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Los Chibchas no tuvieron historia-Jamás se vieron sometidos a un solo cetro-Opinión contraria de Piedrahita, refutada con citas de los demás cronistas y de él mismo-Tradición fabulosa relativa a Hunsahúa-El monstruoso Tomagata-Tutasúa-Encarnación de Garanchacha, hijo del Sol-Su gobierno y desaparición. Puede afirmarse en términos generales que los Chibchas no tenían historia, pues suplían la falta de escritura con sólo la tradición oral, "y que de ordinario en la gente ignorante, el mismo no saber dar razón de las cosas les persuade y dicta notables quimeras que fácilmente abraza su incapacidad." Pocas historias habrá, pues, más escasas de noticias que la de este pueblo.
El más antiguo zipa conocido fue Saguanmachica, "que se calcula comenzó a reinar
en 1470 de nuestra era," dice Acosta, quien más adelante se expresa así: Tan cierto es esto, que nos atrevemos a asegurar que no es posible fijar ni
una sola fecha de ningún suceso notable, ni aun la del advenimiento al poder del
último zipa Tisquesusa. En tales condiciones, puede decirse que los acontecimientos de la vida de este pueblo están envueltos en fábulas, en las que se confunden la realidad y la ficción. Haremos por desenmarañar algunos hechos principales buscando la verdad,
difícil de descubrir en medio de las narraciones contradictorias de los
cronistas; no por culpa de ellos, sino porque, según las personas de cuya boca
recogieron la relación de los hechos, y los lugares donde ellas residían,
variaban naturalmente sus relatos, alterados por la vanidad y por la propensión
de los Chibchas a mentir: Los cronistas anteriores a Piedrahita: Castellanos, el autor del Epítome, Oviedo, el Padre Simón y Rodríguez Fresle sostienen la opinión contraria. El primero de estos escritores, que vivió cerca de medio siglo en Tunja, poco después de la conquista, resume en pocas palabras la historia del pueblo chibcha. Según él, muchedumbre de caciques ocupaban su territorio, sujetos los más de ellos a dos reyes diferentes, el de Bacatá y el de Hunsa, que, como poderosos y soberbios, procuraban ganarse los estados. En diferentes tiempos tuvieron grandes batallas, sin que ninguno de ellos consiguiese someter al contrario. Estas competencias eran muy antiguas, pero los indios no conservaban de ellas sino confusos recuerdos. Dice el autor del Epítome hablando del zipa y del zaque: El cacique de Iraca no tenía el carácter de pontífice máximo de los Chibchas,
que le atribuyen Quesada y Piedrahita, pues si lo hubiera tenido, Castellanos y
el Padre Simón, cronistas muy bien informados, no hubieran olvidado dar cuenta
de un hecho tan importante y de tan alto interés para la historia religiosa de
este pueblo. Y puesto que el Iraca no era sino uno de los muchos caciques
independientes que gobernaban allí antiguamente, ¿podrá creerse que los demás
depusieran sus odios y su autoridad, y se sometieran voluntariamente a un solo
jefe nombrado por él? Este sería un hecho único en la historia. "Lo más cierto que se sabe es que en los tiempos pasados se poblaron aquellas tierras de tantos caciques, absoluto cada cual en el dominio de sus vasallos, que más era confusión que grandeza; hasta que el cacique de Bogotá empezó a dilatar su estado, ya por fuerza de armas, ya por herencia (o rebelión al rey de Tunja como algunos quieren), los más cacicazgos a su dominio, y desde aquellos tiempos le intitulan zipa. De que resultó que el idioma de Bogotá (que es la lengua chibcha) se dilatase en todo su reino." De Hunsahúa dice Piedrahita que fue buen príncipe, que gobernó la nación en paz y justicia, pero que "añaden una mentira tan descabellada como decir que vivió 250 años." He aquí la ridícula tradición que refiere el Padre Simón de este zaque. Enamoróse locamente de una hermana muy hermosa que tenía, y no pudiendo obtener permiso de su madre para casarse con ella, pretextó un viaje a las tierras de los Chipatáes, en el que lo acompañó su hermana. Cuando volvió echó de ver la madre que ésta se hallaba en cinta. Llena de ira, tomó la sana o palo con que se agita la chicha y corrió a descargarla sobre su hija, quien para ampararse se encogió detrás de la gacha en que se hacía el licor de maíz, y se libró del golpe, que hizo pedazos la vasija y derramó la chicha. Formóse allí mismo un pozo de agua. Despechado y corrido Hunsahúa, se huyó con su hermana maldiciendo el valle de Hunsa, que desde entonces quedó estéril. Luego, no sabiendo qué camino tomar, lanzó un dardo con su tiradera, y éste salió sonando con un cascabel y sirviendo de guía a los fugitivos hasta Susa, donde la hermana dio a luz un niño. Dejáronlo convertido en piedra en una cueva y siguieron adelante, guiados siempre por el dardo y entrando a los dominios del bacatá por bajo el Salto de Tequendama; parecióles muy grande el cansancio al pasar el río, y, temerosos de sentir mayores fatigas en tierra extraña, determinaron convertirse en dos piedras, que están en la mitad del río. Esta ficción sirvió de pretexto a los zaques para casarse con sus hermanas. Después de Hunsahúa siguieron gobernando sus descendientes, de sobrino en sobrino, hasta llegar a Tomagata. Este príncipe era tuerto, tenía cuatro orejas y una larga cola que le arrastraba por el suelo, por lo cual era conocido con el apodo de cacique rabón. Nunca fue casado ni conoció mujer, porque el Sol lo imposibilitó para ello.
Entre estos y otros desatinos que referían de él, contaban que era tan
religioso, que iba diez veces en la noche en romería de Hunsa a Iraca, orando en
los templos y en las ermitas. Añadían que en premio de su santidad alcanzó del
Sol para sí y sus sucesores la potestad de convertir los hombres en bestias, y
que a quien lo enojaba lo transformaba en culebra, lagarto u otro animal. Murió
después de más de cien años, dejando de heredero a su hermano Tutasúa, el hijo
del Sol (de chuta, hijo, y sua sol). Luego que desapareció Bochica comenzó el Demonio a predicar doctrinas contrarias a las que él había enseñado. Entre otras cosas dijo que la encarnación no se había efectuado, pero que el Sol la haría tomando carne humana en una doncella del pueblo de Guachetá, sin que ésta perdiera su virginidad. Tenía el cacique de dicho pueblo dos hijas doncellas, quienes, sabedoras de este anuncio y deseosas de que en ellas se cumpliera el milagro, salían todos los días de la casa de sus padres, subían a un cerro situado en la parte del Oriente, y se exponían a los rayos del Sol. Pasado más de nueve meses dio a luz una de ellas una chuecuta o esmeralda grande y rica. La afortunada madre la puso en el pecho, donde al cabo de algunos días se halló convertida en una criatura. Dieron al niño el nombre de Garanchacha, y lo criaron en la casa del cacique como hijo del Sol. Cuando llegó a la edad de veinticuatro años, parecióle que, siendo hijo de tal padre, no le convenía quedarse en una aldea, sino irse a la corte del Ramiriquí, como lo hizo. Salió éste a recibirlo y lo hospedó y regaló en su casa por algunos días como lo merecía por su prosapia. Quiso entonces visitar al cacique de Iraca, quien celebró muchas fiestas en su honor, y le hizo grandes presentes. Hallábase cerca de Paipa de regreso para su casa, cuando supo que el Ramiriquí había ahorcado a un joven paje que había llevado a su corte. Encendido en cólera volvió a aquella ciudad, mató al cacique y se hizo obedecer por señor de toda la provincia, sin hallar mucha dificultad, porque todos lo tenían por hijo del Sol. Pasó luego su corte de Ramiriquí a Hunsa, y escogió sus servidores, entre quienes figuró en primer lugar el pregonero; ninguno supo de dónde había venido este indio, que tenía una larga cola. Comenzó a gobernar Garanchacha con tal despotismo, que los pocos a quienes permitía hablarle estaban delante de él postrados con el rostro pegado al suelo. Usaba el mayor rigor en los castigos aun por faltas leves; uno de ellos consistía en cubrir con pencas de tuna el cuerpo desnudo y tendido de la víctima, y descargar sobre ésta cruelísimos azotes o palos. Cobraba tributos excesivos, y a los que no los pagaban los hacía empalar o ahorcar. Hizo edificar al norte de Hunsa un templo a su padre el Sol, donde se le hacían frecuentes sacrificios. Visitábalo con mucha pompa y majestad en ciertos días del año. Tendían sus servidores mantas finas y pintadas en el trecho que separaba su palacio del templo. Salía la procesión con tal lentitud, que empleaba tres días en llegar a él, otros tres se estaba solo en su capilla, y volvía en otros tantos a sus casas reales. Quiso honrar a su padre construyendo un templo de piedra, y al efecto hizo labrar y traer a Hunsa gruesas columnas de asperón. Ya habían llegado con tres de ellas, que arrastraban de noche sin que nadie viese la cara a los que las traían, por lo que se supuso que eran demonios, cuando supo Garanchacha que los españoles habían poblado a Santamarta. Conjeturando que también llegarían a descubrir y conquistar sus tierras, reunió a sus principales súbditos, y por medio de su pregonero les hizo un largo discurso para anunciarles que había de venir una gente fuerte y feroz, que los había de someter y de afligir con trabajos y tributos; despidióse de ellos y les dijo que se iba por no verlos padecer, y que volvería después de muchos años; luego se entró a su cercado y desapareció. El pregonero, para hacer conocer quién era, dio delante de todos un estallido, y se convirtió en humo hediondo. ¿Qué luz histórica puede salir de los relatos contradictorios de Piedrahita y el Padre Simón sobre los zaques que reinaron en Hunsa? El primero llena el tiempo comprendido entre Bochica y la llegada de los españoles con una serie de príncipes, entre quienes hace figurar Hunsahúa, Tomagata, Tutasúa, Michúa y Quemuenchatocha. El segundo sólo encuentra espacio para desarrollar en esa larga época la fábula de la encarnación y del reinado de Garanchacha. ¿Cómo con tan enmarañadas y confusas noticias, hacer un cómputo siquiera hipotético del número de siglos transcurridos desde que los Chibchas ocuparon el territorio colombiano? Fray Pedro Simón dice que contaban veinte edades de setenta años, o catorce siglos, desde la venida de Bochica hasta la conquista española. ¿Podrá creerse que un pueblo que jamás se ocupó en determinar la fecha y el orden de los sucesos históricos, hubiera llevado esta única cuenta en la serie de los siglos; cuando ni aun el ciclo de setenta años concuerda con el sistema de numeración usado por él? No obstante, no es vano el empeño del historiador en estudiar los mitos, pues en esos relatos fabulosos se trasluce la índole de los pueblos. Las tradiciones legendarias conservan un fondo de verdad, exagerando las virtudes y los vicios de los héroes. Las que hemos referido dejan presumir un despotismo sin trabas, generador de una humillante servidumbre y de escenas sangrientas.
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