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Capítulo VII

CAPITULO VII

Sacrificios de los Chibchas en las lagunas-Leyenda de la cacica de Guatabita-Cruel castigo de su infidelidad-Se ahoga con dos niñas en la laguna-Peregrinaciones a las cinco lagunas sagradas- Carreras y premios-Borracheras y ceremonias de las ofrendas-Varios caciques arrojan oro en la laguna al tener noticia de la venida de los españoles-Tentativas hechas para desaguar las lagunas-Quién era el cacique Dorado-Cuándo se celebraba la ceremonia del Dorado-La balsa de oro hallada en la laguna de Siecha.

Eran los Chibchas muy inclinados a hacer sacrificios en las aguas, y particularmente en las lagunas. Tenían señalados para sus ofrendas y peregrinaciones cinco santuarios o puestos principales de devoción, que eran partiendo de Norte a Sur, las lagunas de Guayabita, Guasca, Siecha, Teusacá y Ubaque. La principal y más frecuentada era la de Guatabita, situada en el páramo que domina el pueblo del mismo nombre, y cuya leyenda vamos a referir.

Cuéntase que en tiempos muy antiguos solían hacerse ofrecimientos en esta laguna, para lo cual moraban algunos jeques en una choza a la vera del agua. De allí salía de vez en cuando el Demonio en figura de dragoncillo o culebra grande, y entonces le ofrecían oro y esmeraldas. Era el guatabita un señor de los más poderosos de la nación, muy respetado por los caciques, sus vecinos, por la distinción de su linaje. Entre las mujeres que tenía, era la favorita y gozaba de toda su privanza, una que excedía a todas las demás en belleza, en gracia y en la nobleza de su sangre. Tuvo la cacica relaciones ilícitas con uno de los principales cortesanos; súpolo su marido, lo hizo prender y lo castigó sometiéndolo al bárbaro suplicio del empalamiento. A su favorita la obligó a comer en público alguna parte del cuerpo de la víctima, guisada con otros manjares, y para que la afrenta fuera mayor y sirviera de escarmiento general, dispuso que se cantara en sus fiestas y borracheras la deshonra de la cacica y su ejemplar venganza. 

Lo raro del suceso fue que el cacique volvió a cohabitar con ella; mas la favorita, para quien cada fiesta era un tormento que aumentaba su desesperación, logró un día huir del cercado de su marido, llevando consigo una muchacha que servía de carguera a una niña recién nacida. Corrió a la laguna, arrojó las niñas al agua, siguió tras ellas y pronto se ahogaron y hundieron las tres. Inútilmente salieron de sus chozas los jeques al oír el ruido del agua, pues ya los cuerpos se habían sumergido. Corrió uno de ellos a dar aviso al cacique, quien llegó desesperado al lugar del acontecimiento llamando a su mujer y a su hija, y como no las vio, mandó al mayor hechicero de los jeques que las sacara del fondo de la laguna. El jeque, poniendo en práctica el supersticioso ceremonial acostumbrado, mandó encender lumbre a la orilla de la laguna y echar en las brasas unos guijarros lisos, hasta que quedaran enrojecidos; se desnudó, los arrojó al agua y tras ellos se zambulló, permaneciendo largo rato en el fondo. Al fin salió solo como había entrado, y engañó al cacique con un embuste. Díjole que la favorita estaba viva en unas casas mejores que las de Guatabita y que tenía en las faldas al dragoncillo; que aun cuando le había instado que volviera al lado de su marido, no había querido consentir manifestándole cuán feliz se sentía de haber hallado descanso en sus trabajos y de verse con su hija, a quien criaría para que la acompañase.

No satisfecho el cacique con el recado del jeque, díjole que le sacara siquiera a su hija. Este la buscó por segunda vez con los guijarros hechos ascuas, y volvió con el cuerpo de la niña, muerto y sin ojos, y dijo que el dragoncillo se los había sacado estando en las faldas de la madre para que la volviesen a enviar a ésta, quien con la otra niña se quedaba aguardándola. Viendo el cacique que de nada le servía su hija sin alma y sin ojos, y que la voluntad del dragoncillo, a quien reverenciaba, se mostraba de una manera tan patente, mandó echar el cuerpecito a la laguna, quedándose sin consuelo por la pérdida de las dos idolatradas prendas de su corazón.

Divulgóse la fama de este suceso en los dominios del Guatabita, se extendió a todo el país de los Chibchas, y de todas partes vinieron a hacer sus sacrificios a la laguna, persuadidos de que en el fondo de ella vivía la cacica, ocupada en remediar sus necesidades. Los jeques hicieron correr la voz de que ésta aparecía de vez en cuando sobre las aguas, hermosa y agraciada como la habían conocido, descubierto el cuerpo de la cintura para arriba, y ceñida de allí para abajo con una manta de algodón colorada. Manifestaban que les decía ciertas cosas que ellos suponían que debían suceder por el curso de las causas naturales, como hambres, enfermedades, muerte de algún cacique que estaba enfermo. Todas las poblaciones importantes tenían anchos caminos, como de media legua de extensión, para llegar a la laguna.

Acostumbraban los indios hacer sus peregrinaciones, que duraban veinte días y a veces más, recorriendo los cinco adoratorios de que hicimos mención. Los habitantes de Tunja y de otras provincias del Norte empezaban por la laguna de Guatabita, y los de la Sabana de Bacatá por la de Ubaque. Coronaba los cerros la multitud de gente que corría la tierra, encontrándose los unos con los otros. Usaban de muchas ceremonias e iban provistos de gran cantidad de chicha para las borracheras que tenían de noche, en las que se cometían graves desórdenes que autorizaba la costumbre y toleraba la laxa moralidad de este pueblo. Hallábanse, en el espacio que debía recorrerse, muchos parajes consagrados. Cuando los corredores descubrían el cerro donde había algún |santuario, partían con gran velocidad para ganar la corona que se daba por premio al que llegara primero, a quien se tenía, además, por el más santo. Ponían tal empeño en triunfar en la lucha, que muchos se ahogaban y morían de cansancio; otros perecían víctimas de la fatiga y de los excesos de la bebida a que se entregaban en la noche siguiente. Enterrábanlos en las cuevas de los cerros, les ponían ídolos, oro y mantas, y los veneraban como a santos mártires. Cuando en las guerras marchaba en algún cuerpo uno de estos santos coronados, consideraban que llevaban consigo la victoria.

Era fama entre los indios que varios caciques, luego que tuvieron noticia de la llegada de los españoles, se apresuraron a arrojar en esta laguna mucha parte del oro que tenían guardado, ofrendándolo en sacrificio a la cacica para que los libraran de ellos. Del usaque de Simijaca se refería que había enviado desde su pueblo cuarenta peones cargados con oro para echarlo allí. El sobrino y sucesor de éste, llamado D. Alonso, aseguró al Capitán Gonzalo de Leda Venero, encomendero de Simijaca, que el hecho era cierto, y que él mismo había conducido los peones.

Un tal Martos gastó mucho dinero en su intento de sacar la gran cantidad de oro que decían existía en la laguna de Guasca: A un Carriaga le costó la vida el haber procurado extraer de la de Ubaque el tesoro que el cacique de la comarca sepultó allí para salvarlo de la codicia del guatabita, hermano del zipa Nemequene, como lo referiremos más adelante.

En 1856 los señores Tovar, París y Chacón desaguaron parcialmente la laguna de Siecha, y hallaron algunas alhajas de oro, entre otras una balsa de la que hablaremos al fin del capítulo, y varias esmeraldas. Algunos años después, en 1870, los señores Crowther y Enrique Urdaneta perecieron asfixiados en el fondo de una extensa galería de 187 metros de extensión que estaba casi terminada para desaguar la misma laguna.

A la hermosa laguna de Fúquene, donde había en una isla un templo venerado servido por muchos jeques, concurría gran número de peregrinos.

Fáltanos hablar del famoso cacique dorado que tanto fascinó a Belalcázar y a sus compañeros de conquista, que los hizo venir desde Quito hasta las tierras de Bacatá.

En la Elegía a la muerte de D. Sebastián de Belalcázar, dice D. Juan de Castellanos:

...Belalcázar inquiría
Un indio forastero peregrino
Que en la ciudad de Quito residía,   
Y de Bogotá dijo ser vecino,
Allí venido no sé por qué vía;
El cual habló con él, y certifica
Ser tierra de esmeraldas y oro rica.
Y entre las cosas que les encamina
Dijo de cierto rey, que sin vestido,   
En balsas iba por una piscina
A hacer oblación según él vido,
Ungido todo bien de trementina,
Y encima cantidad de oro molido,
Desde los bajos pies hasta la frente,
Como rayo del sol resplandeciente.
Dijo más las venidas ser continas   
Allí para hacer ofrecimientos
De joyas de oro y esmeraldas finas
Con otras piezas de sus ornamentos,
Y afirmando ser cosas fidedinas:
Los soldados alegres y contentos
Entonces le pusieron el Dorado....
Lo cual os vendo yo por cosa cierta."

La tercera estrofa se refiere a los frecuentes sacrificios que se hacían en la laguna, tales como los acabamos de describir; en la segunda se trata de una ceremonia muy distinta, ceremonia suntuosa, a la que con justa razón se dio el nombre de El Dorado.

Rodríguez Fresle refiere este incidente en términos semejantes. Según él, el indio de Bacatá dijo a Belalcázar "que cuando querían en su tierra hacer su rey, lo llevaban a una laguna muy grande, y allí lo doraban todo, o le cubrían de oro, y con muchas fiestas lo hacían rey. De aquí que D. Sebastián dijera: "vamos a buscar este indio dorado."

Rodríguez Fresle fue amigo de D. Juan, cacique de Guatabita, sobrino y sucesor del que hallaron los conquistadores en el gobierno cuando entraron a la tierra de los Chibchas. Este se hallaba entonces retirado en unas cuevas, practicando el ayuno de seis años a que estaba obligado el futuro señor del cacicazgo. De boca de él supo Fresle cómo se practicaba por el nuevo cacique la ceremonia del Dorado, que describe en los términos siguientes:

Cumplido el ayuno se metía en posesión del cacicazgo, y la primera jornada que había de hacer era ir a la gran laguna de Guatabita a ofrecer y sacrificar al Demonio, que tenían por su dios y señor. La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que podían; metían en ella cuatro braseros encendidos, en que, desde luego; quemaban mucho moque y trementina con otros diversos perfumes. Estaba en este tiempo la laguna en redondo, con ser muy grande, toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chagualas y coronas de oro con infinitos fuegos a la redonda, y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio, lo encendían en tierra, en tal manera que el humo impedía la luz del día. A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas, y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo molido, de modo que iba todo cubierto de este metal. Metíanle en la balsa en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sujetos a él, muy aderezados de plumería, coronas de oro, brazales y chagualas, y orejeras de oro también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento. En partiendo la balsa de tierra comenzaban las cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba los montes y valles, y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban hacían lo propio; lo cual acabado, abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos coros de bailes y danzas a su modo; con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba reconocido por señor y príncipe."

De la laguna de Siecha se sacó una pieza de oro: su forma era la de una balsa circular, de nueve y medio centímetros de diámetro, sobre la cual estaban colocadas diez figuras humanas (Véase la figura 3). La principal, dos veces más alta que las demás, es un jefe guerrero de la clase de los guechas, pues lleva en las mejillas, cerca de los labios, cuatro canutillos de oro y dos más colgados al cuello; tiene en la mano izquierda una tiradera y dos dardos; las demás están en cuclillas, apoyados los codos en las rodillas: todas están desprovistas de arreos. Según la opinión del doctor Zerda "esta pieza representa la ceremonia del Dorado; es decir, al cacique de Guatabita rodeado de los sacerdotes indios sobre la balsa de juncos que los conducía al centro de la laguna en el día de la oblación."

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3. Balsa de oro de 0'800 de ley, que lleva un guerrero guecha armado con la tiradera, con canutillos de oro en las mejillas y rodeado por nueve indios sentados en cuclillas.  Fue hallada en la laguna de Siecha, pesaba 262 gramos, y medía su diámetro 9 1/2 centímetros.

Ningún distintivo tienen los que acompañan al personaje principal para que pueda decirse que son jeques, ni éstos iban con el cacique en la balsa a cumplir las ceremonia del Dorado. Faltan en ella los braseros para los sahumerios, la bandera y los demás adornos. No llevan los indios que forman el séquito la plumería y ricas joyas que en esta fiesta sacaban a lucir, y están de más la tiradera y los dardos.

Tampoco representa esta pieza el modo como se hacían comúnmente las ofrendas en las lagunas, pues no tiene conformidad con la descripción que de esta función hemos hecho, de acuerdo con los cronistas. El tunjo en cuestión fue probablemente la ofrenda que hizo a la laguna algún guerrero guecha.

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