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Selección

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ANTOLOGÍA

 

Los Inmigrantes

Entre el pasado en el que,
evidentemente, no habíamos estado,
y por eso era pasado…

 Los inmigrantes dibujaron mi cuerpo
con el viejo país de sus noches furtivas,
vinieron con las redes abiertas hacia el campo
a sembrar girasoles
largas luces del día.
Caminando en mi tierra dejaron serpentinas
acariciaron nietos
nos dieron este nombre
Israel fue su luna, nuestra boca primera
en la sed de justicia bajada de los barcos.

El éxodo del hombre bosquejó mi estatura
la muchedumbre ausente de su solar nativo
y un canto a mariposas
arrabales cediendo
pájaros que ya no vuelven para encontrar el grito.
Después las oraciones
nostalgiosos Mesías
fundaron el mensaje que señala mi frente
me dieron la caricia que andaba por sus manos
siglos que recorrieron transmitiendo la cita.
La cita fue en la pampa.
La colosal rutina de arar una esperanza para que el sol viniera,
detrás de las colonias anudaron refranes
regresos  imposibles, milenarias fatigas.
Continuador del rastro yo marcho por mi pueblo
con la risa morada, con los pies doloridos,
y voy con sus leyendas a buscar nuestra herencia
al fondo de los árboles que plantaron sus huesos.
Una sangre extranjera en la acequia del viento.
Generación de errantes, caudal de locos mares,
gota a gota cavada en mi nación de espumas,
alzando hasta su ruta la historia de mi nombre.

Las calles eran duras para mi mano,
el pueblo terminaba en el segundo asfalto
y más allá la tarde no iba a ser mía
sino repartida entre las chacras.
Chacras recortadas al aguacero de la hectárea
hoy todavía las recuerdo divididas
aunque sé de los éxodos y de las cópulas
que el adalid de fuego les clavó en las pestañas.
¡Ay!
chacritas donde hospedé mi habitante
antes que a todos nos llevara el silencio… 

(Entre la Diáspora y Octubre)

Los bancos de la escuela merodearon mis prisas
y encerré en los cuadernos manchones y algún llanto
porque yo estaba hecho para las caminatas
y ninguna campana pudo citar mi horario.
En el verano huía inundado de pasto
tocaba un animal, acariciaba un árbol,
y al regresar a casa con la noche en el patio
era de los misterios con los ojos callados.
Alguna vez predije que mi madre vivía,
en esos laberintos de nuestra pieza a oscuras
hasta que la mañana aireaba por la calle
un cielo azul, el ruido, los duendes de la vida. 

La enfermedad del tiempo así aprendió a arrastrarme
en jornadas de asombro, en pequeñas tareas
donde yo aprisionaba el caracol del año
envuelto en grandes sábanas a todos escondidas.

(Entre la Diáspora y Octubre)

Después fui conociendo las miradas sencillas
de los que me quisieron sin que yo  lo supiera,
no me brindé a su amparo ni les abrí la puerta
(puede que ellos vacilen al escuchar mi nombre).
Debí partir un día de aquel primer andamio,
a medio hacer mi casa quise entregarla al mundo
sonreí muchas veces y me golpeé la frente
los demás sonrieron o golpearon mi frente.
Todavía tropiezo con aquella memoria
cuando le esbozo emblemas de inquietud a mis pasos.

(Entre la Diáspora y Octubre)

No amaneció y estaba despidiendo la casa.
Desde un vagón el pueblo alargó su espejito.
Dormité, viajé solo durante tanto tiempo
que olvidé los colores, la dimensión del campo.
Una rural mañana le acercaré mi boca,
de la mano de un hombre llegaré a la colonia
a poner en su tierra las últimas caricias
a rezar el caliente epitafio del día. 

Allí andará mi niño apretando su infancia:
una historia de hamacas en el atril del sueño.

(Entre la Diáspora y Octubre)

GÜEMES

Abierta está la patria desde mayo
desnuda como un pájaro despierto.
El hombre arrinconado en el desierto
se arroja a la montaña como un rayo.

Martín tira la rienda del caballo
y pone a la frontera un rumbo cierto.
Lo matan en la sombra, pero el muerto
trae la aurora en la lanza como un gallo. 

La planta sobre el cielo fieramente.
La defiende de guerras y extranjeros.
La inunda de laureles en la frente 

y vuelve a su silencio de luceros.
Martín, ese silencio diferente
callado de algarrobos y jilgueros.  

(“La Ley”, Carlos Casares, 1969)

CARPINTERO

Desenvaina tus dones, carpintero,
y pon en la madera tanto esmero
hasta que quede el vegetal maduro,
que vas a hacer mi cama,
la cama del futuro,
la cama del amor y el heredero,
que vas a hacer mi cama
de nuestro hogar primero,
la nueva cama
donde el amor más puro
se hará durable como el juego de tus dedos. 

Desenvaina tus dones y apresura
las vetas de la oscura
y elástica madera.
Desaloja la espera de la lluvia y la siembra,
el monte donde el sol gasta a la hembra,
su cama elemental y misteriosa
y afíncala a la cama de mi esposa,
por el hijo que engendra
continuará viviendo la leyenda

se salvará del fuego en nuestras cosas.
Es poco lo que exijo de tu oficio:
un trozo de calor de la madera,
fragmentos de tu voz y tu sonrisa,
pedazos de tu cama y de tu mesa
y un poco de ese hogar en el que empieza
la ilusión de los hombres a ser buena
la lucha en la esperanza y la alegría
que falta todavía
en algunos rincones de mi pieza.

Ya ves, para el combate
te pido poca cosa,
y aunque sé de tu fama de artesano
a otros dones más hondos va mi ruego,
que vas a hacer mi cama
la cama del amor y el heredero
la mata universal y poderosa
la piel de un rito envejecido y nuevo
en que dará mi esposa
un hijo de los nuestros,
carpintero.

( 16 poetas inéditos, Ed. Hoy en la Cultura, 1965)

La mano de mi abuelo lentamente
alojaba en las plazas mi arrebato
mi sol en la cintura.
Llegué desierto de tranvías
con la valija abierta de la risa
y un puñado de pasto en los rincones
de aquella soledad
de aquella tierra.
Llegué despacio como un desconocido
y la desconocida no fue mía
matraca de la luz me dio algún guiño
pero yo requería otras caricias. 

De vez en cuando lloro carne abajo
de los trenes que viajan rumbo al sur. 

(Entre la Diáspora y Octubre)

La ciudad fue distinta. Su abanico de piedras
me retumbó en la frente, me abalanzó su hombría
y también sus mujeres con cara de paloma
robadas a la fruta cunado recién nacían.
Quise darles el sol,
de la tierra alcanzarles
una miel perfumada, una espiga, algún cardo,
pero el café bastaba y las calles oscuras
pegajosas de amianto me la fueron quitando.
La luna anduvo mucho por tanta ciudad virgen
le falta alguna herida de amor por los costados. 

(Entre la Diáspora y Octubre)

GÉNESIS

Antes de la palabra
fue el silencio. 

Desde un profundo pozo
vino el fuego. 

En los mares se abrieron continentes
y nació un habitante al sexto día. 

Junto a él, la mujer hizo pareja
trabajó junto a él, le dio cien hijos.
Cubrió la nueva especie mar y tierra
alzó su altar en medio de las casas. 

Hasta que un día el fuego se escondió
y ardió tan solo en el hogar de uno,
comenzaron las patrias a temblar:
les era dado el frío.

(“Nueva Sión”, Buenos Aires, 1968)

¿Quién no  desembarcó alguna vez en algún puerto?
¿Quién no dejó valijas y ataditos
sobre radas extrañas en la ciudad distinta?
¿Quién puede decir no
levantar una mano
empujar
detenerlos
cuando los habitantes llegan
desembarcan, avanzan?
Cuando se van adentro a desmontar la patria
esa celeste rueca de nuestra patria andando… 

Y sin embargo dicen, negando cada herencia,
maltratando el origen, desdibujando  nombres,
que la patria es su piedra, su exclusivo cantero
con una sola madre a cuestas de la vida. 

Pero mi patria es oro, vendaval incautito
del éxodo del indio
con la muerte del indio
y llora en cada niño que se le fue mestizo
el futuro de sangre que trajeron los gringos. 

Pero mi patria es esta
la retama bandera
arcoiris del mundo
después de las tormentas. 

Milagro de la estirpe a la que nadie canta.
También tiene su olvido su línea de frontera.

(Entre la Diáspora y Octubre)

AVANCÉ HACIA EL HORIZONTE

 …Y el porvenir
en el que tampoco íbamos  a estar
y por eso era porvenir…

Avancé hacia el horizonte con las manos en alto
y dejé los costados sin ninguna protección,
pero las sombras son etéreas y abarcan
todo el espacio que todavía no destruimos.
Tuve que combatir a cielo abierto
bajo la lluvia del verano
contra el acecho de las fieras
bajo la caricia de una hermana
o en el andén de las avenidas sin fin.
Siempre perdí las batallas, nunca conocí la victoria,
y sin embargo llevo sobre la frente de mis hijos
la pureza recobrada a los infiernos
la ternura del recién llegado,
una sábana limpia en las mañanas abiertas
allá
en los patios del campo
allá
sobre los alambres del pueblo
donde los hombres se miran a los ojos
y todavía dan la mano y se saludan.
A una solo señal de esos hombres
limpiaremos los campos y las rutas
los alambrados y las parvas
y los molinos sin agua
y las aspas sin viento
y las brisas sin pájaros
y las alas sin destino
para volar allí
al nacimiento de la primera gota
donde se enlaza el matrimonio del amor
con el origen de la vida terrestre
de la vida que vive
de la vida que vivirán
los que no mueren con nosotros.

(Entre la Diáspora y Octubre)

SONETO DE AMOR AUSENTE

Las nieves del amor han puesto un velo.
Bajo el sol el amor en apagones
da caricia de amor, pero da celo
por tanto amor que falta en los rincones. 

Amor así nos crece en desconsuelo.
Amor así mutila las canciones.
amor que no devuelve tierra y cielo
a los que son amor. Y en los arcones

donde guardan a amor como a un ajeno
de los que amor ha sido desterrado
silencioso está amor casi perdido.

Esperando el rescate de los buenos
con los que sólo amor será salvado
de esa caja de muertes y de olvido. 

(“Letras de ayer y de hoy”, Nº 36- México- Octubre 1968)

Llegué del precipicio de las generaciones
de la ilusión del rito
de hermosas ilusiones
a la palabra fresca, al aletear del grito,
al beso en la palabra
al corazón del hombre.

Así llegué a la vida remontado del campo
llegué por tantas vidas que ni tengo memoria
sólo las ramas tiernas de los recién venidos
y una sed en el traje de cambiar
y dar vueltas.
He llevado mi historia sin dimensión ni tiempo
por el caudal de siglos pasados y futuros
palomar de los años que otros hombres ocupan
(en la hoguera del tiempo mi esperanza es un leño).
Entré y de solitario me encontré con los otros
a través de una mano cálidamente alzada
por todos los que quieran mirar el horizonte
sin árboles, ni cercos, ni alambres, ni antifaces.
Ella unirá ese vientre que va desperdigado
cuando el mundo recobre su unidad en la luz.
No habrá muertos sin flores, ni habitantes sin hijos,
ni pequeños amigos, ni enemigos pequeños.
Fundirá las distintas corrientes de justicia
en una sola voz que no será de nadie
sino de los que abrazan estrellas en la noche
y abrazan pasto y sol en la tierra que vive.
No habrá más extranjeros ni barcos errabundos
nadie será inmigrante ni caerá prisionero
comeremos la fruta del árbol que plantamos
lavaremos las manos en el caudal del viento.

Porvenir de una clase que arrojará cadenas
nada más que cadenas para abrazar la historia. 

(Entre la Diáspora y Octubre)

He juntado los siglos en una sola vida
y he vivido la mía con todas las edades
porque el pasado asciende de la noche hasta el día
recorriendo el origen, la gestación del aire.
Los más vastos sucesos son pequeñitas cosas
arenilla en el viento, solitarios alambres,
pero se van tejiendo con el agua de todos
caen y suben, avanzan por simultáneos cauces. 

Me abarcó desde niño una manzana roja
y la mordí en el centro
esposa
Dios
y madre. 

(Entre la Diáspora y Octubre)

Canto la canción del crecimiento y del orgullo.
(Ya nos hemos arrastrado y escondido bastante.)

WALT WHITMAN

Hay que destejer la madeja del día
desenredar el corazón del año
y agitar la vieja parra hasta que las uvas caigan para siempre
porque ya fue decidido
que el árbol de la juventud tendrá su lugar en la tierra. 

Y fue escrito que nuevos continentes
crecerán sobre la sangre antigua,
que mil montañas ásperas se abrirán al canto del agua,
que solemnes campanarios y animales solemnes
despeñarán ante el fruto de cada movimiento. 

Este es el mandato de combatir el humo y la niebla
hasta que rueden los últimos pedazos del siglo
sin lamentaciones
sin estrépito
como un amigo de otra época.
Lo ejercerán las manos enlazadas
arrastrando la oscuridad del monte
hasta el lugar de las ciudades
fundadoras del sol.

(Entre la Diáspora y Octubre)

JUSTICIA

El tiempo que alzará tras de nosotros
cuando caigamos nosotros y nuestras intenciones
el tiempo que borrará las huellas
antes de que las nuestras sean las huellas anteriores
plantará sus banderas en la tierra
mojará nuestro fuego
volará su ceniza.
Y sin embargo, ¿qué más pedirle al tiempo nuevo
sino que borre las huellas de nosotros
los que queremos realmente un tiempo nuevo
que no deje ni huella de nosotros?

(“El escarabajo de oro”, 1968)

…Aunque nosotros fuéramos
el pasado y el porvenir,
que sin nosotros no existirían.

Roberto FERNÁNDEZ RETAMAR

Desde las escaleras del trigo
veremos la nueva luz:
una corola, una manta
para renacer del fuego.
Vestido de campesino mi cuello terco
(almidonado antes como un vaso de arroz)
con los viejos caminará, con nosotros,
los antiguos ciudadanos del alma
y los recuerdos de noches sin vino. 

Uno a uno se irán abriendo los árboles,
de cada flor nueva se rodearán los niños,
y en la esperanza de esa mañana limpia,
como en las epopeyas de  barcos,
un agudo llamado de sirenas
al mar arrojará su poderío.

Será la infancia de los barcos
y en la boca del puerto
nuestros marinos velarán los ojos
de los envueltos en banderas. 

Será la infancia de los barcos
y andará viento en hombre
el corazón del agua. 

(Entre la Diáspora y Octubre)

He alzado mis vocales
entre diáspora y árboles.
He llegado a los puertos
del éxodo y el sueño.
He dejado mi luto, mis tristes abanicos
abiertos en el campo donde creció mi suerte. 

He alzado mis vocales
sobre el ruido y las calles,
he dicho cuánto amaba
el silencio inmigrante.
He dibujado patrias
invadidas montañas
primeras poblaciones
que se fueron callando.
He bajado a mi tierra
a  morder su arcoiris
a soltar sus cadenas
a romper su atadura. 

He alzado mi coraje
entre octubre y los árboles
y ya el tiempo es maduro
para que el año acabe.

(Entre la Diáspora y Octubre)

LA SAL DE LA TIERRA

“Vosotros sois la sal de la tierra:
y si la sal se desvaneciere
¿con qué será salada?”
SAN MATEO – 5- 13.

A mis hermanos
que perdieron su optimismo
en los rincones del día 

a mis amigos
que escapan del horizonte
por temor a que les hiera 

a mis compañeros
ausentes del dolor ajeno
porque descubrieron que no les pertenece 

a mí mismo
enredado en la soledad del otoño
como si fuera el único tiempo 

a nosotros
que hemos caminado inútilmente
de la esperanza hacia el olvido 

les ruego
que no nos fuguemos todavía
que detengamos la cabeza y el pie
que tal vez
quién sabe
puede saber 

no esté tan seca la garganta
ni tan baja la frente
ni tan blanda la mano
como para retirarla ya
de la fogata del mundo. 

(El día” – La Plata – 16/2/70)

Ha de llegar Octubre a través del otoño
pilas de viejos leños y hojas que habrán caído
han de llegar encima de pájaros sin vuelo
nocturnas mariposas y arreboles  hundidos.
Los árboles del bosque agruparán el fuego
nidos en cada rama, sedes en abanico,
coraje de los nuevos habitantes del eco
sobre los viejos sueños de habitantes marchitos. 

Lo esperaré velando la memoria del siglo
avizorando nombres, olvidando martirios,
plantaré sobre otoño mi puesto de vigía
(quiero ser el primero en besar a su niño). 

Ha de llegar Octubre con todo el amar a cuestas
redondo en sus barcazas, calendario en sus hijos,
y el fin de nuestro miedo  marcará sus entradas
al puerto de los soles permanentes y limpios. 

Certidumbre del rastro que dibujaron barcos
anclados en mi sangre como velas sin viento.

(Entre la Diáspora y Octubre)

Y hacia el fin del invierno
he llevado mis barcos,
he llevado mi estrella
mi peregrina infancia,
todos los azulejos del pasado que muere
y algunos rayos tibios del futuro en el agua.

Me ha llevado el invierno
su rigurosa escala
la caudalosa arena
que en mi pierna se planta,
me ha enredado el invierno
su agreste telaraña
ya me traba las fuerzas
ante el mes que me arrastra. 

Y a las puertas de Octubre
todo mi invierno llama
todo mi invierno gime
todo mi invierno avanza
por llegar hasta Octubre
aunque en Octubre caiga.

(Entre la Diáspora y Octubre)

Selección | Datos Biográficos | Estudio | Apéndice Documental

El Quehacer Literario Local | Gerardo Mario Goloboff

 

 


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