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Invasión de hormigas
Magnífico era el jardín. Cuidadas con cariñoso esmero, crecían las plantas con
lozanía,
prometiendo una regia cosecha de flores.
Una mañana vio el jardinero un pequeño insecto negro en una de las callecitas,
pero no le
hizo caso. Pocos días después, vio varios otros de la misma clase. Negros eran,
activos, corrían
por todas partes, como inspeccionándolo todo, y el jardinero los empezó a mirar
con interés.
Parecían inofensivos, eran pocos y pequeños, y por lo demás, no hacían daño.
Se acostumbró a verlos y dejó que en paz hicieran una cuevita, apenas visible,
de la cual
salían en procesión y a la cual volvían cargados de hojas de yuyos que por allí
se cortaban,
cumpliendo con ciertos ritos fijados de antemano, al parecer.
Primero los creyó inteligentes y parecían en realidad serlo, pero pronto vio que
sólo tenían
rutina, que nunca salían del caminito trazado por ellos y que su aparente
inteligencia tenía
límites estrechos que no podían franquear.
Pronto supo también el jardinero que eran dañinos.
Aunque parecieran ser todos del mismo sexo, su multiplicación iba siendo enorme
y
constante. Un día vio que se llevaban hojas que no eran ya de los yuyos del
jardín, sino de una
planta fina, nuevita, apenas brotada, y observándolos desde ese día con
inquietud, vio que
siempre con preferencia se apoderaban de las plantas nuevas, cortándoles las
hojas para
llevárselas a la cueva, donde amontonaban en secreto sus tesoros.
Y poco a poco se multiplicaron las cuevas; las procesiones se hicieron
interminables y las
plantas arruinadas fueron muchas y cada día más.
Vinieron otros insectos parecidos, colorados, blancos y amarillos, y todos
hacían daño,
aunque algo menos quizá que los negros, y se peleaban entre sí.
El jardinero no sabía cómo hacer para ahuyentar esa plaga, y mientras buscaba
por qué
medio lo haría, aumentaban los enemigos, destruyéndolo ya todo, no dejando una
planta
intacta, innumerables, insolentes e insaciables, imponiendo su dominación en
todo el jardín y
arruinándolo todo, cavando cuevas o edificando casillas por todas partes.
Hasta que el jardinero, no pudiendo ya sufrirlos más, resolvió destruirlos.
Mucho trabajo le
costó, y sólo después de mucho tiempo consiguió hacerles desaparecer de sus
dominios, y
sintió de veras haberles dejado entrar.
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