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X
En el mes de julio
de 1ó17 estaba concluida aquella zanja famosa que el
doctor Alsina mando abrir, desde Bahía Blanca hasta ltaló,
y con la cual pretendía "hacer imposibles las grandes
invasiones y dificultar las pequeñas".
Sea como fuera, el hecho es que los indios encontraron
en aquel pequeño foso un obstáculo para sus correrías. No
les impedía, en absoluto, entrar y salir por donde
quisieran; pero cuando llevaban arreo vacuno tenían que
abrir portillos perdiendo en la operación algunas horas,
que las tropas aprovechaban para írseles encima y
alcanzarlos.
Así, cuando invadían, al retirarse con el arreo,
desprendían descubiertas, las cuales por medio de
quemazones anunciaban el punto más reducido de la línea o
más fácil de salvar. Como se comprende, había interés en
tomar esas descubiertas para llevar al malón con su robo a
un lugar determinado y seguro. El coronel Villegas fijó un
premio de doscientos pesos moneda corriente y una semana de
licencia para el individuo que se apoderase de una de las
descubiertas. La prima era tentadora y así, no es de extrañar
que los soldados, cuando salían a bolear o en comisión, lo
hicieran en sus mejores caballos, y aguzando la vista para
no perder el menor indicio capaz de anunciarle la presencia
de jinetes en el campo.
Pero, era el indio tan astuto y tan despierto que, a
pesar del empeño que ponían los soldados para
sorprenderlos, no conseguían capturar a ninguno.
Una mañana el cabo José Godoy que mandaba el fortín
Acha, en la extrema derecha, careciendo de carne y teniendo
confianza en su destreza para bolear, resolvió hacer
personalmente la descubierta.
Aquí se impone una breve digresión.
Los fortines que unían una comandancia en jefe con
otra, a lo largo de la línea de frontera, estaban separados
por distancias no mayores de una legua. Todos los días, al
aclarar, salían dos hombres de cada fortín, uno a la
derecha y otro a la izquierda y marchaban al paso,
observando el horizonte y el suelo con el objeto de
descubrir las novedades o señales que fuese necesario
transmitir. En la mitad del camino que separaba a dos
fortines, se encontraban las descubiertas que cada cual
desprendía y se transmitían las noticias que tuviesen. La
mañana en que el cabo Godoy salió en descubierta llegó al
limite de su zona, y como no hubiese notado nada extraño,
echó pie a tierra y ató su caballo a una cortadera para
esperar sentado la llegada del individuo que debía venir
del destacamento vecino.
Como hacía mucho frío, tenía puesto su poncho; y
como era descuidado o confiado había dejado su carabina
atada a los tientos de la montura. Cansado el hombre, se
recostó al abrigo del pajonal, no tardando en vencerlo el
sueño.
De pronto sintióse despertado por voces de individuos
que hablaban a su lado, y al abrir los ojos se halló en
presencia de dos indios que lo amenazaban con las lanzas.
Tuvo impulsos Godoy de saltar e irse encima de los
indios; pero envuelto en el poncho, y no pudiendo echar mano
rápidamente al cuchillo, se limitó a mirar a los indios y
a sonreír. Uno de estos iba a herirlo de un lanzazo, cuando
el otro lo contuvo, diciéndole al cabo:
-Sacando poncho.
Godoy comprendió que no lo habían herido, desde
luego, porque teniéndolo seguro no querían romper el
poncho ni ensuciarlo con sangre. Y obedeció mansamente,
pero, al sacar el poncho se levantó de un brinco y envolviéndolo
en el brazo, y cubriéndose el cuerpo, desenvainó el
cuchillo. Uno de los indios tiró un lanzazo que Godoy paró
magistralmente, y yéndosele al bulto lo derribó de una puñalada
en medio del pecho. El otro indio saltó a caballo y huyó;
pero Godoy, montando en el del muerto y echando mano a la
lanza que este había soltado al caer, se puso en persecución
del fugitivo. Ya lo alcanzaba y lo levantaba en la chuza,
cuando se acordó de la prima que estaba ofrecida a quien
capturase un bombero. Desató las boleadoras de avestruz y
revoleándolas asestó al indio un golpe formidable en la
cabeza. Abrió los brazos el pampa y cayó al suelo. Godoy
se le fue encima y antes de que volviese en si le ató
fuertemente los brazos a la espalda.
Poco a poco fue el salvaje recuperando el sentido; y,
cuando vio el cabo que podría montar a caballo lo ayudó a
subir y lo echo por delante. En un momento al fortín, y
empezó el interrogatorio.
Al principio el indio no entendía una palabra; pero
cuando Godoy le hubo pasado el lomo del cuchillo por la
garganta, se le desató la lengua. Era un pampa que había
estado largos años en la tribu de Coliqueo y conocía
perfectamente el idioma del cristiano.
Ahora formaba parte de la invasión que estaba adentro
de la línea de fortines, y con su desgraciado compañero,
tenían encargo de señalar rumbo al malón.
Ahí no más, sin acordarse ya de que en el fortín se
carecía de provisiones para el almuerzo, ensilló Godoy los
tres mejores caballos de su tropilla, y haciéndose acompañar
de un soldado, se puso en marcha con el indio para Trenque
Lauquen.
A mediodía llegó al campamento y se presentó al
coronel quien, inmediatamente y después de hablar con el
prisionero desprendió al capitán Morosini al mando de
cincuenta hombres con la orden de emboscarse en unas lagunas
que estaban a cinco o seis leguas a la derecha y al frente
del fortín Dos de Línea.
Cuando llegó la noche se hicieron quemazones
indicando a los indios el rumbo que debían seguir para caer
en manos de las tropas nacionales. Y así sucedió.
Los malones hallaron sin vigilancia el espacio entre
el fortín Dos y el siguiente; y a la madrugada salvaron la
zanja con todo su arreo consistente en cuatrocientas cabezas
de ganado yeguarizo.
Cuando iban a llegar a la laguna en donde estaba
oculto Morosini, este salió de su escondite de improviso y
tomando de sorpresa a los salvajes, les infligió un castigo
duro y sangriento. Dejaron en el campo veinte indios
muertos, y, abandonando las armas y todo el arreo, buscaron
en la fuga su salvación.
XI
Una mañana se tuvo
conocimiento de que una gruesa columna de salvajes que había
penetrado por la frontera sur de Santa Fe se retiraba con
bastante arreo, en dirección a la comandancia La Madrid,
extrema derecha de nuestras líneas de fortines.
Inmediatamente se arriaron las caballadas; y un par de
horas después de llegado el chasqui, portador del anuncio,
estaban en marcha el Regimiento 3 de Caballería en busca
del malón.
Había que andar, para situarnos a la altura de La
Madrid, un trayecto de quince a veinte leguas, y antes de
amanecer el día siguiente nos hallábamos acampados en el
punto elegido por el coronel Villegas para operar de acuerdo
con las circunstancias. Se desprendieron descubiertas en
todas direcciones con la consigna de alejarse cuatro o cinco
leguas del campamento, y una vez que se hubo establecido el
más completo servicio de seguridad, se soltaron los
caballos de marcha para que pastaran, dejando solamente
atados aquellos que podrían necesitarse en un caso de
alarma o de apuro.
Trascurrió el día sin observarse novedad. La pampa
se extendía en torno nuestro, dilatada y silenciosa, sin
que de su seno gigante se escapara otro rumor que el del
viento al filtrarse a través de los altos pajonales.
Cerca de las cuatro de la tarde regresaron las
descubiertas sin haber observado indicio alguno que les
llamara la atención. Era evidente que los indios habían
cambiado de rumbo, o acaso las noticias que se transmitieron
a Trenque Lauquen no fueron exactas. Sin embargo, era
preciso esperar a que se rectificaran los primeros partes,
sin perjuicio de extender lo más lejos posible nuestra observación.
Al entrarse el sol, uno de los vigías creyó
distinguir en el confín del horizonte algo así como un
ligero celaje que bien podía ser polvareda levantada por
algún jinete, o vapor desprendido de cualquier laguna o
pantano. El cabo de servicio, experimentado hombre de campo,
observó lo que el centinela descubriera, y apenas fijó la
vista un momento en el campo exclamó:
-Eso es humo.
Y seguro de no alarmar en falso, transmitió el dato a
sus superiores.
Momentos después estábamos a caballo y en marcha hacía
la quemazón.
Ya no había duda. Las descubiertas de los indios señalaban,
como de costumbre, a sus compañeros, la dirección que debían
seguir para atravesar la línea.
Al cerrar la noche recibimos orden de trabar las
anillas de los sables para que no hicieran ruido, se
prohibieron las conversaciones y se nos previno que sería
severamente castigado el individuo que se permitiera fumar o
encender fósforos.
Y mudos, atentos, hundida la mirada en las tinieblas,
desfilábamos con los caballos de reserva de tiro listos
para saltar en ellos a la primera señal.
Nuestra vanguardia se había adelantado lo suficiente
para evitarnos toda sorpresa, y los flanqueadores se
alejaban hacia los costados envolviendo a la columna dentro
de una malla sutil, pero segura e impenetrable.
Así anduvimos hasta pasada medianoche. Nos habíamos
acercado bastante a la quemazón que corría en nuestro
rumbo impulsada por ligero vientecillo, y aprovechando el
abrigo de una cañada hicimos alto. Con el caballo de la
rienda nos tiramos en el suelo, ávidos de aprovechar
aquellos momentos de descanso, despuntando un poco el sueño
que habría sido largo y profundo, de tal manera estábamos
todos rendidos de fatiga, si de pronto, no se mandara
ensillar los de reserva. Una de las avanzadas había sentido
a lo lejos el relincho de un caballo, y era seguro que teníamos
encima a la indiada.
El baile iba a empezar. Una vez listo el regimiento,
el mayor Sosa organizó tres partidas, que debían operar
independientes, designando un cuarto grupo para el cuidado
de las caballadas de marcha. En este grupo, que si no estaba
llamado a ser el más glorioso, era el indicado para servir
de punto de reunión a los demás me hicieron quedar a mí.
Por lo visto, no era tenido en cuenta para las grandes
empresas, o mejor dicho, para las empresas arriesgadas, y si
algo pudo consolarme fue el
recuerdo de una célebre frase
del sargento Acevedo:
" Por haber disparado en Cepeda, lo ascendieron y
por hacer la pata ancha en Pavón no lo hicieron nada".
¡Quién sabe si por quedarme yo en un puesto pasivo y
de casi absoluta inutilidad, no conseguía el galón de alférez
sobre el campo de batalla!
Pero sigamos.
Las partidas de combate se separaron en diferentes
fracciones, y nosotros, sin descuidar el servicio de
vigilancia que las circunstancias imponían, continuamos
el sueño interrumpido. Empezaba a aclarar. En el oriente,
un resplandor rojizo anunciaba el despertar del sol. Todo
revivía y se alegraba en el campo a medida que la noche
recogía sus negros crespones para dar paso a la radiante
claridad que iba bañando la pampa.
Los centinelas que teníamos encima de los médanos señalaron
hacía la derecha una gruesa nube de polvo.
¿Era aquello señal de paso de tropas nuestras, o
acaso el malón que venía en marcha?
De todas maneras, la nube engrosaba y se acercaba rápidamente
en dirección adonde estábamos. El sargento, a cuyo cargo
habíamos quedado, nos hizo levantar y prepararnos. aquello
era la indiada, y por lo visto, el camino sobre el cual estábamos
era el que había elegido para retirarse. Se agruparon los
caballos; en el centro del cañadón, se destinaron diez
hombres para impedir que se desparramaran y los veinte
restantes nos adelantamos a esperar la invasión.
-¿Cuantos eran los indios?
Se lo pregunté al sargento Duarte -nuestro jefe en
aquella emergencia- pero el muy bruto, rajándome con la
mirada, me dijo:
-Sepa, cadete, que esa pregunta se contesta con un
hachazo. Si no fuera usted lo que es, no quedaría para
preguntar dos veces.
Y agregó :
-Póngase aquí a mi lado, y mucho ojo.
Los indios se destacaban ya claramente. Me pareció
que teníamos al frente todo un bosque de lanzas: de tal
manera veía multiplicadas las relucientes moharras que
chispeaban al quebrarse en ellas los rayos del sol.
Nos separaría de los indios una distancia no mayor de
quinientos metros, cuando los vimos hacer alto y
desprenderse del grupo a dos jinetes que se adelantaron a
descubrir el cañadón en que nos ocultábamos con nuestros
caballos. Venían al galope, quizá confiados en que no
hallarían novedad, cuando de pronto sujetaron los caballos
cual si una mano misteriosa los hubiese transformado en
estatuas de mármol.
Habían visto la silueta mal oculta de uno de nuestros
soldados, y sospechando la presencia de mucha gente.
Entonces se retiraron, revolearon los ponchos avisando a los
compañeros, y abríéndose campo afuera intentaron rodear
los médanos para descubrir mejor.
El sargento Duarte comprendió la maniobra y, resuelto
a llevar el ataque con sus veinte individuos, gritó:
-¡Firmes!... ¡Apunten!... ¡Fuego!...
Sonó una descarga, y aún no se había disipado el
humo de los disparos que ya estábamos a caballo cargando al
enemigo.
Los indios eran pocos por fortuna. Un grupo de
cincuenta mocetones con cuatrocientas yeguas de arreo.
No esperaron el choque. Dieron media vuelta y, sin
ocuparse del robo, huyeron a toda brida atronando el espacio
con sus alaridos.
La partida nuestra se dispersó en la carga, siguiendo
a los fugitivos grupos aislados de milicos, algunos de los
cuales no habían de volver.
Los que estábamos peor montados o que éramos peores
jinetes perdimos bien pronto de vista a perseguidores y
perseguidos, y reuniéndonos con el sargento Duarte, después
de un par de horas de galopes y de carreras en busca de
rumbo, volvimos al lugar en que habían quedado nuestros
caballos. En el momento de cargar éramos veinte. Regresamos
solo catorce. Los seis soldados restantes no tardarían en
juntársenos; acaso ya vendrían en retirada convencidos de
que era imposible dar alcance a un enemigo ágil, dueño de
soberbios caballos y que, cuando le convenía, se diluía más
que se dispersaba en el desierto.
La correría detrás de los indios, y sobre todo, la
circunstancia de estar en ayunas hacía más de doce horas,
nos había despertado un apetito feroz.
Nos hallábamos, era cierto, en contacto con el
enemigo; pero esto no era causa bastante para castigar el
estómago. Desgraciadamente nadie tenia, en materia de
provisiones, con que matar el hambre de un chingolo.
-Si usted le propusiera al sargento Duarte- me dijo el
cabo Garay- que carneásemos una de las yeguas que acabamos
de quitar, la mejor achura sería para usted.
Y como era yo mismo tan interesado en la propuesta,
sin temerle al responso o al plantón que podía ganarme en
la demanda, me dirigí a la cumbre del médano
desde el cual el sargento escudriñaba el campo en todas
direcciones.
Tan abstraído se hallaba el viejo y viéndome allí,
sin haberme llamado, me preguntó con aspereza:
-¿Que se le ofrece, cadete?
-Nada, sargento -conteste, reservando mi pedido para
mejor ocasión-. Venía a preguntarle si tiene algo que
ordenar.
-Llame al cabo Garay -me dijo y hundió su mirada,
penetrante y dura, en el abismo insondable del desierto.
Cumplí la orden rápidamente, sin hacer caso por el
momento, a los toques agudos de fajina que daba el hambre en
mi estómago, y como volviera con el cabo Garay pude
escuchar, quedándome a prudencial distancia lo que Duarte
quería manifestarle a su inferior.
-Vea , cabo -dijo señalando el lejano horizonte-, fíjese
en aquellos puntos que parecen como que se movieran a lo
lejos. ¿No se le hace que son jinetes?
Garay, que tenía reputación de poseer una vista
incomparable, miró hacía donde el sargento le indicaba y
después de un largo rato de observación repuso:
-Son animales sueltos, sargento.
-Caballos, ¿verdad?
-Sin duda... De ser avestruces no se distinguirían
por la distancia, y además no estarían tan quietos cuando
hace tan poco que han debido pasar por ahí los indios en
disparada. Tal vez sean mancarrones aplastados que va
dejando el malón.
-O quien sabe -repuso el sargento- sino son los
milicos nuestros que vienen rumbeando al campamento.
En ese instante, el cabo Garay, que no dejaba de mirar
hacia los bultos sospechosos, se dio vuelta y dijo al
sargento:
-Aquello es novedad... Algo pasa... ¿No ve el humito
que se levanta como si empezara a quemarse el campo? Y vea,
mire como aparecen jinetes en la loma y como arrean los
caballos que estaban sueltos. No sea el diablo que hayan
cortado a los compañeros. No pudo seguir el cabo
manifestando sus impresiones. Duarte saltó como si lo
hubiera picado una serpiente y rugió:
-¡Eso no más es, cabo! ¡Los indios se han juntado y
han muerto a los milicos que faltan!
Y gritó :
-Arrimen la caballada.
Pocos minutos
después el sargento Duarte, acompañado de cinco soldados,
se dirigía a rienda suelta en dirección al humo.
Antes de salir dijo al cabo Garay:
-Usted se queda con la gente; los indios no han de
volver; pero, si vuelven, defiéndase como pueda y como Dios
le ayude. Yo voy a ver si llego a tiempo. En todo caso avíseme
haciendo humo si algo ocurre.
La distancia que nos separaba de la loma en que se
vieron los jinetes no era menor de una legua. En menos de un
cuarto de hora habría llegado el sargento.
Nosotros quedamos, con las armas en la mano, agrupados
sobre el médano, siguiendo con emoción y con interés
aquel puñado de valientes que, sin pensar en la propia
conservación, acudían en defensa de unos cuantos
camaradas. Vimos como el pequeño grupo se achicaba por la
distancia, como se confundían los jinetes con las
cortaderas que el viento agitaba blandamente. Se vieron
repechar una loma, ya reducidos a un punto obscuro y sin
forma apreciable, a lo menos para mí; y luego... nada.
Las horas transcurrían entretanto, y con ellas la
ansiedad intensa nos invadía.
¿Qué era del sargento Duarte? ¿Cómo no se le veía
aparecer, sobre todo cuando no debía estar muy lejos? ¿Qué
haríamos nosotros si el sargento no regresaba? Ya nadie
pensaba en el almuerzo. La situación era grave y no se
prestaba a distracciones.
Cerca del mediodía divisamos hacía el lado de Santa
Fe una gruesa nube de polvo, y poco después el cabo Garay
constataba la llegada del regimiento.
En efecto. El coronel Villegas, después de haber
batido a un grupo de indios y obligándoles a dejar
alrededor de ochocientos animales vacunos y un centenar de
caballos, venía en busca nuestra.
El cabo Garay se adelantó a recibir al jefe, le dio
cuenta de lo ocurrido; y momentos más tarde la tropa se
hallaba acampada en el mismo punto de donde saliera a la
madrugada.
El coronel desprendió una fuerte partida a órdenes
del teniente Alba en busca del sargento Duarte, se carnearon
dos vacas de las tomadas a los indios y en un instante viéronse
arder treinta o cuarenta fogones, en torno de los cuales la
milicada se había reunido alegre y bulliciosa para el
comentario del día.
Se comió, se durmió la siesta; y ya la tarde
declinaba cuando los centinelas dieron cuenta de que
regresaba la comisión del teniente Alba.
Este oficial, apenas se hubo separado de nosotros,
buscó la rastrillada del sargento Duarte y marchó sobre
ella. A las cuatro o cinco leguas, al descender a un cañadón
encontró a los que iba buscando. Volvían es tos despacio,
al tranco lerdo y cansado de sus cabal gaduras, trayendo
seis cadáveres horriblemente mutilados.
Los seis individuos que se habían cortado por la mañana,
persiguiendo a los salvajes, habían perecido.
-Se conoce -dijo el sargento Duarte al dar cuenta de
su comisión- que después que se alejaron de nosotros, los
indios, al ver que solo eran seguidos por media docena de
soldados, se reunieron y los atacaron.
Había -agregó- en el paraje, donde murieron los
pobres compañeros, huellas de un combate encarnizado y
terrible, pero hemos llegado tarde.
Por la noche velamos los restos de aquellos abnegados
camaradas, víctimas del deber, y al día siguiente
emprendimos la marcha de regreso a Trenque Lauquen. Allí
quedó esa tumba, apenas señalada por una cruz hecha con
dos pedazos de lanza, que el viento derribaría apenas
soplase con fuerza, y en cuanto a los muertos todo quedaría
liquidado así que se hiciera las listas de revista del mes
próximo. Mas triste que el desierto en que los abandonábamos,
fue la nota con que los despedimos del regimiento, al pie de
las planillas, con los mismos términos que se empleaban
para dar de baja al ganado que arrebataba la epizootia, los
eliminamos de la revista: "Con esta fecha se da de baja
a los soldados fulano y zutano, muertos por los
indios".
Nos había llamado la atención que antes de salir
Duarte en busca de los desgraciados compañeros que faltaban,
hubiésemos visto a los salvajes tan cerca de nosotros,
mientras los cadáveres de aquellos se encontraron a más de
seis leguas. Seguramente la indiada, después de la matanza
que acababa de hacer, y suponiendo que éramos pocos,
regresaba con el propósito de darnos un golpe, o de
provocar una persecución que podría facilitarles nuevas víctimas.
¿Por que vaciló en atacarnos o por qué no esperó
al pequeño grupo de Duarte?
No sería fácil que sus bomberos hubiesen descubierto
la fuerza de Villegas que volvía, y entonces lo más práctico
era escapar con tiempo. Además, esta partida de salvajes
debía sentirse inquieta ignorando la suerte de los demás
compañeros, que supondría batidos, o en salvo fuera de la
zanja.
XII
Era inútil que los
comandantes de frontera multiplicasen las órdenes generales
recomendando a la tropa que no se dispersara en las
persecuciones; más inútil era todavía amenazar a los
infractores con el más severo castigo.
Los primeros en olvidar la recomendación eran los
mismos jefes que la hacían. Así murió el temerario
Undabarrena; y así hubo de morir poco después el General
Villegas.
Aquellos hombres, desde el primero hasta el último
-desde el coronel hasta el más infeliz de los milicos- habían
perdido el instinto de conservación. El campo se les hacía
orégano y, pensaban que no había en el mundo nada capaz de
resistir al empuje de sus brazos ni al filo de sus sables.
Era raro el combate con los indios en que no se
registrara alguna victima por temeridad y eso, en lugar de
valer como ejemplo, servía antes bien, al parecer, de estímulo.
A principios del
año 1877 fue desprendido desde ltaló el teniente coronel
Saturnino Undabarrena, al mando de una fuerte partida, en
busca de una invasión cuya salida era esperada.
El heroico oficial descubrió a la indiada en momentos
de cruzar la línea y se le fue encima. Los indios huyeron
llevándose el arreo, y el comandante Undabarrena, sin mirar
si era o no seguido por su tropa en orden, se lanzó en
persecución del enemigo. Este siguió en masa largo trecho
y, más previsor que su adversario, al apercibirse de que
las tropas, mal montadas, iban desgranándose y quedando
rezagadas, se dispersó para que los soldados, a su vez,
hicieran lo propio.
Y así ocurrió. La pequeña tropa que seguía a la
par del comandante se fraccionó en débiles grupos, que se
fueron alejando unos de otros hasta perderse de vista.
Los indios, que esperaban esta ocasión, abandonaron
parte del arreo, se distanciaron de sus perseguidores y
concentrándose cayeron sobre el jefe de la fuerza a quien sólo
seguían dos oficiales y seis o siete soldados.
El resultado del combate no era dudoso.
Undabarrena y sus compañeros se batieron como leones;
pero vencidos por el número no tardaron en sucumbir. Cuando
llegó la columna de los rezagados que había reunido el capitán
Reguera, sólo encontraron un montón de cadáveres hechos
pedazos.
Con motivo de esta sangrienta tragedia el ministro de
Guerra ordenó a los jefes de frontera, nuevamente que
prohibieran y castigasen del modo más severo las acciones
temerarias que conducían, sin provecho alguno, a la pérdida
de vidas preciosas; pero eso era predicar en el desierto.
El que no era heroico en grado extraordinario, el que
no hacía alarde de bravura en esa guerra, no merecía
llevar galones.
Y así rivalizaban en locura de valor Villegas,
Maldonado, Freyre, Godoy, Victoriano Rodríguez... infinidad
de jefes y oficiales cuyos nombres necesitarían un libro
entero para ser consignados sin omisión.
Y así como los jefes eran valientes hasta lo fantástico,
así los oficiales y la tropa los imitaban.
El año l878 se dieron a los cuerpos de caballería, a
título de ensayo -o, como lo decía la nota ministerial,
para batirse con ventaja- unas corazas de cuero que,
realmente, eran impenetrables a la moharra de las lanzas.
Los milicos recibieron con desgano la famosa armadura;
pero obligados a usarla, no tuvieron más que hacer.
Por esos días realizamos una expedición a los toldos
de Pincén, y después de arrebatar algunos prisioneros y de
tomar algún ganado acampamos en Malal para que descansaran
las cabalgaduras.
Estando allí fuimos atacados por los indios y
obligados a desprender guerrillas que protegieran nuestra
columna.
En una de esas guerrillas iba un soldado que había
manifestado el deseo de probar la coraza haciéndose lancear
en la primera ocasión. Y como ésta se le presentaba en
Malal no quiso desperdiciarla.
Diciendo a gritos que el caballo mordía el freno, se
apartó de las filas, a media rienda, en dirección a un
grupo de indios, encima de los cuales consiguió dar vuelta
a su mancarrón. Los salvajes, al ver a este individuo tan
cerca de ellos, lo corrieron y lo alcanzaron.
El soldado, que llevaba el sable en la mano, ni
siquiera hacía ademán de parar las lanzadas que,
afortunadamente, no conseguían atravesar la coraza.
De pronto uno de los indios, viendo que ese hombre era
invulnerable en el cuerpo desató las boleadoras y aplicándole
con ellas un golpe feroz en la cabeza lo derribó. Y lo
hubieran ultimado allí mismo si en ese momento no acudiese,
en su protección, la guerrilla de que formaba parte y que
mandaba el capitán Morosini.
Supo esa misma noche el coronel Villegas que la
disparada del caballo fuera un pretexto del soldado para
hacer lo que hizo y mandó que lo castigaran poniéndolo,
cuando acampásemos, media hora en el cepo de campaña. pero
tres días después en Trenque Lauquen lo ascendió a cabo
primero.
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"La Guerra al Malón"

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