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XXI
Las autoridades del
Colegio habían comenzado a preocuparse seriamente en dar
mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermería,
en vista del número de estudiantes, siempre en aumento, que
era necesario alojar en ella. Una epidemia vaga, indefinida,
había hecho su aparición en los claustros. Los síntomas
eran siempre un fuerte dolor de cabeza, acompañado de
terribles dolores de estómago.
¡ Vas - y - voir !
El hecho es que la enfermería era una morada
deliciosa; se charlaba de cama a cama; el caldo, sin
elevarse a las alturas del consommé, tenía un cierto
gustito a carne, absolutamente ausente del líquido homónimo
que se nos servía en el refectorio; pescábamos de tiempo
en tiempo un ala de gallina, y, sobre todo... ¡no íbamos a
clase!
La enfermería era, como es natural, económicamente
regida por el enfermero. Acabo de dejar la pluma para
meditar y traer su nombre a la memoria sin conseguirlo; pero
tengo presente su aspecto, su modo, su fisonomía, como si
hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Había sido primero
sirviente de la despensa; luego, segundo portero, y, en fin,
por una de esas aberraciones que jamás alcanzare a
explicarme, enfermero. "Para esa plaza se necesitaba un
calculador, dice Beaumarchais; la obtuvo un bailarín".
Era italiano, y su aspecto hacía imposible un cálculo
aproximativo de su edad. Podía tener treinta años, pero
nada impedía elevar la cifra a veinte unidades más. Fue
siempre para nosotros una grave cuestión decir si era gordo
o flaco.
Hay hombres que presentan ese fenómeno; recuerdo que
en Arica, durante el bloqueo, pasamos con Roque Sáenz
Peña largas horas reuniendo elementos para basar una opinión
racional al respecto, con motivo de la configuración física
del general Buendía. Sáenz Peña se inclinaba a creer que
era muy gordo, y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que
aquel hombre era flaco, extremadamente flaco. Lo veíamos
todos los días, lo analizábamos sin ganar terreno.
Yo ardía por conocer su opinión propia; pero el
viejo guerrero, lleno de vanidad, decía hoy, a propósito
de una marcha forzada que venía a su memoria, que había
sufrido mucho a causa de su corpulencia. ¡Sáenz Peña me
miraba triunfante! Pero al día siguiente, con motivo de una
carga famosa, que el general se atribuía, hacía presente
que su caballo, con tan poco peso encima, le había
permitido preceder las primeras filas.
A mi vez, miraba a Sáenz Peña como invitándole a
que sostuviera su opinión ante aquel argumento contundente.
No sabíamos a quién acudir ni qué procedimiento
emplear. ¿Pesar a Buendía? ¿Medirlo? No lo hubiera
consentido. ¿Consultar a su sastre? No lo tenía en Arica.
Aquello se convertía en una pesadilla constante; ambos veíamos
en sueños al general. Roque, que era sonámbulo, se
levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una
puerta por la que no podía penetrar Buendía. Yo veía
floretes pasearse por el cuarto en las horas calladas de la
noche, y observaba que sus empuñaduras tenían la cara de
Buendía. No encontrábamos compromiso plausible ni modus
vivendi aceptable. Reconocer que aquel hombre era regular,
habría sido una cobardía moral, una débil manera de
cohonestar con las opiniones recíprocas. En cuanto a mí,
la humillación de mis pretensiones de hombre observador me
hacía sufrir en extremo. ¿Cómo podría escudriñar
moralmente un individuo, si no era capaz de clasificarle
como volumen positivo? Al fin, un rayo de luz hirió mis
ojos, o la reminiscencia inconsciente del enfermero del
Colegio vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a
Buen día y, ahogando un grito, me despedí de prisa, y corrí
en busca de Sáenz Peña, a quién encontré tendido en una
cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna, en el
insoluble problema. Medio sofocado, grité desde la puerta:
-¡ Roque!... ¡ Encontré!
-¿Que?
-Buendía...
-¡Acaba!
-¡ Es flaco y barrigón!
No añadiré una palabra más; si alguno de los que
estas líneas lean han observado un hombre de esas
condiciones, hará, sin duda, sentido las mismas
vacilaciones y dudas.
Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado la clave
del secreto, que le abandonó generosamente.
XXII
Nuestro enfermero
tenía esa peculiarísima condición.
Empezaba su individuo por una mata de pelo formidable
que nos traía a la idea la confusa y entremezclada vegetación
de los bosques primitivos del Paraguay, de que habla Azara,
veíamos su frente, estrecha y deprimida, en raras ocasiones
y a largos intervalos, como suele entreverse el vago fondo
del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un
enorme caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las
cejas formaban un cuerpo unido y compacto con las pestañas
ralas y gruesas, como si hubieran sido afeitadas desde la
infancia. La palabra mejilla era un ser de razón para el
infeliz, que estoy seguro jamás conoció aquella sección
de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencia
y frutos nos traía a la memoria un ombú frondoso.
El cuerpo, como he dicho, era escueto; pero un vientre
enorme despertaba compasión hacía las débiles piernas por
las que se hacía conducir sin piedad. El equilibrio se
conservaba gracias a la previsión materna que lo había
dotado de dos andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo
envoltorio, a no dudarlo, consumía un cuero de baqueta
entero. Un día nos confió en un momento de abandono, que
nunca encontraba alpargatas hechas, y que las que obtenía,
fabricadas a medida, excedían siempre los precios
corrientes.
Debía haber servido en la legión italiana durante el
sitio de Montevideo, o haber vivido en comunidad con algún
soldado de Garibaldi en aquellos tiempos,. porque en la época
en que fue portero, cuando le tocaba despertar a domicilio,
por algún corte inesperado de la cuerda de la campana,
entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en
cuello, con aire de una diana militar, este verso que
tengo grabado en la memoria de una manera inseparable a su
pronunciación especial:
Levántasi,
muchachi,
que la cuatro sun,
e lo federali
sun vení o Cordun.
Perdió el gorjeo
matinal a consecuencia de un reto del señor Torres que,
haciéndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la
puerta de la calle.
Sin embargo, en la enfermería, cuando entraba por la
mañana o al participar, en la comida, del vino que había
comprado a hurtadillas para nosotros, tarareaba siempre
entre dientes: "Levantasi, muchachi", etc. Cuando
le retaban, o el doctor Quinche, médico del Colegio, le decía
que era un animal, lo que ocurría con regularidad y
justicia todos los días, su único consuelo era, así que
la borrasca se ausentaba bajo la forma del doctor Quinche,
entonar su eterno e inocente estribillo. Como prototipo de
torpeza, nunca he encontrado un spécimen más completo que
nuestro enfermero. Su escasa cantidad de sesos se
petrificaba con la presencia del doctor, a quien había
tomado un miedo feroz; y de cuya ciencia médica hablaba
pestes en sus ratos de confidencia. Cuando el médico le
indicaba un tratamiento para un enfermo, inclinaba la cabeza
en silencio, y se daba por enterado. Un día había caído
en el gimnasio un joven correntino, y recibido, a más de un
fuerte golpe en el pecho, una contusión en la rodilla. El
doctor Quinche recetó un jarabe que debía tomarse a
cucharadas, y un agua para frotar las rodillas. Una hora
después de su partida, oímos un grito en la cama del pobre
correntino, a quién el enfermero había hecho tomar una
cucharada de un líquido atroz, después de haberle
friccionado cuidadosamente la rodilla con el jarabe de que
tenía enmelada toda la mano. Fue su última hazaña; el
doctor Quinche declaró al día siguiente que uno de los
dos, el enfermero o él, estaba de más en el mundo, o por
lo menos en la enfermería; y como el hilo se corta por lo más
delgado, según tuvo la bondad de comunicármelo
confidencialmente, el pobre enfermero cambió de destino,
aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran
siempre a suministrar drogas; fue sirviente de comedor.
Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto
una catástrofe mayor nos hizo olvidar aquella. El
vicerrector, alarmado de la manera como se propagaba la
epidemia vaga de que he hablado, celebró una consulta médica
con el doctor, y ambos de acuerdo establecieron como sistema
curativo la dieta absoluta, acompañada de una vigilancia
extrema para evitar el contrabando. A las veinticuatro horas
nos sentimos sumamente aliviados, y el germen de nuestro mal
fue tan radicalmente extirpado, que no volvimos a visitar la
enfermería en mucho tiempo.
XXIII
Fue un día
bullicioso aquel en que se nos anunció que en breve empezaría
a funcionar la clase de literatura, regida por el señor
Gigena. Teníamos hambre de lanzarnos en esa vía del arte;
las novelas nos habían preparado el espíritu para esa
tarea, y nos parecía imposible que al año de curso no nos
encontráramos en estado de escribir a nuestra vez un buen
romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas,
escenas todas de descomunal efecto.
Ya para aquel entonces había yo comenzada a borronear
papel, y a más de dos cretinismos juveniles que mis
parientes de "La Tribuna" publicaron con sendas
laudatorias, tenía casi concluida una novela que pasaba en
una estancia durante las vacaciones, cuyo héroe principal
era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se publicó después,
bajo un seudónimo, como si temiera comprometer mi gravedad
en tales ligerezas.
Mi compañero de trabajos literarios era Adolfo
Lamarque, que me llevaba dos ventajas insuperables: hacía
versos y era externo. A pesar de estar sentados juntos en
clase, nos dirigíamos frecuentes cartas, las mías siempre
en prosa, pero las suyas generalmente rimadas. Lamarque
versificaba con suma facilidad. Recuerdo que una vez que debíamos
hacer una composición en clase sobre "El sueño de Aníbal",
Lamarque, el único, presentó la suya en verso.
Para mí fue una obra maestra, y aún tengo en la
memoria los primeros versos. Empezaba así:
Despierta, Aníbal, del letargo horrendo
que aquí te tiene encadenado, y vuela
a vengar a Duilio...
Lamarque me enloquecía,
pintándome en verso, prosa y narraciones orales, los
primores maravillosos del "Orphée aux Enfers, que se
daba entonces por primera vez en el "Teatro
Argentino". La descripción del traje de la "Opinión
Publique" tomaba siete octavas partes de la narración,
destinadas a pintar precisamente lo que no cubría. Diana,
Venus, la opulenta Juno, completaban el cuadro. No tenía la
menor noción de esas grandezas; un deseo inmoderado de
gozar yo también de ese espectáculo soberano me impedía
estudiar, apartar un instante mi pensamiento de ese Olimpo
adorable. Así, un día que Gigena nos dio por tema de
disertación escrita este cuadro de Suetonio: "Nerón,
desde lo alto del Capitolio, rodeado de sus cortesanas, la
lira en la mano y ceñida la frente de guirnaldas, contempla
el incendio de Roma", no sé qué pasó por mí. Me
olvidé que el objeto primordial retórico, obligado, era
vilipendiar a Nerón, ponerlo por el suelo en nombre de la
moral más elemental, y concluir por una peroración
vigorosa, en la que ofreciera ese ejemplo abominable a los
reyes todos de la tierra. "Amor sonó la lira",
como habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la
pintura de un incendio durante la noche. En vez de hablar de
las madres, niños y ancianos víctimas del fuego, en vez de
mencionar gravemente los capitales perdidos y las obras de
arte destruidas, no veía sino las llamas colosales
jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado
por el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre
humana en convulsión. Y allá en la altura, Nerón, bello
como un dios pagano, desnudo como un efebo, cantando versos
sonoros y vibrantes, mientras mujeres de incomparable
hermosura sostenían su cabeza con sus blancos senos, le
escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la
guirnalda siempre fresca...
Insensiblemente pasó por los límites verdosos de la
alusión discreta, llegué a las licencias de Petronius,
alcancé a Lucius, y al final ciertas páginas de Gautier habrían
sido cartas de Chesterfield al lado de mi composición .
Gigena se alarmó, y me hizo suspender la lectura a la
mitad, a pesar de las protestas de los compañeros, que,
viendo aquel "boccato", querían gozarlo integro.
Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella
clase de literatura tuvo efectos funestos sobre nosotros.
Fundamos diarios manuscritos, cuya impresión nos tomaba
noches enteras, en los que yo escribía artículos
literarios donde hablaba del "festín de las brisas y
los céfiros en el palacio de las selvas", y en los que
Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y otros publicaban
versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que en
los pueblos de campaña; turbaron la armonía y la paz,
agitaron y agriaron los ánimos, y más de un ojo debió el
obscuro ribete con que apareció adornado, a las polémicas
vehementes sostenidas por la prensa.
Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi
adversario sufrió; pero sí recuerdo que, aunque el honor
quedó en salvo, salí de la arena mal acontecido, sin ver
claro, con una variante en la forma nasal, y un dedo de la
mano derecha fuera de su posición normal.
Un joven romano habría jurado no ocuparse más de
prensa en su vida; pero las preocupaciones se van y los
instintos quedan. ¡Oh! ; Que himnos cantará hoy al
periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera
costado...
XXIV
Pasábamos las
vacaciones en nuestra casa de campo, como considerábamos legítimamente
el punto que hasta hace poco tiempo fue conocido con el
nombre de "Chacarita de los Colegiales", y que más
tarde, al perder el último término de su denominación,
debía adquirir tanta fama por los acontecimientos de junio
de 1880.
Pocos puntos hay más agradables en los alrededores de
Buenos Aires. Situado sobre una altura a igual distancia de
Flores, Belgrano y la capital, el viejo edificio de la
Chacarita, monacal en su aspecto, pero grande, cómodo,
lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las
caprichosas ondulaciones del terreno dan un carácter no común
en las campiñas próximas a la ciudad. En aquel tiempo poseíamos
como feudo señorial, no sólo los terrenos que aún hoy
pertenecen a la Chacarita, sino los que en 1871 fueron
destinados al cementerio tan rápidamente poblado.
Así, nuestros límites eran extensos, y no nos
faltaba, por cierto, espacio para llenar de aire puro los
pulmones, organizar carreras y dar rienda suelta a la
actividad juvenil que nos castigaba la sangre. A pesar de la
inmensidad de nuestros dominios, teníamos pleitos con todos
los vecinos, sin contar el famoso proceso con la
Municipalidad de Belgrano, especie de "Jarndyce versus
Jarndyce", del que habíamos oído hablar como de una
tradición vetusta, cuyo origen se perdía en la noche de
los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorábamos en
absoluto, lo que no nos impedía declarar con toda
tranquilidad que el Municipio de Belgrano era representado
por una compañía de ladrones, neta y claramente
clasificados. Este viejo pleito tenía para nosotros, sin
embargo, algunas ventajas.
Cuando cruzábamos frente al juzgado de paz de
Belgrano, a galope tendido, algunos honorables miembros de
la partida de policía, viendo la traza arcaica de nuestros
corceles (fuera de funciones en esos momentos, por cuanto su
profesión habitual era arrastrar carradas de leña o sacar
agua), abandonaban el noble juego de la taba en que estaban
absorbidos, y cabalgando a su vez emprendían animosos
nuestra persecución. Generalmente íbamos dos en cada
caballo, lo que, como se supone, no aumentaba sus
condiciones de velocidad. Pero compensábamos este
inconveniente por una metódica y razonada división del
trabajo, "avant-gout" de nuestros estudios económicos
del futuro.
La dirección del cuadrúpedo estaba entera y
absolutamente confiada al que iba delante, tarea grave y
trascendental, no solo por las veleidades fantásticas de la
bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la
preocupación incesante del jinete para evitar la probable
operación de la talla, practicada inconscientemente por la
cruz pelada y puntiaguda, a favor del convulsivo movimiento
de una manquera tradicional. El ciudadano que ocupaba el
anca desempeñaba las funciones de foguista; él debía
suministrar con medios a su arbitrio, los elementos
necesarios para producir el movimiento. Por lo demás, se
procedía siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la
estadística experimental; se sabía que el uso del rebenque
firme, apoyado por el talón incansable, producía el trote:
si el compañero de adelante podía distraerse hasta el
punto de menear talón a su vez se obtenía un simulacro de
galopito expirante; y por fin el "maximum", esto
es, un galope normal, de tres cuadras exactas de duración,
se alcanzaba por la hábil combinación del rebenque, cuatro
talones y una pequeña picana, dirigida con frecuencia hacía
aquellos puntos que el animal, en su inocencia, había dado
muestras de considerar como los más sensibles de su
individuo.
Se me dirá, tal vez, que con semejantes elementos era
una verdadera insensatez arrostrar las iras policiales de la
partida; pero esa crítica cesará cuando se sepa que los
medios de locomoción de nuestros adversarios, eran de una
fuerza análoga a aquellos de que disponíamos. Iniciada la
persecución, oíamos un ruido confuso de latas y denuestos
tras de nosotros; silenciosos, como convenía a hombres que
tenían en juego, a más de sus cinco sentidos, todas sus
articulaciones, aspirábamos a llegar a los terrenos ya casi
neutrales del otro lado del circo; en general, según cálculo
hecho y resultado previsto, rodábamos tres veces antes de
llegar allí. Pero sabíamos también que el honorable
miembro de la partida a quién tal fracaso sucedía, no
conseguía poner en pie su cabalgadura, sino después de
media hora de exhortaciones expresivas. Llegados a campo
abierto, entre zanjas, arroyos y alambrados, habíamos
vencido; porque echando pie a tierra abandonábamos la
bestia que partía con increíble velocidad hacia la
Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás
del cual, por medio de cascotes, rechazábamos con pérdida
las cargas efímeras de la caballería enemiga. Cuando una
hora más tarde el sargento de la partida osaba llegar a
nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades
del Colegio, ya éstas habían sido informadas por nosotros
de los desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habían
permitido los seides del juez de paz de Belgrano. El
sargento salía corrido, y las hostilidades tomaban un carácter
feroz.
XXV
Buena, sana,
alegre, vibrante aquella vida de campo.
Nos levantábamos al alba; la mañana inundada de sol,
el aire lleno de emanaciones balsámicas, los árboles,
frescos y contentos; el espacio abierto a todos rumbos, nos
hacían recordar con horror las negras madrugadas del
Colegio, el frío mortal de los claustros sombríos, el
invencible fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita
estudiábamos poco, como era natural; podíamos leer novelas
libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatís;
y, sobre todo, organizar con una estrategia científica, las
expediciones contra los ""vascos". Los
"vascos' eran nuestros vecinos hacia el norte,
precisamente en la dirección en que los dominios colegiales
eran más limitados. Separaba las jurisdicciones respectivas
un ancho foso, siempre lleno de agua, y de bordes cubiertos
de una espesa planta, baja y bravía. Pasada la zanja, se
extendía un alfalfar de media cuadra de ancho,
pintorescamente manchado por dos o tres pequeñas parvas de
pasto seco. Más allá, el jardín de las Hespérides, los
Campos Elíseos, el Edén, la tierra prometida. Allí en
pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas,
enormes, cuyo solo aspecto apartaba la idea de la caladura
previsora; la sandía ajena, vedada, de carne roja como el
lacre, el cucurbita citrullus famoso, cuya reputación ha
persistido en el tiempo y el espacio; allí doraba el sol
esos melones de origen exótico, redondos, incitantes en su
forma ingénita de tajadas, los melones exquisitos, de suave
pasta perfumada y de exterior caprichoso, grabado como un
papiro egipcio.
No tenían rivales en la comarca, y es de esperar que
nuestra autoridad sea reconocida en esa materia. Las
excursiones a otras chacras nos habían siempre producido
desengaños; la nostalgia de la fruta de los
"vascos" nos perseguía a todo momento, y jamás
vibró en oído humano, en sentido menos figurado, el famoso
verso de Garcilaso de la Vega.
Pero debo confesar que los "vascos" no eran
lo que en el lenguaje del mundo se llama personajes de trato
agradable. Robustos los tres, ágiles, vigorosos y de una
musculatura capaz de ablandar el coraje más probado,
eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas,
levantando una tonelada de pasto en cada movimiento de sus
brazos ciclópeos, aquellos hombres, como todos los
mortales, tenían una debilidad suprema: ¡amaban sus sandías,
adoraban sus melones! Dos veces ya los hados propicios nos
habían permitido hacer con éxito una razzia en el cercado
ajeno, cuando un día...
Eran las tres de la tarde, y el sol de enero partía
la tierra sedienta e inflamada, cuando saltando
subrepticiamente por una ventana del dormitorio donde más
tarde debía alojarse el 1º de caballería de línea, nos
pusimos tres compañeros en marcha silenciosa hacia la región
feliz de las frescas sandías. Llegados al foso lo costeamos
hasta encontrar el vado conocido, allí donde habíamos
tendido una angosta tabla, puente de campaña no descubierto
aún por el enemigo. Lanzamos una mirada investigadora: ¡ni
un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras uno se
dirigía a la izquierda, donde florecía el cantaloup, dos
nos inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por
entre el alfalfar en flor. Llegamos, y rápidos buscamos dos
enormes sandías que en la pasada visita habíamos resuelto
dejar madurar algunos días aún: La mía era inmensa, pero
su mismo peso me auguraba indecibles delicias.
Cargué con ella, y cuando bajé los ojos para buscar
otra pequeña con que saciar la sed sobre el terreno... Un
grito, uno solo, intenso, terrible, como el de Telémaco,
que petrificó el ejército de Adrasto, rasgó mis oídos.
Tendí la mirada al campo de batalla; ya la izquierda,
representada por el compañero de los melones, batía
presurosa retirada. De pronto, detrás de una parva, un
vasco horrible, inflamado, sale en mi dirección, mientras
otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos del
pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata
impresión de encontrarse en los aires, sentado incómodamente
sobre dos puntas aceradas que penetran...
¡Cómo corría, abrazado tenazmente a mi sandía! ¡Qué
indiferencia suprema por la gorra ingrata que me abandonó
en el momento terrible, quedando como trofeo sobre campo
enemigo! Y, sobre todo, ¡cuán veloz me parecía aquel
vasco, cuyo respirar de fuelle de herrería creía sentir
rozarme los cabellos! Volábamos sobre la alfalfa: ¡qué
larga es media cuadra!
Un momento cruzó mi espíritu la idea de abandonar mi
presa a aquella fiera para aplacarla. Los recuerdos clásicos
me autorizaban; pensé en Medea, en Atalanta, pensé en los
jefes de caballería que regaban el camino de la
"retirada" con las prendas de su apero; pensé...
¡No! ¡ Era una ignominia! Llegar al dormitorio y decir:
"¡Me ha corrido el vasco, y me ha quitado la sandía!"
¡Jamás! Era mi escudo lacedemonio: ¡vuelve con él o
sobre él!
Instintivamente había tomado la dirección del vado;
pero el vasco de mi compañero, por medio de una diagonal,
había llegado antes que yo, y debo declarar que, a pesar de
la persecución personal del mío, los tres vascos me eran
igualmente antipáticos. ¡Marche de cara al sol! Como el
Byron de Núñez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada
por las fatigas diarias del rescate, había brillado en
aquella ocasión; así, cincuenta pasos antes de llegar al
foso, mi partido estaba tomado. Puse el corazón en Dios,
redoblé la ligereza y salté... Una desagradable impresión
de espinas me reveló que había saltado el obstáculo; pero
¡oh dolor!, en el trayecto se me había caído la sandía,
que yacía entre las aguas cenagosas del foso.
Me detuve y observé a mi vasco: ¿daría el salto? Lo
deseaba en la seguridad que iría a hacer compañía a la
sandía. Pero aquel hombre terrible meditó y plantándose
del otro lado de la zanja, apoyado en su tridente, empezó a
injuriarme de una manera que revelaba su educación
sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en
aquellas circunstancias fue digna; sólo recuerdo que en el
momento en que tomaba un cascote, sin duda para darle un
destino contrario a los intereses positivos de mi vasco, vi
a mis dos compañeros correr en dirección a "las
casas", y al vasco de los melones despuntar por el vado
y dirigirse a mí. De nuevo en marcha precipitada, pero
seguro ya del triunfo...
Eran las tres y media de la tarde, y el sol de enero
partía la tierra sedienta e inflamada, cuando con la cara
incandescente, los ojos saltados, sin gorra, las manos
ensangrentadas por los zarzales hostiles, saltamos por la
ventana del dormitorio. Me tendí en la cama y, mientras el
cuerpo reposaba con delicia, reflexioné profundamente en la
velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco
irritado a retaguardia, armado de una horquilla.
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"Juvenilia"

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