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CAPITULO 9 Gavilán Halcón vocinglero Águila de cola blanca Águila de pecho blanco Águila blanca Águila coronada Halcón viajero Halcón azulado Halconcito Halcón blanco Caracolero Halconcito gris Chimango Carancho Cuervo negro Viguá negro GAVILAN Circus cinereusu Arriba gris azulado claro con moteado más oscuro; primarias negruzcas; cola gris con cuatro bandas negras cruzadas y terminadas con blanco; abajo con numerosas franjas blancas y bermejas; pico negro; ojos y patas amarillas; largo 45, ala 30 centímetros Hembra más grande; arriba marrón oscuro con salpicaduras marrón claro. Hay dos especies de Gavilanes en Argentina, el Gavilán de alas anchas, C. Macropterus, con el plumaje de arriba negro y el de abajo blanco y la presente especie, llamada Gavilán ceniciento en "Argentine Ornithology", pero que yo prefiero llamar Ladrón de pollos, pues dentro de ciertos limites se asemeja bastante al Ladrón de pollos europeo, aunque es un ave mas hermosa. Este halcón se encuentra a través de la República Argentina y es también común en Patagonia y las islas Malvinas. En las pampas es, según creo, el ave de presa más común después del excesivamente abundante Milvago chimango. Como el Chimango, él también prefiere los sitios abiertos y sin árboles. En su aspecto general se parece bastante a dicha ave y, cuando tiene el plumaje marrón puede ser confundido con ella con facilidad. En las Malvinas ha adquirido los hábitos del Milvago, pues Darwin distinguió allá con toda claridad a uno que se hallaba comiendo una res muerta, lo cual lo sorprendió muchísimo. En las pampas lo he encontrado siempre como un diligente cazador de aves. Su modo usual de proceder es hacer elevar al ave del pasto, perseguiría y matarla con sus garras. El relato de Gibson sobre sus costumbres está de acuerdo con el mío, pues dice que "de tiempo en tiempo obliga a elevarse a toda avecita que se esfuerza por esconderse en el pasto, prefiriendo según parecería, herirla durante el vuelo". Más adelante agrega: "Su vuelo es bajo y bastante rápido, aunque si su presa se remonta, no pierde terreno, pues gira de un modo parecido al de la Paloma volteadora, moviéndose con precipitación del modo más excéntrico y divertido". Es probable que este Gavilán tenga una migración parcial, pues a muchos se los ve siempre volando a través de las pampas en otoño y primavera. Sin embargo, muchos de ellos permanecen en el mismo sitio todo el invierno. Hacen el nido en el suelo, entre los pastos altos o en lechos de cañas en lugares pantanosos. Los huevos son blancos, manchados de rojo oscuro. HALCON VOCINGLERO Asturina pucherani Arriba marrón oscuro; cobijas superiores de la cola amarillo rojizas con franjas marrones; alas castañas con barras y extremos negros; cola amarillo rojizo cruzada con cuatro rayas negras, abajo ocre pálido con barras bermejas; pico negro; patas amarillas; largo 45 centímetros. Hembra más grande. Este Halcón de plumaje marrón, alas cortas y sumamente vocinglero, es común en los bosques a lo largo de las costas del Río de la Plata y sus tributarios, y nunca se lo encuentra muy alejado del agua. Se posa en la cima de un árbol permaneciendo ahí inmóvil durante horas. A intervalos emite gritos fuertes, singularmente largos, que se convierten en más frecuentes y penetrantes cuando el ave es perturbada, por ejemplo, por la llegada de una persona. Su vuelo es rápido e irregular. Bate sin cesar sus alas cortas y romas mientras emite una sucesión de chillidos fuertes, vehementes y ásperos. Barrows lo observó en el bajo Uruguay y escribe: "Se alimenta en forma abundante, si no exclusiva, de peces, de modo que casi todos los ejemplares en sus estómagos tienen sus restos y nada mas. Hubiera sido muy interesante saber cómo captura su presa. AGUILA DE COLA BLANCA Buteo albicaudatus Arriba negro grisáceo; escapulares y cobijas superiores de las alas ferruginosas; rabadilla y cola blancas, la última con una ancha banda negra; garganta negra; abajo blanco; pico negro, patas amarillas; largo 52,5, ala 45 centímetros. Hembra similar pero más grande. Este Buteo no se reproduce en las pampas en donde yo lo observé, pero aparece allí en primavera y otoño irregularmente, cuando emigra, y en bandadas que vuelan de una manera inconexa y holgazana. El número de aves de la bandada oscila, por lo general, de treinta o cuarenta a cien v a veces muchos más. Yo he visto bandadas que debían tener de mil a dos mil individuos. Cuando vuela la bandada está muy dispersa y no avanza en línea recta, sino que las aves se mueven en amplios círculos a gran altura, tanto, que una persona a caballo, viajando a un trote regular puede permanecer directamente debajo de ellos por dos o tres horas. En el suelo, una de estas bandadas ocupará, a veces, una superficie de unos trece kilómetros cuadrados, tan apartadas se mantienen las aves entre sí. Yo he disecado una gran cantidad y no encontré nada más que coleópteros en sus estómagos y, en verdad, no podrían viajar en grupos tan grandes si necesitaran una presa más noble. Al final de un verano, una bandada de alrededor de doscientas aves apareció en una estancia cercana a mi casa y aunque molestos, permanecieron allí unos tres meses durmiendo de noche en los árboles de la plantación y pasando el día diseminados en el llano adyacente, alimentándose de escarabajos en el pasto de las sementeras. Esta bandada se fue cuando el tiempo se tornó frío. Pero en otra estancia apareció una bandada a fines de la estación y permaneció todo el invierno. Las aves se vuelven tan flacas que, después de cada lluvia fría o de cada fuerte helada muchas se encuentran muertas bajo los árboles en los cuales descansaron: de este modo, muchas de ellas perecen antes del retorno de la primavera. AGUILA DE PECHO BLANCO Buteo erythronotus Arriba azul pizarra; plumas de las alas pizarra con delgadas barras negras; cobijas superiores de la cola y cola blancas, la última cruzada con angostas franjas grises y una ancha banda negra: abajo blanco; pico color cuerno oscuro; patas amarillas; largo 62,5: alas 46,5 centímetros. Hembra similar, pero el dorso es castaño oscuro. Es una hermosa ave, el rey de los Buteo sudamericanos. En la hembra adulta los tres colores del plumaje contrastan muchísimo. La espalda es bermejo herrumbrado, siendo el resto de las Dartes superiores gris y toda la superficie inferior enteramente blanca. Raras veces se la encuentra en las provincias del Norte de la República Argentina; es más común en Patagonia y se ha dicho que, en esta región, ocupa el lugar del cercano pariente Buteo albicaucatus del Brasil. Sin embargo, en hábitos las dos especies son lo más diferente que dos especies pueden ser, pues mientras el ave del Norte tiene un espíritu cobarde es, en cierto grado gregaria y se alimenta mucho de insectos, la especie patagónica tiene las costumbres rapaces del águila y vive, según creo, exclusivamente o casi exclusivamente de cuises y otros pequeños mamíferos. Cuando el Capitán King la descubrió por primera vez en 1827, la describió como "una pequeña y hermosa Águila". En Patagonia es muy abundante y se la ve por lo general posada en la cima de un arbusto, siendo su pecho color blanco nieve, fácil de ver a una gran distancia, una de las características más familiares en el monótono paisaje de esta región gris. Durnford dice que los colonos ingleses de Chupat (Chubut) la llaman "Caballo blanco", debido a su visible color blanco que a menudo los engaña cuando se hallan afuera buscando caballos extraviados en las colinas. Es un ave cautelosa; cuando alguien se le acerca tiene el. hábito de elevarse a gran altura en el aire, en círculos cada vez más amplios. Cuando revolotea en busca de presa se mantiene, por lo general, a una altura de cincuenta o sesenta metros del suelo. El estómago de todos los individuos que examine no contenían nada más que restos de cuises (Cavia australis). El nido es construido en el tope de un arbusto espinoso. Es una gran construcción de astillas revestidas de pasto piel, estiércol seco y otros materiales. Los huevos son blanco grisáceo, manchados y marcados principalmente hacia el extremo grande, con dos sombras pardo oscuro. AGUILA BLANCA Geranoaetus melanoleucus Arriba negra; alas grises con estrechas barras transversales negras; cola negra; garganta gris; pecho negro con manchas blancas redondas; abdomen blanco; pico color cuerna; patas amarillas; largo 65, ala 47,5 centímetros. El Águila blanca o chilena, como la mayoría de las aves de presa diurnas, soporta muchos cambios de color siendo el plumaje en distintos periodos marrón, negro y gris. En las aves viejas es de un uniforme gris claro y la superficie inferior blanca. A través del territorio argentino esta es el Águila más común y encontré que es muy abundante en Patagonia. D'Orbigny la describe con su habitual prolijidad, disculpable en este caso pues es una de las pocas especies con las que se familiarizó por medio de observaciones personales. Dice que es un ave cautelosa, que anda en pareja toda su vida estando siempre juntos el macho y la hembra; que vuela en círculos con un giro que semeja el del Buitre y que la forma de sus amplias alas romas aumentan su semejanza con dichas aves. Su presa habitual son los cuises y los pequeños mamíferos, y en otoño e invierno sigue a las Palomas cuando éstas se reúnen en gran número. Durante la época de la Paloma contó treinta Águilas en el curso de una cabalgata de quince kilómetros y con frecuencia vio a una dejarse caer en una nube de Palomas para aparecer, siempre, con una de ellas agitándose en sus garras. Rara vez se la encuentra lejos de las costas del mar o de algún gran río. En la costa atlántica, en Patagonia, vuela sobre las arenas cuando la marea baja, en busca de peces varados, cuerpos de focas u otro alimento animal dejado por las aguas al retirarse. Pelea con Cóndores y Cuervos sobre los desechos, aun cuando estén podridos. Sirve como pronóstico del tiempo y antes de una tormenta se la ve elevarse en círculos hasta gran altura en el aire, lanzando gritos penetrantes que pueden ser oídos hasta que casi ha desaparecido de la vista. Esta especie construye, por lo general, su nido en el borde de una roca inaccesible o precipicio y, a veces, con bastante frecuencia, en un árbol. Gibson describe uno que encontró en la cima de un árbol espinoso, como una construcción de palitos, de un metro de diámetro, todo acolchado con pasto seco. Contiene dos huevos blanco oscuro manchados con salpicaduras rojizo pálidas. Gibson compara su grito con una "salvaje risa humana" y también escribe: "Sus paraderos pueden ser descubiertos, a menudo, por una bandada de Caranchos (Polyborus tharus) especialmente si se trata de un ave joven. Tan pronto como se eleva del suelo o de un árbol aquéllos comienzan a perseguiría, ascendiendo también en espiral y arremetiendo contra ella, mientras el Águila sólo torna su cabeza vigilante a un lado y a otro, siendo suficiente esta mera acción para impedir el amenazador ataque". Gay en su "Historia Natural de Chile" describe los hábitos afectuosos y divertidos de un Aguila de esta especie que había domesticado. Tenía un gran placer en jugar con su mano y tomaba y pretendía picar uno de sus dedos, pero en realidad lo hacía con tanta ternura como un perro juguetón lo hace cuando pretende morder a su amo. También acostumbraba divertirse tomando un guijarro con su pico y, con una sacudida de su cabeza, lo lanzaba al aire tomándolo en sus garras para repetir de nuevo su hazaña cuando caía. AGUILA CORONADA Harpyhaliaetus coronatus Arriba marrón ceniza con una larga cresta de plumas más oscuras; alas grises con extremos blanquecinos; cola negra con una ancha faja blanca en el medio y extremidad blanca; abajo marrón Ceniza pálido; largo 82,5, ala 55 centímetros. Hembra similar pero más grande. Conocí a esta hermosa Águila en el Río Negro, Patagonia, en donde también la encontró D'Orbigny, pero se extiende, sin embargo, por todo el territorio argentino. No puedo aventurarme a hablar de sus costumbres pues sólo la vi posada en los altos sauces que bordean el Río Negro, o volando en amplios círculos, muy alto en el cielo; mientras que el relato que de ellas hace D'Orbigny no merece citarse, porque no dice cómo obtuvo su información. Uno de sus párrafos sería, si fuera verdad, muy importante. Dice que su atención fue atraída por un hecho muy curioso relativo al Águila coronada y que consiste en que esta ave caza, principalmente, al Zorrino; un animal, agrega con mucha razón, con un olor tan pestilente que pone en fuga hasta a los mamíferos más carniceros. Es la única ave de presa que mata al Zorrino, lo que hace precipitándose sobre él desde una gran altura y matándolo luego con rapidez. No importa en absoluto si el Águila se deja caer desde una altura grande o moderada, pues en ambos casos el Zorrino recibiría a su enemigo con su acostumbrada y pestilente descarga. El relato de D'Orbigny es, sin embargo, pura conjetura, y aunque él no nos dice qué lo condujo a esta conclusión, no tengo ninguna duda que fue porque la o las Águilas que obtuvo tenían olor a Zorrino en las plumas. La mayoría de las Águilas que cacé en Patagonia, incluyendo alrededor de una docena de Águilas chilenas, olían a zorrino, siendo este olor, en muchos casos, antiguo y débil. De dos Águilas de la flecha obtenidas, sólo una olía a Zorrino. Esto sólo muestra que en Patagonia las Águilas atacan al Zorrino, lo cual no es extraño considerando que tiene un tamaño conveniente y que está marcado de un modo muy visible; además, durante el día, anda por ahí sin temor y es, a excepción del pequeño Cuis, el animal más abundante en esta estéril región. Pero si el Águila lo llega o no a vencer en sus ataques, esto es asunto diferente. Lo probable es que cuando un Águila, incitada por las punzadas del hambre comete un error tan grande como el de atacar un Zorrino, el pestilente fluído que tiene los mismos efectos abrasadores y nauseabundos sobre los animales inferiores que sobre el hombre, le hace abandonar la conquista con rapidez. Es cierto que los Pumas cometen el mismo error que las Águilas, porque en algunos que fueron cazados las pieles olían mucho a Zorrino. Se podría decir que el hecho de que muchas Águilas huelan a Zorrino sirve para demostrar que se alimentan de ellos, pues de otra manera hubieran aprendido a evitar un animal tan peligroso y el olor de un primer encuentro habría desaparecido pronto. En una región árida como Patagonia, no creo que aves de presa hambrientas aprendan por un rechazo o aun por varios, la infructuosidad y peligro de dichos ataques; mientras que el olor es tan maravillosamente persistente que uno o dos ataques por año efectuados por el Águila, serian suficientes para explicar el olor en tantas aves. Si los Zorrinos fueran apresados con facilidad por las Águilas, no serían tan numerosos o tan descuidados de su seguridad como son. HALCON VIAJERO Falco peregrinus Arriba plomizo, más pálido en la rabadilla con rayas negras más o menos visibles; cabeza y mejillas negras; abajo blanco teñido Con canela; abdomen y muslos atravesados por estrechas bandas negras; cera y patas amarillas; largo 50, ala 35 centímetros. Hembra similar, un tercio más grande. El Halcón peregrino se encuentra a través de la República Argentina, pero en ninguna parte abunda ni es migratoria. Tampoco es "esencialmente un halcón de patos" como en India, de acuerdo con lo que dice el doctor Anderson, pues caza en su mayoría aves terrestres. Es solitario y cada uno posee una casa o sitio de reposo favorito en donde pasa varias horas por día, y también descansa de noche. En los lugares en que hay árboles tiene su sitio elegido en el que siempre se lo puede encontrar al atardecer. Pero en las pampas abiertas y sin árboles, un montículo de tierra o un cráneo blanqueado de caballo o vaca le sirve para posarse y aquí, durante meses, se puede encontrar al ave todos los días en su sitio. Se posa erguido e inmóvil; se eleva de súbito en el aire cuando toma vuelo y vuela en línea recta con una velocidad que pocas aves pueden igualar. Su aparición causa siempre gran consternación entre las otras aves pues aún el Tero, animoso perseguidor de todos los otros Halcones, vuela chillando de terror cuando lo ve. Prefiere atacar aves relativamente grandes, hiriéndolas en el ala, después de lo cual se agacha para alzarlas. Un día, mientras cabalgaba, vi un Peregrino descender desde gran altura y voltear a tierra una Lechucita de las vizcacheras que recién se acababa de elevar delante de mi. Luego la levantó y se alejó con ella en sus garras. El Peregrino posee una costumbre muy curiosa. Cuando un Avefría, Paloma o Pato es muerto, come la piel y carne de la cabeza y cuello, dejando las vértebras limpias de carne hasta el esternón. Come también los ojos, pero no toca el cuerpo. Yo he visto series de aves muertas con la cabeza y el cuello limpios de esta manera y una vez observé, durante algunos meses, a un Peregrino que se había establecido cerca de mi casa, en donde hacía estragos entre las Palomas. Con frecuencia marqué el sitio al que conducía su presa, y yendo al lugar, siempre encontré que sólo la cabeza y el cuello de la Paloma habían sido despojados de la carne. La Lechucita de las vizcacheras tiene un hábito análogo, pues en forma invariable desecha los cuartos traseros de los sapos y ranas que captura. Con la llegada de la estación calurosa se pueden ver a los Peregrinos de a dos y de a tres persiguiéndose con violencia entre sí, a gran altura en el aire, y emitiendo gritos chillones y penetrantes que se pueden oír perfectamente aun después que las aves han desaparecido de la vista. HALCON AZULADO Falco fusco-caerulescens Arriba negro pizarra oscuro; rabadilla salpicada de blanco; superciliares prolongadas y encontrándose atrás, bermejas; parte baja de la garganta y pecho canela claro con saetas negras en al pecho; vientre negro con líneas transversales blancas; alas y cola negruzcas con franjas transversales blancas; pico amarillo terminado en negro; pies naranja; largo 32,5, ala 37,5 centímetros. Hembra similar, pero más grande. El Halcón azulado se encuentra a lo largo de Sud y Centro América, pero la forma que se halla aquí difiere, en costumbre, de los representantes de regiones más cálidas. Es un ave patagónica, así también como el Halcón más común en este país e inverna en las provincias del Sud y Centro de Argentina. En su casa de invierno permanece solitario y le gusta merodear por las estancias en las que se posa en un árbol o poste desde donde busca su presa. Comparado con el Peregrino es cobarde. Lo he observado a menudo dar caza a un ave y justo cuando parecía estar a punto de asir su presa, abandonar la persecución y escabullirse sin gloria. Nunca ataca a un ave en forma abierta y temeraria, excepto cuando pertenecen a las especies más pequeñas. Prefiere posarse en una elevación desde la cual puede lanzarse de súbito y tomar su presa de improviso. El nido es una descuidada construcción de ramitas y se halla ubicado en un árbol o arbusto espinoso. Los huevos, que no he visto, son descriptos por Darwin del modo siguiente: "Superficie rugosa, con puntos salientes blancos, de un color marrón madera sucio casi uniforme, con la apariencia general como si hubiera sido restregado en barro marrón". HALCONCITO Tinnunculus cinnamominus Arriba canela rojizo con bandas irregulares negras cruzadas en la espalda; cabeza gris azulada; frente y costado de la cabeza blancos; nuca y rayas a los lados del cuello negras; alas gris azuladas con puntos negros centrales; cola rojo canela con ancha faja negra y extremidad blanca; abajo blanco con tinte color ante y manchas negras ovaladas e irregulares; largo 26,5, ala 19,5 centímetros. Hembra similar pero más grande. Los hábitos de este Halconcito se aproximan mucho a los del Halcón azulado. Como esta ave, es común en Patagonia y emigra hacia el Norte en invierno. Sin embargo, muchos individuos no emigran, como lo comprobé cuando residí en Río Negro en donde algunas parejas permanecieron durante todo el año en el paraje de reproducción. También se encuentran muchas parejas residiendo y reproduciéndose en otras partes del territorio argentino, pero abunda sólo en Patagonia. Anida en agujeros en los peñascos y también en los árboles y, a veces, construye su nido en el gran nido de un Trepador o una Cotorra. Pone cuatro huevos grandes, si se considera el tamaño del ave, de forma ovalada y blancos, muy salpicados de rojo oscuro. Los hábitos de presa del Halconcito son similares a los del Halcón de pecho naranja; frecuenta chacras y plantaciones y pasa mucho tiempo posado en una elevación vigilando su presa y haciendo súbitas arremetidas para capturaría por sorpresa. Pero aunque no es arrojado cuando busca su alimento, con frecuencia ataca sin motivo y con violencia a especies mucho más grandes que él, ya sea porque está de mal genio o por espíritu juguetón, lo que es más probable. Así, yo he visto a uno elevar una bandada de Ibis y perseguirlos cierta distancia, hiriéndolos y golpeándolos con gran energía. Vi a otro descender del sitio en donde había estado posado algún tiempo y agarrar a un Zorrino hembra que se hallaba sentado tranquilamente a la entrada de su cueva, con sus tres hijos medio crecidos jugueteando a su alrededor. Yo los estaba observando con gran interés pues saltaban sobre la cola de su madre, jugando con ella como lo hacen los gatitos, cuando el Halcón descendió y, después de golpearlos con rapidez tres o cuatro veces y como cayeran mezclados en su madriguera, se alejó volando muy satisfecho, en apariencia, con su hazaña. HALCON BLANCO Elanus leucurus Arriba gris pálido; cobijas menores de las alas y escapulares negros; cola blanca; las dos plumas del medio grises; abajo blanco; pico negro, ojos carmesí; patas amarillas; largo 36,5, ala 27,5, y cola 17,5 centímetros. Hembra similar pero más grande. Este interesante Halcón se encuentra a través de la República Argentina, pero no abunda en ninguna parte. Habita también Chile en donde, según Gay, se lo llama Bailarín debido a sus hazañas aéreas. Es una hermosa ave, con grandes iris rojo rubí y, vista desde lejos, su blanco plumaje y su vuelo vivaz le dan una asombrosa semejanza con una gaviota. El poder de su ala es, en realidad, maravilloso. Le gusta elevarse cuando el viento es fuerte, como Vencejos, y pasar horas en este deporte, elevándose y cayendo alternativamente y, a veces, pareciendo abandonarse a la furia del ventarrón, es barrido como papo de cardo hasta que, de pronto, recobrándose, vuela de nuevo a su posición original. En donde hay altos álamos lombardos estas aves se divierten posándose en las ramitas más delgadas de la punta y hamacándose con las alas abiertas, cada una de ellas en un árbol, hasta que las cimas de los árboles son barridas de debajo de ellas por el viento. En estos casos permanecen a menudo en equilibrio en el aire, casi inmóviles, hasta que las ramitas retornan a sus patas. Cuando busca presa, este Halcón se mantiene por lo general a una altura de diez y ocho o veinte metros del suelo. Sus acciones se asemejan mucho a las de la Golondrina de mar pescadora permaneciendo con frecuencia suspendida en el aire, con el cuerpo inmóvil y las alas vibrando con rapidez durante un tiempo de medio minuto largo, después de lo cual se aleja o se arroja sobre su presa. El nido es colocado sobre las ramas más altas de un árbol alto. Es redondo, prolijamente construido de astillas, bastante profundo y revestido con pasto seco. Los huevos son ocho, casi esféricos, el fondo de color blanco cremoso muy marcado con manchas o fajas longitudinales de un fino y rico rojo, matiz parecido al de la sangre coagulada. Hay, sin embargo, gran variedad en los matices del rojo así como en la disposición de las manchas, las cuales, en algunos huevos, se unen de modo que toda la cáscara es roja. La cáscara es pulida y muy frágil, lo que es muy raro en los huevos de una rapaz. Cuando alguien se acerca al nido, es siempre recibido por las aves con gritos largos y penosos. Este grito es también emitido en la época del celo, cuando los machos a menudo se pelean y persiguen en el aire a las hembras. Las aves viejas y las jóvenes, por lo general, viven juntas hasta la primavera siguiente. CARACOLERO Bostrhamus sociabilis Gris pizarra profundo; plumas de las alas negras; rabadilla blanca; cola blanca con una ancha banda gris; ojos carmesí; pico y patas naranja; largo 42,5, ala 32,5 centímetros. Hembra similar pero mas grande. Este Halcón en tamaño y modo de volar semeja un Buteo; pero en sus hábitos y forma de su delgado y muy afilado y ganchudo pico, difiere muchísimo de dicha ave. El nombre de Sociable que Azara da a esta especie es muy apropiado, pues siempre vive en bandadas de veinte a cien individuos y emigra y aún se reproduce en compañía. En Buenos Aires aparecen en septiembre. Acuden a pantanos y arroyos en los que abundan grandes Ampullarias de las cuales se alimentan exclusivamente. Cada ave tiene una percha favorita o un pedazo de suelo al que lleva cada Ampullaria que captura y, después de extraer con maña el animal con su pico, modificado de manera curiosa, arroja la valva en el montículo. Molestado o perseguido por otras aves, emite un grito particular parecido al penetrante relincho de un caballo. Su natural es más pacífico y en los lugares en que abundan, las otras aves pronto descubren que no son como los otros Halcones y no les prestan atención. Cuando vuelan, lo que constituye su principal pasatiempo, su vuelo es singularmente lento. El ave permanece con frecuencia inmóvil durante largos intervalos en un mismo sitio; pero la cola extendida es torcida sin cesar del modo más singular, movida de lado a lado y alzada hasta que su orilla está casi en ángulo recto con el plano del cuerpo. Estos movimientos de la cola parecen permitirle permanecer estacionado en el aire, sin los rápidos movimientos vibratorios de las alas practicados por el Elanus leucurus y otras aves revoloteadoras y yo pienso que las vértebras de la cola deben haber sido, en cierto modo, modificadas por este hábito. En lo relativo a sus costumbres de reproducción, Gibson escribe: "En el año 1873 fui tan afortunado que encontré una colonia en la época de la reproducción en uno de nuestros más grandes y profundos pantanos. Es probable que hubiera veinte o treinta nidos ubicados pocos metros aparte, en la parte más profunda y solitaria de todo el cañadón. Eran plataformas construidas a la ligera, soportadas por los juncos y de sesenta a noventa centímetros sobre el agua, con el hueco en forma de copa revestido con pedazos de hierbas y juncos de agua. Los huevos nunca pasan de tres en cada nido, de color, por lo general, blanco azulado, manchados en forma muy irregular con marrón rojizo oscuro, siendo a veces reemplazado el bermejo por el gris ceniza. HALCONCITO GRIS Spiziapteryx circumcinctus Arriba marrón con flechas negras; cabeza negra con franjas marrones y superciliares blancas que se juntan detrás de la nuca; rabadilla blanca; alas negras con manchas blancas ovaladas en el exterior y barras blancas en las barbas internas; cola negra, con excepción de las plumas centrales que están cruzadas por cinco o seis anchas barras blancas; abajo blanco; pecho manchado con angostas flechas negras; pico plomizo, mandibula inferior amarilla; patas verdosas; largo 27,5, ala 16,5 centímetros. Hembra similar pero un poco más grande. Este Halconcito se encuentra a veces en los bosques del Plata, cerca del río. Es raro, pero debido a su peculiar vuelo violento, con las alas cortas batiéndolas con rapidez todo el tiempo, es muy visible en el aire y muy conocido por los paisanos que lo llaman Rey de los pájaros y tienen una opinión muy alta de su fuerza y energía. Nunca lo vi tomando su presa, pero no creo que trate de capturar nada en el aire, siendo sus alas cortas y embotadas y su modo peculiar de volar inapropiado para este fin. Es probable que capture aves en un rápido ataque contra ellas, cuando lo atropellan en su percha. Yo no conozco ningún ave de rapiña que sea más perseguida y atropellada por otras avecitas que ésta. Una vez observé a uno por más de una hora, mientras estaba posado en un árbol rodeado por una gran bandada de Pirinchos que gritaban con excitación, empeñados en desalojarlo de su posición. Mientras se mantuvieron a unos ciento cincuenta o ciento ochenta centímetros de distancia, el Halcón permaneció inmóvil limitándose a silbar, a veces, o a chasquear como una advertencia; pero cada vez que un Pirincho se aventuraba un poco más cerca y penetraba en el círculo encantado, lo atacaba de súbito y golpeaba al intruso con violencia, enviándolo de vuelta a una distancia conveniente, después de lo cual retornaba a su sitio. CHIMANGO Milvago chimango Plumaje superior marrón rojizo; cobijas más grandes de las alas blancas con ligeras barras marrones cruzadas; cola blanco grisácea con bandas y pintas marrón grisáceas. Plumaje inferior gris teñido con bermejo en la garganta y pecho; largo 37,5, ala 27,5, cola 6,5 centímetros. Sexos semejantes. Azara dice del Carancho (Polyborus tharus): "No ignora este pájaro todos los modos de subsistir. Todo lo sabe, atisba, comprende y aprovecha". Estas palabras se aplican mejor al Chimango, que es probable que tenga la lista de comidas más larga que cualquier otra ave y que ha mezclado en su peculiar modo de vida los hábitos de veinte especies distintas. Es por turno un Halcón, un Buitre, un insectívoro y un herbívoro. En el mismo día se verá a un ave en violenta persecución de su presa viva, a la manera de un Halcón, con todos los instintos de rapiña ardiendo en su interior; y a otro individuo, menos ambicioso, empeñado en romper laboriosamente un zapato viejo abandonado, lanzando entretanto tristes notas más relacionadas, con seguridad, a la tenacidad del material que a su indigestibilidad. Una especie tan cosmopolita en sus gustos debía haber tenido, en Inglaterra, todo un volumen dedicado a ella; pero como no es más que una pobre extranjera, le han sido otorgados sólo unos pocos párrafos hostiles. Es miembro de esa subfamilia sudamericana de la cual aun graves naturalistas han hablado con ligereza, llamándolas aves viles, cobardes y despreciables. El Chimango es casi el más pequeño de todos ellos, una especie de pariente pobre y dependiente de una familia ya considerada como en bancarrota y deshonrada. A pesar de esta tan mala reputación, pocas especies como ella son más merecedoras de un estudio cuidadoso, pues a través de una extensa porción de Sud América es el ave más común que conocemos; y cuando consideramos en qué íntima relación están las vidas de todas las criaturas vivientes, por medio de sus entrelazados parentescos de tal modo que el predominio de cualquier clase, aunque sea inofensiva, causa, por fuerza, la modificación y hasta la extinción de las especies que la rodean, podemos apreciar mejor la importancia de esta despreciada ave en la constitución política natural. Si se agrega a esto sus hábitos cambiantes, por muy pobre que nuestra ave parezca y merecedora de extraños epítetos desde un punto de vista ético, no sé dónde encontrará el naturalista un ave más interesante. El Chimango no tiene una apariencia atractiva. En tamaño y aspecto se asemeja mucho al Ladrón de pollos, el plumaje es de un uniforme marrón arena claro, las patas son más delgadas, las garras débiles y el pico tan ligeramente curvado que parece sólo la apología de la desgarradora arma de los Halcones. Tiene un vuelo fácil y perezoso y cuando vuela no parece tener algo en vista como el Halcón; pero deambula y ronda aquí y allá y cuando ve otra ave vuela detrás para descubrir si tiene alimento a la vista. Cuando alguno encuentra algo para comer, los Otros tratan de despojarlo persiguiéndolo con gran determinación por todo el lugar. Si el que lleva la delantera se desanima en la persecución, otro más descansado ocupa su sitio hasta que el objeto de toda esta pelea que tal vez sea, después de todo, sólo un trozo de hueso o piel cae al suelo para ser arrebatado al instante por algún ave rezagada en la caza y que se convierte, a partir de ese momento, en el perseguido de todos los demás. Esto continúa hasta que uno se cansa y deja de observarlos sin esperar el resultado final. Son locuaces y sociables. Con frecuencia se congregan en grupos de treinta o cuarenta individuos. Todos los días pasan varias horas en briosos ejercicios, remontándose como los Vencejos, realizando evoluciones sin fin y enfrentándose en falsas peleas aéreas. Cuando se cansan de esos pasatiempos, todos descienden de nuevo, permaneciendo posados por una hora, más o menos, en las ramas más altas de los árboles o en otras elevaciones. A intervalos, un ave irrumpe con un canto largo y pausado con una inflexión más baja seguida por una serie de notas cortas. Todas las otras aves se unen en coro y emiten notas cortas de acuerdo con la de su solista o director. El nido está construido en los árboles, juncos de los pantanos o en el suelo entre el pasto y los cardos. Pone tres o cuatro huevos casi esféricos salpicados con rojo oscuro sobre un fondo blanco o crema; a veces, todo el huevo es jaspeado de rojo, pero hay variedades sin fin. Es fácil encontrar el nido y es más fácil aún cuando hay pichones, pues cada vez que la madre sale en busca de alimento regresa invariablemente emitiendo notas largas y plañideras, de manera que uno debe sólo escuchar y anotar el sitio donde desciende. Descubrí que siempre, después de visitar un nido, los pichones desaparecían y lo mismo sucedía con las aves grandes. Llegué a la conclusión de que el Chimango traslada a sus pichones cuando descubren su nido, lo cual constituye un hábito raro en las aves. Los Chimangos abundan más en los distritos poblados, pero las perspectivas de alimento atraen pronto un número de ellos, aun en los sitios más solitarios. En las pampas desérticas, en donde los cazadores indios y europeos tienen gran afición por encender el pasto seco, en el momento en que el humo de un fuego distante es visto por los Chimangos, vuelan en seguida para allá a fin de seguir el incendio. En esos momentos están muy animados, precipitándose a través de nubes de humo, banqueteándose entre las cenizas calientes con los tucu-tucu y otros pequeños mamíferos asados y persiguiendo con audacia a los chamuscados fugitivos de las llamas. En todo momento y lugar el Chimango está siempre dispuesto a atacar al débil, enfermo o herido. En otras regiones del globo estos condenados a muerte caen en las garras de las verdaderas aves de presa; pero el saludable oficio de verdugo es desempeñado con tanta eficacia por el Chimango y sus congéneres en los lugares en que estos falsos Halcones abundan, que los verdaderos Halcones deben realizar un esfuerzo más grande para subsistir aquí. Es posible que esta circunstancia haya servido para hacerlos más veloces en el vuelo, más agudos en la visión y más osados en el ataque que en cualquier otra parte. Yo he visto un Buteo que no es considerado el más valiente de los Halcones girar, rápido como el rayo, sobre un Teru-Teru que lo estaba persiguiendo y, asiéndolo, llevarlo al suelo y despachárselo en un momento aunque cien de otros Terus estaban lanzando penetrantes gritos sobre él. Y eso que esta es un ave grande, poderosa, de temperamento fuerte y armada, en sus alas, con uñas afiladas. Este es sólo uno de los numerosos ejemplos, de los que he sido testigo, de la extremada fuerza y osadía de nuestros Halcones. Cuando cazaba aves para conservar, yo acostumbraba a no perder de vista los movimientos de los Chimangos que volaban alrededor, pues me ha pasado el que me fueran llevados o mutilados por estos omnipresentes ladrones, algunos lindos ejemplares. Un día de invierno me encontré con un hermoso Myiotheretes rufiventris, una linda y graciosa Monjita casi tan grande como el Zorzal común, con un plumaje chocolate y gris plateado. Era rara en este lugar y, ansioso por obtenerla, disparé un tiro desde lejos, pues es muy tímida. Se elevó alto en el aire y voló, en apariencia, sin inmutarse. Cuál no sería mi sorpresa al ver a un Chimango lanzarse en su persecución. Espoleando mi caballo lo seguí, y antes de haber andado mil metros noté que la Monjita comenzaba a mostrar signos de abatimiento. Después de evitar varios golpes asestados por el Chimango descendió y se precipitó en un matorral de cepacaballo. Allí la capturé y cuando la despellejaba para guardarla encontré que una pequeña munición se había alojado en la parte carnosa de la pechuga. Era una herida muy ligera, a pesar de lo cual el Chimango con su vista entrenada, había notado algo desacostumbrado en el ave desde el momento en que ésta inició su vuelo de manera libre y vivaz. En otra ocasión fui defraudado con un espécimen más valioso que la Monjita. Fue en la costa Este de Patagonia cuando, una mañana, mientras me hallaba sentado en una elevación mirando las olas que se arrojaban sobre la costa, vi un objeto blanco y brillante sacudiéndose a alguna distancia de la tierra. Olas sucesivas lo trajeron más cerca, hasta que al fin fue tomado y arrojado lejos, sobre el declive, a unos veinticinco metros de donde yo estaba sentado. Al instante, antes que la nube de espuma hubiera desaparecido, un Chimango se arrojó sobre él. Me levanté y corrí tan rápido como pude y me encontré con que mi objeto blanco era un Pingüino recién muerto, en apariencia, por algún accidente en el mar y con un plumaje espléndido. Pero ¡ay!, en aquel lapso el vil Chimango había desplumado y devorado la piel de la cabeza de manera que, como ejemplar, estaba arruinado sin remedio. Como regla general las aves fuertes y sanas desprecian al Chimango. Se alimentan en su compañía; sus súbitas apariciones no causan alarma y no se toman el trabajo de perseguirlo, pero cuando tienen huevos o pichones no confían en él. No se lo aparta con facilidad de un nido que haya descubierto alguna vez. Yo lo he visto llevarse un pichón de Milvulus tyrannus, enfrentando tal ataque de la madre de las avecitas, que uno hubiera imaginado que ni aun un Halcón verdadero podría haberlo soportado. Bastante curioso, como uno de los más osados de nuestros Halconcitos (Tinnunculus cinnamomznus), a veces ataca aves tan desproporcionadamente fuertes y grandes para él, que debe saber que el ataque le producirá más molestias que daño. Una vez estaba yo observando una bandada de Patos que se alimentaban en un banco herboso cuando un Chimango que pasaba detuvo su vuelo y, después de revolotear sobre ellos unos instantes, se lanzó sobre las aves con tal ímpetu que varias de ellas fueron arrojadas al suelo por los golpes rápidos y sucesivos de sus alas. Allí permanecieron sobre sus espaldas, pataleando demasiado asustadas, en apariencia, para levantarse mientras el Chimango las observaba deliberadamente por algunos minutos. Luego, con toda tranquilidad remontó el vuelo, dejándolas zambullirse en el agua y enfriar así su miedo. Es posible que ataques como éstos sean hechos con espíritu deportivo, pues el Milvago es un ave juguetona y como sucede con muchas otras especies (aves y mamíferos) su juego toma siempre la forma de ataque. Sus ineficientes armas lo compelen a ser más tímido que el Halcón, pero hay muchas excepciones y en cada lugar se encuentran individuos que se distinguen por su temeridad. Casi todos los pastores pueden decir que su majada es objeto de las persecuciones de, por lo menos, un par de aves de esta especie que matan los corderos. Rondan la majada y vigilan hasta que encuentran un corderito durmiendo a alguna distancia de su madre. Arremeten contra él y, pegándose a su cabeza, le comen la nariz y la lengua. El pastor se ve luego obligado a matar al cordero; pero yo he visto muchos a los que se les ha permitido vivir después de la mutilación y que han llegado a ser ovejas fuertes y sanas aunque con los rostros muy desfigurados. Daré un ejemplo más de la temeridad de un ave de la cual Azara dice, en un gran error, que tal vez tenga coraje bastante para atacar a una laucha, aunque lo duda. Pegado a mi casa, cuando yo era muchacho, una pareja de estas aves tenía su nido cerca de un estrecho caminito que conducía a través de un matorral de cardos gigantes. Cada vez que yo atravesaba este camino el macho que, contrariamente a la regla general entre las aves de rapiña, es más grande y osado que la hembra, se elevaba bien alto encima de mi y luego, descendiendo, asestaba en la frente de mi caballo un violento golpe con sus alas. Repetía esta acción hasta que yo salía del camino. Yo pensaba que era muy extraño que el ave nunca golpeara mi cabeza, pero ahora he descubierto que tenía una excelente razón para ello. Los gauchos cabalgan con preferencia en caballos nunca completamente bien domados y un vecino me informó que él se veía obligado, todos los días, a hacer un circuito de mil metros alrededor de los cardos, pues los caballos que él montaba se tornaban casi inmanejables en el camino, tanto los habían asustado los ataques de este Chimango. En donde en realidad parece faltar la inteligencia del ave, es en su hábito de atacar los caballos con mataduras en la espalda, tentada, sin duda, por la visión de un sitio en carne viva y sin entender, en apariencia, que la carne que desea devorar es una parte inseparable del resto del animal. Darwin ha notado esta curiosa confusión del ave y yo he visto, a menudo, un caballo de silla lastimado recorrer salvajemente la llanura, perseguido de cerca por un hambriento Chimango dispuesto a cenar con uno de sus pedazos. En la época calurosa, cuando los pantanos y lagunas se están secando, se ve al Chimango, asociado con Ibis y otras zancudas, metido hasta las rodillas en el agua en busca de renacuajos, ranas y otras presas acuáticas. En el fondo de las charcas, mezclado con el suelo arcilloso después de un chaparrón de verano, crece un hongo comestible de un opaco color verdoso que semeja gelatina. El Chimango encontró que este hongo es bueno para comer, aunque nunca se lo vi comer a ninguna otra criatura. En los distritos cultivados sigue al arado en compañía de las Gaviotas de cabeza negra, Molothrus, Urracas y Tiránidos y busca gusanos y larvas en la tierra recién removida. También vigila a los cerdos cuando buscan raíces en la llanura, a fin de participar en cualquier botín suculento sacado a relucir por sus hocicos; pues no es un ave que permita a la dignidad interponerse entre ella y su cena. En otoño, durante los días húmedos y bochornosos, las hormigas coloradas, que hacen pequeños montículos cónicos en las pampas pululan por todas partes. Elevándose alto en el aire, forman una nubecita o columna que permanece suspendida durante horas sobre el mismo sitio. En estos días los Milvago viven con suntuosidad de pequeños insectos. Bajo cada nube de hormigas aladas se ven varios de ellos en compañía de unos pocos Papamoscas u otras diminutas especies, moviéndose aprisa para coger el maná que cae, sin que su diversión sea perturbada por ningún sentido de anomalía. Sin embargo, antes que nada, el Milvago es un Buitre y se lo encuentra en todo rancho solitario compartiendo, con perros y aves de corral, los despojos y desperdicios arrojados en los montones de basura, o, después que la majada ha ido a pastorear, arrancando los ojos y la lengua de una oveja muerta en el redil. Cuando se ha quitado el cuero a un caballo o vaca muertos en la llanura, el Chimango es siempre el primero en aparecer en escena. Mientras se alimenta en un animal muerto, lanza sin cesar una serie de notas quejumbrosas, como si protestara contra la dura necesidad de tener que apechugar con tal carroña. Gritos largos y lastimeros que semejan los triste quejidos de un estremecido cachorro, encadenado en un frío corral y sin nada de lo que desea; pero estos gritos son infinitamente mas tristes. Los gauchos tienen un dicho comparando al hombre que rezonga aunque tiene buena suerte con el Chimango que grita sobre una res muerta. Es un dicho muy expresivo para aquellos que han oído las penosas lamentaciones del ave sobre su comida. En invierno, una res muerta atrae gran cantidad de Gaviotas de cabeza negra, pues con el tiempo frío estos buitres del mar abandonan sus sitios de reproducción en las costas atlánticas para vagar, en busca de alimento, por las vastas pampas interiores. El animal muerto es rodeado con rapidez por una hueste de ellas mientras el pobre Chimango no se puede acercar. Sin embargo, por lo menos se puede ver al fin uno posado sobre el esqueleto, arrancándole la carne y, a intervalos, con el cuello estirado y el plumaje erizado, emitir una sucesión de sus gritos extraños y lastimeros, semejando un orador público subido a una tribuna y dirigiendo horripilantes exhortaciones a una multitud de atentos oyentes. Cuando la res ya ha sido abandonada por Zorros, Armadillos, Gaviotas y Caranchos, el Chimango aún se apega pesaroso a ella, llevando una existencia miserable, arrancando trozos de cartílagos y afilando su hambriento pico en los huesos. Aunque en extremo amante de la carroña, un instinto inteligente le ha enseñado que este alimento no es apropiado para los tiernos estómagos de sus pichones, a los cuales alimenta en forma casi exclusiva con los pichones de pequeñas aves. En noviembre se ven los Chimangos volando sin cesar sobre los matorrales de cepacaballo a la manera del Ladrón de pollos, pues en esta época se reproduce entre los cepacaballo el Synallaxis hudsoni. Esta ave, a veces llamada Teru-teru del campo por los paisanos, es sumamente tímida y de costumbres parecidas a las de la laucha. Se deja ver muy raras veces y por medio de sus largas patas y cuerpo largo, delgado y en forma de cuña, es capaz de deslizarse tan rápido como una serpiente, a través y bajo el pasto. En verano se oye su reclamo largo y melancólico salir de un matorral de cepacaballo, pero si uno se acerca, se deja caer al suelo y desaparece. Bajo la parte más tupida del matorral, cava en el suelo un agujerito circular sobre el cual construye una cúpula de pasto y espinas entrelazadas, dejando sólo una pequeña abertura. Recubre el suelo con estiércol seco y pone cuatro huevos color pardo. El nido está escondido de un modo tan admirable que yo lo he buscado a lo largo de los días durante toda una época de cría sin poder ser recompensado por el encuentro ni siquiera de uno solo. Sin embargo, el Chimango los encuentra con facilidad. En el curso de un solo día examiné cinco o seis nidadas de jóvenes Chimangos y presionando con un dedo sus buches distendidos, les hice devolver lo que habían comido y encontré, en cada caso, que habían sido alimentados en forma exclusiva, con pichones de ese Teru-teru. Me quedé simplemente asombrado ante la destrucción al por mayor de los pichones de una especie tan misteriosa en sus hábitos nidíferos, pues ningún ojo, ni aún el de un Halcón, puede atravesar el follaje de un matorral de cepacaballo que termina, cerca de la superficie, en una masa de partes muertas y podridas de la planta que se han ido acumulando. La explicación del éxito del Chimango se encuentra en el hábito locuaz de los pichones de los cuales se alimenta, un hábito común en los pichones de las especies de Dendrocolaptinos: pasan los intervalos que median entre las visitas de la madre que les lleva alimento, conversando en sus altos tonos. Si una persona se acerca a la sólida construcción de un Hornero cuando en ella hay pichones, oirá agudas notas parecidas a una risa y pequeños coros como los emitidos por las aves viejas, sólo que más débiles. Pero en el caso de esta especie, la locuacidad de los pichones no les atrae ningún daño pues el castillo que habitan es inexpugnable. Revoloteando sobre los cepacaballo, el Chimango está atento a la risa estridente de los pichones del Teruteru y, cuando la oye, atraviesa con rapidez la cubierta espinosa y rompe la cúpula. Hechos como éstos nos presentan, con alarmante claridad, la lucha por la existencia, mostrándonos cómo cosas importantes en la vida de una especie pueden depender de sucesos en apariencia tan triviales que a la mente común se le aparecen, en el cotejo, como mero polvo, que no debe ser considerado. Y qué tremenda e impía en su modo de proceder es esta seleccionadora ley de la supervivencia cuando vemos una especie como la Synallaxis, en cuya formación y perfeccionamiento parecería haber agotado la naturaleza todo su arte (tan exquisitamente está adaptada en su estructura, coloración y costumbres al único gran objeto del camuflaje), condenada, en apariencia, a la destrucción por este pequeño descuido: la irreprimible garrulidad de los pichones en el nido. Sin embargo, no es un descuido desde el momento que la ley de la selección natural no es profética en su acción y sólo preserva aquellas variaciones que son beneficiosas en las circunstancias existentes, sin anticipar cambios en las condiciones. La colonización del país ha causado, sin duda, un gran aumento en el número de Chimangos y es probable que haya servido, de un modo indirecto, para aguzar su inteligencia; de este modo, un cambio en las condiciones que han moldeado a este Synallaxis, trae para él un peligro desde un rincón inesperado. Uno imagina que la situación del nido lo expone a los ataques de serpientes, pequeños mamíferos, arañas matadoras de aves, escarabajos y grillos. Sin embargo, estos perspicaces enemigos que habitan el suelo no lo han visto mientras que, la risa infantil de los pichones en su nido, ha hecho descender un inesperado destructor desde arriba. Podría responderse que ésta debe ser una especie muy numerosa pues de otra manera el Chimango no habría adquirido el hábito de encontrar los nidos. Cuando sean menos abundantes, la persecución será abandonada, con lo que la balanza se reajustará ella misma. Pero en el número está la seguridad, especialmente para una especie débil, perseguida, incapaz de variar, por su estructura peculiar, su modo de vida. A esto se aplica con fuerza especial la observación hecha por Darwin que: "la rareza es precursora de la extinción". CARANCHO Polyborus tharus Marrón oscuro con motas blancuzcas; cabeza negra; alas y cola blanco grisáceo con barras cruzadas marrón grisáceo y extremos negros; abajo marrón oscuro; garganta y costados de la cabeza blanco amarillento; pico amarillo; cara naranja. Sexos semejantes. Esta ave, que combina los instintos rapaces del Aguila con los ruines hábitos de comer carroña del Cuervo, ha tenido ya tantos biógrafos que parecería superfluo hablar de nuevo de ella. Sin embargo, resulta ser una de esas especies muy versátiles sobre la cual siempre hay algo que decir y además, no estoy del todo de acuerdo con el innoble carácter que, por lo general, le atribuyen los viajeros. No obstante es probable que, en los diferentes distritos, varíe mucho en disposición y hábitos. En Patagonia me asombraron su aspecto abatido y el cobarde modo de acechar, tan distintos de los del ave que yo estaba acostumbrado a ver en las pampas. Maté varios. Todos estaban en un estado pobre y miserable y, en apariencia, medio muertos de hambre. Se me ocurrió que en esta región fría y estéril, en donde las presas escasean, el Carancho se halla, por completo, fuera de lugar, pues allí debe competir con grandes números de Aguilas y Cuervos, los que son, resulta casi innecesario decirlo, más fuertes que el compuesto y menos especializado Carancho. En Patagonia es, en realidad, un ave desdichada, con un débil dominio sobre la existencia. ¡Qué diferente resulta en aquel ilimitado océano herboso, más al Norte, en donde es el dueño de la raza alada, pues las Aguilas y los Cuervos, que requieren montañas y árboles para anidar y posarse, no van allá para desalojarlo! Ahí las condiciones se le adaptan y han servido para desarrollar en él un espíritu maravillosamente osado y salvaje. Cuando se lo ve posado en un hormiguero cónico, erguido sobre el alto césped plumoso, tiene un aspecto fino y, casi podríamos decir, noble. Pero cuando vuela no es hermoso, pues las alas terminan en los extremos en forma brusca y el vuelo es bajo y sin gracia. El plumaje es negruzco en el adulto y marrón en el joven. Los costados de la cabeza y del pecho son blanco cremoso, estando el segundo marcado transversalmente con puntos negros. La coronilla está adornada con una cresta o copete. El pico es más largo que el de las Águilas y Cuervos, y de color azul oscuro; la cera y las patas son amarillo brillante. Esta especie se encuentra en toda Sud América y desde el Paraguay hacia el Norte, según creo, es llamada en todas partes Caracará. Al Sud del Paraguay el nombre español es Carancho, posiblemente una corrupción de Keanché, nombre Puelche del Milvago chimango, imitación de su malhumorado grito. En estas regiones el nombre indio del Carancho es Trarú (por su grito desagradable), mal escrito Tharú por Molina, sacerdote español que escribió un libro sobre las aves de Chile en el siglo XVIII, de aquí el nombre específico tharus. Los Caranchos viven en parejas, por eso pueden ser llamados aves sociables. A menudo, también viven y cazan en familias, compuestas de los padres y las aves jóvenes, hasta la primavera siguiente. En cualquier época, varios individuos se combinan con rapidez para atacar su presa, pero nunca viven o se trasladan en bandadas. Cada pareja tiene su casa o sitio de descanso, que continúan usando por tiempo indefinido, posándose en la misma rama y ocupando el mismo nido año tras año. Las dos aves se ven juntas en todo momento y parecen muy unidas; Azara narra que, una vez, vio a un macho abatirse sobre una rana y, llevándola a un árbol, llamar a su compañera y ofrecérsela como un presente. No era un presente magnífico, pero la acción parece demostrar que el ave posee algunas cualidades recomendables, que no se ven muy a menudo en las familias de rapaces. Yo siempre he encontrado que, en los lugares deshabitados, los Caranchos son tan abundantes como en los distritos poblados. Después de ser derribado un ciervo por los perros, he visto congregarse, en el término de media hora, de setenta a ochenta aves para alimentarse de su carne, aunque previamente ninguno era visible. D'Orbigny lo describe como parásito del hombre, salvaje y civilizado; siguiéndolo a todas partes para alimentarse de los restos que quedan cuando mata animales domésticos o salvajes, y casi incapaz de subsistir sin él. Sin duda el Carancho sigue mucho al hombre, para su propio provecho; pero esto lo hace sólo en los distritos escasamente poblados, en donde abundan los pastos y la caza, y en los que una gran porción de carne de cada animal muerto, es dada a las aves. En donde la población aumenta, el Carancho pronto tropieza con el destino de todas las grandes especies que son consideradas perjudiciales. Sin duda es un comedor de carroña, pero yo creo que esto sucede sólo cuando no puede obtener provisiones frescas. Cuando está hambriento, prefiere comer cualquier cosa antes que considerar su dignidad y sufrir hambre, como ocurre con la noble Águila. Con frecuencia yo he visto uno, dos o tres de ellos, juntos en el suelo, bajo una columna de hormigas aladas, devorando con avidez los insectos que caían. Para comer carne podrida debe estar, en realidad, muy hambriento. Sin embargo, es muy afecto a la carne fresca, y cuando una vaca es carneada en una estancia, pronto aparece el Carancho en la escena, a reclamar su parte. Toma lo primero que puede hurtar y se lo lleva antes de que los perros lo puedan privar de ella. Cuando se ha elevado a una altura de cinco o seis metros, deja caer la carne de su pico y la atrapa en sus garras con destreza, sin detenerse en su vuelo. Es singular el hecho de que el ave parece incapaz de alzar cualquier cosa del suelo con las garras, usando siempre para esto el pico, aunque la presa sea un animal que puede resultar peligroso llevar de este modo. Una vez vi una de estas aves descender sobre una rata desde una altura de alrededor de doce metros y elevarse con su presa, que chillaba y forcejeaba, hasta seis metros Luego la soltó y, con mucha gracia, la agarró con sus garras. Sin embargo, cuando persigue y caza a un ave en el aire, usa siempre las garras, del mismo modo que lo hacen otros halcones. Esto lo he observado con frecuencia, y doy las dos siguientes anécdotas para demostrar que aun aves que uno hubiera imaginado que están a salvo de los Caranchos son, en algunas Ocasiones, atacadas por ellos. Un día, mientras caminaba por un campo abandonado cercano a mi casa, me encontré con una Paloma comiendo, la que inmediatamente reconocí como una que había comenzado a volar hacía apenas una semana. Aunque se mantenían un gran numero de palomas, ésta era del blanco más puro e inmaculado que se pueda pensar. Por largo tiempo yo me había esforzado en preservar y aumentar los ejemplares de un blanco puro con muy poco éxito, pues los Peregrinos los individualizaban con facilidad, para atacarlos. Un Carancho estaba volando en círculos a alguna distancia por sobre nuestras cabezas y, mientras yo permanecí observando y admirando mi Paloma, él estuvo a unos veinte metros de altura, revoloteando sobre mí. De pronto la Paloma se asustó y voló, siguiéndola entonces el Caracará. Imaginé que la cacería iba a resultar vana. Duró alrededor de medio minuto. La Paloma se lanzó en amplios círculos con ímpetus salvajes, ora elevándose y luego dejándose caer bien cerca del suelo, siempre seguida encarnizadamente por el Carancho. Al final, evidentemente muy asustada, cayó y se posó a un metro de mi pie. Me incliné para protegerla, pero asustándose de mi acción se elevó en línea recta y quedó presa en las garras del Carancho, cerca de mi cara y fue llevada lejos. En el caso siguiente, el atacado fue un Tero, enemigo irreconciliable del Caracará y su perseguidor osado y persistente. La sola vista de esta ave de presa provoca, en los Teros, un frenesí de excitación. Elevándose, se apuran a encontrarlo en el aire, chillando con fuerza, y continúan apurándolo hasta que abandona su campo de batalla, después de lo cual regresan y se alinean en tercetos para realizar sus danzas triunfales, acompañadas con gritos fuertes que parecen el sonido de los tambores. Pero si su odiado enemigo se posa en el suelo o en alguna cercana elevación, revolotean sobre él y, primero uno, luego otro, lo atacan con gran violencia y, planeando cerca, dan vuelta la curvatura de sus alas de tal modo, que el espolón parece rozar casi su cabeza. Mientras un ave desciende, las otras se elevan para reanudar sus cargas. Esta persecución continúa hasta que lo echan o quedan exhaustos con sus fútiles esfuerzos. El Carancho, sin embargo, no le da mucha importancia a sus atormentadores. Sólo cuando se acercan mucho, evidentemente resueltos a agujerear su cráneo con su afilada arma, mueve la cabeza con rapidez para esquivar el ataque, después de lo cual retoma su conducta indiferente hasta que tiene lugar el ataque del ave siguiente. Un día, mientras cabalgaba, me pasó volando un Carancho seguido por, más o menos treinta Teros decididos a arrojarlo de su territorio, por que estaba cercana la época del celo que es cuando su temperamento irascible y celoso es más excitable. De pronto, un Tero lo pasó. El Carancho apresuró su vuelo del modo más maravilloso y lo vi perseguir con entusiasmo a su atormentador. Los gritos amenazadores y airados del Tero se transformaron, en un instante, en penetrantes gritos de terror, los que atrajeron enseguida, para el rescate, a una bandada de doscientas a trescientas aves. Ahora, pensé, el ave perseguida escapará, pues había doblado y virado con rapidez, tratando de perderse entre sus compañeros que revoloteaban en un grupo compacto y gritaban lo más fuerte que podían. Pero el Caracará no se espantó. Estaba a alrededor de un metro detrás de su presa y yo me hallaba lo suficientemente cerca como para distinguir, entre el tumulto, los lastimeros gritos del perseguido, que parecían los de un ave ya cazada. Al cabo de un minuto estaba preso en las garras de su enemigo, que lo llevó mientras aún gritaba con violencia. La nube de Teros lo siguió un trecho, pero luego regresaron al sitio fatal en que había tenido lugar la lucha. Durante una hora continuaron revoloteando independientes uno del Otro, gritando todo el tiempo con una desusada nota de pena o temor en sus voces, en apariencia tan perturbados, como lo hubiera estado un número igual de seres humanos en caso que les hubiera sucedido un desastre semejante. Sin embargo, no es común que el Carancho se aventure él solo a atacar a aves adultas y vigorosas, con excepción del Tinamú (la Perdiz sudamericana). Con preferencia, hacen presa en los pichones y enfermos, en los corderitos y lechones alejados de sus madres y también con frecuencia, atacan y matan ovejas viejas y débiles. Son muy rápidos para descubrir cuando algo anda mal en las aves o bestias, y siguen a los deportistas para alzar a las aves heridas, manteniéndose ellos, con mucha inteligencia, a una prudente distancia. Una vez herí un Flamenco, que tenía el plumaje gris, y yo tenía inconvenientes para cruzar el arroyo e ir a la orilla opuesta en la que el Flamenco, ligeramente herido, se había refugiado. Estuve allá después de tres o cuatro minutos y encontré a mi Flamenco tratando de defenderse de los ataques de un Carancho que lo había marcado como suyo y lo estaba golpeando en el cuello y en el pecho del modo más vigoroso y decidido, a veces desde arriba, otras posándose en el suelo delante de él y saltando, para herirlo, como un gallo de riña. Una mancha de sangre en el plumaje del ave herida que sólo tenia apenas lastimada un ala, había sido suficiente para llamarlo al ataque, pues para el Carancho una mancha de sangre, un ala caída o cualquier irregularidad en la marcha, le indican enseguida su origen. Cuando varias de estas aves se reúnen, se vuelven muy osadas. Un amigo me contó que mientras viajaba por el Paraná, pasó volando un Cisne de cuello negro, perseguido con encarnizamiento por tres Caranchos. Yo también presencié a cuatro de ellos que atacaban a una especie muy distinta. Estaba parado en la orilla de un arroyo de las pampas, observando gran cantidad de aves de varias clases en la margen opuesta en donde el cadáver de un caballo, despojado del cuero, yacía a orillas del agua. Cien o doscientas Gaviotas de capucha negra y, más o menos doce Chimangos se hallaban reunid9s alrededor de la res. Cerca, una gran bandada de Cuervos de cañada, estaba dando vueltas en el agua, mientras entre ellos, parada inmóvil en el agua, había una solitaria Garza blanca grande. De pronto aparecieron cuatro Caranchos, dos adultos y dos jóvenes, de plumaje marrón, que se posaron en el suelo cerca del caballo. Los jóvenes avanzaron y empezaron a arrancar la carne, mientras los dos adultos permanecían en el sitio en que se habían posado, como si les disgustara alimentarse de carne medio podrida. Uno de ellos se elevó en el aire y atacó a las aves que estaban en el agua. En un instante, con excepción de los dos Caranchos jóvenes que permanecieron en el suelo, todas las aves del lugar alzaron el vuelo, gritando con fuerza. Por unos instantes no me di cuenta del significado de todo este tumulto, cuando de pronto, de la nube blanca y negra de aves, emergió la Garza blanca elevándose verticalmente con aletazos vigorosos y mesurados. Un momento después primero uno, luego otro, también emergieron de la nube los dos Caracarás, persiguiendo, sin lugar a dudas, a la Garza blanca. Sólo entonces las dos aves marrones se elevaron en el aire, uniéndose a la cacería. Por unos minutos observé a las cuatro aves afanándose en subir en un salvaje vuelo en zigzag, mientras la Garza blanca, elevándose todavía verticalmente, parecía dejarlos, sin esperanza, muy atrás. Pero antes de mucho tiempo la alcanzaron y pasaron. Apenas cada Caracará acababa de hacer esto, giraba y se dejaba caer hacia abajo, golpeando a su presa con sus garras. Mientras uno descendía, los otros se elevaban, ave tras ave, con la mayor regularidad. De este modo continuaron elevándose afanosamente, hasta que la Garza blanca parecía una mera manchita blanca en el cielo, alrededor de la cual aún giraban los cuatro odiosos puntos negros. Yo los había observado desde el principio con gran excitación, y comencé a temer que se perdieran de vista y me quedara sin saber el resultado; pero al fin iniciaron el descenso. Parecía como si la Garza blanca hubiera perdido toda esperanza pues caía con mucha rapidez, mientras los cuatro perseguidores se mantenían muy cerca de ella, golpeándola cada tres o cuatro segundos. Durante la última mitad de la distancia, el descenso fue sumamente rápido, tanto que las aves hubieran vuelto más o menos al mismo sitio del que habían partido y que estaba a unos cuarenta metros del lugar en el que yo me encontraba, pero la Garza blanca fue desviada, e inclinándose con rapidez golpeó la tierra a unos doscientos metros del sitio de partida. Apenas había tocado el suelo, que el hambriento cuarteto ya la estaba despedazando con sus picos. Todos, sin duda, se hallaban igualmente hambrientos; tal vez los dos más viejos lo estuvieran más que los jóvenes; pero de lo que estoy seguro es de que si la carne del caballo no se hubiera hallado en un estado de descomposición tan avanzado, ellos no habrían intentado la conquista de la Garza. Yo he visto con tanta frecuencia aislar, para atacarla de esta manera, un ave de color blanco puro, que siempre ha sido para mi objeto de maravilla, cómo las dos especies comunes de Garzas blancas de Sud América, han podido subsistir, pues su blancura excede la de otras aves acuáticas, mientras que, comparadas con los Cisnes, Cigüeñas y Jabirús son más pequeñas y débiles. Estoy convencido de que si estos cuatro Caranchos hubieran atacado un Cuervo de cañada se habrían encontrado con una conquista más fácil. Ellos aislaron la Garza, según creo, sólo por su brillante plumaje blanco tan visible. Esta lucha alada fue un magnífico espectáculo y estoy muy contento de haberla contemplado aunque terminó mal para la pobre Garza. En otro caso de un ataque, combinado por Caranchos, no hubo nada que admirar excepto la inteligencia desplegada por las aves en combinarse, y que inducen a la mente a volverse contra la ferocidad destructora y ciega exhibida por Ya naturaleza en los instintos de sus criaturas. La escena fue presenciada por un muy estimado amigo mío, viejo gaucho buen observador, quien me la narró. Era en verano, iba cabalgando por un estrecho camino de herradura en un llano cubierto por un denso plantío de cardos gigantes de dos metros y medio a tres metros de alto, cuando notó, un poco más adelante, varios Caranchos revoloteando sobre el lugar. Enseguida supuso que allí había caído algún gran animal o que algún viajero había sido arrojado de su caballo y yacía, lastimado, entre los cardos. Buscando el sitio encontró un espacio abierto de alrededor de cuarenta metros de diámetro, rodeado por la densa pared de cardos. Las aves volaban sobre ese lugar, mientras varias otras estaban estacionadas cerca esperando, en apariencia, que algo sucediera. La atracción era un gran Rhea macho, agazapado en el suelo y cubriendo con sus alas extendidas, una nidada de pichones. Mi amigo no pudo contarlos, pero había no menos de veinticinco o treinta, todos seres pequeños y tiernos, que haría sólo un día que habían salido del cascarón. Tan pronto como él cabalgó dentro del espacio abierto, el Ñandú se alzó y atacó bajando la cabeza, repiqueteando el pico y con las anchas alas extendidas como velas. Su caballo, muy asustado, trató de precipitarse entre los cardos de tal modo, que le costó muchísimo mantenerse en su silla. De pronto, el Ñandú lo dejó y, girando los ojos a su alrededor, se asombró de ver que todas las chantas estaban corriendo, diseminadas por el suelo, mientras los Caranchos persiguiéndolas, las golpeaban y mataban. Mientras tanto, el Ñandú corría tratando de salvarlas; pero los Caranchos, alejados del pichón que estaban atacando, no tenían más que elevarse y dejarse caer sobre otro, doce metros más allá. Como había alrededor de quince Caranchos, todos empeñados en la misma tarea, la matanza continuaba en gran cantidad. Mi amigo, que había estado forcejeando en vano para dominar a su caballo, se vio forzado a abandonar el lugar y no pudo conocer el final de la tragedia en la que había actuado sin querer. Pero antes de irse, vio que por lo menos la mitad de las chantas estaban muertas, todas sangrando en la parte fina del cuello, roto justo atrás de la cabeza, mientras que, en algunos casos, la cabeza había sido arrancada por completo. Los gauchos, cuando cazan Perdices, sobornan con frecuencia a los Caranchos para que los ayuden. El cazador tiene una caña larga y fina, con un lacito en el extremo. Cuando ve una Perdiz, galopa a su alrededor en círculos, hasta que el ave se agazapa en el suelo. Los círculos son cada vez más estrechos y el paso disminuye, mientras extiende la caña y la desciende sobre la aturdida Perdiz, hasta que el lacito es arrojado sobre su cabeza y es apresada. Muchas Perdices no están dispuestas a dejarse atrapar de este modo abierto y descarado; pero si el cazador mantiene un Carancho revoloteando alrededor, mostrándole una molleja, la cautelosa Perdiz está tan llena de miedo que permanecerá quieta y permitirá que la apresen. En la época del celo, los Caranchos machos se ven peleando con frecuencia. A veces, cuando la batalla es sostenida a gran altura, se ve a los combatientes unidos y cayendo con rapidez hacia la tierra; pero en todas las luchas que yo presencié, las aves no han estado tan cegadas por la pasión, como para caer toda la distancia sin separarse. Además de estos combates aislados en los que se traban durante la época del celo los machos sin pareja o celosos hay, en todo momento, disensiones ocasionales entre ellos, cuya causa sería difícil determinar. Aquí también, como a menudo en la caza, las aves se combinan para castigar al delincuente, y en algunos casos el castigo es la muerte. Su grito es fuerte y muy áspero; consiste en una nota corta y abrupta, que suena como cruc, repetida dos veces; después de lo cual, si el ave está muy agitada, como ocurre cuando se halla herida o peleando, echa su cabeza atrás, hasta que la coronilla reposa en la espalda, balanceándola de lado a lado y acompañando la acción con un grito penetrante de gran poder. Este gesto singular del Carancho, único entre las aves, parece expresar con gran fuerza un espíritu iracundo. El nido es construido en diversos lugares: en los árboles, cuando hay alguno; pero en las pampas desarboladas, donde el Carancho está más en su casa, es hecho en el suelo, a veces entre el pasto alto; un sitio muy favorito es un islote o montículo de tierra que se eleva bien sobre el agua. Cuando han hallado un lugar conveniente, continúan usando el mismo nido por varios años consecutivos. Es una construcción grande y desaseada, hecha de astillas mezcladas con huesos, pedazos de piel, estiércol seco y cualquier objeto que el ave pueda llevar para aumentar el volumen de su morada. Pone tres o cuatro huevos -por lo general este último número- ligeramente ovalados, con gran variedad de color y marcas. Algunos tienen manchas irregulares rojo oscuro sobre fondo crema, mientras que otros son por entero de un profundo marrón rojizo con pocas pintas y manchas negras. CUERVO NEGRO Cathartes atratus Todo el plumaje negro; cabeza pelada y negra; largo 62,5, ala 44 centímetros. Tres especies de Buitres o Cuervos habitan Argentina; todas de la familia americana Cathartidae. La primera es el Gran cóndor, Sarcorhamphus gryphus, que se encuentra en la región andina y en Patagonia. De esta gran ave, a menudo descripta, no puedo decir casi nada por observaciones personales, pues me encontré con ella Sólo una vez y esto fue en la costa marina al sud del río Negro. La segunda, es el bien conocido Oripopo, Carhartes aura, del Sud de Norte América. Su dominio se extiende, hacia el Sud, hasta Patagonia en donde yo lo encontré, y pude siempre distinguirlo a una gran distancia del Gallinazo común, por su cabeza pelada y cuello de color rojo brillante. Está, sin embargo lejos de ser común. El Cuervo negro, de acuerdo con el doctor Burmeister, se encuentra a través de las pampas argentinas, pero es más común en el Este y Norte. Es conocido como Gallinazo en Mendoza y Cuervo en Tucumán. Barrows nos cuenta que no lo vio durante su permanencia en Concepción, pero que le contaron que, en un principio, abundaba en épocas de sequía cuando las ovejas muertas eran numerosas. Sin embargo, lo encontró en pequeños números durante su excursión a través de las sierras de las pampas al Sud de Buenos Aires. En el Río Negro, en Patagonia, encontré que estos Cuervos abundan en especial cerca del poblado de El Carmen en donde, atraídos por los desperdicios de los mataderos, se congregan en grandes números y a veces se los ve amontonados de a miles en los árboles en los que se posan. Darwin los observó en el mismo sitio y describió sus hábitos de planear largamente. Juan J. Dalgleish (Proc. Roy. Phys, Edin., VI. 237) hace el relato siguiente de los hábitos nidíferos de esta especie: "Rara vez, podríamos decir que nunca, el número de huevos excede de dos. Por lo general, son puestos en el hueco de un árbol o en el suelo. Su peso aproximado es de alrededor de medio kilogramo. Son apenas más grandes que los de Oripopo, por más que esta última sea un ave de mayor tamaño. El fondo es color blanco amarillento con pintas de un marrón rojizo oscuro y manchas más pequeñas de tonalidad lila. Estas marcas son, por lo general, más numerosas en el extremo más grande." VIGUÁ NEGRO Phalacrocorax brasilianus Negro con lustre verde metálico; pico y piel desnuda del rostro, amarillo; largo 75, ala 30 centímetros. Hembra similar; pichones marrones, mejillas blancuzcas y pecho blanco. Este parece ser el único Cormorán que se encuentra en las costas y en las aguas del interior de Sud América y Norte de Buenos Aires; pero otras dos especies se encuentran en el Sud de Chile y Patagonia las que, es probable que también puedan hallarse en las provincias del Sud de la república. Azara nos cuenta que este Cormorán es común en Paraguay, y Barrows encuentra que es un "residente abundante" en Concepción, Entre Ríos. En la vecindad de Buenos Aires, varias autoridades bien conocidas la encontraron y Durnford la halló común y sedentaria en Chupat (Chubut). El nombre de Cormorán brasileño que los naturalistas le han dado a esta especie es, por cierto, inapropiado y engañoso desde el momento que el ave es muy abundante en la región del Plata, en donde su nombre nativo es Viguá. También es muy común en los ríos de la Patagonia. Siempre se lo ve nadando, hundiendo más y más en el agua su pesado cuerpo, hasta que sólo son visibles la oblicua cabeza, como de culebra, y el cuello. O si no, posado en un banco, o en una saliente rama muerta, erguido y con el pico levantado, sin moverse nunca de su estática actitud hasta que se lo fuerza a volar. Se eleva despaciosamente y con gran trabajo. Tiene un vuelo rápido y en línea recta, mientras bate las alas sin cesar. Durante el día es un ave silenciosa, pero cuando muchos individuos se congregan para posarse en las ramas de un árbol muerto que cuelga sobre el río, mantienen, durante la noche, un concierto de notas profundas, ásperas y poderosas que harían pensar a cualquiera que no esté acostumbrado a su lenguaje, que numerosos cerdos o pecarís se están moviendo en la vecindad, con incesantes gruñidos.
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