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VII
Concluía su relación
el teniente Maza al mismo tiempo en que llegaba al hotel
el sargento Acevedo.
Los caballos estaban prontos, y el que debía
montar yo aperado con una montura inglesa, perfectamente
pelada, obtenida por requisición en la casa del maestro
de escuela.
Pagó el alférez la cuenta de la posada, dijimos
adiós al teniente Maza y momentos después nos alejábamos
de Junín. Requejo no quiso despedirse siquiera del juez
de paz.
Mientras íbamos viendo las rancherías del
pueblo, y mientras
el traqueo del patrio no hacía efecto en mi pobre
humanidad, todo me parecía hermoso y agradable. Hasta
llegue a pensar que la vida de soldado en la frontera no
debía ser tan mala como la pintaban.
Pero a las dos o tres horas de marcha, cuando no
se veía en el horizonte más que los tallos secos de
los cardos; cuando el trote infame de mi cabalgadura
empezó a parecerme molesto y en seguida mortificante;
cuando, sobre todo, me apercibí de que allí no habría
más remedio que aguantar y callar, me invadió una
tristeza profunda y... lloré. ¿No había dicho el alférez
Requejo que en la frontera había visto llorar a muchos
hombres?; ¿qué de extraño, pues, que llorase yo también,
una criatura, un niño, un pobre diablo, a quien
mandaban a rodar tierras, sin nociones de la vida, sin
experiencia para atravesarla, sin fuerza para resistir a
sus embates?
El alférez Requejo se había adelantado solo, al
galope, deseoso de llegar el primero y descansar más a
sus anchas en el puesto del capitán Abaca, una especie
de fortín avanzado en el desierto, y al cual le daban
pomposamente el título de estancia porque el citado
capitán -un antiguo oficial de junineros- poseía unas
cuantas yeguas y una puntita de ovejas.
El sargento Acevedo, que marchaba cerca de mí, el
veterano curtido en cincuenta campañas, el hombre de
aspecto feroz, patibulario, el paria condenado a cárcel
perpetua en las filas del ejército, me vio llorar,
arrimó al mío su caballo, y con suave y cariñoso
acento me preguntó:
- ¿Va cansado, cadete?
-Un poco -respondí haciendo esfuerzos por
aparecer sereno.
-También le han dado un mancarrón y una
montura... ¡Juna... gran siete! Bájese y monte el mío.
Y, como yo vacilase, agregó:
-Bájese, no más... si es mansito y de buen
trote.
Sobre todo el "recao" es más blando y más
seguro.
Y me bajé, cambié de caballo, pero no de
martirio.
Yo no tenía la costumbre de esas fatigas, y lo
que me ocurría era irreparable. En el trayecto había
fabricado, al decir de Requejo, charque para una
quincena.
Al fin, a eso de las cuatro de la tarde, llegamos
al puesto del capitán
Abaca, y después de matear y de churrasquear en grande,
seguimos hasta Lavalle...
Seis horas más de sufrimiento, de frío, de
tristeza y de pena. Así debutaba yo; así empezaba a
tejer el galón de alférez para mi kepí; así me
echaba en la corriente de mi destino; así pasaba la
primera lista de presente en mi existencia de lucha, de
amargura y... desengaños.
Eran las once de la noche cuando entrábamos
-después de soltar los caballos en el corral del fuerte
Lavalle- al rancho en que me brindaba cena y sitio para
tender las pilchas el boticario del punto, un andaluz de
apellido Gallardo, a quien años después encontré de
farmacéutico en Santiago del Estero.
Comimos, me tiré encima de una manta patria y
dormí de un tirón hasta las diez de la mañana. ¡Hasta
las diez de la mañana!
El Alférez Requejo había tenido la caridad de no
seguir ese día, en vista del estado en que yo me
hallaba.
Pasamos, pues, treinta horas sin movernos, que
fueron para mí otras tantas de bendición y de
consuelo.
Tenía el cuerpo
hecho pedazos; me dolían hasta los dientes, y cada vez
que movía una pierna o un brazo hacía de cuenta que me
descoyuntaban. Sin embargo, llegó la hora de la
partida, y puesto a caballo a manera de maleta -pero ya
en buena y cómoda montura- abandonamos el fuerte
Lavalle con rumbo a Trenque Lauquen.
La mañana era fría, pero hermosa. El sol, al
saltar del
horizonte cual gigantesca bola de fuego disparada de las
entrañas de la tierra, se derramaba en olas de luz por
la pampa inmensa, cubierta de reluciente y deslumbradora
escarcha.
Los caballos galopaban ágiles, nerviosos, como
queriendo calentar el cuerpo entumecido en las horas
largas y frías del corral; galopaban escarceando y
vomitando por las narices nubes de vapor y espantándose,
de puro gordos, apenas veían un hormiguero o una cueva
de tucu-tucu a la orilla del camino. Y allí iba yo,
dolorido, renegando de los escarceos que aumentaban mis
dolores, encomendándome a Dios a cada espantada de la
bestia.
De pronto nos detuvimos todos, a una voz del alférez.
A lo lejos, en el límite remoto del horizonte se había
descubierto algo extraño.
Mire yo también hacía el punto adonde miraban
los milicos y no vi absolutamente nada.
-¿Que le parece aquello, sargento? -preguntó el
alférez.
Acevedo se enderezó sobre los estribos, echó el
kepi a la nuca y, haciendo con la mano a manera de
pantalla, observó:
-Eso es gente, mi alférez -dijo.
-Si, no cabe duda -repuso el oficial-. Vamos a ver
quienes son.
Y separándose de nosotros, puso su caballo al
gran galope. Avanzó rectamente una distancia, y luego;
cuando calculó que los que venían debían verlo, se
alejó de la senda, describiendo un vasto semicírculo,
volvió a ella y repitió la maniobra dos o tres veces.
Nosotros distinguíamos ya claro. Era un grupo de
diez o quince jinetes, uno de los cuales contestó la
evolución del alférez en la misma forma.
-Son milicos -dijo entonces el sargento Acevedo.
Y avanzamos a juntarnos con el alférez que se había
quedado esperándonos en el camino. Efectivamente, poco después
llegaba el teniente Spikerman del Regimiento 3º de
Caballería escoltando al comisario pagador, señor
Escalada, que volvía de Trenque Lauquen.
El alférez Requejo conversó un momento con el
teniente y el comisario, se enteró que no había
novedad hasta el Fortín Timote, y cada uno siguió su
camino.
A la hora de almorzar, es decir, a la hora en que
suelen almorzar los que tienen con qué hacerlo,
llegamos a Timote, destacamento que guarnecía la línea
de Lavalle a Trenque Lauquen.
Ya no hay memoria de aquellas viejas defensas que
protegían la pampa, y ya ni el recuerdo existe de los
individuos que las ocupaban.
Era la primera fuerza militar que veía yo en el
servicio de frontera, y confieso que aquello me aterró.
La impresión del fortín, grosero montículo de
tierra rodeado por un enorme foso, me dio frío. Al
aproximarnos vi salir de unos ranchos, que más parecían
cuevas de zorro que vivienda humana, a cuatro o cinco
milicos desgreñados, vestidos de chiripá todos ellos;
con alpargatas unos; con botas de potro los demás; con
el pelo largo, las barbas crecidas, la miseria en todo
el cuerpo y la bravura en los ojos.
El comandante del puesto -el teniente Arturo
Turdera-, un distinguido oficial y un cumplido
caballero, estaba allí, en medio de su tropa, como ella
harapiento, como ella destruido y agobiado por aquella
vida de hambre, de fatigas y de peligros. Hacía ocho
meses que se encontraba destacado y durante ese tiempo
no había recibido una libra de carne ni una onza de
galleta. El comisario les había pagado dos meses de
sueldo, a cuenta de treinta y siete que les debían; ¡pero
de qué les valía la plata sin tener dónde gastarla!
Las carretas del proveedor hacía la mar de tiempo que
debían llegar y no llegaban; las reses vacunas no podían
traerse porque era imposible custodiarlas, toda vez que
la gente estaba ocupada en cosas más necesarias y
precisas. En el campamento, la tropa comía yeguas y en
los fortines los pocos avestruces que podían bolear los
milicos en los mancarrones extenuados y flacos. En el
fortín, no había en aquel momento, ni con qué dar de
comer a un mosquito. El día anterior se había boleado
una gama y encontrado dos piches, pero la escolta del
comisario lo había tragado todo. Los milicos iban a
salir al campo, y acaso por la tarde habría como
churrasquear. Teníamos que conformarnos con lo único
disponible: té pampa y... buena voluntad.
El alférez Requejo invitó al teniente con unos
cuantos cigarrillos y Acevedo vació su chuspa en la del
sargento del fortín.
Cambiamos de caballos, y con el estómago lleno
del brebaje al que Turdera llama "té del
Congo", salimos para el fortín Heredia, distante
siete leguas de Timote.
En Heredía, adonde llegamos a eso de las dos de
la tarde, fuimos más felices. El sargento Urquiza nos
brindó el más opíparo de los banquetes que imaginarse
pueda. Esa mañana los milicos que hacían la
descubierta encontraron una cuadrilla de avestruces y
habían boleado cuatro espléndidos ejemplares que están
allí, colgados en los postes del corral, gordos y
sabrosos. En un periquete se asaron unos alones y una
picana, y comimos con deleite, con gula, como no volví
a comer nunca en mi vida.
-Si en los demás fortines hubiera buenos caballos
-dijo el alférez Requejo al sargento Urquiza- pasaríamos
aquí la noche. Yo deseo llegar mañana a Trenque
Lauquen, y si más adelante encontrase matungos, no me
alcanzaría el día. Además, no quisiera rematar al
cadete -agregó señalándome.
-Los caballos, mi alférez, son espléndidos más
adelante. En cada fortín hay invernada.
-¿Y los de aquí?
-Le aguantarían para ir de un galope a
Desobedientes. Son flacones pero guapos.
-Entonces nos quedamos -repuso el alférez. Y
dirigiéndose a mí agregó-: Pídale al sargento un
poco de grasa de avestruz y cúrese. Mañana tenemos que
prenderle veinte leguas y es bueno que los bifes no lo
incomoden.
Desdeñé el remedio, y sabiendo que tenía por
delante algunas horas, tendí el recado en uno de los
ranchos que pusieron a disposición del alférez y me
acosté.
No podía ya más. Satisfecho el apetito, el
cuerpo se doblaba rendido de cansancio, extenuado de
dolor, abatido por la fatiga brutal a que me había
sometido.
Ya de noche, fue un milico a despertarme. El alférez
me mandaba un pedazo de picana asada y un jarro enorme
de té pampa, maldita infusión amarga que imperaba en
la línea de los fortines.
Comí, bebí y cuando al amanecer me llamaron para
marchar, me parecía que estaba como nuevo, rehecho, con
bríos para llegar, ya no digo a Trenque Lauquen: a la
cordillera de los Andes. Y cumplí como bueno.
Anduve las veinte leguas que faltaban para llegar
a Trenque Lauquen sin proferir una queja, sin quedarme
rezagado, conquistándome las simpatías del alférez
Requejo y el cariño del sargento Acevedo.
Ya entrada la oración, cuando las sombras de la
noche empezaban como a vestir de luto a la llanura,
divisamos a lo lejos algunos puntos brillantes que
titilaban en el horizonte:
-El campamento -dijo el alférez.
A poco de andar encontramos una guardia avanzada
que vivaqueaba en la cumbre de los médanos, luego las
caballadas y finalmente cruzamos por delante de una
larga línea de puntos blancos, semejantes a una bandada
de gigantescas gaviotas que se hubieran asentado para
dormir: eran las carpas del Regimiento 3º, del cuerpo a
donde yo iba a empezar aquella gloriosa y facilísima
carrera que había entrevisto mi padre.
-¡Al paso -nos gritó una voz- y poniendo al
tranco las cabalgaduras pasamos por delante de la
guardia de prevención.
Mas allá, al acercarnos a un rancho de adobe y
techo de paja nos detuvimos y echamos pie a tierra: estábamos
en la mayoría del cuerpo e íbamos a presentarnos al
jefe.
En el fondo de aquella covacha y envuelto en el
nimbo de una luz temblorosa y mortecina, que desprendía
un miserable candil de grasa de potro, estaba sentado un
hombre joven, vestido de uniforme, con presillas en los
hombros y un sombrero de anchas alas en la cabeza. Era
el jefe interino del cuerpo: el mayor Germán Sosa. Nos
recibió amablemente; despachó al alférez y haciéndome
sentar a su lado llamó al sargento encargado del depósito.
Mientras llegaba este sujeto, el mayor Sosa empezó
a examinarme.
- ¿Sabe usted leer y escribir correctamente?
-Regular, señor.
-¿Que edad tiene usted?
-Catorce años.
-¿Tiene usted su nombramiento?
-Si, señor... Aquí está.
Leyó el mayor; me devolvió el oficio y dijo:
-Empieza usted una carrera muy difícil, amigo mío.
En ella, todo el camino es cuesta arriba. La senda
es angosta y peligrosa; a lo mejor puede usted
resbalarse y caer al abismo. Si cae, no piense en salir
sano, porque es hondo, y la ladera está llena de
espinas y de riscos. Hay que ser guapo, resuelto y
subordinado.
Aquí no hay reclamo ni disculpa. El superior
manda; y, tuerto o derecho, es preciso obedecerlo. Le
advierto que el de arriba tiene siempre la razón. En la
vida que llevamos se come cuando se puede y se come lo
que le dan; se duerme como la grulla en una pata, y con
un solo ojo como el zorro. Si a usted lo castigan,
cuando termine la pena, debe presentarse a quien lo
castigó y darle las gracias. La murmuración es una
falta gravísima y los reclamos son delitos que no se
perdonan jamás. Ahora van a darle el armamento y el
uniforme. Lo destinamos a una compañía y mañana
temprano empezará su servicio. Si necesita algo; véame.
Pero estudie mucho y aprenda. La carrera militar
necesita hombres instruidos y usted puede instruirse, ya
que es joven.
Con estas palabras me despidió, entregándome,
previas las instrucciones del caso, al sargento que
llegaba.
El depósito de guerra del Regimiento 3º de
Caballería de línea, destacado en la frontera norte de
Buenos Aires, primera línea, cabía en una carpa
mugrienta y reducida. Es verdad que tampoco era gran
cosa: un par de cajones grandes con kepis usados, con
botas deshechas y deshermanadas, con algunas camisas y
calzoncillos, milagrosamente sin usar, unas cuantas
chaquetillas y pantalones de sospechosa limpieza, y
luego un montón de carabinas, de sables, de cajas de
munición: una trapería y no un depósito. Me
entregaron una chaquetilla y un pantalón, tan grandes
para mi cuerpo, que bien podría sacar de ellas uniforme
y medio; dos camisas y dos calzoncillos de lienzo, un
poncho roto y sucio, una manta en no mejores
condiciones; una carabina, a cambio de la que me dieron
en Chivilcoy, y ochenta tiros; un sable de colosales
dimensiones para mi talla y de peso descomunal para mis
puños; una montura compuesta de lomillos, carona y
cincha; un freno y un par de estribos. Las riendas, los
bozales, los cabestros, las estriberas, las maneas y las
trabas se me entregarían al día siguiente.
-Eche eso al hombro -me dijo el sargento- y venga
conmigo.
Iba
destinado a la primera compañía del segundo escuadrón
que mandaba el teniente Julio Alba.
Este oficial me invitó a comer de su churrasco de
yegua, y luego me ofreció en su propia carpa un rincón
para tender la montura, que sería, en adelante, la cama
y el abrigo que me proporcionaba el gobierno.
VIII
Mucho antes de
aclarar el día, oyóse en el campamento tocar diana. Me
levanté, me vestí apresuradamente y fui a formar en la
fila exterior de mi compañía. Desde ese momento
quedaba incorporado a ella como recluta.
Pasada la lista, el regimiento ensilló los
caballos de reserva y, formando en batalla frente a la línea
de las carpas, pasó allí más de dos horas, a pie
firme, esperando a que fuese el día y que volvieran las
descubiertas enviadas a explorar el campo. Estábamos al
frente del enemigo, de un enemigo audaz y sutil, capaz
de presentarse de improviso, y así todas las
precauciones que se tomaran para defenderse de sus
agresiones no eran nunca demasiadas. A la salida del
sol, se mandaron soltar los caballos, pero no antes de
cepillarlos y de rasquetearlos; de revisarles los cascos
y de arreglarles las crines y las colas. En la división
Trenque Lauquen, los caballos estaban mejor cuidados que
los hombres, y se habían dado casos de estar cubiertos
con buenas mantas los mancarrones, mientras el pobre milico
tiritaba de frío, sin otra cosa encima de su cuerpo que
una chaquetilla llena de agujeros y un chiripá
deshilachado y sucio.
Después de soltados los caballos, el corneta de
órdenes de la comandancia inició el toque de
"carneada" e inmediatamente el de
"trabajo".
La primera de esas operaciones fue breve y triste:
se mataron para la provisión del cuerpo, dos yeguas
cuya carne fue repartida en el acto a las compañías.
La distribución del trabajo vino en seguida. Todo
el regimiento -todo absolutamente, excepción hecha de
los enfermos y de la guardia de prevención- fue
dispersado en numerosas cuadrillas: una, al pisadero a
fabricar adobes; otra a las chacras del Estado a
preparar la tierra para sembrar alfalfa; otra a hacer
fosos y fortines; otra a seguir la construcción de
ranchos para cuadras de tropas y alojamiento de
oficiales, etcétera.
A las once de la mañana se dio descanso de una
hora para preparar la comida y almorzar, y transcurrida,
vuelta al trabajo hasta la entrada del sol.
Entonces se agarraron los caballos, se limpiaron
de nuevo, se les ató y, verificado esto, la instalación
de guardias en el campamento. Todo el mundo estaba de
servicio. Se colocó una avanzada en la laguna, otra en
el camino a Lavalle, otra en el que iba a la extrema
izquierda; otra aquí y otra allá, por todas partes
guardias; en todas centinelas, sondas, rondines,
patrullas... ¡qué se yo! Aquella pobre gente no dormía,
no descansaba, no comía; carecía de ropa y de calzado;
en la botica no se encontraban medicamentos y en cambio,
a la menor palabra de protesta, al menor gesto de
cansancio, funcionaban las estacas, llovían las
palizas, y los consejos de guerra verbales dictaban la
muerte. Y todos los días el mismo horario, la misma
distribución del trabajo y el empleo del tiempo.
Más felices eran los milicos que guarnecían las líneas
de fortines. No se les daba racionamiento, pero siquiera
podían salir al campo, bolear avestruces, cazar gamas y
agenciarse de tabaco y de yerba, cambiando por estos artículos
a los pulperos, los cueros y las plumas.
Es verdad
que en los fortines el peligro era mayor; pero acaso ¿no
lo había también en el campamento?
¿No salían comisiones que regresaban mermadas,
dejando por ahí en medio del campo, para que lo
charquearan los indios y lo comieran los caranchos, el
cadáver de algún compañero? ¡Y siquiera diesen la
baja al soldado cumplido!
¡Pero qué! Se cumplía, y era lo mismo que nada.
El gobierno ajustaba doble sueldo a los soldados
cumplidos; más, ¿cuando se veían esos sueldos? Y si
llegaba el comisario con dos o tres meses de los más
atrasados, se iban de un soplo, camino de la pulpería.
El milico recibía con una mano su haber y con la otra
la pasaba al bolichero en cambio de los vales que le había
descontado. Y luego, ¿que eran ciento cincuenta pesos
moneda corriente por mes, si una libra de yerba costaba
veinte pesos, cinco un atado de cigarrillos, treinta un
puñado de azucar, diez media docena de galletas, y así
sucesivamente?...
De tal manera estaban atrasados los pagos del ejército
en esa época, que el ó0, después de la revolución,
nos liquidaron, abonándose de golpe treinta y seis
meses de sueldo... ¡Tres años juntos y cabales!
Me acuerdo bien de aquel pago memorable en que me
tocó intervenir.
Fue una lista pasada a la puerta del cementerio.
-¡Fulano de tal! -llamaba el pagador; y para uno
que no contestaba presente, exclamaba el sargento de la
compañía en que había revistado el llamado:
- Muerto por los indios.
- Fallecido en tal parte.
- Desertó.
- Se ignora su destino.
- Perdido en la expedición de tal año, etcétera.
Y volvían al tesoro los sueldos de aquellos
pobres mártires, cuyos huesos se pudrían en la pampa,
o cuyos cuerpos mutilados y deshechos rodaban por ahí,
en la miseria y el dolor. Hoy, en aquellos lugares donde
tanto hemos sufrido, se levantan ciudades prósperas y
ricas; el trigo crece en la pampa exuberante de vicio,
abonada con la sangre de tanto pobre milico, y, en
cambio, los hijos de éstos no tendrán acaso un rincón
donde refugiarse, ni un pedazo de pan con que
alimentarse allí mismo, en ese antiguo desierto que sus
mayores conquistaron y que otros más felices, o más
vivos supieron aprovechar.
Al mes de estar en el regimiento ya era yo un
veterano completo. Sabía tomar a lazo un caballo en el
corral; colocar admirablemente la carabina en la montura
para que no me estorbase en las marchas; y para dormir
de pie estando de centinela, era como mandado hacer.
Todos los sábados por la tarde se suspendía el
trabajo para dedicarnos al aseo. Íbamos a la laguna y
cada cual se lavaba su ropita.
Allí aprendí a planchar mis camisas y mis
calzoncillos empleando al efecto y en lugar de plancha
una botella calentada al sol, y haciendo servir de mesa
a la carona de suela. Sufríamos atrozmente, pero éramos
felices. El espíritu de compañerismo se había
desarrollado prodigiosamente, se conservaba
invulnerable, y de un pucho de alegría, pescado por un
compañero, participaba todo el regimiento.
Más tarde cuando desapareció el servicio de las
fronteras, cuando no hubo más privaciones ni miseria,
las cosas cambiaron. Desapareció el compañerismo; se
perdieron aquellas buenas y verdaderas amistades que se
creaban alrededor del fogón y que la muerte misma no
lograba romper en ocasiones; el ejercito evolucionó
haciéndose mas científico; y cuando pasado algún
tiempo se hizo el estudio comparativo de una época con
otra, nos hallamos que entre el ejército del año 70 y
el del 90 había una distancia insalvable en ideas, en
propósitos y sobre todo en indumentaria.
Mi viejo amigo, el ayudante Conde, de célebre e
inolvidable memoria, solía decir:
-Mucho hemos andado en materia de progresos
militares. Los de ayer, no somos siquiera prójimos de
los de hoy. Nosotros montábamos en recado; estos montan
en silla húngara. Nosotros usábamos poncho; éstos
usan capotes y pellizas. Y singularmente, la evolución
fundamental, se observa en que los viejos llevábamos el
bigote con las puntas para abajo y la visera del kepi
para arriba, mientras los nuevos doblan las puntas del
bigote para arriba y la visera del kepi para abajo.
Y, en parte, tenía mucha razón el viejo Conde.
Así empezaron a diferenciarse las dos escuelas: la
vieja de la nueva. Primero en el uniforme, después en
el uso del bigote. Recuerdo que antes del ó0 se
anunciaron grandes y radicales innovaciones en el ejército.
Todo sería cambiado; y para demostrar que el cambio iba
a ser hasta el hueso, se anunciaba en francés: "de
fond en comble". Pasó el tiempo- se dictó una ley
de ascensos que, si para algo sirvió, fue para hacer más
irritante y alevosa la injusticia; se dieron leyes que
nadie pensó en aplicar y el ejército siguió su
camino, perdiendo más que ganando en disciplina y en
instrucción. ¡La primera reforma efectiva que se
introdujo en las leyes y reglamentos del ejército tiene
la fecha de 1895! En
cambio, desde el ó0 hasta el mismo 95 modificamos el
uniforme media docena de veces. El ministro, que deseaba
dejar en el ministerio algo más que su retrato,
cambiaba la indumentaria. Parece que se pretendía
reformar la mentalidad del ejército sustituyendo el
saco por la guerrera o el color azul gris por el
negro... o el castaño.
Sin embargo -el tiempo, más eficaz y mis enérgico
que los hombres- ha impuesto y realizado la evolución.
La antigua oficialidad de las fronteras; digna y
brillante por su heroísmo y por su abnegación, está
reemplazada por esos cuadros que salieron del Colegio
Militar llenos de capacidad, anhelosos de saber y
perseverantes en la acción.
Alejémonos, pues, de las filas los cansados, los
vencidos en la lucha por la vida; y, lejos de estorbar a
los que nos reemplazan, brindémosles lo poco que nos
queda de energía para que la utilicen, si la necesitan,
en el noble y patriótico ideal que persiguen.
Nada es eterno, y todo cambia o muere. No
pretendamos oponernos a la acción avasalladora e
implacable de los años... Chacun son tour.
IX
Una tarde -hacía
apenas una semana que estaba en el regimiento- oí que
la banda de música del 2º de Infantería y la nuestra
de cornetas tocaban alegres y entusiastas dianas. Salí
apresuradamente de la carpa y corrí a ver lo que
aquello significaba.
Había llegado el coronel Villegas y sus cuerpos
lo saludaban dándole la bienvenida. Me incorporé a un
grupo de oficiales que se dirigía a la comandancia y
fui también a llevar mi saludo.
Apenas me vio el coronel, dirigiéndose al mayor
Sosa le preguntó:
-¿Como se porta esta firma?
Y el mayor Sosa se deshizo en elogios. Era yo un
muchacho aplicado, obediente, respetuoso... sería un
excelente oficial.
Villegas me felicitó, me dijo que perseverase en
el estudio, que tal vez no pasaría mucho tiempo sin
ascender a oficial.
El corazón me dio un salto dentro del pecho, la
sangre se me subió a la cabeza y juró que, en aquel
momento no hubiese cambiado mi uniforme mugriento de
cadete por la túnica de un príncipe.
Nos retiramos de la comandancia; y yo, estimulado
por las palabras del coronel, me fui a repasar por vigésima
vez la lección de táctica, único libro con más de
cuarenta hojas que circulaba con abundancia en el
campamento.
Llegó por fin un gran día de fiesta para la
tropa y para todos: el 9 de julio. La víspera se dio
una orden general disponiendo que al salir el sol
estuvieran las tropas formadas frente a sus respectivos
cuarteles para hacer los honores correspondientes,
suspendiendo todo trabajo durante veinticuatro horas y
mandando poner en libertad a los presos que no
estuviesen sujetos a proceso.
Al día siguiente, cuando salió el sol los
cuerpos estaban, como se había ordenado, en líneas de
batalla, saludando al astro que simboliza nuestra
gloriosa independencia. Si alguien de afuera nos hubiese
visto formados, se habría preguntado qué hordas de
forajidos éramos. No había dos soldados vestidos de
igual manera. Este llevaba de chiripá la manta; aquel
carecía de chaquetilla; unos calzaban botas viejas y
torcidas, otros estaban en alpargatas; los de éste
grupo tenían envueltos los pies con pedazos de cuero de
carnero; aquellos otros descalzos.
Lo único uniforme y limpio eran los caballos y
las armas. Sin embargo, cuando se tocó el himno
nacional, cuando el jefe dio un grito vivando a la
patria, aquellos pobres
milicos respondieron con todo el entusiasmo de sus
corazones y acaso creyeron que no habían hecho aún
bastante para merecer la gratitud de la nación.
Después de la parada, se tocó
"carneada"; y por primera vez, después de un
año, se mataron reses vacunas de excelente estado de
gordura. Hubo además una distribución de caña a la
tropa, con acompañamiento de azúcar y café.
¡Por la noche gran baile!
Pero antes, durante el día tenían que
verificarse diversos números de un variadísimo
programa.
El más importante de todos lo constituía un palo
jabonado, alto de cuatro o cinco metros, en cuya punta
colgaba nada menos que un vale de cincuenta pesos.
Todo el mundo intentó apoderarse de la codiciada
prenda; y después de tres largas horas de chacota y de
broma consiguió arrebatarla un músico del 2º de
Infantería.
Después del palo jabonado, la atracción del día
fue ron las carreras, en las cuales más de un milico
logró quedarse sin sueldo para cuando volviese el
comisario.
A la puesta del sol, vuelta a formar lo mismo que
por la mañana y pasada la retreta, al baile.
En una de las cuadras que se construían para el 3º
de Caballería se improvisó un salón. Y cuando la
banda del 2º rompió el fuego con una cueca, estaban
presentes todas las de la guarnición.
En aquellas épocas, las mujeres de la tropa eran
consideradas como fuerza efectiva de los cuerpos; se les
daba racionamiento y, en cambio, se les imponían también
obligaciones: lavaban la ropa de los enfermos, y cuando
la división tenía que marchar de un punto a otro,
arreaban las caballadas. Había algunas mujeres -como la
del sargento Gallo- que rivalizaban con los milicos más
diestros en el arte de amansar un potro y de bolear un
avestruz. Eran toda la alegría del campamento y el señuelo
que contenía en gran parte las deserciones. Sin esas
mujeres, la existencia hubiera sido imposible. Acaso las
pobres impedían el desbande de los cuerpos.
Pasada la gran fiesta nacional, la vida del
campamento volvió a reanudarse, dura y monótona como
hasta entonces. Las obras de defensa tocaban a su término;
las carpas iban reemplazándose por construcciones de
adobes y ladrillos; cuando llegase la primavera empezarían
las operaciones contra los indios. El coronel Villegas
estaba resuelto a llevar malones a los toldos, y lo había
de conseguir.
Capítulos I a III | Capítulos IV a VI | Capítulos VII a IX | Capítulos X a XII | Capítulos XIII a XV | Capítulos XVI a XVIII | Capítulos XIX a XXI | Capítulos XXII a XXV
"La Guerra al Malón"

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