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Vae soli !
Cazadores de todas clases hacían estragos entre los bichos silvestres de la
Pampa. Unos
con escopetas mataban a larga distancia perdices, patos y palomas; otros con
boleadoras
perseguían al avestruz y al venado; las mulitas y los peludos, en las noches de
luna, eran
degollados por centenares; no escapaba ningún animal de ser víctima de la
codicia o sólo del
instinto destructor del hombre.
Formaron una sociedad para tratar de aminorar sus males, y cada uno de los
socios se
comprometió a avisar a los demás por señales apropiadas a sus medios, de
cualquier peligro de
que tuviera noticia.
Por cierto que esto no impidió del todo la matanza, pues siempre hay incautos o
malévolos,
pero la hizo disminuir en grandes proporciones.
Al mirasol le propusieron entrar en la sociedad; pero no quiso él. Alegó que no
tenía
enemigos; que sus relaciones con el sol lo elevaban demasiado encima de los
demás habitantes
de la tierra, para que pudiera rebajarse a ser un simple miembro de cualquier
asociación; que su
género de vida, puramente contemplativa, no admitía que se pudiese molestar en
avisar a los
demás de peligros que para él no existían; que no podía desprender su atención
ni un momento
de la adoración perpetua del astro del día, al cual había consagrado su vida; y
que por fin,
siendo él de una flacura tan extrema, la misma muerte temería mellar su guadaña
en sus huesos
y no corría personalmente ni el más remoto riesgo de incitar la codicia de los
cazadores. En
vano don Damián, el venado, persona muy prudente, le hizo observar que nadie en
este mundo
puede guarecerse a la sombra de su propio cuerpo; le opuso el mirasol los
invencibles
argumentos del egoísmo.
Pero sucedió que entró la moda entre las mujeres, de llevar de adorno plumas en
la cabeza,
y particularmente copetes delgados y finos. Pronto se les ocurrió a los
cazadores que el copetito
blanco del mirasol era lo más apropiado para el objeto; y la matanza empezó.
¿A quién hubiera podido ser más útil el aviso del peligro que a este eterno
soñador cuya
vista siempre queda perdida en las regiones etéreas y que parece olvidarse de
que la tierra
existe?
No se había querido dar por solitario de sus semejantes; y dejaron éstos,
indiferentes, que
perdiera la vida.
Cada uno, en este mundo, de todos necesita.
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