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Capítulo VIII

CAPITULO 8

Chorlote

Trepador del litoral

Choca menor del oeste

Gallito

Colibrí

Ñacunda

Carpintero real

Carpintero de las pampas

Martín pescador grande

Pirincho

Cuclillo de pico negro

Loro barranquero

Cata comun

Lechuzon de los campos

Lechucita de las vizcacheras

CHORLOTE

Homorus guuurahs

Casi de un gris tierra uniforme, ligeramente teñido de marrón oliva arriba, más pálido; preorbitales y parte superior de la garganta blanco puro; parte inferior de la garganta negra o blanco y negro mezclados; cobijas inferiores de las alas blancas, con un débil tinte canela claro; pico y patas gris azulado; largo 23,5 centímetros.

Encontré con que esta ave es bastante común en las llanuras secas y abiertas de la vecindad del Río Negro, en Patagonia. En tamaño, forma y cresta, es como el Cachalote norteño, pero tiene la garganta blanca, mientras que el resto del plumaje es de un pálido marrón tierra en lugar de leonado. Como el Coperote, es también tímido, y como tiene un color tan oscuro y carece de los tintes brillantes del pico y ojos no posee el aspecto agresivo y llamativo de dicha especie. Sin embargo, todavía pienso que cualquier ornitólogo que lo encuentre, no puede dejar de sentirse fuertemente impresionado por su personalidad, si es que ese término se puede aplicar a un ave.

Los Dendrocolaptínidos son, por lo general, constructores de grandes nidos y muy ruidosos; yo creo que el H. gutturalis, es el que chilla más fuerte y construye nidos más grandes de toda la familia. Macho y hembra viven juntos en la misma localidad durante todo el año. Los pichones, cuando pueden volar, permanecen con sus padres hasta la época de anidar, de modo que las aves se ven a veces en parejas, pero con más frecuencia, en familias de cinco o seis individuos. Cuando comen se desparraman, destacándose cada uno en un gran arbusto, rascando y picoteando alrededor de las raíces en busca de insectos. A intervalos, uno de los viejos, asciende a un arbusto y llama a los Otros con fuertes gritos penetrantes. Todos se apuran a llegar al lugar del encuentro y desde las cimas de los arbustos irrumpen en un agudo coro que, a la distancia, parecen estallidos de risa histérica. En un lugar en el que viví algunos meses, había unos arbustos a alrededor de tres kilómetros de la casa en la que me hallaba, en donde estas aves acostumbraban celebrar frecuentes reuniones, y en esa clara atmósfera podía oír perfectamente sus gritos extravagantes a esa distancia.

Después de cada hazaña, se perseguían pasando de arbusto a arbusto con un salvaje vuelo espasmódico y emitiendo notas ásperas y excitadas.

Para anidar, eligen un arbusto bajo, fuerte, bien desarrollado. El nido es hecho con fuertes astillas, es de forma esférica perfecta, de 1,20 a 1,50 metros de profundidad, siendo muy grande la cámara de su interior. La abertura se encuentra a un lado, cerca de la cima, llegándose a ella por una estrecha galería abovedada, bien hecha con astillas delgadas que reposan a lo largo de una rama horizontal y de alrededor de 35 centímetros de largo. Esta peculiar entrada impide, sin duda, la intrusión de serpientes y pequeños mamíferos. La construcción se diferencia de todos los nidos en forma de cúpula de otras especies de Trepadores, en la amplitud de la cavidad en donde se ponen los huevos. Si se sacara la cúpula, un águila o un buitre podría empollar en él con toda comodidad. El nido es tan fuerte que yo me paré en la cima de uno y lo golpeé con mis pesadas botas, sin deteriorarlo en lo más mínimo y, para romper uno, tuve que introducir el cañón de mi escopeta en él y romperlo de a pedazos.

Examiné alrededor de doce de estas enormes construcciones, pero todas las encontré antes o después de la época de postura de huevos, de modo que no vi ninguno.

TREPADOR DEL LITORAL

Picolaptes angustirostris

Arriba, cabeza y cuello negruzcos, con saetas oblongas blancuzcas en la coronilla y cuello; anchas superciliares blancas, extendiéndose casi hasta la espalda y rompiéndose en sus extremos inferiores, en manchas asaetadas; resto de la superficie superior marrón oscuro, más claro en la rabadilla; plumas de las alas castaño oscuro pálido; barbas externas y anchas manchas de las primarias negruzcas; cola castaña; lados del pecho y vientre muy manchado con débiles rayas negruzcas; cobijas inferiores de las alas canela; largo 21 centímetros.

Este es el único miembro del género Picolaptes, que hasta ahora se ha encontrado dentro de los limites de la República Argentina. Azara encontró que abundaba en Paraguay, y en su libro lo llama Trepador común. En Buenos Aires es un visitante estival, apareciendo a fines de septiembre. Es solitario, nunca se lo ve fuera de los bosques, e invariablemente emite un fuerte grito melancólico cuando pasa de un árbol a otro. Siempre se posa en el tronco, cerca del suelo, trepando por la corteza en una posición vertical, soportado por la cola, y con la cabeza echada hacia atrás a fin de dar libre juego al pico en extremo largo.

Habiéndose posado de esta manera, avanza por saltitos, explorando los agujeros en la madera, en busca de pequeños, insectos, hasta que alcanza las ramas, desde donde vuela al árbol próximo. Es, de hecho, un Trepador de árboles, por su modo de buscar alimento.

CHOCA MENOR DEL OESTE

Thamnophilus ruficapillus

Arriba marrón oliva teñido de leonado; preorbitales blanco amarillento; superciliares y lados de la cabeza gris blancuzcos; cañones marrón oliva; cola negra, las rectrices excepto el par central, manchadas y muy salpicadas en las barbas internas con blanco; abajo gris blancuzco, todas las plumas rayadas transversalmente de negro; largo 15,5 centímetro. Hembra: como el macho con excepción de la cola que es marrón leonado y las manchas de abajo apenas perceptibles.

Este ave es una de las cuatro especies de su género, que se extiende hacia el Sud hasta el territorio argentino, en donde es la única representante de la familia Formicaridae. Como los Tiránidos y Trepadores, está confinada a América, pero es menos difundida que aquellas dos familias, siendo la mayoría aves de las regiones boscosas tropicales.

La presente especie es bastante común en las provincias del Este de Argentina, y se extiende hacia el Sud, hasta Buenos Aires. Es solitaria y tímida; se encuentra en los bosques y espesuras a lo largo de las costas del Plata. A veces emite una singular nota baja y áspera, que constituye su único lenguaje. El nido es una construcción liviana y poco profunda, ubicado en un árbol bajo. Los huevos son blancos, muy manchados de marrón rojizo. Es probable que esta especie sea, en cierta extensión, migratoria, pues yo la he observado sólo en verano.

El relato de Azara sobre otra especie, Batará mayor, Thamnophilus major, que habita Paraguay y el Norte argentino, es prologado por las interesantes anotaciones siguientes, relativas a las aves de este género, que él conocía:

"Jamás se encuentran en matorral seco, ni único; es menester que haya muchos juntos o próximos, y no salen a lugar donde les puedan ver sino por pocos momentos temprano y tarde, y entonces no en las ramas elevadas, sino en las bajas; de modo que apenas se alejan nunca dos varas del suelo. Tampoco entran en los grandes bosques, ni quieren árboles gruesos, y aborrecen los campos y lugares descubiertos. No admiten más sociedad que la del amor; comen únicamente los gusanos que pillan en los mismos matorrales que corretean, o en el suelo, donde baxan a cogerlos, volviendo sin detención a las ramas para tragarlos. Son estacionarios, y vuelan tan poco, que apenas pasan de un matorral a otro. Muchas de sus especies tienen la misma voz o canto; el que es extraño, fuerte y solo se oye cuando hay amor, sin que pueda distinguirse por el canto la especie que le produce. Se reduce a un trino o repetición frecuente de la sílaba tá, por el mismo estilo que el Hornero. Aumentan la gracia de su himno, largo y frecuente, que se oye de media milla, con un batimiento de alas, como el que hacen otros páxaros".

GALLITO

Rhinocrypta lanceolata

Arriba, cabeza y parte superior del cuello marrón rojizo, con una fina saeta blanca en cada pluma, siendo las rayas más visibles en las plumas de la cresta; parte inferior del cuello, espalda, rabadilla y alas oliva grisáceas; cola negruzca; abajo garganta y parte superior del pecho gris, volviéndose blanco puro en el medio del vientre, lados del vientre, flancos y cobijas inferiores de la cola como la espalda; pico color cuerno, patas negras; largo 22,5 centímetros.

La última especie de Passeriformes que falta describir, es la única que conozco que pertenece a la singular familia sudamericana, Pteroptochidae. La mayoría son nativos de Chile y el extremo Sudoeste del continente sudamericano, pero tienen representantes en los Andes del Ecuador y Colombia y en la alta meseta del centro del Brasil.

El nombre vernáculo de Gallito, por el que se conoce a esta especie, no puede dejar de parecer apropiado a todo el que la ve, pues se contonea y corre por el suelo con la cola erguida, pareciéndose mucho a una diminuta ave doméstica. En la vecindad de Carmen de Patagones, en el Río Negro, es muy abundante, y cuando yo estuve allá, su fuerte y profundo chirrido, que se oye por todas partes en la espesura, pronto atrajo mi atención, del mismo modo que me sucedió con el continuo pudo de las Golondrinas, la primera vez que pisé Inglaterra. En el interior del país no es tan común, de modo que es probable que la presencia del hombre la haya afectado favorablemente. Sus hábitos divierten y desconciertan al que está ansioso de conocerla; pues posee apenas la facultad del vuelo y no puede ser espantada; pero se alarma con tanta facilidad, es tan veloz y tan amiga de esconderse, que es dificilísimo verla. Al mismo tiempo es en extremo curiosa; y no bien advierte un intruso en el matorral, emite su nota de aviso.

Toda ave que la oye, salta a un tupido arbusto espinoso, desde el que lanza, cada tres o cuatro segundos, un fuerte y profundo chirrido, y a intervalos, un violento grito de regaño, que repite varias veces. Cuando alguien se acerca, todos se escurren disimulados por los arbustos con asombrosa rapidez, a refugiarse a cierta distancia, desde donde reanudan su fuerte protesta. Pero cuando el perseguidor abandona la cacería y se vuelve, inmediatamente lo siguen, de manera que está siempre cercado por el mismo anillo de airados sonidos, que se mueve con él, sin acercarse ni permitiéndole descubrir a los que lo producen.

En tres o cuatro ocasiones he visto a uno elevarse del suelo, y alcanzar varios metros con un vuelo débil y vacilante; pero cuando se los persigue de cerca en un lugar abierto, parecen incapaces de alzarse.. Por lo general descienden volando desde la cima de un arbusto, pero siempre ascienden saltando de ramita en ramita.

El nido es hecho en el centro de un arbusto espinoso de 60 a 90 centímetros del suelo. Es redondo y en forma de cúpula, con una pequeña abertura a un lado, y construido, en su totalidad, con menudo pasto seco. Pone cuatro huevos de un blanco puro.

COLIBRI

Chiorostilbon splendidus

Cabeza, partes superiores y cobijas de las alas bronce dorado tirando al verde en las cobijas de la parte superior de la cola; alas marrón purpurino; cola negra con lustre verdoso; garganta y pecho verde esmeralda brillante; pico rojo vivo; largo 9 centímetros. Hembra verde bronceado arriba y gris abajo.

Los Trochilidae o Colibríes, son un grupo exclusivamente sudamericano.

Constituyen una de las familias de aves más numerosas del globo, existiendo más de cuatrocientas especies conocidas y encontrándose en todo el continente, hasta Tierra del Fuego. Resulta sorprendente pues encontrar que, entre tantas especies, sólo existan, en Argentina, alrededor de una docena.(96) Y lo que es más sorprendente, los Colibríes pertenecientes a estas pocas especies abundan en todo el territorio. Aun en la mayoría de las pampas herbosas y sin árboles de Buenos Aires, que no se adaptan a los hábitos de este alado habitante de las selvas, se encuentra por doquier una de estas especies.

Personalmente yo sólo conocí tres especies y recuerdo que cuando vivía en la pampa abierta, cada vez que la acacia blanca de mi casa estaba en flor, se producía una invasión de Colibríes. La plantación estaba dividida por avenidas de grandes acacias (alrededor de mil en total) y mientras duraban las flores, los pequeños Colibríes se veían en todo el lugar, más aún, en cada árbol, emborrachándose en la fragante dulzura; pero tan pronto las flores se secaban, las aves se iban y sólo permanecían dos o tres parejas para reproducirse y pasar los meses de verano en la plantación. Todas estas aves pertenecían a una de las especies de Colibríes, pero alejándome unos pocos kilómetros de casa, hacia el pantano y la selva de la costa baja del Río de la Plata, yo encontraba las otras dos especies. Pasé un verano observando aves en el rancho de un puestero que se hallaba en la floresta pantanosa. Acostumbraba salir, a la puesta del sol, a un pequeño claro cubierto de borragináceas en flor. No hay ninguna flor que guste más al Colibrí que la que acabo de mencionar, y, justo al anochecer es cuando se halla más ocupado comiendo. Aquí, parado entre las flores, miraba los brillantes pajaritos yendo y viniendo. Cada uno permanecía un minuto o dos extrayendo néctar, luego desaparecía de nuevo entre los árboles sombríos y siempre, a mi alrededor y a la vista, había de cincuenta a cien de ellos a la vez. Aquí las tires especies se alimentaban juntas, pero yo me familiaricé con los hábitos de una sola: la que describo aquí.

El Colibrí verde común aparece en la vecindad de Buenos Aíres en septiembre, y cuando la primavera está más avanzada, se encuentra en todas partes en las pampas donde hay arboledas, pero nunca se lo ve en las llanuras desarboladas.

Sus súbitas apariciones, en gran número, en las plantaciones de las pampas donde hay flores hacia las que demuestra preferencia, como las de la acacia, y sus también súbitas partidas, cuando las flores habían caído, me llevaron a la conclusión de que su migración se extendía mucho más al Sud, es probable que hasta la mitad de la Patagonia. Como muchos Colibríes es, en su brillante capa verde, un animalito exquisitamente hermoso; y en su vida aérea y rápidos movimientos, un milagro de energía. A aquellos que han visto el Colibrí libre, en su medio ambiente natural, les parecen ociosas todas las descripciones de su apariencia y movimientos. En los hábitos de los Trochilidae hay una singular monotonía; y el Colibrí difiere muy poco, en sus costumbres, de las otras especies que han sido descriptas. Es sumamente peleador; los machos se enfrentan en el aire y ascienden con rapidez, girando cada uno alrededor del otro hasta que, a considerable altura, se separan de pronto y se lanzan en direcciones opuestas. A veces se ven dos o tres brillando, persiguiéndose uno al otro con tal velocidad que aun el vuelo del Vencejo, que según se dice alcanza unos setecientos cincuenta kilómetros por hora, parece lento a su lado. Esta especie posee también el hábito de lanzarse hacia una persona y permanecer cerca de su cara por un momento, como si estuviera colgado en el aire a semejanza de las abejas.

También, con frecuencia, vuela hasta una casa, ventana o puerta, pero cuando esto sucede, no se confunde como les pasa a aves de otra clase y es lo suficientemente vivaz como para poder escapar sin ser molestado. Se alimenta con gran cantidad de diminutas arañas y le agrada explorar las superficies de barro y ladrillo de las paredes, donde se lo ve introduciendo con inteligencia su delgado pico rojo en los pequeños agujeros de las arañas, en busca de presa. El nido, como el de la mayoría de los Colibríes, es una construcción pequeña y bella hecha de distintos materiales, íntimamente unidos con telas de araña. Se halla sobre una rama, o en una horquilla o suspendido de delgadas enredaderas o vides y ramitas colgantes. Algunas veces el nido está suspendido del alero de un rancho, porque, excepto cuando se lo persigue, no teme la presencia del hombre.

Pone dos huevos blancos.

Además del gorjeo, parecido a un chirrido, que emite a cortos intervalos mientras vuela o permanece en el aire, esta especie tiene un canto definido, compuesto de cinco o seis notas tenues y chillonas emitidas en rápida sucesión cuando el ave está posada.

Es un canto como el del Cerrojillo europeo de cresta dorada y se le asemeja en el sonido, pero es o menos musical o más chillón.

ÑACUNDA

Podager nacunda

Marrón por arriba con manchas vermiculosas y parches negros; alas negras con una ancha barra blanca a través de la base de las primarias; cuatro plumas exteriores de la cola con ancho extremo blanco; pecho marrón muy manchado de negro; mentón de color leonado; banda blanca a través de la garganta y vientre; largo 27,5, ala 24 centímetros. Hembra similar, pero sin el color blanco en la cola.

El nombre específico de este Chotacabras proviene del guaraní, Ñacundá, el que, según nos cuenta Azara, es el sobrenombre que se da toda persona de boca muy grande. En Argentina tiene muchos nombres; se lo llama Dormilón, Duerme-Duerme, Atajacaminos y también Gallina ciega. Es un ave grande y hermosa. Difiere de sus congéneres en que es gregario y nunca se posa en los árboles o penetra en los bosques. Es un habitante de las pampas abiertas. En Buenos Aíres y también en Paraguay, de acuerdo con Azara, es un visitante estival, llega a fines de septiembre y se marcha a fines de febrero. En la época del celo, se oye a veces al macho proferir un canto o reclamo con notas de un carácter profundo y misterioso; en otras épocas son por completo silenciosos, excepto cuando al ser perturbados durante el día se echan a volar emitiendo la sílaba "caf" con una voz cavernosa. Cuando se lo espanta, se lanza en salvajes zigzags, pegado al suelo; luego, de pronto, cae como una piedra, desapareciendo de la vista como si la tierra se lo hubiera tragado, tan perfecta es la semejanza entre el colorido del plumaje de la parte superior de su cuerpo y el suelo. A la tarde comienza a revolotear más temprano que muchos Caprimúlgidos, cazando insectos, como las Golondrinas, volando sobre la superficie del suelo y de las aguas con un vuelo rápido e irregular; es posible que el hábito de posarse en sitios abiertos, expuestos al intenso resplandor del sol, lo hayan hecho menos nocturno que otras especies que buscan el abrigo de las hierbas o de los bosques espesos durante las horas de luz.

El Ñacundá se reproduce en octubre. No hace nido, pero pone dos huevos en un sitio donde raspa el suelo a campo abierto. Dalgleish, al hablar de los huevos dice: "Son de forma ovalada y se asemejan a los del Chotacabras, con excepción del manchado que, aunque similar a los de este último en aspecto, son de color marrón rojizo u oporto".

Después de la época de la reproducción se los encuentra, a veces, en bandadas de cuarenta o cincuenta individuos que pasan meses en el mismo sitio, regresando a él cada año en igual número. Un verano, una bandada de alrededor de doscientos ejemplares frecuentó una pradera cercana a mi casa y cierto día observé que, muy temprano por la tarde, se elevaban y comenzaban a revolotear en 10 alto como una bandada de golondrinas preparándose a emigrar. Los observé durante más de una hora pero no se separaron en busca de alimento como 10 hicieran en tardes anteriores sino que, después de un rato, comenzaron a elevarse más y más, manteniéndose siempre juntos hasta que desaparecieron de la vista. A la mañana siguiente me encontré con que se habían ido.

En Entre Ríos, Barrows nos cuenta que este Dormilón es un residente estival que abunda mucho; llega temprano en septiembre y se marcha en abril. Es estrictamente crepuscular o nocturno y nunca, por propia voluntad, alza el vuelo durante el día. En noviembre pone un par de huevos manchados, dentro de un hueco cavado en el suelo a campo abierto. Estos, en forma y manchado, se asemejan algo a los del Añapero (Chordeiles virginianus) pero son más grandes y tienen un tinte rojizo diferente. "Por lo común encontramos las aves cerca de Bahía Blanca, 17 de febrero de 1881; pero no los observamos en otras partes de las pampas

Los Dormilones de Sud América se hallan reunidos en unas cincuenta especies; de las cuales seis se encuentran en Argentina. Yo sólo conocí dos, la descripta aquí y la pequeña especie Antrostomus parvulus, que es rara en Buenos Aires.

CARPINTERO REAL

Chrysoptilus cristatus

Parte superior del cuerpo negra con fajas blancas; rabadilla blanca con manchas negras; punta de la cabeza negra, nuca escarlata; costados de la cabeza blancos bordeados de negro; abajo blanco; cuello amarillento, cubierto con manchas negras redondas; garganta blanca con franjas negras; cola negra, rectrices laterales con ligeras franjas amarillas; largo 26,5 centímetros. Hembra similar.

En América del Sud y Central, hay no menos de ciento veinte especies de Carpinteros; en Argentina hay sólo trece especies conocidas, y la mayoría de ellas están confinadas a los distritos boscosos del Norte. Cinco especies, de las cuales conocí las cuatro siguientes, llegan al Sud, hasta Buenos Aires.

El Carpintero Real se extiende, hacia el Sud, hasta la vecindad de Buenos Aires, siendo común en las pocas localidades que poseen bosques naturales. Es el más hermoso de nuestros Carpinteros; tiene untes más brillantes que su congénere de los llanos, el Colaptes agrícola. Como esta ave, aunque no en igual grado, ha divergido de los típicos Picidae en sus costumbres, pues a veces se posa en el suelo para alimentarse y también, con frecuencia, se para a manera de cruz en las ramas de los árboles. Tiene una nota poderosa, clara, abrupta, que repite a menudo y su vuelo es rápido y ondulado.

La interesante nota siguiente, relativa a sus hábitos de reproducción, aparece en una nota de Gibson: "La excavación para el nido comienza temprano, en septiembre, pero no pone los huevos hasta la primera mitad de octubre. Por lo general comienzan el hueco en el sitio de donde cayó alguna rama, cuidando de que el resto del árbol sea sano. Lo abren a una altura de dos a dos metros y medio del suelo y lo excavan hasta cerca de treinta centímetros de profundidad.

En ocasiones, es lo suficientemente ancho como para permitir la introducción de una mano, pero esto no es común. Salvo algunas astillas de madera, no preparan el nido para recibir los huevos.

"La pareja que frecuentó el jardín, excavó un hueco en un paraíso en el que permaneció dos años consecutivos. El árbol estaba cerca de un camino y cada vez que alguien pasaba, el ave, de inmediato, mostraba su cabeza en la abertura como un muñeco en una caja de resorte, y luego se alejaba volando. El último año esta pareja anidó en uno de los postes de la caballeriza, no obstante el ruido y agitación de dicha vecindad. Al alba, mientras esperaba que encerraran a la tropilla de caballos, yo golpeé muchas veces el poste a fin de hacer abandonar su nido al Carpintero; pero el ave parecía indiferente al suave ataque y permanecía en el nido hasta cuando un centenar de yeguas y caballos se abalanzaba al corral o se arrojaba contra sus paredes. En otra ocasión había trabajado durante media hora con martillo y escoplo, haciendo un agujero a la altura del fondo del nido, cuando sólo entonces la hembra demostró su presencia volando afuera, casi contra mi cara. Este nido contenía cuatro huevos, que tomé, y que habían sido incubados durante bastante tiempo. Al pasar por ese sitio dos semanas después, inspeccioné el agujero y me sorprendió el ver que había sido profundizado y que habían sido puestos otros cinco huevos, mientras que la entrada que yo había cortado era la que ahora usaban las aves. El nido fue ocupado de nuevo al año siguiente y se empolló una nidada, pero desde entonces una pareja de Ratonas ocupó el lugar desalojando a sus verdaderos propietarios."

Pone cuatro o cinco huevos blancos, con forma de pera y cáscara pulida. White obtuvo ejemplares de este Carpintero en Catamarca y Barrows lo encontró en Entre Ríos. Este último nos cuenta que: "abunda por todas partes en los bosques y es notable por su actividad, colores brillantes y gran tamaño".

CARPINTERO DE LAS PAMPAS

Colaptes agricola

Parte superior del cuerpo blanco grisáceo atravesado por franjas transversales negras; alas negras con rayas amarillo doradas y fajas blancas en la parte exterior; rabadilla blanca con pequeñas barras negras cruzadas; parte superior de la cabeza negra; costados de la cabeza y parte anterior del cuello amarillos; faja roja a la altura del maxilar; largo 32,5 centímetros. Hembra similar pero sin la faja maxilar roja.

La especie conocida por lo común como Carpintero, en Argentina, y que se extiende hacia el Sud hasta Patagonia, pertenece al grupo de los Picidae sudamericanos que difieren muchísimo, en hábitos, de los típicos Carpinteros.

Por lo general se posan en los árboles en posición horizontal y formando cruz, como la mayoría de las aves. Sólo en ocasiones se cuelgan verticalmente de los troncos de los árboles, usando la cola como soporte. Buscan su comida más en el suelo que en los árboles a los que, en algunos casos, ni siquiera registran; también es más común que empollen en montículos o peñascos que en los troncos de los árboles. Como Darwin hace notar en el capítulo sobre Instinto en "El origen de las especies", estas aves, en pequeño grado, se han modificado estructuralmente de acuerdo con sus costumbres menos arbóreas: el pico es más débil, las rectrices menos duras y las patas más largas que en otros Carpinteros. Este grupo está representado en Bolivia y el Sud del Brasil por el Colaptes campestris; en Chile por el C. pitius en Argentina por el C. agrícola.

La descripción de Azara que se titula "El Campestre" se refiere, probablemente, a la especie brasileña, pero está tan de acuerdo con lo que es en realidad el Carpintero de las pampas, que no puedo menos de transcribirlo en su totalidad.

"Aunque parezca que este nombre (Campestre) repugna a todo Carpintero, ningún Otro puede caracterizar mejor al presente porque jamás se interna en bosques, ni corre troncos, ni hace caso de sus gusanos, y busca su alimento en los prados y campos limpios, corriéndolos a pasos frecuentes y no torpes; para lo cual tiene las piernas más largas que los Otros. Allí pica con fuerza en la grama, donde conoce hay lombrices ú otros insectos; pero un solo golpe ó dos bastan para lo que desea; y cuando están húmedos los hormigueros, los suele picotear para comer sus hormigas ó los huevos. No por esto deja de posarse en árboles gruesos ó delgados, en los troncos, ramas y piedras, ya estén horizontales ó verticales, y ya con el cuerpo trepado, ó como el común de los páxaros. No huele mal como los Otros, y en el suelo y volando canta con fuerza y frecuencia. Va á pares o en familia, y es el más común en todos estos países. Pone de dos a cuatro huevos (que me han traído), blancos muy lustrosos, bastante agudos en un extremo, y sus ejes 14 y la 1/3 líneas. Cría en los agujeros, que fabrica en las paredes de tapia ó adobes crudos abandonadas, y en las barranqueras de los arroyos, penetrándolas más de dos palmos, poniendo los huevos sin colchón."

En Patagonia, en donde encontré esta ave anidando en los peñascos del río Negro, sus costumbres son exactamente como dice Azara; pero en las pampas de Buenos Aíres donde las condiciones son diferentes pues no hay barrancas o viejas paredes de barro que convengan para anidar, el Carpintero de las pampas recurre al grande y solitario ombú (Pircunia dioica), que tiene una madera muy blanda, y excava un agujero de 17,5 a 22,5 centímetros de profundidad. más inclinado cerca del fondo y terminado en una cámara redonda.

Este regreso a un hábito ancestral el que (teniendo en cuenta la estructura modificada del ave) debe haberse perdido en un periodo remoto de su historia, es en exceso curioso. Antiguamente, este Carpintero era bastante común en las pampas. Recuerdo que cuando yo era un muchachito, casi una colonia vivía en los ombúes que crecían alrededor de mi casa; ahora está próximo a extinguirse, y uno puede pasar años en los llanos sin encontrar un solo ejemplar.

Barrows, refiriéndose a esta especie, cuenta lo siguiente: "Es abundante y se reproduce en todas las localidades visitadas. En Concepción, en donde es sedentario, es sin duda el Carpintero más común. Su canto ordinario se asemeja muchísimo a la repetida nota de alarma del Chorlo mayor de patas amarillas (Totamus melanoleucus) pero tan fuerte, que resulta casi hiriente cuando es cercano y puede ser oído con facilidad a 1.800 metros o más a la redonda. Pasan la mayor parte del tiempo en el suelo y muy a menudo encontré bastante embarrados los picos de los Carpinteros que acababa de cazar. El 6 de noviembre de 1880 se encontró, cerca de Concepción, un nido en el tronco hueco de un árbol. Su entrada estaba a través de una ancha hendedura, a alrededor un metro del suelo. Los cinco huevos blancos yacían sobre la basura, en el fondo de la cavidad, probablemente a treinta centímetros del suelo. En la región despoblada de árboles que está alrededor de la Sierra de la Ventana, vimos estas aves cerca de agujeros en los bancos de los arroyos en donde, sin duda, tenían sus nidos."

MARTIN PESCADOR GRANDE

Ceryle torquata

Parte superior azul grisácea con estrechas franjas negras y pequeñas manchas blancas redondeadas: alas negras con las barbas interiores blancas cerca de la base; cola negra con barras blancas; parte inferior castaño rojizo: garganta y abdomen blancos: largo 37,5 centímetros. Hembra similar pero con una ancha banda pectoral azul.

Esta hermosa ave, el más grande de los Martines pescadores americanos, se encuentra en la mayor parte de Sud y Centro América. En Argentina no es común, pero tiene una amplia distribución y es conocido en Buenos Aíres y Patagonia. En el Sud de Patagonia difiere en color, siendo pizarra gris azulado en la parte superior con profusión de pintitas blancas y redondas como las de una Gallina de Guinea, de aquí el nombre especifico de stellata que le confirieron algunos ornitólogos que lo consideran una especie aparte.

No obstante su amplia distribución y gran belleza, se ha dicho muy poco sobre las costumbres de esta especie. En Amazonas, Bartlett cuenta: "Anida en compañía del Ceryle amazona. Sin embargo, el nido es ubicado en el banco a mucha más profundidad que en el caso del ave nombrada en último término; el agujero tiene de uno a dos metros de hondo, con una cámara en el fondo lo suficientemente grande como para contener los pichones ya algo crecidos."

Dos otras especies de Martines pescadores se extienden tan al Sud que llegan hasta las pampas de Buenos Aíres. La primera, un tercio menor en longitud que el Martín pescador de collar, es el Martín pescador amazónico, Ceryle amazona, de color verde oscuro en la parte superior y, en la inferior, blanco con una ancha faja pectoral castaña. En Buenos Aíres, esta ave era común y por lo general se la veía en parejas. Su grito es extremadamente fuerte, duro y abrupto y lo repite con tanta rapidez que suena como el silbato de un policía. Pero no es éste su único lenguaje y yo me sorprendí mucho un día al oír un gorjeo de notas largas y claras, algo así como el sonido de una flauta, que saltaba de árbol en árbol a lo largo de la costa de un arroyo. Parece muy extraño que fuera un Martín pescador melodioso, pero Barrows también escuchó, con gran sorpresa, el canto del Ceryle americana. Yo creo que las aves de este grupo poseen una facultad de canto que rara vez ejercitan; con el C. americana estoy muy familiarizado, pero nunca le oí emitir otra nota excepto su grito vivo y duro semejante al del C. amazona, pero menos potente.

Este Martín pescador fue encontrado por White en Cosquín, en donde por lo general se halla a lo largo de las acequias o canales hechos con el propósito de irrigar las tierras cultivadas. Estos canales están en sitios bordeados por matorrales y árboles, son medianamente profundos, con una rápida corriente y abundantes pececillos, por eso es que parece preferirlos como sitio de pesca, en lugar de los lechos rocosos de los ríos.

Según nos cuenta Barrows, en Entre Ríos este Martín pescador es común a lo largo del Bajo Uruguay y algunas veces remonta, aunque cortos trechos, los pequeños riachos. Permite que se le acerquen mucho más que el C. torquata. La otra especie, la más pequeña de esta familia en Sud América, el Martín pescador chico, Ceryle americana, es más o menos del tamaño del Martín pescador europeo.

Por su colorido se asemeja al último que acabamos de describir. En su grito y costumbres recuerda también al C. americana.

Debe hacerse notar que los Martines pescadores están pobremente representados en Sud América, habiendo sólo ocho especies conocidas en todo el continente y todas ellas del género Ceryle; mientras que, en el Viejo continente, hay ciento veinte especies conocidas y muchos géneros.

PIRINCHO

Guira piririgua

Parte superior marrón oscura Con franjas blancas; cabeza marrón, alas marrón rojizas; rabadilla blanca; cola blanca cruzada con una ancha banda negra, las dos plumas centrales de color marrón uniforme; parte inferior blanco oscuro; garganta y pecho con largas líneas negras; pico y patas amarillas; largo 37,5 centímetros. Hembra similar.

Piringua, el término específico adoptado para esta ave por los naturalistas es, de acuerdo con Azara, el nombre vernáculo de esta especie en Paraguay. Dice que abunda mucho en dicho país, pero escasea en el distrito del Plata. Sin duda ha aumentado mucho su número y ha extendido su radio de acción hacia el Sud, durante la centuria transcurrida desde la época de Azara, pues ahora es muy común en Buenos Aíres, en donde su nombre vernáculo es Urraca. En el país citado en último término aún no se halla muy en armonía con el medio ambiente.

En todas partes su costumbre es de alimentarse exclusivamente en el suelo, a pesar de poseer patas hechas para trepar; pero su muy escaso plumaje, su vuelo pesado y trabajoso y su cola larga y cuadrada, tan inapropiados para clima frío y borrascoso, muestran que la especie es todavía una intrusa, no modificada, proveniente de la región de verano perpetuo cercana al Ecuador.

El Pirincho es de, más o menos, 40 centímetros de largo, tiene ojos rojos y patas azules y su pico es rojo naranja. La coronilla es bermejo oscuro y las plumas, libres como cabellos, se estiran en una cresta puntiaguda. La espalda y rabadilla son blancas; las alas y otras partes superiores pardo oscuras marcadas con blanco y marrón claro. La superficie inferior es blanco sucio, con líneas negras como cabellos en la garganta y pecho. La cola es cuadrada, de 22,5 a 25 centímetros de largo, las dos plumas del medio marrón oscuro y las otras, de tres colores amarillas en la base, la parte del medio de un lustroso verde oscuro y el final blanco y, cuando el ave vuela, la cola, abierta como un abanico, forma un objeto visible y hermoso.

Durante el inclemente invierno de Buenos Aíres, el Pirincho es un ave desdichada y parece sufrir el frío más que cualquier otra criatura. A la tarde la bandada, compuesta por lo general de doce a veinte individuos, se reúne en la gruesa rama de un árbol resguardada del viento, amontonándose las aves en busca de calor y posadas, algunas de ellas, en las espaldas de sus compañeras. Yo las he visto con frecuencia durmiendo profundamente, una o dos de ellas en la cima para coronar la pirámide; pero a pesar de estar todas amontonadas, una gran helada mata, con toda seguridad, a una o más aves de la bandada. Algunas veces, varias aves que han caído de las ramas ateridas de frío se las encuentra bajo los árboles a la madrugada. Si la mañana es clara, la bandada se dirige a algún árbol grande sobre el que brilla el sol, y se ubica en las ramitas más externas del lado del norte, cada ave con las alas caídas y la espalda vuelta hacia el sol. En esta abatida actitud permanecen una hora o dos, caldeando su sangre y secando el rocío de su escaso ropaje. Durante el día se calientan al sol y al atardecer se las puede ver sobre el lado asoleado de un seto o árbol, entibiando sus espaldas con los últimos rayos. Es debido sin duda a su fecundidad y a la abundancia de alimento, que el Pirincho puede subsistir tan al Sud a pesar de su terrible enemigo: el frío.

Con el retorno del tiempo caluroso esta especie se vuelve activa, ruidosa y la más alegre de las aves. La bandada deambula constantemente de un sitio a otro, de un modo inconexo y disperso, un ave detrás de otra, emitiendo sin cesar al viento un grito largo y lastimero. A intervalos, durante el día, emiten también una especie de canto compuesto de una serie de notas largas y moduladas como silbidos, de dos sílabas, la primera poderosa y vehemente y haciéndose, a cada repetición, más baja y corta para terminar en una sucesión de sonidos semejantes a los ronquidos de un hombre dormido. Cuando alguien se les acerca, todas rompen en un coro de alarma con notas como de matraca, tan fuertes y ruidosas que el intruso, sea hombre o animal, se alegra de ponerse rápido fuera de su alcance.

Cuando la época del celo se aproxima se las oye -es probable que a los machos- emitir un chirrido suave y bajo que suena a veces como una persona que riera y llorara al mismo tiempo; la bandada luego se deshace formándose parejas. Las aves se vuelven silenciosas y muy circunspectas en sus movimientos. El nido lo construyen por lo común en un árbol espinoso; con palos bastante grandes y es de estructura tosca, la parte interior revestida, a menudo, con hojas verdes arrancadas de los árboles. Sus huevos son grandes, si se considera el tamaño del ave; por lo general en número de seis o siete, pero el número varía mucho y he conocido un ave que puso hasta catorce. Son de forma elíptica y hermosos más allá de toda comparación, de un exquisito azul turquesa, con toda la cáscara rugosa salpicada de blanco. Las manchas blancas están compuestas de una sustancia calcárea blanda, en apariencia depositada sobre la superficie de la cáscara después de su completa formación; son en relieve, semejan copos de nieve y cuando el huevo está recién puesto pueden ser quitadas con facilidad con agua fría, tienen una delicadeza tan extrema que su pureza se pierde con sólo tomar el huevo en la mano. Los pichones salidos de estos hermosos huevos son proverbiales por su fealdad, tanto que, "pichón de Urraca", es una expresión de desprecio que se aplica por lo común a una persona que carece de gracia. Son tan sucios como feos; el nido que contiene por lo general seis o siete pichones es desagradable a la vista y al olfato. Hay algo ridículo en el canto de estos pichones que es semejante a la risa chillona y medio histérica de una mujer. Un verano había una gran nidada en un árbol cercano a mi casa y cada vez que oíamos a la madre apurándose a volver al nido con alimento en su pico y emitiendo sus lastimeros gritos, acostumbrábamos correr a la puerta a escucharlos. Tan pronto como llegaba al nido, los pichones prorrumpían en un estrépito tan salvaje y extravagante y continuaban por tan largo rato, que a nosotros nos resultaba una diversión el oírlos.

De acuerdo con Azara el Pirincho, en Paraguay, tiene estrecha amistad con el Ani (Crotophaga ani) con quien se asocia en bandadas y hasta ponen sus huevos juntos en un mismo nido. Azara afirma que vio nidos conteniendo huevos de ambas especies. Es posible que estos nidos le hayan sido llevados por sus colectores indios, que tenían la costumbre de engañarlo, y es más probable que en este asunto estuvieran especulando en su credulidad, aunque es cierto que aves de diferentes especies depositan, a veces, sus huevos en un mismo nido, como yo he hallado que sucede, por ejemplo, con el Pato común y la Perdiz. También dudo de que esta ave sea polígama, como sospecha Azara; pero con frecuencia desperdicia huevos y sus hábitos de procreación son a veces irregulares y confusos, como lo demostrará el caso siguiente:

Una bandada de alrededor de dieciséis individuos pasó el invierno en los árboles que rodeaban mi casa y, en primavera, se dispersaron por la plantación chillando y cantando en la forma que acostumbran durante la época del celo. Los observé y encontré que, después de un tiempo, la bandada se deshizo en grupos de tres o cuatro individuos, y no en parejas, y no pude descubrirlas construyendo nidos.

Al fin vi tres huevos rotos en el suelo, y observando el árbol sobre mi cabeza descubrí un nido incipiente compuesto de alrededor de doce astillas entrecruzadas, y del cual habían sido arrojados los huevos. Esto fue en octubre y por largo tiempo no se intentó construir otro nido, pero huevos desperdiciados eran arrojados al suelo en gran número y continué encontrándolos por, más o menos, cuatro meses. A principios de enero encontré otro nido incipiente y debajo de él, en el suelo, había seis huevos rotos. A fines de ese mes, dos grandes nidos habían sido construidos, cada uno por una pareja de aves, y en los dos se criaban catorce o quince pichones.

Criadas desde pequeñas estas Urracas se vuelven muy dóciles y también osadas, ruidosas, traviesas y mimosas, gustándoles sobremanera trepar y tirar de las ropas, botones y cabello de sus dueños o dueñas. Parece ser más inteligente que muchas de las otras aves y domesticadas se asemejan a la Urraca europea. En estado salvaje su alimento consiste, en su mayoría, de insectos los que persigue, a veces corriendo o volando a ras del suelo. También cazan lauchas y pequeños reptiles, se llevan los pichones de los nidos de los Gorriones y otras aves pequeñas y, en primavera se las puede ver con frecuencia siguiendo el arado para alzar lombrices.

CUCLILLO DE PICO NEGRO

Coccyzus melanocoryphus

Arriba marrón grisáceo pálido; cabeza cenicienta con una franja blanca sobre los ojos; abajo blanco coloreado de ocre; cola negra con extremo blanco, las dos plumas centrales como la parte superior; largo 29 centímetros. Hembra similar.El Cucú, llamado así debido a su canto, es la especie más común del género en la República Argentina y se extiende por una gran extensión en Sud América. Al llegar septiembre emigra hacia el Sud y una pareja, o unos pocos individuos, reaparecen con toda puntualidad cada primavera en todo huerto o plantación de las pampas. A intervalos su voz se oye entre los árboles, profunda, ronca y con algo de humano, estando compuesto su canto o llamado de una serie de notas como las sílabas cu-cu-cu, comenzando fuerte y amplio y transformándose en más rápido hasta que al final salen todas juntas. Es un ave cautelosa; se esconde de los ojos escudriñadores entre el más espeso follaje; se mueve con facilidad y elegancia aun entre las ramas más juntas y se alimenta principalmente de grandes insectos y orugas, que busca entre las malezas y arbustos del suelo.

El nido es de la estructura más frágil que se pueda imaginar, estando compuesto de unas pocas ramitas secas, sin duda arrancadas de los árboles por el ave y no alzadas del suelo. Están puestas una a través de otra para hacer una plataforma, pero el nido queda tan pequeño y plano que los huevos se caen con frecuencia.

Resulta asombroso que un ave no prepare algo mejor que esto para la gran función de la reproducción. Pone tres o cuatro huevos elípticos y de un opaco color verde mar.

En Argentina hay tres especies más del característico género americano Coccyzus,(114) una de las cuales descubrí que es el Cuclillo de pico amarillo de Norteamérica, Coccyzus americanus. Lo encontré en las plantaciones de las pampas, siempre a fines del verano o en los meses de Otoño (de febrero a abril), pero no puedo decir si se reproduce en este distrito. Debe ser que este Cuclillo, como algunos Chorlos y otras aves costeras de Norteamérica, extiende sus migraciones hacia el Sud hasta las pampas y Patagonia. Pero resulta difícil creer que cualquier Cuclillo pueda hacer este viaje. Si no se debe suponer que este Cuclillo, como el Vencejo púrpura, tiene dos razas que deben tener su punto de reunión en los trópicos; en cualquier circunstancia, ambos invernarían en el trópico y para reproducirse, uno volaría hacia el Norte, en mayo, y el otro hacia el Sud en septiembre.

Otra especie interesante es el Cuclillo gris. Coccyzus cinereus, de un color gris ceniza uniforme y el pico negro. Este Cuclillo es más pequeño que la especie precedente y difiere también en que posee la cola cuadrada y el pico más curvo. El pico es negro y los iris rojo sangre, lo que contrasta mucho con el gris azulado de la cabeza, dando al ave una apariencia osada y llamativa.

Esta especie no es abundante, pero creo que está extendiendo lentamente su distribución hacia el Sud, pues en los últimos años se ha vuelto mucho más común que antes. Como otros Cuclillos es de costumbres retraídas, se esconde en el denso follaje y no se lo puede atraer con una imitación de su reclamo, procedimiento que nunca falla con el Cuclillo. Su lenguaje no tiene, como el de otros Coccyzus, ese misterio profundo o cualidad "frailesca" como se la ha llamado con mucha perspicacia. Su canto usual o reclamo, que repite a cortos intervalos durante todo el día en la época del celo, semeja el canto de nuestra Palomita (Columbula picui) : Consiste en varias notas largas, monótonas y fuertes, es algo musical y nada quejumbroso. Posee también un grito fuerte y áspero que a uno le resulta difícil creer sea la voz del Cuclillo y que, en carácter, es más parecido al grito de una especie de Dendrocolaptinae.

De las treinta especies de Cuclillos que habitan Sud América, ocho se encuentran en Argentina. Cuatro de las cinco especies descriptas anteriormente, me fueron conocidas; las tres restantes no se extienden tan al Sud como Buenos Aires -"mi parroquia de Selborne", como me aventuré a llamarla en "El naturalista del Plata"- pero son aves tan interesantes, que no puedo resistir a la tentación de dar aquí una breve reseña de sus hábitos.

El Ani, Crotophaga ani, es más o menos del tamaño de nuestra Urraca europea. Es uno de los miembros más extraños de esta extraña familia, con el plumaje y algunas de las costumbres del Cuervo, con un uniforme casi enteramente negro con brillo bronceado, verde oscuro y púrpura. Su rasgo más peculiar es el pico: más grande en profundidad que en largo, semeja una inmensa nariz romana que ocupa todo el rostro y con el puente combado hacia arriba, hasta la parte superior de la cabeza. El Ani se encuentra sólo en la parte Norte del territorio de la República Argentina.

De acuerdo con Azara, es común en Paraguay y anida en bandadas asociado al Pirincho, al que se parece en el modo de volar, en ser gregario, en alimentarse en el suelo y en acercarse muchísimo a las casas. Por todas estas cosas ambas especies se diferencian ampliamente de la mayoría de los Cuclillos. Azara también dice que tiene una voz fuerte y desagradable, que sigue al ganado mientras pastorea, como el Molothrus, y construye, con astillas, un amplio nido forrado con hojas, en el cual deposita con frecuencia de veinte a treinta huevos. Varias hembras depositan juntas sus huevos en un nido. Su informe sobre estos extraños y desordenados hábitos reproductores han sido confirmados por otros observadores en otras partes del continente. Los huevos son ovalados y blancos por afuera, estando cubiertos de un depósito calcáreo blanco y blando que puede ser quitado con facilidad y bajo el cual se encuentra una cáscara lisa y dura de un hermoso color azul.

La segunda especie es el Cuclillo marrón, Diplopterus naevius, cuyo nombre vernáculo es Crispín. Se encuentra a través de la región cálida de Sud América y en diferentes distritos, variando considerablemente en tamaño y colorido. Es de alrededor de treinta centímetros de largo, el pico muy curvado; el color predominante en las partes superiores es marrón claro; las plumas libres de la cabeza, que forman una cresta, bermejo profundo. Las cobijas superiores de la cola son plumas largas y libres, de una longitud muy irregular, la más larga alcanza casi el extremo de la cola. La parte inferior es blanco sucio o salpicado de gris.

Azara dice que en Paraguay lo llaman Chochi y tiene un canto claro y triste de dos sílabas, que repite a cortos intervalos durante el día y también durante la época del celo. Es solitario, escaso y muy tímido; tanto, que escapa al lado opuesto del árbol cuando alguien se acerca y, cuando lo ven, levanta la cabeza y la cresta en actitud de alarma. En la parte Norte de Argentina lo llaman Crispín, por su canto en el que pronuncia con claridad este nombre. Barrows encontró que abunda en Concepción, sobre el río Uruguay, y escribió lo siguiente sobre él.

"Varios fueron cazados en sitios abiertos y en matorrales y muchos otros fueron oídos. Es un Cuclillo feo pero atractivo, con una cresta de pocas plumas y con cobijas largas, suaves y ondulantes, en la parte superior de la cola. El canto es muy claro y penetrante, suena mucho como la palabra "crispín" emitida con lentitud y con el acento en la última sílaba. Estas aves son muy tímidas; cierta vez seguí a una por espacio de más o menos una hora antes de poderla ver, y pasó casi el doble de tiempo antes de que se presentara la oportunidad de cazarla.

Posee una peculiaridad en el canto, por la que resulta imposible decir si el ave está enfrente o detrás de uno, aunque su voz se oiga con toda claridad. No conozco nada del nido o de los huevos."

Por observaciones personales no puedo decir nada sobre esta especie pues nunca visité el distrito en que se halla, pero siempre estuve familiarizado con la fama del Crispín. Los campesinos argentinos tienen una leyenda muy bonita relativa a este Cuclillo. Se dice que dos niños de un leñador que vivía en un paraje solitario sobre el Uruguay, se perdieron en el bosque; eran un varoncito llamado Crispín y su hermana. Vivían de frutas silvestres, errando de un sitio a otro y durmiendo, de noche, en una cama de pasto seco y hojas. Una mañana, cuando la pequeña se despertó, encontró que su hermano había desaparecido de su lado. Se levantó y corrió por el bosque en su busca, pero nunca lo encontró; día tras día continuó vagando en la espesura llamando: "Crispín, Crispín", hasta que al fin se convirtió en un avecita que aún vuela a través de los bosques en su búsqueda sin fin, siguiendo a cada extraño que en ellos penetra y llamándolo "Crispín, Crispín", por si fuera su hermano desaparecido.

La última especie es el Cuclillo castaño, Piaya cayana. Esta forma de Cuclillo tiene una amplia distribución en Centro y Sud América y alcanza los territorios del Norte de la República Argentina, habiendo sido obtenida por Duruford cerca de Tucumán y por White, en Misiones. Toda el ave es de alrededor de 45 centímetros de largo y la cola, en proporción muy larga, es más o menos de 27,5 centímetros. El plumaje, con excepción del pecho y vientre que son grises, es de color castaño. El pico es muy fuerte y de color verde amarillento, los iris rojo rubí y los párpados escarlata.

En Colombia, a este Cuclillo lo llaman Pájaro ardilla, por su tinte castaño.

Parece que, por lo general, si no siempre, busca su alimento en el suelo, y cuando se posa, en todos los casos parece torpe e incómodo. Se sienta inmóvil en una rama hasta que alguien se acerca y, entonces, se desliza entre las hojas y escapa al lado opuesto del árbol. Este, sin embargo, es un hábito común a la mayoría de los Cuclillos. Su lenguaje es un grito fuerte y chillón, debido al cual los brasileños lo llaman "Alma do gato". Es muy tímido y retraído, y, en este respecto, es más parecido a un Coccyzus que a un Guira.

Por todos estos datos, estamos reconocidos a Leotaud, Fraser, Forbes, Whíte y otros; pues cada uno de estos observadores ha contribuido con algunas pocas palabras a la historia de las interesantes costumbres de este Cuclillo.

LORO BARRANQUERO

Conurus patagonus

Arriba verde oliva oscuro; alas ribeteadas de azul; parte baja de la espalda amarilla; abajo verde oliva más oscuro en la garganta; banda blanquecina a través del cuello; panza amarilla con un parche en el medio y muslos carmesí oscuro; largo 45, ala 23, y cola 26~5 centímetros. Hembra similar.

Este Loro llamado en el Plata Loro barranquero o de madriguera, por su nido, es el único miembro de su orden que llega, hacia el Sud, hasta Patagonia. Sus costumbres difieren de las de la mayoría de sus congéneres y debe ser considerado, según mi parecer, como una de esas especies que van desapareciendo debido, es posible, a la alteración de las condiciones que resulta de la colonización del país por los europeos. En un principio abundaba en las pampas al Sud de la región del Plata y, siendo parcialmente migratorio, sus bandadas llegaban, en invierno, hasta Buenos Aires y aun más al Norte, hasta el río Paraná. Recuerdo que cuando de chico vivía cerca de la capital (Buenos Aires), miraba siempre con el mayor deleite la aparición de estos ruidosos y verde oscuro visitantes invernales. Ahora rara vez se los ve dentro de un perímetro de unos doscientos kilómetros alrededor de la ciudad de Buenos Aíres; y he sido informado por viejos gauchos, que medio siglo antes de mi época, aparecían en bandadas, invariablemente, en invierno. Desde entonces disminuyeron poco a poco en número hasta que, en la actualidad, el Loro barranquero es, en este distrito, algo del pasado. De cuatrocientos a quinientos cincuenta kilómetros al Sud de la ciudad de Buenos Aíres se los puede encontrar todavía en grandes bandadas.

Tienen unos pocos sitios de reproducción a los cuales se aferran con tenacidad.

Cuando en el lugar en que se alimentan hay árboles o arbustos, se posan en ellos; también reúnen las bayas del Empetrum rubrum y otros frutos de los arbustos, pero buscan su alimento principalmente en el suelo y mientras la bandada come, un ave está siempre posada en un montículo u otra elevación, actuando de centinela. Son muy aficionados a las semillas del cardo gigante (Carduus mariana) y de la calabaza salvaje; para conseguir las de esta última picotean con sus poderosos picos la cáscara dura y seca hasta romperla en pedazos. Cuando un hombre a caballo aparece a lo lejos, alzan el vuelo en grupo compacto emitiendo gritos fuertes y duros y revolotean sobre él, a unos pocos metros de su cabeza. La combinación de sus disonantes voces produce una bulla sólo comparable a ese pandemonium de ruidos que es la cotorrera del Jardín Zoológico de Londres. Son en extremo sociables; tanto, que sus bandadas no se deshacen en la época de la reproducción y sus madrigueras, que excavan en un peñasco perpendicular o un barranco alto, están ubicadas muy juntas de tal modo que, cuando los gauchos toman los pichones, que son considerados un bocado exquisito, la persona que se aventura a descender con una soga atada a la cintura, puede robar toda una colonia. La madriguera tiene de noventa a ciento veinte centímetros de profundidad y cuatro huevos blancos son depositados en un pequeño nido, que está en el extremo.

Yo Sólo probé aves viejas y encontré su carne muy amarga y apenas aceptable.

Los lugareños dicen que a esta especie no se le puede enseñar a hablar. Lo cierto es que, los pocos ejemplares domesticables que yo he visto, eran incapaces de articular sonidos parecidos a palabras.

Sin duda, estos Loros fueron, en un principio, pobladores extraviados de los trópicos, aunque ahora son sedentarios en una región tan fría como es la Patagonia. Observados con atención, uno supone también que, alguna vez, deben haber sido aves de plumaje brillante, pero debido a una selección natural o al efecto directo del clima frío, sus colores poseen un oscuro tinte verde, azul, amarillo y carmesí, y cuando se los ve volando a la distancia o en tiempo nublado, parecen tan oscuros como Cuervos.

CATA COMUN

Bolborhynchus monachus

Verde; frente gris; alas negruzcas con los bordes ligeramente azulados; abajo gris; pico blanquecino; largo 27,5 centímetros. Hembra similar.

La Cata común, llamada también Cotorra o Catita en la lengua vernácula, es una especie muy bien conocida, residente en la República Argentina. Es un ave vivaz, inquieta, de voz chillona y extremadamente vocinglera. Vive y se reproduce en grandes comunidades y aunque no puede aprender a hablar con tanta claridad como algunos de los Loros grandes, resulta imposible observar sus costumbres sin quedar convencido que es tan inteligente como el orden, altamente favorecido, al cual pertenece.

Antes en Buenos Aíres era mucho más numerosa de lo que lo es ahora. Es obstinadamente tenaz en lo que respecta a sus sitios de reproducción. Hay unas pocas localidades favorecidas en donde aún existe, en grandes colonias, a pesar de la cruel persecución a que están expuestas estas aves, en un país en donde las leyes relativas a estos asuntos no son muy respetadas y la población agrícola es principalmente italiana. En la residencia de Gibson cercana al cabo San Antonio, sobre la costa atlántica, hay aún una gran colonia de estas aves que habita los bosques de Tala (Celtis tala) Tomo los datos siguientes de uno de sus informes, que es una contribución de hace algunos treinta años para la revista "Ibis", relativos a la ornitología del distrito.

Según su descripción los bosques están llenos de nidos de estas Catas, con sus locuaces ciudadanos de brillantes colores y ruidosa conversación ahogando, durante el día, cualquier otro ruido. Son sumamente sociables y se reproducen en comunidades. Cuando una persona entra en el bosque, su conversación en voz baja cesa de súbito, y durante el ominoso silencio, cien pares de ojos negros estudian al intruso desde los nidos y ramas. Luego sigue un batir de alas y una explosión de chillidos que siembra la alarma a través de los bosques. Los nidos son frecuentados todo el año y es raro encontrar uno de los grandes que no esté atendido por alguna de las aves durante el día. En verano y otoño se alimentan principalmente de cardos; primero cortan la flor y la rompen en pedazos con el fin de obtener la pepita verde, después comen la semilla caída en el suelo. Su vuelo es rápido, con veloces aleteos y parece que nunca elevaran las alas a nivel del cuerpo. No prestan atención al Polytorus y al Milvago (Carancho y Chimango), pero apenas cualquier otra ave de presa aparece en los bosques, todas las Catas se elevan en bandadas y revolotean con chillidos de terror. Los nidos están suspendidos de las extremidades de las ramas a las cuales están entrelazados con firmeza. El nido recién construido consta de sólo dos cámaras: el porche y el nido propiamente dicho, y está habitado por una sola pareja.

Nidos sucesivos le van siendo agregados hasta que, algunos de ellos, llegan a pesar un cuarto de tonelada y contienen material suficiente como para llenar una carreta. Los materiales que lo componen son sólo ramitas espinosas entrelazadas con firmeza. La cámara de reproducción no está revestida con nada, ni siquiera en la época de la reproducción. Algunos viejos árboles del bosque tienen siete u ocho de estas inmensas estructuras suspendidas de las ramas, mientras el suelo que se halla debajo de ellos, está cubierto con ramitas y restos de los nidos caídos. La entrada a la cámara está, por lo general, abajo, pero en caso de hallarse a un costado se halla protegida por un alero saliente a fin de evitar el paso a las comadrejas. Estas entradas conducen al porche o cámara externa y la última comunica con la cámara donde se reproducen. Las cámaras de reproducción no están comunicadas entre sí, y cada una de ellas es utilizada por una pareja de aves.

El número de parejas no pasa de doce ni en los nidos más grandes. Las reparaciones se efectúan durante todo el año, pero los nuevos nidos sólo se agregan al aproximarse la primavera. Con frecuencia, cuando la entrada ha sido hecha muy arriba, se encuentran comadrejas en una de las cámaras más altas, pero aunque establezcan ahí su residencia no pueden alcanzar las otras cámaras y las Catas rehusan salir. Una especie de Pato (es probable que sea el Querquedula brasiliensis) algunas veces también ocupa y se reproduce en dichas cámaras. En una ocasión Gibson encontró una comadreja domiciliada en una cámara superior y todas las restantes estaban ocupadas por Cotorras, con excepción de una en la que se hallaba un Pato empollando huevos.

La época de la reproducción comienza alrededor del primero de noviembre. Pone de siete a ocho huevos de color blanco sucio, cáscara delgada, alargados y con el diámetro mayor equidistando exactamente de las dos puntas.

Barrows, hablando de esta especie en Entre Ríos, dice lo siguiente: "Es un ave abundante y familiar en las vecindades de Concepción durante todo el año. Por lo común se la ve en bandadas de veinte y más, visitando campos de granos, jardines, etcétera y algunas veces, si yo he sido informado correctamente, devastando por completo los campos de granos. Anidan en comunidades, y muchas parejas se reúnen para construir un gran nido común o una masa de nidos. Yo solamente vi estos nidos en dos ocasiones, pero no tuve oportunidad de observar su estructura. Estaban colocados en altos árboles y parecían ser, desde abajo, simples masas irregulares de dos a dos metros y medio de diámetro, formadas por pequeñas ramitas y palitos Cuando los nidos abundan, los nativos destruyen a los pichones de a cientos y se dice que éstos, apenas crecidos, son muy sabrosos. Los pichones son domesticados con facilidad y se les puede enseñar a articular algunas palabras simples".

LECHUZON DE LOS CAMPOS

Asio brachyotus

Arriba veteado con amarillo rojizo y marrón negruzco; rostro blancuzco con el centro negro; alas tostado pálido con anchas barras negruzcas irregulares cruzadas; abajo igual que arriba pero mas pálido; pico negro; ojos naranja; largo 37,5, ala 32,5, cola 15 centímetros. Hembra similar, pero más grande.

Existen sólo seis especies de Lechuzas conocidas en Argentina; número muy reducido en un país tan vasto, sobre todo si se considera que sólo Inglaterra posee cinco especies, sin contar los visitantes ocasionales. Resulta también sorprendente encontrar que dos de las Lechuzas argentinas son especies británicas bien conocidas: el Autillo o Lechuza blanca y el ampliamente extendido Lechuzón. De las seis especies conocí cinco, de las cuales describiré las dos que conocí más íntimamente: el Lechuzón y la Lechucita de las vizcacheras. El Oto o Autillo lo vi sólo en ocasiones en Buenos Aires, pero siempre de noche. Al noble Ñacurutú y a la pequeña Lechuza pigmea, los encontré en Río Negro, Patagonia.

El Lechuzón se encuentra a través del territorio argentino, en donde se lo llama, por lo común, Lechuzón en lengua vernácula. Como el Oto, se extiende en una zona excesivamente amplia. Se lo encuentra a través del continente europeo, habita también Asia y Africa, muchas de las islas del Pacífico y ambas Américas, desde Canadá hasta el estrecho de Magallanes. Tan amplia distribución parecería indicar que posee alguna ventaja sobre sus congéneres y es, como Lechuza, más perfecto que otros. Es un poco más diurno en sus costumbres que la mayoría de las Lechuzas y difiere, en estructura, de otros miembros de su orden, en tener la cabeza más pequeña. Es también común decir que no es muy volador, pero estoy seguro que es un error, pues me parece que es el volador más resistente entre las Lechuzas y de costumbres muy migratorias o, por lo menos, muy dado al vagabundeo. Es probable que su amplia distribución se deba, en alguna medida, a un poder de adaptación mayor que el de muchas especies; también a su mejor vista durante el día y a su disposición para el deambular, lo que le permite escapar a un hambre amenazadora y apoderarse de suelos desocupados o favorables.

Esta ave ama el campo abierto y durante el día se para en el suelo, oculta entre las hierbas o el pasto alto. Una hora antes de la puesta del sol deja su escondite y se lo ve posado en un arbusto, un alto poste o volando a poca altura sobre el suelo con un singular vuelo lento, parecido al de la Garza. A intervalos, mientras vuela, golpea sus alas juntas bajo el pecho en una forma rápida, súbita. No es tímida: la intromisión de un hombre o perro en el campo que frecuenta sólo tiene por efecto excitar su indignación. La imitación de su grito atrae a todos los individuos que se hallan, más o menos, al alcance de la voz de una persona y cualquier sonido fuerte y desusado, como el estampido de una escopeta, produce el mismo efecto. Cuando se alarma o enoja emite un fuerte siseo y, a ratos, un grito agudo parecido a una risa. Tiene también un triste chillido que no se oye a menudo y al crepúsculo ulula, pareciéndose el sonido al distante ladrido de un mastín o de un sabueso de raza. Anida en el suelo, en un sitio circular que limpia y que a veces, aunque no a menudo, reviste con un escaso lecho de pasto seco. Pone de tres a cinco huevos blancos y casi esféricos.

El Lechuzón, en un principio, era común en las pampas en donde los toscos pastos nativos proporcionaban el amparo y las condiciones de vida que más le convenían.

Cuando con el transcurso del tiempo esta vieja y áspera vegetación dio paso a los suaves y perecederos pastos y tréboles introducidos en forma accidental por los colonos europeos, la Lechuza desapareció del país, como la Perdiz grande o Martineta colorada (Rhynchotus rufescens), el Juan Chiviro de las pajas (Embernagra platensis) y otras varías especies, pues las suaves llanuras uniformes no le proporcionaban amparo. Ahora, sin embargo, con la extensión de los cultivos ha reaparecido y está siendo, una vez más un ave común en los distritos más poblados.

LECHUCITA DE LAS VIZCACHERAS

Speotyzo cunicularia

Arriba marrón arena oscuro con grandes manchas blancas ovaladas y manchitas y pecas marrón claras; alas con anchas barras blanquecinas cruzadas; disco facial marrón grisáceo; abajo blanco; largo 25, ala 19, y cola 9 centímetros. Hembra similar pero más grande.

La Lechucita de las vizcacheras abunda por doquier en las pampas de Buenos Aires. Esquiva los bosques, pero no los distritos en los que abundan árboles diseminados y arbustos. Durante el día ve mucho mejor que muchas Lechuzas, y nunca se esconde o parece confundida ante los ruidos diurnos y el resplandor del mediodía. Mira fijamente, "con insolencia" dice Azara, a los transeúntes, siguiéndolos con la vista y girando la redonda cabeza como si estuviera sobre un pivote. Cuando se le aproximan mucho, deja caer su cuerpo o se mueve de una manera muy curiosa, emitiendo un breve chillido seguido por tres exclamaciones abruptas. Si se la hace volar se aleja sólo quince o veinte metros y se posa de nuevo con el rostro vuelto hacia el intruso. Una vez posada repite el singular gesto y el chillido, parada perpendicular y erecta y pareciendo exageradamente asombrada por la intrusión. Durante el día vuela a ras del suelo, batiendo las alas sin cesar y siempre, antes de posarse, planea un trecho hacia arriba y luego desciende en forma muy abrupta. Con frecuencia corre rápido por el suelo y es incapaz de sostener un largo vuelo. Los gauchitos, como diversión, las persiguen a caballo tomándolas después de una cacería de quince o veinte minutos. De muchacho yo, personalmente, cacé muchas. Viven en parejas todo el año y, durante el día, se paran a la entrada de su madriguera o sobre el montículo de las Vizcachas, las dos aves de la pareja tan próximas que casi se tocan. Cuando se las asusta vuelan juntas, aunque a veces sólo lo hace el macho, introduciéndose la hembra en la madriguera. En las pampas, debe ser más por necesidad que por elección que siempre se paran en el suelo; pues por lo general se las ve posadas en las cimas de los arbustos en los sitios en que éstos abundan, como ocurre en Patagonia.

Estos son los rasgos más comunes de la Lechucita de las vizcacheras de los distritos poblados, en los que es muy numerosa y se ha vuelto familiar al hombre; pero en las regiones en que cazan los indios, es un ave escasa y tiene hábitos diferentes. Asustadiza cuando se le acercan, como un gallo de riña perseguido, se eleva a gran altura en el aire cuando el viajero que se aproxima está todavía a gran distancia, y vuela a menudo hasta perderse de vista antes de descender de nuevo al suelo. Esta huraña disposición se debe, sin duda, a la activa animosidad de las tribus pampeanas, que tienen todas las antiguas y difundidas supersticiones relativas a la Lechuza. Uno de los nombres con que la designan es el de "Hermana del Espíritu Malo". Siempre que pueden la cazan para matarla, y viajando, no se pararán a descansar o acampar en un sitio en donde haya sido vista una Lechuza.

En aquellas partes del país habitadas por europeos, el ave ha perdido sus cautos hábitos y se ha vuelto muy mansa. Son muy apegadas al sitio en que viven y los cultivos no las ahuyentan con facilidad. Cuando los campos están arados, hacen su madriguera en los bordes o en los costados del camino, y permanecen todo el día posadas en los postes de los alambrados.

Durante las horas diurnas se las ve cazar en contadas ocasiones, haciéndolo sólo cuando algo pasa cerca de ellas ofreciéndoles la oportunidad de una fácil captura. A menudo me he divertido arrojando trozos de barro duro cerca de una Lechucita que estaba parada al lado de su madriguera; el ave lo atrapaba de inmediato, no descubriendo su error, hasta que el objeto estaba firmemente apresado entre sus garras. Cuando tienen que alimentar pichones son tan activas durante el día como durante la noche. En las jornadas calurosas de noviembre, aparecen multitudes de una gran especie de Scarabaeus; y los voluminosos cuerpos y el vuelo torpe y ruidoso de estos escarabajos invitan a las Lechuzas a cazarlos. Por todas partes se las ve persiguiéndolos, volteándolos y cayendo sobre ellos en el pasto. Las Lechuzas tienen una manera peculiar de tomar su presa: la aferran tan firmemente con sus garras que se tambalean y se esfuerzan en mantener estables sus cuerpos extendiendo sus alas, pero a veces pierden el equilibrio y caen postradas, agitándose en el suelo. Si el animal capturado es pequeño, lo matan con el pico después de un instante; si es grande, por lo general se elevan con mucho trabajo del suelo y vuelan un trecho con él dando tiempo, de esta manera, a que las heridas infringidas por sus garras cumplan su misión. A la puesta del sol, las Lechuzas comienzan a ulular; una nota corta seguida de una larga es repetida muchas veces con intervalo de un segundo de silencio. No hay nada monótono o solemne en este canto; la voz es más bien dulce y triste, algo así como el sonido de las notas más bajas de la flauta. En primavera ululan muchísimo, respondiéndose varios individuos entre sí.

A la tardecita se las ve a menudo revoloteando, como un Halcón, a una altura de unos doce metros del suelo, y continúan así durante un minuto largo o más, sin alterar su posición. No se dejan caer de golpe sobre su presa desde esta altura, sino que descienden verticalmente, desplomándose y moviéndose como si estuvieran heridas, hasta unos diez metros del suelo y luego, después de revolotear unos segundos más. se arrojan oblicuamente sobre ellas. Cazan cualquier ser viviente, siempre que no sea tan grande que no lo puedan dominar. A veces, cuando atrapan una laucha, separan la cabeza, cola y patas, devorando sólo el cuerpo. Los cuartos traseros de sapos y ranas son casi siempre desechados y lo mismo sucede con las partes más carnosas y suculentas, siendo éste un hábito extraño e inexplicable. Se apoderan con facilidad de una serpiente de casi medio metro de largo; la matan asestándole golpes con el pico mientras saltan con vivacidad a su alrededor todo el tiempo, con el objeto aparente de proteger su cuerpo con las alas. Cazan muchísimo a la Coronella anomala común, pero nunca las he visto atacar a una especie venenosa. Cuando tienen pichones, muchas se vuelven destructoras de gallineros, acercándose a las casas durante el día y llevándose pollos y patitos. En épocas de abundancia destruyen mucho más de lo que pueden devorar; pero cuando los inviernos son crudos se acercan a las casas en apariencia muertas de hambre y se avienen a llevarse cualquier animal muerto, aunque esté viejo y seco como un pergamino. Esto se los he visto hacer a menudo.

Aunque las Lechuzas están siempre en términos cordiales con las Vizcachas (Lagostomus tnchodactylus) y a veces habitan en una de sus madrigueras abandonadas, prefieren por lo general excavar ellas mismas sus cuevas. La madriguera que hacen es torcida y su longitud varía de un metro veinte a cuatro metros. El nido, ubicado en el extremo, está hecho de lana o pasto seco y, a veces, de estiércol seco exclusivamente. Pone por lo general cinco huevos blancos y casi esféricos; el número sin embargo varía, y yo he encontrado con frecuencia, seis o siete huevos en un nido. Después que la hembra ha comenzado a poner huevos, las aves continúan llevando estiércol seco hasta que el piso de la madriguera y un espacio delante de ella, están recubiertos de una espesa alfombra hecha de ese material. La tierra suelta y la basura son sacadas en la primavera siguiente, pues el mismo agujero les sirve dos o tres años. La Lechucita es siempre desaseada, sobre todo en la época de la reproducción. Cuando la caza es muy abundante, el piso y el suelo de alrededor de la entrada están a menudo cubiertos de desperdicios, cáscaras verdes de escarabajos, pelotitas de pelo y hueso, plumas de aves, cuartos traseros de ranas en todos los estados de podredumbre, grandes arañas peludas (Mygale), restos de serpientes a medio comer y otros seres desagradables, de los cuales se alimentan. Pero toda esta carroña alrededor de la desordenada casa de la Lechucita le recuerda a uno con fuerza el importante papel que esta ave juega en el equilibrio de la naturaleza. Los pichones ascienden hasta la entrada de la cueva para calentarse al sol y recibir el alimento que le llevan sus padres. Cuando alguien se les acerca se irritan, hacen un chasquido con sus picos y retroceden al agujero de mala gana. Hasta durante algunas semanas después de haberlo dejado, buscan en él refugio cuando están en peligro. Aves viejas y jóvenes viven juntas, a veces, por cuatro o cinco meses. Yo creo que los nueve décimos de las Lechuzas de las pampas hacen sus propias cuevas; pero como para reproducirse toman a veces posesión de los agujeros abandonados por los mamíferos, es probable que hubieran conservado siempre este último hábito si los agujeros que les convienen abundaran, como sucede en las praderas norteamericanas habitadas por marmotas. Es posible que nuestra Lechucita de las vizcacheras haya adquirido en un principio la costumbre de anidar en el suelo en las llanuras abiertas que frecuentaba, y cuando esta costumbre (favorable como debe haber sido en esas regiones desamparadas) se arraigó de un modo inextirpable, la necesidad de tener cuevas convenientes la condujo a limpiar las viejas, que estaban obstruidas con desperdicios, a profundizarías, pues eran poco hondas y, por fin, a cavarías ella misma. La fuerza del instinto cavador varía mucho, aun en las pampas. Algunas parejas, apareadas durante largo tiempo, sólo comienzan a cavar cuando la época de la reproducción está ya sobre ellas; otras, hacen su madriguera a principios de abril, esto es, seis meses antes de la época de la reproducción. Por lo general trabajan ambas aves, una parada al lado mirando las operaciones con un aspecto de grave interés y ocupando su sitio en el hoyo cuando la otra se retira. A veces la hembra no recibe ayuda de su compañero y entonces la cueva es muy corta. Algunas parejas trabajan con rapidez y su cueva es profunda y hecha con pulcritud; otras realizan su labor de un modo superficial y comienzan sólo para abandonar, a lo mejor media docena de cuevas, descansando luego durante dos o tres semanas de su inútil trabajo. Pero ya sean industriosas o indolentes, en septiembre ya tienen todas sus madrigueras hechas. Yo sólo puedo explicar la infortunada exposición de Azara, repetida por sucesivos recopiladores, de que la Lechuza nunca construye sus propias cuevas suponiendo que un siglo atrás, cuando él vivió y el país estaba muy escasamente poblado, esta Lechuza no era tan abundante, o bien que él dejó de lado el cauteloso hábito que los aborígenes le habían enseñado, de modo que no pudo familiarizarse con las costumbres de estas aves.

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