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CAPITULO IX
Antiguas leyes de los Chibchas-Leyes de Nompaném,
del guatabita y de los Guanes-Leyes de Nemequene-Mensajeros que anunciaban la
guerra-Espías-Preces y sacrificios antes y después de la guerra- Insignias con
que se distinguían los nobles-Armas e instrumentos de música-Momias que llevaban
en el ejército-Descripción de un combate-Grado de valor de los Chibchas.
Tenían los diferentes estados chibchas leyes de inmemorial
antigüedad que por tradición oral se transmitían unas generaciones a otras.
Atribuían las primitivas a Bachúe, quien tenía por madre de su raza. Cada
cacique daba, además las leyes particulares que creía convenientes para el buen
gobierno de sus dominios.
De Nompaném, cacique de Iraca, se refiere que luego que desapareció Bochica se
propuso hacer observar los preceptos que éste había enseñado, pero que
conociendo que no los habían de cumplir si no imponía una sanción al que los
infringiera, los redujo a leyes. Dispuso que el homicida fuera condenado a la
pena de muerte, y que el embustero, el ladrón y el que quitase la mujer ajena
fuese bien castigado: la primera vez con azotes, la segunda con pena de infamia
y la tercera infamando al delincuente con toda su parentela.
La ley del guayabita era ley de sangre, puesto que la generalidad de los delitos
se castigaba con la pena de muerte.
Entre las penas que imponían los Guanes son de notarse las siguientes. Al ladrón
se le amarraba a un palo cuando reincidía, y se le hacía flechar; a los
flecheros que acertaban a herirlo en la boca o en un ojo, les daba el cacique en
premio una manta. Las travesuras de los muchachos se castigaban echándoles en
los ojos agua de ají, lo que les producía fuerte escozor. Si sospechaban que
alguna mujer hubiera cometido adulterio, la embriagaban con zumo de borrachero,
y si en el estado de beodez se permitía algún acto de sensualidad, daban por
cierta la sospecha, y la mataban; en el caso contrario la daban por libre,
haciéndola volver en sí con el zumo de otra yerba.
En otras partes del país de los Chibchas, quienes generalmente odiaban este
delito, aunque lo permitían en sus grandes fiestas, hacían comer aprisa mucho
ají a la que recelaban que fuera culpable; y cuando ya sentía quemadas las
entrañas, le decían que confesara su culpa, lo que hacía con frecuencia, aunque
fuera inocente, impulsada por el acerbo dolor. Dábanle entonces agua para que
mitigara el ardor, y la sentenciaban a muerte. Cuando no confesaba, quedaba
purgada con el tormento y le hacían grandes fiestas. Si el adúltero era rico, y
su cómplice de condición inferior la rescataba de la muerte con oro y mantas, de
lo que correspondía una parte al cacique; rescate que no tenía efecto si se
trataba de alguna de las mujeres de éste. En tales casos se sometía a los
culpables a muerte cruel, dejando los cuerpos insepultos para escarmiento de los
demás.
Al que era acusado de ladrón lo traían la primera vez delante del cacique con
las espaldas vueltas; la segunda lo reprendían y lo castigaban con azotes; a la
tercera ya lo tenían por incorregible, y le hacían sufrir una pena que era
considerada peor que la de muerte. Sentábase el cacique gravemente en una silla;
un cortesano colocado detrás de ésta reprendía al culpable diciéndole que ya se
le había castigado dos veces por su mala vida, y no había tenido vergüenza de
volver a ella; que sin duda se consideraba gran señor, y puesto que lo era, bien
podía mirar al cacique. Volvíale entonces con presteza la cabeza, obligándolo a
fijar la vista en el cacique, y después lo dejaba regresar a su casa. Era tal el
sello de infamia con que esta pena marcaba al delincuente, que se acababa su
linaje, pues ninguno le daba sus hijos para que se casaran con los suyos, ni le
ayudaba en las labranzas ni en sus necesidades, ni quería tener trato y
comunicación con él, sólo porque había mirado al cacique.
Cortaban manos, narices y orejas, y daban azotes por otros delitos que
consideraban menos graves.
El zipa Nemequene, cuyo reinado tuvo principio en los últimos
años del siglo XV, ordenó muchas leyes que quedaron "estampidas en solas las
memorias de los hombres," y que siguieron observando sus súbditos hasta que la
legislación española las hizo olvidar. Gran mérito tuvo Nemequeue por haber
promulgado de nuevo y puesto en vigor las antiguas leyes, acondicionándolas y
reformándolas.
Las principales fueron estas:
Impúsose la pena de muerte al homicida, alegando que sólo Chiminigagua, que daba
la vida, podía perdonar al que la quitaba. Con la misma pena se castigaba al que
forzaba alguna persona del otro sexo, si era soltero. Siendo casado, debía
sufrir la pena del talión.
El incestuoso era metido en un hoyo angosto lleno de aguay con sabandijas, que
cubría con una losa para que pereciera miserablemente.
El reo de pecado nefando moría con ásperos tormentos, y el que de ordinario le
aplicaban consistía en empalarlo con una estaca de una palma espinosa hasta que
le salía por el cerebro.
Cuando una mujer moría de parto, si vivía la criatura debía el marido criarla a
su costa. En caso de muerte de ésta, daba la mitad de la hacienda a los suegros,
hermanos o parientes más cercanos.
El desertor era castigado con vil muerte. Al que se mostraba cobarde en el
servicio militar se le obligaba a llevar vestidos de mujer, y a ocuparse en los
oficios que son propios de ella, por el tiempo que dispusiera el zipa.
El fisco heredaba los bienes del que fallecía sin herederos.
A la gente común no le era permitido usar sino ciertos vestidos y joyas. Sólo
los usaques podían hacerse horadar las orejas y narices, y llevar pendientes las
joyas que quisiesen.
Ningún señor podía subir en andas a menos que el zipa se lo permitiese en premio
de importantes servicios.
Las personas principales no estaban sujetas a las leyes comunes. Para ellas se
establecieron penas ligeras de vergüenza, como romperles la manta y cortarles
los cabellos, lo que se consideraba grande ignominia, pues ponían lo uno y lo
otro en sus templos.
Acostumbraban los Chibchas enviar mensajeros de una y otra parte cuando por
cualquier motivo querían hacerse la guerra; éstos se quedaban en los pueblos de
los contrarios, donde los consideraban y regalaban todo el tiempo que duraba la
contienda.
Llevaban con la fuerza espías y corredores que observaban al enemigo y daban
cuenta de todo.
Antes de salir a la guerra pasaban una lunación cantando, a la puerta de los
templos, al Sol y a la Luna para que los favorecieran. En estos cantares les
referían las causas justas que tenían para romper la paz. Preparábanse también,
con el mismo fin, sacrificios de niños, que se hacían por manos de los jeques.
Terminada la guerra, se entretenían muchos días en bailes, canciones y regocijos
en que representaban sus victorias, y si volvían vencidos pedían perdón a sus
dioses de su loca determinación: cantaban unos y lloraban otros, lamentándose de
que sus pecados hubieran sido la causa del mal éxito.
Cada cacique tomaba sitio diferente en el campamento, distinguiéndose por sus
insignias de colores diversos, de manera que la vista de las tiendas y
pabellones que ponían bastaba para reconocer las parcialidades. Seguían al
ejército muchas mujeres con gran copia de múcuras de chicha, que llevaban
dondequiera que se movían. Peleaban formados en cuerpos, pero no ordenados y en
filas como los españoles, sino apartados. Eran de verse estos cuerpos en un
campo de batalla.
Distinguíanse los nobles por sus penachos ondeantes de hermosas plumas de
guacamayos y papagayos, metidos, en anchas cintas de oro fino, que tenían
engastadas trechos lucidas esmeraldas. Ostentaban en la frente grandes medias
lunas con las puntas vueltas para arriba. Llevaban además narigueras, arracadas,
brazaletes, collares de finas cuentas con canutillos de oro a trechos, patenas,
petos y otras más grandes planchas que les servían de escudos, todo de oro.
"No fue poco cebo para alentar los bríos de los españoles tener a la vista joyas
de tanto precio."
Iban los soldados aderezados de plumas y armados con picas de palma negra, de
seis a diez palmos de largo, tostadas las puntas; macanas a manera de pesadas
espadas, que jugaban a dos manos y daban gran golpe; varas puntiagudas usadas en
lugar de saetas; hondas, tiraderas que llevaban sobre el brazo para lanzar
dardos. Los músicos ocupaban sus puestos con sus fotutos o flautones de madera y
sus grandes caracoles marinos guarnecidos de oro, que servían de trompa y de
corneta, y se tocaban en las principales fiestas y en los combates. Eran dichos
caracoles muy estimados; los traían de tribu en tribu desde la Costa, y daban
por ellos alto precio.
Espectáculo singular presentaban en medio del ejército uno o más cuerpos
humanos, tiesos y secos, que traían algunos indios a cuestas, o en andas
adornadas con vistosas mantas y rodeadas por una guardia. Eran los cuerpos,
conservados por medio de ciertos ingredientes, de antiguos afamados guerreros,
cuya presencia infundía ánimo y vergüenza a los soldados.
Empezaba la lid con estruendosa vocería, acompañada del disonante ruido de los
instrumentos músicos.
Cruzábanse infinidad de flechas por los aires, hiriendo a los combatientes que
caían revolcándose por el suelo, donde rodaban penachos, escudos y diademas. Las
duras piedras dejaban en los cuerpos, profundas y dolorosas señales. Los
terribles golpes de macana rompían cabezas, brazos y piernas, y ensangrentaban
los rostros. Redoblaban los gritos de uno y otro lado, retumbaban los caracoles
marinos y los tamboriles de diversos tamaños; los jefes iban a una y otra parte
animando a sus soldados, y si estos jefes eran el zipa y el zaque, se hacían
llevar en ricas andas en medio del combate. El vencedor se volvía a sus tierras
cargado con los despojos del vencido.
Eran los Chibchas en general tímidos y de poco brío y fuerzas para la guerra;
fácilmente se acobardaban cuando veían a sus compañeros muertos, por temor de
correr igual suerte. Muy superiores en arrojo y en valor salvaje eran sus
vecinos, los Panches y los Muzos, y probablemente los habrían conquistado si
alguna vez se les hubiera ocurrido ocupar sus tierras más bien que cazarlos para
hacer provisión de carne humana. La dirección de un buen jefe, la disciplina y
el ejemplo dado por tropas aguerridas, han hecho en todo tiempo de los Chibchas
muy buenos soldados. En la primera ocasión en que acompañaron a los españoles a
pelear contra los Panches, se les veía pálidos, temblorosos, se metían debajo de
los caballos y huyeron muchos de ellos por no servir de alimento a sus voraces
enemigos. Más tarde, luego que vieron que no resistían éstos al empuje de los
españoles, los acometían con ardimiento, fingían huir para embestirlos y los
perseguían sin descanso.
Era la gente de Tundama la más belicosa y valiente de todas, y fue la última que
sometieron los conquistadores.
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