IV
-Con su permiso, mi
alférez -había dicho el sargento Acevedo apenas
dejamos atrás las últimas chacras de Chivilcoy,
y, subiendo la ventanilla que separaba la berlina del
interior, agregó con voz apenas perceptible, dirigiéndose
a nosotros:
-Así podremos
humear a nuestro gusto.
Sacó en seguida del
bolsillo del pantalón una chuspa de cogote de
avestruz, armó un cigarrillo, lo encendió raspando el fósforo
en la manga del saco y, cuando hubo saboreado
con verdadero deleite las primeras humaredas de su
tagarnina, exclamó dirigiéndose al cabo Rivas:
-¿Que le habrá
pasado al coronel que demoró el viaje?
-¡Quien sabe! Para
mí, por lo que he podido maliciar, el coronel
no vuelve más. Creo que tuvo una de a pie con el
ministro de Guerra, a causa de lo que pasó con los indios
cuando venía para Buenos Aires, entre Salinas y
Desobedientes, y que, según parece, ha sido una
barbaridad.
-¿ Barbaridad?
-Así dicen.
-¿Como?... ¿y que
no se acuerda? -interrumpió el sargento.
-¡Que voy a
acordarme, sargento!... si yo no estuve... ¿No sabe
que me había quedado en Trenque Lauquen para traer
los guanacos que el coronel esperaba de la
comandancia Mansilla?
-Es cierto. ¿ Pero
que nos pueden echar en cara por esa patriada?
-Yo no sé. Supongo
no más que algo habrá porque ayer, de mañana
cuando le estaba dando mate al coronel, fue a
verlo un enviado del ministro, don Octavio Massini, y,
queriendo el hombre quedarse a solas, me
despacharon. Yo salí, pero como estaba cerca de la puerta oí
de pronto que el coronel alzaba el gallo y decía:
-No, señor. Si el
ministro quiere que viaje con un regimiento de
escolta cada vez que salga del campamento, que nombre
otro jefe. Yo no he de hacer papelones andando de
un lado para otro con un ejército.
-No se caliente,
coronel -le decía el enviado-. El ministro piensa
que usted hace mal en no cuidarse y que en nada le
ofende aconsejándole que cambie el armamento de su
escolta...
-¡No cambio nada!
-le gritaba el coronel-. Mi escolta es de
lanceros y de lanceros ha de ser, a lo menos mientras yo la
mande. ¿Qué se ha creído el doctor Alsina? ¿Que
solamente él tiene agallas para pasearse por la
frontera con cuatro gatos de escolta?
¡ No, señor!
Y después de un
rato largo de parlamento; oí al coronel que decía:
-No, me iré mañana,
ya que hoy es imposible hablar con el
ministro. Aguardaré a que se mejore, y entonces le diré lo
que tengo que decirle. O me conduzco en la frontera
con absoluta libertad o renuncio.
-¡Qué va a
renunciar! -interrumpió el sargento-: si renuncia, ¿cuando
lo van a dejar que se vaya?...
Mire, cabo, si el
coronel deja la frontera el primer malón que venga no
sujeta la rienda hasta la plaza de la Victoria. ¿No
le han contado cómo fue esa patriada que por lo
visto, ha hecho enojar al ministro?
-Algo he oído
cuando venía con los guanacos; pero... se miente
tanto.
-Entonces escuche...
y dígame si tiene razón el ministro para
enojarse.
"Salimos
-prosiguió el sargento Acevedo, después de estimular la
memoria con un trago que solo hizo, caso por distracción,
extensivo a Rivas- el día de San José, el 19 de
marzo, del campamento.
"Eramos, como
usted sabe, veinte hombres incluso el coronel, todos
lanceros, menos el trompeta Sánchez.
A eso de las diez de
la mañana llegamos al fortín Farías. Mudamos
caballos y seguimos viaje hasta Salinas, sin encontrar
novedad.
"En Salinas el
sargento Urquiza le dio cuenta al coronel que las
descubiertas no habían hallado rastros de ninguna clase.
"Tomamos unos
mates y en marcha. Habríamos galopado tal vez dos
leguas cuando de pronto descubrimos, del lado de
Gainza, un polvo que se venía sobre nosotros.
-¡Avestruces! -gritó
el ñato Galván.
"Pero al
repechar los médanos que cruzan el camino del "Guanaco
Quemado" observamos que los avestruces se habían
vuelto pampas. Estaban casi encima y nos parecieron más
de cien.
"Irnos sobre la
indiada era locura, toda vez que no la podríamos
sorprender... Disparar... eran palabras mayores. No teníamos
caballos para ganarle a los indios y además, si
no hacía punta el coronel, ¿Quién se animaría a
hacerla?
-¡Alto! -mandó el
coronel-. ¡A la izquierda en batalla!
"Y quedamos
clavados semejando estacones de cerco, dando frente al
grupo de pampas, que también se habían parado y
tendido en línea, como a diez cuadras de nosotros.
"Entonces el
coronel le pidió su lanza al cabo Giles, llamó al trompa Sánchez y solitos se dirigieron sobre los indios, al
galope.
"¡ La gran
perra!... Usted sabe amigo Rivas, que no sufrimos del
chucho, y, sin embargo, la carne nos tiritaba como si
fuera de gallina.
"Quise
escupir... pero ¡de dónde saliva!
"Cuando los
indios vieron que solamente tenían que vérselas con un
hombre y un chico, se les hizo sustancia y se
adelantaron como para tragarlos.
"Encima de
ellos el coronel sujetó el caballo, clavó la lanza en el
suelo, se requintó el chambergo -¡Pucha si lo estoy viendo!-
y gritó:
-¿Quien habla en
cristiano?
-Yo -contestó, saliéndose
de la fila, un chino grandote, que
montaba un overo negro lindísimo.
-Bueno -replicó el
coronel-. Decile a esos trompetas que se
preparen porque les voy a dar una sableada como no han
llevado en su vida.
"El lenguaraz
hizo viborear al overo, lo dio vuelta y empezó a soplarles
en la lengua lo que había oído
"¡Viera
entonces la que se armó!
"Se golpearon
en la boca y embistieron al coronel, quien, después de
decirle al trompa que disparase, recién dio vuelta
el caballo y lo puso al galope. Lo atropellaron como
veinte indios; le hicieron unos tiros de bola, que atajo
con la lanza, y a menos de dos cuadras de nuestra
fila se pararon.
"Para mí
tuvieron desconfianza al ver tanto coraje y no se animaron a
cargarnos.
"Cuando menos,
supusieron que detrás de los médanos había más
gente y que la parada nuestra era para cebarlos, haciéndoles
pisar el palito.
"Entretanto el
coronel llegaba adonde estábamos nosotros. Nos gritó
un rato y en seguida, riéndose, dijo:
¿Han visto,
muchachos?, apenas alcanzan para el vermouth. ¡ Saquen
los sables y a la carga!
"Ya no sé lo
que pasó. Recuerdo que tiré la lanza y que pelé el corvo
viejo; le cerré las espuelas al matungo y cuando
recordé corríamos como huracán detrás de los
indios, que disparaban como alma que lleva el diablo.
"De repente oímos
tocar atención y trote, y luego alto. El coronel
mandó envainar y, sin decir una palabra, se puso al
frente de nosotros, al galope, cortando campo con
rumbo a Desobedientes.
"Al entrarse el
sol estábamos en el fortín, y, mientras cambiábamos
caballos, el coronel habló un momento con el
sargento, comandante del puesto, escribió un papel que debía
llevarse por chasqui a Trenque Lauquen, y en
marcha. Al amanecer estábamos en Lavalle, después de
haber dormido unas dos horas en Timote.
"Esto es lo que
pasó en el camino... ¿Digamos ahora si hay motivo
para que el ministro se caliente?
-¿Sabe lo que ha de
haber sargento? -dijo Rivas, soltando una
infernal bocanada de humo apestoso y tupido-. ¿Sabe lo
que ha de haber? -y que me caiga muerto si no
adivino-. Es un poco de envidia al coronel.
-¡Claro! Si entran
indios ¿quién los pelea al salir con el arreo? ¡El
coronel Villegas! ¿Cual es la división mejor montada?
¡La del coronel Villegas! ¿Qué cuerpo es el más
guapo y el mejor tenido? El del Coronel Villegas. Y
de ahí vienen la inquina, los cuentos, las macanas,
las calenturas al cuete, porque no hay gobierno capaz
de sacar a este hombre de la frontera. Y si
llegan a sacarlo, lo que es yo me doy de baja sobre el
pucho, y rumbeo para Entre Ríos... demasiado he servido
a nuestra patria.
-Vengan esos cinco,
mi cabo -exclamó Acevedo, y apretando en la
suya la diestra de su bravo compañero, quedaron
-quedamos todos- pensativos y mudos.
V
La galera seguía
entretanto corriendo a través del desierto solitario e
imponente, sin oírse otro rumor que el grito de los
postillones animando a las yeguas, o el resuello
agitado de estas al galopar desenfrenadas tirando de las
cuartas.
De pronto oyóse un
silbido prolongado y poco después hacíamos alto
en la primera posta.
Abrimos la
portezuela y, mientras se cambiaban los tiros, descendimos a
desentumir las piernas. Ha pasado mucho
tiempo y, sin embargo, podría reproducir ahora
mismo, sin perder un detalle -de tal manera conservo
viva la impresión-, aquella posta famosa. Era un
rancho largo, sucio, revocado con estiércol, especie de
fonda, prisión, de pulpería y de fuerte. Al lado del
rancho un mangrullo que el viento cimbraba como si
quisiera arrancarlo del suelo, y más allá un corral de
palo a pique donde se apretaban asustadas unas
cuantas yeguas y unos pocos caballos.
El todo protegido
por un foso enorme, lleno de agua verdosa y
nauseabunda, criadero repugnante de sapos y de saguaipés. Eran dueños u
ocupantes del rancho un antiguo sargento del 2º de Infantería y su mujer -madre de tres mulatillos
desgreñados y harapientos, cuya misión en la vida
consistía en vivir, relevándose de vigías sobre el mangrullo-.
El ex sargento tenía lo que él llamaba "posada
para los viajeros cuando la galera no podía seguir
adelante", y despachaba además ginebra, caña,
cigarrillos negros y yerba argentina de lo peor que se puede
imaginar: Al mismo tiempo; criaba una pequeña majada,
cuyos productos le daban para ir tirando hasta que
los tiempos cambiasen. El tropillero, un perdulario
cualquiera, vivía con el antiguo milico y le servía
de ayudante.
El dueño de la
posta se acercó al alférez Requejo, apenas hubo echado
este pie a tierra, y cuadrándose militarmente, como
si aún estuviera en las filas, le dio cuenta de las
novedades.
-Dicen, mi alférez,
que andan indios por aquí cerca. En la semana pasada
entraron algunos grupos hasta cerca del Salto,
robaron una punta de animales y desaparecieron. Las
fuerzas de Junín los andan campeando; y a juzgar por
las quemazones que se han visto estos días, deben
haberse inclinado al lado del norte.
-¿De Trenque
Lauquen no ha pasado nadie hace poco? -preguntó el
alférez Requejo.
-No, señor. En el
camino se han de encontrar ustedes con el
comisario pagador, que viene de regreso.
Es la única noticia
que tenemos.
Apenas habríamos
tomado un mate por barba, gentil obsequio de la
dueña del pago, cuando el mayoral avisó que estaba
pronto para seguir viaje.
A la galera todo el
mundo y en marcha- Declinaba la tarde y había
que llegar a Chacabuco temprano.
A las ocho de la
noche, después de una cruzada penosa, a través de
bañados y pantanos, entramos a la anhelada población,
yendo a hospedarnos en el mejor hotel de la
localidad. Allí encontramos comida abundante, cama limpia y
sueño apacible.
Cuando estaba
aclarando, el mayoral vino a despertarnos.
Lo mismo que el día
anterior, salimos, cambiamos tiro en dos postas
del trayecto, y a la oración llegamos a Junín. Aquí
empezaba el misterio, y se abría ante mis ojos,
inmensa y enigmática, la puerta sombría del desierto.
Dormí
tranquilamente; y al amanecer oí los gritos del alférez Requejo,
que me llamaba.
Salté de la cama,
vestíme apresuradamente y fui en busca de mi
superior, que me esperaba en el café del hotel para
invitarme con el más sabroso e inolvidable
desayuno de toda mi vida.
VI
Después del desayuno teníamos que presentarnos a la
autoridad superior del punto, la cual nos proporcionaría
cabalgaduras para seguir adelante.
El alférez Requejo pidió cuatro caballos para
todos y una montura para mí.
-Los caballos -le dijo un sujeto que dragoneaba,
en ausencia del titular, de juez de paz o de comandante
militar- los tendrá usted en seguida, aunque no hay muy
buenos, puesto que la gente que ha salido a campaña se
llevó, como era natural, lo mejor. En cuanto a montura
-agregó, echándome una mirada entre burlona y
compasiva- se me ocurre que este mocito tendrá que
jinetear en la carona de sus propios muslos.
-¿Como? -interrumpió el alférez-. ¿Que no hay
monturas aquí?
-Ni con que armar una sola para remedio.
-Pero este joven, que va de alta como cadete, no
puede marchar en pelo hasta Lavalle...
-¿Y a mí qué? -dijo encogiéndose de hombros el
individuo aquél que hacía de autoridad, y que más
tarde supe, por experiencia, que hacía también de
compra-sueldos.
Y a usted mucho -contestó el alférez-. Dentro de
una hora me entrega una montura o lo llevo a usted de
bajera, ¿entiende?
Quiso el hombre alegar gastos de viaje y tal vez
insolentarse con mi oficial; pero este llamó al
sargento Acevedo y le dijo:
-Dentro de una hora saldremos para Lavalle. Y
dentro de una hora este individuo le entrega un caballo
ensillado o lo agarra usted a el mismo, lo dobla por la
cintura y me lo pone de cojinillo en un matungo,
apretado como un cinchón.
Y tomándome del brazo se alejó conmigo en
dirección al hotel.
Mientras andábamos, el alférez Requejo iba diciéndome
:
-Estos tipos son así. Puras dificultades para
servir al gobierno, y después todo se vuelven cuentas.
Si nos prestan un caballo, la cuenta; si nos dan un vaso
de agua, la cuenta por el servicio; si nos contestan un
saludo, la cuenta por la atención. Y luego:
"Coronel, si V. E. me prestara unos soldaditos para
que me cuiden la majada; si me facilitase unos carritos
para acarrear un ladrillo; si me facilitase el
carpintero del cuerpo, el herrero, el albañil...".
Si usted precisa un peso, ahí están para complacerlo,
le dan uno por dos, y el uno ha de ser todavía en artículos
de sus boliches.
¡Ahijuna! Si yo fuese gobierno ya vería cómo
arreglaba a estos patriotas. ¡ Patriotas! Dentro de
algunos años, cuando seamos viejos y hayamos dejado en
estas pampas la salud, cuando nos manden a la basura por
inútiles, iremos todos ladrando de pobres, sin pan para
los cachorros, mientras ellos serán ricos y panzones,
cebados con sangre de milicos, ueños, sin que les
cueste un medio, de todas estas tierras que dejaremos
jalonadas con huesos de nuestra propia osamenta. ¡Una
gran perra! ¡No poder hacerlos míos por un rato!
-¿Y a quién ha de hacer suyo, mi alférez? -gritó
de pronto un gaucho viejo, que tropezó con nosotros al
llegar a una esquina.
-¡Amigo Maza! -exclamó Requejo, abrazando al
aparecido. Y volviéndose a mí-: El teniente Maza, el
primer baquiano de la pampa y el gaucho más corajudo
que nació en tierra argentina.
Mientras Maza y Requejo se saludan y se preguntan
mil cosas a la vez, yo observo al individuo aquél.
Bajo de cuerpo, delgado, nervioso, ya entrado en años,
el chiripá y la bota de potro le sientan a maravilla.
Lleva en la cabeza un sombrero negro de alas
anchas, sostenido por un barboquejo que termina en una
borla de seda gruesa y tupida; en la mano derecha un
rebenque de plata y en la cintura, sujeta al tirador,
una daga de colosales dimensiones.
Conversando Maza y Requejo, llegamos al hotel, nos
sentamos a una mesa y, cuando el mozo hubo traído el
sacrosanto porrón marca "Llave", dijo Requejo:
-Ahora, amigo Maza, cuéntenos esa aventura suya
tan sonada, en la cual casi deja el numero uno. Yo la
supe estando en Guaminí, y cuando regresé ya usted había
alzado el vuelo para estos pagos. ¿ Quién sabe si no
me han exagerado?
-La cosa fue así nomás -repuso Maza, echándose
al estómago un trago de ginebra-. Llegó un día a casa
el teniente Turdera, que iba para Buenos Aires, y me
entregó una carta del coronel.
"Yo le dije: -Hágame el servicio, léala-. Y
me la leyó. El coronel me llamaba para un asunto de
importancia, que debíamos resolver antes de que viniera
el doctor Alsina.
"En tres días llegué a Trenque Lauquen y me
presenté al coronel.
"Le habían asegurado al ministro y al mismo
coronel que un poco más allá de Potro-ló había una
invernada de los indios, apenas cuidada por unos cuantos
mocetones. Querían que yo, con una partida de milicos
bien montados, sorprendiera esa invernada y diese un malón
a los indios:
-Se hará como lo mande V. E. -le contesté al
coronel.
"Y ahí no más se dieron las órdenes del
caso.
"Yo le hice presente al coronel una cosa:
-Vea, señor -le dije-, para este negocio déjeme
equipar los hombres que vayan a ir conmigo. Nada de
sables, ni de maletas. Las carabinas en la montura, cien
tiros por individuo en las cananas y un buen facón en
la cintura. ¿Caballos? Uno de marcha, guapo y
resistente, y uno de tiro, espléndido para pelear o
disparar, porque no es cuestión de ir a hacer la pata
ancha con un pucho de gente en tierra adentro. Si somos
muchos y pesados, nos van a sentir de lejos y no haremos
nada; si somos pocos y livianos, vamos a lo que Dios
disponga, esto es, a defender el cuero de la mejor
manera, o a disparar sin intentar lo más mínimo.
"Y el coronel me dijo, delante del mismo
Alsina:
-Amigo Maza: voy a darle cuarenta hombres
elegidos, armados como lo indica y montados como lo
quiere. lntérnese en la pampa y proceda como su
experiencia y su coraje le aconsejen. La cuestión es
demostrarles a los indios que estamos en vísperas de
arrebatarles su táctica, invadiéndolos a nuestra vez.
"No hubo más. Se carneó y se charqueó la
carne para cuatro días; alzamos algunas galletas y
cuando obscureció, buenas noches.
"Al amanecer estábamos en Sanquilcó, y allí
nos resolvimos a pasar el día, toda vez que era
imposible dar un paso sin que fuéramos descubiertos.
Aseguramos los caballos para que no se alejasen
demasiado y, contando cuentos, fumando cigarrillos y
echando unas partiditas de truco y monte, esperamos la
oración. Apenas hubo entrado el sol, arrimamos las
tropillas, ensillamos y en camino. La noche era
preciosa. Brillaban las estrellas en el cielo como si
fueran faro les colgados por Tata Dios para alumbrar
nuestra expedición, y cuando iba rompiendo el día nos
encontramos frente a los primeros montes de Malal.
"Desensillamos los mancarrones de marcha, los
soltamos para que se revoleasen y comiesen, atando entre
tanto los de reserva. Salió el sol. Radiante y espléndido
sol que barre las cerrazones con un formidable escobazo
de sus rayos. Le prendimos al charque para engañar un
poco al hambre que nos iba picando con fuerza y, después
de colocar bomberos en los médanos, nos echamos a
dormir.
"De pronto -serían como las diez de la mañana
vi llegar corriendo, con la lengua de fuera como un
galgo en una boleada de avestruces, al cabo Roldán.
"-Por el camino de los ranqueles -dijo el
cabo- avanza una polvareda grandísima. Al principio creí
que pudieran ser guanacos, pero, fijándome, he visto
que son indios. Deben pasar de trescientos y vienen como
para un malón. Traen caballos de tiro y a lo lejos un
grupo de animales de arreo.
-¿Pasaran lejos de aquí? -pregunté.
-Traen este mismo rumbo -contestó Roldán- y de
seguro que han elegido esta misma laguna para dar agua a
los animales y descansar.
"Mande como era el caso montar a caballo y me
dispuse a esperar lo que viniese.
"No habría pasado medía hora cuando ya teníamos
encima el polvo. Era, como dijo Roldan, un malón, y,
confiados los indios en que no andaría por allí ni una
sombra de cristiano, marchaban sin tomar precauciones,
como si tuviesen pasaporte del gobierno para atravesar
la pampa.
"Roldán había calculado en trescientos el número
de los malones; pero yo me quise cerciorar y me adelante
unas cuantas cuadras, echándome de barriga, para
observar con calma, entre unas cortaderas.
Efectivamente, no eran más. Venían los pícaros lo más
distraídos. Algunos hasta sentados a lo mujer,
arrastrando la lanza, saboreando de antemano el atracón
que iban a darse en nuestras poblaciones. Después de
ver bien, me volví a la laguna, mandé al sargento
Reyna, con diez hombres, a que cuidase los caballos
sueltos y con el resto de la gente me corrí por la
falda de los médanos, a fin de salir medio de atrás a
la invasión y sorprenderla.
"¡Gran golpe, amigo alférez!
"Cuando los indios llegaron al cañadón que
se encuentra antes de la laguna, viniendo de Fotá-Lauquen,
les pegamos el grito y ¡a la carga!
"¡Había que ver que julepe y que entrevero!
En el primer momento, al sentir el silbido de las moras,
pegaron medía vuelta y meta espuela, sin acordarse de
los mancarrones de tiro, que eran los buenos que dejaron
abandonados.
"Nosotros los perseguimos un trechito, como
quien dice para no dejarlos tomar resuello; nos volvimos
y, arreando con los caballos tomados, ¡patitas para qué
te quiero!, le bajamos la mano para Trenque Lauquen.
"Conforme vieron los pampas que no los seguíamos,
se organizaron prendiendo fuego al campo para anunciar a
los toldos nuestra presencia y se nos vinieron al humo,
con el propósito de molestarnos, demorar nuestra marcha
y dar tiempo a que les llegasen refuerzos.
"Yo comprendí la maniobra y, sin preocuparme
de la gritería que nos armaban a distancia, seguí la
marcha -dele galope-, tratando de acercarme lo más
pronto posible al campamento.
"A eso de las cuatro de la tarde vimos llegar
de todas partes, como si brotasen de la tierra, nubes de
polvo, que acusaban otras tantas partidas de malones.
"Por las dudas, y temiendo que los salvajes
nos fueran a alcanzar y sitiarnos, mandé al cabo Roldán
que se adelantase, bien montado por cierto, y que fuera
con el parte a Trenque Lauquen.
"Cayó la noche y disminuimos la marcha. Los
indios hicieron lo mismo y, sin animarse a atacarnos,
aunque eran tal vez cerca de mil, nos siguieron,
tratando de envolvernos como dentro de una manga.
"A, media noche pasamos por Sanquilcó y
llegamos a Mari Lauquen.
"Nos hallábamos a diez leguas del
campamento, y si Roldán no había cansado los caballos,
podíamos hacer la pata ancha, seguros de que nos vendría
protección a tiempo.
"Al amanecer me convencí de que nos era
imposible seguir adelante. La indiada nos tenía
completamente cercados; y si algo podía ofrecernos un
reparo era la laguna. Los indios, así que vieron claro,
se dispusieron a atacarnos, envalentonados con su numero
colosal ante el puñado de milicos que me rodeaba.
Iniciaron una carga, que rechazamos ocasionándoles
algunas bajas, y como los veía decididos a reiterar sus
ataques, me interné en la laguna con mis hombres y con
los caballos ensillados. Los demás tuvimos que
abandonarlos.
"A todo esto, los malones no parecían muy
apurados.
Tenían la seguridad de que nadie iría a
molestarlos y como nuestra situación resultaba
insostenible, dejaban que el tiempo la resolviese sin
comprometer nuevas vidas.
"Eran las once de la mañana y hacía más de
cuatro horas que nos hallábamos metidos en el agua
hasta la cintura. El frío nos entumecía las piernas y
el sol nos derretía los sesos. En eso reparé que una
fracción considerable de indios echaba pie a tierra y
se desnudaba, seña inequívoca de que nos iban a atacar
de firme.
Y así era. Vi moverse en dirección a nosotros
una larga fila de salvajes, cuyos alaridos nos ensordecían,
y me consideré finado. No quedaba otro recurso que
defender el cuero hasta la última extremidad. De pronto
observe que los indios de a caballo hacían señas a los
de a pie, como llamándolos, con grandes revoleos de
poncho, y vi con sorpresa que los asaltantes se
retiraban precipitadamente en busca de sus caballos.
"¿Qué ocurría?
"Por el camino de Trenque Lauquen se veía
llegar una inmensa y tupida polvareda. Era el Regimiento
3º de Caballería, que, desprendido horas antes, volaba
en nuestro auxilio. Roldán había cumplido su misión y
le debíamos la vida.
"Excuso decirle que los indios no esperaron
la llegada del regimiento. Arrearon los caballos que nos
quitaron y volvieron grupas, internándose en el
desierto.
Poco después nos incorporamos al mayor Rosa, jefe
de las fuerzas protectoras, y emprendimos la vuelta a
Trenque Lauquen.
"Quedaba así consagrada, una vez más, la
imposibilidad absoluta de atacar las tolderías con
fuerzas numerosas, porque éstas eran descubiertas desde
lejos, y con partidas livianas porque eran batidas y
deshechas.
"Aquí tiene, amigo Requejo -concluyó el
teniente Maza-, el relato fiel de mi aventura. Acaso en
otra seremos más felices.
Capítulos I a III | Capítulos IV a VI | Capítulos VII a IX | Capítulos X a XII | Capítulos XIII a XV | Capítulos XVI a XVIII | Capítulos XIX a XXI | Capítulos XXII a XXV
"La Guerra al Malón"
