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Estudio

ESTUDIO

CARLOS CASARES EN LA OBRA DE GERARDO MARIO GOLOBOFF

Tras siglos de persecuciones y sufrimiento, varios contingentes de judíos abandonan Europa hacia 1891; se establecen, algunos de ellos en la zona oeste de nuestra provincia, formando colonias agrícolas.

Este núcleo inmigratorio constituye el principal aporte humano para la organización del actual partido de Carlos Casares, donde aún residen muchas familias descendientes de los primitivos colonos y artesanos.

Es una de estas familias la cuna del joven escritor Gerardo Mario Goloboff, quien en su obra testimonia ese pasado inmigratorio y las tribulaciones de su raza, errante y perseguida.

También su infancia y adolescencia casarenses  son evocadas, no sin cierta nostalgia; estas etapas de su vida aparecen siempre estrechamente ligadas al entonces pequeño lugar natal, con sus características peculiares: Fuerte Paz, donde se estableció la Comandancia General de la línea de frontera en 1869; Algarrobos (Colonia Mauricio), lugar en que se radicaron los primeros inmigrantes; los extensos campos de girasol, producto importante en nuestra zona, cultivado inicialmente por los israelitas; y el autor destaca fundamentalmente ese crisol de razas y culturas que constituye uno de los rasgos más importantes de nuestro pueblo: la convivencia del criollo, el indio, el inmigrante judío y, más tarde, el español y el italiano.

En 1966, Gerardo Mario Goloboff publica su único libro editado hasta el presente, “Entre la Diáspora y Octubre”, aunque cuenta con una vasta producción aún inédita.

En estos poemas, la evocación de Carlos Casares adquiere ya jerarquía lírica; el hogar paterno, la escuela, las calles, el campo y la atmósfera general del pueblo están allí recreadas por su imaginación y su ternura. El lugar de la infancia es un  elemento constante en toda su obra, nutrida de imágenes locales, de pequeños recuerdos. Cuanto hace y hacía a la vida casarense es registrado por el autor en sus páginas; hasta los rasgos mínimos que revelan el espíritu  y la fisonomía particular de nuestro pueblo son motivo de elaboración literaria.

Así recrea el autor el ámbito natal:

La única casa de la infancia sin desclavarse de mis ojos
y el agua del aljibe dando mi cara despareja
y las mañanas sin viento
con baldosas apiladas de sol    
me remontan a navegar leyendas.

También en su novela leemos:

“En esas calles siempre hace más frío. Serán tal vez las casas altas y seguras, las puertas gruesas antiguas y flamantes, los canteros de las veredas, o los árboles, siempre recién podados, siempre empezando a crecer. La falta de río, el silencio. O la facilidad del viento que viene de las chacras y corre por las calles, quiere pasar, salir.”

Pero los recuerdos no son presentados nunca a la manera de cuadros costumbristas, sino en un constante tono lírico, respondiendo más a su intención de elaborar artísticamente  el pasado que a la reconstrucción fidedigna del mismo. Al poeta no le interesa tanto mostrar la dimensión exacta del pasado, sino la otra dimensión, la subjetiva, que le permite descubrir así el lazo personal e íntimo que lo une a su tierra natal y a sus hombres.

Por eso esta visión de lo nuestro aparece siempre cargada de poesía, como en el siguiente párrafo de su novela:

 “Camine con ese chico, llévelo de la mano, y que él mismo le indique qué calle tomar para llegar a las quintas, cuál es la pared más suave para rozar con los dedos, qué olor tiene el viento antes de las tormentas de otoño. A veces es bueno detenerse en esas pequeñas cosas, mirar el cielo y compararlo con otro más oscuro, seguir el despacioso movimiento de un sulki…”

Este lirismo se ahonda en sus versos:

Los hermanos mayores hacían luz en la mesa
nuestros padres renegaban de la lluvia,
en jornadas que asomaron a mi incertidumbre
a mi curiosidad de recién hecho.

Características y actitudes de los habitantes se han conservado vivas en su memoria y se reflejan en su obra:

“Lujos o trampas de la memoria para entrar de verdad a un pueblo con doce manzanas de asfalto en el que, a medianoche, las calles están lunarmente vacías y sólo en el almacén de Ponciano, cuando no los corren, juegan a la “loba” o al “tutte” algunos empecinados en torcer el azar por cuatro o cinco porotos.”

Aparecen también personajes singulares del Casares de su niñez:

“Un auto, en medio de ese desierto puede aparecer un auto: el doctor Espil sale para el campo a atender enfermos que pagarán, si se acuerdan, con una gallina o dos docenas de huevos. O es Perticone  que vuelve de su amor clandestino, o algún solitario en serio, pero con auto.”

Uno de los temas que especialmente se reitera a lo largo de su producción es el de la inmigración judía y de la difícil integración de su raza y su cultura en estas tierras. Encontramos este motivo ya en su primer poema de “Entre la Diáspora y Octubre”:

La cita fue en la pampa.
La colosal rutina de arar una esperanza para que el sol viniera,
detrás  de las colonias anudaron refranes
regresos imposibles, milenarias fatigas. 

Se reitera en muchos otros poemas, como en el siguiente:

¿Quién puede decir no
levantar una mano
empujar
detenerlos
cuando los habitantes llegan
desembarcan, avanzan?
Cuando se van adentro a desmontar la patria
esa celeste rueca de nuestra patria andando…

La misma preocupación se da en su obra en prosa:

“Estamos juntos pero nos falta el hilo, el lazo que iguale. Esa broit que sea pan para todos y que en todos calme el mismo hambre, la misma sed, la misma fatiga, el mismo sueño, la misma pampa.”

Le duele, ante todo, la marginación del inmigrante, que en estos versos adquiere singular tono poético, a causa de la utilización de una metáfora apropiada: 

Milagro de la estirpe a la que nadie canta.
También tiene el olvido su línea de frontera.

Y de la conjunción de lo judío y lo autóctono el autor se reconoce heredero. Es por  eso que en su obra no sólo canta al pasado judío, sino también a la sangre indígena y criolla que se ha fundido en sus venas. Así lo expresa en su novela:

“Ranculches, gente de Odesa, colonias y tolderías, boleadoras y biblias, Aspira, Coliqueo, mezclando sangre en el Imperio Salinero de Callvucurá para caer a pocos pasos, casi juntos, frente a la laguna de Algarrobos, adonde ahora, si mira bien, verá los túmulos de los hijos de Painé. Si mira bien: por encima de ese tapial de ladrillos, el de la izquierda, parado sobre cualquier losa cuidada por el verdín. Y por el viento de Sión: también las piedras tapan o acunan primeras víctimas: Sverdlik, Smilchuk, Borojovich.”

De esta forma, Carlos Casares significa en la producción de Gerardo Mario goloboff no sólo aquel lugar de su infancia que le inspira las más tiernas y emotivas páginas, sino también el punto de partida para remontarse a un pasado mucho más lejano en el tiempo, en el cual encuentra sus orígenes. El problema de la inmigración y el desarraigo motiva en su obra un nuevo lenguaje, más intelectual, elaborado y profundo, que le sirve para expresar, además de su pasado individual, sus íntimas y auténticas convicciones acerca del hombre y su destino.

ENTRE LA DIÁSPORA Y OCTUBRE

Los poemas que constituyen esta obra de Gerardo Mario Goloboff significan un intento de abarcar el pasado y el futuro de su pueblo y de su raza desde una perspectiva lírica y subjetiva, donde la nueva poesía hace uso de gran variedad de recursos formales para transmitir al mismo tiempo el sentimiento y el compromiso del poeta frente a su realidad.

Entre el pasado, del que se reconoce “continuador del rastro”, y el futuro, en que se concretará para Goloboff la esperanza de redención del género humano (ese “Octubre” del hombre), se halla el presente del poeta, consustanciado con el doloroso peregrinaje de su pueblo y con los que luchan para llegar al puerto, meta simbólica de todos los marinos errantes del mundo.

El yo poético se transforma así en un yo universal que supera las instancias de tiempo y espacio para abrazarlo todo.

Así lo encontramos expresado en el comienzo del poema XIV:

He juntado los siglos en una sola vida
y he vivido la mía con todas las edades
porque el pasado asciende de la noche hasta el día
recorriendo el origen, la gestación del aire. 

La estructura formal de la obra, enmarcada por tres epígrafes condensadores del contenido, corresponde a su modo particular de sentir el mundo y la historia. Así como existen para el autor un pasado y un futuro en los cuales está inmerso su yo individual, también advertimos que los poemas se organizan de acuerdo con esta concepción: los que rescatan el pasado (“Los inmigrantes”); los que cuestionan y atestiguan su presente comprometido en la  construcción del futuro (“Avancé hacia el horizonte”), y los que vislumbran y anuncian (“Desde las escaleras del trigo”) la “nueva luz”.

I)                   LOS INMIGRANTES

La conciencia de su pasado inmigratorio, los claroscuros de la infancia casarense, los sueños de adolescencia, el deslumbramiento ante la gran ciudad, el gradual reconocimiento de que  en su ser se ha fundido la sangre del indio, el criollo, el judío y los desarraigados de la tierra en general, todo esto es evocado por el poeta, conjugando lo biográfico y lo emotivo.

Nuestro pueblo es el eje geográfico en torno al cual giran los once primeros poemas: la casa paterna, las calles, los bancos de la escuela, el campo, son motivo de constante evocación y añoranza. Así lo sugiere el poeta en el poema II:

Las calles eran duras para mi mano,
el pueblo terminaba en el segundo asfalto
y más allá la tarde no iba a ser mía
sino repartida entre las chacras.
Chacras recortadas al aguacero de la hectárea.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .                                 

¡Ay!
chacritas donde hospedé mi habitante
antes que a todos nos llevara el silencio… 

La vida escolar es evocada en estos versos del poema III:

Los bancos de la escuela merodearon mis prisas
y encerré en los cuadernos manchones y algún llanto…

Las reminiscencias de su niñez casarense aparecen a menudo como fugaces impresiones que participan de la condición del sueño. La realidad y la fantasía se entrecruzan para expresar las experiencias infantiles, idealizadas con el correr del tiempo. Leemos en el poma III:

En el verano huía inundado de pasto
tocaba un animal, acariciaba un árbol,
y al regresar a casa con la noche en el patio
era de los misterios con los ojos callados.

Alguna vez, todos hemos anhelado retornar al lugar donde transcurrieron nuestros primeros años, donde entrevimos las luces de la vida; este sentimiento adquiere singular emoción en muchos de los versos de “Entre la Diáspora y Octubre”, como en los siguientes del poema I:

Sigo, no obstante, acariciando aquí
ese anhelo de volver a los patios
donde mi niño era una promesa de puentes
y era el único lugar de mi vida. 

Y confiesa el autor en el poema VI:

De vez en cuando lloro carne abajo
de los trenes que viajan rumbo al sur. 

Carlos Casares es su “primer andamio”. Después fue la ciudad, a la que trata de brindar la calidez pueblerina, condición que el poeta considera necesaria para una relación auténtica entre los hombres. Este sentimiento y el primer contacto con la gran ciudad están elaborados poéticamente en el poema VII:

Quise darles el sol,
de la tierra  alcanzarles
una miel perfumada, una espiga, algún cardo,
pero el café bastaba y las calles oscuras
pegajosas de amianto me las fueron quitando.
La luna anduvo mucho por tanta ciudad virgen
le falta alguna herida de amor en los costados. 

También expresa en otro poema:

allá
      en los patios del campo
allá
      sobre los alambres del pueblo
      donde los hombres me miran a los ojos
      y todavía dan la mano y se saludan. 

II)                AVANCE HACIA EL HORIZONTE

Si en “Los inmigrantes” predomina lo biográfico, en los siete poemas siguientes se advierte un ligero cambio de actitud frente al mundo: desde la ingenuidad de la adolescencia, el poeta llega a la madurez solidarizándose con los otros, entregándose todo para forjar, unido a los demás hombres, un futuro de justicia.

Dice el poeta en el poema XIII:

Así llegué a la vida remontado del campo
llegué por tantas vidas que no tengo memoria
sólo las ramas tiernas de los recién venidos
y una sed en el traje de cambiar 
y dar vueltas.

Y encontramos ya su vida comprometida con el porvenir, el cual permitirá recobrar “la unidad de la luz”, como lo atestiguan los versos del poema XIII:

Fundirá las distintas corrientes de justicia
en una sola voz que no será de nadie
sino de los que abrazan estrellas en la noche
y abrazan pasto y sol en la tierra que vive. 

Esta fusión de todos los peregrinos e inmigrantes, de todos los oprimidos, entre los cuales se ubica el poeta como individualidad, hará posible llegar al “puerto”, símbolo que se reitera a lo largo de la obra y que representa el final de las marchas en búsqueda de la redención humana. Unidos todos los “marinos errantes” se logrará alcanzar el puerto. Así le canta el poeta:

Capitán del futuro
¡oh puerto! ¡noble puerto!
reúnenos en tus velas
antes de que se pierda el alba. 

En medio de su proyecto humanitario, surge por momentos, frente a ese ideal, la incertidumbre: “¿Habrá una vez un puerto?”

Si bien los siete poemas están precedidos por un epígrafe de Fernández Retamar en el cual se anuncia que se tratará   en ellos el porvenir, estas composiciones son las que señalan la necesidad presente e inmediata de luchar por un futuro de fraternidad universal. Dice en el poema XVI:

Este es el mandato de combatir el humo y la niebla
hasta que rueden los últimos pedazos del siglo 
sin lamentaciones
sin estrépito
como un amigo de otra época. 

También se advierte en ellos la individualidad presente del poeta que ahora se descubre parte del mundo, al que le canta en el poema XI:

Por eso me arrincono junto a tu piel de infante
sin lágrimas maduras, ni fuego, ni razones,
sino con mi modesta contribución de días
al tímido universo que acantiló en mi sangre.

 III)             DESDE LAS ESCALERAS DEL TRIGO

Mientras en los poemas anteriores se invita a todos los hombres a participar en la construcción del porvenir, aún incierto, en los siete últimos es la palabra “Octubre” la que los enlaza y resume, de alguna manera, la esperanza del poeta.

Octubre es el símbolo de un tiempo ideal en el cual todas las vicisitudes pretéritas e invernales tocarán a su fin, en el cual se concretarán, para el poeta, “los viejos sueños de habitantes marchitos”.

Octubre es el alba del Hombre, el tiempo del Hombre, así como el puerto en el espacio del Hombre.

Leemos en el poema XIX:

Ha de llegar Octubre con todo el mar a cuestas
redondo en sus barcazas, calendario en sus hijos,
y el fin de nuestros miedos marcará sus entradas
al puerto de los soles permanentes y limpios. 

Pero este Octubre de la luz no es ahora una posibilidad, sino una certeza; los poemas no cantan ya un futuro de incertidumbre, sólo profetizan (con la seguridad de la profecía) el fin definitivo de infructuosas  peregrinaciones.

Esta seguridad ante el advenimiento de la Luz está expresada poéticamente en versos que remedan el tono de las premoniciones bíblicas. Así  se da, por ejemplo, en el poema XVI:

…porque ya fue decidido
que el árbol de la juventud tendrá su lugar en la tierra.
Y fue escrito que nuevos continentes
crecerán sobre la sangre antigua…  

Se abandona en estas composiciones el tiempo pasado, para hacer uso del futuro real, como se advierte desde los primeros versos de esta parte:

Ha llegar Octubre a través del otoño
pilas de viejos leños y hojas que habrán caído…

Dice el poema inicial:

Desde las escaleras del trigo
veremos la nueva luz.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Será la infancia de los barcos
y andará viento en hombre
el corazón del agua. 

Entre la Diáspora y Octubre estaría comprendida, para el poeta, no sólo su historia personal y la historia del pueblo judío, sino también la trayectoria de la humanidad en general, en su paso desde las Tinieblas a la Luz.

Así, esta obra significa un vasto intento de abarcar en poemas breves, pero de intensa resonancia lírica, lo personal y lo universal. La complejidad de la temática se resuelve poéticamente en versos sencillos, de imágenes precisas, a través de los cuales el sentimiento individual logra plena comunicación y expresividad.

Para concluir, bastaría citar las palabras que el poeta Enrique Banchs ha dedicado a Gerardo Mario Goloboff con motivo de la publicación de su obra: “libro en el que armonizan con igual acento lírico una idea central generosamente humana y la ternura nostálgica del sentimiento individual”.

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El Quehacer Literario Local | Gerardo Mario Goloboff

 

 


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