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CAPITULO X
La niñez entre los Chibchas-Pruebas de la suerte
feliz de los niños y de su laboriosidad-Sumisión a los superiores-Poligamia-Modo
de celebrar los matrimonios-Fiestas del estreno de las casas-Fiestas de los
caciques en las labranzas-Danzas, cantares y arrastres de madera-Sepultura de
los caciques y del zipa-Diversas clases de entierros-Momias que conservaban en
los templos-Aniversarios- Riquezas sacadas de los sepulcros, santuarios, etc.
La condición de la esposa y la del hijo entre los Chibchas era
la de esclavos; no usaban con estos seres débiles y delicados, en quienes se
concentra el encanto de la vida, las atenciones y los miramientos que
acostumbran los pueblos civilizados, aunque es cierto que estaban lejos de
tratarlos con la crueldad que lo hacían las tribus bárbaras que los rodeaban. El
parto era considerado como un acto sencillo de la vida del matrimonio, que no
necesitaba de precauciones. Si la madre podía huir de la gente, se retiraba a
algún lugar situado cerca de un arroyo, y luego que daba a luz, iba a lavarse
con la criatura.
Cuando apartaban al niño del pecho de la madre, practicaban una prueba
supersticiosa, para adivinar si su suerte sería feliz o desgraciada. Hacían un
pequeño rollo de esparto con un poco de algodón en medio, mojado con leche de la
madre. Iban con él seis buenos nadadores y lo echaban al río, nadando ellos
detrás; si el rollete se volcaba por el oleaje antes de que lograran alcanzarlo,
decían que el niño sería desgraciado. Cuando lo cogían antes de que se volcara,
juzgaban que sería muy afortunado. Volvíanse en este caso contentos a la casa de
los padres, quienes celebraban con fiestas el suceso. Acercábanse los convidados
al niño, que estaba sentado en una manta, y cada uno le quitaba un mechón de
pelo con un cuchillo de caña de piedra, hasta que quedaba rapado. Echaban los
cabellos al río donde lavaban la criatura, ofreciéndole algunos regalos para dar
fin a la fiesta.
Cuando las niñas llegaban a la edad de la pubertad, las hacían estar sentadas
seis días en un rincón, tapados el rostro y la cabeza con una manta. Terminado
este plazo, se juntaban algunos indios, colocábanse en dos filas, la llevaban en
medio de ellos a un arroyo donde se lavaba; volvían con ella a su casa y le
hacían fiestas con el habitual gasto de chicha.
Los Guanes tenían la costumbre de embriagar a los niños de once a doce años con
zumo de borrachero. Cuando los muchachos acudían a tomar el arco y las flechas,
o los instrumentos de labranza, y las muchachas a las piedras de moler o a hilar
algodón, que todo se lo ponían cerca, los tenían por hacendosos y valientes.
Pero si se dejaban dominar por el sueño y no se movían a hacer alguna cosa, los
desestimaban.
Hacían lo mismo con los esclavos, pretendiendo conocer si habían de ser
fugitivos o no, por el hecho de que salieran a la puerta de la cesa.
Como los Chibchas no tenían otro medio de transporte que sus espaldas,
acostumbraban a los niños de uno y otro sexo a cargar desde que tenían fuerzas
para ello.
La clase numerosa del pueblo no recibía ninguna instrucción, ni tenía más
conocimientos que las vagas; confusas y supersticiosas ideas que los padres
comunicaban a sus hijos, a quienes enseñaban los oficios propios de la dura vida
que habían de llevar más tarde.
La obediencia, generalmente pasiva, era la regla común en todas las edades y
condiciones; los hijos estaban sometidos a sus padres, las mujeres a sus esposos
y los vasallos a sus caciques. Pudiera considerarse admirable esta organización
de la sociedad chibcha, si no hubiera conducido al exceso de hacer esclavos de
los que obedecían, y tiranos de los que mandaban. Aun hoy, tres siglos y medio
después de conquistado su territorio, da esta raza desgraciado ejemplo de
respeto y de sumisión a las autoridades: nunca ha promovido revueltas ni guerra
de castas.
Ya hemos dicho que la poligamia existía entre los Chibchas; tan general era, que
por lo común tenían dos o tres mujeres.
El número de éstas aumentaba con la categoría la riqueza de las personas, pues
cada uno tenía cuantas podía mantener, y vivían juntas dentro de un mismo
cercado, sirviendo a su marido. En todas las clases sociales la primera mujer
era siempre la preferida y superior a las demás en el gobierno de la casa, y
cuando ésta fallecía, la reemplazaba la más antigua. Las consortes ocupaban
generalmente un mismo aposento, y el esposo estaba en otro.
No reparaban algunos indios en hallar o no doncellas a sus esposas, y tenían
antes por desgracia que alguno no les hubiera cobrado afición. A pesar de tan
extraño sentimiento, exigían que les fueran fieles.
En los dominios del zipa no era permitido casarse entre parientes hasta pasado
el segundo grado de consanguinidad; en los del zaque no se tenía en cuenta el
parentesco, y este jefe no repugnaba unirse con sus hermanas; en algunos
cacicazgos sólo se prohibía la unida dentro del primer grado. El que quería
contraer matrimonio convenía con los padres o tutores de la persona a quien
pretendía, en el precio que debía dar por ella. Entregado éste, si la cantidad
no les satisfacía, el comprador añadía por dos veces la mitad más de lo que
había dado primero, y si a la tercera no bastaba, buscaba mujer más barata.
Cuando llegaban a ponerse de acuerdo, daban la novia sin más fórmula ni
ceremonia. Ella no llevaba más dote, cualquiera que fuera su condición, que
algunas alhajuelas usuales y veinte múcuras de chicha, que se consumían en las
fiestas con que se daba fin a la celebración de un acto tan exento de toda
solemnidad entre los Chibchas.
Antes de dar su hija al que la pedía para casarse, el padre averiguaba si era
trabajador y podía sustentarla.
En algunas partes se usaba que el pretendiente enviara una manta a los padres o
tutores de la preferida. Si no se la devolvían, enviaba otra y agregaba una
carga de maíz y medio venado, si era persona a quien le fuese permitido comer
esta carne. Al día siguiente, al amanecer, iba a sentarse a la puerta de la casa
de la novia sin hacer más ruido que el que bastase para que entendiesen que
estaba allí. Preguntaba entonces el padre o tutor quién estaba afuera, y si era
acaso algún ladrón, pues ni debía nada ni había invitado a nadie. El novio se
quedaba en silencio aguardando que saliese la pretendida, que no tardaba mucho
en presentarse con una totuma grande de chicha: se le acercaba, la probaba y se
la pasaba a él, que bebía cuanta podía. Con esto quedaba hecho el matrimonio y
se hacía la entrega de la desposada.
Las mujeres se ocupaban en los quehaceres domésticos, hilaban algodón para
fabricar las mantas y ayudaban a sus maridos en los trabajos de labranza.
Ningún espectáculo es más a propósito para juzgar del grado de cultura de un
pueblo, ya sea civilizado o bárbaro, que el que presentan sus fiestas.
Osténtanse allí los modales de las gentes y la galantería con el sexo débil, a
la vez que se ve cómo alcanza la educación a reprimir las pasiones, y la
ignorancia a desencadenarlas. No era el buen tono el regulador de las fiestas de
los Chibchas, como bien lo dice el nombre de borracheras que les dieron los
cronistas. Aunque empezaban con mucho orden, ocupando cada uno el puesto que le
correspondía, la licencia las convertía con frecuencia en orgías: caían al
suelo, ya beodos, caciques, nobles y gentes de toda condición, y mezclados y
confundidos hombres y mujeres, se entregaban a excesos semejantes a los que
toleraba la Roma pagana. Todos quedaban igualados aquel día, y cuando les volvía
la razón se daba al olvido lo que había pasado, pues además de que la costumbre
autorizaba, tales desordenes, donde el jefe y los principales se habían
encanallado, no quedaba quien tuviera el derecho de castigar.
La bebida era el pasto indispensable para las fiestas de
embriaguez descompuesta, que eran el remate de todo acto de importancia público
o privado; así como hoy es ella el mal que degrada y consume a los descendientes
de este pueblo. Con tal de que hubiera abundancia de chicha, no importaba que
faltara la comida, pues suplían ésta bebiendo.
En los capítulos anteriores hemos descrito ya las festividades religiosas y aun
algunas de las civiles que celebraban los Chibchas. A continuación hablaremos de
las que nos faltan.
Usaban todos los indios estrenar sus casas nuevas con regocijos; haciendo cada
cual los gastos que podía, pero nunca habían de faltar truanes o ladinos y
chocarreros. Eran muchos los que ganaban con este oficio la vida, andando de
fiesta en fiesta por la paga que les daban de mantas y otras cosas.
Ya hemos visto cómo sacrificaban los caciques algunas niñas en tales ocasiones y
convidaban después al pueblo a una gran borrachera. En todo el tiempo que ésta
duraba permanecían dos indios viejos, de pie y desnudos, a la puerta del cercado
sin comer ni beber; cubiertos con una red grande de coger pájaros, tocaban unas
flautas que producían una música llena de tristeza y melancolía. Figuraban ellos
la muerte, siempre de pie, cogiendo hombres en la red que servía para matar las
aves, dejándolos desnudos de las cosas de esta vida y privándolos de comer y de
beber. ¡Singular asociación de ideas de este pueblo, que comprendía cuán cerca
está siempre el dolor del placer, y que en medio de sus desórdenes quería tener
presente el pensamiento de la muerte! Mientras estos dos indios tocaban a la
entrada del cercado, había otros en los aposentos interiores haciendo resonar en
sus instrumentos piezas tan tristes, que los invitados suspendían de vez en
cuando sus bailes y diversiones y se ponían a llorar.
El indio de la figura 7, sentado dentro de un cercado, tocando flauta y cubierto
con un vestido de red, pudiera ser el que representa la muerte. Este curioso
tunjo de buen oro fue hallado en Pasca.
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7. Tocador de flauta, de buen oro, cubierto con
vestido de red, y sentado dentro de un recinto circular con
divisiones. Lo acompañan dos indios. Fue hallado en Pasca.
Diámetro 8 centímetros.
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Para dar mayor solemnidad al estreno de sus casas, disponían los
caciques que algunos mozos, ágiles y esforzados, corriesen cierta distancia que
les señalaban en circunferencia, algunas veces de más de cuatro leguas. Salían
todos a un mismo tiempo a más correr, y adelantándose los más ligeros volvían
pronto al cercado, donde el cacique los premiaba según el orden en que
regresaban. Daba seis mantas al primero y le concedía de por vida el privilegio,
muy estimado, de que cubriéndose con una pudiera dejar llegar un extremo o punta
de ella al suelo, por detrás. Al segundo que llegaba, le daba cinco mantas, e
iba rebajando una hasta llegar al sexto. Movidos algunos por el deseo de ganar
honra en la carrera, morían víctimas de la fatiga producida por el excesivo
esfuerzo que hacían.
En los meses que correspondían a Enero, Febrero y parte de Marzo, celebraban los
caciques fiestas en las casas de sus labranzas, las cuales se invitaban
alternativamente unos a otros, haciéndose presentes de oro, mantas y chicha.
Formábanse en círculo, y asiéndose de la mano hombres y mujeres, cantaban al son
de flautas y fotutos, canciones ora alegres, ora tristes, en que recordaban las
hazañas de los mayores. Todos llevaban el compás y se movían sin discrepar un
punto en sus visajes y meneos. En medio del círculo tenían las múcuras de
chicha, y al lado de ellas algunas indias que no se descuidaban en darles de
beber. Duraba esta monótona función hasta que caían embriagados y se entregaban
a lúbricos excesos.
Las dazas, acompañadas de música y canto, eran parte obligada de las fiestas de
los Chibchas. Referían sus cantares, que eran manera de villancicos con cierta
medida y consonancia, los sucesos presentes y pasados. De los asuntos graves en
que ensalzaban o vituperaban las acciones de los caciques y de los nobles,
pasaban a los chistes y a los cuentos graciosos, guardando el compás y variando
la música, según lo que cantaban. Procedíase en estas danzas pausadamente y con
cierta frialdad y regularidad afectadas, que hace recordar el modo de ser de
algunos pueblos asiáticos. Nada tenían de la vivacidad, movimiento y alegría
comunicativos que ostentan en sus fiestas los europeos. Cuando los indios
arrastraban maderas u otros materiales para sus casas, cantaban llevando la
cadencia con los movimientos de los pies y de las manos, a semejanza de los
marineros que se ocupan en la maniobra.
La muerte, cuya imagen habían tenido presente tantas veces en sus fiestas, y
cuyos, rudos golpes habían llorado con anticipación oyendo los cantares en que
sus trovadores los lamentaban, tocaba al fin a la puerta del cercado de los
nobles y del bohío de los plebeyos. Era llegado el momento solemne en que se
confiaban a la tierra los despojos mortales del que había dejado de existir. Con
él debían sepultarse sus muebles y tesoros, pues sus mujeres y sus hijos sólo
heredaban sus bienes raíces.
Desde que algún cacique tomaba posesión de sus dominios, iban los jeques
secretamente a cavar su sepultura en un lugar retirado y oculto, del que no
llegaba a tener conocimiento ni aun aquel señor a quien estaba destinada. Abrían
un hoyo profundo en medio de los bosques, en las ásperas sierras o en lugares
donde, después de enterrar el cuerpo, hacían correr agua de los ríos o lagunas
para cubrir la fosa, de manera que no quedase rastro alguno que pudiera revelar
su existencia.
Luego que moría el cacique le sacaban los intestinos y los órganos internos y le
embalsamaban el cuerpo con una resma que llamaban mocoba, hecha de unos
higuillos de leche pegajosa mezclados con otros ingredientes. Lloraban su muerte
los vasallos cantando tristes endechas en que recordaban los sucesos gloriosos
de su gobierno y el bien que les había hecho. Vestíanse de luto, que consistía
en ponerse mantas coloradas y pintarse el cuerpo, y algunas veces hasta los
cabellos, de bija (achiote). Las honras que se hacían al difunto duraban cierto
número de días, según su calidad, y creían darles mayor solemnidad tomando mucha
chicha, pues esta bebida era considerada buena para todo: para alegrarse, para
llorar y para calmar las penas morales o físicas de la vida.
Los jeques hacían secretamente el entierro, y si alguna otra persona llegaba a
saber el lugar de la sepultura, y lo revelaba, la amarraban a un palo y la
flechaban, y premiaban al que le acertara más pronto al corazón o a un ojo.
Envolvían el cuerpo en mantas finas, lo adornaban con ricas joyas de oro,
poniéndole, además, algunas esmeraldas y tejuelos de oro en los ojos, narices,
orejas, boca y ombligo, y lo bajaban a lo más profundo del hoyo. Colocaban cerca
de él sus armas ofensivas y defensivas: brazales, petos y coronas del rico
metal, y pendiente de los hombros la mochila de la coca y el poporo. Alrededor
del cuerpo quedaban las múcuras de chicha y los bollas de maíz. Cubríanlo todo
con una capa de tierra, encima de la cual sepultaban vivas tres o cuatro de las
mujeres más queridas del cacique. Echaban luego otra capa de tierra, y sobre
ella ponían los esclavos que mejor le habían servido. Finalmente llenaban la
superficie de tierra para que el odioso sepulcro quedara oculto.
Con el fin de que las mujeres y los esclavos no sintieran la
muerte, los embriagaban los jeques con bebedizos de tabaco y de borrachero
mezclados con chicha. No obstante esta precaución, muchos volvían en sí y morían
desesperados, como lo declaró una india a quien desenterraron los españoles un
día después de haber sido sepultada en el valle de Ubaque. Dióseles aviso del
hecho y la sacaron ya medio muerta y descalabrada de los golpes que le daba al
pisar la tierra.
Diferenciábanse de estos entierros los de los zipas, en que los sentaban en
asientos bajos que muchas veces forraban en láminas de oro.
En Tunja no se acostumbraba poner el oro donde se enterraba el cuerpo del
difunto, sino más arriba, como a una cuarta de la superficie de la tierra.
Natural es que hubiera entre los Chibchas distintos modos de dar sepultura a los
muertos, según la clase a que pertenecían y el cacicazgo donde vivían. A muchos
los enterraban en los campos, envueltos con sus joyas en una manta, y plantaban
en el sitio un árbol que los ocultara mejor, a fin de evitar que fueran
desenterrados para quitarles el oro y las esmeraldas. A otros los ponían dentro
de unos bohíos, que servían de cementerios.
En los dominios del hunsa, cuando fallecía alguna persona noble o principal que
no fuera cacique, le vaciaban el vientre, secaban el cuerpo a fuego lento sobre
una barbacoa, lo henchían de oro en tejuelos y en otras formas, y de esmeraldas,
y lo envolvían en mantas con muchas ligaduras. En este estado lo colocaban sobre
una especie de camas grandes, un poco altas, que tenían en uno de los lados
interiores de sus templos.
"E por la diligencia é manos de nuestros soldados, dice Oviedo, fueron después
digestos é ampliados aquellos estómagos é vientres rellenos, en que se ovo mucha
cantidad de oro é de esmeraldas, que allí estaban perdidas con el oro."
Los dos soldados españoles que entraron al templo de Sugamuxi encontraron en una
barbacoa bien compuesta varios cuerpos secos, envueltos en finas telas de
algodón y adornados con ricas joyas y muchas sartas de cuentas. De uno de los
aposentos del hunsa Quemuenchatocha sacaron los españoles una urna de oro fino
adornada con valiosas esmeraldas, hecha a modo de linterna o farolillo. Pesaba
6,000 pesos (30 libras) y contenía los huesos de algún antiguo cacique. Suelen
hallarse en las cuevas momias bien conservadas, sentadas en la postura en que
está la de la figura 8, y envueltas algunas veces en mantas de algodón pintadas.
En 1602 descubrió Fray Pedro Mártir de Cárdenas una cueva donde los indios de
Suesca colocaban los cuerpos de los que morían. Quitada la losa que la cerraba
se hallaron más de 150 momias sentadas en rueda y en medio el cacique, con
sartas de cuentas en los brazos y cuello y una toca, a modo de turbante, en la
cabeza. Junto a él había muchas telas pequeñas de algodón. De otro subterráneo,
situado entre Leiva y Moniquirá, sacaron a mediados de este siglo gran número de
momias, una de ellas sentada en un asiento bajo y con arco y flecha en la mano;
muchas mantas finas, vasijas de loza y muy curiosas joyas y figuras de oro.
Las gentes más religiosas seguían llorando sus difuntos por seis días más desde
enterrados, y aun les hacían aniversarios durante algunos años. Convidaban a sus
parientes y amigos a llorar con ellos al son de tristes instrumentos y cantares,
en que celebraban las acciones del finado que merecían ser elogiadas. Buscaban,
finalmente, distracción y consuelo en la chicha y mascando hayo. La gente común
convidaba también a estos llantos, y daba fin a la función distribuyendo bollos
de maíz.
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8. Momia chibcha sentada. -Museo Nacional de
Bogotá.
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Honraban los Chibchas a los guerreros que morían en los
combates. Estando Jiménez de Quesada en Cajicá, llegaron a su campamento
doce indios cubiertos con mantas negras y grandes bonetes del mismo color, y
dijeron que iban allí para hacer las honras de los muertos en la refriega
pasada. Retiráronse a un adoratorio donde cantaron en tono lastimoso como
dos horas y media, sin que los españoles los entendiesen.
Los conquistadores sacaron grandes riquezas de las sepulturas, santuarios y
otros lugares donde los Chibchas guardaban u ocultaban el oro y las
esmeraldas. En Tunja excavaron un entierro superficial tan rico, que los
tejuelos de oro que hallaron en él valieron más de cien mil pesos, fuera de
muchas esmeraldas finas. Después siguieron descubriéndose en todo tiempo
depósitos de tunjos, y alhajas de oro y de cobre, vasijas de loza, objetos
de piedra, etc. No puede la generación presente culpar a las anteriores de
haber sido descuidadas en conservar esos recuerdos de una civilización tan
poco conocida. Ella adolece, con excepción de algunas honrosas
individualidades, de la misma indiferencia y apatía de nuestros mayores. Aún
no tenemos siquiera un museo de antigüedades que merezca este nombre en que
se conserven los monumentos de los Chibchas; éstos, aunque muy inferiores a
los que dejaron los mexicanos y los peruanos, son muy dignos de estudio.
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