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Si modificara una sola línea de
estas páginas, las más afortunadas de las que he
escrito, creería destruir el encanto que envuelve
el mejor momento de la existencia, introduciendo, en
la armonía de sus acordes juveniles, la nota grave
de las impresiones que acompañan el descenso de la
colina.
Las reproduzco hoy,
porque no se encuentran ya, y muchos de los que
entraron a la vida, cuando se publicaron, desean
conocerlas.
De nuevo,
pues, abren sus alas esos recuerdos infantiles; que
vuelen hoy en atmósfera tan simpática y afectuosa
como aquella que cruzaron por primera vez, evocando
a su paso imágenes sonrientes y serenas, son los
votos de quien los escribió con placer, y acaba de
releerlos, con cierta suave tristeza.
M. C.
"Toutes ces premieres impressons... ne peuvent nous toucher
que mediocrement; il y a du vrai, de la sincé
rité: mais ces pintures d l'enfance, recommencées sans
cesse, n'ont de prix que lorsqu'elles ouvrent la vie d'un
auteur original, d'un poète célèbre."
Saint-Bauve
Tal era el epígrafe
que había puesto en la primera hoja del cuaderno en que
escribí las páginas que forman este pequeño volumen. Quería
tener presente el consejo del maestro del buen gusto,
releerlo sin cesar, para no ceder a esa tentación ignorada
de los que no manejan una pluma, y que impulsa a la
publicidad, como la savia de la tierra pugna por subir a las
alturas para que la vivifique el sol.
Lo confieso y lo afirmo con verdad; nunca pensé al
trazar esos recuerdos de la vida de colegio en otra cosa que
en matar largas horas de tristeza y soledad, de las muchas
que he pasado en el alejamiento de la patria, que es hoy la
condición normal de mi existencia. Horas melancólicas,
sujetas a la presión ingrata de la nostalgia, pero que se
iluminaban con la luz interior del recuerdo, a medida que
evocaba la memoria de mi infancia, y que los cuadros serenos
y sonrientes del pasado iban apareciendo bajo mi pluma,
haciendo huir las sombras como huyen las aves de las ruinas
al venir la luz de la mañana. Creo que me falta una fuerza
esencial en el arte literario, la impersonalidad,
entendiendo por ella la facultad de dominar las simpatías íntimas
y afrontar la pintura de la vida con el escalpelo en la
mano, que no hace vacilar el rápido latir del corazón.
Cuantas veces he intentado apartarme de mi inclinación,
escribir, en una palabra, sobre asuntos que no amo, no he
conseguido quedar satisfecho. Cada uno debe seguir la vía
que su índole le impone, porque es la única en que puede
desenvolver la fuerza relativa de su espíritu. La
perseverancia, el arte y el trabajo pueden hacer un
versificador elegante y fluido; pero cada estrofa no será
un pedazo de alma de poeta, y el que así horada el ritmo
rebelde para engastar una idea, tendrá que descender de las
alturas para elegir su símbolo, dejando al pelícano
cernirse en el espacio, o desgarrarse las entrañas en el
pico de una roca.
Entre una herida que chorrea sangre y una jaqueca, hay
la distancia... de Byron a Tennyson. Nada he escrito con
mayor placer que estos recuerdos. Mientras procuraba
alcanzar el estilo que me había propuesto, sonreía a veces
al chocar con las enormes dificultades que se presentan al
que quiere escribir con sencillez.
Es que la sencillez es la vida y la verdad, y nada hay
más difícil que penetrar en ese santuario. La palabra es
rebelde, la frase pierde la serenidad de su marcha, y todos
los recursos de nuestro idioma admirable suelen quedar
inertes para aquel que no sabe comunicarles la acción.
No he conseguido por cierto ni aun acercarme a mi
ideal, pero estoy contento de mi esfuerzo, porque si no lo
he encontrado, por lo menos he buscado el buen camino.
"j'aurai du moins l'honneur de l'avoir entrepris".
Ahora, ¿por qué publico estos recuerdos, destinados
a pasar sólo bajo los ojos de mis amigos? En primer lugar
porque aquellos que los han leído me han impulsado a
hacerlo, a llamarlos a la vida después de dos años de sueño...
Pero, con lealtad, en el fondo hay esta razón suprema que
los hombres de letras comprenderán: los publico porque los
he escrito.
Mucho he suprimido, poco he agregado. Ciertas páginas
íntimas han desaparecido, porque, para ser comprendidas era
necesaria la luz intensa del cariño que da cuerpo y vida a
la forma vaga del recuerdo. Pero mientras corregía pensaba
en todos mis compañeros de infancia, separados al dejar los
claustros, a quienes no he vuelto a ver, y cuyos nombres se
han borrado de mi memoria. A veces me complazco en hacer
biografías de fantasía para algunos de mis condiscípulos,
fundándome en las probabilidades del carácter, y sin saber
si aún existen. ¡ Cuantos desaparecidos!
¡Cuanta matemática, cuanta química y filosofía inútil!
No hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de
la administración nacional, vi a un humilde escribiente
cuyo cabello empezaba a encanecer, gravemente ocupado en
trazar rayas equidistantes en un pliego de papel. Como tuve
que esperar, pude observarlo. Cada vez que concluía una línea,
dejaba la regla a un lado, sujetándola, para que no rodara,
con un pan de goma, levantaba la pluma, e inclinando la
cabeza como el pintor que, después de un golpe de pincel,
se aleja para ver el efecto, sonreía con satisfacción.
Luego, como fascinado por el paralelismo de sus rayas,
tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la manga de una
levita raída, cuyo tejido osteológico recibía con agrado
ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel, y con una
presión de mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela
con idéntico éxito. Ese hombre, allá en los años de
colegio me había un día asombrado por la precisión y
claridad con que expuso, tiza en mano, el binomio de Newton
. Había repetido tantas veces su explicación a los compañeros
más débiles en matemáticas, que al fin perdió su nombre,
para no responder sino al apodo de Binomio.
Lo contemplé un momento, hasta que, levantando a su
vez la cabeza, naturalmente después de una paralela "réussie",
me reconoció. Se puso de pie en una actitud indecisa; no
sabía la acogida que recibiría de mi parte. ¡Yo había
sido nombrado ministro no se dónde!, y él... Me enterneció
y lancé un ¡ Binomio!, abriendo los brazos, que había
contentado a Orestes en labios de Pilades. Me abrazó de
buena gana, y nos pusimos a charlar.
-¿Y que tal, Binomio, como va la vida?
-Bien; estuve cinco años empleado en la aduana del
Rosario, tres en la Policía, y como mi suegro con quién
vivo, se vino a Buenos Aires, busqué aquí un empleo, y en
él me encuentro desde que llegamos.
-¿Y las matemáticas? ¿Como no te hiciste ingeniero
o algo así? Tú tenias disposiciones...
-Sí, pero no sabía historia.
-Pero no veo, Binomio, la necesidad de saber si Carlos
X de Francia era o no hijo de Carlos IX para hacer un plano.
-Desengáñate, el que no sabe historia, no hace
camino. Tu eras también bastante fuerte en matemáticas;
dime, ¿cuantas veces, desde que saliste del colegio has
resuelto una ecuación, o has pronunciado solamente la
palabra coseno?
- Creo que muy pocas, Binomio.
Y en cambio (¡oh! ¡Yo te he seguido!), en artículos
de diario, en discursos, en polémicas, en libros, creo, has
hecho flamear la historia. Si hasta una cátedra has tenido
con sueldo ¿no es así?
-Si, Binomio.
-¡Con que placer te oigo! ¡Ya nadie me dice Binomio!
Y ¿sabes quién tuvo la culpa de que yo no supiera
historia?
Cosson , tu amigo Cosson, que tenía la ocurrencia de
enseñarnos la historia en francés.
-No seas injusto, Binomio; era para hacernos
practicar.
-Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y
yo no sabía una palabra de francés. Así, la primera vez
que me preguntó en clase, se trataba de un rey cuyo nombre
sirvió más tarde de apodo a un correntino que para decirlo
estiraba los labios una vara. Era muy difícil.
- Ya me acuerdo: Tulius Hostilius.
- Eso es: quise pronunciarlo, la clase se rió, creo
que con razón, porque, a pesar de habértelo oído, no me
atrevería a repetirlo; yo me enojé, no contesté nunca, y
por consiguiente no estudié historia. ¡Animal! Así, mi
hijo que tiene seis años, empieza a deletrear un Duruy . No
hay como la historia, y si no, mira a todos los compañeros
que han hecho carrera.
- Y ¿que puedo hacer por ti, Binomio?
Se puso colorado y al fin de mil circunloquios me pidió
que tratara de hacer pasar en la Cámara un aumento que iba
propuesto; ganaba cuarenta y tres pesos, y aspiraba a
cincuenta . ¡ Pobre Binomio ! ¡ Cuantos como él, perdidos
en el vasto espacio de nuestro país !
Una tarde había ido a comer a un cuartel donde estaba
alojado un batallón cuyo jefe era mi amigo. A los postres
me habló de un curioso recluta que la ola de la vida había
arrojado, como a un resto de naufragio, a las filas de su
cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo, y el comandante tuvo más
de una vez la idea de utilizarlo en la mayoría, pero ¡era
tan vicioso! En ese momento pasaba por el patio, y el jefe
lo hizo llamar; al entrar, su marcha era insegura.
Había bebido. Apenas la luz dio en su rostro, sentí
mi sangre afluir al corazón, y oculté la cara para
evitarle la vergüenza de reconocerme. Era uno de mis
condiscípulos más queridos, con el que me había ligado en
el colegio.
Una inteligencia clara y rápida, una facilidad de
palabra que nos asombraba, un nombre glorioso en nuestra
historia, buena figura, todo lo tenía para haber surgido en
el mundo . Había salido del colegio antes de terminar el
curso, y durante diez años no supe nada de él. ¡Como habría
sido de áspera y sacudida esa existencia, para haber caído
tan bajo a los treinta años! Poco después dejó de ser
soldado. Lo encontré, traté de levantarlo, le conseguí un
puesto cualquiera, que pronto abandonó para perderse de
nuevo en la sombra; todo era inútil: el vicio había
llegado a la médula.
¿Recordare otra inteligencia brillante, apta para la
percepción de todas las delicadezas del arte, fina como el
espíritu de un griego, auxiliada por una palabra de
indecible encanto y un estilo elegante y armonioso? ¿
Recordaré ese hombre, que sólo encontró flores en los
primeros pasos de su vida, que marchaba en el sueño
estrellado del poeta, al amparo de una reputación
indestructible ya? Era bueno y era leal, amaba la armonía
en todo, y la mujer pura le atraía como un ideal; pero la
delicadeza de su alma exquisita se irritaba hasta la
blasfemia, porque la naturaleza le había negado la forma,
el cuerpo, el vaso cincelado que debió contener el precioso
licor que chispeaba en sus venas. De ahí las primeras
amarguras, la melancolía precursora del escepticismo. Sin
ambiciones violentas que hubieran sepultado en el fondo de
su ser los instintos artísticos, refugiado en ellos sin
reserva, pronto cayó en el abandono más absoluto. De
tiempo en tiempo hacía un esfuerzo para ingresar de nuevo
en la vida normal y unirse a nuestra marcha ascendente,
desenvolverse a nuestro lado.
¡ Con qué júbilo lo recibíamos! Era el hijo pródigo
cuyo regreso ponía en conmoción todo el hogar. Aquel cráneo
debió tener resortes de acero, porque su inteligencia, en
sus rápidas reapariciones después de largos meses de
atrofia, resplandecía con igual brillo. ¿ De atrofia he
dicho?
No, y esa fue su pérdida.
La bohemia lo absorbió, lo hizo suyo, lo penetró
hasta el corazón. Pasaba sus noches, como el hijo del siglo
, entre la densa atmósfera de una taberna, buscando la
alegría que las fuentes puras le habían negado, en la
excitación ficticia del vino, rodeado de un grupo simpático,
ante el que abría su alma, derramaba los tesoros de su espíritu,
y se embriagaba en sueños artísticos, en la paradoja
colosal, la teoría demoledora, el aliento revolucionario,
que es la válvula intelectual de todos los que han perdido
el paso en las sendas normales de la tierra. El bohemio de
Murger, con más delicadeza, con más altura moral. El pelo
largo y descuidado, el traje raído, mal calzado, la cara
fatigada por el perpetuo insomnio, los ojos con una
desesperación infinita en el fondo de la pupila; tal lo vi
por última vez, y tal quedo grabado en mi memoria. ¿Vive aún?
¿Caerán estas líneas bajo su mirada? No lo sé; en
todo caso, la entidad moral pasó, si la forma persiste. ¡Nunca
se impone a mi espíritu con más violencia el problema de
la vida, que cuando pienso en ese hombre!...
Hará doce o catorce años publiqué un cuento que últimamente
releí con placer haciendo oídos sordos a las
imperfecciones de estilo con que está escrito. El principal
personaje del "Canto de la Sirena" es una simple
reminiscencia de colegio; me sirvió de tipo para trazar la
figura de Broth, un condiscípulo que solo pasó un año en
los claustros, extraordinariamente raro, y al que no he
vuelto a ver ni oído nombrar jamás. De una imaginación
dislocada, por decir así, nerviosa, estremeciéndose en una
gestación incesante de sueños y utopías, vivía lejos de
nuestro mundo normal, fácil, claro, infantil. En vez de ser
un portento de ciencia, como pintó a Broth, estudiaba poco
los textos, y por lo tanto, sabía poco. La experiencia me
ha hecho poner en cuarentena esos prodigios que jamás abren
un libro, y dejan atontados a los circunstantes en el examen.
Hay dentro de
los muros del colegio, como en la penumbra del boudoir,
coqueterías intelectuales exquisitas, jóvenes que se
ocultan para estudiar, que durante las horas de instrucción
colectiva leen asiduamente una novela, pero que se levantan
al alba, y trabajan con furor en la soledad. Cuando Horacio
Verne recibía numerosos visitantes en su taller, cogía
febrilmente los pinceles, en una hora remataba una tela, la
firmaba, y pasaba a otra cosa. Alguien ha dicho, refiriéndose
a esa coquetería del pintor, que escribía las cartas en la
soledad, y les ponía el sobrescrito en público. Algo así
pasa con los prodigios escolares. Lo que distinguía a Broth,
es decir, al condiscípulo que me dio la idea primera del soñador,
era su manera curiosísima de ver las cosas más triviales:
Fantaseaba, como un maniático inventor combina. Hablaba con
facilidad, pero él mismo reconocía que cuanto escribía
era, no solamente incorrecto, como todos nuestros ensayos,
sino incoloro. Me sostenía que yo estaba destinado a tener
estilo, y me lo decía con un aire tan complacido y solemne,
como si me augurara la fortuna o una corona, a la manera de
los cuentos árabes.
Para entonces me proponía una colaboración; el me
daría el esqueleto, y yo le pondría la carne. Pues bien,
cuando recuerdo, vagamente y sin detalles, su confusa
concepción de la vida de un médico en plena Edad Media,
creyente en la magia de todos los colores, asistente asiduo
y convencido al sabbat, inventor de un palo de escoba más
ligero para llegar primero, fabricante de homúnculus (no
había por cierto leído a Goethe aún ) , discípulo de
Alberto el Grande; cuando recuerdo esas creaciones
enfermizas de su imaginación, me persuado que había nacido
para seguir con brillo la tradición de Hoffmann o Poe . Mas
de una vez he procurado rehacer en mi memoria los cuentos
estrambóticos que me hacía ; me quedo algo confuso, y si
no he ensayado escribirlos, es en la seguridad de que les
daría mi nota personal, lo que no era mi objeto.
Otra existencia caída en la sombra impenetrable del
olvido; en cuanto a ese, tengo la certeza de que ha muerto.
Viviendo, habría surgido o habría hecho hablar de
el. ¡Sabe el cielo, sin embargo, si las miserias y las
dificultades de la vida no lo han hundido en la anestesia
moral más obscura que la tumba!
No todos se han
desvanecido; y algunos brillan con honor en el cuadro actual
de la patria. Si estas páginas caen bajo sus ojos, que el vínculo
del colegio, debilitado por los años se reanime un momento,
y encuentren en estos recuerdos una fuente de placer al ver
pasar las horas felices de la infancia.
Nuestros hijos
vienen atrás, y sus cabecitas sonrientes asoman en el
dintel de la vida, con la mirada llena de inconsciente
aplomo, chispeando de inteligencia y de acción latente. A
los diez años saben lo que nosotros alcanzamos
imperfectamente a los quince; no olvidemos que son los
nietos de nuestros padres, y que el cariño del abuelo es de
los más profundos que vibran sobre la tierra. Paguemos la
deuda filial, haciendo felices a los nietos, encaminándolos
en la vida.
Todos, por un esfuerzo común, levantemos ese Colegio
Nacional que nos dio el pan intelectual, desterremos de sus
claustros las cuestiones religiosas, y si no tenemos un
Jacques que poner a su frente, elevemos al puesto de honor
un hombre de espíritu abierto a la poderosa evolución del
siglo, con fe en la ciencia y en el progreso Humano.






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