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CAPITULO VI
Sacrificios humanos-Los mojas o sacerdotes niños-Inmolaciones
de adultos en los adoratorios y en los cerros-Sacrificios en Gachetá y Ramiriquí-Inmolación
en la gavia-Horrible inmolación de niñas en los cimientos de las casas
nuevas-Entierro de las mujeres y esclavos vivos de los caciques-Sacrificios con
sangre de aves, con agua, fuego, tierra, oro y esmeraldas.
Uno de los hechos que más claramente comprueban la unidad de la especie
humana es la adhesión universal a ciertas ideas y a determinadas prácticas.
Admitida por todos los pueblos la idea de la degradación del hombre por la
culpabilidad original, la satisfacción se impuso como su natural consecuencia.
Consideróse el sacrificio como el acto esencial de la religión. Creyóse que la
Divinidad, irritada contra la carne y la sangre, no podía aplacarse sino con
sangre, a cuya efusión se atribuyó una virtud expiatoria. Dios, que reveló estas
verdades, quiso que, para salvar al hombre, se inmolasen los animales que éste
prefería. Los idólatras, impulsados por una lógica diabólica, creyeron que la
eficacia del sacrificio estaba en relación directa con la importancia de la
víctima, y cayeron en la horrible superstición de los sacrificios humanos.
No estaban exentos los Chibchas de tan execrable práctica; inmolaban víctimas
humanas al Sol, a quien consideraban como el más digno de su adoración. Todos
los años corría la sangre de numerosos niños inocentes como tributo pagado a las
supersticiones idolátricas.
Tenía este pueblo diferentes modos de hacer sus sacrificios; los describiremos
sucesivamente.
Había en las vertientes de los llanos de San Juan (hoy de San Martín), dunas
treinta leguas de Bogotá, un templo dedicado al Sol, donde se criaban con mucho
esmero tiernos niños, a quienes cortaban el ombligo recién nacidos, porque
decían que así lo mandaba el Sol, quien bebía esa sangre; a estos niños los
llamaban mojas.
Mercaderes chibchas iban a comprarlos a esa lejana provincia y los traían de
seis a ocho años de edad, teniéndolos en tanta veneración, que los cargaban
sobre sus hombros. Los mojas eran vendidos a los caciques a muy subido precio,
de tal manera, que cada cacique tenía uno, y pocos alcanzaban a comprar dos o
tres. Llevábanlos a los adoratorios, y allí servían como sacerdotes y los tenían
en muy grande reverencia. Decían los indios que se entendían con el Sol, y le
hablaban y recibía sus respuestas. Uno de sus principales oficios era cantar, y
en tanto que ellos cantaban, los indios lloraban, Los miraban como personas tan
sagradas y santas, que no les dejaban tocar los pies en el suelo. Por la mañana
los llevaban con mucho respeto en los brazos a lavarse a las fuentes o a algún
río. Teníanlos en extremo regalados, y ninguno, ni el cacique mismo, podía comer
en su plato. Cuando los indios cometían algún pecado, no se atrevían a entrar en
el adoratorio sino acompañados por el moja.
Así que llegaban a la edad de la pubertad, los mataban en los templos y ofrecían
a sus ídolos su sangre; pero si los jeques llegaban a saber que alguno hubiera
tenido comercio con mujer, se libraba éste de la muerte, no teniendo su sangre
como acepta al Sol, por ser sangre impura ; echábasele entonces del adoratorio,
y se le miraba como un cualquiera. Los jeques abrían vivo al moja, le sacaban el
corazón y las entrañas, y le cortaban la cabeza mientras los músicos cantaban
los himnos propios de aquella bárbara función. Sacrificado un moja, el cacique
lo reemplazaba comprando otro.
¡Es verdaderamente digno de admiración el respeto de los Chibchas por la pureza,
y cómo tenían la idea de que la inocencia pone al hombre en piadosa comunicación
con la Divinidad! ¡Qué bella y consoladora costumbre, que parece nacida de un
corazón cristiano, la de hacer acompañar al penitente en su entrada al templo
por el inocente niño cuyos ruegos son tan eficaces!
En las guerras con sus enemigos, y más que todo en las que tenían con frecuencia
con los Panches, procuraban apoderarse de algunos niños que traían a su tierra
con cantares y ceremonias. A unos les daban prontamente muerte en sus
adoratorios, degollándolos con grandes clamores. Regaban el suelo y untaban los
postes con la sangre, y el cuerpo lo llevaban a lo alto de los cerros para que
el Sol lo devorara, pues decían que comía la carne de los niños y era muy de su
gusto, y que se holgaba más del sacrificio que le hacían de muchachos que de
hombres. A otros los cuidaban en ciertas casas, regalándolos con delicadas
comidas, y los reservaban para sacrificarlos al Sol cuando juzgaban que para
ello había causa grave, como cuando iban a la guerra, para tener buen éxito en
ella.
Si les faltaba agua para sus sementeras, decían que les venía ese mal por estar
enojado con ellos. Juntábanse entonces muchos jeques, sacaban uno de los niños y
lo llevaban a una cumbre, al amanecer de un día claro y sereno. Allí escogían el
puesto para la inmolación en la parte que miraba al Oriente. Luego tendían al
muchacho sobre una manta rica en el suelo y lo degollaban con unos cuchillos de
caña, en medio de grandes clamores y voces. Recogían la sangre en una totuma y
untaban con ella algunas peñas en que daban los primeros rayos del sol. Metían
el cuerpo del inocente niño unas veces en una cueva, y otras lo dejaban
insepulto en la cumbre, para que lo comiera el Sol y se aplacara su ira. Volvían
algunos días después, y si lo hallaban consumido decían que el Sol lo había
devorado, con lo que estaría desenojado y dispuesto a favorecerlos en sus
necesidades y a enviarles buen tiempo.
Sin duda en obedecimiento a esta costumbre arrojaban los indios de Guachetá,
desde un cerro, algunos niños a los españoles cuando entraron a sus tierras,
considerando a los conquistadores como hijos del Sol.
En Gachetá tenían los indios un ídolo de madera, más alto que un hombre,
colocado en una piedra ensangrentada. Sobre aquella piedra sacrificaban todas
las semanas algún muchacho, "que no pasase de catorce años ni tuviese malicia
para pecar."
En Ramiriqí había un antiguo adoratorio muy venerado: era una cueva que formaba
una espaciosa sala; a la que se entraba por una puerta muy angosta. Entre otras
ceremonias que hacían allí, sacrificaban muchos niños inocentes.
Uno de los sacrificios más comunes y frecuentes era el de la gavia. Dieron este
nombre los españoles a unos maderos gruesos, altos y derechos, que veían en
muchas partes clavados en las esquinas de los cercados, pintados de colorado y
con una garita en la parte alta, que los hacía semejarse a las gavias que se
usaban entonces en los mástiles de los navíos.
Cuando los caciques querían hacer algún sacrificio, daban orden de conducir un
esclavo, que llevaban amarrado en medio de numerosa y vistosa procesión, por la
ancha carrera que conducía al cercado del señor. Poníanlo sobre la gavia, y le
tiraban flechas y dardos agudos. Al pie del mástil estaban los jeques y otras
personas con muchas escudillas recogiendo la sangre de la víctima, que ofrecían
al adoratorio con ceremonias ridículas. Bajaban el cuerpo, y con danzas y juegos
lo llevaban a un cerro donde los jeques, apartándose de la multitud lo
enterraban.
Este género de sacrificios debía ser muy lento y doloroso, pues las heridas
causadas por los dardos lanzados por la tiradera, arma arrojadiza de los
Chibchas, eran generalmente leves; además como la parte inferior del cuerpo
estaba protegida por la garita, las saetas lastimaban el pecho y el rostro.
Vamos a referir uno de los sacrificios más crueles y horribles. Cuando los
caciques hacían de nuevo sus casas, cavaban hoyos a las puertas del cercado y en
el punto donde colocaban los palos gruesos que usaban en medio del bohío. En
cada uno de estos hoyos hacían entrar una niña bien compuesta y ataviada; las
escogían entre las primeras familias del pueblo, que tenían a mucha honra tan
bárbara inmolación de sus hijas. Soltaban los palos sobre ellas y las iban
macizando con tierra, porque decían que la solidez de la casa y la buena fortuna
de sus moradores consistían en estar fundada sobre carne y sangre humana.
Terminado el sacrificio, convidaba el cacique a todo el pueblo para una gran
borrachera que duraba muchos días, con juegos, bailes y entretenimientos, en
especial de truhanes y chocarreros.
Figúrese el lector esta horrible escena propia de salvajes. Cayendo el madero
sobre la cabeza débil de la inocente niña, la quebrantaba del primer golpe. La
vida se extinguía con una sola lastimera queja; luego los golpes repetidos
desgarraban las delicadas carnes y trituraban los huesos; la sangre corría
líquida y vívida del despedazado cuerpo, que se confundía con la tierra. Al fin
sólo quedaba una masa sanguinolenta, uniforme mezcla de restos de carne humana,
de huesos molidos, de jirones de tela y de fango, que las voraces fieras
hubieran desechado. Pero de ese barro se elevaba al cielo la voz de la inocente
víctima, hecha a imagen de Dios, y que, desamparada de los hombres, clamaba
justicia ante su Creador.
Finalmente haremos mención del sacrificio de las vidas de algunas de las mujeres
preferidas y de los esclavos fieles a quienes sepultaban con el cacique después
de que los privaban del sentido dándoles zumo de borrachero mezclado con chicha.
Fuera de la inmolación de victimas humanas, sacrificaban los Chibchas en sus
adoratorios con sangre, agua, fuego, tierra, oro y esmeraldas; para cada uno de
estos sacrificios tenían oraciones apropiadas, que decían cantando.
Hacían traer de las tierras calientes centenares de papagayos y algunos
guacamayos, con gasto considerable. Ofrecían en un solo sacrificio ciento y
doscientos de los primeros y hasta doce de los segundos. Enseñaban a hablar a
los papagayos en su lengua, y cuando la aprendían, los juzgaban dignos de suplir
a los hombres y de interceder por ellos. Matábanlos entonces, derramaban su
sangre por el adoratorio y dejaban colgadas en él todas las cabezas.
Con agua sacrificaban, vertiéndola en los templos con ciertas fórmulas y
haciéndola correr por caños; con fuego, prendiéndolo en los adoratorios y
echando sahumerios. Cuando llegaron los conquistadores, salían los indios a
recibirlos encendiendo fuego y sahumándolos como a hijos del Sol. Si tenían
algún disgusto con ellos, venían a rogarles que fuesen sus amigos, y antes de
llegar a ellos echaban moque y otras drogas en el fuego que traían preparado, y
cantaban alrededor de éste para que les perdonaran lo pasado.
También arrojaban al fuego oro y esmeraldas, y decían que cuanto mayor era el
señor, tanto más honroso le era quemar las mejores piedras para el Sol.
Para sacrificar con tierra hacían unas galerías subterráneas que pasaban por
debajo de los templos. Tomaban la tierra en las manos con muchas ceremonias y la
metían allí, echando con ella oro y esmeraldas.
Tenían a los montes en gran veneración. Considerábanlos sagrados porque los
dedicaban a sus dioses, y no se atrevían a cortar un árbol ni desgajar una rama.
Cuando querían hacer algún ofrecimiento entraba en el monte cada individuo
aisladamente, y si eran muchos, unos iban por una parte y otros por otra. Cada
uno llevaba una barra fuerte de madera, terminada en punta, y con ella enterraba
oro, esmeraldas, o lo que quería. Este depósito era tan sagrado, que a ningún
indio se le ocurría hurtarlo, ni lo habría hecho aun cuando se le amenazara de
muerte.
Todas estas prácticas tenían por objeto implorar del Sol el perdón de sus
pecados y maldades. Alcanzaron, pues, los Chibchas a emplear varios medios para
aplacar la cólera de sus dioses; comprendieron que la sangre de ciertas aves que
ellos preferían, tenía virtud deprecativa, y que podía sustituirse a la sangre
humana; luego la historia no podrá en manera alguna excusar su persistencia en
sacrificar víctimas humanas.
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