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I
Debía entrar en el
Colegio Nacional tres meses después de la muerte de mi
padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del
duelo, el llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear
abreviar el plazo, y yo mismo pedí ingresar tan pronto como
se celebraran los funerales.
El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el
antiguo Seminario, con una nueva organización de estudios,
en la que el doctor Eduardo Costa, ministro entonces de
Instrucción Pública, bajo la presidencia del general
Mitre, había tomado una parte inteligente y activa. Sin
embargo, el establecimiento, que quedaba bajo la dirección
del doctor Agüero, se resentía aun de las trabas de la
enseñanza escolástica, y sólo fue más tarde, cuando M.
Jacques se puso a su frente, que alcanzó el
desenvolvimiento y el espíritu liberal que habían
concebido el Congreso y el Poder ejecutivo.
Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de
los primeros días pasados entre los obscuros y helados
claustros del antiguo convento. No conocía a nadie, y
notaba en mis compañeros, aguerridos ya a la vida de reclusión,
el sordo antagonismo contra el nuevo , la observación
constante de que era objeto, y me parecía sentir fraguarse
contra mi triste individuo los mil complots que, entre
nosotros, por el suave genio de la raza, solo se traducen en
bromas más o menos pesadas, pero que en los seculares
colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a brutalidades
inauditas, a vejámenes, a servidumbres y martirios.
Me habría encontrado, no obstante muy feliz con mi
suerte, si hubiera conocido entonces el Tom Jones, de
Fielding.
Silencioso y triste, me ocultaba en los rincones para
llorar a solas, recordando el hogar, el cariño de mi madre,
mi independencia, la buena comida y el dulce sueño de la mañana.
Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun
después de haber hecho allí mi nido y haberme
connaturalizado con la monotonía de aquella vida, solo dos
puntos negros persistieron para mí: el despertar y la
comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno,
infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita
campana empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama,
tiritando de frío casi siempre, soñolientos, irascibles,
para ir a formarnos en fila en un claustro largo y glacial.
Allí rezábamos un Padre Nuestro para pasar en seguida al
claustro de los lavatorios.
¡Cuantas conspiraciones, cuantas tramas, que gasto de
ingenio y fuerza hicimos para luchar contra la fatalidad,
encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la
cuerda maldecida! Aquella cuerda tenía más nudos que la
que en el gimnasio empleábamos para trepar a pulso. La cortábamos
a veces hasta la raíz del pelo, como decíamos, junto al
badajo, encaramándonos hasta la campana, con ayuda de la
parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un golpe. Muy a
menudo la expectativa nos hacía despertar en la mañana
antes de la hora reglamentaria. De pronto oíamos una
campana de mano, áspera, estridente, manejada con violencia
por el brazo irritado del portero, eterno "prepose"
a las composturas de la cuerda. Se vengaba entrando a todos
los dormitorios, y sacudiendo su infernal instrumento en los
oídos de sus enemigos personales, entre los cuales tenía
el honor de contarme.
Atrasar el reloj era inútil por dos razones
tristemente conocidas: la primera, la proximidad del
Cabildo, que escapaba a nuestra influencia; la segunda, el
tachómetro de plata del portero, que, bien remontado,
velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de
invierno, la desesperación nos volvía feroces, y el
ilustre cerbero amanecía no sólo maniatado, sino un tanto
rojiza la faz, a causa de la dificultad para respirar a través
de un aparato, rigurosamente aplicado sobre su boca, y cuya
construcción, bajo el nombre de "Pera de
angustia", nos había enseñado Alejandro Dumas en sus
"Veinte años después", al narrar la evasión del
duque de Beaufort del castillo de Vincennes.
Todo era efímero, todo inútil, hasta que estuve a
punto de inmortalizarme, descubriendo un aparato sencillo,
pero cuyo éxito, si bien pasajero, respondió a mis
esperanzas.
En una escapada vi una carreta de bueyes que entraba
al mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa
ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro dormía un
niño. Fue para mi un rayo de luz, la manzana de Newton, la
lámpara de Galileo, la marmita de Papin, la rana de Volta,
la tabla de Rosette, de Champollion, la hoja enroscada de
Calímaco. El problema estaba resuelto; esa misma noche tomé
el más fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas
cobijas tucumanas que sofocan sin abrigar; la amarré debajo
de mi cama, de las cuatro puntas, y cubriendo el artificio
con los anchos pliegues de mi colcha, esperé la mañana. Así
que sonó la campana, me sumergí en la profundidad, y allí,
acurrucado, inmóvil e incómodo, desafié impunemente la
visita del celador que, viendo mi lecho vacío, siguió
adelante. Me preguntaréis quizá que beneficio positivo
reportaba, puesto que, de todas maneras, tenía que
despertarme. Respondo con lástima que el que tal pregunta
hiciera, ignoraría estos dos supremos placeres de todos los
tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la
contravención.
Mi invención cundió rápidamente, y al quinto día,
al primer toque, las camas quedaron todas vacías. El
celador entró: vio el cuadro, quedó inmóvil, llevó un
dedo a la sien, y después de cinco minutos de grave
meditación, se dirigió a una cama, alzó la colcha y sonrió
con ferocidad.
¡Era la mía!
II
El
segundo obstáculo insuperable fue la comida, invariable,
igual, constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos
al refectorio, un alumno trepaba a una especie de púlpito ,
y así que atacábamos la sopa, comenzaba con voz gangosa a
leernos una vida de santo, o una biografía de la Galería
Histórica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el
silencio y, por tanto, el fastidio. No puedo vencer el deseo
de dar una idea sucinta del menú; lo tengo fijo, grabado en
el estómago y el olfato.
Dentro de un líquido incoloro, vago, misterioso ,
algo como aquellos caldos precipitados que las brujas de la
Edad Medía hacían a media noche al pie de una horca con un
racimo, para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban
audazmente algunos largos y pálidos fideos. Un mes llevé
estadística: había atrapado tres en treinta días , y eso
que estaba en excelentes relaciones con el
"grande" que servía, médico y diputado hoy, el
Dr. Luis Eyzaguirre, uno de los tipos más criollos, y uno
de los corazones más bondadosos que he conocido en mi vida.
Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero
siquiera en su elemento, venía un sábalo, el clásico sábalo
que muchas veces, contra nuestro interés positivo, había
muerto con dos días de anticipación.
En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero;
carnero, carnero respetable, anciano, cortado en romboides y
polígonos desconocidos en el texto geométrico, huesosos,
cubiertos de levísima capa triturable, y reposando, por su
peso especifico, en el fondo del consabido líquido, que
para el caso se revestía de un color parduzco: Cuando
Eyzaguirre hundía la cuchara en aquel mar, clavábamos los
ojos en la superficie, mientras hacíamos el tácito y rápido
cálculo sobre a quién tocaría el trozo saliente. De ahí
amargas decepciones y júbilos manifiestos.
Hacía el papel de "pieza de resistencia" un
largo y escueto asado de costillas, cubierto de una capa
venosa impermeable al diente. Habíamos corrido todo el día
en el gimnasio, éramos sanos, los firmes dientes estaban
habituados a romper la cáscara del coco y triturar el
confite de Córdoba, el sábalo había tenido un éxito de
respeto, debido a su edad; sin embargo, ¡jamás vencimos la
córnea defensa paquidérmica del asado de tira!
Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya
un plato de arroz con leche, ya una fuente de orejones.
La leche, en su estado normal, es un elemento líquido;
¿por que se llamaba aquello "arroz con leche"?
Era sólido, compacto, y las moléculas, estrechándose con
violencia, le daban una dureza de coraza. Si hubiéramos
dado vuelta a la fuente, la composición, fiel al receptáculo
no se habría movido, dejando caer sólo la versátil capa
de canela. En general, el color del orejón tira a un dorado
intenso, que se comunica al líquido que lo acompaña. Además,
es un manjar silencioso. Aquí no solo afectaba un tinte
negro y opaco, sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al
ser triturado .
¡Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestión!
III
He dicho ya que mis
primeros días de colegio fueron de desolación para mi
alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas
de mi madre, a la que rogaba con el acento de la desesperación
que me sacara de allí, y que sólo me contestaba con su
llanto silencioso, sin dejarse doblegar en su resolución,
aumentaban aún mis amarguras.
La reacción vino de un recurso inesperado. Una noche
que nos llamaban a la clase de estudio, se me ocurrió abrir
uno de los cajones de mi cómoda para tomar algunas
galletitas con que combatir las consecuencias del menú
mencionado. Maquinalmente tomé un libro que allí había, y
me fui con él. Una vez en clase, y cuando el silencio se
restableció, me puse a leerla. Era una traducción española
de "Los tres mosqueteros", de Dumas. Decir la impresión
causada en mi espíritu por aquel mundo de aventuras, amores
estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud, mundo
desconocido para mi; decir la emoción palpitante con que
seguí al hidalgo gascón desde su llegada a París hasta la
noche sombría del juicio, el odio al cardenal, mi júbilo
por los fracasos de éste, mi ilusión maravillosa, es hoy
superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con un cabo de vela,
encendido a hurtadillas, me la pasé leyendo. Al día
siguiente no fui a los recreos, no salí de mi cuarto y,
cuando al caer la tarde concluí el libro, sólo me alentaba
la esperanza de la continuación. Escribí a mi madre,
vinieron los "Veinte años después", "El
Vizconde de Bragelomne", que me costó lágrimas a
raudales; un "Luis XIV y su siglo", también de
Dumas, crónica hecha sobre las memorias del tiempo -cuyo único
defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a D'Artagnan,
principal personaje de la época, en mi concepto-, y
multitud de novelas españolas, cuidadosamente recortadas en
folletines, unidos por alfileres, y de algunos de cuyos títulos
me acuerdo todavía, aunque después no los haya vuelto a
ver. "El espía del Gran Mundo", novela francesa,
en la cual hay una especie de Calibán, pero bueno y fiel,
que chupa en una herida el veneno de una víbora; "La
gran artista y la gran señora", que después he sabido
fue por un año la coqueluche de las damas de Buenos Aires;
"La verdad de un epitafio", donde el héroe roba
de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta, y le
abre la mejilla de un feroz tajo para desfigurarla a los
ojos de sus enemigos; "El Clavo", un individuo a
quién le perforan el cráneo durante el sueño, con un
clavo invisible a la autopsia, pero que algunos años después
aparece Bravamente incrustado en su calavera, sobre la que
un romántico medita en un cementerio, como Hamlet, con el
cráneo del "poor Yorick" ; los "Monfies de
Alpujarras", y "Men Rodríguez de Sanabria",
dos de los mejores, tal vez los únicos romances realmente históricos
de Fernández y González, con una brutalidad de acción
propia de la época; el " Hijo del Diablo, cuya primera
parte me enloqueció, haciéndome sonar un mes entero con
mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el
trueno, viejos alquimistas calvos y sombríos, etc. ;
"Dos cadáveres", un salvaje romance de Soulié,
que pasa en Inglaterra, bajo el efímero protectorado de
Oliverio Cromwell, y cuyos dos personajes principales son
los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus féretros
respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc.
Uno de los recuerdos mas vigorosos que he conservado es la
impresión causada por los "Misterios del Castillo de
Udolfo", de Ana Radcliff, que cayó en mis manos en una
detestable edición española en tres tomos, con x en vez de
j, y j en vez de i. No pegué los ojos en una semana, y era
tal la sobreexitación de mi espíritu, que me figuraba que
esos insomnios mortificantes eran un castigo por el robo
sacrílego que había cometido, deslizándome al templo de
San Ignacio, durante un funeral por el alma de un ciudadano,
para mi desconocido, y metídome bajo el chaleco, en varios
trozos, la vela de cera clásica, que debía iluminar mis trasnochadas
de lectura.
Por medio de canjes y razzias en mis salidas de los
domingos, más o menos autorizadas por los parientes que tenían
bibliotecas, todo Dumas pasó, Fernández y González (¡un
saludo al Cocinero de Su Majestad, que cruza mi memorial!), Pérez
Escrich , que había ya ofendido el sentido común y el arte
con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no
recuerdo ya. Un día supe que un compañero tenía "La
Hermosa Gabriela", de Maquet. Me precipité a pedírsela,
reclamando derechos de reciprocidad; pero Juan Cruz Ocampo
se había anticipado, y estaba a punto de con seguirla.
Confieso que mi primer movimiento fue disputársela, aún en
el terreno de los hechos; pero después de la simple reflexión
de que mis fuerzas físicas, no igualando mi arrogancia, me
habrían hecho quedar sin el libro y con varias contusiones,
acepté el temperamento del sorteo, que como un anticipo
sobre mi suerte constante en el " álea " de la
vida, favoreció a Ocampo. Durante una semana lo espié, lo
aceché sin reposo, y cuando lo veía hablar, jugar o comer,
en vez de leer y leer aprisa, me indignaba, pareciéndome
que aquel hombre no tenía la menor noción del honor
rudimental. A más, el cruel solía hablarme de las hazañas
de Pontis, y me decía esta frase que me estremecía de
impaciencia: "¡Chicot figura!"...
Las novelas, durante toda mi permanencia en el
Colegio, fueron mi salvación contra el fastidio, pero al
mismo tiempo me hicieron un flaco servicio como estudiante.
Todo libro que no fuera romance, me era insoportable, y tenía
que hacer doble esfuerzo para fijar en él mi atención. ¿A
cuál de nosotros no ha pasado algo análogo más tarde en
el estudio de la historia? ¿Quién no recuerda la
perseverancia necesaria para leer un tratado cualquiera,
después de las páginas luminosas de Macaulay , Prescott o
Motley?...
IV
El Colegio, que más
tarde debía ser uno de los primeros establecimientos de América,
era por entonces un caos como organización interna. Cuando
me incrusté bien y vi claro, comprendí que tras las
sombras ostensibles de la vida claustral había "des
accommodements" no sólo con el cielo, sino con las
autoridades temporales de la tierra. Durante un año, y
siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches
para hacer una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés,
en aquellos puntos donde Shakespeare pone la acción de su
Pericles; y, sobre todo en los bailes de los suburbios, de
los que algunos condiscípulos, ignoro por arte de quién, tenían
siempre conocimiento.
Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria
podía reducirse a tres sistemas principales: la portería,
la despensa y el portón. La portería, que da sobre el
atrio de San Ignacio, requería, o elementos de corrupción
para el portero, o vías de hecho deplorables. La despensa y
cocinas tenían una pequeña puerta a la calle Moreno, que a
veces quedaba abierta hasta tarde. El portón, una de esas
portadas deformes de la colonia, daba a la calle Bolívar,
donde hoy se encuentra la entrada principal del Colegio.
Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo, terminaban
en unas puntas de hierro, que dejaban un espacio libre entre
ellas y el pavimento. Por allí había que pasar, pegado el
cuerpo a tierra, en mangas de camisa para no estropear el único
jacquet de lujo, y sintiendo muchas veces que las fieles
puntas guardianes se insinuaban ligeramente en la espalda
como una protesta contra la evasión. A pesar de todas sus
dificultades, era el medio más generalmente elegido. Pero
aquí debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que
todos mis compañeros de entonces deben tener presente.
Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo
acabado de bohemio, lleno de buenas condiciones de corazón,
haragán como una marmota, dormilón como el símil, con una
cabeza enorme, cubierta de una melena confusa y tupida como
la baja vegetación tropical; reñido con los libros, que no
abría jamás, y respondiendo al nombre de "Galerón",
sin duda por las dimensiones colosales del sombrero, que tenía
la función obligatoria y difícil de cubrir aquella cabeza
ciclópea. Más tarde lo he encontrado varias veces en el
mundo, ya en buena situación, ya bajo el peso de serias
desgracias; le he conservado siempre un cariño inalterable.
Lo encontré en Arica, entre el ejercito bloqueado de
Montero, como corresponsal de un diario de Lima; estaba a
bordo de la Unión el día sombrío de Angamos en que murió
Grau. Luego volví a verlo en Lima; Piérola, cuya fortuna
política había seguido, y que estaba entonces en el Poder,
le ofreció empleos bastante lucrativos ; sólo quiso
aceptar un pequeño mando militar y un puesto en la
vanguardia. Esa conducta honrosa compensa muchas faltas. Había
hecho también la campaña del Paraguay.
He hablado de Benito Neto. Era un misterio profundo cómo
Benito había conseguido, allá en épocas remotas y sin
duda a favor de algún sacudimiento, de alguna convulsión
caótica, ¡nada menos que una llave del portón de la calle
Bolívar! Nadie sabía dónde la guardaba, y todas las
empresas organizadas para robársela dieron siempre un
fiasco completo. Benito la cuidaba, la aceitaba con
frecuencia; y tenía un aparato especial para extraer del caño
todas las pelusas y migajas parásitas que iban allí a
alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho,
el fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el
instrumento y el sustentáculo de su vida. Como con el
rastreador Calibar todos los prisioneros que tentaban
evadirse, éranos forzoso contar con Benito cuando nos
animaban iguales designios. Benito oía en silencio, y luego
preguntaba tranquilamente: ";¿Dónde vamos?"
Porque él no prestaba la llave jamás, no la alquilaba, no
la vendía. Él era siempre de la partida, fuere cual fuese
el objetivo. En vano se le observaba: "Benito, ¡estamos
los tres invitados a un baile!" "Me presentarán".
"¡Vamos a una comida a casa de Fulano!"
"Comeré".
"¡Una tía mía esta muy enferma!"
"La velaré".
"Tengo una cita y..." "Ha de haber
alguna chinita sirviente". A todo tenia respuesta, y le
hemos visto asistir gravemente, con su eterno jacquet
canela, a entierros de lejanos parientes de algún
estudiante cuya conducta no había merecido un permiso de
salida, y que acudía al arte de Benito. Era el lord
Flamborough de Sandeau, pegado al joven homeópata como la
ostra a la peña.
V
A más de las
escapadas nocturnas, había las cenas furtivas y algunas
calaveradas soberbias de los grandes que nos llenaban de
admiración.
El doctor Agüero estaba ya muy viejo; bueno y cariñoso,
vivía en un optimismo singular respecto a loa estudiantes,
ángeles calumniados siempre, según su opinión.
Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el
atrio; los chicos, con las manos llenas de carmín, azul
molido y harina, asaltábamos de improviso a los pasantes,
les llenábamos los ojos y el rostro con la mezcla, y cuando
aquellos hombres enfurecidos se nos venían encima, nos poníamos
a cubierto, por medio de una ágil retirada, detrás
del sólido baluarte de los puños de Eyzaguirre, Pastor,
Julio Landívar, Dudgeon, el tranquilo Marcelo Paz, que sólo
levantaba el brazo cuando veía pegar a un débil, etc. El
pugilato comenzaba, guardándose estrictamente las reglas de
caballería; pero el asaltante, olvidado del noble
ejercicio, no llevaba la mejor parte.
Uno de ellos, un francés que tenía una peluquería
frente al Colegio, y que nos profesaba suma antipatía por
nuestro escaso consumo de sus artículos, fue preparado por
mí y ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se
precipitó a llevar la queja al doctor Agüero. Un chico le
previno, y presentándose llorando ante el anciano, le dijo
que aquel hombre le había pegado, y que Eyzaguirre lo había
defendido. ¡Decir el furor del buen rector! Quería mandar
preso al peluquero, que ante aquella amenaza quedó
estupefacto; pero la denuncia surtió su efecto, porque,
para que no nos pegaran más (y lo decía sinceramente), nos
hizo abandonar el atrio.
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"Juvenilia"

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