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El mosquito
Zumbando a los oídos del pastor, asentándose acá y acullá, picando al caballo en
el hocico
y a la oveja en el ojo; juntándose en el campo con bandadas de sus compañeros
para divertirse
en arrear los animales a gran distancia, se iba haciendo el mosquito
insoportable a todos.
Él se reía, incansable, liviano, alegre, poco ambicioso, encontrando fácilmente
cómo
mantener su pequeña persona con la ínfima cantidad de sangre que de vez en
cuando conseguía
sacar a algún animal grande. Cuando su víctima recién lo sentía, su hambre
estaba satisfecha, y,
al encabritarse o corcovear el caballo, al sacudirse la oreja, o al colear
fuerte la vaca, disparaba
ligero, haciéndoles morisquetas y golpeándose la boca.
Más que todo, le gustaba chupar la sangre humana, y el hombre era de veras, con
permiso
de la gente, un animal superior para él. Ya que lo veía llegar cerca del rebaño,
se asentaba en él,
en acecho; elegía en la cara o en la mano el sitio favorable, y despacio metía
la trompa en el
cutis y empezaba a chupar.
Al sentirlo, el hombre le pegaba un manotón; pero el mosquito, ligero, volaba
contento con
lo que había podido conseguir, y se mandaba mudar a otra parte, zumbando.
Desgraciadamente
para él, acostumbrado a evitar fácilmente los manotones y a salir ileso de sus
atrevidas
campañas, cobró mayor y mayor afición a la sangre del rey de la creación, al
mismo tiempo que
una confianza llena de peligros.
Un día, se colocó sobre la mano del hombre, tan despacio que éste, absorbido en
la
contemplación de sus ovejas, no lo sintió. Empezó a chupar; al rato, satisfecho
ya el apetito,
pensó retirarse ligero como de costumbre; pero viendo que nada se movía, siguió
chupando, y
chupó más y más, ya de puro regalón vicioso y avariento, pensando en hacer
provisión para
varios días. Se iba llenando como para reventar, cuando despertó el hombre de su
medio sueño.
Al movimiento que hizo, quiso huir el mosquito. Pero ¿cuándo? señor, si no podía
ni moverse.
Todo lo que pudo hacer fue desprender la trompita. El hombre lo sintió, lo vio
(¿quién no lo iba
a ver con semejante panza toda colorada?) y ¡zas! le pegó una que lo dejó
tortilla.
La codicia, dicen, rompe el saco.
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