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CAPITULO 4 Tordo de pico corto Músico Tordo de alas amarillas Tordo amarillo Federal Varillero Tordo militar Pecho amarillo Pecho colorado grande Pecho colorado mediano TORDO DE PICO CORTO Molothrus ruaxillaris Negro sedoso lustroso con púrpura; alas y cola con un ligero lustre verdoso; pico y patas negras; largo 20 centímetros. Hembra igual, pero algo menor. Esta ave no tiene nombre vulgar, pues la gente del campo no la distingue del Renegrido. El nombre inglés de Screaming Cowbird (Boyero gritón), que le he dado, se recomendará por sí solo a aquellos que lo observen; pues siempre y a cualquier distancia podrán distinguirlo de la especie a la que tanto se parece, escuchando sus impetuosos chillidos, tan distintos al lenguaje del Renegrido. El Tordo de pico corto es más grande que la especie con la que está relacionado. La hembra es de menor tamaño que el macho, pero son semejantes en colorido, siendo todo el plumaje de un profundo azul negro, lustrado con reflejos purpúreos y debajo del ala, en la juntura, tienen una pequeña mancha bermeja. El pico es muy sólido, el plumaje suelto ,con fuerte olor a almizcle; el esófago remarcablemente ancho. Es mucho menos común que la otra especie de Molothrus, pero no es rara. Hacia el Sud se extiende hasta las pampas de Buenos Aires donde, por lo general, unos pocos individuos se encuentran en todas las grandes plantaciones. Como el Molothrus badius, permanece con nosotros todo el año. No es estrictamente gregario, pero en invierno anda en grupos que rara vez pasan de la media docena de ejemplares; en la época de la reproducción se unen en parejas. Uno de sus rasgos más notables es el exagerado apuro y bullicio que muestra en todos sus movimientos. Cuando pasa de una rama a otra lo hace con una serie de violentas sacudidas y golpeando sus alas con fuerza. Cuando un grupo de ellos regresa de los campos, se abalanzan a los árboles salvajemente y con fuertes chillidos como si los persiguiera un ave de presa. No son aves canoras; pero el macho, a veces, aunque es muy raro, intenta cantar y emite, con considerable esfuerzo, una serie de rechinantes notas, sin ninguna melodía. El chirrido con el cual invita a volar a su pareja tiene el sonido de un beso fuerte y vivaz. Su nota de aviso o alarma cuando alguien se acerca durante la época de la reproducción, tiene un sonido suave y agradable. Ella constituye, lo cual es muy curioso, su única expresión melodiosa. Pero su hazaña más común y notable es un grito que comienza con un sonido profundo y que va aumentando en un campanilleo agudo y metálico, que emite con la cola y alas extendidas y bajas, con todo el plumaje henchido como el de un gallipavo, mientras el ave, con viveza, salta sobre la percha en que está parada como si estuviera bailando. Por su aspecto hinchado y por el carácter peculiar del sonido que emite, yo creo que, como las Palomas y algunas otras especies, posee la facultad de llenar su buche de aire y usarlo como una "cámara de resonancia". La nota que acabo de describir es seguida, rápida e invariablemente, por un chillido, áspero e impetuoso, emitido por la hembra, aunque ambas notas suenan siempre como si fueran emitidas por la misma ave. Mientras vuelan, todas las aves gritan en concierto. El alimento de esta especie consiste, principalmente, en diminutas semillas y brotes tiernos. También tragan grandes orugas y arañas, pero no comen insectos duros como lo hacen otros congéneres. Desde pequeño, me familiaricé con los hábitos del Tordo de pico corto, y antes de que esta especie fuera conocida por los naturalistas; pero a pesar de que lo busqué con mucha diligencia, nunca pude encontrar su nido. Jamás los vi recogiendo materiales para el nido, o alimentando sus pichones como otras especies, lo cual pudo hacerme suponer que no empollaban sus propios huevos. Pero nunca se me ocurrió que eran parásitos, y supongo que eso se debió al hecho de que durante el verano siempre se los ve en parejas, siendo el macho y la hembra inseparables. Es probable que esta sea la única especie parásita en la que existe fidelidad conyugal. También he observado que cuando se aproxima la época de anidar, la pareja siempre demuestra gran ansiedad y excitación, como las aves que tienen un nido o que ya han elegido sitio para anidar. Pero año tras año el verano se acaba, las parejas se reúnen en grupos de media docena y el misterio sigue sin resolver. Al fin, después de muchos años, la suerte me favoreció, y mientras observaba las costumbres de otra especie (Molothrus badius), descubrí, por casualidad, los hábitos reproductores del Tordo de pico corto. Como estas observaciones arrojan alguna luz en las costumbres del M. badius, pienso que es mejor transcribir aquí todas mis notas. Una pareja de Leñateros (Anumbius acuticaudatus), había pasado casi todo el invierno construyendo un nido en una acacia que se hallaba a 60 metros de la casa. Es, de más o menos, 6 centímetros de profundidad; de 40 a 45 centímetros de circunferencia y ahora parece casi terminado. Estoy seguro que este nido será atacado antes que pase mucho tiempo, y estoy decidido a vigilarlo de cerca. Septiembre 28. - Hoy vi un Músico (Molothrus badius), en el nido. Subió sobre él, inspeccionando con deliberación todas las partes, con el aire critico del propietario que ha ordenado su construcción; sacando y volviendo a arreglar algunas astillas y quitando otras del nido. Mientras se ocupaba de esto, dos Renegridos (M. bonariensis), macho y hembra, llegaron al árbol. La hembra se dejó caer en el nido y comenzó a examinarlo, pispeando con curiosidad en la entrada y peleando con el ave que había llegado primero. Después de unos pocos minutos se alejó volando, seguida de su lustroso consorte. El Músico continuó su extraño y fútil trabajo, hasta que aparecieron los propietarios del nido. Entonces saltó a un lado con su modo lento y despacioso, cantó unos instantes y voló. La similitud de conducta entre las dos aves me llamó mucho la atención. Ambas especies son idénticas en el gran interés que demuestran por los nidos de las otras aves, en especial los que son grandes y abrigados. Pero cuando llega la época de la reproducción, sus hábitos comienzan a divergir. El Renegrido pone en nidos de Otras especies, abandonando los huevos a su cuidado: mientras que el Músico, por lo general, elige los nidos de otros, pero cría sus propios pichones. Sin embargo, como a veces se construyen un prolijo nido, la costumbre de tomar posesión de nidos de otras aves, es más bien reciente, siendo probable que tienda a extirpar el instinto constructor primitivo. Octubre 8. - Esta mañana, mientras leía debajo de un árbol, mi atención fue atraída por una nota penetrante, como de un ave en apuros, que provenía de la vecindad del nido de los Leñateros. Después de oírla repetirse a intervalos, durante más de 20 minutos, fui a investigar la causa. Dos Músicos salieron volando del suelo, de abajo del nido, y buscando en el lozano trébol que crecía bajo el árbol, descubrí a la hembra del Leñatero, con el plumaje húmedo y sucio por haber sido arrastrada, temblando y, en apariencia medio muerta por el rudo trato que había sufrido. La puse en el sol; después de media hora, al oír a su compañero que la llamaba, se las arregló para volar débilmente y reunírsele. Los perseguidores la habían arrojado del nido y, sin duda, la hubieran matado de no haber yo llegado a rescatarla en momento tan oportuno. Mientras escribía lo anterior, continué observando el nido. Tanto los Músicos como sus víctimas lo dejaron durante unos días. Seis días después que yo había alzado la maltratada hembra, los constructores regresaron y retomaron posiciones. Cuatro días después también regresaron los Músicos, pero al encontrar que el nido aún estaba ocupado, tomaron posesión de un horno que se hallaba, sin terminar, en un árbol a unos 20 metros del primero. En seguida comenzaron a llevar materiales para revestirlo. Cuando terminaron de poner, les saqué los cinco huevos al mismo tiempo que destruía el horno; y esperé a ver cuál sería su próximo movimiento. Permanecieron en el lugar, cantando sin cesar y demostrando ansiedad cuando se le aproximaban. Los observé durante cuatro días y luego debí ausentarme por varios más. A mi regreso encontré que los Leñateros habían desaparecido de nuevo y que el nido era ahora ocupado por los Músicos. También noté que habían abierto una entrada, que estaban usando, muy abajo de uno de los lados del nido. Sin duda habían matado y arrojado los pichones. Ahora estamos a principios de noviembre, el momento cumbre de la época de reproducción, y gran número de Renegridos visitan sin cesar el nido. Pero me sentí interesado, en particular, por una pareja de Tordos de pico corto, y resolví vigilarlos de cerca. Como pasaban la mayor parte del tiempo cerca del nido, demostrando una gran solicitud cuando yo me acercaba, esperé ardientemente verlos anidar en él, siempre que pudieran desembarazarse de los Músicos. Los Tordos de pico corto no los atacaban, no osaban hacerlo. Entonces resolví sacar los huevos de los Músicos, pensando que el disgusto que esto les causaría les haría dejarlo. Cuando comprendí, por sus movimientos, que habían acabado de poner, llegué al nido y quedé asombrado al descubrir diez huevos en lugar de los cinco que esperaba hallar. Aunque los Renegridos habían prestado mucha atención al nido, yo sabia que los Músicos no les habían permitido poner huevos. Los diez huevos del nido pertenecían, sin lugar a dudas, a los Músicos; y habiendo observado otras veces que varias hembras ponen a veces juntas, llegué a la conclusión de que, en este caso, dos hembras habían puesto en el mismo nido, aunque yo había visto sólo dos aves: macho y hembra. Después de sacar los diez huevos, los Músicos aún permanecieron y, al poco tiempo, parecieron estar poniendo de nuevo. Cuando tuve razones para pensar que estaba el número completo, visité el nido encontrando en él, cinco huevos. También los tomé y supuse que era probable que la segunda hembra se hubiera ido, al ser despojada de su primera nidada. Durante todo este tiempo los Tordos de pico corto permanecieron en la vecindad y, en ocasiones, visitaban el árbol; pero para gran sorpresa mía, los Músicos permanecían insobornables, ¡y de pronto me encontré con que se disponían a poner por cuarta vez Cuando visité el nido, encontré dos huevos en él. Los dejé y regresé a los tres días, esperando encontrar cinco, ¡pero en cambio hallé siete! Era indudable de que más de una hembra había puesto en el nido en esa ocasión. Después que saqué estos últimos siete huevos, los Músicos se fueron; y aunque los Tordos de pico corto continuaron haciendo visitas ocasionales al nido, para gran desilusión mía, no pusieron ninguna vez. Abril 12. - Hoy he hecho un descubrimiento y estoy tan contento como si hubiera descubierto un nuevo planeta en el cielo. El misterio del nido de los Músicos, en el que por dos veces encontré un número mayor de huevos que el habitual, se aclaró. De pronto conocí el instinto reproductor del Tordo de pico corto. Considero esto como un gran golpe de suerte, pues pensé que la época para hacer tal descubrimiento había pasado, ya que estamos tan cerca del invierno. Los Músicos son tan sociables en sus costumbres que siempre parecen remolones para romper sus grupos en la época de reproducción, y apenas ésta ha pasado, y mientras los pichones todavía son alimentados por los padres, todas las familias de una plantación se reúnen en una bandada. Hace alrededor de un mes, todas las aves de los alrededores de mi casa, se asociaron de esta manera. Andaban en una bandada diseminada, frecuentando mucho un comedero favorito que era una pradera que quedaba a unos quince minutos de caminata de la casa. Creo que la bandada, estaba compuesta por tres familias, siendo en total sesenta u ochenta aves. Los pichones no se distinguían de los adultos, pero yo sabía que la mayoría de ellos eran jóvenes, nacidos en la última temporada, debido a sus incesantes y estridentes notas de hambre. La primera vez que los observé fue a mediados de marzo. Una semana más tarde, mientras cabalgaba a través del prado en el que se alimentaban, noté, entre ellos, tres individuos con manchas púrpuras en su plumaje. Se hallaban a cierta distancia de mí y, lo que es natural, llegué a la conclusión que eran pichones de Renegridos (M. bonariensis) asociados, por casualidad, con los Músicos. Me sorprendí de verlos pues el pichón macho del M. bonariensis, siempre adquiere el plumaje purpúreo antes de marzo, de modo que esos individuos estaban cambiando de color cinco semanas después de la época que les correspondía. Hoy, mientras andaba con mi escopeta, me acerqué a la bandada y vi que cuatro de las aves estaban adquiriendo el plumaje purpúreo, mientras que dos de ellos ya eran casi del todo de ese color. Pero también noté con sorpresa que tenían alas color bayo o castaño y también que aquellos que tenían menos púrpura, eran maravillosamente parecidos a los Músicos en el plumaje color ratón del cuerpo y de la oscura cola. Vi a estas aves antes de que adquirieran el plumaje púrpura y no existía la menor diferencia entre ellos, siendo semejantes los adultos y su supuesta prole. Ahora algunos de ellos parecen seguir el proceso de trasmutación en otra especie. En seguida maté las cuatro aves manchadas, junto con dos verdaderos Músicos, y me quedé encantado de descubrir que los primeros eran Tordos de pico corto. Ahora debo creer que los huevos extra que encontré dos veces en el nido de los Músicos, pertenecían a los Tordos de pico corto; que la segunda especie pone, principalmente, en el nido de la primera; que los huevos de ambas especies son idénticos en forma, tamaño, color; que cada especie pone cinco y que, lo que es aún más extraño, la similitud es tan perfecta en los pichones como en los huevos. Abril 15. - Esta mañana partí en busca de los Músicos. Observé un ejemplar que había escapado al descubrimiento del día anterior, que estaba adquiriendo el traje púrpura. Cacé a esta ave; y, después que la bandada se volvió a establecer a corta distancia, me deslicé cerca de ella, por debajo del abrigo de un cerco, a fin de observarlos más estrechamente. Uno de los adultos era seguido de cerca por tres pichones que, mientras los observé, golpeaban las alas y gritaban por comida, cada vez que el ave grande se movía en su percha. Los tres pichones parecían exactamente iguales; pero de pronto noté que uno de ellos tenía unas pocas y diminutas manchas púrpuras. Lo cacé, resultando ser un pichón de M. rufoaxillaris, mientras que los otros dos eran verdaderos Músicos. El grito en demanda de alimento del pichón de M. badius (Músico), es bastante diferente del pichón de M. bonariensis. El de este último es una larga y bisilábica nota. penetrante, prolongando la segunda sílaba en un continuo chillido cuando los padres adoptivos se acercan con alimento. El del pichón de M. badius es corto, agudo, trémulo y sin inflexión. Las semejanza entre el pichón del M. rufoaxillaris y sus hermanos adoptivos en lenguaje y plumaje, es más remarcable, cuando pensamos que el ave adulta, en costumbres, gestos, notas guturales y en el plumaje púrpura oscuro, se acerca mucho más al M. bonariensis que al M. badius. Resulta imposible, para el mimetismo, ir más lejos que esto. La pequeña diferencia en tamaño es casi imperceptible, cuando las aves vuelan juntas; mientras que el ornitólogo más avezado no seria capaz de descubrir una diferencia en el plumaje y lenguaje. Sin embargo, debe investigarse sí este es, en realidad, un caso de semejanza externa de una especie para con otra, adquirido por selección natural, para su mejor preservación. Es posible que el pichón del M. rufoaxillaris, en la primera etapa de su plumaje, exhiba el tipo ancestral: el del progenitor de ambas especies. Si el M. badius perteneció a algún otro grupo -sturnella o Pseudoleistes, por ejemplo- resultaría casi imposible dudar que la semejanza entre el M. rufoaxillaris y sus hermanos adoptivos se debe al mimetismo. Pero como ambas especies pertenecen al grupo limitado y bien definido de los Molothrus, la semejanza debe considerarse como debida a la comunidad de descendencia. En un principio creo que, aunque siempre se ve al M. badius criando sus propios pichones, debió dejar caer a veces sus huevos en los nidos de otras aves. No pude dudar de que éste era el caso después de haber observado una pareja de sus pichones siguiendo a un Pecho amarillo, Pseodoleistes virescens, que los alimentaba. Ahora debo cambiar de opinión, pues lo que entonces me pareció una prueba positiva, ya no es más ninguna prueba, pues aquellas dos aves es probable que fueran pichones de M. rufoaxillaris. Sin embargo, hay buenas razones para creer que el M. rufoaxillaris, parásita, en forma casi exclusiva, al M. badius. Yo he hablado de las muchas variedades de huevos que pone el M. bonariensis. Los del M. badius son apenas mas pequeños, de forma elíptica, densa y uniformemente manchados con manchitas y parches de color rojizo oscuro, que varia hasta el marrón pardusco; el color de la cáscara es blanco, pero a veces, aunque raramente, de un azul pálido. Resulta imposible confundir los huevos de las dos especies. Ahora, a pesar de que vi, hace ya muchos años, el Pecho amarillo alimentando a los supuestos pichones de Músicos, me he fijado si encontraba huevos de estos últimos en los nidos de otras aves. He encontrado cientos de nidos que contenían huevos de M. bonariensis, pero ninguno que contuviera ni uno solo de M. badius, ni tampoco (ahora estoy en condiciones de agregar) de M. rufoaxillaris. Resulta asombroso que el M. rufoaxillaris ponga sólo en los nidos del M. badius; pero el hecho más misterioso es que el M. bonariensis, parásito de un gran número de especies, de acuerdo con lo que yo sé, nunca deja caer un huevo en el nido del M. badius, a no ser que se trate de un nido abandonado. Tal vez, a los naturalistas les resulte difícil creerlo; pues si el M. badius es tan en exceso vigilante y celoso de la proximidad de otras aves, como para mantener alejada a la sutil, silenciosa, gris y omnipresente hembra de M. bonariensis, ¿cómo es que no puede hacer lo mismo con la del M. rufoaxillaris, que es más rara, ruidosa, movediza y coloreada de un modo bastante visible? Esto no lo puedo decir. La única explicación que se me ocurrió es que el M. badius es lo suficiente sagaz como para distinguir los huevos del parásito común y arrojarlos del nido. Pero esto es muy poco probable, pues yo he merodeado en vano bajo los árboles, en busca de los huevos arrojados; y nunca encontré los huevos del M. badius con agujeros picoteados en la cáscara, lo cual habría sucedido en el caso de que el M. bonariensis hubiese sido un intruso en el nido. Con los resultados que acabo de anotar me di más que por satisfecho, aunque aún quedaba mucho por saberse; y decidí esperar al verano siguiente a fin de explotar la rica mina que había descubierto por casualidad. Por desgracia, cuando la primavera llegó, la mala salud me retuvo prisionero de nuevo en la ciudad, y no encontrando mejoría, abandoné Buenos Aires al aproximarse la época del calor a fin de probar si el cambio de clima me beneficiaba. Sin embargo, antes de partir, pasé unos pocos días en casa, viendo lo bastante como para convencerme de que mis conclusiones eran correctas. La mayoría de las aves ya habían anidado, pero observando algunos nidos de Anambius, encontré uno que había sido habitado por Músicos, que lo habían abandonado por alguna razón, dejando diez huevos sin incubar. Todos eran como los de los Músicos, pero yo no tuve ninguna duda de que 5 de ellos pertenecían a M. rufoaxillaris. Durante mis cabalgatas por la vecindad, también encontré dos bandadas de Músicos compuestas, cada una de ellas, por varias familias; sobre los pichones noté que varios de ellos comenzaban a adquirir el plumaje purpúreo, como los del otoño anterior. No creí necesario cazar más ejemplares. Los observadores futuros deberán responder la pregunta de porqué el M. badius permite usar su nido al M. rufoaxillaris, mientras excluye a su pariente parásito M. bonaerensis. Pero antes de dejar este grupo tan interesante (Molothrus), deseo hacer algunas indicaciones generales sobre sus costumbres y sus anómalas relaciones con otras especies. Es con gran repugnancia que vemos los hábitos parásitos de las aves. La razón por la que provoca tal sentimiento es, sin duda, por que se presenta a nuestra mente -usando las palabras de un naturalista del siglo XVIII, que era también un teólogo y creía que el cuclillo había sido creado con ese hábito-, como un monstruoso ultraje al sentimiento maternal, uno de los primeros grandes dictados de la naturaleza". Un "ultraje", desde el momento que cada criatura ha sido dotada de este afecto todo poderoso, para la preservación de los suyos y no de otra especie. Y aquí nosotros lo vemos (por un proceso sutil, una inconsciente iniquidad), cambiar de propósito, pervertida y hecha útil para el instrumento contrario, contra el que se intentó como una salvaguarda. La formación de tal instinto parece, en realidad, una contingencia imprevista en el sistema de la naturaleza. Un mal reforzado, si no inducido, por aquellas mismas leyes establecidas para preservación de la salud y que, el vis medicatrix de la naturaleza, es incapaz de eliminar. Además, el huevo de una especie parásita es, en general, más grande, diferenciándose también en colorido, de los huevos con los cuales es puesto; mientras que hay tan invariable desemejanza entre los pichones y sus hermanos adoptivos (vivos o muertos), que a pesar de saber lo poco razonador que es el instinto (especialmente el instinto materno), no podemos dejar de sentirnos impresionados ante una evidencia tan flagrante de su estúpida ceguera. En la competencia por lugar, la lucha por la existencia -que con razón se dice, son más mortales entre aquellas especies que están más relacionadas-, las operaciones son imperceptibles, siendo los cambios tan graduales que la disminución y total desaparición de una especie, nunca se atribuye a un aumento favorable correspondiente a otra especie más favorecida de la misma región. No es como si la especie reinante invadiera y se apoderara de la provincia ajena, sino que aparece como si tranquilamente, hubieran entrado en posesión de una herencia que fuera de ellos por derecho. Importantes como son los resultados a los que se llegó por este proceso, es sólo por una metáfora algo forzada que puede ser llamada "lucha". Pero aun cuando la guerra es abierta y declarada, como entre una especie rapaz y sus víctimas, el primero es obligado, en forma manifiesta, por la necesidad; y, en este caso, las especies cazadas están dotadas con peculiar sagacidad para escapar a la persecución. De manera que la guerra no es de exterminio, sino que, como en una guerra de fronteras, el invasor queda satisfecho llevándose a los rezagados débiles y poco cautos. Así, la enemistad declarada y abierta es, en realidad, beneficiosa para la especie; pues es seguro que extermina todos los individuos que podrían causar su degeneración. Pero no podemos concebir esa necesidad para un instinto tan fatal como el del Cuclillo o del Renegrido, que destruye tantas miríadas de vidas en potencia. Y tanto como su preservación es enemiga de las especies en las cuales parasita, aquí también debe haber una lucha. Pero, ¿qué clase de lucha? No como en otras especies en las cuales cuando uno perece en el combate, da mayor fuerza al vencedor, sino una lucha anómala, en la que uno de los combatientes ha hecho que su adversario torne sus armas contra si mismo y, de esta manera, parece tener una infinita ventaja. Es imposible para él ser derrotado; y además, siguiendo con la metáfora, se ha introducido y entrelazado tanto con su oponente que, tan pronto como éste triunfa en sobreponérsele, él también muere inevitablemente. Tal resultado es, tal vez, imposible, pues hay tantas causas que actúan para frenar el aumento indebido de cualquier especie. En consecuencia la lucha, desigual como aparece, debe continuar para siempre. Así, de cualquier modo que veamos el hábito parásito, aparece cruel, traidor y vicioso en el más alto grado. Pero, intentemos crear mentalmente un hábito parásito perfecto (esto es, uno que fuera totalmente eficiente, con el menor perjuicio o injusticia posibles contra cualquier otra especie, pues la preservación de una especie de la que el parásito depende es necesaria a si misma) combinando en la imaginación todos los hábitos parásitos que se conocen, eliminando toda cualidad o circunstancia ofensiva y poniendo en su lugar aquéllas que creemos que convendrían, nuestra creación es probable que quedara corta en simplicidad, belleza y no sería tan completa como el actual instinto del M. rufoaxillaris. En lugar de poner sus huevos en cualquier receptáculo que se le ofrece, elige el nido de una sola especie, de modo que su instinto de selección está relacionado a la adaptable semejanza entre sus huevos y pichones y los de la especie a la que parasita. Tal adaptable semejanza no podría, por cierto, existir, si pusiera sus huevos en nidos de más de una especie, y no hay duda de que se trata de una circunstancia eminentemente favorable para su preservación. Por lo tanto, no habiendo tal incongruencia e inadaptabilidad como la que encontramos en nidos donde hay otros parásitos intrusos, no hay razón para considerar ciego y estúpido el afecto de los padres adoptivos, pues la similitud es lo suficientemente grande como para engañar a la más astuta sagacidad. Tampoco aquí puede aparecer el instinto como el ultraje al cariño maternal, pues los pichones del M. rufoaxillaris no poseen ventaja sobre sus hermanos adoptivos. No está dotado de mayor fuerza y voracidad para monopolizar la atención de los padres adoptivos o para echar a la verdadera progenie. Pero siendo en todo exactamente iguales, tiene la misma oportunidad de ser protegido. A este maravilloso instinto parásito, podemos aplicar las palabras que dijo Darwin, refiriéndose a la arquitectura de la colmena: "La selección natural no puede llevar más allá de este estado de perfección". MÚSICO Molothrus badius Gris oscuro, o color ratón, ligeramente teñido de oliva; alas castañas; cola negruzca; pico y patas negras; largo 19 centímetros. Hembra Similar. En esta especie los sexos son semejantes: El plumaje del cuerpo es gris parduzco, con una mancha negra entre el ojo y el pico: cola negra, los cañones de las plumas canela; pico y patas negras. Azara, al describirlo bajo el nombre de "Tordo pardo roxiso", dice que es un ave rara, de modo que es probable que haya aumentado en número desde entonces, pues ahora es muy común en el distrito del Plata. Por lo general anda en pequeñas bandadas de 10 a 30 individuos. No son migratorios, pero en invierno viajan mucho de un lugar a otro, sin extender sus viajes más de unos pocos kilómetros en todas direcciones. Les encanta acercarse a las casas y, con frecuencia se los ve picoteando la carne fresca colgada afuera. Como otras aves de la misma especie se alimentan principalmente en el suelo. Pasan gran parte de su tiempo en los árboles, son familiares al hombre e inactivos, de movimientos en extremos lentos y deliberados. Su lenguaje es variado. Expresan la curiosidad o alarma por medio de trinos y, antes de abandonar un árbol todos los miembros de una bandada, se invitan con mucha ceremonia a volar, con notas largas y claras, de potencia suficiente como para ser oídas a 500 metros de distancia. Cantan mucho en toda época. El canto está compuesto de notas suaves, claras, casi dulces, muy moduladas, emitidas en forma lenta, pareciendo expresar un compuesto estado de ánimo, pues todas las aves de una bandada cantan en concierto. Durante la época de frío, la bandada siempre encuentra algún abrigo asoleado, del lado norte de alguna pila de leña o cerco, en donde pasan varias horas todos los días, inmóviles y cantando en su acostumbrado estilo calmo y suave. Su extrema sociabilidad afecta sus hábitos nidíferos, pues a veces, la bandada no se rompe en primavera, y varias hembras ponen juntas en un nido. Pero no he podido descubrir si en tales casos las aves están en pareja o practican una promiscuidad sexual. Tienen una marcada preferencia por los grandes nidos en forma de cúpula de los Anumbius acuticaudalus, llamados Leñateros en lengua vernácula. Un verano, una bandada de alrededor de diez Músicos, tomó posesión de un nido en uno de mis árboles; después de unos pocos días, saqué de él catorce huevos. Aunque las aves revoloteaban chirriando a mi alrededor, manifestando gran solicitud, los huevos estaban casi fríos y, si los hubiera dejado, no hay duda de que hubiesen puesto muchos más; pero como estaban amontonados, tres o cuatro muy metidos en el nido, no hubieran sido incubados nunca. Sin embargo, por lo general la bandada se deshace en parejas. Luego construyen un nido prolijo y bien hecho en la horqueta de una rama, revistiéndolo con crin de caballo; o, lo que es también muy frecuente, luchan con gran espíritu para tomar posesión de uno en forma de cúpula, y en él o sobre él, hacen su propio nido. Como su pariente, el Renegrido, parecen ser muy atraídos por los que tienen forma de cúpula, y aun evitan poner en el interior oscuro. Por regla general, cuando conquistan un gran nido con esta forma, abren un agujero en un costado y, de este modo, permiten el paso de la luz y forman una fácil entrada. Los huevos son cinco, casi redondos y muy manchados de marrón rojizo oscuro. TORDO DE ALAS AMARILLAS Agelaius thilius Negro; cobijas más pequeñas de arriba y abajo de las alas, amarillas; pico y patas negras; largo 14 centímetros. Hembra marrón pálido estriado de negro; marca del ojo blanca; abajo más pálida; tamaño menor. Esta ave es muy abundante en las pampas. No emigra pero habita lugares pantanosos en verano, haciendo su nido entre los juncos, y en invierno se extiende sobre el campo. El macho es, por completo, de un negro intenso, con excepción de los hombros que son de amarillo puro. La hembra es gris oscuro, con marcas oscuras y, lo que fue observado hace mucho por Azara, los individuos grises son mucho más numerosos que los negros. Los pichones son como las hembras, siendo posible que no adquieran todo el plumaje negro hasta el segundo año, lo que explicaría el gran número de aves grises. Son muy sociables, viéndoselos en bandada durante todo el año, aun en la época de reproducción. En el invierno, muchos machos se separan de las hembras, y se asocian en bandadas de 30 a 40 individuos. Se alimentan en el suelo, permaneciendo, durante el verano en los bordes húmedos de los pantanos, Evitan los bosques, pero a veces se posan en los árboles, en los que cantan todos en concierto. El canto, cuando se trata de un ave sola es, aunque de extensión limitada, muy dulce, siendo notables algunas de las notas por su pureza y expresión. El pájaro se posa en un junco o estaca mientras canta; hace una larga nota después de una o dos notas, como si quisiera sacar el mejor partido posible de su limitado repertorio.. Hay en su canto una nota muy dulce, que a mi juicio, no tiene igual por su triste dulzura, y por eso me sorprende que Azara, refiriéndose a esta especie diga que "canta razonablemente". El prolijo nido está hecho de pastos secos, y se halla unido a los juncos que crecen en el agua. Los huevos son cuatro, puntiagudos, salpicados en el extremo más grande con marrón oscuro y negro sobre un fondo blanco. Desearía que mi escaso entendimiento hubiera podido encontrar algún nombre inglés más corto y descriptivo para esta especie, que entre todo este grupo de los Ictéridos, las Aves de los pantanos o charlatanes sudamericanos se me hizo más querido debido a su gracia y la hermosa librea negra y amarilla, sus lindos hábitos sociables y, sobre todo, su inolvidable canción o más bien, una nota llena, hermosa y apasionada con que termina. TORDO AMARILLO Agelaius flavus Negro; cabeza, rabadilla, comba del ala y superficie de abajo, amarillo brillante; pico y patas negras; largo 17 centímetros. Hembra marrón, ligeramente estriada; cejas, rabadilla y partes inferiores amarillentas. Azara lo llamó Cabeza amarilla; pienso que ese nombre no es del todo satisfactorio, ya que tiene también mucho amarillo en otras partes siendo la disposición de color más como en el Oriol dorado. Las aves de plumaje oscuro son siempre mucho más numerosas que Tos machos de colores brillantes, de aquí la extraña aseveración de Azara de que los sexos son semejantes. En Buenos Aires, en donde la gente de campo lo llama Naranjo en alusión a sus tintes anaranjados, es muy conocido debido a su plumaje amarillo, que aparece tan maravillosamente brillante a la luz del sol, y su preferencia por los distritos cultivados, en donde sigue al arado para alzar gusanos y frecuenta las huertas para cantar, asociado al Renegrido y al Pecho amarillo. Permanece todo el año; es muy sociable, yendo en bandadas de veinte a treinta individuos. Cuando se establecen en los árboles, todos cantan en concierto, emitiendo sus pocas notas peculiares con gran énfasis y poder. Estos grupos no siempre se rompen ni aun en la época de anidar, y con frecuencia muchas parejas hacen sus nidos cerca. El nido, por lo general, está hecho en un cardo, con pasto seco y a unos sesenta o noventa centímetros del suelo. Los huevos son cuatro, puntiagudos, blancos o de un tinte azulado, salpicados, en forma irregular, con marrón oscuro, acercándose más las manchas, y a veces confundiéndose, en el extremo ancho. Barrows, un ornitólogo americano, refiriéndose al plumaje de esta especie, escribe: "Encontramos a esta especie en grandes bandadas en el Pigüé, a fines de marzo de 1881. Era un espectáculo magnífico el ver cien o más, revoloteando entre los plumeros blancos del pasto de las pampas, desplegando su rico traje negro y amarillo. A diferencia de la mayoría de las otras aves obtenidas en esta época, su plumaje parecía casi tan brillante como durante el verano". FEDERAL Amblyrhamphus holosericeus Negro; cabeza, cuello, parte de arriba del pecho y muslos, escarlata intenso; patas y pico negro; largo 21 centímetros. Hembra similar; pichón todo negro. Azara llamó a esta especie "Tordo negro cabeza roxa". También es llamado Boyero por la gente de campo, debido a su nota que semeja el largo silbido de un ganadero; y, a veces, "Pico cincel", por la peculiar conformación del pico, que es largo, recto y ancho en su extremo, como un cincel. El plumaje de la cabeza y cuello es escarlata en ambos sexos, de un tinte fuertemente brillante y negro en el resto del cuerpo. Estas aves son vivaces, activas, sociables, andan en bandadas de seis a treinta individuos. Permanecen durante todo el año; habitan los pantanos, de los que se alejan rara vez, buscando su alimento que consiste en insectos, en los suaves juncos marchitos. Abundan en las costas cenagosas del Plata; y cuando se los ve a la distancia, posados en la cima de los altos juncos, en su manera habitual, sus cabezas color fuego brillan con una extraña gloria sobre la seria y sombría vegetación de los pantanos. El largo silbido ya mencionado constituye su único canto, pero varía mucho y a menudo suena tan dulce y melodioso como el silbido del Renegrido europeo. El nido es una ingeniosa estructura de pasto seco, asegurado a los tallos rectos de una planta acuática y a un metro del agua. Los huevos son cuatro, de forma y tamaño como los del Zorzal cantor inglés, con manchas negras algo esparcidas en un fondo azul claro. Los pichones son completamente negros al principio. Luego, adquieren, en la cabeza y el cuello, un rojo terracota pálido, que se va haciendo cada vez más intenso hasta terminar en escarlata vivo. VARILLERO Agelaius ruficapillus Azul negro lustroso; corona y mitad de la garganta rojo castaño oscuro; pico y pasas negros; largo, 19 centímetros. En esta especie los sexos son semejantes. La corona de la cabeza es bermeja y con esta excepción, todo el plumaje es de un rico azul negro lustroso. Si el hombre lo conociera más haría de él uno de sus favoritos debido a su belleza y a la delicada tristeza de su voz pero vive y se reproduce en los pantanos y no se acerca a la habitación humana. El Varillero es gregario y migratorio. Apenas se puede decir que la bandada se deshaga en la época de reproducción, pues las aves hacen todas juntas sus nidos en los juncos. El nido está de treinta a sesenta centímetros sobre el agua. Tiene una profundidad de más o menos 15 centímetros, y está hecho de hojas y pastos acuáticos entrelazados. Los huevos son cuatro, puntiagudos, de color blanco o azulado claro y salpicados de negro en el extremo más grande. Su canto es de un carácter casi único. Comienza con una nota baja y profunda que luego cambia a un tono claro y quejumbroso que se eleva en una rápida sucesión de notas cortas y luego cae de nuevo al final. Después de la época de la reproducción, revolotean en bandadas de doscientos a trescientos individuos, y cantan en concierto en los árboles. TORDO MILITAR O PECHO COLORADO CHICO Leistes superciliaris Negro amarronado; superciliares marrón claro; comba del ala y cuerpo, desde abajo de la barba hasta la mitad del vientre, escarlata oscuro; pico y patas negros; largo 17 centímetros. Hembra marrón claro entremezclado con negro y apenas tocado de rojo en el pecho. El punto más interesante relativo a esta especie es la gran diferencia en costumbres, así también como en apariencia, que existe entre los sexos. En forma se asemeja al Estornino de Europa, pero es una nada más pequeño y tiene la cola más corta. El macho es negro, con las partes superiores apenas moteadas de gris amarillento; tiene una raya color paja sobre el ojo; la garganta y el cuello son de un carmesí brillante. La hembra es más pequeña, de color gris leonado oscuro manchado de oscuro, siendo apenas perceptible el tinte rojo del pecho. Son pájaros migratorios. Aparecen por todas partes en la región oriental de la Argentina, a principios de octubre. Llegan solos, después de lo cual, cada macho toma posición en un campo o espacio abierto en el que abunden pastos toscos y hierbas. Allí pasan la mayor parte del tiempo posados en la cima de una estaca o maleza, con su brillante pecho carmesí exhibido a la distancia como si fuera una espléndida flor entre las hierbas. A intervalos de dos o tres minutos se eleva vertical hasta una altura de veinte a veinticinco metros, para emitir su canto, que se compone de una única nota larga, poderosa y casi musical, que termina en un intento de floreo, durante el cual el ave revolotea y gira en el aire. Luego, como si lo descorazonara su fracaso, se deja caer emitiendo ásperos chirridos guturales, para volver a ocupar su sitio. Mientras tanto la hembra permanece invisible, manteniéndose escondida en los altos pastos. Pero al fin, atraída tal vez por el pecho brillante y la música del macho, se exhibe por unos pocos momentos, elevándose con un salvaje vuelo en zig-zag, como el de un Scolopácido espantado de su ciénaga y precipitándose a un lado y a otro, se deja caer de nuevo en el pasto. En el momento en que ella aparece por sobre el pasto, el macho le da caza y juntos se pierden de vista. Así, mientras en color, hábitos, lenguaje y hasta en su manera de volar como un cohete para lanzar su curiosa melodía, el macho es el más conspicuo de todas las avecitas, la hembra, influenciada en dirección opuesta por la selección natural, ha sido, por así decir, borrada. Mientras vuelan no parecen aves de la misma especie El macho se mueve agitando las alas con rapidez, como un Estornino, pero con un vuelo más lento y laborioso y sin desviarse. La hembra, en sus excéntricos movimientos en el aire, nos recuerda a una gran mariposa nocturna, echada de su escondite y volando, confundida por el resplandor del mediodía. El nido está hecho de pasto seco; se halla en el suelo, escondido con tanta habilidad que resulta difícil encontrarlo. Los huevos son cuatro, blancos, salpicados de marrón rojizo. Cuando tienen pichones, nunca me ha sido posible ver a la hembra revoloteando en busca de alimento. Durante todo el verano, estas aves son solitarias; pero, cuando emigran en el otoño, aunque muchas andan solas y aparecen muy visibles mientras vuelan trabajosamente en línea recta a una altura de alrededor de veinte metros del suelo, otras se ven viajando en pequeñas bandadas o grupos compuestos de seis a doce individuos. Estos son los machos. Las hembras viajan separadas, en grupo de dos, tres, o solas, volando cerca del suelo, con pausas frecuentes durante las cuales las alas cesan de batir e intervalos de planeo; también, abalanzándose en ocasiones hacia un lado, como si de pronto se hubieran asustado. PECHO AMARILLO Pseudoleistes virescens Marrón oliva lustroso; hombros y pecho amarillo brillante; largo 25 cms. Hembra similar. En los dos sexos de esta especie, el plumaje es de un profundo marrón oliva, con el pecho de un amarillo puro. Es activo, de vuelo resistente, sociable y ruidoso. Es familiar a todos, pues se trata de un ave hermosa y elegante, muy común en los distritos poblados y con preferencia por la vecindad del hombre. Ha ganado, entre muchos competidores, el nombre vernáculo de Pecho amarillo, pues entre nosotros, las especies con pecho amarillo son muy numerosas. Permanece durante todo el año, andando, en forma invariable, en bandadas de alrededor de veinte a treinta individuos. Se alimenta en el suelo, en los campos o en las llanuras abiertas. Mientras comen, uno de ellos se ubica en una estaca o en la cima de un cardo, para vigilar. Si una persona se aproxima, el centinela da la alarma y todas las aves vuelan en una bandada compacta, haciendo resonar el aire con sus notas fuertes y tintineantes. Después de comer regresan a los árboles, en donde unen sus voces en un espiritual concierto, sin ninguna forma o melodía establecida, como la que poseen otras aves cantoras, pero haciéndolo todos al unísono, lanzando sus notas al azar, como si estuvieran locos de alegría. En esta encantadora bulla, hay algunos sonidos suaves y argentinos. En los sitios en donde nunca se los persigue, temen muy poco al hombre pero lo reciben, invariablemente, con fuertes y vigorosas protestas. En octubre, el grupo se descompone en parejas. Prefieren, para anidar, un espeso arbusto o un árbol bajo; pero a veces lo hacen en un gran cardo, en campo abierto. El nido es como el de un Túrdido: profundo, compacto, hecho de pasto seco y delgadas astillas, empastado por adentro con barro y revestido con pelo o pasto suave y seco. Sin embargo, es más profundo y simétrico que el del Túrdido, y, a veces, está empastado con estiércol de vaca en lugar de barro. Los huevos son cuatro, muy largos, blancos, salpicados con abundancia de rojo oscuro, y con las manchas que se unen en el extremo más grande. Nunca se lo ve peleando con sus compañeros o con otras aves, siendo tal vez debido a su pacífica disposición, el que el parásito Molothrus lo elija, con preferencia, como víctima. Con frecuencia yo he encontrado sus nidos llenos de huevos parásitos; llegando, en un caso, hasta catorce o dieciséis. En algunas épocas, todos los nidos que encontré habían sido abandonados por las aves, debido al número de huevos parásitos puestos en ellos. También con frecuencia, encontré huevos parásitos en el suelo, debajo del nido, de modo que creo que el Pecho amarillo arroja algunos de los huevos extraños, y en uno de los casos, estoy seguro de que eso sucedió. El nido se hallaba en una mata de cardos y contenía cinco huevos: dos del Pecho amarillo y tres parásitos. Estos tres pertenecían a la variedad más manchada de rojo, y en consecuencia se parecían a los del Pecho amarillo. Me sorprendí al encontrar cinco huevos más del Renegrido en el suelo, todos juntos y a un metro del cardo; todos estos huevos eran de un blanco puro y sin mancha. Naturalmente, yo me pregunté: ¿Cómo llegaron dichos huevos a esa posición? No habían caído de nido, que era muy profundo, contenía pocos huevos, y estaba a 70 centímetros escasos del suelo. Además eran todos blancos, mientras que los del nido eran moteados. Estaba seguro que los huevos habían sido puestos en el nido, y el único modo de que podía explicar el hecho de que estuvieran en tal lugar, era que el Pecho amarillo los había retirado, alzándolos en su pico y llevándolos al suelo. Si estoy en lo cierto, debemos creer que esta ave ha desarrollado un instinto desusado en la especies, que le permite distinguir, y sacar de su nido, huevos muy distintos de los propios: en realidad un instinto cuyo objeto seria el de contrarrestar el hábito parásito del Molothrus ¿Cuál sería el efecto de tal instinto, si la especie lo adquiriera? Sin duda, sería altamente perjudicial para las aves parásitas que ponen huevos blancos, pero favorable para las que los ponen moteados. Esta sería la selección natural, obrando de una manera muy desusada; pues el Pecho amarillo, u otras especies, mejorarían otra en detrimento propio, desde que al parecerse más los huevos parásitos a los suyos, mayor seria la probabilidad de ser preservados. La perfecta similitud entre los del M. rufoaxillaris y los del M. badius, es posible que haya sido hecha de este modo. Pero debe agregarse que si, además del Pecho amarillo, alguna otra especie que posea huevos muy distintos (por ejemplo, un Zonotrichia o un Tiránido) adquiriera también este hábito de distinguir y arrojar de su nido todos los huevos que fueran distintos de los propios, dicha costumbre en dos o más especies provocaría la extinción del parásito. Podría arrojar alguna luz sobre este oscuro punto, el examinar, durante varios veranos sucesivos, un gran número de nidos, para determinar si a menudo se encuentran nidos de Pechos amarillos, sin huevos blancos inmaculados, o si el mismo número proporcional de huevos blancos parásitos, se hallan en los nidos de los Pechos amarillos, Tijeretas, Chingolos y otras especies. PECHO COLORADO GRANDE Trupialis militaris Marrón entremezclado de negro; superciliares en frente del ojo, rojas, debajo blancas; garganta, mitad del cuello y pecho escarlatas; cobijas inferiores de las alas blancas; comba del ala roja; largo 25 centímetros. Hembra similar. Dos especies de Ictéridos habitan la parte más meridional de la República Argentina. La que ahora cito, se halla confinada a Patagonia y al Sur de Chile, mientras que su representante norteña, habita las pampas de Buenos Aires y Uruguay. Es probable que el río Colorado, que separa dos distritos que difieren en suelo y vegetación, sea la línea limite que divide sus habitats. Tan semejantes son estas dos aves en color, lenguaje y costumbres, que parecen más razas que especies; y así fueron consideradas por los naturalistas hasta hace poco, cuando el ave de las pampas fue elevada al rango de una especie distinta, con el nombre de Trupialis defilippii. Por desgracia, el viejo nombre militaris, conviene más a la especie pampeana que a la patagónica; pero de esto hablaré cuando describa aquella especie. En su forma, el Trupialis militaris se asemeja al Estornino europeo común, pero difiere en sus hábitos, vuelo, lenguaje, tamaño y colorido, siendo el plumaje de la parte superior de color oscuro moteado de gris amarillento: la garganta y el pecho escarlata tirando al carmesí. Este matiz varia mucho; las plumas del pecho están a menudo salpicadas de blanco, lo que amortigua el rojo intenso y le da un tinte rosado en algunos individuos. La hembra es de color más pálido que el macho, teniendo menos rojo en el pecho. Habita en toda la Patagonia hasta el Estrecho de Magallanes, pero se ve confinado a los valles o a la vecindad del agua. Durnford hace notar que es un ave útil al viajero, en esas secas regiones, pues su presencia es indicio seguro de agua. Es sedentario; se lo ve en pequeños grupos de cuatro o cinco, o en pequeñas bandadas que rara vez pasan de veinte o treinta. Se alimenta y vive en el suelo, y sólo en raras ocasiones se lo ve posado en un arbusto bajo. Su vuelo es resistente; vuela mucho y, por lo general, mientras lo hace, emite su canto. Canta durante todo el año, oyéndoselo aun durante los días más fríos de invierno. Las notas son pocas y no muy melodiosas, pero son animadas y vigorosas. El nido está hecho de pasto seco y raicillas ligadas a los juncos en el suelo húmedo, y ubicado cerca o descansando sobre la tierra. Los huevos son cinco, blancos manchados de marrón rojizo. PECHO COLORADO MEDIANO Trupialis defilippii Apenas más pequeño que el anterior; plumaje igual con excepción de las cobijas de abajo de las alas que son negras. A través del territorio en donde esta especie abunda, se llama Pecho colorado, que es por cierto mejor que el bárbaro, aunque pintoresco, nombre de Azara de Degollado. Pero ningún nombre más feliz que el de "militaris" podría haber sido inventado para él, y por el que antiguamente lo conocían los naturalistas; y aunque fue dado al ave sólo por su pecho rojo, y por lo tanto es aplicable por igual a todas las especies del globo con pecho colorado, en este caso describe, en forma accidental, un hábito peculiar de esta ave, tan bien como su librea brillante. En forma, tamaño, porte, lenguaje y color se asemeja muchísimo al Pecho colorado grande; pero el carmesí del pecho es más brillante y la parte superior más oscura. Sus hábitos nidíferos son como los del ave austral. El número y colorido de los huevos es el mismo en ambas especies. Una trivial diferencia en las costumbres es que el Pecho colorado mediano a veces se eleva en el aire unos pocos metros, mientras emite su canto. Habita las pampas herbosas y húmedas de la parte Sur de la provincia de Buenos Aires. Allí es abundante y se une en grandes bandadas. Al aproximarse la época del frío, hay un movimiento general de las aves hacia el Norte, que, no obstante ser éstas grandes voladoras, no se extiende muy lejos, pues viajan de un modo lento y peculiar. Es en esta época, cuando las aves se mueven en grandes bandadas, en que el nombre de Militar nos parece ser muy apropiado. No viajan por el aire como otros viajeros, sino que se mueven por el suelo. La bandada, compuesta de cuatrocientos o quinientos a mil o más individuos, se extiende hasta presentar un largo frente; a intervalos, las aves de más atrás vuelan sobre las otras, posándose justo a su frente. El largo frente, la precisión de sus movimientos y sus pechos escarlatas todos vueltos a un mismo lado, sugiere la idea de un disciplinado ejército en marcha. Nunca se posan en árboles, pero con frecuencia lo hacen en el techo de un rancho u otra elevación que les proporcionan una base segura. Son aves dóciles que vuelan con lentitud. Cuando se les acercan, por lo general se agazapan en el suelo escondiendo sus pechos carmesí y permanecen inmóviles a fin de escapar a la observación. Son pacíficos y tan amantes de la compañía que cuando se los separa de sus compañeros, se unen con aves de otra especie, aun con Charadriidae o Tiránidos. En las grandes llanuras monótonas, en donde la mayoría de las avecitas son de plumaje gris o marrón y en invierno, cuando no hay flores para satisfacer el deseo de la vista de ver colores brillantes, es encantador, mientras se viaja, encontrarse con un ejército de estas aves: los pechos carmesí menos brillantes que los tonos de algunas especies tropicales, parecen iluminarlos con un extraño esplendor sobre el verde sombrío de la tierra, y la visión produce un efecto vigorizante en la mente.
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