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CAPITULO 1 Zorzal pardo Zorzal colorado Zorzal de la Patagonia Calandria Calandria de la Patagonia Calandria de tres colas Tacuara Ratona aperdizada Cachila Golondrina negra domestica Golondrina azul domestica Golondrina arborícola
ZORZAL PARDO Turdus leucomelas Arriba gris oliva; abajo gris pálido; garganta blanca rayada de marrón; cobijas inferiores de las alas y márgenes internos de las plumas de las alas, amarillo rojizo; pico amarillo; largo 22 centímetros. En Argentina se encuentran ocho Túrdidos, de los cuales tres son burlones o Mímidos, un grupo limitado a América. Los otros cinco son verdaderos Túrdidos y de éstos, describo los tres que me son conocidos por observaciones personales. Este Zorzal, el mejor cantor que mas se asemeja a nuestro Malvís o Zorzal cantor, se encuentra vastamente distribuido en Sud América y se extiende, hacia el sud, hasta Buenos Aires, en donde es muy común en los montes de árboles a lo largo del río de la Plata. Es tímido, se alimenta de frutas, lombrices de tierra e insectos. De movimientos abruptos, corre con rapidez por el suelo, con el pico levantado. A intervalos se para y mueve la cola. De temperamento peleador y vuelo resistente, nunca vuela por sobre los árboles, sino que lo hace entre las sombras. Aun a la distancia se lo puede distinguir con facilidad de otras especies, por su peculiar gorjeo corto y metálico -melodioso sonido que emite antes de volar y que indica alarma o curiosidad- tan distinto a los ásperos chillidos de alarma de los otros Túrdidos de este distrito. Si es o no un buen cantor de los trópicos, no lo puedo decir, pues los naturalistas que lo han observado no han prestado atención a su fuerza vocal. Entre nosotros, en el clima templado de Buenos Aires en donde comienza a cantar en septiembre, tiene el canto más delicado de todas las aves de esta región que yo conozco, con excepción del de la Calandria de tres colas, Mimus triurus. Como el Malvís inglés, pero a diferencia de sus vecinos, el Zorzal colorado y el Zorzal de la Patagonia se posa, para cantar, en la cima de un árbol. Sin embargo, su canto no es emitido como el del ave inglesa que es tan fragmentado y, de acuerdo a la descripción, hecho de "actitudes y posiciones vocales". Las dos aves difieren tanto en voz como en el modo de ser. Las melodías del Zorzal surgen en una corriente continua, con todo el apuro y la libertad de las de la Alondra; pero aunque emitidas con tanta rapidez, cada nota es clara y distinta y la voz en extremo dulce y de largo alcance. A intervalos, durante el canto, se repite dos veces una nota de dos sílabas, puramente metálica; y su claro tilin-tilín, parecido al de una campana, resulta siempre una agradable sorpresa para el que escucha, pues suena como un acompañamiento musical para el canto. Este es, en conjunto, muy hermoso, residiendo su peculiar hechizo en que parece combinar dos cualidades opuestas del canto de las aves; tristeza y alegría, de una manera indefinible. Nunca he oído a esta especie cantar en una jaula o en cualquier lugar cercano a una habitación humana. Es probable que se deba a sus hábitos de reclusión, el hecho de que su excelente canto no haya sido escuchado hasta ahora. Azara tal vez lo confundió con el del Turdus rufiventris, un cantor muy inferior. El nido está hecho en el centro de un arbusto o árbol muy tupido, a seis u ocho pies del suelo. Es una construcción profunda y trabajada, empastada, por dentro, con barro y rellena de suave pasto húmedo. Pone cuatro huevos oblongos, de color azul claro muy salpicado de marrón rojizo. Creo que este Zorzal tiene una migración parcial en Buenos Aires. En otoño e invierno, lo he visto con frecuencia en localidades en donde nunca se lo ve en verano.
ZORZAL COLORADO Turdus rufiventris Arriba gris oliva; de la garganta al pecho blanco rayado de marrón oscuro; superficie inferior y cobijas inferiores de las alas rojo bermejo, más oscuro en el vientre; pico amarillo oscuro; patas marrones; largo 23 centímetros. El Zorzal colorado, que se distingue de la especie recién descripta por su tamaño más grande y el color bermejo vivo del plumaje de la parte inferior, abunda en el distrito del Plata y no parece ser migratorio. Es un ave ruidosa, de vuelo resistente, peleadora, pareciéndose mucho al Zorzal común en sus maneras. Habita en los bosques, corre por el suelo en busca de alimento y cuando se le acercan, se aleja violentamente con fuertes cloqueos, volando pegada a la superficie. También se las ve con frecuencia persiguiéndose entre sí entre los árboles, con chillidos fuertes y ásperos. En sus hábitos recuerda unas veces al Tordo europeo y otras al Mirlo. El canto tiene una vaga. semejanza con el del Malvís, estando compuesto de una variedad de notas desconectadas entre si, con pausas frecuentes pero es tanto en dulzura como en potencia, inferior al del ave inglesa. Es un canto pobre para un Zorzal y es probable que el ave lo sepa, pues canta escondida es un tupido árbol o arbusto. El nido es profundo, bien hecho, empastado por adentro con barro y escondido en el medio de un gran arbusto o árbol bajo. Pone cuatro huevos azul pálido y muy manchados de pardo.
ZORZAL DE LA PATAGONIA Turdus magellanicus Cabeza, alas y cola negro amarronado; resto de la parte superior del cuerpo marrón oliva; superficie inferior bermejo pálido; garganta blanca rayada de negro, pico y patas amarillo oscuro; largo 27 centímetros. Este hermoso Zorzal habita Patagonia y Chile. Los observadores causales es difícil que lo puedan distinguir de la especie precedente, pero es más grande, con el plumaje superior más oscuro y el inferior más claro. Su nido y huevos son también como los de sus representantes norteños. El canto, sin embargo, es aun más pobre y recuerda a los primeros ensayos de un pichón. Yo atribuyo el que un miembro de una familia tan melodiosa tenga un canto tan inferior, al hecho de que los zorzales (a diferencia de los cantores de otros grupos), cantan sólo en la época del calor y cuando el aire está tranquilo. En la porción austral del continente sudamericano, los vientos fuertes prevalecen en verano, de modo que es probable que este Zorzal meridional cante con menos frecuencia que cualquier otra ave canora y parece que está perdiendo del lodo la facultad de cantar. Los dos Túrdidos argentinos restantes son el Zorzal de corona negra, Turdus nigriceps y el Zorzal negro, Turdus fuscater, ambos habitantes de las provincias del noroeste. El Zorzal negro es de un negro amarronado uniforme, con patas y pico amarillos. Es más largo que el ave de nuestra región, teniendo una longitud de 29,5 centímetros. Se dice que el canto se asemeja al de la nuestra y aun que gusta más a algunos que lo han oído.
CALANDRIA Mimus modulator Arriba gris oscuro; rabadilla teñida de marrón; alas casi negras; cola negra, estando las plumas, con excepción de las dos del medio, muy manchadas de blanco; superficie inferior blanco sucia; pico y patas negros; ojo verde oliva; largo, unos 28 centímetros. Azara no se equivocó al hacer notar que sería bueno encontrar un nombre más apropiado para esta especie a la que, los primeros colonizadores del Plata, han llamado absurdamente Calandria. Sin embargo, por una curiosa ironía del destino, el naturalista español, aunque protestando contra dicha designación, ha sido la causa de su introducción en la nomenclatura científica al emplear este nombre inapropiado en su libro "Pájaros del Paraguay". Sería imposible hacer un relato mejor que el que hace Azara de la apariencia y maneras de esta ave. El color que prevalece en su plumaje es el gris, los iris son verde oscuro, el pico negro, delgado y curvo. La cola es larga, movediza y alzada cuando el ave descansa, abierta y baja cuando vuela. Los movimientos de la Calandria son medidos y dignos; su vuelo, bajo y nunca muy prolongado. Por lo general, pasa de un árbol a otro describiendo una curva larga y graciosa. Anda sola o únicamente con su compañera. Se alimenta en especial en el suelo; no penetra en bosques profundos ni tampoco se la ve en ]as llanuras sin árboles. Frecuenta los bordes de los bosques y de los campos abiertos en los que abundan los arbustos y árboles aislados. Le encanta acercarse a las casas, posándose siempre en los sitios mas visibles. Canta principalmente en primavera, y su maravillosa potencia vocal ha hecho de ella una de nuestras aves cantoras mas conocidas y admiradas. Para cantar se ubica, por lo general, en la cima de un árbol o arbusto y, a veces, como si lo hiciera empujada por la excitación, se lanza tres o cuatro metros arriba, en el aire, y luego cae en su percha. Sus notas son tan variadas y, con frecuencia. insinuadoras del lenguaje de otras especies, que el que escucha se sorprende preguntándose sin cesar si la Calandria es en realidad una cantante original o si no es mas que una astuta plagiadora, capaz de robar fragmentos de cincuenta melodías diferentes y unirlos de algún modo en una composición completa. En conjunto el canto es emitido de un modo distinto al de cualquier otra ave (exceptuando, claro está, las del género Mimus), pues las mismas notas no son nunca repetidas por segunda vez en el mismo orden, y aunque la Calandria tiene muchas notas favoritas, puede variar cada una de cien maneras distintas. A veces todo el canto parece estar hecho de imitaciones del de otros cantores, con ligeras variaciones -y no sólo imita a las aves canoras, sino que también emite notas parecidas a las de la flauta, a las que suceden otras agudas y quejumbrosas como los reclamos hambrientos de un joven Fringílido, luego, hermoso floreos musicales o frases semejantes a las de los Zorzales y, al final, chillidos como los de una Golondrina asustada, apurándose en el cielo para anunciar la aproximación de un Halcón o, tal vez, la lastimosa gritería de un pollo en las garras de un Milano. No obstante Azara dice, con precisión, que la Calandria no remeda o imita los cantos de otras aves, pues aunque el estilo y entonación de una serie de cantores diferentes, son reproducidos por ella, nunca se puede encontrar un canto, o siquiera trozo de canto, del cual se pueda decir que es exactamente como el de alguna otra especie. Sin embargo, se puede agregar algo más sobre la Calandria. Tiene esa pasión por una variedad de cantos sin fin, esa capacidad por variar sus tonos en casi cualquier grado y esa facilidad en reproducir las notas de otras aves, que en la Calandria de Virginia del norte y en la Calandria de tres colas, de Sud América se ha desarrollado originando la maravillosa facultad que esas dos especies poseen, de imitar con fidelidad los cantos de todas las demás aves. Las dos especies que acabo de nombrar, aunque imitadoras de los cantos de todas las demás, retienen también su propia música original -su "canto natural", como los llama un naturalista americano. La Calandria hace su nido en medio de un gran arbusto o de un árbol bajo y espinoso que se mantenga en pie. Es profundo, de forma igual al de un Túrdido, hecho de ramas, espinas y pasto y revestido de papo de cardos o algún otro material que sea suave. Pone cuatro o cinco huevos azul pálido y muy manchados con puntos marrón rojizos. Cuando alguien se acerca al nido, los padres demuestran su ansiedad emitiendo notas fuertes, ásperas v airadas. Es la creencia general la de que la Calandria no vive en cautividad. Sin embargo, he visto algunos pocos ejemplares enjaulados a los que nunca oí cantar.
CALANDRIA DE LA PATAGONIA Mimus patagonicus Arriba y abajo gris, más pálido en la superficie inferior y teñido de bermejo en el vientre; garganta y marca del ojo blancas; alas negras; cola negra manchada de blanco; pico y patas negros; ojos verde oliva; largo 23 centímetros. Hembra de tamaño más pequeño y color más claro. La Calandria de la Patagonia, con la que me encontré durante mi estada en el Río Negro, Patagonia, se asemeja mucho a la especie ya descripta, pero es más pequeña, el color del plumaje es gris más oscuro y los iris son también de un verde más oscuro. Es un ave común, residente, vive sola o con su pareja, se alimenta de insectos o bayas y en su modo de volar y hábitos es como el Mimus modulator. Hace el nido en el medio de un arbusto, empleando espinas y ramitas, y lo reviste con pasto húmedo, pelo de vaca u otra materia suave. Pone cuatro huevos de puntas redondeadas y con muchas manchas color carne oscuro. Cuando alguien se acerca al nido, los padres se aproximan al intruso posándose a menudo a un metro de su cabeza, pero sin emitir ninguna nota, en lo que se diferencian del Mimus modulator. El canto del ave patagónica es, en carácter, como el de las especies del norte, siendo la variedad de sus notas, por lo menos en apariencia, infinita. Sin embargo, hay algunas diferencias que vale la pena mencionar. El canto de las especies patagónicas es tal vez inferior siendo su voz potente, mientras que sus notas claras y melodiosas, están constantemente mezcladas con otras chillonas que recuerdan los gritos de algunos Dendrocoláptidos. Aunque es incapaz de emitir notas tan fuertes y ásperas como las de la especie del norte, o de cambios tan salvajes y súbitos, posee una variedad aún mayor de tonos suaves. Durante muchos meses las oí cantar día tras día, aunque ni una sola vez dejaron de emitir alguna nota o frase que nunca les había oído antes. Las observaciones que he hecho, relativas a las facultades imitativas de la Calandria, se aplican también a esta ave, pero aunque en realidad no repite las notas y cantos de otras especies imita, por cierto, las de los individuos de su propia especie, pues es necesario tener presente que nunca dos individuos cantan justo igual, y que la misma ave introduce sin cesar, nuevas notas en su canto, no repitiendo nunca sus notas en el mismo orden. He observado a menudo que, cuando un ave, mientras canta, emite unas pocas de estas notas "nuevas", parece sorprendida y encantada, pues luego de una pausa, las repite una y otra vez como si quisiera grabarlas en la memoria. Cuando reanuda de nuevo su variado canto la expresión que ha descubierto es, durante horas y a veces durante días, una de las favoritas y la recuerda con gran frecuencia. Pero esto no es todo. Si la nueva nota o frase resulta ser muy llamativa, atrae de inmediato la atención de todas las aves que se hallan al alcance del oído y, a menudo, en una espesura se juntan de doce a veinte, cada una posada en al cima de su propio arbusto. Después que la nota maravillosa ha sonado, todas se quedan silenciosas y atentas recordando, en su modo, a un loro enjaulado cuando está escuchando un sonido que trata de aprender. Al fin la aprenden, quedando tan satisfechas con su adquisición como si ellas mismas la hubieran descubierto, y repitiéndola sin cesar. Yo noté muchas veces este curioso hábito de la Calandria, y en una ocasión observé que por tres jornadas enteras todas las aves de una pequeña espesura que yo acostumbraba visitar todos los días, no hicieron nada más que repetir sin cesar dos o tres notas singulares que habían copiado de una de sus compañeras. La constante repetición de este sonido tenía un efecto irritante sobre mí, pero uno o dos días después también se cansaron ellas, y reanudaron su canto acostumbrado y variado. La Calandria, mientras canta, permanece por lo general inmóvil en la cima de un arbusto. Su música se oye durante todas las estaciones y en todos los tiempos desde el alba hasta después del amanecer. Por regla general canta de una manera calma y sin excitarse, permaneciendo silenciosa durante algún tiempo después de haber emitido cinco, o seis o doce notas y escuchando, en apariencia, a sus hermanas. Estos fragmentos de melodías, a menudo parecen como un preludio o la promesa de algo mejor; hay por lo común en ellas una dulzura tan exquisita y una variedad tan grande, que el que escucha se queda siempre deseando una cadencia más completa. El ave abre de nuevo el pico para deleitarlo y defraudarlo, como sí aún no estuviera lista para desplegar todo su poder. CALANDRIA DE TRES COLAS Mimus triurus Arriba gris, rabadilla parda; abajo gris claro; alas negras cruzadas por una ancha banda blanca; cola blanca con excepción de las dos plumas del medio que son negras; pico y patas negros; ojos amarillo naranja; largo 24 centímetros. Hace un siglo, Azara se encontró por primera vez en el Paraguay con este rey de los Mimus. La llamó Calandria de las tres colas y describió el plumaje con exactitud, pero creo que se confundió respecto al color de los ojos, que son rojo naranja y no verde oliva. Dice que es una especie rara, que no posee tonos melodiosos lo que prueba, en seguida, que nunca la oyó cantar. D'Orbigny la obtuvo en Bolivia, Bridges en Mendoza y más recientemente ha sido encontrada por coleccionistas en varias partes del territorio argentino y aun en Buenos Aires en donde, sin embargo, es probable que sea un visitante ocasional. Pero ninguno de ellos ha dicho nada sobre su canto y su maravilloso poder imitativo. Por mi parte., no encuentro otro modo de describir el sorprendente hechizo de su melodía, que deleita al alma más que la música de cualquier otra ave, si no es diciendo que la Calandria de tres colas es, entre las aves cantoras, lo que el diamante entre las piedras, que en su policromo esplendor representa y excede la belleza especial de cualquier otra gema. Me encontré con esta especie en el Río Negro, Patagonia; allí se la llamaba Calandria blanca, nombre no estrictamente exacto, ya que el ave no es toda blanca, pero por cierto mejor que la extraña invención de Azara de "Calandria de tres Colas". El ave no era común en Patagonia, y su único lenguaje era una fuerte nota áspera y asustada, semejante a la de la Calandria común. Pero la primera vez que me encontré con ella ya había pasado la época del celo, y todos los lugareños me aseguraron que poseía un canto muy hermoso que sobrepasaba el de todas las otras aves, poseyendo también la facultad de imitar otras especies. En modos y apariencia me sorprendió como siendo completamente diferente de un Mimus, en el vuelo y en el llamativo blanco y negro de las alas y cola, parece un Tiránido del grupo de los Taenioptera. Es en extremo tímida; tiene un vuelo veloz, fácil y poderoso. Cuando alguien se le acerca se eleva a gran altura en el aire y vuela a gran distancia. Desaparece del Río Negro en febrero y no regresa hasta el mes de octubre siguiente, después que han llegado todos los otros viajeros. Fue entonces que tuve la rara y buena fortuna de oiría cantar, y nunca olvidaré la sensación que experimenté cuando escuché su melodía sin par. Una clara mañana, mientras caminaba por un chañar, mi atención fue atraída de pronto por las notas que salían de una espesura cercana. Me quedé escuchando con asombrado deleite, tan superior en melodía, fuerza y variedad me pareció a todas las otras músicas de aves. Ni se me ocurrió que podía ser el canto de un Mimus. Mientras tanto la música llegaba en un continuo fluir, hasta que me maravilló el que la garganta de un ave pudiera sostener un canto tan variado y poderoso durante tanto tiempo. En ningún instante fue degradado por los ásperos gritos, vuelos fantásticos y chillonas bufonerías introducidas por la Calandria común con tanta frecuencia, sino que cada nota estaba en armonía con las demás y era emitida con una rapidez y alegre abandono del que ninguna otra ave es capaz excepto, quizá, la Alondra; mientras que la pureza de los sonidos le dan a todo el canto algo del carácter etéreo y arrobador del de dicha ave cuando llega (al que la escucha) desde una gran altura en el aire. De pronto, este torrente de música exquisita y desconocida cesó. Yo, entre tanto, permanecía inmóvil entre los árboles, no osando moverme por temor de espantar al extraño vocalista. Después de un corto intervalo de silencio, tuve una nueva sorpresa. Del mismo sitio de donde había surgido aquel torrente de melodías, brotó el canto chillón, confuso e impetuoso del Rabicano (Stigmatura flavo-cinerea). Me irritó el oír este canto trivial y familiar después del otro y comencé a temer que su anfitrión hubiera volado sin ser visto. Pero en otro momento, del mismo lugar, salió el melodioso canto matutino de la Diuca, que fue pronto seguido por el del Churrinche, parecido al sonido de una campana de plata. Luego siguieron otras muchas notas y cantos familiares -el reclamo vespertino de la Martineta, parecido al de una flauta, el alegre gorjeo apurado del Cabecita negra y las deliciosas y pausadas melodías del Cardenal amarillo, todos repetidos con admirable fidelidad. El descubrimiento de que mi único y dulce cantor había producido todas estas melodías diversas, aumentaron mi sorpresa y admiración. Sólo lo descubría cuando comenzó a repetir cantos de especies que nunca visitan Patagonia. Comprendí entonces que estaba escuchando a la famosa Calandria de tres colas, que acababa de regresar de sus viajes de invierno y repetía, en estas regiones australes, las notas que había adquirido en las forestas subtropicales a mil ochocientos kilómetros de distancia. Estas imitaciones al fin cesaron y la dulce vocalista reanudó de nuevo sus propios cantos que no tienen igual. Me aventuré a deslizarme un poco más cerca, pudiéndola ver a apenas quince metros de distancia. Me di cuenta de que el placer de escucharla aumentó cuando pude al mismo tiempo verla, tan arrebatada por el éxtasis parecía mientras cantaba, y tantos y tan bellos eran los gestos y movimientos con los que acompañaba las notas. Pasa sin cesar de arbusto a arbusto, posándose apenas en sus cimas y descendiendo a veces entre el follaje; luego, a intervalos, volando a treinta metros sobre la espesura, con un vuelo como el de una Garza, o elevándose, de pronto, con un movimiento salvaje, rápido y en zigzag; luego desciende lentamente para posarse con la cola abierta y las anchas alas blancas brillantes extendidas o moviéndolas arriba y abajo como si fueran las de una gran mariposa, resultando algo muy hermoso de ver. Cuando la oí cantar por primera vez, quedé convencido de que ningún otro cantor alado del mundo podía comparársele, pues además de la facultad de reproducir los cantos de otras especies, que posee del mismo modo que la Calandria de Virginia, tiene un canto propio, el que no creo que tenga igual. Esta creencia se confirmó cuando, poco después de oiría, visité Inglaterra y encontré de cuánto menos valor que esta ave patagónica (que ningún poeta nunca alabó), eran los más dulces de los afamados melodistas del Viejo mundo. TACUARA Troglodytes furvus Marrón rojizo; plumas de la cola y barbas externas de las plumas de las alas rayadas con oscuras líneas onduladas; abajo marrón claro; largo 12 centimetros. La Tacuara o Ratona es considerada, por todos los residentes ingleses, idéntica a la especie que les es familiar (la doméstica "wren"), perteneciente a su propio país. Es una avecita despierta de un color marrón uniforme y de voz alegre y melodiosa. Cazadora infatigable de arañitas y orugas en las cercas, jardines y dependencias, en donde explora todo hueco y hendidura oscura saltando aprisa con la cola erecta y haciendo frecuentes inclinaciones. Está siempre dispuesta a reñir, con gran énfasis, con cualquier intruso y odia mucho a los gatos. Yo creía, en una época, que la Tacuara era una de esas avecitas que un gato nunca puede cazar, pero más tarde descubrí que estaba en un error. En mi casa de las pampas teníamos, una vez, un gran gato amarillo, excesivamente diestro en cazar pajaritos. Sin embargo, no acostumbraba comerlos, sino que los llevaba adentro de la casa, para los otros gatos. Dos o tres veces por día aparecía con un ave que dejaba caer en la puerta, después de lo cual emitía un fuerte maullido que era muy bien entendido por los demás felinos, pues todos se apresuraban en ir a aquel lugar y el primero en llegar obtenía la presa. En cierta ocasión noté que llevaba una Tacuara casi todos los días y, deseando saber cómo se las arreglaba para obtener una criatura tan inteligente, lo espié. Su método consistía en ir a los lugares frecuentados por las Tacuaras y sentarse, de modo bien visible, entre las malezas o arbustos. Luego, después que el primer estallido de alarma se había calmado, una o dos Tacuaras tomaban sobre sí la tarea de desalojarlo o, por lo menos, de hacer de su posición un sitio poco confortable. El gato permanecía inmóvil, en apariencia sin notarlas. Pronto esta impertérrita conducta producía sus efectos y una de las avecitas, volviéndose más osada, extendía sus excursiones hasta unos pocos centímetros de la impasible cara del gato; al fin; rápido como el rayo, llegaba el zarpazo y el cuerpecito marrón caía, sin el alegre y bravo espíritu que lo había abandonado. La Tacuara tiene una amplia distribución en Sud América, extendiéndose desde las florestas tropicales hasta las frías mesetas patagónicas. Posee una adaptación mayor que muchas especies; habita cualquier clase de terreno, húmedo o seco, y se sienten tan en su casa en montañas herbosas y lugares rocosos, como en los terrenos pantanosos cubiertos de altas hierbas del Plata, en donde frecuenta los lechos de cañas y los bosques húmedos. Siempre se la encuentra cerca de las casas, y aunque el viajero de las pampas desérticas podría imaginar fácilmente que no hay Tacuaras en los pastos gigantes si se construye un refugio en esta solitaria región, de inmediato aparecerá una para anidar en su barda y alegrarlo con su canto. Es común en las grandes ciudades. Siempre recuerdo una, volando un domingo en una iglesia de Buenos Aires y emitiendo, durante todo el sermón, su viva y lírica melodía desde su alta percha que se hallaba en algún sitio del ornamento de madera del techo. La Tacuara canta durante todo el verano y también en los días claros de invierno. El canto es parecido al de los Troglodítidos europeos, del que tiene el mismo carácter fluyente y las notas fuertes y claras, emitidas con rapidez y precisión. Pero el ave argentina tiene más dulzura y potencia; aunque no estoy de acuerdo con Azara, en que se asemeja al del Ruiseñor. En primavera, el macho corteja a su elegida con notas altas penetrantes como los chillidos de un ratoncito, que repite con gran rapidez sacudiendo las alas todo el tiempo como una polilla y, a menudo interrumpiendo su canto. Hacen el nido en el hueco de una pared o árbol; a veces, en el abandonado nido abovedado de alguna otra ave. Cuando no encuentra ninguno de estos sitios, lo hace en algún denso cardo o arbusto espinoso o en alguna otra mata de pasto. También he encontrado nidos en los cráneos secos de vacas y caballos, en una bota abandonada, en la manga de algún saco viejo colgado de una cerca, en una botella de cuello grande y en otros lugares curiosos. El nido está hecho de astillas y revestido con pelo de caballo o plumas. Pone nueve huevos, por lo general de color rosado terroso, muy salpicado de rojo pálido. RATONA APERDIZADA Cistothorus platensis Arriba marrón pálido rayado de negro; cabeza marrón más oscuro rayada de negro; plumas de la cola marrón arena oscuro rayadas de marrón negruzco, abajo castaño arena pálido; largo 11 centímetros. Esta pequeña Ratona se ve rara vez y, aunque ampliamente distribuida, no es común en ninguna parte. Prefiere los campos abiertos cubiertos de densas cañas y pastos, en donde escapa a la observación con facilidad. La encontré cerca de la ciudad de Buenos Aires y también en los altos pastos de las pampas desérticas. Asimismo se la encuentra a lo largo del Río Paraná y en Chile, Patagonia y las islas Malvinas. En las islas nombradas en último término, Darwin encontró que abundaba bastante. Dice que allí tiene un vuelo muy débil, de modo que puede ser perseguida y cazada con facilidad. Su canto es dulce y delicado, semejante al de la Tacuara (Troglodytes furvus), pero mucho menos poderoso. No emigra, y en las pampas la he oído cantar con gran animación cuando los pastos en donde se posa, estaban blancos por la escarcha caída. Es probable que su canto, como el de la Troglodytes furvus, varíe en los distintos distritos. De todos modos, el ave de las pampas no posee un canto tan delicado como el que Azara atribuye a su Todo Voz en Paraguay, que es, sin duda, la misma especie. Sud América es rica en Trogodítidos. Las especies conocidas son cien, por lo menos. En Argentina se encuentran sólo cuatro, las dos ya descriptas y la Batará de agallas peladas, Donacobius atncapillus una especie común brasileña, y la Ratona de ceja blanca, Troglodytes auricularis, que se encuentra en la provincia de Tucumán. CACHILA Anthus correndera Arriba castaño arena pálido, con centros negros en las plumas; plumas de las alas y cola marrón oscuro ribeteadas de castaño; plumas externas de la cola casi enteramente blancas; abajo castaño arena con grandes manchas triangulares negras; largo 15 centímetros. La única razón que tuvo Azara para llamar a esta ave La Correndera, fue que pensó que se parecía a una especie de pequeña alondra de su propio país que se conocía con este nombre, pero de la cual tenía un recuerdo confuso. Sin embargo, creo que es lamentable que los naturalistas hayan adoptado Correndera como nombre específico, en lugar de Cachila (o Cachirla), el nombre vernáculo del ave, familiar a todos en el territorio argentino. El ave española de Azara es probable que haya sido el Anthus pratensis, que se parece mucho al A. correndera en su aspecto general y tiene, además, una extensión tan amplia en el norte, como la que la especie nombrada en último término tiene en el hemisferio sud. En el volumen sobre aves del "Viaje de la Beagle", se dice que una especie de Anthus se extiende más al Sur que cualquier otra ave terrestre, siendo la única de esta clase que se encuentra en las Georgias y Orcadas del Sud (61 grados de latitud Sud). La Cachila varía en color, lenguaje y probablemente también en tamaño. Es un ave abundante, muy distribuida en las pampas, se encuentra tanto en los suelos pantanosos como en los secos, pero escasea en la región de los pastos gigantes. Cuando abunda, se dispersa en forma uniforme, pasando cada ave su vida en un pedazo de tierra muy circunscripto. Las que frecuentan sitios altos y secos son de un tono más pálido, que parece casi gris, y no poseen las marcas blancas en la espalda. También parecen mas grandes que las de las tierras pantanosas, pero esta apariencia tal vez se deba al plumaje más alborotado. Las variaciones de plumaje claro y oscuro marcadas con más fuerza, pueden encontrarse en individuos que viven a unos pocos cientos de metros de distancia, demostrando de manera estricta, cómo cada ave se adapta a su pequeño reino, pues esta diferencia de coloración se debe sin duda, por completo, a la cantidad de humedad del suelo en que viven. Las Cachilas son sedentarias. Viven en pareja todo el año, siéndose fieles ambos sexos. Varias parejas frecuentan una pequeña zona y. a veces, se unen en una inconexa bandada, pero estas reuniones no son frecuentes. En todas las estaciones, al atardecer, inmediatamente después que el sol se ha puesto, todas las Cachillas se elevan a considerable altura y vuelan desordenadas, piando durante unos pocos minutos, después de lo cual se retiran a descansar. Cuando alguien se les acerca, con frecuencia se elevan a varios pies del suelo, se mueven en el aire piando con acritud, con el pecho vuelto hacia el intruso. Este es un hábito que también se encuentra en las especies de las Synallarinae, que habitan las llanuras herbosas. Pero por lo general, las Cachilas son las más dóciles de las criaturas aladas y, cuando alguien se les acerca, se alejan moviendo con cautela y lentitud sus patitas rosadas. Para cantar se elevan en el aire casi verticalmente, haciendo a menudo una pausa para revolotear y la acompañan con unas pocas notas apuradas. Una vez hecho esto se elevan a gran altura (pero nunca hasta perderse de vista, como dice Azara), para descender luego en forma lenta, con las alas vueltas hacia arriba. Mientras desciende, emite melodías largas e imponentes, cada una de las cuales termina en una cadencia descendente, renovándolas sucesivamente hasta que, cuando el cantor está a uno o dos metros del suelo, sin posarse, vuelve a ascender como antes, para continuar la hazaña. Es una melodía encantadora. Siempre se la oye en las llanuras sin árboles, cuando no hay otra música de aves, con excepción del trino y de las notas parecidas a las de las langostas de unas pocas especies Synallaxinae; pero por sus características, es emitida de modo diferente al de la Alondra, por su resuelta energía, apuro y soltura. Sin embargo, es imposible no pensar en la Alondra cuando se describe a la Cachila que en sus maneras, apariencia, y hábito de volar a gran altura cuando canta, parece una pequeña copia de aquélla. La Cachila cría dos polladas en el año. La primera sale a mediados de agosto, esto es, de uno a tres meses antes de la época de poner de otras especies de Passeriformes. Anticipando la época de anidar, sus nidos tempraneros escapan al mal de los huevos parásitos, pero por otra parte, las noches heladas y las grandes Unvias es probable que sean tan fatales a muchas de las anticipadas nidadas, como el instinto del Renegrido lo es para otras de un período más tarde. En Argentina se encuentra otra especie de Anthus: la Cachirla de pico corto, Anthus furcatus. Habita las pampas herbosas y los valles húmedos de Patagonia. Se asemeja tanto a la Cachila en su plumaje, lenguaje y hábitos que por lo general se la confunde con esta especie. La única diferencia que noté es que es más tímida y tiene un canto más chillón. GOLONDRINA NEGRA DOMESTICA Progne furcata Azul purpúreo oscuro; cola negra manchada de azul; largo unos 18 centímetros. Hembra partes superiores púrpura oscuro; cabeza, cuello y partes inferiores, marrón negruzco. La Golondrina negra doméstica se ve, en muchas ocasiones, en las provincias orientales de La Plata cuando emigra, pero en ninguna parte se la ha visto anidando más al Norte que en Buenos Aires. La encontré reproduciéndose en Bahía Blanca, en la costa atlántica, y en el Río Negro, en donde es muy común. Arriba a Patagonia a fines de septiembre y se va antes de mediados de febrero. El catorce de este mes vi una bandada volando hacia el Norte, pero era la última. Anida en huecos bajo los aleros de las casas o en las paredes. Su nido es como el de la P. chalybea. Pero hay muchas que anidan en agujeros en las empinadas barrancas del Río Negro. Sin embargo, no excavan los huecos ellas mismas, sino que toman posesión de las grietas naturales y de las viejas madrigueras olvidadas del Loro patagónico (Conurus patachonicus). En tamaño, vuelo, maneras y apariencia, se asemeja mucho a la especie que sigue, consistiendo la única diferencia, en el plumaje oscuro de la parte inferior. El lenguaje de las dos aves también es idéntico, poseyendo las dos especies, sin la más mínima distinción en fuerza o entonación, el chillido excitado y fuerte cuando alguien se acerca al nido, las varias otras notas cuando vuelan y el canto emitido con calma y agradablemente modulado. Esta circunstancia me parece muy notable, pues aunque dos especies poseen a veces unas pocas notas iguales, la mayor parte de su lenguaje es por lo general diferente, y también porque aves de la misma especie, en distintas localidades, se diferencian más en lenguaje que en cualquier otro particular. Esta última observación, sin embargo, se aplica más a las sedentarias que a las especies migratorias. Estoy inclinado a creer que la Golondrina negra doméstica y la Golondrina azul doméstica forman una especie dimorfa, como los Cuervos de carroña y de caperuza europeos y que, como estos Cuervos, se entrecruzarían si sus áreas de cría se superpusieran. GOLONDRINA AZUL DOMESTICA Progne chalybea Partes superiores azul purpúreo oscuro; plumas de las alas y cola negras lustradas con azul acero; garganta y pecho ceniza; pecho, abdomen y cobijas inferiores de la cola blanco puro; largo 20 centímetros. Hembra similar. Esta especie que se distingue de la Golondrina negra doméstica por sus partes inferiores blancas, se extiende desde México hasta Buenos Aires, encontrándose el límite extremo de su habitat a unos quinientos kilómetros al Sud de dicha ciudad. Fue bien llamada Golondrina doméstica por Azara, siendo de costumbres preminentemente domésticas. Nunca anida en bancos, como la Golondrina negra doméstica, o en los nidos abovedados que otras especies construyen en los árboles, acción a la que siempre recurre la Golondrina de los hornos y, en ocasiones, la Golondrina de rabadilla y cejas blancas, pero está tan acostumbrada a la compañía del hombre, que hace su nido tanto en las ciudades populosas como en las casas de campo. Llega a Buenos Aires a mediados de septiembre y, en apariencia, acude cada año al mismo sitio de cría. Por lo general elige un hueco bajo el alero. El nido está hecho de un modo tosco, con pasto seco, pelo, plumas y otros materiales. Cuando el agujero de entrada a su nido es muy grande lo cierra, en parte, con paja y barro. Si tiene dos entradas, tapa una del todo. No necesita usar barro a menudo en sus construcciones y es la única de nuestras Golondrinas que lo hace. Pone cinco huevos blancos, largos y puntiagudos. En la época del celo es un ave ruidosa y peleadora y siempre, cuando abandona el nido, emite un grito fuerte y en exceso alarmante, que repite varias veces. También posee un canto que emite tanto mientras descansa como mientras vuela, compuesto de nueve o diez notas agradablemente moduladas y que repite en forma invariable y en el mismo orden. Es una melodía apacible, con algo de peculiaridad en el sonido que lo hace aparecer humano y que es tan atractivo en la Golondrina europea de los graneros. Pero es una voz más potente y puede oírse aun cuando el ave vuele tan alto que no se la vea. Antes de partir en febrero, se reúnen en grupos de veinte a cuatrocientos o quinientos individuos, siendo por lo general su sitio de encuentro, la gran cima frondosa de un viejo ombú. GOLONDRINA ARBORÍCOLA Progne tapera Partes superiores marrón oscuro; plumas de la cola marrón negruzco; garganta blanco ceniza; parte posterior del cuello y pecho marrón ceniciento; abdomen blanco; largo, unos 17 centímetros. Sexos semejantes. La Golondrina arborícola es más delgada, tiene mayor envergadura que la Golondrina negra doméstica, y en lugar del hermoso púrpura oscuro (su color dominante) todo el plumaje superior del cuerpo es pardo oscuro, y el inferior, blanco. Pero si estas diferencias de estructura y tono sólo sirven para mostrar que no es un pariente muy cercano de las otras especies, las que exhibe en sus costumbres la colocan en realidad muy lejos de ellas. La Golondrina arborícola es un ave muy locuaz y, no bien llega a comienzos de septiembre, lo comunica enseguida por medio de notas que, en forma incesante, emiten el macho y la hembra mientras mueven y agitan las alas, pareciendo fuera de sí de alegría por el hecho de haber arribado bien. Siempre llegan ya apareadas y es probable que este apareamiento dure toda la vida. Su lenguaje es más variado, de entonación más combativa y libre que el de nuestras otras Golondrinas. El largo de las notas puede ser variado a voluntad; algunas son casi ásperas; otras, argentinas o líquidas como de escurridizas gotas de agua, pero todas son alegres y muchas tienen ese carácter peculiar de algunas notas de aves, que parecen palabras. A diferencia de las otras Golondrinas, ésta no tiene un canto determinado. Nunca se la ve posada en el suelo o en los techos de las casas, sino que sólo lo hace en los árboles. Cuando está ocupada en recoger materiales para construir su nido, desciende con rapidez y alza una pluma o paja sin tocar la superficie. Anida sólo en los hornos de arcilla del Hornero (Furnarius rufus). Durante varios veranos que ]a observé, nunca la vi hacerlo en ningún otro sitio. Es un hábito extraordinario, pues tantas como son las especies que poseen la costumbre semiparásita de reproducirse en los nidos de otras aves, no hay ninguna que se confine a hacerlo en el de una sola especie, como ocurre con la que aquí describo. Sin embargo, debo recordar que el conocimiento que de ella adquirí, lo hice en Buenos Aires en donde la observé, y como en Sud América posee una distribución más amplia que el Hornero, no hay duda que. en otros distritos, construye su nido en lugares distintos. Cuando llega en primavera, cada pareja fija su asiento en algún árbol y, por lo general, en una rama especial, siendo su percha favorita una rama muerta que se extiende fuera del follaje. Aquí pasan la mayor parte del tiempo, sin que nunca parezca que se alejen por mucho rato. A menudo, cuando cantan juntos, revolotean de una manera trémula e incierta, como la de una mariposa. Alrededor de las tres semanas de su llegada, comienzan a avanzar hacia el nido del Hornero, que se halla en el poste o árbol más cercano. Si aún está ocupado por sus verdaderos dueños, después de pasar mucho tiempo en holgar y reconocerlo, comienza una contienda que es a menudo violenta y se prolonga durante varios días. En épocas que les son favorables, los Horneros anidan en otoño e invierno y se reproducen a principios de octubre. Cuando esto sucede, la Golondrina, que se reproduce en noviembre, toma posesión de la fortaleza olvidada, con la mayor tranquilidad. Pero a veces ocurren accidentes, hasta a la hermosa construcción del Hornero. En ciertas ocasiones es destruida y debe ser reconstruida, o no ha podido ser completada por la sequía o por el pobre estado de las aves durante el tiempo crudo, o la primera nidada ha perecido, tal vez destruida por algún enemigo que trepa a los árboles, por ejemplo, una joven zarigüeña de tamaño menor que el de una rata y capaz de deslizarse dentro del nido. De este modo, puede llegar noviembre y aun diciembre antes que algunas parejas de Horneros hayan acabado de incubar sus huevos, siendo estos infortunados los que sufren las violencias de las Golondrinas que merodean. A menudo he observado, con el mayor interés, las guerras de estas aves y, en varios hornos que abrí después que sus dueños habían sido desalojados, encontré sus huevos enterrados debajo del nido de las intrusas. Después que las Golondrinas han tomado posición cerca del resguardado horno, vuelan a veces hacia él y revolotean por encima, regresando de nuevo a su sitio de partida. De pronto, en lugar de regresar, como lo hacían al principio, se posan en la entrada de la abrigada morada. Esta es una especie de declaración de guerra y marca el comienzo de las hostilidades. Los Horneros, llenos de alarma y enojo, arremeten contra ellas y las repelen cuando se acercan. Las Golondrinas se retiran ante este ataque, pero no derrotadas, emitiendo sólo sus notas alegres que parecen una burla, en respuesta a los desaforados gritos indignados de sus enemigos. Pronto regresan, la escena se repite y estas inconexas escaramuzas a menudo continúan varios días. Pero, al fin, el ilegal invasor se vuelve más osado y conociendo su fuerza y sus recursos, no vuela más al ser atacado. Luchas desesperadas tienen lugar con frecuencia en la entrada del nido, cayendo las aves una y otra vez al suelo, agarradas con fuerza y apresurándose de nuevo sólo para reanudar su combate. Al fin la victoria corresponde a las agresoras y se las ve apuradas, llevando materiales para su nido, gritando sus notas jubilosas todo el tiempo, como en una señal de triunfo. El bravo e industrioso Hornero se retira a pasar su verano sin pichones junto con su compañera, pues nunca se separan. Cuando las lluvias de otoño los han provisto de arcilla húmeda y el sentimiento de derrota se ha olvidado, comienzan de nuevo con alegría sus operaciones de construcción. Sin embargo, éste no es el resultado invariable del conflicto. A la mayor velocidad de la Golondrina, el Hornero opone mayor fuerza y, se puede agregar, un celo y furia más grandes de los que pueden animar a su adversaria. La lucha resulta, así, bastante igualada y el Hornero, especialmente cuando sus pichones acaban de nacer, es capaz de conservar su propiedad. Pero las Golondrinas nunca son derrotadas, pues cuando no pueden tomar la ciudadela por asalto, retornan a su sistema de guerrillas, el que mantienen hasta que los pichones abandonan el nido, ocasión que aprovechan para tomar posesión del mismo, antes que llegue el frío. La Golondrina, en general, hace su nido con grandes plumas. Pone cuatro huevos largos, puntiagudos y de un blanco puro. Debo destacar que en todos sus hábitos arriba mencionados, esta ave difiere muchísimo de las dos especies precedentes, de las que también se diferencia en su modo de volar. Se mueve con una gracia y velocidad sorprendentes, con las alas extendidas lo más posible. También le encanta volar en círculos, muy alto en el aire o sobre las cimas de los árboles, en especial durante un fuerte viento. En estas ocasiones, se ven por lo general a varios individuos juntos y todos parecen esforzarse en sobrepasar a los demás en la belleza de las evoluciones. Nunca se la ve planear en círculos. Aunque cuando persigue moscas y polillas repasa la superficie del pasto con asombrosa velocidad, tiene, en otras circunstancias, un vuelo extrañamente lento y muy peculiar; las largas alas abatidas como las del Pato salvaje cuando se deja caer en el agua, agitadas sin cesar por trémulos sacudimientos, cortos y rápidos como los de una mariposa. Esta ave tampoco es gregaria como la mayoría de sus congéneres, aunque a veces un individuo se asocia, por corto tiempo, con Golondrinas de otra especie; pero esto sólo sucede mientras descansan en cercas o árboles, pues tan pronto como alzan el vuelo, las abandona. Una o dos veces, cuando por alguna misteriosa razón la migración otoñal había sido demorada bastante con respecto a su época acostumbrada, las vi unidas en pequeñas bandadas, pero esto es muy raro. Por lo general, no se reúnen con anterioridad para emigrar, sino que pasan rozando las llanuras y campos abiertos, en una soledad impropia de las Golondrinas y desaparecen en un instante.
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