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XXVI
Viene a mi memoria,
envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de uno
de mis condiscípulos, tipo curiosísimo, que en aquellos
tiempos felices, ignorantes aún de los encuentros grotescos
que nos proporcionaría el mundo, clasificábamos
alternativamente con los nombres de El loco Larrea o El loro
Larrea. Queda entendido que he alterado su verdadero
apellido, pues ignoro si vive aún, en cuyo caso tal vez no le
sería grato figurar en estas páginas, a la manera de un coleóptero
de museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su
cuerpo, sea por falta de armonía ingénita, sea por el
corte de sus jacquets amplios, sin la menor curva en la espalda,
presentando una línea recta geométrica desde el cuello
hasta el ribete de faldón, ofrecía un conjunto tan
desgraciado como insípido. La cara de Larrea era una obra maestra. En
primer lugar, aquel rostro sólo se conservaba a costa
de incesante lucha contra la cabellera tupida y alborotada,
pero eminentemente invasora. No puedo recordar la
fisonomía de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su
frente estrecha, precisamente en la línea divisoria del pelo y
el cutis libre. Era un depilatorio espeso, de
insoportable olor, que Larrea se aplicaba con una constancia
benedictina, todas las noches, a fin de evitar los avances
capilares de que he hecho mención. Pero Larrea sostenía que
esa pasta era completamente ineficaz, a lo que alguno de los
compañeros replicaba que era natural no ejerciera
influencia sobre sus pelos de calabrote, habiendo sido
fabricada para hacer desaparecer el ligerísimo duvet del brazo de
las damas, según cantaba el prospecto.
¿Se echa acaso
abajo un bosque de ñandubays con la ligera hoz que derriba
los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma
arquitectónica que la envidia humana ha clasificado de ñata
; más abajo, de este a oeste, abarcando los límites
visibles, se desenvolvía la boca de Larrea, siempre
entreabierta, sin duda para dar ventilación a sus dientes como teclas
de piano viejo, en color y dimensión.
Larrea hablaba sin
reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le había
valido el ya mencionado calificativo de loro. Pero cuando
llegó a la Chacarita, notamos, alarmados, que aquella
facundia inagotable había cesado, y que Larrea, hosco, huraño,
evitaba los juegos, los placeres comunes, no comía y
pasaba todo el día tendido en su cama, en la que nos parecía
oír durante la noche suspiros enormes como resoplidos de
buey.
¡Larrea amaba! Una
tarde me confió que había entregado su corazón a
una beldad cruel, que no quería apercibirse del fuego
que lo consumía. Me pidió que no me burlara de él, porque
era un asunto serio, que le tocaba de cerca lo más íntimo
del alma. Alentado por mi cara de confidente de tragedia,
de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar
la réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe,
Larrea llegó hasta leernos versos.
Por fin supe que el
objeto de su pasión era una niña, hija de una
"modesta" familia que habitaba a veinte cuadras de la Chacarita. ¡Ya
lo creo! Era una chinita deliciosa de dieciocho años, de
carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo,
sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito
que parece ser el rasgo distintivo de nuestra raza indígena.
Todos la conocíamos, y más de uno hacía frecuentes
pasadas, a pie y a caballo, por delante de aquel rancho,
animado por locas esperanzas.
Animé a Larrea
cuanto pude, le di mis consejos (porque los porteños éramos
censés ser tenorios consumados); y, por fin, me anunció
un día que había hecho relación con la familia, y que
había organizado, de acuerdo, un baile para el sábado próximo,
baile al que debíamos concurrir siete u ocho de
nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder por algunas
libras de yerba y azúcar, algunas botellas dc cerveza y
ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los
convidados, y me pedía los acompañara al sitio de la fiesta,
donde él se encontraría desde la primera hora. Como se
comprende, era necesario escaparse. Comuniqué la nueva a
Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante; avisé
también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos
y traviesos que he conocido, y -como habíamos tenido
tiempo de prepararnos- el sábado, a las nueve de la noche,
dejando cada uno en la cama respectiva (felizmente no
estaban todas en el mismo cuarto) un muñeco con una peluca
de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a través
de los potreros, llenos de un loco entusiasmo, y forjando
conquistas a millares.
XXVII
Larrea estaba allí. Ebrio de gozo, radiante dentro
de su jaquet rectilíneo,
había tomado la dirección de la fiesta, y servía de
bastonero con toda gravedad. Fuimos introducidos, agasajados y
pronto, al compás de la orquesta, limitada a una guitarra
y un acordeón (los esfuerzos para obtener un órgano
habían sido vanos), nos hundimos en un océano de
valses, polkas y mazurcas, pues las damas se negaban a una
segunda edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad,
había permitido al cojo Videla desplegar calidades coreográficas
desconocidas, y que después supimos habían sido
inspiradas por una representación de Orfeo con que se había
regalado en una noche de escapada.
Después de cada
pieza obsequiábamos naturalmente a las damas con un
vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia
alarmante para el porvenir. Larrea irradiaba de contento;
había recitado sus versos, prometido otros, y nos dejaba
entrever que una cita flotaba en lo posible. Un gaucho
viejo (¡lo veo aún!), con una larga barba canosa, el
sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un
bienaventurado desde la puerta donde se apoyaba. De
tiempo en tiempo cuando nos lanzábamos a un vals o una
polka y que, obedeciendo a las necesidades de la armonía,
llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz
alegre del viejo que repetía varias veces:
-¡Que se vea luz,
caballeros!
La fiesta estaba en
su apogeo, y el italiano del acordeón, despreciando
profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía
maravillas de ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos
que llegaban vagamente a nuestros oídos, pues hacía
rato que bailábamos al compás de una música interior,
cuando, después de haber oído el galope de un caballo, vimos
aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en
la puerta del rancho, con la fisonomía pálida que debía
tener Daniel al entrar de una manera tan intempestiva en la
sala del festín de Baltasar.
-¡Muchachos, los
han pillado! El celador me ha dicho que los busque, y
que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va
a dar cuenta al vicerrector.
Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen
compañero había
robado uno de los caballos del quintero, y por hacernos
un servicio se había puesto en camino por entre barriales
espantosos, pues los últimos días había llovido
copiosamente. No había tiempo que perder, y era necesario ponernos
en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su caballo,
cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis
horas por lo menos; se lo aceptamos agradecidos, y
tratamos de organizar la partida. Éramos siete en todo; dos
treparon en las ancas del compañero que nos había traído
el
aviso, después de darle tiempo a que absorbiera una
botella de cerveza íntegra, y los otros cuatro procuramos
arreglarnos sobre el caballo del viejo, que a todo trance
pedía luz, como Goethe moribundo. Larrea, por darse tono
delante de la chinita, y sosteniendo que conocía una senda
por donde nos llevaría sin embarrarnos, tomó la dirección,
colocándose gravemente en la cruz. Detrás de él, un
condiscípulo sumamente grueso; en seguida, Eyzaguirre, y allá,
al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel
plano inclinado que parece una invitación a resbalarse por la
cola yo, prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.
Cuando emprendimos
la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las
niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón,
reían a carcajadas. Contestamos alegremente, y fue en
este momento que hice dos descubrimientos, de orden
diferente, que me alarmaron: aquel caballo no tenía
anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso
mojinete, y Larrea poseía una mona gigantesca.
XXVIII
La noche era oscura y amenazaba llover;
encandilados aún, no sabíamos donde estábamos, ni que
dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio no
hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad
impasible con que Larrea dirigía la bestia nos habría
estremecido. Se me había encargado castigar, pues según
las tradiciones recibidas, el foguista era siempre el del
anca; hice presente que no había sujeto pasivo, por cuanto
mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos,
en las circunstancias, al sistema del talón.
Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las
tinieblas; yo me sentía resbalar, resbalar sin descanso;
aquel animal tenía en la punta de la cola algo que me atraía.
En mi desesperación me aferraba a Eyzaguirre, quien me
observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle de la
ropa, no encontrando plausible, como me lo declaró
terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de género,
una sección de la parte carnosa que la naturaleza había
provisoriamente superpuesto a sus costillas. El compañero
gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y Larrea; y éste,
sin cesar de hablar, protestando de que nadie conocía el
camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la
osteología de aquel animal.
No veíamos a dos dedos de distancia, y los compañeros
del otro grupo habían desaparecido, sin duda por la
sencilla razón de haber tomado el buen camino. Habíamos
conseguido -¡el cielo sabe a costa de que esfuerzos y
sufrimientos!- hacer tomar el trote a nuestra montura,
cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen
de Eyzaguirre encima. Un choque se había producido, y
jinetes y caballo habían venido por tierra. "¡No es
nada; es un alambrado!"
Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos
invitaba a hacer otro tanto. Tratamos duramente al pobre
conductor, que nos anunció estar ahora seguro del camino;
y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos de nuevo la
marcha.
No habíamos andado media cuadra, cuando un grito
sofocado de Larrea me hizo apercibir que me encontraba,
literalmente a babuchas de Eyzaguirre, quién, a su vez,
aplastaba al gordo, que, entre gemidos, estaba tendido a lo
largo sobre algo informe que se debatía en el barro, y que
un ligero examen posterior reveló ser el cuerpo de Larrea.
Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo
el pie, se fue de boca; Larrea salió por sobre las orejas
como una flecha del canal de una arbaleta; el gordo siguió
la ley de atracción, y Eyzaguirre, no menos rápido en el
descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo
menos dos pies de barro; cuando salí, y Eyzaguirre y el
gordo se pusieron en pie, nos precipitamos todos a sacar a
Larrea, que no hablaba. Todas las soluciones de continuidad
de su cara estaban revocadas por un lodo espeso y negro. Fue
necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última
botella de cerveza que el gordo no había soltado en la catástrofe,
y sacarle el jacquet rectilíneo que pesaba dos arrobas.
Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de
la profunda noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en
la que las zanjas eran endríagos, las tunas vestiglos, y
los ruidos de los insectos nocturnos coros de Korríganos y
Kobolds. Puck andaba por allí; nos parecía oír su risa
silenciosa entre las brumas, confundiéndonos los rumbos, y
gozando a cada traspiés de la errante caravana... El
caballo había quedado en la zanja para siempre. ¡Adiós
las largas y melancólicas estadías en el palenque de la pulpería!
¡Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando su dueño
oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera
perturbación en la línea del pescuezo le había hecho
encontrar el reposo eterno. ¡ Sea leve su recuerdo en la
conciencia de Larrea!
Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto
de los gallos matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el
alma agriada contra la pasión dantesca de Larrea,
penetramos en nuestros cuartos, y nos ayudamos
fraternalmente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de
Eyzaguirre, con una tenacidad irritante, se resistió al
empuje colectivo, y es fama que diez horas más tarde solamente soltó su presa, vencida por la operación cesárea.
XXIX
Como escribo sin plan y a medida que
los recuerdos vienen, me detengo en uno que ha quedado
presente en mi memoria con una clara persistencia. Me
refiero al famoso 22 de abril de l883, en que crudos y
cocidos estuvieron a punto de ensangrentar la ciudad; los
cocidos por la causa que los crudos hicieron triunfar en
l880, y recíprocamente.
Yo era crudo, y crudo "enragé". Primero, porque
mis parientes, los Varela, uno de los cuales, Horacio, era
como mi hermano mayor, tenía esa opinión, según leía de
tiempo en tiempo en La Tribuna, y en segundo lugar, porque
la mayor parte de los provincianos eran cocidos. Queda
entendido que yo me daba una cuenta muy vaga de mi manera de
pensar, pero como había que sostener mis opiniones a
moquetes más de una vez, la convicción había concluido
por arraigarse en mi espíritu.
El día citado había una excitación fabulosa en el
Colegio; después de muchas tentativas infructuosas,
conseguimos escaparnos dos o tres, y nos instalamos en la
calle Moreno. Fue allí donde presencié por primera vez en
mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el
mismo efecto que más tarde sentí en una corrida de toros,
de la que salió mal herido el primer espada. Los dos
combatientes eran hombres del pueblo y estaban armados, uno
de una daga formidable, mientras el otro manejaba con suma
habilidad un pequeño Cuchillo que apenas conseguíamos ver:
tal era el movimiento vertiginoso que le imprimía. Mi
primera intención fue huir, pero tuve vergüenza, porque
uno de mis compañeros que tenía fama de bravo en el
Colegio se había acercado, por el contrario, para
presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo,
porque la habilidad triunfó de la fuerza, y el hombre de la
daga, dando un grito desgarrador, cayó al suelo con el
vientre abierto de un enorme tajo. El heridor huyó; yo debía
estar muy pálido, porque recuerdo que durante un mes el
grito del caído vibró en mi oído.
Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un
pañuelo al cuello, y que habían desalojado a un pequeño
grupo de cocidos que estaban cerca de la confitería del
Gallo. Pero el rumor de lo que pasaba dentro nos hacía
arder por penetrar en el recinto de la Legislatura. ¡Imposible!
Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era
allí donde se desenvolvían las escenas más interesantes,
resolvimos reingresar al Colegio y llegar a la Legislatura
por las azoteas. Lo hicimos así, y a favor del tumulto que
entre los claustros se notaba, ganamos el techo, y como
gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la legislatura.
Al primero que vi fue a Horacio Varela, tranquilo,
sonriendo y apoyado en sus muletas. Así que me conoció, me
pidió fuera inmediatamente a su casa a avisar a la familia
que no volvería hasta tarde, que no temieran, etc.
"Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan". La
verdad era que había trabajado tanto por llegar a mi punto
de observación, y esperaba que en aquel patio tuvieran
lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese pretexto, harto
plausible, para quedarme allí. "Un estudiante a quien
no dejan salir, ¡pobrecito! ¿ Entonces ustedes ya no saben
escaparse?" Yo habría podido contestar que lo hacía
con una frecuencia que me ponía a cubierto de semejarte
reproche; pero preferí la acción, y desaparecí. Me escapé
con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé la
familia, volví al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé
nuevamente mi sitio de observación de donde di cuenta a
Horacio de mi comisión. En ese momento un gran número de
diputados salieron al patio; muchos abrazaban a un hombre
calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual,
después, supe había sido miembro informante, desplegando
una serenidad de ánimo admirable. Era el doctor don Manuel
Aráuz, a quién debíamos todos tener más tarde tanto cariño
bajo el apodo afectuoso de Viejo Laguna.
Cuando leo en la Historia la narración del entusiasmo
ardiente de los estudiantes en la Politécnica y la Normal,
en 1815 y 1830; el arranque impetuoso de los estudiantes
españoles en la guerra de la Independencia, abandonando
Salamanca para unirse al Empecinado, a don Juan Porlier, al
cura Merino; el heroísmo de los jóvenes alemanes en 1813 y
1814, brotando de los subterráneos de la Tugendbund para
caer en los campos de Leipzig; de la muerte gloriosa de
Koerner, cuando leo esos rasgos, me los explico
perfectamente. Hay en los claustros un ansia de acción
indescriptible; la savia hirviente de la juventud irrita la
sangre, empuja, excita, enloquece. Se sueña con grandes
hechos; la lucha enamora, porque implica la libertad.
También nosotros formamos parte de las gloriosas
filas del batallón Belgrano, que fue a ofrecer su sangre, y
a pedir un puesto en la vanguardia del general Mitre al
estallar la guerra del Paraguay. Yo fui soldado del doctor
don Miguel Villegas; era cuanto podía exigirse de mi
patriotismo: ¡servir a las órdenes de un profesor de la
Universidad, que enseñaba filosofía por Balmes y Gerusez!
XXX
Es tiempo ya de dar fin a esta
charla, que me ha hecho posar dulcemente algunas horas de
esta vida triste y monótona que llevo: Pero al concluir me
vienen al espíritu los últimos tiempos pasados en la prisión
claustral, cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en
el alma, y se abría para nosotros de una manera instintiva
un mundo vago, desconocido, del que no nos dábamos cuenta
exacta, pero que nos atraía secretamente. No nos lo confesábamos
a principio unos a otros; la vida de reclusión, las
lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la
familia, de la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de
estudiantes, nos inclinaba a un escepticismo amargo y sarcástico,
ante el cual no había nada sagrado. Éramos ateos en filosofía,
y muchos sosteníamos de buena fe las ideas de Hobbes. Las
prácticas religiosas del Colegio no nos merecían siquiera
el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema
indiferencia.
En una confesión general, sin
embargo, tuve la veleidad de resistirme. Obligado a ir al
confesionario, dije abiertamente al sacerdote que estaba
tras de la reja, que no creía una palabra de esas cosas, y
que, por tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El
confesor dio cuenta inmediatamente; fui llamado, insistí y
recogí por premio de mi lealtad de conciencia pasar en el
encierro los tres días de comilonas y huelga que sucedían
a la comunión.
Al año siguiente mis ideas se habían hecho más prácticas;
nos reuníamos unos cuantos, y confeccionamos una lista de
pecados abominables, estupendos, en que figuraba todo el
repertorio de un libro de examen de conciencia que nos habían
dado para prepararnos. Nos dieron penitencias atroces, como
ser levantarnos a media noche en invierno y salir desnudos
al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora;
esto durante tres meses. A buen seguro que en caso de
obediencia, la pulmonía habría dado bien pronto cuenta de
nosotros. Pero aquí quiero hacer una declaración sincera
que pinta bien esos escepticismos primaverales. Llegado el día
de la comunión, que se hacía con gran pompa en el altar
mayor, fui obligado a ir e hincarme con tres o cuatro compañeros,
y a esperar mi turno.
Un resto de altivez intelectual, una reacción
violenta apostasía de mis ideas y una burla indigna de la
religión, aceptar aquello. Así, cuando el sacerdote se
inclinó sobre mí, le miré bien en los ojos, y le dije
quedo "Paso, padre". Hizo un ligero movimiento de
sorpresa; pero cuando se reincorporó, yo ya me había dado
vuelta y salido de la fila, llevando el pañuelo en la boca,
como si realmente hubiera recibido la hostia. No me delató.
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"Juvenilia"

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