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BORIS GARFUNKEL LA VIDA Entre los escritores inmigrantes merece especial atención Boris Garfunkel, nacido en Krilivetz, provincia de Podolia (Rusia) el 12 de octubre de 1866. Debido a las continuas persecuciones de que es objeto el pueblo judío en su totalidad, Garfunkel resuelve emigrar: la discriminación racial y religiosa hace que sea muy difícil y en ciertos casos imposible su subsistencia económica y hasta su seguridad personal. Enterado de que el potentado judío de Austria, Barón Mauricio de Hirsch ha fundado la “Jewish Colonization Association” (J.C.A.) que tiene a su cargo trasladar gratuitamente a los judíos que deseen emigrar de sus países y ubicarlos como colonos en la Argentina, Boris Garfunkel junto con su familia decide incorporarse a uno de los contingentes emigratorios. El 4 de septiembre del año 1891, pisa tierra argentina y se establece en el paraje denominado Algarrobos, ubicado en la zona norte del actual partido de Carlos Casares, donde trabaja la tierra que la J.C.A. le ha facilitado. Poco a poco los primitivos núcleos de colonos van ampliándose hasta constituirse en un centro de importancia dentro del partido: la Colonia Mauricio. Cuando los hijos de estos primitivos inmigrantes se hacen hombres, quieren abandonar la colonia para radicarse en ciudades de importancia, donde podrán estudiar y avanzar económicamente. También Boris Garfunkel, en búsqueda de nuevos horizontes se traslada, con su mujer y sus hijos a Buenos Aires en 1908. Allí transcurre el resto de su vida y muere el 19 de noviembre de 1959. Durante sus últimos años, decide dictar sus memorias con el título “Narro mi vida” publicadas por sus hijos en 1960. LA OBRA “Narro mi vida” es la única obra de Boris Garfunkel; constituye un valioso documento tanto histórico como literario porque junto a la precisión de los datos sobre la inmigración y la colonización judía encontramos un estilo claro, conciso y de una vibración humana conmovedora. Está estructurada como una autobiografía cuyos veinte capítulos abarcan desde el nacimiento en Krilivetz, y las anécdotas de infancia, hasta su radicación definitiva en la ciudad de Buenos Aires, donde dicta sus memorias, habiendo sobrepasado los 90 años. Dichos capítulos son un testimonio vívido de las penurias soportadas por el pueblo judío, marginado y perseguido constantemente en algunos países europeos. Pero profundizando en la lectura se advierte que la obra no sólo constituye un mero relato de las vicisitudes individuales del autor sino un documento riquísimo sobre el espíritu judío, a través del que vislumbramos muchos de los rasgos que caracterizan la sensibilidad y los modos de vida de esa raza. En efecto, en cada uno de los capítulos se van mostrando distintos aspectos de su idiosincrasia, entre los que prevalecen el sentimiento religioso, el apego a sus tradiciones familiares, la solidaridad para con los miembros de su pueblo y la resignación frente al sufrimiento a que los somete la injusticia. También Garfunkel se identifica con cada uno de los rasgos esbozados: todos los momentos de su vida están consustanciados con el espíritu de su raza y las costumbres de su pueblo. Así, por ejemplo, la concertación de su matrimonio a la manera tradicional o la dedicación al estudio de los libros sagrados durante la juventud, reflejan el grado de su integración con ese espíritu. Otro sentimiento predominante es el anhelo de establecerse en forma definitiva en un lugar que le brinde seguridad y trabajo. Como lo señala Garfunkel ”Hacerse la América ya ha dejado de ser una expresión que subraya la codicia de los inmigrantes. Hacer la América es precisamente eso: poner el hombro y el alma en la tarea común, participar de la edificación de una nueva Babel en la que todos se comprendan.” Las tribulaciones pasadas se compensan a través del contacto con estas tierras que le permiten concretar las ambiciones más íntimas. Toda la obra es una afirmación de esperanza y fe en Dios y en los hombres. Las ideas contenidas en “Narro mi vida” no son sólo elementos literarios sino que representan un conjunto de propuestas vitales y una filosofía acerca del hombre, que no pierde actualidad a causa del espíritu que la alienta. Muchas son las anécdotas y acontecimientos que el autor relata a lo largo del libro y el modo en que están presentadas requiere una especial atención; la palabra de Garfunkel se torna sentimental y nostálgica en el recuerdo de su vida en Rusia o esperanzada y vigorosa en la narración de la lucha por su bienestar de colono; pero la sinceridad y la emoción son la nota predominante en cada página. Es notable su agudeza en el retrato de los numerosos personajes, todos ellos contemporáneos del autor: con trazos simples pero definidos, conservan siempre su frescura y autenticidad. Entre ellos merecen destacarse los familiares del autor y muy especialmente la figura del Barón Mauricio de Hirsch, a quien está dedicado uno de los capítulos con el título “Un santo judío: EL BARÓN HIRSCH”. La descripción de los lugares donde se desarrolla cada una de las situaciones es minuciosa y precisa. Garfunkel es un observador profundo de la realidad que lo rodea y aporta datos de sumo interés aun para el lector actual. En general, el lenguaje caracterizador de toda la obra es el cotidiano, de muy fácil acceso, pero siempre se mantiene culto y cuidado, revelando constantemente la sólida formación humanística del autor. Resulta útil desde el punto de vista informativo, la explicación clara y completa de muchos términos en idisch que lógicamente se utilizan en la autobiografía. Por ejemplo: “Os ruego que permitáis que pueda cumplir con la ‘mitzvá’ (mandamiento, deber) de ‘Hajnasat Orjím’ (hospitalidad)”. El estilo tiene como rasgos predominantes la fluidez y la concisión de la frase que alude directamente a la realidad , típico de una obra que se quiere testimonial. También los diálogos incluidos sirven como condimento necesario para la exactitud de los relatos, y en general, crean un clima propicio para que el autor reflexione o exponga sus estados de ánimo. “Narro mi vida”, en síntesis, es un intento de comprender la vida personal de un hombre y la de su pueblo. Participa tanto de la veracidad histórica como del encanto de un relato familiar que ilumina esa historia mostrando todos los hilos vitales que la fueron entretejiendo. Para concluir, el mismo autor en el prólogo, deja sentada esta impresión: “…la vida de un hombre no es la historia aislada de alguien embotellado en una cámara neumática . La vida de ese hombre ha dependido de muchos acontecimientos políticos y sociales, de modo que al contar su experiencia hace también, sin proponérselo, historia; documenta una época, traza la imagen de un tiempo que, con el andar de los años, habrá adquirido el valor de un documento…”
Fragmentos de la obra “Narro mi vida” de Boris Garfunkel De Boris Garfunkel, Narro mi vida, Buenos Aires, 1960. “Mi primer “melámed” fue Schaie, con quien pasé dos semestres: luego, durante un año y medio, prosiguió mi instrucción el “melámed” David Zeví y, en tercer lugar, Meir Peise, quien me enseñó el “Júmash” (Pentateuco). Desde los siete años pasé a lo del “melámed” Elie Dujovne, tío de mi madre. Con él continué el estudio del “Jumásh” con la interpretación del exegeta Rashi”.
“ ‘ Todo’ comenzó con un viaje de mi padre a Kamenetz, adonde le había conducido la necesidad de obtener dinero para la ‘Gran Sinagoga’. Cuando regresó, me dijo con la mayor naturalidad del mundo que yo ya debía considerarme ‘novio’, pues unos días antes él había concertado, estando en Kamenetz, una entrevista con la madre de mi novia, a instancias de un ‘shadjen’ (casamentero) que se le había aparecido repentinamente en el hotel en que se hospedaba. El ‘shadjen’ había hecho grandes elogios del ‘íjus’ de la familia de la novia. Así fue como mi padre relacionóse con la señora de Cantor, viuda de Reb Moishe Cantor, rico y gran donante para obras benéficas, sumamente devoto.”
“Descendía el sol en el horizonte cuando llegamos a Carlos Casares. El cielo nos recibía con las mismas tonalidades de que hizo gala cuando llegamos a Buenos Aires. Ningún funcionario de la J.C.A. nos esperaba; en cambio un nativo – un ‘criollo’ hecho y derecho – nos gritó: ‘Ep, ep, gringo’, y nos hizo señas de que le siguiéramos. Así lo hicimos, unos 200 metros, hasta que llegamos a un galpón de chapas de cinc. Se trataba de nuestro ‘dormitorio’ para esa noche. Para eso se habían dispuesto dos hileras de paja o heno cubiertas de lonas y bolsas. Había además un lote de frazadas amontonadas en el centro del recinto y unos cuantos quinqués ubicados estratégicamente.”
“Íbamos a nuestras propias chacras (por lo menos eso era lo que se nos había dicho, sin recibir informaciones en contrario) y eso daba alas a nuestras esperanzas, de modo que apenas sentimos las dos horas del viaje hasta un paraje denominado Algarrobo. Marginando un bosquecillo de álamos, nos detuvimos en uno de los lugares más altos de la zona, frente a una amplia casa recién blanqueada, cubierta con techo de juncos. Sus puertas y ventanas estaban pintadas de verde. En la finca se hallaba instalada la Administración de la futura Colonia Mauricio (nombre que se le dio en homenaje al Barón Mauricio de Hirsch) y la vivienda del administrador. Además, adosada a la casa, se había construido una habitación de chapas de cinc que serviría de morada al agrimensor encargado de medir, dividir y repartir las chacras a los futuros colonos. ¿Y nuestras viviendas? ¡Ah! ‘Apenitas’ unos cinco kilómetros de allí. Media ‘horita’ nomás…”
“Durante varios días con sus respectivas noches tuvimos que permanecer en el galpón de cinc, mas cuando volvimos a ‘residir’ en nuestros ‘hogares’, estos ya no eran las carpas de antes sino construcciones más consistentes, armadas con fuertes largueros de madera entrecruzados con prietos tramos del mismo material. Esta estructura estaba cubierta por lonas resistentes aseguradas a los largueros – vigas por numerosos clavos.”
“Una idea de la urgencia con que el Barón Hirsch concretó su plan la da el hecho de que el primer vapor con inmigrantes que trajo arribó a Buenos Aires el 18 de agosto de 1891, seis días antes de que se concediera en Londres la personería jurídica a la J.C.A. Cuando se obtuvo esta legalización en la Argentina (17 de febrero de 1892), ya habían llegado tres vapores: el ‘Lisboa’, el ‘Tiyuca’ y el ‘Pampa’.”
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