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CAPITULO 10 Garza mora Garza blanca grande y garcita blanca Chiflón Garcita azulada Garcita Garza bruja Cigüeña común Cigüeña de cabeza pelada Cuervo de cañada Bandurria de invierno Bandurria mora Cuervo de frente pelada Espátula rosada Flamenco común Chajá GARZA MORA Ardea cocoi Arriba gris; cabeza, alas y cola negro pizarra; abajo blanco; cuello y costados con franjas negras; largo 90, ala 41, cola 17,5 centímetros. Sexos semejantes. Esta hermosa Garza se encuentra a través de Sud y en algunas partes de Norte América. En tamaño, forma y color se asemeja íntimamente a la Garza común de Europa. En vuelo, lenguaje y hábitos alimenticios, las dos especies son idénticas, no obstante habitar regiones tan distantes. En la parte austral de Sud América no se la ve asociada con sus compañeras, ni tampoco anida en colonias. Esto puede ser debido a la circunstancia de que en los países templados tiene una escasa distribución y es muy probable, según pienso, que en las regiones más cálidas, donde es más abundante, sus hábitos sean más sociables. Aunque siempre se las ve pescando solas, forman pareja por toda la vida. El macho y la hembra están siempre cerca y merodean en el mismo arroyo o pantano durante todo el año. Azara dice que, en Paraguay, en donde son raras, van en parejas y anidan en los árboles. En las pampas, hace su nido solitario entre los juncos y pone tres huevos azules. Las siguientes observaciones generales de la Garza, se aplican principalmente a la Ardea cocoi y también, en alguna extensión, a otras especies de la familia de las Garzas. Yo he observado muchísimo Garzas de varias especies; pero en especial la Cocoi y pienso que hay algo que debe decirse para sostén de la opinión de Buffon, de que son aves miserables e indigentes, condenadas por la imperfección de sus órganos a una lucha perpetua con la necesidad y la miseria. En realidad, los órganos (y los instintos correlativos) son tan perfectos como en otra criatura viviente, pero la Garza está, por cierto, más altamente especializada y es más rutinaria que la mayoría de las especies. En consecuencia, cuando el alimento no se presenta del modo acostumbrado, sufre más que otras especies. Aunque las diferentes especies varían en tamaño desde la Ardea cocoi hasta la diminuta Garcita de Azara (Ardea involucris), no mayor que una Becasina- hay mucha similitud en su conformación, lenguaje, vuelo, nidos y otros hábitos. Posee la cabeza y el cuello parecidos a los de la culebra, con un aguzado pico cónico con el que atraviesa a su presa como si fuera una saeta; también las garras son dentadas, y sobre ellas se ha dicho tanto y han sido consideradas como el resultado puro de la adaptación. Un día, mientras miraba varias Garzas, pude observar una curiosa circunstancia. Las aves en pobres condiciones están muy infectadas con parásitos. Si esta plaga es la causa o el efecto de la mala condición en que se hallan, no lo sé, pero éste es el hecho. Ahora en esta región (la República Argentina) las Garzas son por lo general muy enfermizas, constituyendo una excepción la que se encuentra en buenas condiciones. La mayoría de los individuos están muy agotados e infectados con gusanos intestinales. Yo aún no he encontrado nunca uno atacado por piojos, aunque la Garza parecería un sujeto conveniente para ellos, y en el curso de mis paseos, he alzado muchos ejemplares, en apariencia, muriendo de inanición. No deseo insinuar la creencia de que esta inmunidad contra los parásitos se deba a las garras pectinadas, pues aunque el ave se rasca y limpia con ellas, no podría limpiar todo el plumaje con estos órganos, los que están mal adaptados para tal propósito como para el de darle un dominio más firme sobre su resbaladiza presa. La Espátula tiene también la endentadura y, al revés que la Garza, es un ave vigorosa y por lo general gorda, aunque muy atacada por parásitos. Yo he encontrado aves demasiado débiles para volar y, literalmente, hirviendo en parásitos. Sólo deseo llamar la atención de los ornitólogos sobre el hecho de que, en la región en que observé Garzas, están exentas, en un grado remarcable, de parásitos externos. Mucho se ha dicho sobre ciertos parches de un plumón denso, pegajoso y amarillento bajo el plumaje libre de las Garzas. Estos curiosos apéndices pueden ser tan inútiles para el ave, como lo es el penacho de pelos que el Gallipavo tiene en el pecho; pero hay más probabilidades en el otro sentido, y aun puede descubrirse que son muy necesarios para su bienestar. Tal vez estas plumas pegajosas contienen una secreción fatal para los parásitos que afligen tanto a las aves de hábitos sedentarios y de los cuales las Garzas, parecen verse libres en forma extraña. Ellas pueden aún ser el asiento de esa misteriosa luz fosforescente la cual alguien ha afirmado, emana del pecho de la Garza cuando ésta pesca en la oscuridad, y que sirve para atraer al pez o volverlo visible para el ave. Creo que los naturalistas han descartado el hecho de esta luz como una mera fábula sin ningún fundamento; pero hechos reales relativos a hábitos de animales, han sido, con frecuencia, tratados así. Las interesantes observaciones de Barlett sobre los Flamencos en los Society's Gardens, muestran que la antigua historia del Pelicano alimentando a sus pichones con su propia sangre es, tal vez, sólo un relato, ligeramente embellecido, de una costumbre común del Flamenco. No he visto, de cerca, Garzas pescando durante la noche, pero hay un hecho que me inclina a creer probable el que alguna especie pueda poseer el poder de emitir luz. Estoy convencido que la Ardea cocoi ve tan bien de día como otras especies diurnas. Los arroyos de los llanos son tan cenagosos que un pez que se halle sesenta centímetros bajo la superficie, es invisible para el ojo humano. Aun en estas aguas barrosas las Garzas pescan de día y de noche. Si el ojo está adaptado para ver bien con el claro sol brillante, ¿cómo puede ver durante la noche y en circunstancias tan desfavorables sin alguna ayuda extraña, para la visión, como la atribuida luminosidad? Entre todas las aves, las Garzas tienen el vuelo más lento; pero aunque incapaces de progresar con rapidez cuando vuelan horizontalmente, al ser perseguidos por un Halcón, realizan, con gracia y facilidad maravillosa, una proeza aérea inigualada por cualquier otra ave, como es la de elevarse en línea vertical hasta una altura sorprendente en el aire. El veloz vuelo vertical con el cual el perseguido asciende hasta convertirse en un mero manchón en el zenit azul, el apurado vuelo en zigzag del perseguidor, elevándose cada minuto sobre su presa, sólo para ser dejado de nuevo atrás con un único movimiento de las alas de la Garza, constituye un espectáculo de tal gracia, belleza y poder, que llena la mente del que lo contempla con encanto y asombro. Cuando el enemigo se acerca demasiado, la Garza, instintivamente, se pone con el vientre para arriba para repeler el asalto con sus largas garras ganchudas y cortantes. Las especies rapaces poseen un hábito semejante y la análoga relación de costumbres y estructura en géneros tan separados, es muy curiosa. El Halcón usa siempre sus garras para golpear, lacerar y asir a sus presas; la Garza, para fijarse con firmeza en su percha, pero como armas de defensa están por igual bien adaptadas y son empleadas precisamente de la misma manera. La Garza con sus patas y cuello largos, su flaco cuerpo deslastrado, alas largas y superabundancia de plumaje, es el ave menos indicada para posarse alto, aunque la estructura de las patas le permiten muy bien hacer eso sin ningún peligro. Por ello la Garza es capaz de posarse en un junco liso y pulido, o en la cima de un árbol y aun dormitar a salvo con un viento que, si estuvieran sus patas conformadas como las de otras zancudas, la llevaría como un paquete de plumas. Otra característica de las Garzas es que, cuando vuelan, llevan el cuello plegado en forma de S. En otros momentos también lleva el cuello de esta manera y es, en realidad, el aspecto que en todas las especies de cuello largo asume este órgano cuando el ave reposa o está vigilando algo que se halla debajo de ella; y la vida de la Garza es una perpetua vigilancia. A propósito de este modo de llevar el cuello, ¿no es ella la causa de la extremada cautela observable en las Garzas? Yo creo que las Garzas son, en todas partes, de un carácter tímido. Entre nosotros, son las más salvajes de las aves acuáticas, aunque no hay razón de que sean así desde el momento que no se las persigue nunca. Las aves, siempre vuelan del peligro de mala gana, y todas las especies que poseen la ventaja de un cuello largo, como el Cisne, Flamenco, Cigüeña, Espátula, etcétera, prefieren continuar con él extendido lo más posible, observando un intruso durante una hora, antes que volar y alejarse. Pero en las Garzas, es sólo con un gran esfuerzo que el cuello puede ser enderezado en su totalidad. Aun cuando, cortado el cuello de un animal muerto, se lo endereza con energía, si luego se lo suelta, vuelve de nuevo, como una pieza de goma, a su posición original. Por esto, el esfuerzo de extender el cuello que es siempre la primera expresión de alarma y curiosidad, debe ser doloroso, y el mantenerlo en esa posición, durante cualquier periodo de tiempo, debe resultarle tan penoso como le resulta al hombre mantener el brazo estirado verticalmente. De aquí que la Garza vuele apenas ve un intruso, mientras que los perseguidos Patos, Cisnes u otras aves continúan inmóviles observando con el cuello extendido y participando por cierto en la alarma, pero sin soportar ningún dolor físico. Sin duda, en muchos casos, los hábitos actúan y modifican la estructura de las partes. En estas circunstancias la estructura modificada, en apariencia, ha actuado a su vez sobre los hábitos y los ha modificado. En la búsqueda y obtención del alimento, el cuerpo se ve obligado a realizar ciertos movimientos definidos y a asumir repetidamente, las mismas actitudes. Este es, con mayor frecuencia, el caso de aves de hábitos acuáticos. La facilidad para adoptar, en todo momento y caer, sin quererlo, en estas actitudes y gestos peculiares, parece ser hereditaria. Las especies en las que son más notables, parecen incapaces de despojarse de estas costumbres aunque se hallen en situaciones en que son inútiles o aun perjudiciales. Los Chorlitos picotean y exploran con rapidez el barro a medida que avanzan; las Avefrías picotean y corren, picotean y corren de nuevo. Ahora, yo he notado muchas veces que estas aves no pueden, posiblemente, dejar de lado el hábito de picotear a medida que avanzan, pues aun cuando están heridas y huyendo de su perseguidor, y se dirigen a un terreno estéril y seco, avanzan como si fueran comiendo, deteniéndose un instante, más o menos a cada metro, para picotear en el suelo y luego escapar de nuevo. La Becasina paraguaya, y es probable que también otras verdaderas Becasinas, posee el hábito singular de golpear el suelo con el pico en el momento de alzar el vuelo. En este instante no tiene el movimiento explorador usado para asistirlo al elevarse y que se realiza instintivamente cuando el ave se mueve. Los Colimbos, en la tierra, caminan derechos como los Pingüinos y tienen un andar lento y desmañado y siempre que desean acelerar el paso, se caen hacia adelante, sobre el pecho, y patalean como si nadaran. El Cuervo de cañada se alimenta en las aguas poco profundas, introduciendo su gran pico en forma de hoz en las malezas, al final de cada paso. Cuando camina en la tierra, conserva estos movimientos y parece incapaz de avanzar sin introducir, a cada zancada, su pico en el suelo en un agua imaginaria. La Espátula se sumerge hasta las rodillas y avanza con el pico siempre sumergido, balanceándose de lado a lado de modo que, a cada movimiento lateral del cuerpo, el pico describe un gran semicírculo en el agua. Una bandada de estas aves alimentándose, hace recordar una línea de segadores segando césped. En terreno seco, la Espátula parece incapaz de avanzar directamente como otras aves, sino que se agacha, manteniendo el cuerpo en posición horizontal, y girando de lado a lado, recorre el aire con su pico como si todavía se estuviera alimentando en el agua. En los hechos anteriores (y yo podría citar muchísimos otros), en los que ciertos gestos y movimientos acompañan un meneo progresivo, es difícil ver cómo la estructura puede ser, en cualquier momento, modificada por ellos; pero la actitud rapaz de la Garza, su inmovilidad mientras espera, siempre lista para golpear, le han dado sin duda al cuello, su forma peculiar. Dos rasgos interesantes de la Garza (que tienen una necesaria conexión) son: su vigilancia incansable y su insaciable voracidad. No obstante, estas características no han sido exageradas, yo creo, ni aun por los ornitólogos más sensacionalistas. En aves de otro género, la plenitud es seguida, en forma invariable, por un período de indiferente inactividad durante el cual no se toma ni se requiere ningún alimento. Pero la Garza digiere su alimento con tanta rapidez, que por mucho que trague está siempre dispuesta a comer de nuevo. Sin embargo, no se beneficia mucho con lo que ingiere y parece hallarse en el mismo estado de medio muerta de hambre ya sea cuando el alimento es abundante como en épocas de escasez. Un viejo naturalista ha sugerido, como una razón para esto, que la Garza, por la forma peculiar de tomar su presa, necesita tiempo claro para pescar y que durante períodos de mal tiempo, cuando se ve obligada a sufrir inactiva los tormentos del hambre, adquiere una magra apariencia de tísica, que épocas siguientes de abundancia no pueden borrar. Una hermosa teoría, pero no es creíble, pues en esta región los períodos de mal tiempo son breves e infrecuentes. Más aún, todas las otras especies que se alimentan en la misma mesa con la Garza, desde el pequeño y veloz Martín pescador hasta el descollante Flamenco, se ponen excesivamente gordos en ciertas épocas y están, en todo momento, tan saludables y vigorosos que, comparada con ellos, la Garza es el mero espectro de un ave. La causa de su anómala condición, debe buscarse en circunstancias comunes, como son el organismo de la propia ave. No parece poseer el poder de elaborar grasa, pues en ninguna estación se halla gordura en su carne seca y flaca. En consecuencia no hay reservas para un día de lluvia, y la miseria del ave (si es que se la puede llamar miserable) consiste en su perpetua e insaciable búsqueda de alimentos. GARZA BLANCA GRANDE Y GARCITA BLANCA Ardea egretta; Ardea candidissima En ambas especies todo el plumaje es de un blanco nieve. Largo de la Garza blanca grande, 87,5 centímetros; de la Garcita blanca, 60 centímetros. Estas dos especies se encuentran en Sud, Centro y Norte América, pero la más grande tiene un habitat mayor, encontrándosela desde Nueva Escocia hasta Patagonia. La Garcita blanca abunda más en las regiones cálidas, es bastante común en las pampas y rara en Patagonia. Es más graciosa y sociable en sus costumbres que la Garza blanca grande. Con frecuencia se la ve en bandadas y asociada con Ibis, Espátulas y otras aves acuáticas. En las pampas, debido a la ausencia de bosques, sus hábitos nidíferos, como los de la Garza mora y otras Garzas, han sido modificados, pues allí anida entre los juncos y totoras. De un informe de Ernesto Gibson tomo el siguiente relato acerca de una colonia de Garzas en la pampa. El fue tan afortunado como para encontrar ambas especies anidando juntas en numero considerable. "En noviembre de 1873, encontré una gran colonia de Ardea egretta, A. candidissima y Nycticorax obscurus, en el corazón de un pantano solitario. Los juncos eran espesos, pero habían sido volteados por las aves en una zona de unos cincuenta metros de diámetro. Juzgo que habría de trescientos a cuatrocientos nidos, de los cuales tres cuartos eran de A. egretia y los restantes, con excepción de dos o tres docenas de N. obscurus, pertenecían a A. candidissima. Los de la especie primero mencionada eran ligeras plataformas ubicadas en la cima de los juncos rotos, a una altura de sesenta a noventa centímetros sobre el agua y separados sólo un metro. "Los nidos de A. candidissima estaban construidos a una altura de unos treinta a cincuenta centímetros sobre el agua, y tenían un agujero en el tope para los huevos. Estaban puestos juntos en forma compacta y se hallaban hechos con ramitas secas de una planta acuática. Muchos estaban distribuidos entre los de A. egretta, pero la mayoría se encontraba muy cerca uno del otro, a un costado de la colonia, en donde las cañas eran más altas y estaban menos rotas. "Los nidos de N. obscurus se asemejaban más a estos últimos en construcción y material, pero muy pocos se hallaban ubicados entre los de las otras especies, encontrándose retirados hacia el lado opuesto de los de A. candidissima, sobre las orillas de algunos canales de agua clara. Estaban ubicados entre las altas cañas y separados unos pocos metros entre sí. "Las Garzas más grandes permanecieron paradas en sus nidos hasta que estuve a unos veinte metros de ellas, se posaron de nuevo una vez que había pasado. En esta posición parecen más grandes que cuando vuelan. Las Garzas más pequeñas volaron primero sobre las cañas, y enseguida, iniciaron el vuelo sin retornar. El N. obseurus, mientras tanto, se alzó y voló emitiendo un profundo 'scuoc, scuoc', mucho antes que me acercara a su nido. "A un lado de la colonia, un nido de Ciconia maguari, con dos pichones crecidos, parecía la casa reinante del lugar. "Era, por cierto, uno de los espectáculos ornitológicos más hermosos que yo haya visto; todo a mi alrededor una mezcolanza de oscuros juncos verdes elevándose sobre mi cabeza mientras yo iba a caballo; la nube de graciosas aves blancas como la nieve posadas por todas partes o reflejadas en el agua mientras revoloteaban arriba de mí; y los cientos de huevos azules expuestos a la brillante luz solar. "A. egretta y A. candidissima ponen cuatro huevos cada una, aunque rara vez sacan más de tres pichones. N. obscurus pone tres huevos y saca tres pichones. Los huevos de las tres especies son todos del mismo tono azul claro." CHIFLON Ardea sibilatrix Arriba gris; casquete, cresta y alas negro grisáceo; parche bermejo atrás del ojo; cobijas superiores de las alas, bermejo; abajo blanco con tinte amarillento en el pecho; pico rojizo; largo 55 centímetros. Hembra similar. Esta es una hermosa ave, con el plumaje tan suave al tacto como el plumón. Sus colores son azul grisáceo claro y amarillo pálido, siendo casi blanca la parte que se halla en la superficie inferior. En algunos ejemplares que obtuve, la rabadilla y cobijas de la cola tenían un puro matiz amarillo verdoso claro. Tiene una marca castaña en el costado de la cabeza; el ojo es blanco y las patas, mientras vive, verde oscuro. Azara llamó a esta Garza, Flauta del sol, una traducción del nombre indio Curahí remimbi, derivado de la creencia popular que su silbido, que tiene un sonido melodioso y melancólico, profetiza cambios de tiempo. Hacia el Sud, llega hasta Buenos Aires, pero alil es un visitante estival muy escaso. Habiéndolo observado poco por mí mismo, sólo puedo repetir las palabras de Azara relativas a esta ave. Dice que es común en Paraguay; anda en parejas o familias; se posa en los árboles y, cuando vuela, bate las alas con más rapidez que otras Garzas. Hace su nido en un árbol y pone dos huevos azul claro. El Chiflón es la especie que vi menos, de las siete que conocí en el Plata. No encontré nada sobre sus costumbres, y por eso debería omitir toda mención sobre ella pues tal es la regla de este libro, si su extraña belleza no hubiera encantado y hecho una impresión duradera en mi mente. Los ejemplares disecados, sobre los que se ha hecho la descripción, no muestran los colores del ave viva (el suave gris claro y el amarillo verdoso), colores delicados que rara vez se ven en un ave de este tamaño. En los ejemplares de museo, el amarillo verdoso claro se transforma en blanco con un tinte amarillento sucio. GARCITA AZULADA Butorides cyanurus Arriba azul grisáceo; abajo color ceniza; cresta negra con lustre verdoso; manchas ferruginosas en el cuello; largo 35 centímetros. La Garcita azulada, aunque con una distribución muy amplia, no es un ave común en ninguna parte. Siempre la he visto sola, pues ama una vida de ermitaño. Prefiere, como sitio de alimento, un paraje en la orilla de un arroyo pantanoso encerrado y sombreado por todos lados, por árboles y altos juncos. Allí el ave permanece silenciosa y solitaria, posada sobre una raíz saliente o una rama muerta, o se para inmóvil, hundida hasta las rodillas en el agua, atenta a los pececillos de los que se alimenta. Durante meses enteros se la encontrará, cada día, en el mismo sitio. Cuando alguien se introduce en sus dominios, yergue las plumas de la cabeza y cuello, observando sumamente alarmada o enojada y remonta el vuelo, emitiendo un grito poderoso, áspero y rechinante. GARCITA Ardetta inuolucris Arriba amarillo rojizo brillante con una faja negra en la nuca; frente, faja en la parte posterior del cuello, curvatura de las alas y secundarias externas, marrón rojizo; espalda con franjas negras; plumas de las alas gris ceniza con extremos rojos; abajo blanco amarillento con bandas marrones; pico amarillo, patas verdes; largo 32,5, alas 12,5 centímetros. La Garcita, que habita Paraguay y Argentina, es el miembro más pequeño de la familia a la cual pertenece, no siendo su cuerpo mayor que el de la Agachadiza común; pero su estructura es como la de otras Garzas, excepto sus patas que son apenas más cortas en proporción con su tamaño, y sus alas, mucho más cortas que las de otras especies. El plumaje de abajo es amarillo oscuro, mientras que todas las otras partes están salpicadas con manchas leonadas y distintos tonos de marrón y amarillo. El cuerpo es sumamente delgado, y la porción inferior del cuello está cubierta de espeso plumaje dándole, esta parte, una engañosa apariencia de solidez. La facultad de posarse, poseída por todas las Garzas, es probable que alcance su mayor grado de perfección en esta especie y está combinada con la locomoción de una manera única y maravillosa. Habita lechos de juncos que crecen en aguas bastante profundas; rara vez, y es posible en forma sólo accidental, visita las costas, y sólo cuando se la echa se eleva sobre los juncos; pues su vuelo, al contrarío del de sus congéneres, es extremadamente débil. Los juncos, entre los cuales vive, crecen lisos como pulidas boquillas de pipa, en posición vertical desde el agua demasiado profunda para que el ave la vadee. Sin embargo, va hasta la cima y desciende hasta la superficie, moviéndose con libertad y prisa, o corre en línea recta entre ellos con tanta rapidez como un Avefría lo hace en un suelo liso y desnudo. Aunque yo mismo he sido testigo de esta hazaña, apenas hubiera sido capaz de creerla, pues ¿cómo se las arregla para agarrar los pulidos tallos verticales con la rapidez y firmeza suficientes como para adelantar con tanta velocidad, sin caer jamás entre ellos? La Garcita es un ave solitaria y silenciosa que se encuentra en todas partes en los pantanos a lo largo del Plata, así también como en los lechos de juncos y totoras diseminados en las pampas. Se reproduce entre los juncos y pone de tres a cinco huevos esféricos, de un vivo color verde, hermosos más allá de toda comparación. El nido es como una plataforma, ligerísima construcción que se halla a alrededor de treinta centímetros sobre el agua, y tan pequeña que apenas hay espacio suficiente en él para los huevos, que son grandes en relación al tamaño del ave. Cuando uno las mira, cubren y esconden el ligero nido y como los huevos son verdes como los juncos que los rodean, no es fácil descubrirlos. Cuando se las espanta, vuelan a ochenta o cien metros de distancia y se posan de nuevo entre los juncos. Es difícil espantarías por segunda vez y por tercera, imposible. Una circunstancia curiosa es que nunca se la puede encontrar en el sitio en el que al final se establece. Como nunca pude obtener ejemplares cuando yo los quería, una vez decidí emplear gauchitos que tenían perros entrenados para cazar pequeños patos, para que intentaran cazar esta Garcita. Obtuvieron varios ejemplares y me dijeron que sin la ayuda de sus perros no hubieran podido nunca encontrar ninguna, a pesar de que siempre marcaban el sitio exacto en que descendían. Esto es atribuido a su delgada figura y al color de su plumaje, tan semejante al amarillo con manchas marrones de los juncos muertos, que siempre se hallan entre los verdes. Pero yo ignoré por muchos años que el ave posee un maravilloso instinto que hace su conformación peculiar y su color imitativo, mucho más ventajosos de lo que podrían ser por si mismos. Un día de noviembre, mientras cazaba, ví una Garcita escabulléndose con rapidez entre un lecho de juncos, a treinta o cuarenta metros de mí. Estaba, más o menos, a treinta centímetros del suelo e iba con tanta velocidad que parecía deslizarse a través de los juncos sin tocarlos. Hice fuego, pero después comprendí que, en el apuro, había errado el tiro. El ave, sin embargo, desapareció con el estampido y pensando que la había matado me dirigí en su busca. El lugar en donde la había visto, era un lecho de juncos pequeño y aislado. Había barro debajo y, además, a alguna distancia alrededor, estaba desnudo; de modo que hubiera sido imposible para el ave escapar sin ser vista. Sin embargo no la encontré ni viva ni muerta. Después de buscar y rebuscar en vano entre los juncos durante un cuarto de hora, abandoné la búsqueda con gran disgusto y perplejidad. Tras cargar de nuevo mi arma, estaba dándome vuelta, ¡cuando hete aquí que a no más de veinte centímetros y en un mismo plano con mis rodillas, se hallaba mi Garza parada sobre un junco! Estaba con el cuerpo derecho y la punta de la cola tocando el junco que agarraba con las patas. Mantenía duro, derecho y vertical el cuello largo, delgado y afilado. La cabeza y el pico, en lugar de estar oblicuos, también apuntaban hacia arriba. No había, desde sus pies hasta la punta de su pico, ninguna curva o irregularidad perceptibles, siendo el todo la imagen (réplica exacta) de un junco recto y afinado: el plumaje suelto arreglado para llenar irregularidades; las alas apretadas en los huecos de los costados, hacían imposible ver dónde terminaba el cuerpo y comenzaba el cuello, o distinguir la cabeza del cuello o el pico de la cabeza. Esta era, por cierto, una vista del frente. La superficie inferior del ave estaba expuesta, toda de un uniforme amarillo oscuro, como el de un junco marchito. Miré al ave con asombro durante un tiempo, pero no hizo ni el menor movimiento. Pensé que estaba herida o paralizada por el temor, y poniendo mi mano sobre el extremo del pico, forcé su cabeza hacia abajo hasta que tocó la espalda. Cuando retiré mí mano la cabeza volvió como un resorte de acero, a su primera posición. Repetí la experiencia varías veces, siempre con el mismo resultado; los mismos ojos del ave permanecían rígidos y sin pestañear como los de una criatura en un ataque de histerismo. No es de extrañar el que sea muy difícil, casi imposible, el descubrirla en esta actitud. Pero, ¿cómo pudo suceder que no viera la franjeada espalda y los costados ampliamente coloreados de oscuro, mientras caminaba alrededor del ave entre los juncos? Me hice esta pregunta y caminé a su alrededor para mirarla de costado cuando, mirabile dictu, ¡no pude ver más que el frente del ave, parecido a un junco! Sus movimientos sobre la percha, al girar con lentitud o rapidez manteniendo lo que seria el canto de su cuerpo parecido a una hoja delante mío, correspondían a mis movimientos con tanta exactitud que yo casi dudé de que me hubiera movido. No bien acababa de ver el final de este maravilloso instinto de preservación (este último acto lo había completado), que un alto grado de deleite y admiración me poseyó de un modo como nunca había experimentado en mis búsquedas, a pesar de lo mucho que he estado en contacto con animales salvajes en los desiertos, y de los muchos y perfectos ejemplos de adaptación que he observado. No acababa yo de admirarla y pensé que nunca se me había presentado nada tan hermoso. Aun el sublime instinto de buscar una nube de la Garza blanca grande y de las típicas Garzas parece menos admirable que éste. Por algún tiempo continué experimentando, presionando hacia abajo la cabeza del ave y tratando de doblarla, por la fuerza, en alguna otra posición. Pero la extraña rigidez permaneció sin relajarse, la fija actitud no cambió. También observé, mientras caminaba a su alrededor, que tan pronto yo llegaba al lado opuesto y ella no podía torcerse más sobre su percha, giraba en el otro sentido con gran rapidez, presentando, al instante, el mismo frente que antes. Al fin la arranqué con fuerza del junco y la posé en mi mano, después de lo cual voló a unos cincuenta o sesenta metros de distancia y descendió en el pasto seco. Aquí puso de nuevo en práctica el mismo instinto con tanta habilidad que busqué diez o doce minutos antes de volverla a encontrar. Me asombró que una criatura tan débil y frágil en apariencia, tuviera fuerza y resistencia suficientes para mantener su cuerpo rígido y en una misma actitud durante tanto tiempo. Recientes, o en todo caso últimas observaciones, parecen mostrar que algunas especies de Garzas poseen un instinto semejante al del ave descripta: la facultad de borrarse cuando están en presencia de un enemigo. Sin duda cualquier Garza, siendo su color como es, se haría invisible entre vegetación en parte podrida y muerta, extendiendo y endureciendo su cuerpo y manteniendo su pecho hacia el intruso. El hecho peculiar, en el caso de la Garcita es que toda la acción del ave parece estar ajustada e ideada expresamente para hacerla parecer un aguzado junco amarillo ya muerto. Pero, ¿qué se puede decir de tal instinto, si es que podemos llamarlo así? Es, en su esencia, una debilidad en esta criatura, similar a la de muchos mamíferos, aves, peces, batracios, reptiles e insectos, que se paralizan por el terror o quedan casi hipnotizados en presencia del enemigo. Una extraña falla en el animal desde que anula todo el admirable instinto de preservación de que ha sido dotado, y hace de él sin esfuerzo, una presa para sus enemigos, aun para aquellos de una disposición lenta y perezosa. En este caso particular, la debilidad o falta de naturaleza, ha sido aprovechada por ese principio que llamamos selección natural y ha resultado una protección más eficaz que si el ave, podríamos decir, no hubiera sido capaz de enloquecer. En otras palabras, la exposición de una criatura en estado hipnótico o cataléptico, es su mejor protección en ciertas ocasiones. Sin embargo, este no es el único caso en que una debilidad, en apariencia fatal, ha sido empleada con provecho, como vemos en el desmayo o "simulación de muerte de muchos seres, cuando se acerca o están en presencia de un enemigo. Yo lo he observado en el Zorro y la Zarigüeya de las pampas, en el Tinamú, la Perdiz de Sud América, en nuestra Grulla de los cereales y otras zancudas. A menudo he capturado avecitas asustándolas. Por una casualidad descubrí que mi pequeña Ardea estaba también sujeta a esa debilidad. Un gauchito de mi amistad, sabiendo que yo estaba interesado en esta ave, me trajo un día un ejemplar muerto. Dijo que había salido de un lecho de juncos y como volara sobre tierra firme, salió en su persecución. Pronto descendió y la capturó, pero a pesar de no estar herida, murió enseguida en sus manos. Como ya era muy tarde para que yo pudiera ocuparme de ella, la puse en una jaula que había usado para guardar un Cardenal, la que colgué debajo de la galería para que estuviera a salvo de los gatos. A la mañana siguiente, para gran asombro mío, se había ido. Una gran ave muerta, en una jaula cerrada, colgada alto y fuera del camino para mayor seguridad, y ¡ahora no estaba allí! ¿Cómo explicar tal cosa? No había explicación posible. Durante días estuve muy preocupado pensando en ello. Al fin, la luz se hizo en mi cansado cerebro. Mi ave muerta había estado viva durante todo el tiempo, la vida volvió a ella y, comprimiendo su delgado cuerpo entre los barrotes, escapó. Sin embargo, ¡los barrotes estaban lo suficientemente juntos como para guardar un Cardenal prisionero! GARZA BRUJA Nycticoraz obscurus Arriba ceniciento; frente blanca; cabeza, cuello y escapulares negro verdusco; plumas largas de la cresta, blancas; abajo pálido; largo 65, ala 30 centímetros. En la República Argentina, esta Garza nocturna vive en comunidades. Pasa las horas del día posada inactiva en grandes árboles o en los juncos de los pantanos, y cuando se, la perturba se eleva con pesados aleteos y un fuerte grito: "cua-cuá". A la puesta del sol abandonan su retiro para remontar un arroyo o buscar algún distante sitio donde alimentarse y viajan con un lento vuelo, ave tras ave, emitiendo a largos intervalos su grito nocturno de gran alcance, ronco y parecido a un ladrido. En los lugares en los que vive la bandada (entre juncos o en sitios en que no hay árboles) las aves, volteando los juncos, construyen falsos nidos o plataformas para posarse. Estas plataformas están muy juntas, por lo general en los sinos en donde los juncos son más espesos, y sirven a las aves para todo el invierno. Los hábitos nidíferos de la Garza Bruja fueron descriptos en el relato acerca de una colonia de Garzas blancas. CIGÜEÑA COMUN Euxenura maguari Plumaje blanco; alas y cobijas superiores de la cola negras; preorbitales desnudas y patas, rojas; pico color cuerno; largo un metro, ala 50 centímetros. La Cigüeña común es un ave muy conocida en las pampas. Se reproduce en los pantanos y vadea el agua poco profunda en busca de alimento; pero no es de hábitos tan acuáticos como el Jabirú, y una vez que pasó la época de reproducción se la ve por todas partes en los llanos secos. Aquí caza ratones, víboras y sapos, pero también visita con frecuencia los campos cultivados en busca de alimento. Cuando los ratones y las ranas son excepcionalmente abundantes en las pampas, las Cigüeñas aparecen a menudo en gran número y, en tales épocas las he visto, al atardecer, congregarse de a centenares cerca del agua. Durante el día se las ve acechando solas, atentas a su presa, con zancadas majestuosas semejantes a las de la Grulla. Para elevarse dan tres saltos altos antes de confiarse al aire, y como todas las aves voladoras pesadas, hacen un fuerte ruido con sus alas. Nunca se las ve descender sobre los árboles como el Jabirú. Son por completo mudas, a no ser que se pueda llamar lenguaje el repiqueteo que hacen con el pico cuando están enojadas. La época de poner huevos es, aproximadamente, a mediados de agosto. El nido es construido entre los juncos, elevándose a unos sesenta centímetros sobre la superficie del agua. Los huevos son bastante largos, en número de tres o cuatro y de un blanco tiza. Gibson, de Buenos Aires, suministra el vívido relato siguiente de una joven Cigüeña: "Una, que yo tomé el 5 de octubre, era más o menos del tamaño de un ave doméstica en plumón, y a excepción de la cola blanca, era por completo negra. Se domesticó muy pronto y acostumbraba vagar por la propiedad en busca de alimento u observando cualquier trabajo que se hacía. Las ratas eran tragadas enteras y el modo en que engullía medio o un kilogramo de carne cruda, hubiera horrorizado a una ama de casa inglesa. Tomaba las serpientes por la nuca y las pasaba transversalmente a través del pico, por medio de una sucesión de picotazos rápidos y vigorosos, repitiendo la operación dos o tres veces antes de quedar satisfecha de que la vida se había extinguido por completo. Acostumbraba hacer a menudo lo mismo con palos secos (supongo que era para no olvidar el método). En una ocasión se tragó un pedazo de cuero duro, de treinta centímetros de largo y en consecuencia no pudo doblar el cuello hasta veinticuatro horas después, cuando el cuero se ablandó. También corrió la historia que "Byles, el abogado" (como se la llamaba), confundió la cola de uno de los corderos mimados en la casa con una serpiente. Al instante la tuvo en el buche, pero fue puesta en evidencia por el cuerpo del cordero. Byles inspiraba un gran respeto a todos los perros y gatos, pero por lo general era muy pacífica. Sin embargo, uno de nuestros hombres le había hecho una jugarreta y el resultado fue que Byles iba por él cada vez que la ocasión lo permitía, cubriendo el suelo con sus largas patas como si fuera un avestruz, mientras producía un bochinche demoníaco con su pico. Era divertido ver a su víctima escabulléndose o a veces desesperado, volviéndose contra ella con un palo; pero Byles evadía los golpes saltando a dos metros y medio en el aire, descendiendo del otro lado de su enemigo y repitiendo allí su danza guerrera mientras siempre amenazaba (aunque sus amenazas nunca se cumplieron), con dejar marcas personales y agudas con su formidable pico. "Poco después de su captura comenzaron a aparecer las plumas. Lo que sigue es una descripción del ave alrededor de los dos meses de edad: plumas de la cola blancas; plumaje remanente de un satinado verde negruzco; pico negro; patas y pies grises. Manchas y parches blancos comenzaron a aparecer en la cabeza, espalda y alas; se fueron extendiendo gradualmente hasta que, a fines de mayo, el ave había adquirido todo el plumaje de los adultos. Luego mi interés por Byles cesó y más tarde ella se descarrió, yéndose a sus pantanos nativos." CIGÜEÑA DE CABEZA PELADA Tantalus loculator Blanco; cobijas grandes de las alas y plumaje de las alas y cola negras con reflejos bronceados; cabeza y parte superior del cuello desnudas y morenas; coronilla cubierta con una parte callosa; costados de la cabeza purpurinos; patas pizarrosas; largo 1,10 metro, ala 43,5 centímetros. Hembra similar. Mucha gente, en la región del Plata, está familiarizada con esta ave de los pantanos, con su elevada figura parecida a la de la Cigüeña y su plumaje blanco que la convierte en un objeto muy visible. En las pampas es común en verano y Otoño. Va en bandadas de doce a veinte individuos. Se los ve, por lo general, parados inmóviles, en grupos o diseminados en actitudes abatidas y en apariencia dormitando todo el tiempo. En el aire parecen estar en mejores condiciones, poseyendo un vuelo calmo y majestuoso. En los días tranquilos y calurosos se los advierte a menudo volando en círculos, muy alto en el cielo. Nunca he oído que esta ave anide en las pampas y estoy inclinado a pensar que sólo se reproduce en regiones boscosas, visitando los pantanos, en los distritos desarbolados, después que los jóvenes han volado. Sus hábitos en Norte América, en donde se lo llama "WoodIbis", son bastante bien conocidos, y en los trabajos ornitológicos de ese país es descripto como "un ermitaño parado indiferente y solo en la más alta rama de algún albo ciprés seco, el cuello plegado sobre los hombros y su enorme pico descansando, como una guadaña, sobre el pecho". Allí anida en árboles altos, a veces en compañía de Garzas. Pone tres huevos blancos. Hay tres especies de Cigüeñas en Argentina. Las dos descriptas y el famoso Jabirú, Mycteria americana Esta es un ave majestuosa, la más grande de las Cigüeñas americanas. Mide un metro y medio de alto y las alas tienen una envergadura de casi dos metros y medio. Todo el plumaje es de un blanco puro; la cabeza y quince centímetros del cuello están cubiertas con piel negra, desnuda. De la parte de atrás se extienden dos bandas escarlatas (siendo la piel lustrosa y excesivamente holgada), que corren hacia el tórax estrechándose. Se dice que cuando el ave está herida o enojada, esta holgada piel roja se infla como una vejiga y se pone de un color escarlata intenso. El nombre de Jabirú es debido, sin duda, a esta circunstancia, pues Azara (que dice que el nombre guaraní de la Cígüeña es Aiaiai) cuenta que la palabra indígena Yabirú significa "hinchada por el viento". Rara vez se lo encuentra cerca de Buenos Aires, en cambio esto sucede con más frecuencia en Misiones y en otros distritos de la frontera Norte de la república. Anida en altos árboles, como ha sido anotado por Brown y se dice que pone dos huevos "azul verdosos". CUERVO DE CAÑADA Plegadis guarauna Cabeza, cuello y superficie superior marrón purpurinos con una banda blanca alrededor de la basa del pico; espalda con reflejos metálicos; alas y cola verde con reflejos bronceados; banda a través de las cobijas de las alas, marrón; largo 55, ala 22,5 centímetros. Esta forma del bien conocido "Glossy Ibis" (Ibis lustroso) europeo, es una de nuestras aves acuáticas más abundantes en las pampas. En primavera aparece en bandadas, pero como sus movimientos son algo irregulares y muchos individuos permanecen con nosotros durante el invierno, es probable que sus migraciones no se extiendan muy lejos. En verano se los encuentra al lado de cada pantano y curso de agua, vadeando con bríos en el agua poco profunda y sumergiendo sus picos largos y curvos a cada paso. Cuando elevan el vuelo emiten invariablemente, un fuerte "ja ja ja", que semeja una franca risa humana, pero con un sonido algo nasal. A menudo abandonan los sitios pantanosos y se los ve diseminados en las llanuras herbosas, alimentándose como aves terrestres. En las pampas se congregan con frecuencia sobre el cadáver de un caballo o vaca, para aumentarse de las larvas de las moscas, en compañía del Milvago y la Gaviota de capucho negro. Su vuelo es singularmente gracioso. Durante las migraciones se ven las bandadas seguirse una a otra en rápida sucesión, estando compuesta, cada una de ellas, de cincuenta a cien individuos y a veces, de un número mayor. Es muy interesante observarlos en esos momentos, elevándose en él aire a gran altura, exhibiendo el matiz castaño oscuro de sus pechos, descendiendo luego con una graciosa curva hacia la tierra, como si quisieran mostrar el oscuro verde metálico con reflejos púrpura del plumaje de la parte superior. La bandada, mientras tanto, cambia sin cesar de forma o disposición, como si obedeciera las señales de un líder. En un momento se extiende en larga línea recta; de pronto las aves se diseminan en desorden o se amontonan como una nube de Estorninos; en el instante siguiente se vuelven a formar para continuar su viaje en forma de falange, media luna o triángulo. El asombroso entendimiento puede sugerir al espectador que las aves hacen estas innecesarias evoluciones a fin de alcanzar una mayor eficacia en ellas por medio de la práctica o, tal vez, sólo para hacer un despliegue de sus conocimientos aéreos. El Cuervo de cañada tiene otro hábito notable cuando vuela. A veces parece como si la bandada, de pronto, fuera presa de frenesí o pánico. Cada ave se aleja salvajemente de sus compañeros y desciende con un violento vuelo en zigzag. Después de pocos instantes, el ataque de locura los abandona, se elevan otra vez, se juntan de nuevo en el aire y reanudan su viaje. BANDURRIA DE INVIERNO Theristicus caudatus Costados de la garganta y preorbitales desnudos; piel negra; tope de la cabeza y parte más baja del cuello al frente, marrón rojizo; cuello blanco; espalda y alas gris con reflejos verdes; tarsales y barbas exteriores de las secundarias en dos tercios de su longitud blancos, las restantes verde oscuro lo mismo que las primarias; rabadilla verde claro bronceado; cola verde bronceado oscuro; partes inferiores negras; largo 82,5, ala 40,5 centímetros. Este hermoso Ibis llamado Mandurria o Curucau por Azara y "Vandurria" de invierno en lengua vernácula, es una de las visitas invernales más interesantes que llegan a las pampas de Buenos Aires provenientes de Patagonia. Se encuentra en Chile y ha llegado a ser obtenida, al Norte, hasta en Perú. Es más abundante en el lado Este del continente (durante la época fría) y alrededor de los 370 o 380 de latitud. Su casa de verano y lugar de reproducción parece hallarse en el extremo Sud del continente. Sus huevos fueron obtenidos en el estrecho de Magallanes por Darwin y más tarde por el doctor Cunningham, quien sólo dijo de ella que es un ave tímida y cautelosa, que va en bandadas de cuatro a ocho y su grito semeja "cuá-cuá, cuá-cuá". Pero debería haber escrito "cuec-cuec", desde el momento que "cuá-cuá" engaña al dar una débil idea de la serie de notas duras y abruptas de extraordinario poder que el ave emite por lo general mientras vuela y que suenan como los golpes de un poderoso martillo sobre una plancha de metal. En las pampas, esta Bandurria aparece en mayo, frecuenta lugares secos y herbosos y vuela en bandadas de doce a cuarenta o cincuenta individuos. Caminan con rapidez, agachándose mucho y explorando el suelo con sus picos largos, delgados y curvos. Parecen alimentarse, principalmente, con las larvas de los grandes Escarabajos cornudos, de las cuales sus estómagos están, por lo general, llenos. Tan atentas están en la búsqueda de sus alimentos que los miembros de una bandada a menudo se dispersan en todas direcciones y vagan fuera de la vista una de otra. Cuando esto sucede emiten, a veces, gritos fuertes y vehementes como sí quisieran llamar a sus compañeras o informarse, entre sí, de su paradero. Con frecuencia se ve a una de ellas alzar sus alas como si fuera a volar y estirándolas verticalmente hacia arriba, permanecer en esta curiosa actitud durante quince o veinte segundos. A la puesta del sol se elevan con mucho ruido y dirigen su vuelo al curso de agua mas cercano. A menudo en su camino hacia él, realizan una acción extraña e interesante. La bandada se precipita de pronto hacía abajo con una violencia asombrosa. Cada ave acomete este camino u Otro como sí se esforzase en sobrepasar a sus compañeras en todos los movimientos salvajes y fantásticos de los que son capaces. De este modo se elevan y descienden una y otra vez, a veces en una sola masa, dispersándose luego en todas direcciones. Siguen realizando este ejercicio por algún tiempo y mientras dura, hacen resonar el aire por kilómetros con sus chillidos fuertes y percutientes. En Patagonia observé por vez primera a esta Bandurria posada en árboles altos y, de acuerdo con Azara, posee el mismo hábito en Paraguay. Dice también que "todas las familias o parejas de una o más leguas en contorno, acuden a dormir en los mismos árboles, prefiriendo siempre los muy altos, secos y de ramas tronchadas que están en las orillas de los bosques; de manera que si hay escasez de estas circunstancias, se juntan en el propio árbol cuantas pueden acomodarse y por la mañana cada pareja va a buscar el campo de su destino". El huevo obtenido por el doctor Cunningham en la isla Elizabeth es el descripto por el profesor Newton ("Ibis", 1870, pág. 502): "Superficie deslustrada de un verde blancuzco pálido con manchas (en su mayor parte pequeñas), de un tinte neutro y algunas pocas manchas, motas y máculas de un marrón oscuro intenso; hacia el extremo amplio algunas rayas capilares en un tono un poco más claro y con un carácter de Plataleidae o Ibis". BANDURRIA MORA Harpiprion caerulescens Frente blanca que se junta con una barra blanca arriba y detrás del ojo; tope de la cabeza y cresta marrón oscuro con tinte verdusco; garganta y cuello cubiertos con plumas largas y estrechas marrón claro con tinte rosado en ciertas posiciones; partes superiores verde bronceado azulado; alas como la espalda, según como se miren, las plumas tienen un lustre plateado; primarias azul oscuro; cola verde oscuro; partes inferiores marrón grisáceo con reflejos rosados en ciertas posiciones; largo 82,5 ala 39 centímetros. Esta ave se extiende desde Brasil (Sud del Amazonas) hasta las pampas de Buenos Aíres. Es un ave de los pantanos, no muy abundante y sin embargo es excesivamente bien conocida por la mayor parte de los habitantes de Argentina: es que, en realidad, sería difícil no notar una especie que posee una voz tan potente y peculiar. En idioma vernáculo se llama Bandurria, con el agregado de "aplomada", "barrosa" o "de las lagunas" a fin de distinguirla de la Bandurria de invierno. También la palabra se deletrea con frecuencia "Mandurria" o "Bandurria", pero su origen no se encuentra en la palabra "bandada", como lo imagina Barrows cuando le da este nombre vernáculo al Cuervo de cañada, sino del instrumento de cuerda español llamado "vandurria". Es posible que el instrumento sea ahora anticuado; no así la palabra, que es usada a veces por los poetas en lugar de arpa o lira, para simbolizar la inspiración poética, en especial en las composiciones heroico-burlescas. Así Iriarte dice: ¡Atención! que la vandurria he templado. Si uno pudiera obtener un banjo con cuerdas de latón, tan grande que pudiera ser oído a una distancia de tres kilómetros; una docena de golpes asestados en rápida sucesión en una cuerda, produciría un sonido semejante al reclamo de esta ave, voz de los pantanos desolados que compite, en poder, con los desaforados chillidos que parecen humanos de la Ypecaha (gallineta), los largos y repetidos gemidos del Carao o Viuda loca y el canto matutino del Chajá. A la Bandurria se la ve por lo general sola o en parejas y a veces, pero es muy raro, en pequeñas bandadas de media docena de aves. En sus hábitos es parecida al Tantalus, vadeando en las aguas poco profundas de los pantanos y devorando anguilas, ranas, peces, etcétera. Después de examinar los bien repletos estómagos de algunos pocos ejemplares, uno está fuertemente tentado de creer que el hermoso y largo pico de esta ave, ha "olvidado su astucia" como sonda. Durante el día, parada en el suelo, emite a intervalos su resonante grito metálico. Es cauta, posee un vuelo fácil y potente y es una gran vagabunda; pero no estoy en condiciones de decir sí emigra o no con regularidad. El celebrado naturalista Natterer obtuvo ejemplares de esta Bandurria en las lagunas de Caicara (provincia brasileña de Matto Grosso) en septiembre y noviembre de 1821, pero no es mencionada, por la generalidad de los escritores, entre las aves del Sudeste del Brasil. CUERVO DE FRENTE PELADA Phimosus infuscatus Verde bronceado oscuro con lustre púrpura; parte anterior y costados de la cabeza y cuello desnudos y rojos; pico y patas rojos; largo 60, ala 29 centímetros. De esta especie, que se extiende desde Colombia hasta la República Argentina, unos pocos individuos descienden, al Sud, hasta las pampas de Buenos Aires. La falta de plumas en la parte anterior de la cabeza y cuello, sugirió a Azara el nombre de "Afeytado". Pero sobre sus costumbres no tiene nada que decir, ni tampoco menciona su voz tan peculiar o, tal vez sería más correcto decir, su carencia de voz, pues parece silencioso a menos que uno se le acerque y escuche con mucha atención. En este caso oirá pequeños sonidos semejantes a quejidos, mientras el ave se aleja volando. Resulta extraño que este miembro de una familia locuaz y de voz potente, esté reducido a hablar como si fuera un susurro. En dos o tres ocasiones yo he visto hasta doce individuos juntos. En otros momentos he visto uno o dos asociados con Cuervos de cañada. El nombre de Azara, "Afeytado", resulta bastante adecuado en español, del mismo modo que su "Degollada" no nos resulta nada chocante, para designar un tordo con garganta roja, si lo oímos en dicho idioma; pero para un nombre inglés me parece que "Whispering Ibis" (Cuervo susurrante) por el sonido parecido a un susurro que el ave emite, es más conveniente o, por lo menos, más armonioso. Es posible que, en el continente Sudamericano, existan dos razas de este Cuervo, pues en Brasil y más al Norte se dice que tiene un fuerte grito que emite cuando alza el vuelo, como sucede con el Cuervo de cañada. Se dice que uno de sus nombres nativos en los trópicos -"Curri-curri" es una imitación de su nota acostumbrada. ESPATULA ROSADA Ajaja rosea Cabeza desnuda; cuello, espalda y pecho blancos; cola color ante anaranjado con los cañones de las plumas rosa fuerte; resto del plumaje rosa claro; cobijas inferiores de las alas y cobijas superiores de la cola carmín intenso; cuello con un manojo de plumas entrelazadas, carmín claro; cabeza verdusca, espacio alrededor del ojo y saco de la garganta anaranjado; ojos carmesí, patas rojas; largo 75, ala 37,5 centímetros. Hembra similar, Pichones con la cabeza completamente emplumada. La Espátula rosada se halla en ambas Américas y se extiende, hacia el Sud, hasta el estrecho de Magallanes. Pero en Patagonia yo creo que es rara, pues no la encontré en el Río Negro. En las pampas es abundante y me han dicho que allí anida en los pantanos, pero nunca pude encontrar ningún nido. Por lo general se la ve en pequeñas bandadas de doce a veinte individuos, los que se alimentan todos juntos y cerca uno del otro, vadeando con el agua hasta las rodillas y moviendo de un lado a otro sus picos largos y chatos a medida que avanzan. Un inglés conocido mío mantuvo en su estancia durante siete años y como favorita, una de estas aves. Era muy dócil y pasaba el día vagando por los campos asociada con las aves de corral, pero a la hora de la comida, siempre se presentaba en el comedor, en donde ocupaba su sitio en un extremo de la mesa y, con gran destreza, tomaba con su pico cualquier bocado que se le arrojara. Más adelante, cuando escribí biografías de aves para la "Argentine Ornithology" creí que había dos especies de Espátula en Argentina, pero resulté ser el único, entre los ornitólogos, que tenía esta creencia. Sólo puedo, por tanto, repetir aquí parte de lo que escribí en ese trabajo y dejar al tiempo que decida sobre la cuestión. La creencia general es, que las aves de plumaje pálido con cabezas emplumadas y ojos negros (la Espátula rosada tiene ojos carmesí), sin las manchas claras en las alas, el manojo de plumas en el pecho, excrecencias callosas en el pico y otras marcas, son sólo aves no maduras. Ahora para un ave con todas estas marcas características de la verdadera Platalea ajaja, que tiene cola amarilla, nosotros encontramos en las pampas, no menos de cien ejemplares del ave de plumaje pálido, sin rastros de tales marcas y con la cola rosa. No podría ser tan grande como ésta la disparidad de número entre aves adultas y no adultas. Maté un ejemplar no adulto de la verdadera Ajaja; era tan joven que parecía haber abandonado recién el nido; pero la cabeza estaba desplumada y tenía las protuberancias en la mandíbula superior, mas eran tan blandas que podían ser melladas con una uña. Azara menciona también un ave no adulta que él obtuvo pero no dice que la cabeza tuviera plumas. Aun esta evidencia negativa interesa muchísimo desde el momento que seria impropio de él el ver una Espátula con plumas en la cabeza y también distinta de la Ajaja rosea y no describirla como una especie diferente. Para concluir, debo mencionar que el ave mimada que tenía mi amigo pertenecía a la especie de plumaje pálido y nunca perdió las plumas de su cabeza ni adquirió, en siete años, ninguna de las marcas características del P. ajaja. FLAMENCO COMUN Phoenicopterus ignipalliatus Plumaje rolo rosáceo; cobijas de las alas carmesí; plumas de las alas negras; pico rojo pálido, mitad apical negro; largo 97,5, ala 37,5 centímetros. Hembra similar pero más pequeña. El Flamenco argentino habita todo el territorio argentino hasta el Río Negro en el Sud, en donde me encontré con que es muy abundante. Los lugareños me dijeron de un sino en que anidaban -un lago salado poco profundo- el que, sin embargo había sido abandonado por las aves antes de mi visita. El nido aquí, como en otras regiones, era un pequeño pilar de barro que se elevaba de treinta a cuarenta y cinco centímetros sobre la superficie del agua, con un ligero hoyo en el tope. Las personas que los habían observado en sus nidos, me aseguraron que en el momento de la incubación siempre se echan con la parte posterior del cuerpo proyectada fuera del nido, con las largas patas colgando en el agua y no recogidas debajo del ave. En el Río Negro encontré que abundan más en invierno, lo cual me sorprendió, pues estoy seguro de que en otoño hay un movimiento de los Flamencos hacia el Norte y a menudo los he visto, en la época de la migración, pasar por sobre mi cabeza en dirección al Norte. En esta estación, también he encontrado pichones con plumaje gris, en los pantanos cercanos a la ciudad de Buenos Aires, a cientos de kilómetros de cualquier nidal conocido. Es probable que las aves del interior del país, en donde el frío es bastante más intenso que en la costa marítima. vayan hacia el Norte antes del invierno, mientras que los de los distritos que bordean el Atlántico se han vuelto sedentarios. El Flamenco tiene una manera curiosa de alimentarse: sumerge el pico y, por medio de un movimiento rápido y continuo de las mandíbulas, hace pasar una corriente de agua a través de la boca, en la que quedan detenidos por los dientes los pequeños insectos y las partículas de sustancias flotantes. El estómago es pequeño y por lo general se lo encuentra conteniendo una masa pastosa de una sustancia verdusca mezclada con diminutas partículas de cuarzo. Sin embargo, con tan escasa ración, esta gran ave no sólo se mantiene sino que se pone excesivamente gorda. Yo pasé medio invierno en Patagonia, en una casa construida al borde de un laguito. Todas las noches, con regularidad, una pequeña bandada de Flamencos iba a alimentarse en el agua a unos doscientos metros de la parte posterior de la casa. Yo acostumbraba abrir la ventana para oírlos, y el ruido hecho por sus picos era continuo y semejaba el sonido que se produce al exprimir una ropa mojada. Se alimentan mucho durante el día, pero yo creo que lo hacen muchísimo más durante la noche. En los sitios en donde nunca se los persigue son dóciles y cuando se hace fuego contra una bandada y se mata a uno de ellos los otros, aunque asombrados en apariencia, no vuelan. Son aves silenciosas, aunque en realidad no sean mudas, pues poseen un grito fuerte y ronco que emiten, a veces, en el momento de alzar vuelo. También poseen otro grito que sólo le oí a un ave herida, y que semeja el del Pavo, pero más penetrante. Siempre se los ve parados en el agua, aun cuando no se alimentan y parecería que durmieran también ahí. En tierra tienen un aspecto muy singular. Su inmensa altura, en proporción con su volumen les da, entre las aves, una apariencia parecida a la de la jirafa entre los mamíferos. En medio del escenario gris de Patagonia, parecen otorgarle una extraña gloria a los lagos y cursos de agua, mientras permanecen parados inmóviles con sus altas formas reflejadas en el líquido oscuro, pero principalmente cuando se elevan en una larga comitiva o falange carmesí, volando bajo sobre la superficie. CHAJÁ Chauna chavaria Gris pizarra más oscuro en la espalda; barba, cuello y mejillas blancusco; anillo pelado alrededor del cuello; nuca con cresta; vientre gris pálido; patas rojas; largo 80, ala 47,5 centímetros. Esta ave majestuosa, llamada Chajá en idioma vernáculo, es común a través del distrito del Plata, de los pantanos y del campo abierto y llano en el que abundan el agua y los pastos suculentos. Hacia el Sud se extiende hasta las inmediaciones de Bahía Blanca. Abunda más en las pampas al Sud de la ciudad de Buenos Aires y en esta vasta extensión de territorio llano y verde, el ave se encuentra a sus anchas. Allí es un rasgo importante del paisaje. Sus hazañas vocales son doblemente imponentes debido al profundo silencio de la naturaleza y su singularidad el contraste entre su hábito aéreo y su pesada estructura resalta con más fuerza en estos lugares en donde la visión es tan despejada y la atmósfera tan pura. El Chajá, como la mayoría de las grandes aves y mamíferos de todas las partes del globo a las cuales es atraída la inmigración europea, está condenada, con probabilidad, a un rápido exterminio. Mis observaciones del ave en esa porción de las pampas en que es más abundante, datan de algunos años atrás; de una época en que los habitantes eran pocos y pertenecían, en su mayoría, a la raza española y no a la destructora de la vida de las aves. Las condiciones se habían vuelto sumamente favorables a esta especie. Sus costumbres son, en parte, acuáticas; en sitios desérticos se lo halla por lo general en pantanos, vadeando el agua poco profunda y, en ocasiones, nadando para alimentarse de las semillas y de las hojas suculentas de las plantas acuáticas. Después que los viejos pastos gigantes de las pampas fueron comidos por el ganado y los reemplazaron los suaves pastos europeos, los Chajás aceptaron favorablemente el nuevo alimento, prefiriendo el trébol y ahora parecen tan terrestres en sus hábitos alimenticios, como las Avutardas de pecho rayado. Su alimento es abundante y los naturales nunca los persiguen. Su carne es muy oscura, tosca y granular, pero es buena para comer, con un gusto que recuerda la del Pato salvaje. En él hay una gran cantidad de carne pues su cuerpo es más grande que el del cisne. Sin embargo, nadie ha pensado nunca en matar o comer un Chajá, de modo que se les ha permitido reproducirse en grado sumo. Pocos años atrás era una cosa común, en la época de sequía, verlos congregarse de a miles y temían tan poco al hombre que yo he cabalgado a menudo a través de grandes bandadas dispersas sin hacerlas volar. Una cosa curiosa en el Chajá, es que toma una compañera por toda su vida, no obstante ser una de las aves más sociables. Pero si se observa con atención una gran bandada, se ve que siempre están dispuestas en parejas. Otra cosa curiosa es que, no obstante las formidables armas que posee( cada ala está armada con dos grandes espolones), son de un temperamento en extremo pacífico. Nunca he podido descubrir ni aun el más pequeño anuncio de pelea entre ellos. Sin embargo, es difícil creer que no luchen a veces, desde el momento que por lo general las armas de ataque se encuentran en relación con la disposición de usarlas. De cualquier modo, a las aves cautivas se las puede hacer pelear. Yo he conocido gauchos que los tomaban por el placer de presenciar sus batallas. Se los suele domesticar con gran facilidad; en ese estado parecen mostrar mayor docilidad e inteligencia que cualquiera de nuestras aves domésticas y se vuelven tan apegados a sus casas que se los puede, sin ningún peligro, dejar volar a discreción. Se asocian, pero no pelean con las aves de corral. Son rápidos en distinguir a los extraños de los habitantes de la casa, mostrándose con ellos muy suspicaces y elevando, a veces, una fuerte algarabía cuando alguien se acerca. Por lo común no son amigos de los gatos ni de los perros. En la época de la reproducción es peligroso, para cualquier desconocido, aproximarse al nido, pues a veces lo atacan con la mayor furia. El Chajá es un ave muy pesada. Se eleva del suelo con gran trabajo, haciendo con las alas un fuerte ruido, como sucede con el Cisne. No obstante, le encanta volar y se eleva en una inmensa espiral hasta que desaparece por completo de la vista en el cenit, aunque el tiempo esté muy claro. Considerando su gran volumen y su color oscuro, la altura que acaba por alcanzar debe ser muy grande. En los días soleados y sin viento, en especial en invierno y primavera, a menudo pasan horas en estos sublimes ejercicios aéreos, planeando con lentitud en vastos círculos y cantando a intervalos. Aún no ha sido explicado cómo un ave tan pesada y con alas en relación tan cortas, puede sostenerse durante períodos tan largos en la tenue atmósfera hasta la cual se eleva. Su voz es muy potente. Cuando se los molesta o alguien se acerca al nido, ambas aves emiten, a intervalos, un fuerte grito de alarma semejante, en sonido, al grito de cólera del Pavo real, pero el doble de fuerte. En otros momentos ejercitan su voz en una especie de función de canto en la que macho y hembra se unen, y que produce un efecto armonioso. Comienza el macho, la hembra empieza la suya y luego, con maravillosa fuerza y espíritu, derraman un torrente de sonidos extrañamente contrastantes -algunos parecidos al fagot en su profundidad y volumen; otros, como toques de tambor y otros largos, claros y resonantes-. Es el sonido animal más fuerte de las pampas y su carácter alegre y marcial afecta con fuerza la mente y esta soledad silenciosa y melancólica. Los Chajá cantan durante todo el año, a toda hora, tanto en el suelo como cuando vuelan. Cuando está en pareja, las dos aves siempre cantan juntas y cuando están en bandadas, cantan en conjunto. A la noche, se los oye alrededor de las nueve en el atardecer y de nuevo justo antes del alba. Sin embargo, no es desusado oírlos cantar a otras horas. El nido es una obra grande, ubicada entre los juncos bajos y los lirios del agua. A veces se lo ve flotando en el agua, alejándose de su amarre. Pone cinco huevos punteados en un extremo, de color blanco puro y de tamaño semejante a los del Ganso doméstico. Los pichones están vestidos de amarillo, como los gansarones, y siguen a los padres desde que salen del cascarón.
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