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La sombra del sombrero

Abiud Alan Dávila Cruz
La sombra del sombrero

A lo lejos se ve bajar a un hombre de lo más alto de la loma. Nadie sabe cómo se llama, es totalmente un misterio su persona, porque allá arriba no hay casa alguna ni cueva que se le asemeje. Todo mundo observa aquel hombre, de estatura baja, cabello y barba muy trazada, enormes ojos acompañados de cejas pobladas y abultadas, su boca apenas se distingue entre su barba y su voz pareciera ser un secreto. Sus manos cortas y burdas hacen de nuestra vista un galope liviano al caminar y sus enormes pies figuran al payaso de rodeo más cómico del norte. Pero, qué lo caracteriza a este personaje, si lo que hay en él solo es misterio y duda, créame, su enorme sombrero de ala plegada hace de su figura en su conjunto, todo, el más extraño ser.

A caso es misterioso verlo bajar cada semana o es más la duda el saber de dónde viene, cuál es su origen y por qué no le habla a nadie. Cada martes arriba al tianguis del pueblo, acompañado de su fiel amigo que ladra a cualquiera que se le acerque; en su mano trae un papel con todo lo que necesita y pasa de puesto en puesto recolectando los víveres para toda la semana.

La gente lo observa, decenas de ojos lo siguen en cada uno de sus movimientos torpes y rudos. Las personas adultas le tienen miedo, porque ignoran su origen; seguido atemorizan a los niños con leyendas de susto para someterlos a sus comportamientos, e inconscientemente han hecho de aquel fulano el fantasma perdido del pueblo.

De su camisa mugrosa saca siempre un pañuelo viejo y lívido, de un tono que alguna vez fue rojo intenso, ahí trae consigo siempre monedas con las cuales paga a los mercantes.

En la calle de Pasión, justo en contra esquina de la zapatería, en punto de las 12:00 del medio día, entra a la iglesia donde se la pasa por más de cuatro horas, rolando sus rodillas por el piso de más de cinco santos, pidiendo tal vez por los que esperan en su casa.

Al salir de la iglesia, ya y todo cargado para partir a lo alto de la loma, una niña de aproximadamente cinco años de edad, con su cara mugrosa por la miseria e ignorante por lo que desconoce está pidiendo limosna afuera de la iglesia, en eso el padre sale enojado y la toma de una oreja y a punta de palabronas corre del lugar a la infante porque da mal aspecto a la institución clerical. El viejo del sombrero ve aquella escena llena de dolor y le escurre una lágrima por su rostro ya cansado por el tiempo. Él se acerca y saca de su morral una pequeña muñeca de trapo, que dejó de llevar por obsequiársela a la chiquilla, quien gustosa contestó con una sonrisa y le dijo:

― ¡Gracias señor!, jamás había tenido una muñeca… está hermosa. 

― Gracias a ti, porque jamás me hubiera atrevido a alzar la voz ― cabizbajo murmuraba.

Hay cosas que el dolor nos hace callar y que la alegría nos hace gritarlo. A veces somos voces en silencio, y algunas otras, silencio entre voces.

Al atardecer, cayendo el sol, se ve aquel viejo dirigirse hacia la loma, con su morral repleto y su amigo por un lado. La imagen se va, pero el recuerdo nos queda, como la sombra del sombrero que se proyecta cada martes en el ocaso del día.

 

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