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Flor de cardo
El rayo del sol rajaba la tierra.
Una planta de cardo, ya casi seca, luchaba para conservar, un rato más, en su
seno, a sus
hijitos alados, prontos en su inexperiencia juvenil, a dejarse llevar hacia lo
desconocido, por el
primer soplo que pasara, que fuera céfiro o fuera ráfaga.
-¡Hijos, hijos míos! -decía la planta-; escuchen a su madre querida. No se
alejen del hogar
paterno. Las alitas que tienen ustedes pueden, cuanto más, impedir que se
golpeen al caer; pero
no son las alas del águila para afrontar las tempestades, ni las de la paloma
incansable viajera.
Escuchaban, y con todo, se iban hinchando las alitas; asomaban por las rendijas
de la
corola, abriéndolas más y más, y la pobre madre, sin fuerzas ya, inclinaba poco
a poco la
cabeza, resignada.
Una de las impacientes semillitas cayó. Antes de tocar el suelo, un airecito
embalsamado se
la llevó, amoroso, empujándola despacio hacia el cielo azul, y cuando dejó de
soplar, lo que fue
muy pronto, cayó la semillita alada en un charco fangoso, donde desapareció.
Otras se las llevó un viento más fuerte, prometiéndoles la fortuna, campos
hermosos y ricos,
donde prosperarían, y de los cuales su numerosa prole, sin duda, podría gozar.
Y las echó por delante, en vertiginosa carrera, arreándolas hacia tierras
destinadas al arado,
donde no pudieron arraigar, siempre perseguidas, removidas y destruidas.
Quedaban algunas semillas aladas, listas para tomar vuelo, cuando sopló, en
medio de
relámpagos y truenos, un terrible ventarrón, llamándolas a la Gloria, a
conquistar tierras
lejanas, gritaba; y las arrebató, entusiasmadas. Pronto, despavoridas por el
trueno,
empapadas por la lluvia, atropelladas por la piedra, golpeadas, cayendo y
levantándose,
llegaron a campos desiertos y pobres, donde fueron presa de los pájaros
hambrientos y del
fuego destructor...
Una sola semillita quedaba con la madre moribunda, y cuando ésta cayó al suelo,
quebrada
por la tempestad, allí mismo quedó ella: allí brotó, prosperó y se multiplicó.
En el rinconcito
familiar había encontrado, sin abrir sus alas, la felicidad.
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