XIII
El
17 de octubre de 1877 los soldados María Saldaña,
Eustaquio Verón, Vicente Peralta y Francisco Ledesma
que habían sido destacados en función del servicio,
consumaron deserción, llevándose los caballos, las
armas y el equipo. Después de entrarse el sol fue
desprendido, en persecución de aquellos desertores, el
capitán Morosini, al frente de una partida liviana y
bien montada con la cual marchó a rumbo toda la noche.
Al aclarar estuvo sobre el rastro de los fugitivos, no
tardando en alcanzarlos. Al ver estos que no podían
escapar, echaron pie a tierra a orillas de una pequeña
laguna y se dispusieron a la resistencia. De una y otra
parte se rompió el fuego, sosteniéndose encarnizado y
tenaz por más de una hora.
Saldaña, que animaba a sus compañeros con la voz
y con el ejemplo, cayó el primero, herido de un balazo
en la frente. Los demás siguieron batiéndose, hasta
que agotadas las municiones, no tuvieron más remedio
que dejarse prender.
Llegaron al campamento a eso de las cuatro de la
tarde y apenas entregados a la guardia de prevención en
calidad de presos, se reunió el consejo de guerra
verbal que había de juzgarlos.
Comparecieron los tres milicos ante el tribunal,
resignados y serenos. Se habían desertado, dijeron,
porque cumplidos hacía largo tiempo sus compromisos
querían volver a sus pagos.
Fue todo.
El consejo mandó retirar a los acusados, deliberó
breves instantes, y haciéndoles comparecer nuevamente
pronunció la sentencia. Uno de los tres sería pasado
por las armas; los otros dos condenados a presidio.
La aplicación de las penas sería por sorteo.
Dentro de una caja de guerra echaron tres cédulas
cuidadosamente dobladas. Dos eran blancas: la vida; la
otra negra: el banquillo.
Se adelantó Peralta y metiendo la mano dentro de
la caja extrajo una de las cédulas: blanca. El hombre
respiró con toda la fuerza de sus pulmones, miró a los
jueces con asombro y fue a sentarse tambaleando. Le toca
el turno a Ledesma. Hizo un esfuerzo para acercarse a la
mesa fatal y se vio desfallecer. El individuo temblaba.
-Siga no más, compañero -le dijo mansamente Verón-,
saque sin miedo, que la negra es para mí.
El tribunal impuso silencio. Todos estábamos
emocionados. Llegó Ledesma, extrajo su cédula...
blanca también.
Entonces se levantó Eustaquio Verón, y sin que
en su rostro ni en su porte se observase la menor
impresión, tomó la cédula que había quedado: la
muerte.
Fueron llevados los reos. Ledesma y Peralta, al
calabozo; Verón a la capilla que se había preparado
mientras el consejo funcionaba. Debía ser fusilado al día
siguiente a las ocho de la mañana.
En el centro del cuartel, iluminada por unas
cuantas velas de sebo, se destacaba triste y sombría la
carpa en donde el pobre milico iba a pasar las últimas
horas de aquella existencia amarga que no tuviera para
él, desde la cuna al sepulcro, un solo instante de
placer ni alegría. Destinado -sepa Dios por que herejía
de algún comandante militar de Santiago del Estero-
servía en el regimiento desde largos años atrás, sin
lograr, como era entonces de práctica, que lo
licenciaran al cumplir.
Aquellas épocas eran duras para el infeliz
condenado al servicio. Llegaba con fama de bandido, casi
siempre; y, en consecuencia, era tratado como pillo.
Algunos se aquerenciaban y vivían contentos y
felices conceptuando que para ellos el mundo era el
cuartel, y la familia el escuadrón. Se divertían
corriendo avestruces y boleando gamas- y se deleitaban
saqueando una toldería o entreverándose a sable
limpio, con un malón. Otros, más indomables o menos
filosóficos, tomaban la cuestión por el lado trágico,
y en la primera oportunidad desertaban.
De estos, muchos conseguían escapar y libertarse.
Los demás eran aprehendidos; y entonces les
esperaban las estacas y el recargo, o, como al
desgraciado Verón, la muerte.
El pobre condenado demostró en sus postreros
momentos un valor asombroso y una palma heroica y
admirable.
Cuando lo visitó en la capilla el jefe interino
del regimiento, mayor Germán Sosa, para preguntarle si
tenía algún deseo o se le ocurría alguna recomendación
se levantó rápidamente, a pesar de la incomodidad que
le causaban los grillos, se cuadró y se llevó la mano
a la visera del kepi para saludar militarmente.
Sentándose luego, por indicación del jefe,
manifestó que no deseaba nada. Ya el proveedor, señor
José María
Flores, le había llevado un atado de cigarrillos
negros, y ya los compañeros le habían agasajado
cumplidamente llenándolo de mates, cebados "como
para levantar a un muerto". En cuanto a
recomendaciones, tenía que hacer una.
En Santiago del Estero debía existir su anciana
madre. Rogaba que le hiciesen saber su suerte, a fin que
la viejita no lo estuviese aguardando al ñudo y
gastando en velas por su regreso.
Al despedirse el mayor Sosa, encargándole que
tuviese coraje y se portara como soldado del 3º,
contestó sin afectación, tranquilo y seguro de su
valor.
-Pierda cuidado, mi mayor. Ni sentado en el
banquillo ha de tener que reprender por flojo a su
soldado Verón.
La ejecución de este infeliz había sido fijada
para las ocho de la mañana, de modo que cuando se tocó
la diana en el campamento se le despertó para que se
preparase.
El hombre había dormido profundamente, de un solo
tirón y hasta había soñado que se encontraba batiéndose
en los toldos con una indiada formidable.
El coronel Villegas, cortado del grueso del
regimiento peleaba solo contra un grupo de indios que lo
tenían medio loco a lanzazos. Ya perdía pie, de puro
cansado se le caía el sable de la mano, cuando él, Verón,
llegando de improviso a todo lo que daba su flete, hacía
un desparramo de bárbaros y ofreciendo el anca de su
caballo al jefe le decía: "Monte no más, mi
coronel". Y, en seguida, coronel y milico, saltando
sobre la horda sorprendida y asustada, ganaban la pampa,
libres, salvos los dos, cubiertos ambos con el mismo
gajo de laurel que habían conquistado en el combate.
Luego, al llegar a las filas del cuerpo que ya lloraba
perdido a su gran caudillo, los ecos del clarín que
celebraban la victoria le crispaban los nervios de
entusiasmo; y cuando el jefe le pegaba en la manga derecha
los galones de cabo, no pudiendo resistir, caía
desmayado...
Abrió los ojos, como si volviera de un mundo
extraño y desconocido, y al sentir la pupila herida por
el reflejo de las velas de sebo que ardían en la
capilla, comprendió que despertaba para morir. Se
levantó lentamente, y dirigiéndose al oficial de
guardia, juzgando que la hora había llegado, dijo
suavemente.
-A la orden, mi alférez.
-Aún no es tiempo, Verón -repuso el oficial
conmovido-. Siéntese, y tenga esperanza. El coronel
-usted sabe cómo es de bueno- puede todavía perdonarle
la vida. Entretanto, ¿que desea usted que le sirvan?
El soldado fijó la vista en su oficial. Mas que
angustia reflejaba ironía la mirada. Bien sabía que
estaba en la manos de su jefe prolongar aquel pucho de
existencia que le habían dejado cuarenta años de
amarguras; pero, ¿acaso se perdonaba a los desertores?
¿ No existía un bando terrible y no se había
ejecutado poco antes a otro soldado del 2º de Infantería
por el mismo delito?
Y después de todo, ¿qué era morir?
¿No se moría todos los días en aquel infierno
del campamento, colgado del palo por la infracción más
insignificante, descoyuntado en las estacas por el menor
olvido, deshecho en las carretas de baquetas por falta
de una lista? ¿ No se moría todas las horas, de vergüenza
y de dolor cuando cualquier mocosuelo, por el sólo hecho
de ser oficial o clase dragoneante, lo agarraba a palos
o a sopapos a un hombre como él, a quien le sobraban
coraje y alientos de macho para dar y prestar?
La muerte impone a los maulas; a los que han
nacido varones les sonríe y hasta los hace aparceros.
Había jugado toda su plata a una carta y la perdía...
¡Paciencia y aguantar! No todas eran flores en el jardín,
ni todos los hombres nacían para obispos; en cambio
ninguno había de quedar para semilla...
- No deseaba gran cosa: unos mates para entonar el
estómago y un cigarrillo para pasar el tiempo.
De pronto, oyéronse grandes voces en la guardia
de prevención; los soldados corrían de un lado para
otro, sacando las monturas de las carpas; los sargentos
volaban con rumbo a la mayoría; los oficiales iban y
venían, del cuartel a la comandancia; circuló un rumor
terrible, atroz, que daba miedo. . .
¡ Los indios nos habían robado íntegra la
caballada blanca!... ¡ La reserva y la fama del
Regimiento 3º de Caballería de línea! ¡Su honor
también!
XIV
Al
terminar la campaña de 1874, las tropas que se hallaban
en Junín, y que procedían de los diversos campamentos
avanzados de la frontera, se repartieron las numerosas
caballadas que había recolectado la revolución en su
marcha a través de la provincia de Buenos Aires.
El coronel Villegas, que sabía que el dominio
sobre el bárbaro solo podía alcanzarse superándolo en
elementos de movilidad, aprovechó la coyuntura para dar
a su regimiento el mayor número posible de caballos.
Reunió, para su cuerpo, más de seis mil animales
de silla; y, luego, seleccionado lo mejor de lo más
bueno, formó un grupo de seiscientos caballos blancos,
tordillos o bayos claros, destinados a servir de reserva
o para el combate.
Y aquella masa que de lejos parecía una bandada
misteriosa de fantasmas, llegó a obtener renombre en la
frontera. Los blancos de Villegas infundían terror en
el aduar del salvaje; y no hubo malón que se atreviese
a desafiar la rapidez y el aguante de aquellos fletes
insuperables. Cuando el "3º de fierro" se
enhorquetaba en su reserva parecía una tropa de titanes
volando en alas del huracán. Y al soplo gigantesco de
aquella tromba las indiadas huían despavoridas,
abandonando sin combate, sin amago de resistencia
siquiera, el robo y los cautivos que llevaban.
¡Qué regimiento era el 3º, Dios mío! ¡Y qué
pedazo de jefe el coronel que lo mandaba!
Los blancos pasaban mejor vida que el milico: Si
hacía mucho frío y no había mantas, el soldado tenía
la obligación de quedarse muy en cuerpo para tapar con
el poncho a su caballo. Podría faltar, como faltaba
seguido, galleta para la tropa; pero los mancarrones no
carecían de forraje aunque hubiese que ir a buscarlo en
la luna. Así estaban siempre gordos, lustrosos,
cuidados y atendidos como no lo estaban los mismos
oficiales de la división.
Después de terminado el consejo de guerra que había
condenado a Verón, el comandante dispuso que la
caballada blanca se tuviera durante la noche en un
corral que había a pocas cuadras del campamento, a fin
de que al día siguiente formase el regimiento en la
ejecución. En la puerta del corral colocó una guardia
de ocho soldados al mando del sargento Francisco
Carranza.
La noche pasó tranquila, serena, sin una alarma,
sin un indicio que pudiera acusar la menor sospecha de
peligro. Al toque de diana los soldados de Carranza se
despertaron y apenas aclaró vieron con terrible asombro
que la caballada no estaba en el corral.
¿Qué diablos era aquello? ¿Cómo habían salido
los caballos? ¿Quién los había sacado?
En el fondo del corral, la zanja estaba borrada; y
por aquel portillo, la caballada perfectamente
amadrinada había salido sin ruido, dejando burlados a
sus cuidadores.
La rastrillada iba allí no más, en dirección al
desierto, y se veía claramente que la arreaban unos
cuantos jinetes, cuyas lanzas al arrastrarse en el
terreno sin pasto dejaban impresa su huella conocida. No
había dudas: los indios habían realizado un golpe
maestro, jugando a los milicos de Villegas una partida
soberbia.
El sargento Carranza, en cuanto se convenció de
su desgracia, se dirigió sin vacilar a la comandancia
para dar cuenta de lo ocurrido.
Sabía el viejo veterano que aquel descuido podía
costarle la vida y, disciplinado hasta lo sublime, quiso
afrontar todo el riesgo antes de agregar a su falta el
crimen de deserción.
Villegas salía de su rancho en el momento preciso
en que llegaba a él Carranza.
-¿Que hay de nuevo sargento? -preguntóle el
Coronel.
-Ocurre, señor
-repuso el milico cuadrándose rígidamente- que los
indios me han llevado, durante la noche la caballada
blanca.
-¿Que dice usted? -gritó Villegas echando mano a
la cintura en busca del revolver.
-Que los indios se llevaron los blancos.
-¿Y cómo se ha salvado usted?
-Nos hemos salvado todos porque no hemos sentido
nada.
El coronel miró largo rato al sargento sin
despegar los labios. ¿Qué sentencia estaría elaborándose
en aquel cerebro?, ¿qué sentimientos, qué impresiones
agitarían aquel espíritu?
El sargento, pálido, pero rígido y estoico,
aguardaba.
De repente, el coronel, con suave acento, casi
amistoso, le dijo al sargento:
-Vaya a llamar al mayor Sosa.
El mayor Germán Sosa -valiente y cultísimo
oficial- era el segundo jefe del 3º de caballería,
cuyo mando desempeñaba accidentalmente por ocupar el
coronel la jefatura de la frontera.
Cuando el sargento le manifestó lo que ocurría y
agregó que el coronel lo llamaba, supuso que recibiría
la orden de fusilar sin más tramite al viejo veterano
que tenía allí delante, y como se trataba de un
servidor lleno de méritos y de gloria; como se trataba
de un soldado lleno de servicios y de campañas, no pudo
contener una lágrima de pena. Secóse los ojos con el
revés de la mano y seguido del pobre Carranza se dirigió
al alojamiento del coronel.
Villegas se paseaba un tanto nervioso e inquieto
delante de su rancho. Cuando vio llegar a su segundo se
detuvo y le dijo:
-Mayor: esta buena pieza se ha dejado robar los
blancos. Dentro de una hora tendrá usted aquí la
caballada que viene del fortín Farias. Apronte
cincuenta hombres del regimiento para que vayan en busca
de nuestros caballos. En cuanto a éste, agregó mirando
al sargento y haciendo una pausa espantosa, lo lleva con
usted; y, si no borra la falta que ha cometido, conduciéndose
como debe, le hace pegar cuatro tiros por la espalda -y
añadió-: dentro de media hora estará formada la
división para que se cumpla la sentencia del consejo de
guerra.
Así fue. A las seis de la mañana estábamos en
cuadro en las afueras del campamento, y minutos más
tarde el infeliz Verón pagaba con su vida el tributo de
sangre impuesto por las ordenanzas militares.
Cuando el pobre reo llegó al cuadro, después de
escuchar arrodillado al pie de la bandera, la última
lectura de la fatal sentencia, se levantó sereno,
tranquilo y mirando a sus compañeros de tantos años de
peligros y de fatigas, exclamó:
-¡Viva la patria!
Marchó al lugar del suplicio y una descarga selló
el acto.
La vindicta militar quedaba satisfecha.
XV
Apenas
de vuelta en el cuartel -téngase presente que dábamos
este nombre a un recinto cercado de tierra apisonada y
dentro del cual se veían alineadas algunas carpas que
servían de alojamiento a los oficiales y a las clases-
se designó la partida que había de marchar en busca de
los blancos.
Éramos cincuenta individuos -incluso los cadetes
Supiche y Villamayor- al mando de los mayores Germán
Sosa y Rafael Solís, del capitán Julio Morosini y de
los tenientes Spikerman y Alba. Se nos dieron unos
pedazos de charque como ración de cuatro días; se nos
completo la dotación de municiones hasta cien tiros por
plaza; y a las ocho de la mañana emprendimos la marcha.
Al pasar por la comandancia hallamos al coronel
Villegas que le dijo -a manera de instrucción y
despedida- al mayor Sosa:
-No vuelvan ustedes sin los caballos.
A mediodía, después de una larga trotada bajo
los rayos de un sol que empezaba a molestar demasiado,
hicimos alto en Mari Lauquen, distante pocas leguas del
campamento, y ya en pleno dominio del salvaje.
Desensillamos, se ataron los caballos de reserva y
nos dispusimos a pasar la siesta, estableciendo
previamente y a respetable distancia un delicado servicio
de seguridad. No olvidaba el mayor Sosa que pocos meses
antes los indios habían tenido seriamente apurada en
aquel mismo paraje a la partida del teniente Maza.
Por fortuna la tarde transcurrió sin novedad; y
ya entrada la noche seguimos nuestro camino con rumbo a
los toldos. A la madrugada pasamos por Sanquilcó, y a
las diez de la mañana divisamos los primeros montes en
las cercanía de Loncomay.
Hicimos alto.
El mayor Sosa llamó aparte a su segundo, Solís,
y le dijo:
-La orden que traigo del coronel es una orden
tremenda que, si por mi parte, no pienso descartar,
tampoco estoy resuelto a cumplir en absoluto.
"Seguir adelante con este grupo de soldados
es condenar a todos a una muerte sin gloria y sin
provecho.
"Hace falta el sacrificio de una vida, y esta
vida no puede ser sino la mía.
"Vamos a establecer nuestro campamento en ese
bajo que se divisa allá cerca. Durante la noche me
ausentaré con el sargento Carranza; y ambos iremos
hasta donde nos encuentre algún malón al cual le
venderemos la existencia, tan cara como nos lo permita
nuestro valor y nuestras fuerzas. Mañana se apercibirá
usted de mi ausencia, desprenderá descubiertas en mi
busca, y cuando vuelvan sin haberme encontrado, regresará
usted al campamento conforme a las instrucciones
terminantes que hallará escritas y firmadas dentro de
mi valijín.
-Pero mayor, repuso el noble viejo Solís,
conmovido hasta las lágrimas por aquel sublime rasgo de
abnegación- yo no puedo consentir que realice usted ese
proyecto. En todo caso iremos juntos; y si está de Dios
que aquí concluyan nuestras penas, que nos encuentren
juntos en la muerte, así como nos han visto ligados en
la vida. . .
-De ninguna manera, interrumpió Sosa vivamente.
Lo dicho, dicho está. Yo mando; usted obedece. Ni
una palabra más.
-Ahora -agregó- adelántese usted con el cabo
Pardinas y reconozca ese bajo y ese monte a ver si
podemos encontrar en él pasto para los caballos y
seguridad para la tropa.
Mientras duró la conversación de nuestros jefes,
nosotros permanecíamos en nuestra formación de marcha,
esperando a que se nos mandara seguir.
Vimos alejarse al mayor Solís, acompañado de
Pardinas y sospechamos que iría en busca de lugar para
acampar.
Transcurrió poco más de medía hora.
De pronto vimos al cabo Pardinas que se dirigía
hacia nosotros a medía rienda, revoleando en alto, y
como llamándonos, un gran pañuelo.
Vio la señal el mayor Sosa y corrió al encuentro
del milico.
¿ Qué pasaba?
En aquel monte había unos toldos. Y en el bajo de
la laguna nuestros blancos y además una caballada grandísima
que pastaba tranquilamente y sin cuidado alguno. El
mayor Solís había quedado en observación.
-¿Y los indios? -preguntó el mayor.
-Deben estar durmiendo y confiados, señor -repuso
el cabo-. Solo hemos divisado cerca de un toldo un
caballo blanco de los nuestros atados en el palenque.
Llevábamos de tiro los caballos de reservas. Los
enfrenamos y saltamos en ellos.
Veinte individuos, guiados por el teniente Alba,
debíamos atropellar al bajo y arrebatar las caballadas.
El resto de la fuerza, con Solís, cargaría sobre
los toldos.
A toda brida nos lanzamos al bajo. Los blancos,
apenas sintieron el ruido de los sables y los gritos de
los soldados, se agruparon y puntearon hacía el camino.
Los demás animales fueron reunidos en un verbo.
Entretanto, nos llegaba del monte el estampido de
las armas, y mezclado a él, alaridos, llantos,
imprecaciones, rumor confuso de golpes, la batahola de
un combate encarnizado, de una matanza salvaje y
espantosa.
Oímos el toque de llamada y, echando por delante
nuestro arreo, marchamos a incorporarnos al grueso de la
fuerza.
Contaré lo que había pasado, en dos palabras.
Una punta de indios audaces -los que habitaban la toldería
que acabábamos de sorprender- resolvieron, en consejo
de valientes, darle un malón al coronel Villegas, a ese
toro que se tenía por inatacable y por invencible, en
sus propios dominios y en medio de su famoso regimiento.
Llegaron al campamento, y viendo en el corral nada menos
que a la celebre caballada blanca apenas custodiada por
un grupo de individuos que dormía confiadamente,
practicaron un portillo en la zanja y echando mano de
las madrinas se hicieron seguir por el resto de los
pingos. Se alejaron del fuerte poco a poco y despacio, y
cuando estuvieron a distancia, rumbearon a la toldería
y ¡hasta luego! La jugada era famosa y el triunfo
descomunal e inesperado.
Fuera de la línea de la zanja se juzgaron en la más
completa seguridad y así que llegaron al toldo ya ni se
preocuparon de que podía alcanzarles la mano, un tanto
pesada, del temible coronel. Tan grande era la confianza
a que se entregaron que ni siquiera divisaron la enorme
polvareda que debíamos levantar en nuestra marcha.
Cuando les caímos encima se encontraban unos durmiendo
a pierna suelta, y otros jugando al naipe como si los
protegiera de todo avance el mismísimo hualicho. Sólo
tenían en aquel momento un caballo atado que, de fijo
pertenecía al tropillero encargado de cuidar las
caballadas. Este bribón de tropillero fue el único que
consiguió escapar, y en verdad que su fuga casi nos
cuesta demasiado cara.
Componían la toldería ochenta y tres indios de
pelea, incluso el fugitivo, y ciento veintinueve de
chusma: mujeres y muchachos.
El mayor Sosa llegó sin ser sentido hasta pocos
pasos de los toldos. Lo vieron demasiado tarde para
escapar y defenderse. En un abrir y cerrar de ojos
estuvieron en el suelo los hombres capaces de tomar las
armas y reducida la chusma.
Cuando llegamos nosotros, los milicos estaban
llenando las maletas con lo que hallaron a mano: frenos,
riendas, estribos de plata; ponchos, matras, cojinillos;
facones, boleadoras, espuelas... todo un bric-a-brac en
el cual no faltaban mates, bombillas, pañuelos de seda,
sombreros de anchas alas, etc.
Terminada la acción en el toldo, el mayor Sosa
dispuso que ensilláramos los caballos tomados a los
indios para emprender inmediatamente la retirada, que se
imponía con tanta mayor urgencia cuanto se divisaba en
una loma el hilo de humo con que el indio escapado pedía
auxilio a las tolderías vecinas.
Veinte hombres salimos adelante con el arreo y las
chinas prisioneras, y el resto de la tropa se puso en
camino escoltándonos prudentemente a distancia.
A las cuatro de la tarde, más o menos, empezamos
a divisar algunos grupos de gentes que venían del lado
de Toay, cuartel general de Nahuel Payun, atraídos por
el aviso que les diera el indio salvado. Comprendiendo
lo que esas apariciones significaban, apuramos la
marcha, sosteniéndola al trote y al galope. La cuestión
era ganar terreno y acercarnos todo lo posible a la
zanja antes de ser batidos por fuerzas considerables en
pleno desierto.
Cerca de la entrada del sol, y cuando divisábamos
los médanos de Potroló, nos alcanzó una fuerte
partida de bárbaros, que avanzaba con la intención
visible de cerrarnos el camino.
Sosa tendió su fuerza en guerrilla y desprendió
sobre el punto amenazado un piquete al mando del capitán
Morosini . Este heroico oficial sostuvo y quebró la
primera carga.
Nahuel Payun en persona -el capitanejo más
valiente de Pincén- nos salía a la cruzada. Reunió
cincuenta o sesenta indios y se precipitó sobre las
caballadas resuelto a dispersarlas. Antes de llegar
tropezó con un grupo que mandaba Sosa, y al pretender
desviarse cayó bajo los sables del pelotón de Morosini.
El espectáculo debía ser magnífico, imponente.
Nosotros huyendo en una nube de polvo, mezcladas mujeres
y caballos, arreando las chinas y los animales, a punta
de lanza, gritando como locos, y allí un poco a la
izquierda, la fuerza de Morosini, entreverada a sable
con el malón, en un infierno de alaridos, en medio del
estruendo de las armas, pretendiendo los unos arrollar
al puñado de bravos que se levantaba como
inquebrantable barrera, entre el furor del bárbaro y la
presa del cristiano; forcejeando los milicos por
contener la horda ciega de ira y sedienta de venganza.
Venció el milico, y mientras el salvaje se reponía
y aguardaba refuerzos, nosotros pudimos rehacernos también
y mudar caballos. La retirada iba a tomar todo el
aspecto de una fuga. Que nadie se apartase del camino.
Las lanzas tomadas a los indios que las llevásemos
nosotros, los del arreo, y orden de matar en ellas al
animal que se cansara. No había que dejar un solo
caballo vivo. ¿Y las indias?
Podían las mujeres y los muchachos seguir nuestra
fuga; podrían mudar caballo como nosotros, sin
detenerse enlazando con el maneador, saltar en pelo y no
entorpecer la marcha?
-¡Lanza a todo lo que se aplaste o se quede!
-gritó Sosa, volviendo al frente de su reserva, y
ordenando al trompa de órdenes que tocase galope.
En ese instante nuestra columna seguía el orden
siguiente : en el camino las caballadas, las prisioneras
y nosotros. Al flanco derecho el teniente Alba con diez
hombres, al izquierdo Morosini, y cubriendo la retaguardia
el mayor Sosa.
Después de entrado el sol, entre dos luces, los
indios volvieron a la carga y fueron nuevamente
rechazados por Sosa. Venía la noche, y ella nos ponía
a cubierto de todo ataque resuelto.
A las doce llegamos a Sanquilcó e hicimos alto.
Nos faltaban cerca de sesenta prisioneros y más de un
centenar de caballos. Se habían cansado en aquella
espantosa correría.
Una hora más tarde, en camino. Al amanecer pasábamos
por Mari Lauquen sin que los indios, que nos perseguían
desde lejos se hubieran atrevido a atacarnos.
Se desprendió al cabo Pardiñas para que fuese al
campamento con la noticia de nuestra vuelta; y a las dos
de la tarde entrábamos en Trenque Lauquen, caballeros
en los blancos que escarceaban estimulados por la
espuela de sus jinetes y pasamos al tranco, alineados
como en el campo de ejercicio, por delante de !a
comandancia en cuya puerta estaba de pie un tanto pálido
de emoción, con el sombrero sobre la nuca, el coronel
Villegas. Hicimos alto, y adelantándose el mayor Sosa
le dijo al coronel:
-Se ha cumplido la orden. Ahí están los blancos
y algunos caballos de los indios. En seguida pasaré a
V. S. el parte detallado.
-Perfectamente -repuso Villegas.
Luego, viniéndose a nuestras filas nos dijo:
-Así me gusta. Se han portado ustedes como
soldados del 3º . Tendrán cuarenta y ocho horas de
permiso, y se les regalará a cada uno un caballo de los
tomados a los indios. En cuanto a las mujeres -agregó
dirigiéndose a Sosa- a ver si quieren vivir con los
milicos. Ninguna rehusó. Y al día siguiente a las
familias del regimiento se incorporaba un nuevo
contingente social.
Desensillamos, soltamos los caballos y a seguir
nuestra vida acostumbrada, de guardias, de fajinas y de
aventuras.
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"La Guerra al Malón"
