la Epístola encerraba para nosotros, preocupándome más por
Sulamita, decidí escribirte esta carta para remitirte junto a ella el valioso
pergamino.
Mi
plan era enviar a Ahmés como mensajero, a quien le concedería la libertad. Soy
cristiano y como tal no puedo aceptar la esclavitud de un hombre a otro, y digo
esto por convicción no por dogma religioso. Ahmés llegaría como mi esclavo hasta
ti y una vez cumplida su misión, tu le harías liberto* y recompensarías
generosamente de acuerdo a la solicitud final de mi carta. Pues Sulamita y yo
habíamos decidido permanecer indefinidamente allí, entre la reconfortante vida y
sencillez de aquellos montañeses y las enseñanzas de Abreu.
Esta
misión no podía confiarla a alguien diferente a mi leal Ahmés, sabiendo lo que
he escrito y confesado con mi puño y letra en esta carta.
Pero
una cosa es lo que pensamos y otra es lo que la Vida nos depara.
------
(*) Libertos: nombre dado en Roma a los esclavos que obtenían
o compraban la libertad.
XVI
Fue
el día en que el "nuevo Ahmés", como él mismo se llamaba, decidió bautizarse.
Este viejo egipcio vio derrumbar todas sus antiguas creencias y renacer en él su
fe cristiana. Las suaves palabras de Abreu poco a poco fueron resquebrajando las
bases de su templo politeísta, pero el golpe de gracia lo recibió cuando el
santo anciano puso su mano sobre su rodilla sanándola. No volvió a cojear.
También he de confesar que Abreu por medio del Espíritu que había en sus
palabras abrió mi corazón. Me casé con Sulamita, la tomé como mi legítima
esposa en una sencilla boda presidida por aquel santo hombre.
El
espacio que separa a los hombres de Dios se llena con el amor, nada más este
maravilloso sentimiento, esta fuerza invisible, lo puede llenar. Feliz quien lo
posee. ¿De qué sirve el dinero si no se tiene el amor? ¿De qué sirve la paz si
se carece de amor? ¿De qué sirve la libertad si no tenemos a quien amar y quien
nos ame?
Amo
a Sulamita con una fuerza que traspasa los linderos de mi piel. He recibido la
bendición de Dios al darme esta especial y bella mujer por compañera, un regalo
Divino que como tal debo cuidarlo y protegerlo.
En
la noche de aquel día del bautizo de Ahmés, llegaron al poblado un grupo de
legionarios comandados por un déspota capitán a quien pronto reconocí. Había
servido bajo mi mando como centurión durante la segunda campaña por la Dacia.
Aproximadamente un centenar de soldados penetraron violentamente casa por casa,
no discriminando niños ni ancianos ni mujeres, parecían ver en todos a guerreros
partos rebeldes. La guerra obnubila a los hombres y endurece sus corazones si
permanecen en ella demasiado tiempo. Todos estos horrores sucedían ante los ojos
permisivos de ese mal comandante.
La
casa que nos servía de posada estaba al otro extremo del pueblo. Los
desgarradores gritos nos despertaron. Ahmés irrumpió en nuestra habitación
gritando: "¡Pronto amo, huyamos! ¡Toma tu espada y a tu mujer mientras haya
tiempo!"
"¿Qué pasa?" Pregunté asustado.
"¡Soldados romanos poseídos por el demonio... Nos atacan... Saquean, violan...!"
Respondió con agitación mientras me pasaba mi túnica. "¡Vístete, te lo ruego!"
El
temor me sobrecogió cuando pensé en lo que podría sucederle a Sulamita. Su
belleza sería su sentencia.
"Amor
mío, vámonos.
Tengo miedo."
Exclamó ella aferrándose a mi brazo izquierdo.
Me
despabilé. Salté de la cama, me vestí, tomé la espada y la bolsa con dinero.
Sulamita hizo lo propio. Nos disponíamos a salir de la posada cuando dos
legionarios de aspecto descuidado y mirada enardecida abrieron de un golpe la
puerta. Era demasiado tarde.
Ambos descubrieron a Sulamita tras de mí, cruzaron sus miradas y sonrieron
mostrando sus animales intenciones. No tenía más opción, sólo revelando mi
identidad protegería a mi mujer y tal vez a los demás.
"¡Deteneos soldados romanos, o la ira del César caerá sobre ustedes y sus
familias!" Dije con voz firme levantando mi espada.
Ante
el asombro por mis palabras en perfecto latín vacilaron.
"¿Cómo es que un maldito parto conoce tan bien la lengua de Roma?" Inquirió el
más veterano, que por su acento me pareció sirio.
"Soy
ciudadano romano al servicio del César." Decidí guardar mi nombre hasta el
último momento, esperando no fuera necesario.
"¿Ciudadano romano?" Se burló el más joven.
"¿Qué
haría un ciudadano romano entre la escoria parta? Además, un ciudadano afeita su
barba."
"¡Y
mira!" Señaló el otro mi espada. "Es parta."
"Escuchen bien esto, estúpidos: si ustedes supieran a quién le hablan ya se
estarían orinando sobre sus botas. Mi amo, es sangre de la sangre de Trajano
y..." Intervino Ahmés. Pero los dos soldados estallaron en carcajadas no
permitiéndole terminar la frase. Y con razón, ¿quién podría creer aquello al
observarme en aquel humilde sitio?
Me
sentí sin salida. Oré al Padre implorando su ayuda y protección, si no para mí
al menos para Sulamita. Recordé las palabras de Abreu: "Todos tenemos un ángel
protector, un Espíritu que nos acompaña, que nos envía Dios al momento de nacer
y quien está siempre a nuestro lado hasta la muerte. Invócalo con el corazón y
te ayudará."
De
mi corazón salió mi invocación: "Ángel de mi guarda, Espíritu que me acompañas,
protégenos, dame tu poder."
Los
hombres se abalanzaron espadas en mano contra nosotros. Mi acero chocó contra el
del más joven deteniendo su mortal trayectoria. Sentí que algo pasó veloz por el
aire cerca a mi hombro. El legionario más viejo se desplomó en el acto, con una
daga egipcia clavada en su garganta. Mi rival al verse solo vaciló, grave error
que le costó su vida por cuenta de mi espada parta.
"Sólo matar en defensa propia o de los demás puede un cristiano." Respondió
Abreu ante la duda que formulé en alguna ocasión.
Nos
disponíamos a reemprender la huida, aunque todavía no tenía claro para dónde ni
cómo, pero de nuevo no hubo tiempo. Al salir nos encontramos rodeados por una
docena de legionarios y otros más que corrían a toda prisa hacia nosotros.
"¡Alto, soldados de Roma!" Grité.
Escuchar hablar en latín en esas montañas era definitivamente sorprendente para
ellos. Se detuvieron.
"Como ciudadano romano solicito hablar con su jefe." Dije.
Después de un breve silencio un cabo se identificó.
"¿Acaso eres el jefe máximo de esta centuria, o es que entendí mal y no eres
cabo sino centurión*?" Exclamé con aire autoritario.
No
pudo evitar mostrarse sorprendido el cabo ante mis conocimientos sobre la
milicia romana. Dio orden a un soldado, quien de inmediato desapareció en la
oscuridad. Luego de un tenso corto tiempo, éste regresó acompañado no del
centurión que esperaba sino del capitán y más soldados.
Se acercó, nos
circunvaló con aire desafiante, se detuvo frente a mí y casi gritando me dijo:
"¿Qué hace un romano aquí, si realmente lo eres, cochino mercader?"
No
me reconoció.
Lo
miré directo a sus ojos y calmadamente respondí: "Así que a Fabricio 'el gato'
lo han ascendido a capitán." El hombre quedó pasmado al escuchar su nombre y
apodo, los que por fortuna había recordado.
"¿Cómo sabe él quién soy?" Gritó dirigiéndose a su tropa. Nadie se movió. Aún no
me reconocía. Luego hacia mí: "¿Eres acaso brujo o algo así?"
"Guarda tu espada, no sea que caigas en desgracia ante el Dácico por herir a su
sobrino" Aconsejé sonriendo, pero sin apartar mi decidida mirada de sus ojos. Vi
una variedad de colores en su rostro, del amarillo pálido al rojo encendido.
"¿Ca...
Ca... Capitán Trajano?" Balbuceó en medio de un mar de dudas.
"Creí que no reconocerías a tu antiguo comandante." Afirmé con el rostro serio.
Su
espada se deslizó de entre sus dedos cayendo a sus pies.
"Tampoco deseo que te lastimes con tu espada, Fabricio." Agregué con tono
irónico. Respiré tranquilo. Dios estaba de nuestro lado, y mi ángel obró
salvadoramente.
"Señor..." Interrumpió un soldado, indicándole a Fabricio con un leve movimiento
de su cabeza que debía mirar dentro de la posada.
"Así
como adiestras a tus hombres en el combate deberías enseñarles a discernir.
Aunque esos dos no hicieron bien ni lo uno ni lo otro." Me anticipé señalando
con mis ojos hacia la casa.
Fabricio "el gato" se apresuró a entrar a la posada. Al regresar me espetó:
"¿Usted solo los..." Todavía me mostraba respeto, buena señal.
"¿Los maté?" Sí, eran pésimos con sus armas." Terminé su pregunta. No quise
inmiscuir a Ahmés, pues el castigo para un esclavo que mate a un soldado romano,
cualquiera que sea la circunstancia es la pena máxima. En cambio mi ciudadanía
sumada a mi linaje me protegía. Nadie dudaría de mi palabra al alegar que fue en
legítima defensa, además Sulamita y Ahmés me servirían de testigos. Cosa que el
sagaz egipcio captó en el apto diciendo:
"Así
fue honorable capitán, mi valeroso señor, les advirtió de su ciudadanía romana
no una sino dos veces, pero los dos hicieron caso omiso de su advertencia. Hasta
yo les aconsejé, muy amablemente, que escucharan a mi amo, que en mejor latín no
pudo decirlo..."
"Está bien, calla ya." Ordenó Fabricio, dándose por satisfecho, o al menos eso
aparentó. Supongo que pensando más en su conveniencia personal que en la ley
decidió poner fin al asunto: "No se hará ninguna acusación en tu contra que te
lleve al tribunal. En mi informe declararé que obraste en legítima defensa." Por
primera vez se atrevió a tutearme. Sonriendo me tomó de los hombros como a un
viejo amigo y empezamos a caminar hacia el poblado. No tardó en insinuar el
favor que ahora le debía y lo mucho que apreciaría un buen comentario a mi tío
sobre sus éxitos entre los partos.
En
más de una ocasión tuve que morderme la lengua para no soltar mi ira por el
salvaje ataque cometido contra aquello inocentes montañeses partos. No obstante
si le lancé una aguda flecha al decirle: "Veo que has perfeccionado tu método de
pacificación, el que no dudo entendería pero no dejaría de extrañar el Dácico.
Pero no te preocupes, estimado Fabricio, no extenderé mi buen comentario con
detalles inoficiosos al gran César, como tu no alargaste la también inoficiosa
investigación sobre los dos tontos que no supieron distinguir entre un súbdito y
un enemigo de Roma." Dándole así a entender que quedaríamos a mano. Estrechando
sus oblicuos ojos sonrió, mostrándose conforme.
Aquella horrible noche fue larga y penosa. Me embargó una profunda tristeza al
descubrir cuántos cuerpos yacían tendidos víctimas de unos bárbaros que ondeaban
con deshonor la bandera de la "Pax Romana". Con actos así Roma siempre será
odiada y algún día caerá. El poder no se mantiene por la fuerza sino por el
respeto. No se impone, se merece. ¿Dónde está el honor militar, gloria del
legionario, en la violación y asesinato de una niña inocente?
Ante
la curiosidad de Fabricio sobre mi situación, opté por una verdad a medias. Le
expliqué sin detalles que estaba recorriendo todas las provincias asiáticas en
misión secreta, de suprema importancia para el César, por lo cual debía yo
actuar con muchísima discreción guardando de revelar mi verdadera identidad. Lo
que pareció impresionarle, jurándome su lealtad y la de sus hombres al César,
poniéndome su legión a mi disposición. Cosa que no desaproveché.
Pedí
en nombre del César suspender los ataques contra los pueblos indefensos como ése
de manera inmediata y restituir lo robado sin excepción por los soldados.
"Como ya ha sido revelada mi identidad, mi vida y la de los míos corren peligro
aquí, así que necesitaremos caballos y escolta hasta Antioquía." Solicité, pues
los partos cobrarían venganza y ni la intermediación de Abreu nos salvaría. Que
entre otras casas, la suya se salvó gracias a estar algo alejada del poblado.
"Cuando así lo desees, honorable Marco Trajano, tendrás una treintena de mis
mejores legionarios a tu disposición y cuantas monturas necesites."
Cometí un fatal error de apreciación al aceptar los treinta soldados por
escoltas.
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(*) Centurión: Jefe de una
centuria romana, compañía de cien hombres. Seis centurias conformaban una
cohorte, y diez cohortes una legión.
XVII
La
despedida de Abreu fue corta pero emotiva. Sabíamos que no lo volveríamos a ver.
Hasta Ahmés lloró. Lo abrazamos, nos bendijo, montamos nuestros caballos y
partimos con la escolta de treinta legionarios rumbo a Antioquía. No sin antes
advertir a Fabricio "el gato" que si algo le llegaba a suceder a este santo
anciano o a cualquier otro de los moradores del poblado, utilizaría toda mi
influencia ante el César en su contra. A lo que me juró por su honor que a nadie
de allí le pasaría nada por cuenta de su legión.
El
poder debe ser siempre utilizado para defender a los débiles y las causas
justas. Es esto lo que enaltece al poderoso, de lo contrario nada lo diferencia
de un bandido.
No
llevábamos ni tres días de viaje, cuando atravesando un estrecho valle del
Tigris, sentí una opresión en mi estómago. La que no sentía desde cuando estuve
en campaña en la Dacia. Sabía que era una especie de advertencia interior, un
llamado de mi instinto de conservación, que me alertaba de un peligro inminente.
Me preocupé, no dejaba de pensar en lo que pudiera sucederle a Sulamita. Ella lo
advirtió y quiso saber qué me pasaba, le mentí, no quería que se preocupara
también.
En
efecto, el peligro apareció.
XVIII
Al
anochecer mientras acampábamos noté una estela de polvo a lo lejos, seguí
observando, divisé un jinete, luego dos, tres, cuatro... Una horda de guerreros
partos se aproximaba.
"¡A
los caballos, nos atacan!" Grité con fuerza, dando la voz de alarma primero que
los despistados centinelas. Corrí hasta Sulamita y casi arrastrándola la monté
sobre su caballo, señalándole hacia un bosque cercano, la instruí para que se
ocultara y no se moviera pasara lo que pasara, hasta que yo fuera por ella. Di
un golpe al anca de su caballo para que galopara veloz. Tomé mi espada y subí a
mi montura dispuesto a presentar batalla. Recordé a Ahmés y lo busqué con la
mirada, mas no lo pude encontrar por ningún lado. Me encomendé a Dios e invoqué
a mi ángel guardián.
Trabamos combate.
Los
partos eran más o menos unos cuarenta jinetes, a los que no me habría sido
difícil rechazar si hubiera contado con buenos legionarios. Descubrí, demasiado
tarde, que los legionarios de Fabricio, sirios en su mayoría, no sólo estaban
mal entrenados sino que carecían de disciplina militar.
Había ordenado dividirnos en dos bloques, para que el primero, de veinte
hombres, atacara de frente y la decena restante bajo mi mando los flanqueáramos.
Pero sin esperar mi señal el bloque principal salió desordenadamente, mientras
los diez que me seguían se permitieron descubrir, lo que hizo que algunos
jinetes partos se dejaran venir. Los muy estúpidos soldados, no atendiendo mis
órdenes de esperarlos donde fácilmente los dominaríamos, se adelantaron a
presentarles batalla, siendo descubiertos por los demás partos. Todo fue un caos
de lanzas, flechas, espadas, sangre y polvo. No tuve más opción que confiar en
la habilidad de los sirios en la lucha cuerpo a cuerpo y combatir a su lado. Era
ganar o morir, los partos no toman prisioneros.
Debo
reconocer que los sirios eran valientes aunque peleaban desunidos, tal vez no me
obedecían por no llevar uniforme o no confiaban en mí, al fin y al cabo debía
ser yo un aventurero rico para ellos.
En
cambio los partos eran jinetes guerreros muy superiores. Luché hasta el
cansancio, por suerte mi corcel era brioso y obediente, lo que me salvó en más
de una ocasión y me permitió eliminar a unos cuantos. Vi como caían en mayor
número los legionarios que los partos. La batalla estaba perdida, pero por
principios no abandonaría a mis hombres. Ordené la retirada, una, dos, tres
veces, hasta que esta vez me hicieron caso y decidieron seguirme. Me dirigí
hacia una colina rocosa, pensaba que tal vez si nos atrincherábamos entre las
rocas por donde los caballos no podrían moverse con facilidad, obtendríamos
alguna ventaja. Miré hacia atrás, me seguían nada más doce soldados, los que
sobrevivían o aún podían cabalgar, y demasiado cerca más de treinta partos.
De pronto
advertí que cinco de aquellos jinetes se separaron de los demás perseguidores
dirigiéndose hacia el bosque donde se ocultaba Sulamita. No tuve más opción,
viré hacia el bosque acosando a mi caballo, debía llegar primero. Los
legionarios me seguían y los partos a ellos y a mí.
Penetramos el bosque, pero no descubrí a Sulamita ni a su caballo. Busqué lo más
espeso, tampoco allí se encontraba, todos me seguían, aunque ya dispersos.
Cambié de táctica. Desmonté y arrié mi caballo para que continuara sin mí, siete
soldados, los más próximos, hicieron lo mismo. A los otros cinco legionarios no
pude avisarles a tiempo, pues estaban los partos casi encima de ellos. Pasaron y
tras ellos los primeros partos, esperamos, cuando consideré que eran los últimos
di la señal y saltamos sobre estos, uno sobre cada jinete. Así cayeron cinco
enemigos más. Otros cuatro se percataron y se devolvieron, mas ya nos habíamos
camuflado tras los árboles, pasaron, saltamos sobre ellos... Ya iban nueve
menos.
"La
sorpresa es la mejor arma con la que se puede contar cuando el enemigo es
notablemente superior, y mejor aún, cuando se siente confiado." Recordé esta
frase del Dácico.
Como
habíamos perdido nuestras monturas no pudimos darles alcance a los demás.
Escuché gritos y el ruido del choque de los aceros. Los partos habían dado
alcance a los cinco soldados. Corrimos hacia ellos. Todavía quedaban tres en
pie. Mis siete hombres y yo atacamos a los jinetes partos por la espalda...
Cayeron ocho enemigos más.
Ya
la cosa se emparejaba. Pensar en proteger a Sulamita me daba fuerzas, estaba
decidido a no dejar vivo a ningún guerrero parto. Ordené que atacáramos a los
jinetes más cercanos en parejas, así derribamos a otros cuatro. Montamos los
caballos del enemigo. Pero en vez de atacar ordené retirada, mi plan era que nos
siguieran para de nuevo en la espesura del bosque sorprenderlos desde los
árboles. Cayeron en la trampa, y así dimos cuenta de otros seis. También perdí a
dos de los míos.
Nos
reagrupamos los seis que quedábamos y de nuevo tomamos sendos caballos de los
partos. Galopamos hacia donde suponíamos estaban los jinetes restantes para
dejarnos ver y atraerlos de nuevo. No encontramos a nadie, sólo a dos de
nuestros soldados heridos que trataban de ocultarse entre los arbustos. Los
cargamos al anca. ¿Dónde se habían metido los demás partos, que según mis
cálculos no debían sobrepasar la media docena?
Se
escucharon gritos de mujer.
Galopamos tan rápido como podían nuestros agotados caballos. Cinco jinetes
partos galopaban desaforadamente pretendiendo salir del bosque, uno de ellos
llevaba a Sulamita sobre sus piernas, ella trataba de resistírsele, pero el
bellaco la golpeaba. La ira me enardeció.
De
perseguidos pasamos a perseguidores. Pero no lográbamos acortar distancia.
De
repente una flecha atravesó el pecho del desgraciado que cargaba a Sulamita,
cayendo pesadamente al suelo junto con ella. Una segunda flecha surcó los aires
clavándose en el abdomen de otro parto. Apareció la tercera pero no dio en el
jinete sino en la nuca del caballo, que cayó desplomado. Los otros dos se
detuvieron a recoger a su compañero que trataba de sacar una pierna atrapada
bajo el pesado cuerpo del corcel. Todavía estábamos muy lejos pero lo suficiente
para descubrir al oportuno arquero: Ahmés.
Desde un tronco caído dispuso en su arco la cuarta flecha. No fui el único que
lo descubrió. Los dos partos una vez rescataron al tercer jinete, dirigieron sus
monturas hacia el egipcio. Nosotros no alcanzaríamos a llegar a tiempo. Apuntó,
disparó... Falló. Ya no tendría tiempo de tirar la quinta.
Pero
el zorro es más astuto mientras más viejo. Desapareció entre la espesura del
bosque, así como instantes después su primer perseguidor, pues el segundo
llevaba al anca de su caballo al tercero rezagándose.
Cuando entramos por poco pisamos el cadáver del primer perseguidor. Me detuve,
observé la herida en su garganta, me era conocida, la que deja una daga egipcia.
Continué lentamente, a mi lado los cuatro legionarios. Varios pasos adelante
descubrió uno de los soldados a los otros dos partos, inermes, uno de ellos con
la cabeza separada del tronco y el otro con una reciente herida mortal en el
pecho, producto, para qué dudarlo, de una daga egipcia. Sobre éstos, una cuerda
tensa ensangrentada entre dos árboles a la altura del cuello de cualquier
confiado jinete.
No
lo podía creer. "¡Ahmés, ya puedes salir!" Grité.
Vi a
un viejo tranquilo que caminaba como si estuviera de paseo por el campo, en su
mano derecha traía cortezas, las que olía con frecuencia. Mostrándolas dijo como
si nada hubiera ocurrido: "Mira amo, qué canela excelente se da por aquí."
"Ahmés,
eres increíble. ¿De dónde sacaste ese arco y esas flechas?"
"¡Ah!, una apuesta que le gané al tabernero del poblado. Él me enseñó a
disparar," respondió con una maliciosa sonrisa. "¿Y dónde está Sulamita?"
Pareció preocuparse. No pude contener la risa.
"Tranquilo, está bien, en compañía de dos legionarios ayudando a otros dos que
están heridos."
Más
tarde, Sulamita le reprochó: "¿Y si hubieras fallado hiriéndome o matándome con
la flecha en vez de a mi captor?"
A lo
que el cínico Ahmés respondió: "Entonces necesitaría practicar más."
Ha
sido esta la batalla más singular y difícil que he librado en mi vida. Ojalá no
se de otra más. Quiero vivir en paz al lado de mi amada esposa lo que me resta
de vida.
No
se presentaron más incidentes hasta nuestra llegada a Antioquía. Hicimos breve
escala en Nisibis, pequeña ciudad de Mesopotamia, en donde dejamos los heridos y
repusimos fuerzas.
Uno
de los guerreros partos había alcanzado a herir mi pierna izquierda, pero
gracias al amoroso cuidado de Sulamita sané pronto.
Los
seis legionarios que me acompañaron hasta el destino final, se convirtieron en
soldados disciplinados y respetuosos de mi mando, en exceso diría. Nada mejor
que una buena batalla para unir a los soldados con su jefe. Los recompensé y les
entregué una carta de recomendación para Fabricio.
¿Es
la guerra parte de la naturaleza del Hombre?
¿Sólo se puede apreciar la paz cuando se ha vivido la guerra?
Hay
cosas extrañas en la vida que llamamos casualidades. Mientras Sulamita estuvo
oculta en aquel bosque, reconoció el lugar donde yo había enterrado mi anillo de
patricio cuando íbamos hacia las montañas partas. Me lo entregó aquí en
Antioquía. ¿Había yo así marcado con anterioridad el sitio de una batalla
ineludible?
XIX
Heme
aquí, de regreso en la cosmopolita Antioquía. ¡Ah! Afeitado y con traje romano,
pudiendo ir de nuevo al gimnasio y disfrutar de los baños, sanas costumbres que
ya extrañaba. ¿Qué más da? Ya no tiene sentido ocultar mi identidad.
"Mente sana en cuerpo sano," decían los griegos. El cuerpo es el más maravilloso
regalo, el único que recibimos en exclusiva, que nos da Dios. Luego, un regalo
Divino es merecedor del mejor de los cuidados. Por eso no entiendo a quienes lo
maltratan embriagándose en exceso, o con ese asqueroso hábito que se fomenta en
muchos banquetes, de comer como cerdos para después vomitar y continuar
atiborrándose de comida*.
No
era fácil ocultar quiénes éramos al vernos entrar escoltados por legionarios.
Los que dieron informe a los centinelas de la ciudad, quienes informaron al
comandante de la guarnición y éste a su vez al gobernador, el que no dejó de
insistir en hospedarme en su casa, pero logré persuadirlo de lo importante que
era para mí la discreción. Lo entendió, pues no me ha molestado ni ha enviado
sus espías, es un buen hombre, tal vez porque no es político sino militar.
Antioquía es lo suficientemente grande para pasar desapercibido, como uno de los
tantos ciudadanos romanos que la visitan. Nos instalamos en una cómoda posada,
desde donde he podido continuar escribiendo esta carta.
Hace
pocos días visité al comerciante sirio que me compró "La pastelería del
Egipcio", pues tenía curiosidad por saber cómo le iba en el negocio. Para mi
sorpresa el hombre me saludó con mi verdadero nombre. "¡Cómo corren los chismes
en esta ciudad!" Pensé, pues la primera vez que estuve en Antioquía siempre fui
conocido como un mercader de Hispania con otro nombre muy diferente al de Marco
Trajano.
"No
se extrañe, honorable Trajano. Pero es que hace varios días llegó una carta de
Roma a nombre de un tal Marco Trajano con esta dirección, con el mismo nombre de
la pastelería. Pensé que se trataba de una broma. Imagínese, el mismo nombre del
César en esta modesta pastelería... Así que, perdóneme señor, pero abrí la
carta... El contenido no me parecía para nada gracioso o que fuera una chanza,
se lo mostré a mi mujer... Bueno, el caso es que ella pensó que podría estar
dirigida al antiguo dueño, es decir a usted, noble señor..." El sirio se
deshacía en disculpas. No sabía si reír o preocuparme seriamente. "Un secreto
deja de serlo cuando lo saben más de dos," pensaba, esta carta ya la había leído
él y su mujer, ¿cuántos más?
El
rollo no parecía muy trajinado, lo que me animó un poco. Por fortuna el Dácico,
quien fue el autor, no revelaba cosas de vital importancia o asuntos serios de
Estado. Más bien parecía la de un tío preocupado por la suerte de su sobrino.
Supongo que se las arregló para conocer mi último paradero a través de la cadena
de correos al recibir la carta que le envié antes de partir de Antioquía.
De
todos modos mi preocupación era infundada, olvidaba que él sabía muy bien que
las cartas de los gobernantes las leen más de un par de ojos, por lo que se
cuidaba de no escribir lo que no debía.
Aparte de mostrarse inquieto por mi aventura, me contaba detalles irrelevantes
sobre nuestra familia y su robusta salud, los que pienso escribió a adrede
pensando más en los lectores furtivos de la carta, para que difundieran rumores
positivos. Lo importante para mi era que me instaba a regresar, explicándome sin
precisar mucho, que mi salida de Roma había dado sus frutos.
Tal
y como lo sospeché, la aparente preocupación del Dácico por el cristianismo y mi
consecuente misión fue una trampa.
Por
lo que entendí, él estaba informado sobre la traición de uno de sus consejeros
pero no sabía con certeza cuál. Por eso nuestra reunión fue en presencia de sus
tres consejeros. Sólo ellos tres supieron de mi misión.
El traidor
tramaba con otros patricios un complot que surgiría de una insurrección, que en
apariencia provendría de los cristianos, al entrar en rebelión por una fuerte
persecución ordenada por el César. De ahí que mis informes debían ser contra
esta religión, o mejor aún, que fueran los cristianos quienes me asesinaran,
despertando la ira del César, lo que facilitaría los propósitos de los
confabuladores.
Lo
más sorprendente fue que Cornelio, de quien pudiera sospechar con más
vehemencia, hacía parte de la estratagema. Por eso él actuó tan incisivamente en
contra de los cristianos en aquella reunión. Era quien halaría la cuerda que
activó la trampa. El chocante Cornelio, era el único de quien mi tío no dudaba.
Lo importante no es que un consejero sea agradable sino leal.
Cuando recibió mi segunda carta, desde Nicomedia, narrándole el atentado contra
mi vida, pudo identificar y atrapar al traidor, en efecto uno de los otros dos
consejeros, y a sus cómplices.
Comprendí todo. Admiré la astucia de mi tío y las habilidades histriónicas de
Cornelio. Ya no había razón alguna para no regresar, mi misión que en realidad
poco le importaba al César había concluido, y mi vida ya no corre peligro, al
menos por cuenta de los traidores.
-----
(*) En la
novela "El Satiricón" de Petronio Árbitro, se describe esta repugnante costumbre
entre los romanos de su época, en los capítulos sobre el convite de Trimalción.
XX
Me
despido de Antioquía concluyendo esta carta, en la que doy testimonio de la
Verdad, de la fe que se guarda en esta nueva religión, que sé sin sombra de
duda, llegará a convertirse en la principal y más importante religión sobre la
Tierra. La que espero te haya animado a su estudio y a profundizar en su
filosofía, apreciado Fabio.
He
decidido que quede permanentemente bajo tu custodia, la de tus hijos y tus
generaciones siguientes, hasta que la Voluntad Divina quiera hacerla pública, al
igual que los restos del pergamino que contiene la Epístola de Natanael, escrita
en arameo. Pues tu discreta vida en Lugdunum ofrece mayor seguridad que los
torbellinos políticos que me rodean debido a mi familia.
Es
así que estos rollos los he confiado a Ahmés, quien es ahora hombre libre. Para
quien, como mi mensajero pese a que sea un liberto, te pido el mejor de los
tratos, petición que sé muy bien sobra. Él concluirá su misión una vez te los
entregue. A partir de ese momento decidirá qué hacer con su nueva vida. Lo
extrañaremos, así como a su infaltable daga.
Sulamita y yo regresaremos como esposos a mi hacienda en Lacio, nuestra casa.
Pido
a Dios la bendición para todos.
EL PERGAMINO
El pez lo
multiplicó,
el pan lo
compartió
y su sangre como
en
un cáliz la
entregó.
Y dijo:
"Multiplicad
los talentos que
les han
sido entregados.
Compartid
el pan y servid
a los
hermanos
menores. Entreguen
sus vidas a Dios
y no
teman a la
muerte, porque
es sólo el
primer paso a
la Verdadera
Vida, la
Eterna, en el
Reino de Dios."
Anticipando su
muerte
oró así en el
huerto:
"...que no se
haga mi
voluntad sino la
Tuya."
El más grande
regalo
del Padre a los
humanos es la
libre voluntad,
por eso
somos como Dios,
a su imagen
y semejanza.
Pero el más
grande secreto,
lo reveló así:
"...y hágase
tu Voluntad aquí
en la
Tierra como en
el Cielo."
Quien se entrega
del todo,
de corazón, a su
Voluntad
en vez de a la
suya propia
encontrará el
Camino.
Así como el niño
a veces
no comprende a
su padre,
así los humanos
en su
limitada
inteligencia no
entienden los
designios del
Dios Padre, que
no tiene límites.
Mas no deben
preocuparse,
porque Él es un
Padre amoroso
y
misericordioso, Él sí
entiende a sus
hijos, pues Él
los creó.
Entonces
entréguense a
su Voluntad,
sólo y nada más
que a la de Él.
Así hallarán
la Luz.
Esta es la Fe,
la verdadera
y única Fe.
Y dijo: "Donde
estén dos
o más en mi
nombre, ahí en
medio de ellos
estaré yo."
Dios está en
todas partes,
en el sol, en
las estrellas, en el agua,
en el fuego, en
la naturaleza.
Él lo ve todo,
Él lo sabe todo,
nada le es
oculto, no pueden
engañarlo. Nadie
puede lo que Él.
El Padre no
necesita de templos,
ni de casas de
piedra,
para que le
oren; pues su
Espíritu habita
en todos y
cada uno de
ustedes.
Él está en cada
pensamiento,
en cada deseo,
en cada acto; Él
es como el aire
que respiran.
Dios Padre es el
todo y
la nada que
rodea el todo.
Cada uno de
ustedes forma
parte de Él. Por
eso, busquen
dentro de
ustedes, en sus
corazones, ahí
lo hallarán.
Pero dos son más
que uno
y tres más que
dos. Cuando
oren juntos Él
estará en
medio de todos.
Pidan de corazón
y se
les cumplirá.
Ésa es la Fe.
Mas no olviden
que todos
son sus hijos y
tienen igual
derecho, y a
ninguno le hará
daño ni castigo
alguno le
sobrevendrá. Él
a todos
perdona y da
oportunidad.
La vida en
cuerpo es a
la eternidad
como la chispa
de una
luciérnaga en una
noche sin fin.
Así pues no se
preocupen
por las cosas
terrenas, menos
por los bienes y
riquezas, que
nada valen para
el espíritu
inmortal que hay
en cada uno
de ustedes. Son
de la Tierra y
aquí
permanecerán.
En cambio
ustedes avanzarán,
trascenderán con
su espíritu,
hasta llegar a
Él.
La materia es
sólo la
prolongación de
la gran
Creación de Dios
Padre, y
ustedes sus
huéspedes. Donde
aprenderán y
conocerán.
Y dijo también:
"Yo
soy el que soy."
El manifiesto de
Dios,
la revelación:
Todos los
seres de carne y
sangre,
con voluntad
propia, somos
hijos del Padre.
Iguales
entre sí, amados
por igual.
Hijos del único
Dios.
Diferentes entre
sí, todos
somos una parte
de Él, diferente.
Y tarde que
temprano,
encontrarán el
Camino hacia
Él, y llegarán a
Él... Cuando
así lo quieran.
Pero antes
deben creer.
No teman,
confíen en Dios
Padre,
entréguense de lleno
a su Voluntad y
todo saldrá
bien. Un padre
ama a sus
hijos. Él no
castiga, ni se
enoja, no es
colérico, ni
requiere que le
teman, ni
siquiera que le
adoren. Él
enseña a sus
hijos en cuerpo
para que sean
grandes en
espíritu, en la
Vida Eterna,
en la vida
después de la muerte.
Pero Él es
paciente, y algunos,
quienes se
resisten, necesitarán
aprender más que
otros, que quienes
se entregan,
quienes tienen fe
en la Verdad:
Acogerse a su
Voluntad es el
Camino.
†††††††
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