En
los albores de una relación, noviazgo o lo que sea, la
envenenada saeta de Eros te hace sucumbir a su demencial
hechizo, te enajena, te somete a una dulce tiranía de los
sentidos: es el enamoramiento.
Es época esa de primavera permanente; de violinistas
invisibles que desgranan adagios cuando las manos temerosas,
furtivas casi, se entrelazan por vez primera mientras los
enamorados caminan por un paseo de risas, de flirteos, de mágicas
coincidencias e insignificantes desavenencias; el tiovivo de
la vida gira en derredor, y todo son manzanas de caramelo y
nubes de algodón rosado; y el primer beso clandestino,
vacilante al principio, arrebatado luego, en la penumbra
tumultuosa del pasaje del terror o en la fantasía aérea de
la noria, ungidos por la bienaventuranza de la luna llena.
Llega luego el momento de la comunión de la carne,
ritual sacro si los dos corazones son uno; será quizás en
un motel sórdido, en la incomodidad de un auto, o en la
temerosidad de la alcoba de los suegros; será dondequiera,
pero no se evitará el vello de punta, el estremecimiento de
cada rincón de la piel, amar con cada órgano, con cada átomo,
con una entrega franca, verdadera; será, quizás, mucho más
que un ayuntamiento: el homo-sapiens abandona la soledad por
instante y se comunica, Shiva encuentra a Shatki, la
oscuridad abraza a la luz, la forma se reconcilia con la
materia; por un insignificante lapso de tiempo la armonía
del cosmos se revuelca, jadeante y feliz, por las sábanas
sudorosas. Y uno, ya extenuados los cuerpos, se sorprenderá,
al deslizar la mano por la espalda de la amada, de no
encontrar ni tan siquiera los brotes de unas alas
angelicales.
A partir de aquí ya todo es declive.
El celo de los dioses se materializará pronto, y la
pareja, si su destino es serlo, comenzará una carrera de
obstáculos, un decatlón despiadado.
Las primeras pruebas son llevaderas: las presentaciones
familiares, la idiotez congénita de algún cuñado, la
tentación etílica de los amigos, los primeros atisbos de
proyectos nupciales, las primeras insinuaciones de ahorro
comunitario.
Pero el tiempo vuela, y una mañana se levanta uno con un
anillo que le estrangula el dedo y una resaca que le ahoga
la cabeza: se ha casado.
Las facturas, las responsabilidades, las tareas, los
horarios, la zanahoria inasible del aumento de sueldo para
llegar a fin de mes, todo eso acaba por limpiar la sangre de
los últimos residuos de la flecha envenenada del amor. Con
el tiempo, con los años, con el llanto de una hija en las
madrugadas esquizofrénicas, con las noches desveladas, con
el yugo insoportable que Cronos nos ciñe al cuello, con la
asfixia del hogar, con todo ello, se nos cristaliza la
mirada bajo un prisma demonizador. Aparece un vello hirsuto
donde antes había una pantorrilla sublime, ella sancionará
unos ronquidos estridentes, otrora una respiración plácida,
un cabello olvidado en la albura de la bañera supondrá una
terrible crisis. Gritos, portazos, más llantos de la cría.
El vaso de whisky para sedar los ánimos.
Pero uno se despierta una noche sin saber bien por qué,
en su cabeza suena el melifluo saxo de Kenny G, que nos
acompañaba junto con la oscuridad del bosque y la lluvia
que se derramaba sobre la carrocería del coche como un
diluvio pétreo, mientras hacíamos el amor con la
vehemencia de los locos y los enamorados.
Uno se gira en el silencio de las sábanas y ve a su lado el
rostro relajado, a la par que sufrido, de la que ha sido y
será la compañera de su vida.
Uno le besa la frente y se gira para el otro lado, para
humedecer la almohada de lágrimas.
No, amor mío, no somos ángeles ni tampoco demonios.
Blacaman