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EL SILENCIO DE LA MEMORIA
Aquella mañana se había levantado más temprano que de costumbre. Como abejas sedientas giraban sobre su cabeza aquellas bonitas palabras que dulcificaron su dormir. Antes que se apagaran las últimas imágenes de los sueños. Aún son posibles de reconstruir. Abrió sus ojos. Comprobó que ya no estaba. Superpuestos, sonaron el timbre del teléfono y el de la puerta del departamento. ¿Cuál primero? ¿Cuál el de mayor sorpresa? Optó por la voz. Aún recordaba las bonitas palabras. La voz volvió a repetirlas, más graves, más sensuales. Repetía la cronología de la última noche. Poco menos que siete horas atrás. Ella, en silencio, revivía los detalles con placer. El timbre de la puerta volvió a sonar. Pidió disculpas. Acudió a recibir el pequeño ramo de rosas.
La siguiente cita era para recordar lo vivido. Fue en ese momento que él notó algo raro en sus primeras palabras. Como si fueran dos extraños. De pronto la mirada de ella se perdió en un punto infinito. Más allá de las paredes del Bar. Más allá de todo lo concreto. ¿Qué puede verse en esa mirada? Nada de la realidad de las cosas. Nada de lo presente y lo pasado. Sólo nubes quietas, sin contornos. La visión de un tubo que no tiene final. Las ideas caen súbitas sobre ese confín; como chupadas por un agujero negro. No entendía esa situación. Estaba perplejo. Para romper ese silencio, habló. Habló de todo, pero nada referido a su mutua relación. Luego esperó las respuestas que no llegaron. La tomó del brazo y la condujo en su auto hasta su casa. Se detuvo hasta que entrara. De regreso, pensó que si la pérdida de la memoria de un pueblo, era su liquidación como identidad, la de un individuo era tanto o más trágica. Enterraba para siempre amores, experiencias, sentimientos. Era también el sepulcro de su persona.
Yo conocía la historia desde el principio. Me la relató él con detalles. El primer encuentro en el parque. Desde cuando se desató el nudo que los contenía. El de los vientos que comenzaron a correr enloquecidos. Cada vez con mayor fuerza, mayor ímpetu. Arqueando los árboles que aún mantenían sus hojas lozanas. Encorvados suplicando que amainase. Defendiendo aún sus frutos inmaduros, los que todavía no eran semillas. Los que todavía no darían hijuelos si cayeran en la tierra. Los vástagos rogaban un tiempo más para sobrevivir. No se había cumplido su destino de despegarse de su madre. Partir, maduros, a conquistar nuevos lugares. La masa invisible se desplazaba con violencia, mientras ellos se refugiaban junto a la araucaria. Rotaba hacia un lado y hacia otro. No se dejaba vencer, sólo limpiaba viejas hojas inservibles. Se detuvo esa carrera y de nuevo ambos pertenecieron a la vida. La singular, la única, la original vida de los dos. Llegó la paz cuando, con ardor, la hallaron en el encuentro carnal dentro del departamento.
Por un desconocido traidor interior ella también fue obligada a borrar su historia. A su semejanza pueblos de otras razas arrastraron a debilitados conjuntos humanos a la servidumbre, a la obediencia servil, exigieron olvidar su memoria. De igual manera ella también fue forzada a suprimir su antigua leyenda.
“No es un tema de la clínica médica”.”Eso concierne a la Psiquiatría”. “El caso debe ser tratado desde un punto de vista clínico”. “Es incumbencia de la Psicología”. “Hay una enorme casuística respecto de ese mal en los textos de Psiquiatría”. “La fe, en estos casos, soluciona la mayor parte de las enfermedades”. “El método chino cura al cien por ciento de los amnésicos”. “En Cuba, hay un Hospital para cada tema; si no existe, lo crean en el acto”. Esa maldita senda la recorrió ella acompañada por su padre. Es el camino de los sin cura Es la penosa ruta que deben recorrer personas y pueblos que han perdido sus recuerdos, sus experiencias.
Las miles de preguntas no eran contestadas. Solamente relataba su último recuerdo. El dormir placentero de esa noche. La dulce voz en el teléfono. Las rosas. Lo obsesivo, reiterativo y desapacible. El sonar de los timbres de aquella madrugada. En algún momento del día o de la noche sonaban como campanas echadas al vuelo. El repique se hacía, por momentos, insoportable. Tomaba con ambas manos su cabeza para acallarlo. Persistía hasta que se alejaba para transformarse en un eco más soportable. Luego, otra vez el silencio torturante de un cerebro vacío.
No salía sola. A esa cita que él pidió, concurrió acompañada por una amiga. Se repitió el silencio y su mirada perdida en otros mundos. Era una situación insostenible. Sólo le quedaban a él sus recuerdos. Los hermosos momentos pasados con ella. Su evocación se resistía a olvidarlo.
Aquella vez, la primera, extraños relámpagos poblaron la noche. Hacia el Este resonaron, lejanamente, los truenos que envolvieron con su caparazón el grato silencio. De pronto gruesas gotas de agua cayeron con rabia para estrellarse contra el empedrado. La araucaria al borde del camino era un buen refugio. Allí se apoyaron, muy juntos, contra el viejo tronco. Igual sentían el suave salpicar del agua sobre sus caras. Las hebras del cabello de ella, dejaban traslucir los fogonazos con que el universo preparaba su gran espectáculo. Era de luz. Era de sonido. En algún farol encendido una muchedumbre de insectos era obligada a cumplir su destino de sobrevivir. De amar. Los paseantes que, un rato antes, poblaron las veredas, desaparecieron ante el primer cañonazo del cielo. No sabían por qué huían. Tal vez, el miedo a las fuerzas poderosas que se proyectaban desde el cielo. Se perdieron la gran función de colores que se proyectaba sobre sus cabezas. Creyeron estar solos pero los circundaba la vida silenciosa en el aire y en la tierra. Creyeron que ese pedazo de espacio y de tiempo les pertenecía con exclusividad. Debían aprovecharlo y lo hicieron. Se abrió el firmamento y empezó nuevamente a rodar el mundo. Rodaron los astros y las estrellas. De nuevo ellos pertenecieron a la vida. La singular, la única, la original vida de los dos.
Volvieron al departamento una vez más. Él pensaba que ésta era la más desdichada relación que terminaba con algo tan desgarrador como la tristeza. Presentía que algo había de por medio. La sensación era la de yacer junto a una estatua. Ese contrasentido lo torturaba. ¡Amar tan bien y, sin embargo, tan poco! Cuando la besaba sus ojos no se cerraban; por el contrario, se iban abriendo cada vez más. Con una duda, una angustia en aumento. Se quedaba mirando ese cuerpo tendido en impenetrable silencio hasta que se dormían, tomados de la mano.
Desde su primer encuentro, en el parque, ninguno de los dos conoció su verdadera vida. Sus pasados. Él hubiera podido llegar a amarla. Ella, no, En su vida un “impedimento” se cruzaba en su relación. Era una sombra. Un pretérito oculto. Algo indefinido que le impedía ser feliz. Estaba allí, en lo más profundo de su conciencia. Cuando oyó el timbre de su departamento y recibió aquél ramo de rosas alguna luz brilló en sus tinieblas. Pretendió tomarla pero escapó de pronto para hacerse inalcanzable.
albertofernandez@spèedy.com.ar ALBERTO FERNÁNDEZ
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