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XIX
Poco antes de
empezar la expedición llegó a mi regimiento un contingente
de cuarenta o cincuenta individuos que venían de Jujuy,
como voluntarios o enganchados.
¡Pobre gente! Casi ninguno era hombre de a caballo,
así fue preciso conducirlos, desde Junín a Trenque Lauquen
en los carros de la proveeduría. Los infelices,
acostumbrados a la vida, al clima, al alimento del terruño,
indolentes y apáticos caían de improviso sin transición,
a un medio absolutamente desconocido y extraño para ellos,
a lidiar con aquella runfla de traviesos y crueles milicos
procedentes de Entre Ríos, de Corrientes, de las sierras de
Córdoba o de la campaña de Buenos Aires, domadores,
peleadores golosos de la carne de potro, forrados en la
misma piel del diablo.
Para ellos -para
los jujeños- eran los caballos más ariscos y mañeros; a
ellos les tocaba la peor ración de carne, las horas de
centinela más largas, los trabajos más penosos, las
fatigas más duras. Y, como no aprendían rápidamente, o
porque se equivocaban a fuerza de estar asustados, les
llovía cada paliza que cantaban el credo. Si algún milico
viejo perdía cualquier prenda o la vendía, iba en el acto
a pegar golpe a los jujeños, y después, cuando llegaba la
revista, para estos eran los palos, los plantones, los cepos
y las estacas.
Salimos de Trenque Lauquen, y el primer día, o mejor
dicho la primera noche, los jujeños se quedaron sin
raciones. A mitad de camino agotadas las reses vacunas,
tuvimos que consumir yeguas y aquí fue el acabose para
aquellos desgraciados. Aparte de que les tocaba siempre el
peor bocado, sus estómagos rechazaban en absoluto ese
alimento. Apenas se mantenían con un poco de maíz cocido o
con tortas de harina
amasadas en la carona y calentadas en el rescoldo; Y se iban
extenuando y consumiendo, quebrantando por falta de comida y
exceso de suciedad. Dormían vestidos, sin sacarse las botas
siquiera, y como venidos de un clima tórrido, eran
refractarios al baño en las aguas heladas del Colorado y
del Negro, sus ropas eran viveros de cuanta alimaña nace y
se desarrolla en la miseria.
En Choele-Choel, durante la inundación murió uno de
esos reclutas, y el médico tal vez no habrá podido decir
si lo mató el hambre o lo comieron los parásitos.
-¡Para qué
-decía una mañana indignado el viejo sargento Rosas- nos
habrá mandado esta roña el gobierno !
Y como le pidieron un soldado para ir de chasqui al
fuerte Roca -que acababa de fundar el general Vintter-
designó al jujeño Andrés Benítez a ver si el miedo lo
mataba en el camino.
Partió el coya. Lo vimos salir del campamento
vacilando sobre el caballo. La carabina le golpeaba
reciamente en la espalda y la empuñadura del sable le
magullaba las costillas.
-Donde se le aparece un piche --exclamó un milico al
contemplar aquella estampa- el hombre acaba de penar. Ese no
vuelve.
Y no volvió, en efecto. Allá, a la altura de Chimpay,
se encontró con un grupo de indios que cruzaban al sur. Y
el infeliz, hambriento y miserable, que había soportado sin
despegar los labios un centenar de manteos, echó pie a
tierra y se batió como un tigre. La comisión que fue en su
busca, creyéndolo perdido o desertor, lo encontró muerto,
acribillado a lanzazos, en medio de una rastrillada enorme
que denunciaba lo tenaz de su resistencia y lo heroico de su
valor.
Había sucumbido vendiendo caro el mezquino pellejo.
No lejos de su cadáver se hallaron los indios muertos por
él. No pudiendo hacer uso de la carabina en el cuerpo a
cuerpo peleó con el sable y cuando el sable fue demasiado
pesado para su brazo, con el cuchillo.
Los compañeros, en vida, lo tenían por lote;
después de muerto no se lo recordaba sin respeto y sin
dolor.
¡Benítez era un bravo!
XX
Habíamos cruzado el Colorado y las
raciones escaseaban. La galleta era un articulo de lujo, y
la yegua una ilusión. De vez en cuando nos racionaban de
harina y entonces en cada fogón había un banquete. Se
hacían tortas al rescoldo o se freían en grasa de caballo.
Luego las comíamos de una sentada y para evitar los
peligros de un cólico o de un empacho, disolvíamos aquella
masa indigesta, inundando el estómago con sendos jarros de
té pampa o de tomillo. La ropa iba deshaciéndose podrida
por las lluvias y desgarrada por las espinas.
El tiempo se hacía crudo; y a medida que iban
faltándonos el abrigo y las provisiones, el invierno se
acercaba desprendiendo, a manera de advertencia o de
amenaza, sus vanguardias de escarchas y de vientos.
De vez en cuando solíamos tropezar, en alguna ronda
nocturna, con un caballo cortado de las tropillas, y si no
había quien nos delatara o nos viese, hacíamos carne para
rato.
¡Y que sabrosos y exquisitos aquellos fiambres de
hígado de yegua, duros como piedra, pero caros a nuestro
paladar y a nuestro estómago!
Las mismas mujeres de la tropa -previsoras como las
hormigas- iban quedando con las maletas vacías, viéndose
obligadas a substituir la yerba por el tomillo y a mezclar,
en la chuspa del marido, el tabaco con las hojas de
algarrobo.
La miseria nos invadía y contagiaba a todo el mundo.
Una tarde sorprendí al mayor Sosa, nuestro jefe, desnudo y
tiritando a la orilla del río. Acababa de hervir el
vestuario en la olla inútil para otra cosa, y mientras las
pilchas se secaban tendidas en las jarillas y en los
piquillines, él se distraía echando y recogiendo un
aparejo, en cuyos anzuelos se imaginaba ver salir de repente
sabrosas y codiciadas truchas. Me retiré discretamente
diciendo para mis adentros que el mayor era un chambón. Si
hubiera querido pescar algo en realidad, debió poner en los
anzuelos -antes de hervirlo- los pantalones o la blusa.
Así, a lo menos, no tendría necesidad de buscar lombrices
para cebo, toda vez que en las costuras de aquellas prendas,
los peces hallarían abundante y bien nutrida fauna.
Ignoro si al cuartel general habrá llegado, por error
de los baquianos, alguna invasión de yaguaneses; pero tengo
para mí que el general Roca, si leyese estas líneas, es
capaz de sentir todavía escozor en el pescuezo. No se anda
impunemente desprovistos de paraguas a la intemperie, sin
que lo moje el agua cuando llueve. Al fin, cuando menos lo
esperábamos recibimos orden, los ayudantes, de concurrir a
la comandancia en jefe en busca de raciones, Aquello fue un
estallido de entusiasmo y de alegría. Íbamos a tener yerba,
tabaco, arroz y galletas para tiempo. Los carretones que
seguían al cuartel general, y que suponíamos depósitos de
armamento y munición, estaban repletos de víveres y
vicios. El comando no había descuidado un solo detalle, y
si nuestras privaciones fueron grandes hasta entonces, era
debido a que, portador cada soldado de su ración para un
mes, la habría extraviado o consumido en la primera semana.
A partir de este momento la abundancia volvió a los
campamentos y la expedición, con nuevos bríos, sintióse
capaz de seguir al fin del mundo.
Llegamos a Choele-Choel sin contratiempo. Las indiadas
que habían quedado en la pampa, estrechadas y envueltas en
las maniobras de Racedo, de Levalle y de Godoy, se
entregaban o huían, tratando de pasar a la Patagonia entre
la columna que guiaba el ministro y la que conducía el
general Uriburu desde la frontera de Mendoza. Sintiéndose
hostigadas y perseguidas, no pudieron organizarse para venir
a hostigar nuestra marcha, audaz y atrevida operación,
durante la cual, y en trayecto mayor de noventa leguas, nos
deslizamos ofreciendo el flanco al punto más peligroso del
desierto.
Si el general Roca se hubiese equivocado, si hubiesen
fallado las instrucciones que, antes de empezar de la
campaña envió a los comandantes de división o de brigada,
los indios habrían podido reunirse en masas considerables y
comprometer nuestra marcha, arrebatándonos las caballadas,
incendiando los campos o acosándonos incesantemente en los
desfiladeros y en los campamentos. De haberse producido esto
¡quién sabe si ese llamado paseo militar desde el deslinde
de Buenos Aires hasta la línea del río Negro, no se
habría convertido en sangriento y pavoroso desastre!
La gloria de esa grande operación militar consiste,
precisamente, en haberse realizado, como se realizó, sin
dejar señalado el trayecto con arroyos de sangre ni con
filas de osamentas.
Mañana, cuando se escriba la historia de la
ocupación del río Negro, y cuando se estudie la actuación
del ministro que la preparo y la dirigió, tendrá la
república que adquirir un pedazo de tierra en la
confluencia para levantar en ella el justiciero monumento
que falta y que ha de imponer, más tarde o más temprano,
la gratitud nacional.
XXI
Una mañana -marchaba la columna a
través de una picada abierta la víspera en el monte-
circuló la noticia de que una mujer acababa de dar a luz un
niño en medio del camino. Fuimos a verla, el mayor, el
médico del cuerpo y yo.
Efectivamente, recostada en el tronco de un chañar
sobre el poncho que un buen soldado había tendido, vimos a
la mujer del cabo Gómez que envolvía en no muy suaves
pañales al hijo que le llegaba en tan inoportuno momento.
Auxiliada con palabras de aliento y de coraje por el
médico, ya que no era posible hallar otra cosa allí, la
enferma fue subida a caballo, y sostenida por dos soldados
que marchaban a pie, a los lados de la montura, consiguió
llegar al lugar en que la división acampó. Inmediatamente
madre e hijo fueron bañados en las no templadas aguas del
Colorado; y, al otro día, cuando la columna se puso de
nuevo en movimiento, la vimos pálida, pero serena y
conforme, sobre el recado, cantando el arrorró a su hijito
al compás del tranco de su cabalgadura.
Bien era cierto que el cabo Gómez había pasado la
noche dándole a su compañera, para que echara nuevas
fuerzas, caldo de piche con bastante maíz hervido.
Cuando ocho días más tarde nos adelantamos al grueso
de las tropas para llegar a Choele-Choel el 24 de mayo por
la tarde, la mujer de Gómez no quiso quedarse a
retaguardia. Marchó con nosotros, y con nosotros llegó,
sin dar estorbo ni trabajo, al término de la expedición.
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"La Guerra al Malón"

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