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LA
GUERRA AL MALÓN del Comandante Manuel
Prado
I
Cuando ingresé al Ejército, allá por mayo de 1877,
el tren que debía llevarme hasta Chivilcoy, cabecera
entonces del Ferrocarril del Oeste, salía de la estación
del Parque y del mismo lugar en donde ahora se
levanta, soberbio e imponente, el teatro Colón.
Y no debe sorprender que el tren tuviese su punto de
partida en el centro de la ciudad, si se considera que el
desierto empezaba ahí nomás, a cuarenta leguas de la casa
de gobierno.
Entonces los indios, señores soberanos de la pampa,
se daban el lujo de traer sus invasiones hasta las puertas
de Buenos Aires, no siendo extraño que el malón quemase
las mejores poblaciones de Olavarría, Sauce Corto, la
Blanca Grande, 25 de Mayo, Junín, Pergamino, etc.
Aquellas épocas -y no pertenecen a la edad de piedra,
ni siquiera a la de bronce- han sido ya olvidadas, y
con ellas los pobres y heroicos milicos, cuyos restos
blanquean, acaso confundidos con las osamentas del
ganado, a orillas de las lagunas o en el fondo de los
médanos.
Pero, dejemos a un lado las digresiones históricas
y vengamos al Parque.
Mi padre, que había creído descubrir en mí todos
los caracteres de un guerrero, me encajó de cadete, por no
meterme de fraile, y, para que ganase en buena ley los
galones, eligió para mi debut un regimiento que se hallaba
en la frontera, primera línea. Una mañana fui llevado a la
estación, entregado al alférez Requejo, que regresaba con
un sargento y dos soldados a Trenque Lauquen, y... en
marcha.
II
Inventaría si
pretendiese describir ahora las impresiones que iban grabándose
en mi espíritu mientras el
tren se alejaba de la ciudad, cruzando la calle del
Parque y luego la de Corrientes, para hacer su primer
alto en la estación del Once. Estaba perfecta y
absolutamente atolondrado.
Aquella partida tan brusca y tan inesperada, para un
lugar tan remoto y con un destino tan misterioso, eran cosas
que no cabían en la conciencia de un niño: no
hay objetivo que recoja impresiones más allá del campo
visual que permite la curvatura de la tierra.
Cuando llegamos a Flores el oficial me dirigió la
palabra:
-¿Como dice que se llama usted?
-Fulano de Tal.
-¿Que edad tiene?
-Catorce años.
-¿Cumplidos?
-No, señor; cumplo en julio.
-¿Y quien diablos le ha metido a usted en la cabeza
ser militar?...
-¿A mí? Nadie.
-¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...
-No, señor. Mi padre es quien desea que me haga
oficial. El me ha puesto en el Ejército.
-Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo
que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a
usted a un regimiento que está en la frontera, primera línea,
es como ponerlo pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que
hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres... para
cuanto más un chico... ¡ La gran flauta! Si yo fuera
Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, ya vería lo
que son pastillas.
Y cambiando de tono, esforzándose por dar a su
rostro, curtido por la intemperie, y a su voz, un tanto
enronquecida en el mando, un acento cariñoso, prosiguió:
- La primera obligación del recluta que llega a una
compañía es saber el nombre de sus cabos, sargentos y
oficiales... Vaya aprendiendo, ¿eh?... Yo me llamo el alférez
Lorenzo Requejo y mando la escolta del coronel Villegas,
veinticinco hombres así (y apretaba los dientes y mostraba
el puño). A usted me figuro que lo destinarán a la
banda... aunque no... ¿De qué va usted?...
-¿ De que voy? -contesté-. ¡Qué se yo de qué voy!
Y sacando del bolsillo del saco el nombramiento de la
Inspección de Armas, se lo mostré.
El alférez Requejo tomó el pliego, lo desdobló
cuidadosamente, miró largo rato lo escrito y, con los ojos
medio llorosos, me lo devolvió diciendo:
-Lea usted... he dejado los anteojos en el baúl.
¡Ah! -exclamó cuando hube leído-. Usted va de
aspirante... Es otra cosa... Qué banda ni qué banda... lo
darán de alta en una compañía... los aspirantes ascienden
a oficiales, cuando no se mueren o piden la baja. ¿Sabe
andar a caballo?
-Un poco, señor.
-Un poco no basta... Hace falta saber mucho... ser
jinete... animársele a "cualesquier" mancarrón...
aunque para el caso es lo mismo, porque si no se anima lo
han de obligar. La carrera militar es así. Se hace lo que
mandan y no lo que uno quiere. Para eso el superior tiene en
la mano todos los resortes... los resortes y el poder... Y
si no, vea. ¿Ahora es de día o de noche?
-Es de día -repuse mirando con asombro al alférez
Requejo.
-Bueno, ¿y si yo dijera que es de noche?
-Sostendría que está usted equivocado.
El alférez me clavo la mirada, una mirada
verdaderamente feroz, y prosiguió:
-Lo pondría de plantón.
-Repetiría que no es de noche.
-Le acomodaría una paliza.
-Pero no sería de noche.
-Una estaqueadura.
-No anochecería por eso.
-¿Qué no? Le haría acomodar cuatro tiros y veríamos
después quien quedaba con la palabra y la razón.
La amenaza de los cuatro tiros me produjo una sensación
de frío inexplicable. Tuve ganas de disparar, pero me
faltaron las fuerzas y el coraje. En estas ocasiones se
aplican todos los fenómenos de la hipnotización.
El alférez se
dio cuenta de que me había asustado demasiado
y, soltando una carcajada sonora y vibrante, exclamó:
-¡Óiganle al maula! Ha visto, amigo, que cuando el
superior dice que el día es noche así no más tiene que
ser. ¿Que me dice ahora? ¿Es de noche o no?
-Si, señor -repuse humildemente; y desde ese momento
adquirí las primeras nociones del arte militar; ese arte
admirable que pretende llegar, en sus creaciones, a la
sublimidad del genio, teniendo por base este lema: "¡Obediencia
pasiva y absoluta!"
En Merlo, el tren se detenía un cuarto de hora.
Bajamos del coche, según el alférez Requejo, para
desentumir las tabas, pero en realidad para meternos en la
confitería.
-Vamos amigo -dijo-, a matar el gusano. ¿Qué toma
usted?
Yo tenía un apetito de todos los diablos y le compré
una empanada a una mulata que andaba ofreciendolas
"calientes y sabrosas por un peso".
El alférez llamó al mozo y le explicó lo que
deseaba: una ginebra con bíter... para él. Para los milicos
que estaban en el
coche de segunda un vasito de caña con limonada, no muy
lleno, porque podía hacerles daño.
En seguida empuño la copa que acababan de servirle,
la llevó a los labios y, volviendo a ponerla sobre la mesa
sin tocarla, gritó:
-¡Mozo! Tráigame un chorizo y un pan francés.
Y mirándome, como si quisiera darme un buen consejo,
prosiguió:
-Estos ginebrones suelen ser ariscos cuando se les
monta en pelo... mejor es echar primero un poco de lastre en
el estómago.
Un minuto más tarde volvió el mozo trayendo un
chorizo cocido y el pan pedido por el alférez. Mi amigo
Requejo devoró el lastre en un santiamén, se echó la
ginebra al cuerpo de un solo trago y, levantándose, estiró
los brazos, soltó diversas patadas al aire y acomodándose
el kepi sobre la ceja derecha -así lo disponían entonces
los reglamentos-, me llevo al andén.
Un momento de paseo y al coche. Íbamos a salir para
Mercedes, en donde se almorzaba.
Omito la descripción de ese viaje, monótono y sin
interés alguno, hasta Chivilcoy.
Allá debían empezar mis tribulaciones. Se entraba en
el desierto, y esa entrada tenía que ser solemne e
imponente para un recluta como yo.
No me acuerdo bien, pero creo que llegamos a Chivilcoy
-cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste- a eso de las
tres de la tarde. Desde allí a Junín, la cruzada se hacía
en mensajeria, no de un tirón, sino pasando la noche en
Chacabuco.
Apenas bajados del tren, abordaron al alférez Requejo
el comisario de policía y el mayoral de la galera.
Había malísimas noticias. Un grupo de indios
considerable, mandados por el mismísimo Pincén, estaban
"adentro" haciendo fechorías. Se había sentido
el malón a inmediaciones de Rojas y de Pergamino y, según
los datos que se tenían, no sería difícil que la indiada pretendiese salir a la altura de Junín. Como podríamos
tropezar con ella, era bueno que fuésemos prevenidos. Por
lo pronto, convenía salir en el acto, a fin de llegar a
Chacabuco antes de la noche. Los caminos se hallaban
intransitables a consecuencia de las lluvias y la
mancarronada, como de costumbre, en deplorable estado.
La galera estaba lista para salir, y si el alférez
Requejo no disponía lo contrario podríamos prenderle,
desde luego. Cuando antes mejor.
-Y a todo esto -pregunto el mayoral dirigiéndose al
alférez-, ¿son muchos ustedes?
-Suficiente para que usted no se muera de susto en el
camino -contestó sonriendo mi oficial-, y demasiados para
las fuerzas de sus matungos... Somos, yo, el sargento
Acevedo, el cabo Rivas y este jovencito. Pero no tenemos
gran equipaje: apenas las armas, una valija (se trataba de
la mía) y dos pares de maletas.
¿Hay muchos pasajeros más?
-Dos solamente -respondió el mayoral: el capataz de
don Ataliva Roca y un galleguito que va de mozo para el
hotel de Chacabuco.
-Entonces, en marcha -repuso el alférez. Y acompañados del
comisario y del mayoral, seguidos de los milicos, que se habían
hecho cargo de mi valija, salimos de la estación con rumbo
al hotel, delante del cual estaba la galera lista para
ponerse en camino.
III
La mensajería -uno
de esos viejos armatostes de los cuales apenas queda el
recuerdo en nuestra campaña- se hallaba prodigiosamente
atalajada en cuanto al número de las bestias que debían
arrastrarla: cuatro yeguas en el
tronco - dos en la lanza y los laderos- y tres yeguas
en las cuartas dirigidas cada una por un postillón.
Íbamos todos armados
hasta los dientes; y digo todos armados porque
a mí se me entregó una carabina de la policía
y ochenta tiros.
El capataz de don
Ataliva Roca llevaba un magnífico wínchester, el
galleguito fondero un trabuco y los demás -oficial,
postillones, mayoral y milicos- carabinas, facones,
boleadoras, revólveres y... hasta una lanza, que debíamos
entregarle en Junín al teniente Maza, viejo cautivo
que revistaba como oficial de baquianos en el célebre
y valeroso escuadrón de indios junineros.
A una orden del alférez
Requejo -quien por pronta maniobra había
dispuesto que se le pusiera al alcance de la mano un frasco
de ginebra-, subimos a la mensajería. El mayoral
en el pescante, en la berlina el alférez con el capataz
de Roca y adentro del vehículo los soldados, el
galleguito y yo.
Sintióse un toque
prolongado de corneta, dado por el mayoral, y en
marcha. Los tiros,
estimulados por el látigo y los gritos de los conductores,
salieron a toda furia y pocos minutos después corríamos
en pleno desierto.
Entonces empezó la
charla; el alférez Requejo y el capataz de Roca, se
le dormían al chascarrillo y al frasco; nosotros...
tiene la palabra el sargento Acevedo. Pero antes de que
hable el sargento, permítaseme presentar a él y a
su camarada, el cabo Rivas.
Acevedo era un
hombre de estatura mediana; pero robusto, eso sí,
achinado, de ojos pequeños y penetrantes; bigote ralo y
cerdoso; pelo duro y cortado al rape; cincuenta y siete años
de edad y cuarenta de servicios.
Estaba en el
regimiento desde la época del coronel Granada. Lo
destinaron porque un día -era un muchachón encelado y
travieso-, alegando en Las Flores con un policiano, éste,
al verlo chico, le dio un rebencazo. Entonces él
-vean ustedes lo que es la desgracia- sacó el
cuchillo para hacer la parada no más, pero el milico se
resbaló y quiso su mala suerte que se ensartara. El
pobre murió porque descuidaron la curación -no porque
el tajo fuese malo-, y a él lo metieron en la cárcel y luego lo echaron a la frontera. La condena fue por
tres años: pero cuando la cumplió lo llamó el
capitán de su compañía y le dijo: -Vos has cumplido,
¿no? Pero cumplir no es tener la baja. Te conviene
tomar enganche, quedarte cuatro años en el cuerpo y
salir de cabo. Si no te gusta, peor para vos. El
gobierno necesita gente guapa y hacés falta aquí. Ahora
elegí. Si te enganchás te asciendo y te entrego la
cuota; de lo contrario, si te vas, ni te asciendo, ni tenés
cuota, pero puede que ligués una marimba de palos
como para vos solo.
Y Acevedo no vaciló.
Se enganchó y lo hicieron cabo. Después vino
la de Caseros, y -ya se sabe- en tiempo de guerra
no hay más baja que para el otro mundo...
Detrás de Caseros
vinieron cien mil barullos, y cuando el hombre
pudo reclamar su licencia estaba aquerenciado.
El regimiento era su
familia, su oficio era pelear; su destino, sufrir. Por otra parte, ¿adonde
iba a ir... que más valiese?
En Cepeda -y eso que
fue de los primeros en apretarse el gorro- lo
hicieron sargento. Vino Pavón, no disparó y no le
hicieron nada. De aquí dedujo un principio que suele
ser exacto en la mayoría de estos casos: "Si se
quiere ascender y ser notable, lo mejor es hacer punta en
las derrotas, pero a condición de correr revoleando el
sable y gritando de manera que todos lo
oigan:"¡ No disparen, maulas ! , ¡ hagan frente
!"
Después de Pavón,
las guerras del interior, y luego la campaña del
Paraguay, la de Entre Ríos... la mar de revueltas y de
bochinches.
Ahora era sargento
primero en la escolta del coronel, y cuando concluyese
la expedición recibiría la baja, para entrar de
vigilante en Buenos Aires y obtener su jubilación.
El coronel se lo tenía
prometido y no había qué hacer.
El cabo Rivas -también
de la escolta- era un hombre joven, simpático,
entrerriano, destinado al regi miento como
prisionero de guerra en el año 73 y acreditado por las
pruebas de arrojo que diera en diversas ocasiones.
Encargado de los
caballos del coronel, debía esperar en Junín la vuelta
de su jefe para acompañarlo a Trenque Lauquen.
El galleguito,
nuestro compañero, era cualquier cosa. lba de fondero como
podía ir de sacristán a cualquier iglesia de campaña.
Llegó a Chacabuco sin despegar los labios. Jamás
volví a saber nada de su persona.
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"La Guerra al Malón"

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