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XVI
Estudiábamos
seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que
precedían los exámenes, en los que el gimnasio y los
claustros perdían su aspecto bullicioso para no dejar ver
sino pálidas caras hundidas en el libro, pizarras llenas de
fórmulas algebraicas, y en los rincones, pequeños Sócrates
ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de la
Jonia, sino de los Andes o del Aconquija . Los exámenes
eran duros, y sabíamos que serían tomados por profesores
de la Universidad.
Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad existía
el mismo antagonismo, la misma lucha que entre los discípulos
de Guillermo de Champeaux y los de Abelardo, la misma
emulación que entre Oxford y Cambridge. Despreciábamos
esos petimetres que iban paquetes al aula una vez por mes, a
hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena, y que no leían
sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos
de la médula de león del eclecticismo.
A más, ¿por donde la Universidad era capaz de
presentar un cuadro de aventuras, de diabluras, como las que
ilustraban los anales del Colegio? De tiempo en tiempo nos
llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo,
ponía de punta la aguja en las sillas de Larse, Gigena o
Ramsay en el momento de sentarse; la transformación de una
galera profesional en acordeón silencioso, etc. Pero acogíamos
esa materia parva con la benevolente sonrisa de los magos de
Faraón ante los primeros milagros de Moisés.
Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos
perteneciera de una manera completa y exclusiva. Habríamos
dado algo por verle renunciar su cátedra de física en la
Universidad.
En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto
contra este espíritu, y recordado que antes de entrar en el
Colegio había pasado un año en la Universidad, intenté
iniciar, sin éxito, la política de conciliación. Y, sin
embargo, no eran de los más gratos mis recuerdos
universitarios.
Para ingresar a la clase de primer año de latín, debí
rendir un impalpable examen de gramática castellana, en el
que fui ignominiosamente reprobado por la mesa, compuesta de
Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y
el doctor Tobal. Me dieron un trozo de la Eneida, traducción
Larsen, para analizar gramaticalmente; era una invocación
que empezaba: por "¡Diosa!" - "¡Pronombre
posesivo!", dije, y bastó; porque con voz de trueno
Larsen me gritó: "¡Retírate, animal!"
Esto era en diciembre; en marzo arremetí de nuevo,
pasé regular, con recomendación de mayor estudio para el año
venidero, e ingresé en la famosa clase de latín donde
Pirovano hacía sus raras y memorables apariciones. Nada más
soberbio que los diálogos que se entablaban entre él y
Larsen. Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre
el I, II, IV o VI libro de la Eneida, sobre el "De
Viris" o el Epitome ; Pirovano sabía un solo verso de
memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasión, y que
lanzaba con una voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su
erudición: "¡Amor insano Pasiphae!". De ahí no
salía, sino a la calle. Es al doctor Larsen a quien el
pueblo de Buenos Aires debe el tener ese médico que le
honra. Harto de Pirovano, y para verse libre de él, le hizo
pasar contra viento y marea en el examen de primer año en
el que hubiera quedado eternamente; tal era su afición al
Nebrija.
XVII
Conocíamos también
en el Colegio la existencia de un café clandestino, donde
se reunían e jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos,
Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini
corría todas las noches hasta su casa, sin faltar una
sola a esta higiénica costumbre.
Los combates homéricos del mercado no nos eran
desconocidos, ni las pindáricas escenas de la clase de
griego, de Larsen, donde éste y su único discípulo, el
pobre correntino Fernández, muerto en plena juventud, se
disputaban la fama de los juegos Pythios, recitando con sin
igual entusiasmo los versos de la Ilíada. En la Universidad
se sostenía calumniosamente
que el sueldo de la clase de griego
se dividía entre Larsen y Fernández pero el hecho curioso
es que Fernández, solo en clase, conseguía armar unos
barullos colosales, respondiendo imperturbablemente a
las imprecaciones de Larsen: "¡No soy yo!"
Recuerdo que más
tarde, cuando fuimos estudiantes de Derecho,
Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en
la clase de griego, como oyentes. Cuando Larsen leía algún
verso, Patricio sonreía con lástima. Interpelado, aseguraba
al buen profesor que su pronunciación helénica era deplorable;
que a lo sumo, solo podía compararse al dialecto de los
porteros de Atenas en tiempo de Pericles.
Fernández se indignaba, y, encarándose con Patricio, le
dirigía una alocución en griego que ni el mismo, ni Larsen,
ni nadie entendía.
La escena concluía siempre poniéndonos Larsen a
todos en la puerta, y encerrándose
de nuevo con Fernández, que a
todo trance quería saber el griego...
XVIII
La pluma ha corrido
inconscientemente; quería hablar del antagonismo entre
porteños y provincianos, y heme aquí bien lejos de mi
objeto. El hecho es que el nuevo vicerrector,
por una u otra razón, decidió gobernar con un partido,
sistema como cualquier otro, aunque para él tuvo
consecuencias deplorables. Creíamos entonces,
exageradamente, que todos los castigos nos estaban
reservados mientras los provincianos (¡nosotros éramos del
Estado de Buenos Aires!) tenían asegurada la impunidad
absoluta. Las conspiraciones empezaron, los duelos parciales
entre los dos bandos se sucedían sin interrupción, hasta
que la conducta misma de don F. M. justificó la explosión
de la cólera porteña.
Don F. M. nos organizaba bailes en el dormitorio,
antiguamente destinado a capilla, en el que aún existía el
altar, y en el que, en otro tiempo bajo el doctor Agüero se
hacían lecturas morales una vez por semana.
No fue por cierto el sentimiento religioso el que nos
sublevó ante aquella profanación; pero como en esos bailes
había cena, y se bebía no poco vino seco, que por su color
reemplazaba el jerez a la mirada, sucedía que muchos chicos
se embriagaban, lo que era no solamente un espectáculo
repugnante, sino que autorizaba ciertos rumores infames
contra la conducta de don F. M., que hoy quiero creer
calumniosos, pero sobre cuya exactitud no teníamos entonces
la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra
parte, en aquel hombre, una condescendencia criminal tratándose
de un Colegio de jóvenes internos, régimen abominable por
si mismo, y que sólo puede persistir a favor de una
vigilancia de todos los momentos y de una disciplina
militar.
A la conspiración vaga sucedió una organización de
carbonarios. Yo no tuve el honor de ser iniciado; era muy
chico aún y pertenecía a los abajeños; es decir, a los
que vivíamos en el piso bajo del Colegio, mientras el alto
era ocupado por los mayores, los arribeños. Nuestros
prohombres lo habían organizado todo, sin dar cuenta a la
gente menuda. Pero yo tenía un buen amigo en Eyzaguirre,
que tuvo la bondad de ilustrarme ligeramente.
Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza
especial; lo incomodaba a cada instante, le remedaba, le
llamaba de "El País", que era su aborrecido
apodo; zumbaba a su alrededor como un mosquito, le
desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sabanas, lo
mortificaba, en fin, de cuantas maneras me sugería mi
imaginación, tendía a ese solo objeto. Eyzaguirre era un
hombre robusto, fuerte y bravo; más de una vez levantó el
brazo sobre mí, pero vencía su generosidad ingénita, y
comprendiendo que de un golpe me habría suprimido, lo
dejaba caer ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de
Fifine. Sólo en una ocasión la cólera lo cegó; me dio a
mano abierta un cogotazo que me tendió a lo largo, y antes
que hubiere iniciado a patadas desde el suelo un estéril
sistema defensivo, ya Eyzaguirre me había levantado en sus
robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme
agua en la cabeza, preguntándome con voz trémula por la
emoción, si me había hecho daño.
Tanta generosidad me venció, y sea por ese motivo o
porque el primer cogotazo había roto el cómodo prisma de
la impunidad, el hecho es que nos hicimos amigos para
siempre. Aún hoy es uno de los hombres cuya mano estrecho
con mayor placer.
XIX
Eyzaguirre me había
dicho que si sentía algún gran ruido de noche, en los
claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano
que tuviera más próximo de mi cama, y que lo pusiera fuera
de combate. Que éramos pocos, y solo podría salvarnos el
valor y la rapidez en la acción. En fin, después de
algunos días de expectativa, una noche, de una a dos de la
mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento
espantoso de una detonación que conmovió las paredes del
Colegio.
Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar
bien si era un joven llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio,
de Corrientes; di y recibí algunos moquetes; pero la
curiosidad pudo más, y todos corrimos, casi desnudos, a los
claustros superiores.
Aún había mucho humo; las puertas del cuarto del
vicerrector habían sido sacadas de quicio por la explosión
de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el
objeto no fue otro que dar un susto de dos yemas a don F. M.
Este había hecho una barricada en la puerta. En medio
del claustro y solo, frente a su cuarto, vi a Eyzaguirre en
soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano
izquierda y una bola de plomo, unida a una cuerda, en la
derecha.
De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos
de ellos armados. Aquel iba a ser un campo de Agramante; el
vicerrector, viéndose rodeado de sus fieles, salvó la
barricada, y comenzó a vociferar, abriendo sus vestidos,
mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los
conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de
valor había sido un poco tardía.
Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su
sorpresa, arremetían enfurecidos a sus adversarios, los
provincianos se preparaban a caer sobre nuestra vanguardia,
formada por Eyzaguirre y dos o tres compañeros, cuando
vimos aparecer al venerable doctor Santillán, cura párroco
de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y
persuasiva, desarmaron los ánimos. Cada uno se retiró a su
cuarto, y él llevó consigo a don F. M., que jamás volvió
a pisar el suelo del Colegio.
El sumario al día siguiente fue terrible; M. Jacques,
pálido de cólera, tomaba las declaraciones principales. El
punto capital era éste: "¿ Quién había prendido
fuego a las Bombas?" La respuesta fue unánime y
sincera:"'No lo sé".
Y era la verdad; por largos años ha permanecido
oculto el nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido
estudiante que, con más éxito que aquel, llevó a cabo ese
rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía mucho tiempo que
había salido del Colegio, uno de los grandes de entonces me
hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que
callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo más
mínimo la relación de esta aventura al que la dio acabado
fin sino por un curiosísimo resto de aquel culto del
estudiante de honor por la discreción y el secreto. Es
pueril, pero lo siento así.
XX
Dos o tres
expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos
e interminables horas de encierro a muchos de nosotros
volvieron a poner las cosas en su estado normal, afirmándose
definitivamente la disciplina con el ingreso de don José M.
Torres.
El encierro es un recuerdo punzante que no me
abandona; eterno candidato para ocuparlo, su huésped
frecuente, conocía una por una sus condiciones, sus escasos
recursos, sus numerosas inscripciones y aquel olor húmedo,
acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompañaba una
semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera
que se abría frente al gimnasio.
Era una pieza baja, de bóveda: cuatro metros
cuadrados.
Tenía un escaño de cal y canto, demasiado estrecho
para acostarse, y que daba calambres en la espalda a la hora
de estar sentado en él. Una luz insignificante entraba por
la claraboya lateral y muy alta, por donde los compañeros
solían tirar con maestría algunos comestibles con que
combatir el clásico régimen de pan y agua.
¡Oh!, las horas mortales pasadas allí dentro tendido
en el suelo, llena de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido,
los oídos tapados para no oír el ruido embriagador de la
partida de rescate, en la que yo era famoso por mi ligereza;
la veta de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la pared,
debajo de una caricatura de Paunero con tricornio y con una
cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas
brotando de labios de vírgenes y santos, en el arte
cristiano primitivo, pero cargada aquí con un dístico cojo
y expresivo; la enorme hoja de la puerta, tallada y quemada
de arriba abajo, horadada y recompuesta como un pantalón de
marinero; la cerradura, claveteada y cosida fiel e
incorruptible, virgen de todo atentado desde la solemne
declaración de Corrales sobre la ineficacia de nuevas
tentativas al respecto; el hambre frecuente, los proyectos
de venganza negra y sombría, lentamente madurados en la
oscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la
libertad entraba en los pulmones...
He conservado toda mi vida un terror instintivo a la
prisión jamás he visitado una penitenciaría sin un
secreto deseo de encontrarme en la calle. Aún hoy las
evasiones célebres me llenan de encanto y tengo una simpatía
profunda por Latude, el barón de Trenck y Jacques Casanova.
No he podido comprender nunca el libro de Silvio Péllico,
ni creo que el sentimiento de conformidad religiosa, unido a
un imperio absoluto de la razón, basten para determinar esa
placidez celeste, si no se tiene una sangre tranquila y fría,
un espíritu contemplativo y una atrofia
completa del sistema nervioso.
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"Juvenilia"

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