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Los aborígenes de Colombia no conocieron ninguna clase de escritura-Testimonio de varios autores que lo prueban-Los petroglifos no pueden atribuirse a una raza anterior a la que hallaron los conquistadores-No son en ningún caso cartas del país-La piedra de La Peña-No recuerdan cataclismos-Las piedras de Saboyá y Gámeza-Tampoco señalan los linderos de las tribus-Figuras grabadas por los transeúntes modernos en la Sierra Nevada, Seboruco, Ramiriquí y Facatativá-Pictografías de Pandi, Facatativá, Bojacá y Anacutá-El estudio de los petroglifos colombianos es infructuoso para la ciencia.
Este autor dice terminantemente: Juan Rodríguez Fresle, hijo de conquistador, vivió en el primer siglo que
siguió a la fundación de Bogotá. En su libro El Carnero dice que entre
los naturales de este Reino no se halló ninguno que supiese leer y escribir, "ni
aun tuviese letras ni caracteres con qué poderse entender." Más adelante agrega: En la Gramática de la lengua Mosca, escrita por Fray Bernardo Lugo y
publicada en Madrid en 1619, leemos: Inútil nos parece hacer citas de autores posteriores como Fray Pedro Simón, Piedrahita, Ternaux-Compans, etc. Dice el doctor Zerda que "la pictografía simbólica hallada en el territorio colombiano fue ejecutada por una raza diferente de los indios conquistados por los españoles." No encontramos razón ninguna en abono de esta opinión, ni hay motivo para dudar que los petroglifos fueron obra de las tribus o naciones que ocupaban el Nuevo Reino de Granada a la llegada de los conquistadores; pues nada, ni una figura, ni un dibujo, ni un signo revela una civilización distinta. Muy natural sería esta suposición, que pasaría a ser verdad comprobada, si en alguna parte se hubieran hallado jeroglíficos como los que grabaron los Mayas en la América central. Pero ¿cómo hallar extrañas a los Chibchas las pictografías en que grababan o pintaban, los dibujos que usaban en sus mantas, las espirales con que adornaban sus tunjos de oro, las ranas, etc.? ¿Qué tienen de extraordinario las imperfectas figuras humanas y de animales confusamente diseminadas, y los mal trazados garabatos que se encuentran en toda la extensión del territorio colombiano, que pueda revelar pueblos menos bárbaros o siquiera anteriores a los que fueron conquistados por los españoles? Nada, absolutamente nada. Algunos han creído reconocer (entre ellos el profesor Bastián, de Berlín) cartas de la región, toscamente trazadas, en ciertas pictografías. Hemos escogido la que parece corresponder mejor a esta interpretación (véase número 131): son signos grabados en una piedra situada en el sitio de La Peña, cerca de Fusagasugá. Sobre un tronco de cilindro hay una circunferencia trazada en hueco, y dentro de ésta se ve una pequeña cavidad, como en otras piedras de la comarca. A dicha cavidad convergen tres líneas bien marcadas, y en dos de los extremos hay series de puntos y unas cuatro ranas. No puede considerarse este imperfecto dibujo como carta de una región, ni aun como plano de una propiedad.
Los petroglifos que se encuentran en grandes bloques erráticos, que en
algunos sitios se levantan como testigos mudos de cataclismos geológicos, son
considerados por ciertos autores como recuerdo de ellos. ¿Cómo podían los
aborígenes dejar grabado en las rocas el recuerdo de trastornos que no
presenciaron? Para que se vea a qué fantasías lleva la imaginación aun a hombres
graves, citamos el pasaje siguiente de un autor que no nombramos:
En vano se buscará en ella la figura de la rana entre las grecas, las líneas
en zigzag, las rayas paralelas etc. Pero sigamos: Mucha fe se necesita para ver hombres en la piedra grabada de Gámeza (figura 133), llena de figuras de animales (que probablemente son ranas) y de curiosas espirales con radios. Por lo que hace al espanto que dice el autor revelan las figuras, tuvo que imaginárselo, pues sería supremo esfuerzo del arte expresarlo en caras sin facciones, formadas por cuatro líneas a modo de losange.
Hay quienes supongan que los petroglifos servían para señalar los linderos de las tribus, opinión que carece de fundamento: los ríos y las montañas limitaban sus dominios, y no piedras aisladas que accidentalmente se hallarían algunas veces en sus fronteras. Si con frecuencia se encuentran pictografías en bloques erráticos situados en lugares pintorescos donde la presencia de éstos revela cataclismos geológicos, como el sitio de Pandi, los imponentes cercos naturales de enormes piedras de Facatativá y Bojacá y las márgenes de los grandes ríos, reconoce este hecho por causa principal la circunstancia de que la naturaleza misma preparó a los aborígenes esos grandes tableros donde dejaron grabado el recuerdo de su infantil y caprichosa fantasía. Debemos prevenir a los aficionados al estudio de los petroglifos, que han
de proceder con mucha circunspección para evitar el chasco de tomar por
pictografías antiguas las figuras y garabatos grabados o pintados por juego
por los transeúntes. Pudiéramos citar algunos hombres inteligentes que han
sufrido este engaño. "Respecto a las inscripciones indígenas en piedra que trae la obra del
señor Isaacs, me parece que es mejor se queden donde están, es decir, en las
piedras y en la obra; porque por las que he visto allá y que figuran en
dicha obra, no son más que garabatos hechos por los transeúntes no hace
mucho tiempo. Si el señor Isaacs hubiera recorrido las cercanías del pueblo
del Rosario, en la Nevada, se habría encontrado una inscripción en francés
que hice yo en una piedra cuando de muchacho estudiaba este idioma, y otras
muchas que hacen los que van a las fiestas. Las piedras de aquellos lugares
se cubren, con las lluvias, de una capa negra, especie de hollín, y a manera
de pizarra sirven para escribir en ellas con otra piedra. Cerca de Ramiriquí, primera residencia del zaque, hay varias piedras con pictografías, en las que están confundidas las figuras que acostumbraban pintar los indios con otras modernas, entre las cuales se distingue muy bien seis letras del alfabeto, ramas con hojas, una flor, etc. Poco tenemos que agregar a lo dicho hasta aquí, para dar a conocer algunos otros de los petroglifos hallados en el territorio de los Chibchas, cuya descripción ofrece interés. La hermosa piedra de Pandi (figura 134), coronada por plantas silvestres, tiene pintados en una de sus caras varios rectángulos con dibujos geométricos semejantes a los que mostraban los indios en sus mantas, y mezcladas con ellos algunas ranas: todo dominado por la figura del sol.
Cuadrados, rectángulos, triángulos, losanges con dibujos geométricos,
rayas paralelas, líneas en zigzag, dobles espirales, círculos concéntricos,
ranas, manos, escasas figuras del sol, etc, se ven pintados en confusión en
varios de los numerosos bloques de asperón que forman el admirable circo
natural de Facatativá. El señor Lázaro M. Girón copió y describió varias pictografías que se encuentran grabadas en bloques rodados en los sitios de Chinauta y Anacutá (distrito de Fusagasugá). Aquello es una danza loca de objetos animados e inanimados, como puede verse en la figura 135.
Figúrese el lector un niño que se divierta en pintar en tablitas separadas cuadros y rectángulos con dibujos, círculos concéntricos, espirales, puntos, etc., y que luego los arroje a un estanque con unas cuantas ranas. No se verían revueltos en mayor confusión que en las piedras. Incurriríamos en cansadas repeticiones si continuáramos describiendo tantos y tantos petroglifos cuyas copias hemos tenido a la vista, y cuyo examen sería enteramente infructuoso. Nada pueden revelar a la ciencia histórica esos ensayos de dibujos de ornamento, esas figuras informes de animales y esos garabatos semejantes a los que traza un niño travieso e inexperto. Jamás se observa en ellos el orden ni el encadenamiento que son indicio cierto de una escritura cualquiera. No reproducen siquiera las más sencillas escenas de la vida de los indios, v. gr., una ceremonia religiosa, una pareja humana, una cacería, dos guerreros que se baten, etc. Los Chibchas, que llegaron a vaciar en oro unas pocas piezas que forman pequeños cuadros de costumbres, como la balsa hallada en la laguna de Siecha (número 3), el guerrero guecha que parece estar dentro de su fortaleza (número 4), el indio tocador de flauta (número 7), etc., no supieron pintarlos ni grabarlos en las piedras, en las que tampoco trazaron la figura de sus caciques y personas principales, ni siquiera la del venado, las aves y las fieras de sus selvas. Mudos en razón misma de su origen, condenados esos signos, por la mano inconsciente que los trazó, a un silencio eterno, jamás podrá la vara mágica de la ciencia hacerlos hablar.
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