Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulo III

CAPITULO 3

Cabecita negra

Jilguero

Misto

Renegrido

Errores e imperfecciones del instinto reproductor.

Ventajas que posee sobre sus víctimas.

Diversidad de colores en los huevos.

Costumbres del pichón.

Conjeturas sobre el origen del instinto parasitario.

CABECITA NEGRA

Chrysomitns icterica

Arriba verde oliva claro; alas negras con una ancha banda amarillo claro a través de la base de las plumas, rabadilla amarilla; cobijas superiores de la cola verde oliva; plumas de la cola amarillas en la base y negras en el extremo; cabeza y garganta negro aterciopelado; abajo y cobijas inferiores de las alas amarillo claro; largo 12,5 centímetros. Hembra sin la cabeza negra.

Este hermoso y pequeño Fringílido de plumaje dorado es Común a todo lo largo del territorio argentino, desde Brasil a Patagonia. El macho se distingue de su consorte por su color amarillo más brillante y la cabeza negra. En el distrito de Buenos Aires es probable que tenga una migración parcial, pues se ven llegar pequeñas bandadas en primavera; pero más al sud, en Patagonia, parece ser estrictamente sedentario. Siempre abunda más en los distritos poblados que en los bosques. Tienen una predilección especial por las alamedas y siempre buscan un álamo para anidar. Andan en pequeñas bandadas de apenas mas de doce individuos. Poseen un vuelo rápido y ondulado. Se alimentan por lo general en el suelo, como la mayoría de los Fringílidos. A menudo, en la época de la generación, se posan en plantas como la lechuga y el Sonchus asper (una maleza común) y, colgando del tallo, arrancan con destreza la semilla, diseminando a su alrededor la pelusa en una nubecita. Son muy armoniosos, inquietos, de movimientos rápidos y, en apariencia, están siempre de buen humor. Con frecuencia se los encierra en jaulas, pues son muy admirados por su canto y por cierto que por la alegría y constancia en el mismo ocupa el primer lugar entre los Fringílidos, pero posee poca expresión en su canción que está compuesta de una variedad de cortos gorjeos, emitidos con gran rapidez mientras el ave permanece posado en una ramita o revolotea de árbol en árbol. Por lo general las notas fluyen de una manera continua, pero a veces canta de un modo distinto, haciendo una pausa de dos o tres segundos de silencio después de cada ocho o diez notas cortas. Cuando la hembra se halla en el nido, el macho a veces se posa cerca de ella, entre las hojas y canta "sotto voce", en apariencia, para ella sola. Este murmullo es tan bajo, que apenas se oye a una distancia de diez metros.

Acostumbran poner el nido en el ángulo formado por una pequeña rama y el tronco del árbol. Es una construcción profunda, bien hecha, fabricada de varios materiales y revestida de crin de caballo, plumón o plumas. Pone cinco huevos muy pequeños si se tiene en cuenta el tamaño del ave, de un blanco puro y tan frágiles, que resulta difícil sacarlos sin romperlos.

Mientras están ocupados en la construcción emiten, sin cesar, un trino suave y bajo. Cuando alguien se aproxima al nido prorrumpen en largas notas algo agudas, semejantes a las del Canario, que expresan alarma y curiosidad.

Hay sólo otro Chrysomitris en Argentina, el Cabecita negra serrano, C. atrata, que se encuentra en Bolivia y el noroeste argentino, de cuyos hábitos y lenguaje no se ha dicho nada.

JILGUERO

Sycalis pelzelni

Arriba verde oliva amarillento; espalda con rayas negruzcas dispersas; plumas de las atas y cola negras, ribeteadas de amarillo; frente naranja vivo, siendo el resto de la cabeza como la espalda; abajo amarillo vivo; superficies internas de las alas y cola también amarillas largo 13,5 centímetros. Hembra gris amarronado oscuro moteado de negruzco en la parte superior; superficie inferior gris blancuzco rayado con marrón oscuro en el pecho; plumas de las alas y cola ribeteadas de amarillo.

El Jilguero (Gorrión amarillo de las casas), como se llama a esta especie, es el ave de la ciudad de Buenos Aires, pero no se multiplica mucho ni es familiar al hombre, como sucede con su tosco, holliniento y alejado pariente londinense.

La frente del macho es de un anaranjado vivo; el color predominante del plumaje, amarillo velado con otros matices. La hembra es gris manchado de negro claro siendo, en tamaño, menor que su compañero. Permanecen con nosotros durante todo el año, viven en parejas y ambos sexos son muy fieles. A veces se los ve asociados en pequeñas bandadas, pero estoy inclinado a creer que sólo los jóvenes no apareados son gregarios. En 1867-8, durante la epidemia del cólera en Buenos Aires, los jilgueros desaparecieron de la ciudad. El gerente de un gran molino harinero a vapor de la ciudad me dijo que no se habían ido, sino que habían muerto. Sus cadáveres se hallaron alrededor del molino, en donde estaban en gran número. Mi informante era un observador muy cuidadoso, de modo que no tengo la menor duda de que lo que me dijo era cierto.

En primavera y verano el macho canta con frecuencia con gran energía, pero sin mucha melodía. Después de un apurado preludio de chillidos agudos y trinos, emite una corriente continua de sonidos, compuesta de innumerables notas breves, altas y penetrantes como los de un murciélago, hiriendo el oído con su excesiva agudeza y lanzados con tal rapidez, que todo el canto es más parecido al de una cigarra que al de un ave. Este penetrante torrente de sonidos es roto, a intervalos, por una nota larga y grave, o media docena de notas cortas y rápidas en un tono más bajo, lo que constituye un descanso agradable.

En las ciudades construyen los nidos en las paredes, como el Gorrión inglés; en el campo, siempre eligen para anidar, el nido en cúpula de algún Dendrocolaptinae. En algunos distritos en donde no he estado, es posible que esta ave elija otros sitios para anidar. Lo que mi experiencia me ha demostrado es que, fuera de la ciudad nunca pone huevos en ningún sitio que no sea un nido en forma de cúpula. En mi casa coloqué con frecuencia, para ellos, cajas en los árboles, pero no se daban por aludidos mientras que los Troglodítidos y las Golondrinas se mostraban encantados. A veces eligen la gran construcción del Anumbius acuticaudatus, llamado Leñatero en lengua vernácula. Pero su derecho a este nido (aun cuando los Leñateros no se encuentren en él), es disputado con frecuencia por otras especies que poseen el mismo hábito que esta ave y son más poderosas que ella. Sin embargo, su lugar de cría preferido es la sólida construcción de barro del Hornero. Resulta maravilloso ver de qué modo persistente y sistemático trabajan para echar a sus dueños legales, que son más grandes y poderosos que ellos. A principios de la primavera y antes de la llegada de la Golondrina de los hornos, la pareja de Jilgueros comienza a merodear por la vecindad del horno que han elegido para tomar posesión del mismo, que por lo general se halla a bastante altura en un árbol. A medida que la estación avanza su deseo por el nido aumenta, y toman posiciones en el mismo árbol en que aquél se encuentra. Al fin eligen, como lugar permanente de reposo, una rama cercana al horno, desde la cual se domina perfectamente la entrada.

Aquí pasan la mayor parte del tiempo cantando, gorjeando y en afectuosos retozos, pero si se los observa con atención, se ve que están con los ojos fijos en la codiciada morada. A medida que la necesidad de un lugar para poner los huevos se vuelve más urgente, ellos se tornan más osados y, en ausencia de los dueños vuelan alrededor del horno, se posan en él y, a veces entran. Los Horneros aparecen para echarlos con gritos de indignación, pero apenas se alejan vuelven de nuevo y aun en los casos en que contiene huevos o pichones comienzan, sin ningún reparo, a llevar plumas, pajas y otros materiales para el nido, como si en realidad fueran los dueños indiscutidos. En estos momentos, a veces aparece la Golondrina de los hornos (Progne tapera) para complicar los asuntos.

Aun en los casos en que las recién llegadas no pueden arrojar a los Horneros, están seguras de tomar su nido cuando lo abandonan y los Jilgueros, a pesar de haber sido los primeros en su pretensión, deben permanecer sin refugio para el frío. Pero no aceptan su derrota con tranquilidad o, por lo menos, no saben cuándo han sido derrotados, pues siguen acosando a sus compañeras de piratería, del mismo modo que lo hacían con los Horneros, llevando pajas y plumas en sus picos. Cuando las Golondrinas de los hornos los obligan a tirarlas y los echan de la vecindad con gran furia y mucho ruido, regresan a los pocos minutos, sin atemorizarse, trayendo más pajas y plumas.

Hace un nido bastante grande, prolijamente revestido de crin de caballo. Pone cinco largos huevos puntiagudos, con toda la superficie muy manchada de marrón chocolate oscuro.

En los distritos rurales esta especie es, en Comparación, escasa no viéndose alrededor de cada habitación más de una o dos parejas. Creo que no sería muy arriesgado decir que hay cuatrocientos o quinientos Chingolos por cada Jilguero. Aunque es un avecita resistente, muy capaz de defenderse bien, se alimenta con el mismo alimento y pone el mismo número de huevos que el Zonotrichia. Además posee una gran ventaja sobre la especie dominante, pues ubica el nido fuera de los lugares buscados por el parásito Molothrus (Tordo renegrido), el destructor de más o menos el cincuenta por ciento de los huevos del Chingolo. Yo sólo puedo atribuir la gran disparidad en el número de ambas especies, en el hecho de que el jilguero anida, únicamente, en nidos que no se pueden tomar con facilidad cuando está fuera de la ciudad, y en el testarudo empecinamiento que lo lleva a perder todo el tiempo en estos vanos esfuerzos, mientras la otra especie cría su nidada. Esta es una equivocación del instinto comparable a la del de la Minera (Geositta cunicularia) mencionada por Darwin en "El viaje de un naturalista", según la cual el ave hace un hueco en una pared de barro, de pocas pulgadas de ancho. Al llegar al otro lado, se da vuelta y comienza otro agujero y luego otro, sin comprender que la pared no posee el espesor necesario.

En un caso como en el del Jilguero, en que el color de los sexos difiere no poseyendo la hembra ninguno de los tonos vivos que tiene el macho, que hace un nido meticuloso y pone huevos muy Coloreados, resulta imposible no creer que, en un principio, lo construía en lugares expuestos y que, en consecuencia, tal vez en épocas muy recientes adquirió el hábito de hacerlo en huecos oscuros. La frecuente destrucción de los nidos expuestos, la abundancia de nidos en forma de cúpula abandonados en los que algunos individuos entraban, en ocasiones, para reproducirse, los condujo a la adquisición de esta costumbre de anidar, pues las aves que la heredan tendrán una ventaja y estarán protegidas, mientras que las que insisten en el viejo hábito de construir nidos expuestos, morirán. Los nidos en forma de cúpula hechos por los Dendrocolaptinae son, aún ahora, muy abundantes, y es probable que, antes que el país fuera poblado por europeos, eran mucho más numerosos. Darwin, hablando del hábito del Hornero de ubicar siempre los hornos en los sitios más visibles y accesibles al hombre predice, y yo lo creo, que esta costumbre causará la extinción de la especie, pues cuando el país esté más densamente poblado, los muchachos buscadores de nidos los destruirán. Es probable que cuando los Horneros eran más abundantes, los Jilgueros pudieran encontrar siempre nidos vacantes para anidar, hasta que adquirieron el hábito de hacerlo, en forma casi exclusiva, en estas casas seguras y convenientes. La, en apariencia, estúpida persistencia de las aves en pelear para tomar posesión de las que ya están ocupadas por una especie más fuerte, sólo muestra que el hábito o instinto no ha sido modificado para adaptarse a un cambio en las condiciones:

por ejemplo, un número menor de hornos junto a un aumento, tal vez, de otras especies más fuertes que poseen el mismo hábito. Pero mientras el instinto ha subsistido con mucha fuerza en las aves del campo, muchos individuos que se han adaptado a la vida de ciudad adquirieron la nueva costumbre de anidar en huecos en las paredes de ladrillos. Es posible que con el tiempo, esta raza de aves de ciudad colonice los distritos rurales y usurpen el lugar de las aves de campo que se verán colocadas en desventaja.

MISTO

Sycalis luteola

Arriba verde oliva claro manchado con rayas parduscas; plumas de las alas y cola negruzcas; garganta y pecho color ante oscuro; parte baja del pecho y vientre amarillos; largo, 12,5 centímetros.

Esta es un ave delgada y graciosa, de tamaño menor que el Canario, con todo el plumaje de la parte superior oliva amarillento con manchas pardas y la parte de abajo de un amarillo sucio. La hembra es un poco más pequeña que el macho y sus colores son algo más apagados.

En la República Argentina esta especie es residente y gregaria. En Otoño, con frecuencia se reúne en bandadas de varios miles. No tiene una distribución tan mundial como el Chingolo. No son aves de los bosques, sino que frecuentan las llanuras abiertas en donde abundan los cardos y otras hierbas toscas que los proveen de abrigo. Son en exceso numerosos en los distritos cultivados en los que su alimento es más abundante. Después que la cosecha ha sido recogida, frecuentan los campos en inmensas bandada;. Mientras comen, la bandada se disemina por una gran superficie, rompiéndose en pequeños grupos de una docena o más aves. En estos momentos se hallan tan ocupados en su alimentación, que una persona puede caminar entre ellos sin perturbarlos. Inician el vuelo de pronto, prorrumpiendo en mil notas chillonas y rezongonas, persiguiéndose en el aire y después de girar por el campo durante uno o dos minutos, se dejan caer de golpe en el pasto, quedándose silenciosos como antes.

Comienzan a cantar en agosto. Aquí y allá en el campo, se oye a uno de ellos.

Pero cuando el tiempo se vuelve más caluroso, se dirigen en gran número a las plantaciones, y posándose en las ramas, cantan en un concierto de innumerables voces, que produce un gran sonido confuso y que a menudo continúa, sin interrupción durante horas.

De pronto, este agradable coro se deshace. Todas las aves se dispersan por los campos y llanuras para cortejar y anidar. Recién entonces se descubre que el macho posee un canto muy dulce y peculiar. Separado de sus compañeros adquiere una manera diferente de cantar; remontándose desde su posición en la cima de un arbusto o estaca e iniciando su canto en el momento en que deja el lugar en que se encontraba posado. Mientras asciende, emite una serie de largas notas melodiosas, que no son potentes, pero si distintas y que aumentan en volumen. A una altura de cincuenta o sesenta metros hace una pausa, las notas se tornan más bajas. Luego, al descender con gracioso vuelo, las alas extendidas e inmóviles, las notas también decaen volviéndose más lentas, dulces y solemnes, hasta que llega al suelo. Después de posarse continua cantando, tornándose las notas más largas, delgadas y claras, terminando por ser meros hilos de sonido y dejan de ser audibles salvo para una persona que se encuentre muy cerca del cantor. El canto es de carácter exclusivamente único. Su gran encanto reside en la disminución gradual de las notas algo gruesas al principio, a los tonos finos y trémulos con que el ave regresa a tierra y que cambia de nuevo en los sonidos excesivamente atenuados al final.

El nido es profundo, bien construido y escondido. A veces descansa en el suelo, pero con frecuencia se alza sobre él. Contiene cinco largos huevos puntiagudos, de color blanco o blanco azulado, muy manchados de marrón. A menudo he encontrado los huevos del Molothrus en este nido, pero nunca he podido ver a un Jilguero que alimentara o fuera seguido por un pichón de dicha especie. Es posible que si alguna vez incuba el huevo parásito, el pichón que de él sale muera de hambre, pues sus padres adoptivos alimentan a sus hijos con semillas y no con larvas.

RENEGRIDO

Molothrus bonariensis

Negro purpúreo brillante uniforme; pico y patas negros; largo 14 centímetros Hembra un poco más pequeña, plumaje de color ratón uniforme.

Hemos llegado a una notable familia de Passeriformes: los Ictéridos, que comprenden los Oriolus de Norte y Sud América y los parásitos Molothrus. Son los Estorninos del Nuevo Mundo y parecen ser un ramal de éstos, del mismo modo que los Tangaras lo son de los Fringílidos. Pero los Tangaras y los Fringílidos coexisten en Sud América, mientras que el verdadero Estornino es desconocido en ese continente. Muchos de los Ictéridos, como el Estornino europeo, tienen un plumaje con lustre metálico y, en la mayoría de las especies hay algún color brillante -escarlata, púrpura, naranja y amarillo- Toda la familia comprende alrededor de ciento treinta, de los cuales quince o veinte se encuentran en Argentina. Entre éstos, hay tres especies del género Molothrus, las que describo acá. Estas tres en forma y fuertes picos cónicos se asemejan, exteriormente, a los Tanágrídos y Fringílidos más que a los Estúrnidos. Me familiaricé con todos ellos desde mi niñez, pasando gran parte del tiempo en observarlos de modo que descubrí algunos hechos interesantes relativos a sus singulares hábitos de cría por lo cual, en este volumen, le dedico una espacio más grande que a cualquier otro grupo.

La especie aquí descripta, la más común en la Argentina austral, es el Tordo común de Azara. Por lo general los nativos la llaman Tordo o Pájaro negro, y los argentinos que hablan inglés la denominan Blackbird. Un nombre más conveniente es el de Boyero argentino que le ha sido dado por algunos ornitólogos; siendo Boyero el nombre vernáculo de su pariente cercano, Molothrus pecoris, que es una especie norteamericana.

El Renegrido tiene una amplia distribución en Sud América siendo común a través de todo el territorio argentino, incluído Patagonia llegando, al sud, hasta Chupat. En Buenos Aires es muy numeroso, especialmente en los distritos cultivados donde hay árboles. El macho está vestido con un lustroso plumaje de un púrpura violáceo oscuro, siendo las alas y cola de un verde metálico oscuro, pero visto a la distancia o en la sombra, el ave parece negra. La hembra es de tamaño más pequeño, tiene un plumaje color ratón sucio y pico y patas negras.

Los machos son mucho más numerosos que las hembras. Azara dice que nueve de cada diez son machos, pero no estoy seguro de que la disparidad en el número sea tan grande como eso. Parece extraño y contrario a la regla general de la naturaleza, que los individuos más pequeños, tímidos y poco conspicuos estén en tal minoría; pero la razón es, tal vez, que los "huevos de los machos" de los Renegridos son de cáscara más dura que los "huevos de las hembras", escapando más a menudo a la destrucción, cuando la madre pone en práctica su desordenado y destructivo hábito de picotear agujeros en todos los huevos que encuentra en los nidos en que se introduce.

Los Renegridos son más sociables que la mayoría de las especies. Sus bandadas no se rompen durante la época de la puesta, pues como son parásitos, la hembra sólo se separa para poner su huevo en cualquier nido que pueda encontrar, después de lo cual retorna a la bandada. Se alimentan en el suelo, donde, por sus movimientos y por la costumbre que tiene el macho de estirar el cuello cuando se lo molesta, se asemeja a los Estorninos. El macho posee también la curiosa costumbre de llevar la cola parada verticalmente mientras come. Siguen al ganado doméstico por los lugares en que pace y, con frecuencia, se pueden ver doce o más aves posadas en la espalda de una vaca o caballo. Cuando el animal está pastando, se amontonan cerca de su boca, como los pollos alrededor de la gallina cuando ésta escarba la tierra, listos a alzar los pequeños insectos que aparecen cuando el pasto es cortado muy a ras del suelo. En primavera, también siguen al arado, para levantar gusanos y larvas.

El canto del macho, especialmente cuando hace el amor, va acompañado de gestos y movimientos algo parecidos a los de la Paloma doméstica. Se infla, batiendo el suelo con las alas mientras emite una serie de notas profundas, seguidas por otras fuertes y claras. A veces, durante el canto, alza el vuelo de pronto, se aleja de la hembra hasta una distancia de cincuenta metros y describe un amplio circulo a su alrededor, siempre cantando. El rústico objeto de esta corta pasión parece por completo indiferente a la curiosa y bonita exhibición. Sin embargo, debe ser más impresionable que la mayoría de las hembras de otras aves, pues continúa diseminando sus huevos parásitos, que a menudo se pierden, durante cuatro meses cada año. Su canto consiste en una larga nota embarullada que expresa alarma o curiosidad y a veces conversa en un tono bajo, como si quisiera cantar.

Al atardecer, cuando se congregan en un árbol para descansar, con frecuencia continúan cantando en conciertos hasta que es bastante oscuro. Cuando se los molesta de noche, los machos a menudo emiten su canto mientras alzan el vuelo.

En los días lluviosos, cuando se ven obligados a permanecer al abrigo de los árboles, cantan juntos sin interrupción durante horas produciendo la combinación de las innumerables voces un sonido arremetedor parecido al de un ventarrón. A fines de verano se congregan en bandadas de decenas de miles de tal modo que, el terreno en que se alimentan, parece encarpetado de negro y los árboles en donde se posan parecen tener el follaje de ese color. En esos momentos uno se maravilla de que muchas pequeñas especies de las cuales son parásitos, no se extingan debido a su hábito pernicioso. En Buenos Aires, donde son más numerosos, tienen una migración que, sin embargo, es sólo parcial. Se nota principalmente durante el otoño, variando mucho en los distintos años. En algunas estaciones es muy marcada. Durante muchos días, en febrero y marzo, se ve a las aves viajando hacía el Norte, bandada tras bandada, pasando con un vuelo veloz, bajo y ondulante y produciendo, con las alas, un suave sonido musical. Este vuelo susurrante de los Renegridos viajeros es tan familiar a todos los conocedores de la naturaleza en Buenos Aires, como el silbido del viento o el distante mugido del ganado.

Por muchas razones el instinto de procreación del Molothrus siempre me ha parecido tan importante, que le he prestado gran atención. Todos los hechos, o por lo menos los más salientes de entre ellos que yo reuní durante varios años de observación, me propongo anexarlos aquí, clasificados bajo diferentes encabezamientos a fin de evitar confusiones y facilitar a otros observadores el que, con una sola ojeada, puedan ver todo lo que aprendí.

Aunque me familiaricé con esta especie desde mi infancia, cuando acostumbraba salir todos los días en busca de sus huevos desperdiciados en los caminos anchos y limpios de la plantación y sacarlos, por piedad, de los nidos de las avecitas en donde los encontraba, nunca dejé de pensar en su extraño instinto, de carácter derrochador y destructivo, tan poco semejantes al de otras especies parásitas y que parece constituir una nota discordante en medio de la armonía general de la naturaleza.

ERRORES E IMPERFECCIONES DEL INSTINTO REPRODUCTOR DEL MOLOTHRUS BONARIENSIS

1. - El Renegrido desperdicia con frecuencia sus huevos, dejándolos caer al suelo.

2. - A veces, pone también en viejos nidos abandonados. Esto lo observé a menudo, y para estar seguro, tomé varios nidos viejos y los coloqué en árboles y arbustos. Al cabo de un tiempo encontré que habían puesto huevos en ellos.

3. - Ponen también con frecuencia en nidos en donde ya ha comenzado la incubación. Cuando esto sucede, el huevo del Renegrido se pierde, si el grado de incubación está muy avanzado; pero si los huevos han sido empollados durante dos o tres días solamente, tienen una buena oportunidad de ser incubados y el pichón de ser criado junto con sus hermanos adoptivos.

4. - A menudo, una hembra pone varios huevos en el mismo nido, en lugar de poner uno solo, como sucede con el Molothrus pecoris de Norte América, según cuenta Wilson. Yo llegué a esta conclusión por el hecho de que, como los huevos de las aves de esta especie varían mucho en forma, tamaño y marcas sólo cada uno de los individuos puede poner huevos muy o exactamente iguales. De modo que, cuando encontré dos, tres o cuatro huevos de Renegridos en un nido, todos semejantes en color y otras particularidades y, sin embargo, no pude hallar ninguno que se equipara a ellos entre cincuenta provenientes de otros nidos, me resultó imposible no creer que los huevos hallados juntos y que poseían todos un parecido familiar no hubieran sido puestos por la misma ave.

5. - A menudo varias hembras ponen en un mismo nido de tal modo que, el número de huevos hace imposible la incubación. Un mes de diciembre recogí, de mis árboles, diez nidos de Tijeretas (Milvulus tyrannus); contenían un total de cuarenta y siete huevos, de los cuales doce pertenecían a las Tijeretas y treinta y cinco a los Renegridos. Es digno de hacerse notar que el Milvulus se reproduce en octubre o a principios de noviembre, criando sólo una pollada, de manera que esos diez nidos encontrados a fines de diciembre, eran de aves que habían perdido los primeros. Es probable que los tres cuartos de los nidos del Milvulus sean abandonados a consecuencia de la confusión que en ellos causan los Renegridos.

6. - Los Renegridos, macho y hembra, destruyen muchos de los huevos en los nidos que visitan, picoteándoles agujeros en las cáscaras, rompiéndolos, devorándolos o robándolos. Esta es la costumbre más destructora de estas aves y es probable que los individuos la posean en distinto grado. A menudo he observado con cuidado todos los huevos parásitos de un nido. Después de tres o cuatro días encontré que todos esos huevos habían desaparecido, siendo reemplazados por otros recién puestos. Yo he visto a la hembra del Renegrido introducir su pico en un huevo y volar con él. Con frecuencia he observado al macho, posado cerca mientras la hembra se hallaba en el nido y cuando ésta lo abandonaba, abalanzarse y comenzar a agujerear los huevos. Algunos nidos los encontré llenos de huevos parásitos, y todos los huevos tenían agujeros picoteados en la cáscara, pues el ave destruye indistintamente huevos suyos y de otras especies.

VENTAJAS QUE EL M. BONARIENSIS POSEE SOBRE SUS VICTIMAS

Después de leer las notas precedentes uno puede preguntarse:

Si hay tantos defectos e irregularidades en el instinto reproductor de M. bonariensis, ¿cómo es que esta especie subsiste y aun aumenta su número de modo tan asombroso? Pues no hay duda de que es mucho más numerosa que cualquier otra especie parásita, si se considera su distribución en una superficie determinada.

Para su gran abundancia deben existir muchas razones que nosotros desconocemos.

Las especies más raras deben ser menos fuertes, tener más enemigos, estar expuestas a peligros mayores en sus largas migraciones, etcétera. No hay ninguna duda de que el hecho de que pueda subsistir a pesar de las irregularidades de su instinto se debe a que sus huevos y pichones poseen muchas ventajas sobre los de las especies que parasitan. Algunas de estas ventajas se deben a aquellos hábitos de los padres que, a primera vista, parecen más deficientes, al carácter del huevo y embrión, tiempo de evolución, etcétera.

1. - El huevo del Renegrido es, por lo general, más grande e invariablemente de cáscara más dura que la de los huevos entre los cuales es colocado; constituyendo los del Pecho amarillo (Preudoleistes virescens) la única excepción que conocí. La mayor dureza de su propio huevo, considerado en relación con el hábito destructor del ave, le da una mejor oportunidad de ser preservado pues, aunque el Renegrido nunca distingue su propio huevo, de los cuales destruye una gran cantidad, una proporción más grande escapa a esa destrucción en un nido donde muchos huevos son rotos indistintamente.

2. - La vitalidad o tenacidad por la vida es mayor en el embrión del Renegrido que en el de cualquier otra especie esta circunstancia, en relación con el hábito de romper y poner muchos huevos en un nido, le da más ventaja. Yo he examinado nidos y quedé sorprendido al encontrar que los de las Tijeretas se habían perdido aun cuando estaban ventajosamente ubicados dentro del nido, para recibir el calor de la madre, mientras que los de los Renegridos contenían embriones vivos, aunque se hallaran debajo de todos los demás huevos rotos que se habían derramado sobre ellos.

El ejemplo siguiente de extraordinaria vitalidad en el embrión de un Molothrus, parece mostrar, en forma incidental, que en algunas especies los hábitos protectores actúan como freno del instinto parásito a veces durante el transcurso de su formación.

Aunque por regla general las aves no parecen distinguir los huevos parásitos de los propios, por más diferentes en tamaño y color que ellos sean, a menudo demuestran saber que los huevos dejados en sus nidos, antes que ellos hayan comenzado a poner, no deben estar ahí; y el nido, antes de haber sido terminado es abandonado con frecuencia debido a estos huevos prematuros. Sin embargo, algunas especies no dejan sus nidos; y aunque no echan los huevos parásitos, lo que seria el plan más fácil, han descubierto cómo deshacerse de ellos y salvarse de la tarea de construir un nido nuevo. Su método consiste en agregar otro profundo revestimiento, bajo el cual quedan enterrados y fuera de la vista los huevos extraños que dejan de dar trabajo. El Sisopygis acterophys -un Tiránido común en Buenos Aires- recurre con frecuencia a este procedimiento; pero como su nido es poco profundo, la capa de nuevos materiales bajo la que quedan enterrados los huevos extraños, es construida sobre el borde del nido primitivo; de modo que el nido suplementario es como un platillo de dulce colocado sobre otro. Por lo general el observador puede decir, por el espesor de toda la construcción, si en ella han sido enterrados huevos parásitos o no. Cierta vez encontré un nido muy grueso que contenía dos pichones medio emplumados al lado de tres huevos podridos. La abrí removiendo la porción superior, o nido adicional, y debajo de él descubrí enterrados tres huevos de Molothrus, con las cáscaras llenas de suciedad y pegoteados con sustancias de huevos, desparramadas encima de ellos. Los rompí al intentar sacarlos sin deshacer el nido. Dos estaban podridos, pero el tercero contenía un embrión vivo, listo para salir de la cáscara, muy vivaz y hambriento cuando lo tomé en mi mano. Los pichones de los Tiránidos tendrían unas dos semanas, y como salen de la cáscara a los veinte días de haber comenzado la madre a poner, este huevo parásito con un pollo vivo en su interior, debía haber estado enterrado en el nido, por lo menos, cinco semanas. Es probable que después de nacer los pichones de los Tiránidos, los que comenzaron a crecer, el calorcito proveniente de sus cuerpos llegó hasta los huevos enterrados y sirvió para empollar el embrión. Pero cuando lo vi, como una persona que ve un fantasma, me sentí fuertemente inclinado a dudar de lo que mis propios sentidos me mostraban.

3. - El comparativamente, corto tiempo que el embrión necesita para salir, le da otra gran ventaja, pues mientras los huevos de otras avecitas requieren de catorce a dieciséis días para ser empollados, el de los Renegridos lo hace en once días y medio, contando desde el momento en que comienza la incubación. De modo que cuando la hembra del Renegrido comete el gran error de poner un huevo con otros que han empezado a ser empollados, a no ser que la incubación esté muy avanzada, todavía tiene oportunidad de salir antes o al mismo tiempo que los otros. Aun en los casos en que los demás salen antes, la extrema fortaleza del embrión sirve para mantenerlo vivo con el poco calor que recibe.

4. - Siempre que el Molothrus sale de la cáscara junto con los pichones de sus padres adoptivos, si éstos son más pequeños que el parásito, como sucede por lo general, apenas salen de la cáscara desaparecen, y el joven Renegrido queda como único ocupante del nido. Yo no he podido descubrir cómo se las arregla para arrojarlos o destruirlos, si es que en realidad los destruye.

5. - A todas estas circunstancias favorables al Molothrus debe agregarse Otra de igual o aun mayor importancia. Nunca se obliga a la tarea exhaustiva y dilatoria de criar sus propios pichones y por esta razón está en mejores condiciones que otras especies. Por otra parte, como es gregario y practica la promiscuidad sexual, puede poner un mayor número de huevos que otras especies. En nuestras aves domésticas vemos que las gallinas que nunca se ponen cluecas ponen mucho más que las otras.

Algunas de nuestras avecitas crían dos, otras sólo una nidada por estación.

Construir el nido, incubar y atender a los pichones requiere tanto tiempo que, por lo general, están ocupados desde dos hasta tres meses y medio. Pero el Renegrido es como el ave que nunca incuba y continúa poniendo huevos por cuatro meses y medio. Desde comienzos de septiembre hasta fines de enero, se ve sin cesar a los machos cortejando a las hembras, y durante la mayor parte de este tiempo se encuentran huevos. Yo observé que las avecitas, si se las priva repetidamente de sus nidos, ponen y aun incuban cuatro polladas por estación, llegando el número total de huevos a dieciséis si las puestas han sido cuatro.

No hay duda de que el Renegrido pone un número mayor. Yo creo que cada hembra pone de sesenta a cien huevos cada estación, aunque mi único material de juicio ha sido el número extraordinario de huevos perdidos.

Antes de dejar de lado el tema de las ventajas que el Molothrus posee sobre sus víctimas, y de los defectos (reales o aparentes) de su instinto, debe prestarse un poco de atención a otra circunstancia; a saber: las nuevas condiciones introducidas por el cultivo de la tierra y su efecto sobre las especies. La alteración de las condiciones ha servido, en varios modos, para remover muchos extraños frenos del instinto parásito. Más las aves se multiplican, más irregular y desordenado se vuelve necesariamente el instinto. En los distritos salvajes donde se formó y donde los nidos accesibles son, en proporción, escasos, el instinto parece diferente de cómo es en los distritos cultivados.

Los huevos parásitos no son comunes en los desiertos, y no abundan ni siquiera en los nidos más expuestos. Pero en los lugares cultivados, donde el alimento abunda, las aves se congregan en las huertas y plantaciones, en grandes números y sacan provecho de todos los nidos, pues siempre están mal ocultos en los claros, árboles de sombra de follaje abierto y árboles frutales plantados por el hombre.

DIVERSIDAD DE COLORIDO EN LOS HUEVOS

Hay una gran diversidad en el colorido, forma, disposición de las marcas, etcétera, de los huevos del M. bonariensis. Dudo de que en cualquier otra especie exista tal variedad de huevos. Alrededor de la mitad de los huevos que uno encuentra, o casi la mitad, son de un blanco puro sin ninguna salpicadura, como los de las aves que anidan en agujeros oscuros. Otros están espaciadamente salpicados con pintitas rosa pálidas o grises tan diminutas, que no parece que estuvieran manchados a no ser que se los examine con mucha minuciosidad. Después del blanco puro, la variedad más común es el huevo de fondo blanco, muy salpicado o manchado de rojo, en forma uniforme. Otra variedad común es la que tiene un fondo de color carne, muy pálido, marcado uniformemente con finos caracteres, que parece que hubieran sido inscriptos en la cáscara con una pluma.

Una variedad más rara es la que tiene una cáscara de un blanco puro, con unas pocas manchas grandes o de tamaño variable, de color marrón y chocolate. Pero es probable que la variedad más rara sea uno de un tono enteramente rojo oscuro, muy delicado. Pero entre este hermoso huevo marmolado, y el blanco con puntos casi imperceptibles, hay variedades sin fin; pues, entre los huevos de esta especie no existen manchas características, a pesar de que, como he dicho antes, los huevos de un mismo individuo muestran una semejanza familiar.

COSTUMBRES DEL PICHON DEL M. BONARIENSIS

Apenas salen del cascarón, los pichones de todas las especies, son muy semejantes entre sí. Una vez que le han salido las plumas, la semejanza es menor, pero aún sigue siendo grande. El color de la mayoría de ellos o, por lo menos, del plumaje visible de la parte superior, es gris mezclado con castaño.

Hay también una gran similitud entre sus gritos de hambre y temor: notas agudas, quejumbrosas, prolongadas y por lo general trémulas. No debe, pues, asombrar, el que los padres adoptivos del Molothrus respondan con rapidez a sus gritos, entendiendo las variadas expresiones que denotan hambre, miedo, pena, tan bien como cuando son emitidas por su propia prole. Pero el joven Molothrus nunca entiende el lenguaje de sus padres adoptivos, como otros pichones lo hacen con el lenguaje de sus verdaderos padres, elevándose para recibir alimento, cuando se los llama, y escondiéndose o tratando de escapar cuando se les da la nota de aviso. ¿Cómo el Molothrus aprende a distinguir, a simple vista, sus padres adoptivos de cualquier otra ave que se acerca al nido?

Por lo general no manifiesta temor ni siquiera ante un objeto grande. Al introducir mis dedos en cualquier nido encontré que los pichones, si aún estaban ciegos o recién acababan de salir del cascarón, abrían sus picos y se estiraban en espera del alimento; pero en unos pocos días aprendían a distinguir entre sus padres y cualquier otro objeto que se aproximaba al nido, y a mostrar alarma aunque no hubiera habido aviso de peligro. Hay que considerar la distinta conducta de tres especies que muy raras veces o nunca, avisan el peligro a su progenie. Los pichones del Synallaxis spixi, aunque están en un profundo nido en forma de cúpula, se tiran al suelo, tratando de escapar de este modo. El pichón del Mimus patagonicus se agazapa mucho y se queda inmóvil, con los ojos cerrados, simulando estar muerto. El pichón de nuestra Zenaida común, aun antes de estar emplumado, se abalanza y golpea airadamente al intruso con pico y alas y, al hacer una exhibición tan brava de sus eficaces armas, es probable que, a menudo, se salve de la destrucción. Pero cualquier cosa que se acerque al pichón de Molothrus es recibida con batir de alas y gritos clamorosos, como si esperaran que todos los seres atendieran a sus necesidades.

En el nido de un Corbatita, Spermophila caerulescens, encontré un pichón de Molothrus. Al ver mi mano que se aproximaba al nido, gritaba pidiendo comida. Lo saqué y lo puse en el suelo; cuando se encontró en la tierra huyó de inmediato, volando a medias. Después de una dura cacería, lo retomé. Comencé a hacerlo girar y gritar, como para informar a sus padres adoptivos de lo que le estaba pasando, pues en esos momentos no se hallaban cerca. Lo volví a poner en la pequeña plataforma de un nido y arranqué medía docena de orugas de una ramita adyacente. Le iba dando las larvas, a medida que los iba sacando de su funda, y él las devoraba con glotonería, no obstante el mal trato que acababa de recibir e ignorando por completo los gritos salvajes y excitados de sus padres adoptivos que recién llegaban y revoloteaban a uno o dos metros del nido.

El último verano, vi un pichón de Renegrido en un campo de rastrojos, posado en una caña delgada y seca. Como gritaba a cortos intervalos, esperé a ver qué ave se acercaría. Resultó ser el diminuto Papamoscas o Piojito, Hapalocercus flaviventris, y me divirtió muchísimo observar al pequeño ser volar directamente a su descendiente adoptivo y, posándose en su espalda, poner un gusano en el pico abierto que había vuelto hacia arriba. Después de permanecer un momento en su singular percha, el Papamoscas voló, pero en menos de medio minuto regresó y se posó de nuevo en la espalda del pichón. Continué observándolos hasta que el Molothrus voló después de haber sido alimentado, de la misma manera, siete u ocho veces.

En las dos anécdotas anteriores, puede verse los hábitos peculiares del pichón de Molothrus. Como los nidos en los cuales nace, varían tanto en tamaño y están ubicados en distinta posición -desde los del pequeño Serpophaga y Trogloditidos hasta los de las Calandrias- los pichones del Renegrido, deben tener una apariencia algo incongruente. Pero la mayor incongruencia o inadaptabilidad se encuentra en los hábitos del mismo. Cuando el nido se halla en la espesura o floresta, aunque sea pequeño para el ave y ésta no pueda entender a sus padres adoptivos y reciba bien a todo el que se acerque al nido, con buenos o malos propósitos, la inadaptabilidad no es tan aparente como cuando el nido se halla en los campos y llanuras abiertas.

El Molothrus se diferencia de sus hermanos adoptivos, en que abandona el nido apenas es capaz, siguiendo a las aves adultas y ubicándose en el sitio más visible que pueda encontrar, como ser la cima de una caña o arbusto, para pedir, desde ahí alimento, con gritos frecuentes e inoportunos. De ahí que el pequeño Papamoscas haya adquirido el hábito de posarse en la espalda de su carga, a fin de alimentarlo, pues las madres siempre se posan sobre los pichones para alimentarlos. Y el pichón de Renegrido previene esto, agachándose invariablemente en la cima de la caña en la cual se posa. La costumbre es más fatal en las pampas abiertas y muy segadas, habitadas por la Cachila (Anthus correndera). En diciembre, cuando la Cachila cría su segunda pollada, el común y abundante Chimango, también tiene pichones, a los que alimenta, en forma casi exclusiva, con los pichones de varias especies de aves pequeñas. En esta época, el Chimango destruye gran cantidad de pichones de Cachila y del Cola aguda, Sinallaxis hudsoni; no obstante está muy bien adaptada a la región en estructura, color y hábitos. En los distritos en que el Molothrus abunda, sus huevos se encuentran en mayoría en los nidos de las Cachilas; resultando raro encontrar un pichón de Renegrido fuera del nido, pues tan pronto están en condiciones de abandonar el nido y exponerse a la vista son llevados por el Chimango.

CONJETURAS SOBRE EL ORIGEN DEL INSTINTO PARASITARIO DEL M. BONARIENSIS

La opinión de Darwin de que "la causa inmediata y final del instinto del Cuclillo que pone sus huevos no diariamente, sino a intervalos de dos o tres días" (Origen de las especies), no implica grandes apariencias de probabilidades; ¿pues no podría decirse con razón que el instinto parásito es la causa inmediata y final de que ponga los huevos a largos intervalos?.

Si es favorable a una especie con el instinto del Cuclillo (y es probable que lo sea), el poner huevos con intervalos más largos que los de otras especies, la selección natural de todas las modificaciones de los órganos reproductores, que tienden a producir dicho resultado, hubiera hecho permanente la estructura mejorada. Se ha dicho (Origen de las especies Cap.VII) que el Cuclillo americano pone también durante largos intervalos y que, al mismo tiempo tiene en su nido, huevos y pichones, lo que constituye una circunstancia a todas luces desventajosa. Del Coccyzus melanocoryphus, el único de nuestros tres Coccyzi, con cuyos hábitos de anidar me he familiarizado, puedo decir que nunca comienza a incubar hasta que ha puesto el número total de huevos, de modo que los pichones nacen al mismo tiempo. Pero si se busca investigar el origen del instinto del Cuclillo europeo en los hábitos de anidación de los Coccyzi americanos, debe ser atribuido no al hábito aberrante de tal vez una sola especie, sino a la desventajosa costumbre, común a todo el género, por ejemplo: el hábito de construir nidos plataformas en exceso frágiles, de los cuales los huevos y los pichones se caen con frecuencia. A veces, habrán puesto un huevo en el profundo y seguro nido de otra ave. El pájaro así empollado poseía una ventaja y, tal vez, en ellos el hábito se hizo hereditario. Si esto fuera así (y una suposición está, tal vez, tan lejos de la verdad como la otra), hay muchos géneros intermedios entre los Cucullus y Molothrus, en los que no aparece ningún rastro del hábito parásito. Pertenecen a distintos órdenes, y parece más probable que instintos análogos se originaron independientemente en los dos géneros. Tocante al origen del instinto en el Molothrus, parecerá prematuro hacer especulaciones sobre los pocos hechos aquí narrados y antes de familiarizarnos con las costumbres de Otros miembros del género. Resulta un gran misterio, el que una especie haya perdido totalmente un sentimiento tan universal como es el maternal, y además, que se aproveche de ese afecto en otras especies para propagarse. No obstante, no puedo abstenerme de hacer conjeturas al respecto, y sugeriré cuál puede haber sido, al menos, una de las muchas causas concurrentes que han producido el instinto parásito Los en apariencia transitorios hábitos nidíferos de muchas especies y una destacable costumbre del M. bonariensis, parecen arrojar alguna luz sobre un punto muy relacionado con el tópico que nos interesa, esto es: la pérdida, en esta especie, del instinto de anidar.

Los hábitos varían grandemente. Si así no lo hicieran, no aparecerían tan bien adaptados a las condiciones de vida, desde el momento que ellas también cambian.

De este modo sucede que mientras una especie parece bien adaptada a su condición en sus hábitos, con frecuencia no lo parece tanto en su estructura relativamente inmutable. Por ejemplo, sin salir de las pampas encontramos una Tringa con las costumbres de un Carádrido de tierras altas; un Tiránido (Pitangus bellicosus), que hace presa en ratones y serpientes; otro Tiránido (Myotheretes rufiventris), parecido en sus hábitos a un Carádrido, y, por último, un Picidae (Colaptes campestiros) que busca su alimento en el suelo como un Estúrnido. No obstante, en ninguno de estos -y la lista podría ser muy alargada- ha habido nada parecido a una modificación de la estructura que marchara junto con una alteración del modo de vida. Pero por mucho que hayan cambiado los hábitos originales o genéricos de una especie, con frecuencia reaparecen rastros de costumbres antiguas y desusadas; siendo los hábitos de una especie muy distintos de los de sus congéneres, puede ser tomada como evidencia de esa alteración, una necesidad de correspondencia entre estructura y hábitos (siendo siempre lo último más conveniente a las condiciones que lo primero). Pareciendo las acciones caprichosas muy numerosas, vagas o insignificantes para ser recordadas, improvisó acciones definidas que no son habituales, aparentes imitaciones de los actos de otras especies, una perpetua inclinación de intentar algo que nunca se intenta, e intenta hacer algo que nunca se hace; creo que estos y otros movimientos semejantes deben ser atribuidos, en muchos casos, a los débiles impulsos de instintos atrofiados. A la misma causa es posible que se deban muchos de los ocasionales hábitos aberrantes, tales como el del ave que anida en un árbol que yace en el suelo. Si en estructura, colorido, y lenguaje es posible la recurrencia a un tipo ancestral, es razonable esperar que ocurra algo análogo en lo relativo a instintos. Pero aun cuando tales movimientos casuales, y a menudo inútiles, como los que he mencionado nos guían infaliblemente a los viejos y desusados instintos de una especie, este conocimiento de él mismo nos permitirá descubrir el origen de los presentes. Pero aceptando como un hecho de que las condiciones de existencia y los cambios que en ellos prosiguen son, en cada caso, la causa fundamental de alteración de las costumbres, yo creo que, en muchos casos, el conocimiento de los antiguos instintos, nos servirá de mucho en la investigación. Todas o muchas de las especies de Columbidae, manifiestan una inclinación por merodear en las rocas y barrancos, entrar o pispear en los huecos que hay en ellos. Si a estas vagas e indeterminadas acciones se las relaciona con el hecho de que todas las Palomas que construyen simples nidos plataformas (como la Columba livia y otras que hacen una superficie plana), también ponen huevos blancos (siendo la regla general que los que ponen en huecos oscuros, son blancos y que los huevos puestos en sitios expuestos son coloreados); y que una especie, C. livia, pone en huecos de las rocas, nos lleva a suponer que el hábito de esta especie fue en un tiempo común a todo el género.

Concluiremos por pensar que, una insuficiencia en el número de sitios convenientes para anidar -por ejemplo, nuevas condiciones externas- fueron las que indujeron a las Palomas a anidar en los árboles. Es por eso que, la C. livia, también anida en los árboles cuando no hay rocas; pero cuando éstas se lo permiten, retorna a sus costumbres ancestrales. En las otras especies debemos creer que, el hábito primitivo se ha perdido totalmente por la falta de uso, o que sólo se manifiesta de una manera débil e incierta.

Ahora, en el M. bonariensis, vemos el hábito vago y sin objeto del ave imaginaria que acabo de describir. Antes y durante la época de producción, las hembras a menudo acompañadas por los machos, son vistas merodeando y examinando los nidos en forma de cúpula de algunos Dendrocoláptidos. Esto no aparece como un mero capricho o curiosidad, pues la persistencia en las investigaciones es exactamente la misma de la de las aves que, por lo general, eligen esos mismos sitios para reproducirse. Resulta sorprendente el que, en realidad, nunca pongan dentro de tales nidos, salvo cuando el costado o la cúpula han sido rotos, por accidente, lo bastante para permitir que llegue la luz a su interior. Cada vez que yo puse cajas en mis árboles, la hembra del Renegrido fue la primera en visitarías. A veces, una pasaba medio día vagando a su alrededor e inspeccionándola, saltando a su alrededor y sobre ella, y terminando siempre a la entrada, por la que pispeaba con curiosidad, y cuando estaba por entrar, saltaba atrás, como si la asustara la oscuridad que había adentro. Pero después de retirarse un poco, volvía una y otra vez, como si estuviera fascinada por el confort y seguridad de la morada. Es divertido ver con que empeño merodea los hornos de los Horneros, en apariencia decidida a tomar posesión de los mismos, retrocediendo después de cien rechazos, y sin entrar en ellos aunque tenga la oportunidad de hacerlo. A veces se ve a un Renegrido siguiendo a un Troglodítico o a una Golondrina hasta su nido, entre los aleros, y colgarse de la pared, debajo del nido en el que ha desaparecido.

Podría llenar muchas páginas con ejemplos de este hábito del M. bonariensis que, a pesar de ser tan inútil, es un afecto muy fuerte que el ave posee. Casi no dudo de que es la vuelta a un hábito abandonado hace mucho; pues es la única causa a la que lo puedo atribuir. Además me parece que si el M. bonariensis, siendo en una época un constructor de nidos, adquirió el hábito semiparásito de  reproducirse en los nidos en forma de cúpula de otras aves, tal costumbre pudo conducir al instinto que ahora posee. Debo mencionar que dos veces he visto a aves de esta especie, intentando construir nidos y que, en ambas ocasiones, no pudieron completar la obra. El instinto de hacer el nido es tan ancestral que se puede decir sin ningún peligro el M. bonariensis lo poseyó en una época y que los dos casos que mencioné constituían un retorno, demasiado débil para ser eficaz, al hábito ancestral.

Otra interesante circunstancia puede ser aducida como una evidencia fuerte y presunta de que el M. borzariensis construyó, en un tiempo, su nido en lugares visibles, como a veces hace el M. badius: la diferencia de color entre el macho y la hembra; pues mientras el primero es de un rico púrpura, la segunda posee una semejanza adaptable, en color, a los nidos y a las sombrías ramitas y ramas interiores sobre las que, por lo general, se hacen los nidos. ¿Cómo se ha podido perder tal instinto? Decir que el Renegrido pone, a veces, un huevo en el nido de otra ave; que el pichón salido de estos huevos accidentales posee alguna (hipotética) ventaja sobre los nacidos de la manera usual; y que el hábito parásito se volvió así hereditario, suplantando al original, es todo conjetura y parece excluir la influencia de condiciones externas. De nuevo, la necesidad de correspondencia entre los hábitos del joven parásito y sus padres adoptivos, seria en realidad una desventaja para aquél; la inadaptabilidad seria tan grande en los huevos y otras circunstancias. Pues todas las ventajas que el parásito posee en la actualidad, la dureza de la cáscara de los huevos, rápida evolución del pichón, etcétera, ya mencionadas, deben haber sido adquiridas, poco a poco, a través del lento proceso acumulador de la selección natural, subsecuentemente a la formación de la inclinación y hábito parásito original. Estoy inclinado a creer que el M. bonariens¡s perdió el instinto de anidar al adquirir la costumbre semiparásita, común a muchas aves sudamericanas, de anidar en los grandes nidos abrigados de los Dendrocoláptidos. Tenemos pruebas de que este hábito semiparásito tiende a destruir el de anidar. El Synallaxís construye grandes y prolijos nidos en forma de cúpula; sin embargo tenemos una especie (S. aegithaloídes) que nunca construye por sí misma, sino que anida en los nidos de otras aves del mismo género. A veces., el Tiránido, Macherornis rirosa, construye un prolijo nido en el ángulo formado por ramitas y la rama de un árbol; pero prefiere, y casi invariablemente elige, el nido abrigado de alguna otra especie o el hueco de un árbol. Lo mismo sucede con nuestro Trogloditido, Troglodytes furvus. El jilguero, Sycalis pelzeinis, anida, en forma invariable, en un hueco oscuro o un nido abrigado.

El hecho de que estas tres especies pongan huevos coloreados (la primera y la última, muy profundamente), lo inclina a uno a creer que en una época, siempre construían nidos expuestos, como a veces hace el M. rixosa. Debe agregarse que las especies que ponen huevos coloreados en sitios oscuros, construyen y revisten sus nidos con mucha más pulcritud que las que anidan en los mismos sitios, pero ponen huevos blancos. Con el Molothrus badius pasa como con el M. rixosa y la Tacuara: pone huevos manchados y, en ocasiones, construye un nido pulcro y expuesto. Sin embargo, su fuerte es la preferencia que demuestra por los grandes nidos en forma de cúpula, y cada vez que puede tomar posesión de uno a fuerza de pelea, no construye otro para él. Supongamos que el Renegrido también adquirió, cierta vez, el hábito de anidar en nidos en forma de cúpula y que este hábito destruyó por completo el instinto de hacer nidos, no resultando difícil imaginar cómo, a su turno, perdió también aquella costumbre. Una disminución en el número de aves que hacen nidos en forma de cúpula, o un aumento en el número de especies e individuos que anidan en tales nidos, habrán envuelto al M. bonariensis en una lucha por nidos, en la que es probable que haya sido derrotado. En Buenos Aires, la Golondrina de rabadilla y cejas blancas, la Tacuara y el Jilguero prefieren, antes que cualquier otro sitio, los hornos del Furnarius, pero para obtenerlos están obligados a luchar con la Golondrina de los hornos, pues esta especie ha adquirido el hábito de anidar, exclusivamente, en dichos hornos. Sin embargo, no pueden competir con el Progne y así, en gran cantidad, el aumento de una especie ha privado a las otras de su sitio favorito para anidar. Asimismo, el Machetornis rixosa prefiere el gran nido del Anumbius, pero cuando otras especies compiten con él por la posesión del nido, es siempre derrotado. Yo he visto a una pareja de Machetornis que, después de haberse posesionado de un nido, eran atacados, a su vez, por una bandada de seis u ocho M. badius, pero a pesar de la superioridad numérica, la furia de los Machetornis obligó a los otros a levantar el sitio.

Así, han sido explicados algunos hechos en la historia de nuestro Molothrus común, sino el más importante, que es la pérdida del instinto de anidar debido a la adquisición de la costumbre de hacerlo en los nidos abrigados de otras aves, hábito que ha dejado un fuerte rastro en los modos de la especie y, tal vez, en los huevos de un blanco puro de tantos individuos. Por último, hemos visto como desapareció también esta costumbre. Pero el hábito parásito del M. bonariensis, puede haberse originado cuando el ave aún era un constructor de nidos. El origen del instinto puede haberse hallado en la costumbre ocasional, común a tantas especies, de dos o más hembras que ponían juntas. Los progenitores de todas las especies de Molothrus deben haber sido contagiados con este hábito, que, con el tiempo llevó a la adquisición del presente. El M. pecoris y el M. bonarienszs, aunque sus instintos difieren, son ambos parásitos de una gran número de especies. El M. rufoaxillaris en el M. badius, y en esta última especie, dos o más hembras, con frecuencia ponen juntas. Si suponemos que el M. bonariensis, cuando construía su nido o criaba sus propios hijos en los nidos que había elegido, poseía este hábito de que dos o más hembras pusieran con frecuencia en un mismo nido, los pichones de aquellas aves que a menudo abandonaban sus huevos al cuidado de otra habrían heredado, probablemente, un instinto maternal debilitado. El continuo entrecruzamiento de individuos con instintos débiles y fuertes habría impedido la formación de dos razas de hábitos diferentes; pero toda la raza habría degenerado y habría sido salvada de la extinción final por algunos individuos que, a veces, dejaron caer sus huevos en los nidos de otras especies, tal vez de un Molothrus, como aún hace el M. rufoarillaris, antes que en aves de otro género. Por cierto que, de este modo, el instinto parásito del M. bonariensis puede haberse originado sin que esa especie haya nunca adquirido la costumbre de reproducirse en los abrigados nidos oscuros de otras aves. Yo he  supuesto que ellos lo poseyeron alguna vez, sólo por la extraña atracción que tales nidos tenían para ellos, y que parecía un retorno a un hábito ancestral.


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006