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Capítulos IV a VI

IV

   -Con su permiso, mi alférez -había dicho el sargento Acevedo apenas dejamos atrás las últimas chacras de Chivilcoy, y, subiendo la ventanilla que separaba la berlina del interior, agregó con voz apenas perceptible, dirigiéndose a nosotros:
 -Así podremos humear a nuestro gusto.
 Sacó en seguida del bolsillo del pantalón una chuspa de cogote de avestruz, armó un cigarrillo, lo encendió raspando el fósforo en la manga del saco y, cuando hubo saboreado con verdadero deleite las primeras humaredas de su tagarnina, exclamó dirigiéndose al cabo Rivas:
 -¿Que le habrá pasado al coronel que demoró el viaje?
 -¡Quien sabe! Para mí, por lo que he podido maliciar, el coronel no vuelve más. Creo que tuvo una de a pie con el ministro de Guerra, a causa de lo que pasó con los indios cuando venía para Buenos Aires, entre Salinas y Desobedientes, y que, según parece, ha sido una barbaridad.
 -¿ Barbaridad?
 -Así dicen.
 -¿Como?... ¿y que no se acuerda? -interrumpió el sargento.
 -¡Que voy a acordarme, sargento!... si yo no estuve... ¿No sabe que me había quedado en Trenque Lauquen para traer los guanacos que el coronel esperaba de la comandancia Mansilla?
 -Es cierto. ¿ Pero que nos pueden echar en cara por esa patriada?
 -Yo no sé. Supongo no más que algo habrá porque ayer, de mañana cuando le estaba dando mate al coronel, fue a verlo un enviado del ministro, don Octavio Massini, y, queriendo el hombre quedarse a solas, me despacharon. Yo salí, pero como estaba cerca de la puerta oí de pronto que el coronel alzaba el gallo y decía:
 -No, señor. Si el ministro quiere que viaje con un regimiento de escolta cada vez que salga del campamento, que nombre otro jefe. Yo no he de hacer papelones andando de un lado para otro con un ejército.
 -No se caliente, coronel -le decía el enviado-. El ministro piensa que usted hace mal en no cuidarse y que en nada le ofende aconsejándole que cambie el armamento de su escolta...
 -¡No cambio nada! -le gritaba el coronel-. Mi escolta es de lanceros y de lanceros ha de ser, a lo menos mientras yo la mande. ¿Qué se ha creído el doctor Alsina? ¿Que solamente él tiene agallas para pasearse por la frontera con cuatro gatos de escolta?
 ¡ No, señor!
 Y después de un rato largo de parlamento; oí al coronel que decía:
 -No, me iré mañana, ya que hoy es imposible hablar con el ministro. Aguardaré a que se mejore, y entonces le diré lo que tengo que decirle. O me conduzco en la frontera con absoluta libertad o renuncio.
 -¡Qué va a renunciar! -interrumpió el sargento-: si renuncia, ¿cuando lo van a dejar que se vaya?...
 Mire, cabo, si el coronel deja la frontera el primer malón que venga no sujeta la rienda hasta la plaza de la Victoria. ¿No le han contado cómo fue esa patriada que por lo visto, ha hecho enojar al ministro?
 -Algo he oído cuando venía con los guanacos; pero... se miente tanto.
 -Entonces escuche... y dígame si tiene razón el ministro para enojarse.
 "Salimos -prosiguió el sargento Acevedo, después de estimular la memoria con un trago que solo hizo, caso por distracción, extensivo a Rivas- el día de San José, el 19 de marzo, del campamento.
 "Eramos, como usted sabe, veinte hombres incluso el coronel, todos lanceros, menos el trompeta Sánchez.
 A eso de las diez de la mañana llegamos al fortín Farías. Mudamos caballos y seguimos viaje hasta Salinas, sin encontrar novedad.
 "En Salinas el sargento Urquiza le dio cuenta al coronel que las descubiertas no habían hallado rastros de ninguna clase.
 "Tomamos unos mates y en marcha. Habríamos galopado tal vez dos leguas cuando de pronto descubrimos, del lado de Gainza, un polvo que se venía sobre nosotros.
 -¡Avestruces! -gritó el ñato Galván.
 "Pero al repechar los médanos que cruzan el camino del "Guanaco Quemado" observamos que los avestruces se habían vuelto pampas. Estaban casi encima y nos parecieron más de cien.
 "Irnos sobre la indiada era locura, toda vez que no la podríamos sorprender... Disparar... eran palabras mayores. No teníamos caballos para ganarle a los indios y además, si no hacía punta el coronel, ¿Quién se animaría a hacerla?
 -¡Alto! -mandó el coronel-. ¡A la izquierda en batalla!
 "Y quedamos clavados semejando estacones de cerco, dando frente al grupo de pampas, que también se habían parado y tendido en línea, como a diez cuadras de nosotros.
 "Entonces el coronel le pidió su lanza al cabo Giles, llamó al trompa Sánchez y solitos se dirigieron sobre los indios, al galope.
 "¡ La gran perra!... Usted sabe amigo Rivas, que no sufrimos del chucho, y, sin embargo, la carne nos tiritaba como si fuera de gallina.
 "Quise escupir... pero ¡de dónde saliva!
 "Cuando los indios vieron que solamente tenían que vérselas con un hombre y un chico, se les hizo sustancia y se adelantaron como para tragarlos.
 "Encima de ellos el coronel sujetó el caballo, clavó la lanza en el suelo, se requintó el chambergo -¡Pucha si lo estoy viendo!- y gritó:
 -¿Quien habla en cristiano?
 -Yo -contestó, saliéndose de la fila, un chino grandote, que montaba un overo negro lindísimo.
 -Bueno -replicó el coronel-. Decile a esos trompetas que se preparen porque les voy a dar una sableada como no han llevado en su vida.
 "El lenguaraz hizo viborear al overo, lo dio vuelta y empezó a soplarles en la lengua lo que había oído
 "¡Viera entonces la que se armó!
 "Se golpearon en la boca y embistieron al coronel, quien, después de decirle al trompa que disparase, recién dio vuelta el caballo y lo puso al galope. Lo atropellaron como veinte indios; le hicieron unos tiros de bola, que atajo con la lanza, y a menos de dos cuadras de nuestra fila se pararon.
 "Para mí tuvieron desconfianza al ver tanto coraje y no se animaron a cargarnos.
 "Cuando menos, supusieron que detrás de los médanos había más gente y que la parada nuestra era para cebarlos, haciéndoles pisar el palito.
 "Entretanto el coronel llegaba adonde estábamos nosotros. Nos gritó un rato y en seguida, riéndose, dijo:
 ¿Han visto, muchachos?, apenas alcanzan para el vermouth. ¡ Saquen los sables y a la carga!
 "Ya no sé lo que pasó. Recuerdo que tiré la lanza y que pelé el corvo viejo; le cerré las espuelas al matungo y cuando recordé corríamos como huracán detrás de los indios, que disparaban como alma que lleva el diablo.
 "De repente oímos tocar atención y trote, y luego alto. El coronel mandó envainar y, sin decir una palabra, se puso al frente de nosotros, al galope, cortando campo con rumbo a Desobedientes.
 "Al entrarse el sol estábamos en el fortín, y, mientras cambiábamos caballos, el coronel habló un momento con el sargento, comandante del puesto, escribió un papel que debía llevarse por chasqui a Trenque Lauquen, y en marcha. Al amanecer estábamos en Lavalle, después de haber dormido unas dos horas en Timote.
 "Esto es lo que pasó en el camino... ¿Digamos ahora si hay motivo para que el ministro se caliente?
 -¿Sabe lo que ha de haber sargento? -dijo Rivas, soltando una infernal bocanada de humo apestoso y tupido-. ¿Sabe lo que ha de haber? -y que me caiga muerto si no adivino-. Es un poco de envidia al coronel.
 -¡Claro! Si entran indios ¿quién los pelea al salir con el arreo? ¡El coronel Villegas! ¿Cual es la división mejor montada? ¡La del coronel Villegas! ¿Qué cuerpo es el más guapo y el mejor tenido? El del Coronel Villegas. Y de ahí vienen la inquina, los cuentos, las macanas, las calenturas al cuete, porque no hay gobierno capaz de sacar a este hombre de la frontera. Y si llegan a sacarlo, lo que es yo me doy de baja sobre el pucho, y rumbeo para Entre Ríos... demasiado he servido a nuestra patria.
 -Vengan esos cinco, mi cabo -exclamó Acevedo, y apretando en la suya la diestra de su bravo compañero, quedaron -quedamos todos- pensativos y mudos. 

 V

   La galera seguía entretanto corriendo a través del desierto solitario e imponente, sin oírse otro rumor que el grito de los postillones animando a las yeguas, o el resuello agitado de estas al galopar desenfrenadas tirando de las cuartas.
 De pronto oyóse un silbido prolongado y poco después hacíamos alto en la primera posta.
 Abrimos la portezuela y, mientras se cambiaban los tiros, descendimos a desentumir las piernas. Ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, podría reproducir ahora mismo, sin perder un detalle -de tal manera conservo viva la impresión-, aquella posta famosa. Era un rancho largo, sucio, revocado con estiércol, especie de fonda, prisión, de pulpería y de fuerte. Al lado del rancho un mangrullo que el viento cimbraba como si quisiera arrancarlo del suelo, y más allá un corral de palo a pique donde se apretaban asustadas unas cuantas yeguas y unos pocos caballos.
 El todo protegido por un foso enorme, lleno de agua verdosa y nauseabunda, criadero repugnante de sapos y de saguaipés. Eran dueños u ocupantes del rancho un antiguo sargento del 2º de Infantería y su mujer -madre de tres mulatillos desgreñados y harapientos, cuya misión en la vida consistía en vivir, relevándose de vigías sobre el mangrullo-. El ex sargento tenía lo que él llamaba "posada para los viajeros cuando la galera no podía seguir adelante", y despachaba además ginebra, caña, cigarrillos negros y yerba argentina de lo peor que se puede imaginar: Al mismo tiempo; criaba una pequeña majada, cuyos productos le daban para ir tirando hasta que los tiempos cambiasen. El tropillero, un perdulario cualquiera, vivía con el
antiguo milico y le servía de ayudante.
 El dueño de la posta se acercó al alférez Requejo, apenas hubo echado este pie a tierra, y cuadrándose militarmente, como si aún estuviera en las filas, le dio cuenta de las novedades.
 -Dicen, mi alférez, que andan indios por aquí cerca. En la semana pasada entraron algunos grupos hasta cerca del Salto, robaron una punta de animales y desaparecieron. Las fuerzas de Junín los andan campeando; y a juzgar por las quemazones que se han visto estos días, deben haberse inclinado al lado del norte.
 -¿De Trenque Lauquen no ha pasado nadie hace poco? -preguntó el alférez Requejo.
 -No, señor. En el camino se han de encontrar ustedes con el comisario pagador, que viene de regreso.
 Es la única noticia que tenemos.
 Apenas habríamos tomado un mate por barba, gentil obsequio de la dueña del pago, cuando el mayoral avisó que estaba pronto para seguir viaje.
 A la galera todo el mundo y en marcha- Declinaba la tarde y había que llegar a Chacabuco temprano.
 A las ocho de la noche, después de una cruzada penosa, a través de bañados y pantanos, entramos a la anhelada población, yendo a hospedarnos en el mejor hotel de la localidad. Allí encontramos comida abundante, cama limpia y sueño apacible.
 Cuando estaba aclarando, el mayoral vino a despertarnos.
 Lo mismo que el día anterior, salimos, cambiamos tiro en dos postas del trayecto, y a la oración llegamos a Junín. Aquí empezaba el misterio, y se abría ante mis ojos, inmensa y enigmática, la puerta sombría del desierto.
 Dormí tranquilamente; y al amanecer oí los gritos del alférez Requejo, que me llamaba.
 Salté de la cama, vestíme apresuradamente y fui en busca de mi superior, que me esperaba en el café del hotel para invitarme con el más sabroso e inolvidable desayuno de toda mi vida.

 VI

  Después del desayuno teníamos que presentarnos a la autoridad superior del punto, la cual nos proporcionaría cabalgaduras para seguir adelante.
 El alférez Requejo pidió cuatro caballos para todos y una montura para mí.
 -Los caballos -le dijo un sujeto que dragoneaba, en ausencia del titular, de juez de paz o de comandante militar- los tendrá usted en seguida, aunque no hay muy buenos, puesto que la gente que ha salido a campaña se llevó, como era natural, lo mejor. En cuanto a montura -agregó, echándome una mirada entre burlona y compasiva- se me ocurre que este mocito tendrá que jinetear en la carona de sus propios muslos.
 -¿Como? -interrumpió el alférez-. ¿Que no hay monturas aquí?
 -Ni con que armar una sola para remedio.
 -Pero este joven, que va de alta como cadete, no puede marchar en pelo hasta Lavalle...
 -¿Y a mí qué? -dijo encogiéndose de hombros el individuo aquél que hacía de autoridad, y que más tarde supe, por experiencia, que hacía también de compra-sueldos.
 Y a usted mucho -contestó el alférez-. Dentro de una hora me entrega una montura o lo llevo a usted de bajera, ¿entiende?
 Quiso el hombre alegar gastos de viaje y tal vez insolentarse con mi oficial; pero este llamó al sargento Acevedo y le dijo:
 -Dentro de una hora saldremos para Lavalle. Y dentro de una hora este individuo le entrega un caballo ensillado o lo agarra usted a el mismo, lo dobla por la cintura y me lo pone de cojinillo en un matungo, apretado como un cinchón.
 Y tomándome del brazo se alejó conmigo en dirección al hotel.
 Mientras andábamos, el alférez Requejo iba diciéndome :
 -Estos tipos son así. Puras dificultades para servir al gobierno, y después todo se vuelven cuentas. Si nos prestan un caballo, la cuenta; si nos dan un vaso de agua, la cuenta por el servicio; si nos contestan un saludo, la cuenta por la atención. Y luego: "Coronel, si V. E. me prestara unos soldaditos para que me cuiden la majada; si me facilitase unos carritos para acarrear un ladrillo; si me facilitase el carpintero del cuerpo, el herrero, el albañil...". Si usted precisa un peso, ahí están para complacerlo, le dan uno por dos, y el uno ha de ser todavía en artículos de sus boliches.
 ¡Ahijuna! Si yo fuese gobierno ya vería cómo arreglaba a estos patriotas. ¡ Patriotas! Dentro de algunos años, cuando seamos viejos y hayamos dejado en estas pampas la salud, cuando nos manden a la basura por inútiles, iremos todos ladrando de pobres, sin pan para los cachorros, mientras ellos serán ricos y panzones, cebados con sangre de milicos, ueños, sin que les cueste un medio, de todas estas tierras que dejaremos jalonadas con huesos de nuestra propia osamenta. ¡Una gran perra! ¡No poder hacerlos míos por un rato!
 -¿Y a quién ha de hacer suyo, mi alférez? -gritó de pronto un gaucho viejo, que tropezó con nosotros al llegar a una esquina.
 -¡Amigo Maza! -exclamó Requejo, abrazando al aparecido. Y volviéndose a mí-: El teniente Maza, el primer baquiano de la pampa y el gaucho más corajudo que nació en tierra argentina.
 Mientras Maza y Requejo se saludan y se preguntan mil cosas a la vez, yo observo al individuo aquél.
 Bajo de cuerpo, delgado, nervioso, ya entrado en años, el chiripá y la bota de potro le sientan a maravilla.
 Lleva en la cabeza un sombrero negro de alas anchas, sostenido por un barboquejo que termina en una borla de seda gruesa y tupida; en la mano derecha un rebenque de plata y en la cintura, sujeta al tirador, una daga de colosales dimensiones.
 Conversando Maza y Requejo, llegamos al hotel, nos sentamos a una mesa y, cuando el mozo hubo traído el sacrosanto porrón marca "Llave", dijo Requejo:
 -Ahora, amigo Maza, cuéntenos esa aventura suya tan sonada, en la cual casi deja el numero uno. Yo la supe estando en Guaminí, y cuando regresé ya usted había alzado el vuelo para estos pagos. ¿ Quién sabe si no me han exagerado?
 -La cosa fue así nomás -repuso Maza, echándose al estómago un trago de ginebra-. Llegó un día a casa el teniente Turdera, que iba para Buenos Aires, y me entregó una carta del coronel.
 "Yo le dije: -Hágame el servicio, léala-. Y me la leyó. El coronel me llamaba para un asunto de importancia, que debíamos resolver antes de que viniera el doctor Alsina.
 "En tres días llegué a Trenque Lauquen y me presenté al coronel.
 "Le habían asegurado al ministro y al mismo coronel que un poco más allá de Potro-ló había una invernada de los indios, apenas cuidada por unos cuantos mocetones. Querían que yo, con una partida de milicos bien montados, sorprendiera esa invernada y diese un malón a los indios:
 -Se hará como lo mande V. E. -le contesté al coronel.
 "Y ahí no más se dieron las órdenes del caso.
 "Yo le hice presente al coronel una cosa:
 -Vea, señor -le dije-, para este negocio déjeme equipar los hombres que vayan a ir conmigo. Nada de sables, ni de maletas. Las carabinas en la montura, cien tiros por individuo en las cananas y un buen facón en la cintura. ¿Caballos? Uno de marcha, guapo y resistente, y uno de tiro, espléndido para pelear o disparar, porque no es cuestión de ir a hacer la pata ancha con un pucho de gente en tierra adentro. Si somos muchos y pesados, nos van a sentir de lejos y no haremos nada; si somos pocos y livianos, vamos a lo que Dios disponga, esto es, a defender el cuero de la mejor manera, o a disparar sin intentar lo más mínimo.
 "Y el coronel me dijo, delante del mismo Alsina:
 -Amigo Maza: voy a darle cuarenta hombres elegidos, armados como lo indica y montados como lo quiere. lntérnese en la pampa y proceda como su experiencia y su coraje le aconsejen. La cuestión es demostrarles a los indios que estamos en vísperas de arrebatarles su táctica, invadiéndolos a nuestra vez.
 "No hubo más. Se carneó y se charqueó la carne para cuatro días; alzamos algunas galletas y cuando obscureció, buenas noches.
 "Al amanecer estábamos en Sanquilcó, y allí nos resolvimos a pasar el día, toda vez que era imposible dar un paso sin que fuéramos descubiertos. Aseguramos los caballos para que no se alejasen demasiado y, contando cuentos, fumando cigarrillos y echando unas partiditas de truco y monte, esperamos la oración. Apenas hubo entrado el sol, arrimamos las tropillas, ensillamos y en camino. La noche era preciosa. Brillaban las estrellas en el cielo como si fueran faro les colgados por Tata Dios para alumbrar nuestra expedición, y cuando iba rompiendo el día nos encontramos frente a los primeros montes de Malal.
 "Desensillamos los mancarrones de marcha, los soltamos para que se revoleasen y comiesen, atando entre tanto los de reserva. Salió el sol. Radiante y espléndido sol que barre las cerrazones con un formidable escobazo de sus rayos. Le prendimos al charque para engañar un poco al hambre que nos iba picando con fuerza y, después de colocar bomberos en los médanos, nos echamos a dormir.
 "De pronto -serían como las diez de la mañana vi llegar corriendo, con la lengua de fuera como un galgo en una boleada de avestruces, al cabo Roldán.
 "-Por el camino de los ranqueles -dijo el cabo- avanza una polvareda grandísima. Al principio creí que pudieran ser guanacos, pero, fijándome, he visto que son indios. Deben pasar de trescientos y vienen como para un malón. Traen caballos de tiro y a lo lejos un grupo de animales de arreo.
 -¿Pasaran lejos de aquí? -pregunté.
 -Traen este mismo rumbo -contestó Roldán- y de seguro que han elegido esta misma laguna para dar agua a los animales y descansar.
 "Mande como era el caso montar a caballo y me dispuse a esperar lo que viniese.
 "No habría pasado medía hora cuando ya teníamos encima el polvo. Era, como dijo Roldan, un malón, y, confiados los indios en que no andaría por allí ni una sombra de cristiano, marchaban sin tomar precauciones, como si tuviesen pasaporte del gobierno para atravesar la pampa.
 "Roldán había calculado en trescientos el número de los malones; pero yo me quise cerciorar y me adelante unas cuantas cuadras, echándome de barriga, para observar con calma, entre unas cortaderas. Efectivamente, no eran más. Venían los pícaros lo más distraídos. Algunos hasta sentados a lo mujer, arrastrando la lanza, saboreando de antemano el atracón que iban a darse en nuestras poblaciones. Después de ver bien, me volví a la laguna, mandé al sargento Reyna, con diez hombres, a que cuidase los caballos sueltos y con el resto de la gente me corrí por la falda de los médanos, a fin de salir medio de atrás a la invasión y sorprenderla.
 "¡Gran golpe, amigo alférez!
 "Cuando los indios llegaron al cañadón que se encuentra antes de la laguna, viniendo de Fotá-Lauquen, les pegamos el grito y ¡a la carga!
 "¡Había que ver que julepe y que entrevero! En el primer momento, al sentir el silbido de las moras, pegaron medía vuelta y meta espuela, sin acordarse de los mancarrones de tiro, que eran los buenos que dejaron abandonados.
 "Nosotros los perseguimos un trechito, como quien dice para no dejarlos tomar resuello; nos volvimos y, arreando con los caballos tomados, ¡patitas para qué te quiero!, le bajamos la mano para Trenque Lauquen.
 "Conforme vieron los pampas que no los seguíamos, se organizaron prendiendo fuego al campo para anunciar a los toldos nuestra presencia y se nos vinieron al humo, con el propósito de molestarnos, demorar nuestra marcha y dar tiempo a que les llegasen refuerzos.
 "Yo comprendí la maniobra y, sin preocuparme de la gritería que nos armaban a distancia, seguí la marcha -dele galope-, tratando de acercarme lo más pronto posible al campamento.
 "A eso de las cuatro de la tarde vimos llegar de todas partes, como si brotasen de la tierra, nubes de polvo, que acusaban otras tantas partidas de malones.
 "Por las dudas, y temiendo que los salvajes nos fueran a alcanzar y sitiarnos, mandé al cabo Roldán que se adelantase, bien montado por cierto, y que fuera con el parte a Trenque Lauquen.
 "Cayó la noche y disminuimos la marcha. Los indios hicieron lo mismo y, sin animarse a atacarnos, aunque eran tal vez cerca de mil, nos siguieron, tratando de envolvernos como dentro de una manga.
 "A, media noche pasamos por Sanquilcó y llegamos a Mari Lauquen.
 "Nos hallábamos a diez leguas del campamento, y si Roldán no había cansado los caballos, podíamos hacer la pata ancha, seguros de que nos vendría protección a tiempo.
 "Al amanecer me convencí de que nos era imposible seguir adelante. La indiada nos tenía completamente cercados; y si algo podía ofrecernos un reparo era la laguna. Los indios, así que vieron claro, se dispusieron a atacarnos, envalentonados con su numero colosal ante el puñado de milicos que me rodeaba. Iniciaron una carga, que rechazamos ocasionándoles algunas bajas, y como los veía decididos a reiterar sus ataques, me interné en la laguna con mis hombres y con los caballos ensillados. Los demás tuvimos que abandonarlos.
 "A todo esto, los malones no parecían muy apurados.
 Tenían la seguridad de que nadie iría a molestarlos y como nuestra situación resultaba insostenible, dejaban que el tiempo la resolviese sin comprometer nuevas vidas.
 "Eran las once de la mañana y hacía más de cuatro horas que nos hallábamos metidos en el agua hasta la cintura. El frío nos entumecía las piernas y el sol nos derretía los sesos. En eso reparé que una fracción considerable de indios echaba pie a tierra y se desnudaba, seña inequívoca de que nos iban a atacar de firme.
 Y así era. Vi moverse en dirección a nosotros una larga fila de salvajes, cuyos alaridos nos ensordecían, y me consideré finado. No quedaba otro recurso que defender el cuero hasta la última extremidad. De pronto observe que los indios de a caballo hacían señas a los de a pie, como llamándolos, con grandes revoleos de poncho, y vi con sorpresa que los asaltantes se retiraban precipitadamente en busca de sus caballos.
 "¿Qué ocurría?
 "Por el camino de Trenque Lauquen se veía llegar una inmensa y tupida polvareda. Era el Regimiento 3º de Caballería, que, desprendido horas antes, volaba en nuestro auxilio. Roldán había cumplido su misión y le debíamos la vida.
 "Excuso decirle que los indios no esperaron la llegada del regimiento. Arrearon los caballos que nos quitaron y volvieron grupas, internándose en el desierto.
 Poco después nos incorporamos al mayor Rosa, jefe de las fuerzas protectoras, y emprendimos la vuelta a Trenque Lauquen.
 "Quedaba así consagrada, una vez más, la imposibilidad absoluta de atacar las tolderías con fuerzas numerosas, porque éstas eran descubiertas desde lejos, y con partidas livianas porque eran batidas y deshechas.
 "Aquí tiene, amigo Requejo -concluyó el teniente Maza-, el relato fiel de mi aventura. Acaso en otra seremos más felices. 

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"La Guerra al Malón"


 


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