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Capítulos I a V

  I

  Debía entrar en el Colegio Nacional tres meses después de la muerte de mi padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del duelo, el llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y yo mismo pedí ingresar tan pronto como se celebraran los funerales.
 El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el antiguo Seminario, con una nueva organización de estudios, en la que el doctor Eduardo Costa, ministro entonces de Instrucción Pública, bajo la presidencia del general Mitre, había tomado una parte inteligente y activa. Sin embargo, el establecimiento, que quedaba bajo la dirección del doctor Agüero, se resentía aun de las trabas de la enseñanza escolástica, y sólo fue más tarde, cuando M. Jacques se puso a su frente, que alcanzó el desenvolvimiento y el espíritu liberal que habían concebido el Congreso y el Poder ejecutivo.
 Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de los primeros días pasados entre los obscuros y helados claustros del antiguo convento. No conocía a nadie, y notaba en mis compañeros, aguerridos ya a la vida de reclusión, el sordo antagonismo contra el nuevo , la observación constante de que era objeto, y me parecía sentir fraguarse contra mi triste individuo los mil complots que, entre nosotros, por el suave genio de la raza, solo se traducen en bromas más o menos pesadas, pero que en los seculares colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a brutalidades inauditas, a vejámenes, a servidumbres y martirios.
 Me habría encontrado, no obstante muy feliz con mi suerte, si hubiera conocido entonces el Tom Jones, de Fielding.
 Silencioso y triste, me ocultaba en los rincones para llorar a solas, recordando el hogar, el cariño de mi madre, mi independencia, la buena comida y el dulce sueño de la mañana.
 Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun después de haber hecho allí mi nido y haberme connaturalizado con la monotonía de aquella vida, solo dos puntos negros persistieron para mí: el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno, infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de frío casi siempre, soñolientos, irascibles, para ir a formarnos en fila en un claustro largo y glacial. Allí rezábamos un Padre Nuestro para pasar en seguida al claustro de los lavatorios.
 ¡Cuantas conspiraciones, cuantas tramas, que gasto de ingenio y fuerza hicimos para luchar contra la fatalidad, encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la cuerda maldecida! Aquella cuerda tenía más nudos que la que en el gimnasio empleábamos para trepar a pulso. La cortábamos a veces hasta la raíz del pelo, como decíamos, junto al badajo, encaramándonos hasta la campana, con ayuda de la parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un golpe. Muy a menudo la expectativa nos hacía despertar en la mañana antes de la hora reglamentaria. De pronto oíamos una campana de mano, áspera, estridente, manejada con violencia por el brazo irritado del portero, eterno "prepose" a las composturas de la cuerda. Se vengaba entrando a todos los dormitorios, y sacudiendo su infernal instrumento en los oídos de sus enemigos personales, entre los cuales tenía el honor de contarme.
 Atrasar el reloj era inútil por dos razones tristemente conocidas: la primera, la proximidad del Cabildo, que escapaba a nuestra influencia; la segunda, el tachómetro de plata del portero, que, bien remontado, velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de invierno, la desesperación nos volvía feroces, y el ilustre cerbero amanecía no sólo maniatado, sino un tanto rojiza la faz, a causa de la dificultad para respirar a través de un aparato, rigurosamente aplicado sobre su boca, y cuya construcción, bajo el nombre de "Pera de angustia", nos había enseñado Alejandro Dumas en sus "Veinte años después", al narrar la evasión del duque de Beaufort del castillo de Vincennes.
 Todo era efímero, todo inútil, hasta que estuve a punto de inmortalizarme, descubriendo un aparato sencillo, pero cuyo éxito, si bien pasajero, respondió a mis esperanzas.
 En una escapada vi una carreta de bueyes que entraba al mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro dormía un niño. Fue para mi un rayo de luz, la manzana de Newton, la lámpara de Galileo, la marmita de Papin, la rana de Volta, la tabla de Rosette, de Champollion, la hoja enroscada de Calímaco. El problema estaba resuelto; esa misma noche tomé el más fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas cobijas tucumanas que sofocan sin abrigar; la amarré debajo de mi cama, de las cuatro puntas, y cubriendo el artificio con los anchos pliegues de mi colcha, esperé la mañana. Así que sonó la campana, me sumergí en la profundidad, y allí, acurrucado, inmóvil e incómodo, desafié impunemente la visita del celador que, viendo mi lecho vacío, siguió adelante. Me preguntaréis quizá que beneficio positivo reportaba, puesto que, de todas maneras, tenía que despertarme. Respondo con lástima que el que tal pregunta hiciera, ignoraría estos dos supremos placeres de todos los tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la contravención.
 Mi invención cundió rápidamente, y al quinto día, al primer toque, las camas quedaron todas vacías. El celador entró: vio el cuadro, quedó inmóvil, llevó un dedo a la sien, y después de cinco minutos de grave meditación, se dirigió a una cama, alzó la colcha y sonrió con ferocidad.
 ¡Era la mía!

 II

 El segundo obstáculo insuperable fue la comida, invariable, igual, constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos al refectorio, un alumno trepaba a una especie de púlpito , y así que atacábamos la sopa, comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo, o una biografía de la Galería Histórica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el silencio y, por tanto, el fastidio. No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del menú; lo tengo fijo, grabado en el estómago y el olfato.
 Dentro de un líquido incoloro, vago, misterioso , algo como aquellos caldos precipitados que las brujas de la Edad Medía hacían a media noche al pie de una horca con un racimo, para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos y pálidos fideos. Un mes llevé estadística: había atrapado tres en treinta días , y eso que estaba en excelentes relaciones con el "grande" que servía, médico y diputado hoy, el Dr. Luis Eyzaguirre, uno de los tipos más criollos, y uno de los corazones más bondadosos que he conocido en mi vida.
 Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero siquiera en su elemento, venía un sábalo, el clásico sábalo que muchas veces, contra nuestro interés positivo, había muerto con dos días de anticipación.
 En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero; carnero, carnero respetable, anciano, cortado en romboides y polígonos desconocidos en el texto geométrico, huesosos, cubiertos de levísima capa triturable, y reposando, por su peso especifico, en el fondo del consabido líquido, que para el caso se revestía de un color parduzco: Cuando Eyzaguirre hundía la cuchara en aquel mar, clavábamos los ojos en la superficie, mientras hacíamos el tácito y rápido cálculo sobre a quién tocaría el trozo saliente. De ahí amargas decepciones y júbilos manifiestos.
 Hacía el papel de "pieza de resistencia" un largo y escueto asado de costillas, cubierto de una capa venosa impermeable al diente. Habíamos corrido todo el día en el gimnasio, éramos sanos, los firmes dientes estaban habituados a romper la cáscara del coco y triturar el confite de Córdoba, el sábalo había tenido un éxito de respeto, debido a su edad; sin embargo, ¡jamás vencimos la córnea defensa paquidérmica del asado de tira!
 Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya un plato de arroz con leche, ya una fuente de orejones.
 La leche, en su estado normal, es un elemento líquido; ¿por que se llamaba aquello "arroz con leche"? Era sólido, compacto, y las moléculas, estrechándose con violencia, le daban una dureza de coraza. Si hubiéramos dado vuelta a la fuente, la composición, fiel al receptáculo no se habría movido, dejando caer sólo la versátil capa de canela. En general, el color del orejón tira a un dorado intenso, que se comunica al líquido que lo acompaña. Además, es un manjar silencioso. Aquí no solo afectaba un tinte negro y opaco, sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al ser triturado .
 ¡Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestión!

III

 He dicho ya que mis primeros días de colegio fueron de desolación para mi alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas de mi madre, a la que rogaba con el acento de la desesperación que me sacara de allí, y que sólo me contestaba con su llanto silencioso, sin dejarse doblegar en su resolución, aumentaban aún mis amarguras.
 La reacción vino de un recurso inesperado. Una noche que nos llamaban a la clase de estudio, se me ocurrió abrir uno de los cajones de mi cómoda para tomar algunas galletitas con que combatir las consecuencias del menú mencionado. Maquinalmente tomé un libro que allí había, y me fui con él. Una vez en clase, y cuando el silencio se restableció, me puse a leerla. Era una traducción española de "Los tres mosqueteros", de Dumas. Decir la impresión causada en mi espíritu por aquel mundo de aventuras, amores estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud, mundo desconocido para mi; decir la emoción palpitante con que seguí al hidalgo gascón desde su llegada a París hasta la noche sombría del juicio, el odio al cardenal, mi júbilo por los fracasos de éste, mi ilusión maravillosa, es hoy superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con un cabo de vela, encendido a hurtadillas, me la pasé leyendo. Al día siguiente no fui a los recreos, no salí de mi cuarto y, cuando al caer la tarde concluí el libro, sólo me alentaba la esperanza de la continuación. Escribí a mi madre, vinieron los "Veinte años después", "El Vizconde de Bragelomne", que me costó lágrimas a raudales; un "Luis XIV y su siglo", también de Dumas, crónica hecha sobre las memorias del tiempo -cuyo único defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a D'Artagnan, principal personaje de la época, en mi concepto-, y multitud de novelas españolas, cuidadosamente recortadas en folletines, unidos por alfileres, y de algunos de cuyos títulos me acuerdo todavía, aunque después no los haya vuelto a ver. "El espía del Gran Mundo", novela francesa, en la cual hay una especie de Calibán, pero bueno y fiel, que chupa en una herida el veneno de una víbora; "La gran artista y la gran señora", que después he sabido fue por un año la coqueluche de las damas de Buenos Aires; "La verdad de un epitafio", donde el héroe roba de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta, y le abre la mejilla de un feroz tajo para desfigurarla a los ojos de sus enemigos; "El Clavo", un individuo a quién le perforan el cráneo durante el sueño, con un clavo invisible a la autopsia, pero que algunos años después aparece Bravamente incrustado en su calavera, sobre la que un romántico medita en un cementerio, como Hamlet, con el cráneo del "poor Yorick" ; los "Monfies de Alpujarras", y "Men Rodríguez de Sanabria", dos de los mejores, tal vez los únicos romances realmente históricos de Fernández y González, con una brutalidad de acción propia de la época; el " Hijo del Diablo, cuya primera parte me enloqueció, haciéndome sonar un mes entero con mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el trueno, viejos alquimistas calvos y sombríos, etc. ; "Dos cadáveres", un salvaje romance de Soulié, que pasa en Inglaterra, bajo el efímero protectorado de Oliverio Cromwell, y cuyos dos personajes principales son los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus féretros respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc. Uno de los recuerdos mas vigorosos que he conservado es la impresión causada por los "Misterios del Castillo de Udolfo", de Ana Radcliff, que cayó en mis manos en una detestable edición española en tres tomos, con x en vez de j, y j en vez de i. No pegué los ojos en una semana, y era tal la sobreexitación de mi espíritu, que me figuraba que esos insomnios mortificantes eran un castigo por el robo sacrílego que había cometido, deslizándome al templo de San Ignacio, durante un funeral por el alma de un ciudadano, para mi desconocido, y metídome bajo el chaleco, en varios trozos, la vela de cera clásica, que debía iluminar mis trasnochadas de lectura.
 Por medio de canjes y razzias en mis salidas de los domingos, más o menos autorizadas por los parientes que tenían bibliotecas, todo Dumas pasó, Fernández y González (¡un saludo al Cocinero de Su Majestad, que cruza mi memorial!), Pérez Escrich , que había ya ofendido el sentido común y el arte con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no recuerdo ya. Un día supe que un compañero tenía "La Hermosa Gabriela", de Maquet. Me precipité a pedírsela, reclamando derechos de reciprocidad; pero Juan Cruz Ocampo se había anticipado, y estaba a punto de con seguirla. Confieso que mi primer movimiento fue disputársela, aún en el terreno de los hechos; pero después de la simple reflexión de que mis fuerzas físicas, no igualando mi arrogancia, me habrían hecho quedar sin el libro y con varias contusiones, acepté el temperamento del sorteo, que como un anticipo sobre mi suerte constante en el " álea " de la vida, favoreció a Ocampo. Durante una semana lo espié, lo aceché sin reposo, y cuando lo veía hablar, jugar o comer, en vez de leer y leer aprisa, me indignaba, pareciéndome que aquel hombre no tenía la menor noción del honor rudimental. A más, el cruel solía hablarme de las hazañas de Pontis, y me decía esta frase que me estremecía de impaciencia: "¡Chicot figura!"...
 Las novelas, durante toda mi permanencia en el Colegio, fueron mi salvación contra el fastidio, pero al mismo tiempo me hicieron un flaco servicio como estudiante. Todo libro que no fuera romance, me era insoportable, y tenía que hacer doble esfuerzo para fijar en él mi atención. ¿A cuál de nosotros no ha pasado algo análogo más tarde en el estudio de la historia? ¿Quién no recuerda la perseverancia necesaria para leer un tratado cualquiera, después de las páginas luminosas de Macaulay , Prescott o Motley?... 

IV

  El Colegio, que más tarde debía ser uno de los primeros establecimientos de América, era por entonces un caos como organización interna. Cuando me incrusté bien y vi claro, comprendí que tras las sombras ostensibles de la vida claustral había "des accommodements" no sólo con el cielo, sino con las autoridades temporales de la tierra. Durante un año, y siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches para hacer una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés, en aquellos puntos donde Shakespeare pone la acción de su Pericles; y, sobre todo en los bailes de los suburbios, de los que algunos condiscípulos, ignoro por arte de quién, tenían siempre conocimiento.
 Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria podía reducirse a tres sistemas principales: la portería, la despensa y el portón. La portería, que da sobre el atrio de San Ignacio, requería, o elementos de corrupción para el portero, o vías de hecho deplorables. La despensa y cocinas tenían una pequeña puerta a la calle Moreno, que a veces quedaba abierta hasta tarde. El portón, una de esas portadas deformes de la colonia, daba a la calle Bolívar, donde hoy se encuentra la entrada principal del Colegio.
 Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo, terminaban en unas puntas de hierro, que dejaban un espacio libre entre ellas y el pavimento. Por allí había que pasar, pegado el cuerpo a tierra, en mangas de camisa para no estropear el único jacquet de lujo, y sintiendo muchas veces que las fieles puntas guardianes se insinuaban ligeramente en la espalda como una protesta contra la evasión. A pesar de todas sus dificultades, era el medio más generalmente elegido. Pero aquí debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que todos mis compañeros de entonces deben tener presente.
 Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo acabado de bohemio, lleno de buenas condiciones de corazón, haragán como una marmota, dormilón como el símil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena confusa y tupida como la baja vegetación tropical; reñido con los libros, que no abría jamás, y respondiendo al nombre de "Galerón", sin duda por las dimensiones colosales del sombrero, que tenía la función obligatoria y difícil de cubrir aquella cabeza ciclópea. Más tarde lo he encontrado varias veces en el mundo, ya en buena situación, ya bajo el peso de serias desgracias; le he conservado siempre un cariño inalterable. Lo encontré en Arica, entre el ejercito bloqueado de Montero, como corresponsal de un diario de Lima; estaba a bordo de la Unión el día sombrío de Angamos en que murió Grau. Luego volví a verlo en Lima; Piérola, cuya fortuna política había seguido, y que estaba entonces en el Poder, le ofreció empleos bastante lucrativos ; sólo quiso aceptar un pequeño mando militar y un puesto en la vanguardia. Esa conducta honrosa compensa muchas faltas. Había hecho también la campaña del Paraguay.
 He hablado de Benito Neto. Era un misterio profundo cómo Benito había conseguido, allá en épocas remotas y sin duda a favor de algún sacudimiento, de alguna convulsión caótica, ¡nada menos que una llave del portón de la calle Bolívar! Nadie sabía dónde la guardaba, y todas las empresas organizadas para robársela dieron siempre un fiasco completo. Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia; y tenía un aparato especial para extraer del caño todas las pelusas y migajas parásitas que iban allí a alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho, el fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y el sustentáculo de su vida. Como con el rastreador Calibar todos los prisioneros que tentaban evadirse, éranos forzoso contar con Benito cuando nos animaban iguales designios. Benito oía en silencio, y luego preguntaba tranquilamente: ";¿Dónde vamos?" Porque él no prestaba la llave jamás, no la alquilaba, no la vendía. Él era siempre de la partida, fuere cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: "Benito, ¡estamos los tres invitados a un baile!" "Me presentarán". "¡Vamos a una comida a casa de Fulano!"
 "Comeré".
 "¡Una tía mía esta muy enferma!" 
"La velaré".
 "Tengo una cita y..." "Ha de haber alguna chinita sirviente". A todo tenia respuesta, y le hemos visto asistir gravemente, con su eterno jacquet canela, a entierros de lejanos parientes de algún estudiante cuya conducta no había merecido un permiso de salida, y que acudía al arte de Benito. Era el lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven homeópata como la ostra a la peña.

 V

 A más de las escapadas nocturnas, había las cenas furtivas y algunas calaveradas soberbias de los grandes que nos llenaban de admiración.
 El doctor Agüero estaba ya muy viejo; bueno y cariñoso, vivía en un optimismo singular respecto a loa estudiantes, ángeles calumniados siempre, según su opinión.
 Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el atrio; los chicos, con las manos llenas de carmín, azul molido y harina, asaltábamos de improviso a los pasantes, les llenábamos los ojos y el rostro con la mezcla, y cuando aquellos hombres enfurecidos se nos venían encima, nos poníamos a cubierto, por medio de una ágil retirada, detrás del sólido baluarte de los puños de Eyzaguirre, Pastor, Julio Landívar, Dudgeon, el tranquilo Marcelo Paz, que sólo levantaba el brazo cuando veía pegar a un débil, etc. El pugilato comenzaba, guardándose estrictamente las reglas de caballería; pero el asaltante, olvidado del noble ejercicio, no llevaba la mejor parte.
 Uno de ellos, un francés que tenía una peluquería frente al Colegio, y que nos profesaba suma antipatía por nuestro escaso consumo de sus artículos, fue preparado por mí y ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se precipitó a llevar la queja al doctor Agüero. Un chico le previno, y presentándose llorando ante el anciano, le dijo que aquel hombre le había pegado, y que Eyzaguirre lo había defendido. ¡Decir el furor del buen rector! Quería mandar preso al peluquero, que ante aquella amenaza quedó estupefacto; pero la denuncia surtió su efecto, porque, para que no nos pegaran más (y lo decía sinceramente), nos hizo abandonar el atrio.

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"Juvenilia"


 


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