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Capítulos XVI a XVIII

XVI

 Hace treinta años éramos ocho compañeros -cadetes en el Regimiento 3º de Caballería- y cabíamos, si no con desahogo, alegremente en un mezquino rancho de adobes, dentro del cual -si tuviera puerta que cerrase- no habría aire suficiente para dos. Hoy, si fuéramos obligados a parar rodeo, no llegaríamos a cinco; y, sin embargo, nos va pareciendo incómodo y pequeño el mundo para vivir. Mirando para atrás se me antoja el rancho aquel -desmantelado y en ruinas- más lleno de encantos que no la abrigada y buena casa en que veo escurrirse los últimos años de esta existencia perra, como los eslabones de una cadena que va cayendo en el abismo. Es que entonces teníamos quince años y albergaban en nuestras almas todos los ideales, y en nuestros corazones todos los afectos y todos los cariños, que el tiempo va reduciendo a escorias o disolviendo en humo.
 Éramos ocho, y cada uno tenía su misión determinada.
 Crobetto, por ejemplo, era el encargado de aumentar las provisiones, hasta hacerlas suficientes, con achuras y sebo.
 Villamayor, cuya gravedad lo habilitaba para el caso, tenía la misión de conseguir legumbres en las chacras, cuyas primeras cosechas llenaban de orgullo y de entusiasmo al coronel Villegas. Cualquier otro cadete que fuera visto en la proximidad de las sementeras habría sido cuidadosamente vigilado por los quinteros, y estoy seguro de que no podría regresar a la vivienda sin ser sometido al más escrupuloso registro. En cambio, Villamayor se paseaba sin despertar sospecha alguna por todas partes y en cualquier momento, simulando que estudiaba su Reglamento de maniobras, pero en realidad esperando la ocasión de caer sobre las hortalizas como Alarico cayera sobre Roma. ¡Y cuantas veces le vimos volver recitando en alta voz la "retirada alternada por medio de escuadrones", rellenas las piernas del pantalón, que la bota apenas con seguía sujetar, con preciosa carga de choclos y de papas!
 Crobetto era otro hombre y otro estilo. Concurría diariamente a la carneada, y para hacerse luz con una riñonada o un asado no tenía rival. Enlazador y jinete incomparable, para ayudar a voltear un animal siempre estaba listo y preparado; pero ¡que no pestañease el ayudante! porque era capaz de alzarse con el matambre antes de sacarle el cuero al novillo.
 Los lunes, por ser día consagrado a las ánimas, eran clásicos para Crobetto. Pasada la retreta, se echaba al hombro una bolsa y... al cementerio. Las mujeres, economizando los pedazos de sebo que conseguían durante la semana, hacían velas, y -¡pobre y buena gente- allá iban a encenderlas sobre las sepulturas sus amigos o maridos muertos.
 Y el travieso cadete, considerando acaso que si una vela no basta para aliviar el alma de ningún difunto, alcanza en ocasiones para dar de comer a un vivo, recogía todos los cabos que hallaba a mano, y volvía cargado de grasa para el celebre banquete de los martes.
 ¡ Qué tiempos aquellos, y sobre todo qué panzadas de guisos y tortas fritas, hechas con el sebo que robábamos a los muertos!
 Sin embargo jamás tuvimos que acudir al doctor Vargas, médico de la división, ni a la vieja Culipín, curandera del regimiento, en demanda de auxilios profesionales para sanar del "miserere".
 Lindando con el solar de nuestro rancho -tapia de por medio- estaba la quinta de monsieur Fanton, el comerciante más rico del campamento. Y como rico y acomodado, monsieur Fanton se daba el lujo de poseer -además de una excelente huerta en la que había hasta frutillas en noviembre- un par de robustas y bien cuidadas lecheras. Nosotros vimos un día aquellas vacas; vimos a madama Fanton ordeñarlas y colmar un balde de apetitosa leche; y ahí no más sobre el pucho, con heroica decisión, resolvimos asociarnos al sibaritismo del vecino.
  Empezamos por trabar amistar con el celoso guardián de la quinta, un formidable barcino, tal vez mestizo -por lo bravo y por lo astuto- de un tigre con una zorra; y, cuando aquella fiera se hubo rendido a nuestros halagos pérfidos, hasta el punto de consentir sin morder que le quitáramos las garrapatas de las orejas, dimos principio a la campaña.
 Con relativa y calculada frecuencia -todas las noches habría sido matar la gallina de los huevos de oro- después que la familia de monsieur Fanton se recogía, Crobetto saltaba la tapia, ordeñaba una de las vacas y le largaba la cría. Por la mañana, madama Fanton se ponía furiosa con el peón a quien culpaba de no atar sólidamente el ternero, y cuando transcurría algún tiempo repetíamos la maniobra.
 Un día cometimos -cometió el pobre Paradelo contra la opinión de la mayoría- la barbaridad de invitar a un compañero del Batallón 2º de Infantería a tomar mate de leche, y la generosidad nos costo cara.
 Creyendo el camarada que nos favorecía y nos honraba, divulgando nuestros lujos, hablo de la invitación, naturalmente exagerando lo del mate y diciendo, por su cuenta, que debíamos disponer de una cremería holandesa. La noticia llegó a los oídos de monsieur Fanton, y cierta noche en que Crobetto volvía al rancho con el balde rebosando blanca espuma, fue detenido y arrestado por orden del coronel.
 A nosotros, como a cómplices del malhechor, se nos dio por alojamiento el cuarto de banderas y por límite del mundo las paredes del cuartel.
 Pero no todo eran travesuras, ni se hacían méritos para el ascenso asaltando las chacras en busca de choclos o repollos ni profanando el sagrado cementerio en requisa de velas para el guiso. También nos tocaba, como decía el sargento Rosas -viejo veterano de la época del coronel Granada- "pitar del paraguayo fuerte".
 Al rayo del sol, en plena siesta de enero, vestidos con uniforme de invierno; o en noches de formidable escarcha, sin otro abrigo que el traje de brin y un poncho roto y sucio, más parecido a criba que a prenda de vestir, se nos veía de eternos centinelas, rígidos como estatuas en las puertas del cuartel, o vagar, ora asfixiados o ateridos, hambrientos, cayéndonos de sueño, en las rondas de caballada. Porque el hecho de ser cadetes y aspirantes a oficial, no nos eximía de ningún servicio ni de ninguna fajina. Allá íbamos de chasqui llevando correspondencia a las líneas de fortines, si el caso se ofrecía, también se nos destinaba para hacer ladrillos o "dar una manito en la construcción de fosos y fortines".
 En las expediciones -y por lo mismo que debía ponerse a prueba nuestra resistencia y nuestro espíritu- nos tocaba bailar con la más fea. Descubiertas, flanqueos, vanguardias, patrullas; vale decir, todo cuanto obligaba a estar eternamente despierto, a caballo, y sin comer, eran funciones del cadete. De esa manera se iba acumulando polvo de oro para transformar en galón de alférez la trencilla de lana que ostentábamos en el kepi.
 En una de esas campañas pasóle a Crobetto una aventura que pinta su carácter, su valor y su espíritu, que por lo mismo que no ha de estar consignada en su legajo personal, cabe en estas reminiscencias, a manera de justiciero recuerdo.
 A las órdenes del mayor Rafael Solís atacamos en Malal los toldos del cacique Pincén; y, como era de práctica, al iniciarse el ataque la columna se dividió en grupos de tres a cuatro hombres, a objeto de abarcar en el menor tiempo posible una mayor extensión poblada. Crobetto se fue acompañado del cabo Toledo, un viejo correntino célebre por su coraje, y de otro soldado más. Así llegaron a un toldo escondido en el monte y se apoderaron de las mujeres y los chicos, así como de las pilchas que encontraron a mano.
 Toledo y el soldado se pusieron en camino -con rumbo al punto en donde el corneta tocaba llamada- mientras Crobetto se quedaba a cinchar el caballo.

 
Se habían perdido de vista los milicos, entre los árboles, cuando de improviso se vio atacado Crobetto por tres indios que, armados de lanza y boleadoras se le fueron encima. Sorprendido el cadete, y no teniendo tiempo para apoderarse de la carabina que llevaba -por viciosa costumbre- atada a los tientos de la montura, echó  mano al sable y se dispuso a vender su vida. En medio de una lucha encarnizada, y aún cuando había conseguido derribar a un indio de una estocada, Crobetto habría sucumbido, si no acierta a llegar, atraído por el ruido y por los gritos, un grupo de soldados que mandaba el teniente Arteaga.
 Pero, si el compañero logró salvar el pellejo, no fue tampoco impunemente. Los indios le habían acribillado las costillas a bolazos, y volvía el pobre muchacho encorvado de dolor. Nos encontramos en el campamento del mayor Solís, y llamándome aparte me pidió que le mirase las espaldas y los costados. Era un Jesús Nazareno, a fuerza de estar lleno de machucones. Se imponía, desde luego, la curación, que estaba a nuestro alcance, consistente en bañar con salmuera las partes magulladas.
 Pero... ¿y la sal?
 Crobetto tenía una poca escondida en el fondo de sus maletas; pero juzgó más a propósito destinarla al asado.
 - Las mataduras -dijo- se curan solas o no se curan con nada, mientras que el churrasco, si no está salado es indigesto y desabrido.
 A las doce del día nos incorporamos al resto de la división en Fotá Lauquen, y esa misma noche Crobetto la pasaba sobre la montura de rondín en las caballadas.
 Una semana después, en Trenque Lauquen, fue necesario operarlo de los tumores que le habían salido a consecuencia de los golpes que recibiera.
 En la expedición a Río Negro, durante aquella formidable inundación que nos tuvo sitiados durante veintitantos días, Crobetto fue la providencia de todos nosotros. El se alejaba a nado a buscar, en los despojos de los caballos ahogados, carne para matar el hambre y grasa para alimentar los fogones. Su achura favorita, el plato de su predilección, era la crinera, porque según
decía, esa parte del animal no se descompone ni suelta mal olor. De ahí el sobrenombre cariñoso con que lo bautizamos de "tata crinera".
 Una mañana -el racionamiento de la tropa se había reducido a un puñado de harina que amasábamos sin sal y cocíamos al rescoldo- el coronel Villegas divisó a lo lejos, un grupo de hacienda vacuna, refugiada en un islote que las aguas, en creciente, amenazaban cubrir.
 Era necesario traer aquel ganado, costase lo que costase, allá fue mandado Crobetto con dos soldados nadadores. Me parece que aun veo a esos valientes salir del campamento en camisa y calzoncillos, descalzos, con una vincha en la cabeza, corriendo alegremente al más estéril de los sacrificios.
 Nos hallábamos a fines de julio, el frío era espantoso, y aquellos infelices eran mandados a perecer ahogados o entumecidos. Vino la noche y los expedicionarios no regresaron. A la mañana siguiente se les vio retornar con una punta de animales; pero, ¡en que estado, Dios mío! Habían dormido en las ramas de los árboles, sin abrigo y sin fuego, reanimándose cuando creían desfallecer, con tragos de caña a la que se había mezclado,  para hacerla más espantosa, jugo de tabaco negro.
 Dos leguas, ida y vuelta, entre el agua escarchada no habían logrado abatir aquellos espíritus ni quebrantar aquellas energías de acero.
 Para llegar al islote era preciso nadar trechos muy largos por encima de algarrobos, y chañares cuyas espinas habían desgarrado en cien mil heridas el cuerpo de Crobetto y de sus compañeros.
 Esta hazaña fue comentada en el campamento; pero veintiséis años más tarde el ex cadete Crobetto tuvo que retirarse con el grado de mayor, mientras que otros más felices, con menos servicios y con no más competencia profesional disfrutan pensiones de coronel... o general.
 "Si no se nace p'al cielo al ñudo es mirar p'arriba".

XVII 

 Con la muerte del doctor Alsina, ocurrida a fines de diciembre de l877, las operaciones en la Pampa cambiaron de carácter.
 El malogrado ministro había llevado la antigua línea de Ancalú y del fuerte Paz hasta Carhué, Guaminí y Trenque Lauquen, y completado esa empresa con la apertura de aquella zanja que se extendía de fuerte Argentino a ltaló. No es de extrañar que el plan de Alsina tendiera, en el fondo, a la defensiva. Nadie, como él, tropezó con mayores dificultades para internarse en el desierto. Lista ya la expedición, estuvo a punto de fracasar, y hubiera fracasado si el heroísmo
de las fuerzas que mandaba Levalle en Paragüil no hubiese roto la soberbia impetuosidad del indio.
 Durante el ministerio de Alsina tuvieron lugar desastres como la sublevación de Catriel y la de Manuel Grande; y luego, cuando las tropas ocuparon Masallé, más de una vez se pensó en la retirada a los viejos acantonamientos.
 La división de Levalle y la de Maldonado, que ocuparon la zona de Carhué y de Puán, antes de establecerse definitivamente, tuvieron que librar combates diarios en los cuales la victoria fue el premio de una audacia y de un valor desesperados.
 Refieren los que tomaron parte en esa campaña que los cuerpos de Maldonado, hostigados incesantemente por la indiada, tenían que formar en batalla y establecer, entre una fila y otra, campo para que los caballos pastasen con seguridad.
 Se comprende, pues, que el doctor Alsina fuera prudente, y que no quisiera comprometer el éxito de su campaña cambiando de método y de táctica.
 Llamado a desempeñar el Ministerio de Guerra el general Roca, este militar, que había estudiado a fondo el problema del desierto, se propuso resolverlo de la manera más rápida y enérgica.
 Mandó, a principios de l878 que las tropas se ocupasen exclusivamente de cuidar las caballadas y de almacenar forrajes, manteniéndose, entretanto, sobre la línea de fortines una extremada vigilancia.
 Ya en noviembre de l874 -y contestando a una consulta del doctor Alsina- había dicho el general Roca: "Los fuertes fijos en medio del desierto matan la disciplina, diezman las tropas y sólo protegen un radio muy limitado. En mi opinión, el mejor fuerte y la mejor muralla para guerrear contra los indios de la Pampa y someterlos de un golpe, consiste en lanzar destacamentos bien montados que invadan incesantemente las tolderías, sorprendiéndolas cuando menos se espere. Yo tomaría por base de esta táctica las actuales líneas, donde reuniría, en vastos campamentos, todo lo necesario -en caballos y forrajes- para emprender la guerra sin tregua durante un año.
 "Yo me comprometería a ejecutar en dos años el plan trazado: emplearía uno en prepararlo y otro en ejecutarlo. Una vez libre el desierto el gobierno economizaría sumas importantes y sólo emplearía cuatro o cinco mil hombres para mantener bajo su dependencia el territorio hasta orillas del río Negro."
 Traía, pues, el general Roca, al Ministerio de Guerra, ideas hechas, largamente maduradas respecto a la difí
cil guerra de fronteras; y joven y firme en sus resoluciones, se proponía derribar de un sablazo al pavoroso fantasma que cerraba la puerta del desierto.
 Apenas hubo pasado el invierno las divisiones se lanzaron a la conquista de la Pampa, realizando lo que alguien llamó con acierto "una serie de malones invertidos".
 Y no era el indio quien vendría a quemar las poblaciones cristianas sobre las mismas trincheras, ni se daría el caso de que en una sola razzia como aquella que batió al comandante Lorenzo Vintter en la Blanca Grande, se llevara cerca de ochenta mil cabezas de ganado vacuno.
 Ahora el soldado era quien caería de improviso sobre el toldo, y rescataría millares de cautivos que gemían en la esclavitud.
 El hundimiento total del imperio bárbaro de la Pampa -dice el coronel Olascoaga- se efectuó con rapidez vertiginosa, coronando el éxito todas las empresas. Las expediciones parciales tenían por resultado la dispersión de tribus enteras, la liberación de cautivos, el rescate de los ganados robados y la destrucción de todos los campamentos salvajes:
 "Durante varios meses las buenas noticias se sucedieron sin interrupción.
 "El pueblo se despertaba diariamente sorprendido por el anuncio de una victoria.
 "La civilización arrancaba, por fin, al vandalismo el dominio secular que poseía."
 La campaña activa contra los indios empezó, siguiéndose el plan del general Roca, a mediados de agosto, y tres meses después, al finalizar noviembre, estaba concluida.
 Marcelino Freyre se lanza desde Guaminí sobre las tolderías de Namuncurá, y después de seis días regresa trayendo considerable botín. Así dice en su parte:
 "Estoy de vuelta de Utracán. Durante la segunda noche de camino fui descubierto por exploradores de los indios, y entonces forcé la marcha hasta extenuar los caballos para llegar a Utracán, en donde fraccioné la división lanzándola en todas direcciones.
 "Me apodere de 95 indios de pelea y 253 ancianos, mujeres y niños; he libertado seis cautivos y cayó en mi poder el capitanejo Lanqueleu, En los combates parciales murieron los capitanejos Cañolo, Atorey; Calfimur y 73 guerrilleros. Hemos tomado 921 animales vacunos, 900 ovejas y 800 caballos.
 "Los indios habían abandonado Pichi Carhué, no sólo porque conocían mi marcha, sino porque Namuncurá les advirtió que el comandante García acababa de atacar el campo de Nahuel.
 "El cacique Namuncurá con su familia abandonó sus tolderías tomando el camino a Chiloé."
 En esta expedición se ilustraron y distinguieron por su bravura el teniente Fraga, hoy ministro de Guerra, el teniente Hernández, actualmente diputado nacional y muchos otros oficiales, cuyos nombres escapan a mi memoria.
 Simultáneamente, Teodoro García, partido de Puán, cae sobre los indios de Cañumil, les mata 30 hombres y se apodera de 160 prisioneros, entre los cuales el hijo del mismo cacique.
 Levalle penetra en los dominios de Catriel, arrasa las tolderías y vuelve con numerosos prisioneros.
 Y detrás de Levalle se lanza Vintter al frente de 300 hombres, y esta vez consigue el sometimiento del indomable Catriel. "Su conducta -le dice el ministro acusando recibo al despacho en que le da cuenta de su operación- es digna de elogio. Con menos de 300 hombres ha penetrado usted en el desierto más de 60 leguas y llegado donde hace más de cuarenta años llegaron con dificultad las expediciones de Rosas; y hasta donde hace poco nadie se hubiese atrevido, sin llevar detrás un verdadero ejército."
 Y vuelven Levalle y Freyre; y Vintter y García a sus correrías en la Pampa, y llegan a orillas del Colorado, y en menos de sesenta días de campaña concluyen con el poder de los bárbaros sometidos al imperio de Namuncurá.
 Más al norte, Villegas se mide con el feroz Pincén, lo acosa, lo arrolla y concluye al fin por hacerlo prisionero.
 En esta división sobresalen y descuellan Sosa, Ruiz, Moritain, Montes de Oca, Alba, Morosini; se cubre de gloria el "3º de fierro", y el 2º de Borges y de Emilio Mitre, demuestran que sus infantes son dignos sucesores de aquellos que se inmortalizaron en los esteros del Paraguay.
 Racedo bate los dominios de aquel astuto Mariano Rozas, de aquel espantoso Epumer, de aquel homérico Baigorrita, cuya muerte hubiera dado celos al mismísimo Bayardo.
 Un día penetra Racedo hasta Leuvucó, sorprende a Epumer, se apodera de este bárbaro y vuelve con 400 prisioneros y 3.000 animales rescatados. En la acción pierde 15 hombres, entre muertos y heridos; y como considera que estas vidas imponen un nuevo esfuerzo, vuelve y aplasta a las huestes de Mariano Rozas.
 Rudecindo Roca, va en menos de quince días, dos veces a Poitahué y a Leuvucó, y se apodera de 500 prisioneros después de matar más de 150 guerreros.
 Al expirar el ano l878, no hay en la Pampa una sola tribu capaz de intentar el más insignificante malón. Catriel, Pincén, Epumer, Cañumil, Nahuel Payun y Painé, están en poder de nuestras fuerzas; Namuncurá ha huido con los restos de su antiguo poderío al sur de Neuquén y Baigorrita se dispone a seguirlo convencido de que en la Pampa ha concluido el dominio secular de la barbarie.
 Las tropas van a descansar de la enorme fatiga, a tomar alientos para llevar las líneas de la frontera a la margen del río Negro y del Neuquén.
 Con haber tomado uno mismo parte en aquella brillante campaña de la Pampa; con haber participado de sus penurias y de sus glorias, viéndola ahora, a través del tiempo, rememorándola en la lectura de los partes oficiales que la relatan en detalle, el espíritu se siente hondamente impresionado y vienen, espontáneamente, estas palabras a los labios: ¡Cómo!... ¿Yo también fui de aquellos héroes?
 Y no es que se hayan librado batallas como aquella colosal de Curupaity, ni que se haya asombrado al mundo con rasgos semejantes al que realizó el ejército argentino en Tuyutí. ¡No! Esta campaña es más obscura que la del Paraguay, y en ella todos los heroísmos y todas las abnegaciones pasan inadvertidas y en silencio.
 Sin embargo, constituye un timbre de honor, y en épocas no lejanas resplandecerá gloriosa e inmarcesible en los anales de la patria.
 Ahí está la División Racedo que, partiendo de Sarmiento el 4 de abril de l879, marcha y vive a la intemperie, sin provisiones, sin carpas, a través de campos infestados por la sabandija y sin agua potable, hasta el 18 en que recién lo alcanzan las reses que envía el proveedor y la farmacia de campaña.
 La miseria y la fatiga son tan intensas que muchos de aquellos soldados, no pudiendo resistirla, desertan.
 ¿Y si desertan?... Véase cómo el mismo general Racedo contesta a la pregunta en uno de sus partes:
 "El 18, al pasarse lista de diana se constató la deserción de dos hombres. Mandé al teniente Maldonado en su persecución.
 "A las tres de la tarde regresó este oficial trayendo a los desertores. Apercibidos a mediodía se les dio caza.
 El soldado Blas González, mejor montado que sus compañeros, alcanzó a los desertores y fue muerto después de un combate en que uno de aquéllos quedó herido.
 "Llegó el resto de la tropa y se apoderó de los culpables quienes, en seguida de llegar al campamento, fueron entregados al fallo de un consejo de guerra verbal que los condenó a muerte.
 "Los defensores, no pudiendo alegar ninguna causa atenuante, se limitaron a pedir gracia.
 "Mi situación era terrible. Mis sentimientos me inclinaron al perdón; pero la deserción en el ejército es un mal contagioso que solo puede cortar una resolución enérgica. Los desertores habían muerto a uno de sus camaradas. No podía perdonarlos sin afectar gravemente la disciplina.
 Al amanecer del 19, el capellán prestó a los condenados los postreros auxilios de la religión: A las seis las tropas formaban para asistir a la ejecución. A las siete llegaron los reos, y sin manifestar la menor emoción escucharon de rodillas al pie de la bandera; la lectura de la sentencia. No los abandonó el valor un solo instante."
 Y terminado este acto doloroso, la división sigue la marcha, cual si se hubiera detenido para cinchar o dar resuello a los caballos.
 El 20 los cuerpos se fraccionan, se dispersan en un enjambre de patrullas cada uno con rumbo a determinada toldería, y el l7 de mayo se concentran y reúnen el botín tomado:
 123 guerreros
 879 de chusma
 49 cautivos libertados
 2.000 animales rescatados.
 En pleno desierto sin recursos, sin carpas, sin provisiones, con un solo médico, el doctor Dupont, que se multiplica y se desvela hasta el punto de pasar un mes entero sin tiempo para cambiar de camisa; en un campamento numeroso estalla furiosa e implacable la viruela.
 En quince días se pierde la cuarta parte de las fuerzas, y sólo se domina el flagelo cuando llegan, providenciales, las escarchas de junio.
 Sin embargo, el buen humor no se pierde ni se abate, y así la fiesta de la patria -el 25 de Mayo- se celebra con el mayor regocijo, en medio del desierto y en torno de la muerte.
 Copiemos del diario oficial este párrafo:
 "25 (de mayo). La viruela hace estragos. Se enferman ocho soldados del l0º y 26 indios prisioneros.
 Celebramos la fiesta nacional en el centro de los dominios ranqueles. Se improvisa una compañía de acróbatas y asistimos a una sesión de ejercicios ecuestres que resulta un éxito.
 "La salida y la puesta del sol se saludan con salvas."
 ¿Se quiere un párrafo más hermoso, más singularmente heroico que estas líneas?
 ¡ Amanece el día de la patria; se anotan 34 casos de viruela, y la gente se divierte, baila, ríe y hace pruebas! 

XVIII

 Sería imposible abarcar, en el espacio los contornos de gigantesca nube si de ella no estuviéramos separados lo bastante para reducir la perspectiva a líneas capaces de caber en la retina. Del propio modo debemos dejar que los años transcurran para que puedan juzgarse en el tiempo, con equidad y con acierto, aquellas obras humanas que la pasión del momento desconoce o deforma.
 Yo no pretendo establecer paralelo, si bien no fuera despropósito, después de haber visto parangonados, sin asombro, al vencedor de Farsalia con el caudillo de los Llanos; yo no pretendo, digo, establecer paralelo entre la campaña de César en las Galias y la expedición al Río Negro; pero sí, sostengo que la colosal maniobra que llevó al ejército desde Trenque Lauquen al Río Negro, es la más importante, la más fecunda, la más noble operación de guerra que se haya verificado en el Continente, después de la epopeya inmortal de nuestra independencia.
 Despejar las tinieblas que envolvían, como en un sudario, al desierto y derramar en sus ámbitos regueros de luz, que como la del sol, llevaban todos los gérmenes de la fecundación en sus rayos; arrancar al salvaje veinte mil leguas de territorios capaces de albergar y enriquecer a cincuenta millones de hombres libres y entregarlas como en aguinaldo al país para que surgiera, como ha surgido de su pobreza y de su descrédito, grande y respetado, es algo que compromete la gratitud de la República.
 Para historiar esa hazaña, acaso fuera necesario un López o un Mitre; para cantarla haría falta el estro de Andrade o el numen de Ercilla. Para revivir recuerdos anecdóticos de escenas desarrolladas al relampagueo de un sable o al brillo tembloroso de los fogones, no es instrumento impropio, me parece, el lápiz de un alférez con inclinaciones de reporter, ni creo que, con intentarlo, se eche en cara lo pedestre ni lo vulgar del estilo.
 Al aclarar el día 9 de abril de l879, estábamos listos para marchar, con las monturas en líneas, infladas las maletas por la provisión de víveres y vicios para quince días, gárrulos como loros barranqueros, alegres con la ilusión de llegar al río Negro, agobiados por el peso de las pilchas que soñábamos hallar en ilusorias tolderías.
 De pronto oyóse en la comandancia el agudo toque de "a ensillar", y partimos al trote, con el bozal en la mano, a tomar cada uno su caballo.
 En el vasto corral se atropellaban, asustados y rabiosos, levantando cegadora polvareda, los fletes que el gobierno nos mandara de refuerzo, y que, por recién llegados, no era posible conocer. Verlos y pedir a Dios su divina protección, fue todo obra de un segundo. Aquello no eran caballos de silla; eran baguales más viejos que el diluvio, o cuando mucho redomones de un par de galopes, llenos de mañas y de vicios.
 Pero, no había que hacer. Cada cual agarró lo que le cupo en suerte, y medio hora más tarde salíamos del antiguo campamento, jineteando o charqueando, cayéndonos y levantándonos, hasta que, rendidos de cansancio, se entregaron los pingos y se pudo, mal que bien, organizar los escuadrones.
 Antes de mediodía, en cuatro horas de camino, habíamos andado dos leguas, y ya era preciso acampar.
 La generalidad de la tropa era gente "de a caballo"; pero, con todo no habían faltado los aporreados más o menos graves. Lo que sufrió mayormente, fueron las provisiones. Quedaba el campo sembrado de galletas y de yerba, y nosotros reducidos a reemplazar dentro de poco el mate por el té pampa!
 ¡Bien empezaba la campaña!
 Sin embargo, por la noche, ardieron los fogones y mientras chirriaba la carne ensartada en los asadores, y cantaba el vapor en las ollas de puchero, los milicos reían festejando el cuento picaresco del camarada o zapateaban al compás de las guitarras gatos o malambos.
 Para aquellos hombres no había malos tiempos ni golpes recios. Impagos, desnudos, hambrientos y castigados, iban lo mismo, indiferentes y alegres, al peligro que a las fiestas.
 Después de salir de Trenque Lauquen, ya cuando los caballos habían entrado en caja, dominados por sus jinetes y la columna se organizaba regularmente, hubiera hecho falta que un pintor como Malharro, perpetuase por la magia de su arte aquel espectáculo curioso y singular.
 Adelante, en la extrema punta de vanguardia, destacándose por el poncho blanco que flotaba al viento, como las alas de una fantástica mariposa, el coronel Villegas y su estado mayor: Montes de Oca, Ruiz, Solís, Alberto Biedma, Jorge Rhode. Más atrás el 3º de Caballería con su primer escuadrón de lanceros en columna de a cuatro, y en seguida el Batallón 2º, cuyos
infantes habían rivalizado con los mejores jinetes de la división en la doma de baguales.
 Y luego las mujeres y los niños, cabalgando sobre montañas de pilchas, al compás de las ollas, de las pavas, de los platos que se golpeaban al traqueteo de la bestia.
 A los flancos, la enorme caballada de la división, fraccionada en trozos de cien caballos, y cada trozo arreado por un soldado y dos mujeres sin hijos. Aquello parecía antes bien un pueblo de guerreros antiguos en emigración que no el desfile de tropa moderna y regular.
 El caballo de cada milico era un cambalache ambulante: en la montura la cama y un lienzo de carpa; a los tientos estacas, mazos, trabas, maneadores, ollas, jarros, la ración de carne para el día, sucia de sudor y de polvo; en las caronas, apretado con el cinchón, el asador; en la argolla del bozal la pava, y a media espalda la carabina o el fusil.
 Así seguimos, y cruzamos Guaminí, Carhué, Puán, Fuerte Argentino y nos internamos en la Pampa, rumbo del Colorado, sin guías ni baquianos, por encima de las huellas que abriera el indio con sus arreos robados.
 Llegamos a Salinas, fabuloso dominio de Calfucurá, y por último, después de un mes de marcha, hicimos alto en las cercanías del río Colorado. Allí debíamos aguardar la incorporación del general Roca, ministro de Guerra, al frente de la División de Puán y del 6º de Infantería con Vintter, Manuel Campos, Teodoro García, Cerri, Marcial Nadal, Fernández Oro, Voilajusson, Leyría, Romero, Olascoaga, monseñor Espinosa y tantos otros cuyo nombres es imposible recordar.
 A esta altura la campaña estaba en todo su desarrollo, abarcando las operaciones militares una superficie mayor de diez mil leguas cuadradas. Racedo y Rudecindo Roca batían la zona en que dominaran los ranqueles; Godoy ocupaba los viejos pagos de Pincén y de Nahuel Payun, en Malal y Toay; Levalle la dilatada comarca en que reinaran los Catriel hasta más allá de la laguna de Carancho, y Napoleón Uriburu se desplazaba a lo largo de la cordillera de los Andes, para dominar la vasta cuenca del Neuquén.
 Y entretanto los indios, hasta entonces soberanos del desierto eran amenazados por aquella formidable avalancha de hierro que los empujaba, obligándolos a buscar más allá de los grandes ríos australes, refugio para sus huestes desmoralizadas y deshechas.
 La primera operación a que asistimos, bajo el mando directo del ministro de Guerra, fue el paso del Colorado.
 Ancho, impetuoso, turbio a fuerza de arrancar y diluir en la ira de su rabiosa corriente la tierra de las barrancas que lo oprimen, vimos precipitarse atraído
por el abismo del lejano mar, el caudaloso río, cuyas aguas limitan, por el sur, el territorio de la Pampa.
 Un soldado lo cruzó en explorador, y detrás echá
ronse el ministro, su estado mayor, los regimientos, las mujeres, los carros, el ganado, las caballadas produciendo los alaridos de los caballerizos y de los carreros, las voces de mando de los oficiales y los gritos de las mujeres y los niños asustados, un concierto monstruoso que realzaba el formidable rezongo de la corriente.
 Y cuando íbamos saliendo a la orilla, pudimos leer en un cartel que alguien colgara en las ramas de elevado sauce, estas palabras: "Paso Alsina".
 Ningún nombre, por cierto, más digno de perpetuarse en aquel vado que venía a ser algo así como la puerta de honor para entrar en la Patagonia.
 Una vez al sur del Colorado, nos hallábamos en el más completo misterio; y en adelante iba a guiar nuestra marcha la sola intuición del general en jefe.
 Seguimos, pues, aguas arriba, unas veces culebreando por la estrecha senda que la barranca disputaba al río; otras abriendo picadas a filo de machete en los tupidos bosques de chañar y piquillín; otras escurriéndonos por entre espesos carrizales y enmarañadas cortaderas; pero sin perder un hombre ni un caballo, sin vacilar un instante en el rumbo ni en el propósito.
 Por fin, el 2l de mayo resolvió el general Roca adelantarse con la División Villegas, para explorar la marcha del resto de las fuerzas y llegar, como lo tenía prometido solemnemente, a la hora de saludar, en las orillas del río Negro, el sol de nuestra independencia.
 Alzamos carne para tres días y al aclarar del 24, nos deteníamos a la altura de Choique Mahuida. De allí partían numerosos caminos con rumbo general al sur, era allí seguramente el punto en que debíamos torcer para el Río Negro.
 ¿Pero qué camino era el que conducía a Choele-Choel? ¿Cual era el más fácil y más corto? Podríamos tomar uno al acaso y lanzarnos en peligrosa travesía, sin agua en esa estación, sin forraje para las caballa das y comprometer la suerte de la expedición.
 El general Roca se puso a la cabeza de la columna, y confiando a su instinto o a su buena estrella la elección del camino, lanzó el caballo sobre la huella que mejor le pareció y dirigiéndose al corneta de órdenes le dijo:
 -Toque al trote.
 Y los dos cuerpos -el Regimiento 3º y el Batallón 2º- escalaron en breve la subida que conduce a la árida y triste altiplanicie que va desde el Colorado al Negro.
 Así marchamos, parando solamente para mudar caballos, todo el día.
 ¿Íbamos bien? ¿Se habría equivocado el general?
 Tendríamos que desbandarnos, acosados por la sed, en aquellas pavorosas soledades que se extendían, se alargaban, se dilataban hasta perderse en los confines del lejano y neblinoso horizonte?
 Seguíamos silenciosos, irguiéndonos sobre los estribos para aumentar el campo visual, cada vez que alguno pretendía descubrir a lo lejos el culebreo del río.
 De pronto -el sol iba ya buscando su ocaso, detrás
del tupido celaje de las nubes- vimos que el general detenía su caballo en lo alto de una lomada y señalaba a su frente.
 "Al galope", indicó el corneta de órdenes, y envueltos en enorme remolino de polvo, nos precipitamos detrás del ministro.
 Diez minutos o un cuarto de hora, en esa rauda marcha y ¡alto! Descorrida por el viento la cortina de tierra que nos impedía mirar a distancia, vimos serpentear allá abajo, en el valle profundo, la línea verdosa de los sauces, y dentro de ese marco, la plateada superficie del río.
 En aquel momento todos los corazones latieron con violencia, todas las almas se estremecieron de alegría, todos los brazos se agitaron movidos por el entusiasmo. La República había suprimido el desierto, y sus dominios se extendían sin barrera que los cortase, hasta el extremo sur de Cabo de Hornos, en donde si la patria concluye es porque Dios no quiso hacer más grande el Continente.
 Mudamos caballos. La División Trenque Lauquen no podía pisar el valle del Río Negro cabalgando en los matungos de marcha. Como en los días de la patria, o en los momentos de combate, debía ensillar aquellos "blancos" legendarios, cuyos cascos dejaran trazados en la Pampa los cimientos de futuras y prósperas ciudades.
 Y en columnas por secciones, desplegadas al viento las gloriosas enseñas que la metralla paraguaya no consiguiera arrancar de sus astas; los dos cuerpos llegaron a la margen del misterioso río; y establecieron al borde mismo de la rumorosa corriente el primer campamento de Choele-Choel.
 Después de lista, y cuando se hubo establecido el servicio de vigilancia en el campo y en las caballadas, se oyó el toque de "carneada".
 Ya era tiempo. Hacía por lo menos veinticuatro horas que no comíamos, y el estómago, estimulado por la marcha del día y por el aire tonificante de la comarca, reclamaba, con imperio, un poco de atención.
 En un verbo se enlazaron y se carnearon algunas yeguas, y bien pronto vimos alzarse y diluirse el humillo perfumado que desprendían los churrascos de potro, exquisito plato de aquel menú de gala. Y estoy seguro que el general Roca no habrá hallado jamás en su vida -ni aún en los banquetes que más refinadamente le hayan preparado- un manjar que supiera como aquel pedazo de costillar de yegua que le sirvió de cena, en su tienda de campaña, el 24 de mayo de 1879.
 Pero... ahora me apercibo que se me fue la mula.
 Quise hacer un poco de crónica, relatando episodios desarrollados en la marcha o a orillas del fogón, y sin darme cuenta, automáticamente, veo que he llenado numerosas carillas, cuya extensión, sirviendo de advertencia sana al lector, lo habrá salvado de un solo insípido y vulgar. Pido perdón... y cambio de sonata.

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"La Guerra al Malón"


 


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