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Saguanmaehica conquista los Fusagasugáes, vence al guatabita y al ubaque, declara la guerra al zaque, y mueren ambos en la batalla de Chocontá-Nemequene castiga la rebelión de los Fusagasugáes, sujeta a los caciques de Zipaquirá y Nemocón, asalta alevosamente al guatabita y se apodera de sus estados, somete al ubaque, al ubaté y al simijaca, da leyes en su reino, declara la guerra al hunsa, y es herido de muerte en la batalla de Las Vueltas-Sucédelo Tisquesusa-Llegan los españoles cuando éste estaba en campaña contra el zaque-¿Estaban los Chibchas en progreso o en decadencia en la época del descubrimiento? Las Continuas guerras de los zipas de Bacata con sus feroces enemigos los Panches, los habían acostumbrado a la lucha y al manejo de las armas. Rodeados de pequeños cacicazgos, habíanlos ido sometiendo unos tras otros a su dominación. Cuando en el último tercio del siglo XV el cacique de Chía, Saguanmachica, a quien correspondía de derecho la corona, llegó a sentarse en la silla guarnecida de oro y esmeraldas de los zipas, en Muequetá, pudo contemplar con satisfacción su poder y sus riquezas. Propúsose seguir el ejemplo de sus mayores, conquistando nuevas tierras. Resolvió atacar a los Fusagasugáes, gentes poco guerreras, aunque eran de raza chibcha. Convocó sus tropas y escogió algunos miles de soldados aguerridos. Bajó por el páramo y monte de Fusungá a las tierras de su súbdito el ubaque de Pasca. Esperábalo el enemigo con su ejército en el risueño y pintoresco valle de Fusagasugá, ocupando una angosta colina por donde debía entrar el zipa. Servían de defensa natural a este paso por un lado un monte cerrado y por otro peligrosas peñas tajadas hasta el río Pasca. Era Saguanmachica militar avisado y experto, y dispuso que una tropa escogida penetrase durante la noche por entre el espeso bosque, dirigida por un jefe de la familia, y se situase a la espalda de los contrarios. Antes de amanecer estaban ya en el puesto indicado, cuando los centinelas, sintiendo su presencia, llamaron a las armas. Sorprendidos al ver cortada la retirada y no sabiendo a dónde ocurrir, vacilaron, y dejando las armas se pusieron en vergonzosa fuga. Acometióles entonces con vigor el ejército del zipa, matando a muchos, y entró triunfante a la ciudad llevando prisionero al comandante en jefe, que era el cacique Usatama, cuando el sol levante iluminaba su victoria. Bien aconsejado el fusagasugá por su aliado el tibacuy, que salió herido, se rindió y se sometió al vencedor, reconociéndose por su vasallo. Saguanmachica regresó a Bacatá por la serranía de Subia pasando por sendas difíciles cubiertas de malezas y de pantanos que lo detuvieron unos pocos días. Su triunfo fue con sacrificios y fiestas que duraron muchos días. Envidioso el guatabita de la pronta victoria de zipa, invadió su estado; mas éste no sólo resistió valerosamente su ataque, sino que siguió en su persecución, penetró en sus tierras y lo batió por dos veces, obligándolo a pedir socorro al zaque de Hunsa, que era entonces Michúa. Envió el zaque mensajeros al zipa para declararle la guerra, y luego siguió con su ejército al Sur hasta la frontera del bacatá. Más habiendo tenido conocimiento de que éste lo esperaba con fuerzas considerables, temió comprometer en una batalla la suerte de su reino y se volvió cobardemente a su corte. El inquieto cacique de Ebaque quiso aprovecharse del abandono momentáneo en que dejaba el zipa el sur de sus estados para invadir los pueblos de Usme y Pasca; pero antes de que pudiera prepararse para la defensa, entró Saguanmachica a fuego y sangre por Chipaque y Une, lugares fronterizos. No quedó otro recurso al Ebaque sino abandonar su corte y refugiarse en unos peñoles fuertes situados a la orilla de la laguna, donde acostumbraba poner en seguro su persona y sus bienes. Libre ya de cuidados, preparábase el zipa a atacar en sus tierras a Michúa cuando se vio envuelto en graves dificultades. Hambrientos los Panches de carne humana invadieron sus dominios por Zipacón y Tena, a la vez que el guatabita amenazó con sus fuerzas a Chía y Cajicá. Vióse entonces obligado a dividir su ejército para atender a su defensa por el Occidente y por el Norte. Muchos años duró esta porfiada lucha, que, interrumpida algún tiempo, se renovaba luego, hasta que logró obligarlos a quedarse quietos en sus tierras. Como Saguanmachica no desistía de sus ideas de conquista, y por otra parte
quería vengar antiguos agravios del zaque, se preparó a entrar en campaña contra
él. Condujo rápidamente su numeroso ejército a Sopó, donde se le incorporó la
tropa del cacique de este lugar, y de allí siguió en dirección a Hunsa por las
tierras del guatabita, que no se atrevió a resistirle. Michúa no pudo en esta
vez evitar el combate, y se movió con sus huestes para esperar al enemigo del
otro lado de la frontera, deseoso de evitar los estragos que pudiera hacer éste
en sus estados. Saliendo de Chocontá se encontraron las dos fuerzas y empeñaron
reñidísima batalla que duró tres horas, y en la que rindieron la vida uno y otro
príncipe. Aunque los Bacatáes alcanzaron la victoria, se volvieron a su reino
sin más despojos que el cuerpo inanimado del zipa. Los Hunsas acompañaron el del
zaque, y en una y otra corte se les hizo suntuoso y entierro. La primera preocupación de Nemequene fue mostrarse fuerte haciéndose respetar dentro de sus tierras, antes de invadir las ajenas. Llamó a su sobrino Tisquesusa, joven cacique de Chía, y le confió el mando de una parte de su ejército para que fuera a sujetar a los Fusagasugáes, que se habían sublevado. Partió éste de Bacatá abriendo ancho camino por la serranía de Subia. Tuvieron tiempo los rebeldes de fortificarse en sitios escabrosos donde era fácil la defensa, pero no resistieron el vigoroso ataque de los Bacatáes, que los vencieron y destrozaron, castigando con la muerte, después de la victoria, a los culpables. Pacificada la provincia, dejó Tisquesusa una guarnición de guerreros guechas en Tibacuy y regresó por Pasca cargado con los despojos de los vencidos. Nemequene, entretanto, no se había quedado ocioso, pues había ejercitado sus tropas combatiendo con los Panches, a quienes obligó a permanecer en sus tierras. De pronto, por el Norte, le llamaron la atención nuevos enemigos. Creyó el zipaquirá que no podía presentarse mejor ocasión de hacer la guerra al zipa. Era su provincia una de las más pobladas, y tenía por vecinos los Nemzas (habitantes de Nemocón), que le ofrecieron su alianza. Entraron las fuerzas unidas por Cajicá, pueblo fronterizo de los dominios del Bacatá. Informado éste de la pérfida invasión, sacó los mejores soldados de las guarniciones, y juntándolos con los que tenía consigo, salió rápidamente al encuentro de sus enemigos. Diéronse vista entre Cajicá y Chía, y allí mismo se empeñó el combate al bronco ruido de caracoles y fotutos. Cubriéronse los aires de dardos lanzados por las tiraderas; mas habiéndose mezclado los combatientes, pelearon cuerpo a cuerpo con las pesadas macanas. Decidiáse la batalla en favor del zipa, quien persiguió a los contrarios y ocupó sus estados. Llegó triunfante a Bacatá cuando Tisquesusa entraba también victorioso. Como su ambición creciera con la prosperidad, Nemequene se creyó llamado a reunir el pueblo chibcha bajo su cetro. Ardía en deseos de medir sus armas con el más, poderoso de sus émulos, el zaque de Hunsa; mas, siendo avisado capitán, supo refrenar su impaciencia, juzgando que debía sujetar primero a dos caciques de quienes temía, con razón, que pusieran obstáculo a sus planes de conquista, ya ofreciendo su valiosa alianza al zaque, ya invadiendo sus dominios luego que los dejara desguarnecidos: éstos eran el guatabita y el ubaque. Buscaba el zipa la ocasión de hacer la guerra al guatabita sin que la victoria le costase gran sacrificio de vidas, cuando él mismo se la presentó incautamente. Eran celebrados los orífices de sus tierras entre los mejores del país de los Chibchas. Muchos de ellos salían a las provincias vecinas a labrar tunjos y joyas de oro, que todos tenían en tanto aprecio para ofrecerlos a sus ídolos y a sus santuarios, así como para adorno de vivos y difuntos. Viendo el cacique la falta que hacían y que su ausencia era causa de que mermaran los tributos, ordenó bajo penas severas que todos volvieran a sus hogares; disponiendo que si algún señor necesitaba uno o más orífices diera en cambio un número doble de sus vasallos, que debían ponerse al servicio del guatabita mientras regresaban aquéllos. Vióse en breve tiempo rodeado de un número considerable de extranjeros que se mostraban con él obsequiosos y rendidos como si fuese su señor natural. Envanecíase diciendo que el mismo zipa le rendía homenaje, puesto que buscaba con tanto afán a sus vasallos para tenerlos en su corte. Era ciertamente Nemequene quien poco a poco llenaba la casa de su contrario de guerreros experimentados, avisados de que debían esperar sus órdenes para cumplirlas estrictamente. Para lograr el fin que se había propuesto, tuvo que vencer un obstáculo de aquellos que en ocasiones remueve la poderosa palanca del dinero. Guardaba el paso por donde el bacatá podía hacer daño al guatabita uno de los vasallos de éste, el usaque de Guasuca (Guasca). Pudo obtener el zipa con dádivas y promesas que hiciera traición a sus deberes y le diera una noche paso libre con sus tropas. Dormía el guatabita con su familia en las cosas de su cercado, ignorando que su enemigo se acercaba y las rodeaba, y que aquellos a quienes había confiado la seguridad de su persona eran espías que estaban en inteligencia con los que venían a atacarlo. Apenas tuvo tiempo de advertir lo que pasaba, pues sin que le fuera posible resistir pereció con sus herederos, víctima de la infame traición del zipa y del guasca, quien tomó parte en el asalto. Con tan fácil conquista agregó Nemequene a sus dominios una rica, industriosa y bien poblada provincia, que se extendía al Norte hasta la frontera de Hunsa, entre Turmequé y Chocontá, y al Oriente, del lado de Gachetá, hasta los Llanos. Después de haberla asegurado con guarniciones, dejó en ella de gobernador a un hermano suyo. Ya que le era próspera la fortuna, quiso llevar adelante sus conquistas e invadió las tierras del ubaque, penetrando en ellas, con su ejército dividido, por dos vías: la de Chiguachí (Choachí) y la de Portachuelo. Resistió valerosamente el cacique en sus montañas durante seis o siete lunas; pero viendo al fin que sus vasallos disminuían y que sería inútil toda resistencia, se sometió al zipa, con la condición de que admitiese por mujeres dos hijas doncellas que tenía. Confiaba en que teniéndolo por yerno le haría menos pesado el yugo del vasallaje. El bacatá se quedó con la mayor de ellas, que fue a aumentar el número de sus tiguyes, y dio la otra a su hermano el guatabita. Asegurada esta nueva provincia con guarnición de gente de guerra escogida, se volvió a la capital de su reino, donde fue recibido con demostraciones de júbilo y ruidosas fiestas en que se representaron y cantaron sus victorias. No contento con haber duplicado en una sola campaña la extensión de sus dominios, el que se decía con orgullo usaque de los usaques no podía vivir sino batallando y venciendo. Las fiestas mismas, lejos de distraerlo de sus proyectos de conquistas y de gloria, lo excitaban a seguir adelante. Parecióle por el momento urgente someter a tres caciques cercanos que habían conservado, su independencia: eran los de Ebaté o Ubaté, Susa y Simijaca. Atacólos con fuerzas considerables, a las que resistieron con valor y aun lograron rechazarlas en algunos encuentros que tuvieron, defendiéndose en el boquerón de Tausa, pero al fin fueron vencidos y tuvieron que resignarse a ser tributarios del zipa, quien los dejó sujetos a su hermano el guatabita. Engreído éste con la alta posición a que se vio elevado, se mostró arrogante y codicioso con los vencidos. Inquiría con interés quiénes tenían fama de ricos y eran dueños de joyas y preseas de valor. No faltó quien le informara que el ubaque tenía oculto su tesoro en un fuerte peñol que aparece tajado por el lado en que lo bañan las aguas de la laguna del mismo nombre. Preparóse con gente armada para asaltar la guarnición que lo custodiaba, y viéndose obligado a pasar por Chiguachí, donde residía un cacique vasallo del ubaque, logró convencerlo de que iba en comisión del zipa a visitar los puestos militares ocupados con tropa. Pudo así entrar con los suyos sigilosamente dentro del fuerte, matando a muchos de los que lo defendían. Los que lograron huir dieron aviso del agravio a su señor, quien lleno de ira por tan alevoso acto de piratería que lo privaba de sus bienes, reunió un número crecido de su vasallos y rodeó el peñol, acometiéndole con ardimiento. Por más de cinco días defendióse con mucho brío el guatabita, que era hombre valiente; pero como le faltaban víveres, y las fuerzas de su contrario aumentaban, resolvió salir a pelear. Pena le daba separarse del tesoro que ya tenía por suyo, mas no queriendo que volviera a manos del ubaque, lo arrojó a la laguna. Luego salió con su tropa en buen orden luchó desesperadamente, pagando su temeridad con su vida y la de sus mejores oficiales. Quedó victorioso el ubaque, ¡victoria cruel aunque justa, puesto que con ella no recobraba su tesoro y quedaba expuesto a la terrible venganza de Nemequene, quien le pediría cuenta de la vida de su hermano! Afortunadamente para él, discurrió con sagacidad y prudencia el arbitrio a que debía recurrir. Despachó mensajeros al zipa, cargados de presentes, y bien informados de lo que debían alegar en su defensa, llegaron éstos al cercado del bacatá y se presentaron ante Nemequene, con las ceremonias y el recato de costumbre: sentados en cuclillas en el suelo, donde pusieron los presentes vueltas las espaldas y profundamente inclinados. Oyó el zipa, con inalterable calma, el mensaje del ubaque, quien mandó que compareciera él mismo a su presencia a dar cuenta de su conducta. Conocida la voluntad de su señor, sin alegar excusas ni buscar pretextos de demora, se puso prontamente en camino con la comitiva necesaria para llevar ricos presentes. Consistían éstos en veinte hermosas doncellas adornadas con preciosas joyas, cien cargas de mantas finas y bien pintadas, muchas esmeraldas escogidas, y pequeñas figuras de animales hechas de buen oro. Ningún objeto de valor quiso recibir el zipa, y se contentó con escoger dos mantas de algodón, y eso por no desairar a su vasallo, pues decía que del acusado no se debe aceptar prenda alguna que contribuya a que se tuerza la justicia. Mostróse el ubaque tan persuasivo en la defensa que hizo de su resistencia al
audaz salteamiento del guatabita, que no dudó ya el bacatá de la culpa de su
hermano, y le permitió regresar a sus tierras pasados seis meses, libre, honrado
y colmado de favores. Consultando las antiguas costumbres, ordenó leyes para el castigo de los delitos. Publicadas éstas por los pregoneros, se conservaban en la memoria de las gentes por la puntual ejecución que les daban los caciques. Cuando creyó que era llegado el momento de medir sus fuerzas con las del poderoso zaque Quemuenchatocha, llamó a los usaques y caciques a su corte. Manifestóles el proyecto que tenía de obligar al hunsa a rendirle vasallaje, y les dio plazo de treinta días para que concurrieran todos, con su gente armada, a los espaciosos campos de Bacatiá. Cumplido el término señalado, se presentaron los caciques ante el zipa con sus tropas armadas de macanas, picas, hondas, tiraderas y flechas. Cada cual fue tomando sitio aparte, y se distinguieron unos de otros por el color de sus dividas y banderolas, y por la diversidad de los pabellones. Enorgullecíase Nemequene, a la vez que se llenaba de confianza en la victoria, pasando revista, acompañado de sus principales jefes, a los miles de hombres que cubrían la Sabana. Luego que los jeques sacrificaron las víctimas humanas ofrecidas al Sol para asegurar el éxito de la campaña, se puso en marcha el ejército: Entró por las tierras del poderoso turmequé, vasallo del zaque, haciendo estragos. No se había descuidado el hunsa en prepararse para rechazar el ataque, y con el auxilio de algunos miles de guerreros con que se presentó su aliado Nompaním, cacique de Iraca, puso número igual de combatientes a los que mandaba su contrario, y salió con sus huestes a campaña. Encontráronse enfrente del punto llamado Arroyo de las Vueltas, separados los dos campos por el riachuelo. Antes de darse la batalla, envió el zipa mensajeros al zaque proponiéndole que le rindiera vasallaje y evitara con esto su ruina. Mandóle éste una embajada para contestar su mensaje provocándolo a que decidieran los dos la contienda en singular combate, y que el vencido reconociese por señor a su contrario y le pagase tributo. Alteráse Nemequene, considerando el desafío como un acto de osadía del hunsa, y confiado en su valor se mostraba dispuesto a aceptar el reto; mas los usaques lo disuadieron de tal intento, diciéndole que un príncipe tan grande como él no podía salir a combatir con un cacique a quien ya tenía por su vasallo. Suplicáronle todos que se diese la batalla sin diferir más tiempo. Pusióronse en orden los cuerpos de uno y otro lado, y dióse principio al sangriento combate con furia propia de encarnizados enemigos. Rodaban por el suelo diademas y penachos cuyos dueños caían heridos de muerte, lastimado el cuerpo por los dardos y por las puntas de las picas, o quebrantados los miembros por los fuertes golpes de macana y las duras piedras. La estrepitosa gritería ahogaba los lamentos de los moribundos. Mostrábase Nemequene en todas partes animando a los suyos, conducido en ricas andas cubiertas de láminas de oro y adornadas con esmeraldas. Recorría su campo el hunsa en otras de no inferior valor, deseando ambos encontrarse, cuando un agudo dardo hirió profunda mente al zipa en el pecho, lastimando los pulmones. Arrancó él mismo con esfuerzo la homicida punta, y, comprendiendo la gravedad de la herida, pidió a sus amigos que vengaran su muerte y no cejaran en el combate. Llenáronse de turbación los que le rodeaban, quienes se apresuraron a sacarlo del lugar del conflicto. Cundió por las filas la fatal noticia; con el sobre salto aflojaron las tropas y atacaron al enemigo con menos vigor que al principio. Comprendiendo el hunsa que cedían, dióles con tal denuedo repetidas cargas, que todos volvieron espaldas. Siguió en su persecución hasta Chocontá, de donde regresó victorioso a sus estados, sin cobrar la victoria. Nemequene fue conducido rápidamente en sus andas a Bacatá, donde los jeques intentaron curarlo, pero todos sus esfuerzos por salvarlo fueron vanos, y rindió la vida antes del quinto día después de su llegada. Lloraron sus súbditos su muerte cubriéndose de luto y tributando magníficos honores fúnebres al más ilustre guerrero y hombre de estado que tuvo el pueblo chibcha. Ocupó el trono de los zipas el sobrino de Nemequene, Tisquesusa, cacique de Chía, a quien le tocaba de derecho. Era éste de gallarda y gentil disposición y mostraba en sus actos la gravedad propia de su puesto. Aunque dotado de espíritu menos guerrero que su tío, dejó que el más famoso general que tuvo éste, Saquesaxigua, invadiera los dominios del hunsa, paseara victorioso por Machetá, Tibirita y Sutatensa, y no regresara a Bacatá sino después de haber cobrado tributo de guerra a los caciques de esa región. Animado del deseo de vengar la muerte de su antecesor, preparóse Tisquesusa para nuevos combates; cuando ya se creyó bastante fuerte, hizo llamamiento general y reunió numeroso ejército. Púsose luego en camino para Hunsa, resuelto a dar fin a las continuas competencias de los zaques. Un suceso inesperado interrumpió la marcha de las tropas y cambió el curso de los acontecimientos; ciento sesenta y seis hombres de raza desconocida, montados sesenta de ellos en grandes cuadrúpedos nunca vistos, penetraban por el Norte y se internaban ya en los vastos y populosos dominios de los Chibchas. Vióse el zipa obligado a dar de mano a sus proyectos bélicos para atender a la defensa de su territorio. Terminada esta reseña de los pocos sucesos que se conocen de la vida de este pueblo, ocurre preguntar si estaba en progreso o en decadencia cuando los españoles conquistaron su territorio. Algunos autores han creído que los Chibchas "apenas conservaban las enseñanzas y los restos de una civilización anterior, debilitada por las guerras continuadas en la disputa de su suelo." Tenemos muy distinta opinión a este respecto. El pueblo chibcha estaba en su apogeo en el siglo XVI, y marchaba rápidamente a la unidad y a la centralización del gobierno. Los últimos zipas de Bacatá, vencedores de los enemigos de las fronteras, habían sometido a los caciques que los rodeaban al Norte, al Sur y al Este, y sus dominios se extendían desde Simijaca hasta Pasca, y desde Zipacón hasta los Llanos; preparábase el zipa Tisquesusa a hacer la guerra al zaque al frente de un ejército numeroso y aguerrido en los combates, y sin la llegada de los españoles probablemente habría ocupado los dominios de éste, para seguir adelante en sus conquistas. La riqueza se había aumentado entre los Chibchas, y se procuraban cantidades considerables de oro en sus cambios con las tribus vecinas. En las construcciones empezaban a sustituir la madera por la piedra, material con que se edifican los monumentos que llevan a la posteridad el recuerdo de las naciones. Otros autores sostienen que "los Panches y los Muzos adquirían diarias ventajas sobre los Chibchas, incapaces ya, en la época del descubrimiento, para conservar sus fronteras." Decir esto es desconocer por completo la historia. Los Panches y los Muzos reunidos eran diez veces inferiores en número a los Chibchas; se hacían unos a otros la guerra más cruel; salían de sus montañas, como las fieras de sus guaridas, acosados por el hambre de carne humana, y no impulsados por móviles de conquista, y finalmente, lejos de haber adquirido diarias ventajas sobre los Chibchas, los últimos zipas los tuvieron constantemente a raya, como lo hemos dicho.
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