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La
vuelta de Martín Fierro

Cuatro
palabras de conversación con los lectores
Entrego
a la benevolencia pública, con el título LA VUELTA
DE MARTÍN FIERRO, la segunda parte de una obra que ha
tenido una acogida tan generosa, que en seis años se
han repetido once ediciones con un total de cuarenta y
ocho mil ejemplares.
Esto no es vanidad de autor, porque no rindo tributo a
esa falsa diosa; ni bombo de editor, porque no lo he
sido nunca de mis humildes producciones.
Es un recuerdo oportuno para explicar por qué el
primer tiraje del presente libro consta de 20000
ejemplares, divididos en cinco secciones o ediciones
de 4000 números cada una; y agregaré que confío en
que el acreditado Establecimiento Tipográfico del señor
Coni hará una impresión esmerada, como las que
tienen todos los libros que salen de sus talleres.
Lleva también diez ilustraciones incorporadas en el
texto, y creo que en los dominios de la literatura es
la primera vez que una obra sale de las prensas
nacionales con esta mejora.
Así se empieza.
Las láminas han sido dibujadas y calcadas en la
piedra por don Carlos Clerice, artista compatriota que
llegará a ser notable en su ramo, porque es joven,
tiene escuela, sentimiento artístico y amor al
trabajo.
El grabado ha sido ejecutado por el señor Supot, que
posee el arte, nuevo y poco generalizado todavía
entre nosotros, de fijar en láminas metálicas lo que
la habilidad del litógrafo ha calcado en la piedra,
creando o imaginando posiciones que interpretan con
claridad y sentimiento la escena descripta en el
verso.
No se ha omitido, pues, ningún sacrificio a fin de
hacer una publicación con las más aventajadas
condiciones artísticas.
En cuanto a su parte literaria, sólo diré que no se
debe perder de vista al juzgar los defectos del libro,
que es copia fiel de un original que los tiene, y
repetiré que muchos defectos están allí con el
objeto de hacer mas evidente y clara la imitación de
los que lo son en realidad.
Un libro destinado a despertar la inteligencia y el
amor a la lectura en una población casi primitiva, a
servir de provechoso recreo, después de las fatigosas
tareas, a millares de personas que jamás han leído,
debe ajustarse estrictamente a los usos y costumbres
de esos mismos lectores, rendir sus ideas e
interpretar sus sentimientos en su mismo lenguaje, en
sus frases más usuales, en su forma más general,
aunque sea incorrecta; con sus imágenes de mayor
relieve, y con sus giros más característicos, a fin
de que el libro se identifique con ellos de una manera
tan estrecha e íntima, que su lectura no sea sino una
continuación natural de su existencia.
Solo así pasan sin violencia del trabajo al libro; y
sólo así, esa lectura puede serles amena, interesante
y útil.
¡Ojalá hubiera un libro que gozara del dichoso
privilegio de circular de mano en mano en esa inmensa
población diseminada en nuestras vastas campañas, y
que bajo una forma que lo hiciera agradable, que
asegurara su popularidad, sirviera de ameno pasatiempo
a sus lectores, pero:
Enseñando que el trabajo honrado es la fuente
principal de toda mejora y bienestar.
Enalteciendo las virtudes morales que nacen de la ley
natural y que sirven de base a todas las virtudes
sociales.
Inculcando en los hombres el sentimiento de veneración
hacia su Creador, inclinándolos a obrar bien.
Afeando las supersticiones ridículas y generalizadas
que nacen de una deplorable ignorancia.
Tendiendo a regularizar y dulcificar las costumbres,
enseñando por medios hábilmente escondidos, la
moderación y el aprecio de sí mismo; el respeto a
los demás; estimulando la fortaleza por el espectáculo
del infortunio acerbo, aconsejando la perseverancia en
el bien y la resignación en los trabajos.
Recordando a los padres los deberes que la naturaleza
les impone para con sus hijos, poniendo ante sus ojos
los males que produce su olvido, induciéndolos por
ese medio a que mediten y calculen por sí mismos
todos los beneficios de su cumplimiento.
Enseñando a los hijos cómo deben respetar y honrar a
los autores de sus días.
Fomentando en el esposo el amor a su esposa,
recordando a ésta los santos deberes de su estado;
encareciendo la felicidad del hogar, enseñando a
todos a tratarse con respeto recíproco, robusteciendo
por todos estos medios los vínculos de la familia y
de la sociabilidad.
Afirmando en los ciudadanos el amor a la libertad, sin
apartarse del respeto que es debido a los superiores y
magistrados.
Enseñando a los hombres con escasas nociones morales,
que deben ser humanos y clementes, caritativos con el
huérfano y con el desvalido; fieles a la amistad;
gratos a los favores recibidos; enemigos de la
holgazanería y del vicio; conformes con los cambios
de fortuna; amantes de la verdad, tolerantes, justos y
prudentes siempre.
Un libro que todo esto, más que esto, o parte de esto
enseñara sin decirlo, sin revelar su pretensión, sin
dejarla conocer siquiera, sería indudablemente un
buen libro, y por cierto que levantaría el nivel
moral e intelectual de sus lectores aunque dijera
"naides" por "nadie", "resertor'
por "desertor", "mesmo" por
"mismo", u otros barbarismos semejantes,
cuya enmienda le está reservada a la escuela, llamada
a llenar un vacío que el poema debe respetar, y a
corregir vicios y defectos de fraseología que son
también elementos de que se debe apoderar el arte
para combatir y extirpar males morales más
fundamentales y trascendentes, examinándolos bajo el
punto de vista de una filosofía mas elevada y pura.
El progreso de la locución no es la base del progreso
social, y un libro que se propusiera tan elevados
fines debería prescindir por completo de las
delicadas formas de la cultura de la frase, subordinándose
a las imperiosas exigencias de sus propósitos
moralizadores, que serían en tal caso, el éxito
buscado.
Los personajes colocados en escena deberían hablar en
su lenguaje peculiar y propio, con su originalidad, su
gracia y sus defectos naturales, porque despojados de
ese ropaje, lo serían igualmente de su carácter típico,
que es lo único que los hace simpático, conservando
la imitación y la verosimilitud en el fondo y en la
forma.
Entra también en esta parte la elección del prisma a
través del cual le es permitido a cada uno estudiar
tiempos. Y aceptando esos defectos como un elemento,
se idealiza también, se piensa, se inclina a los demás
a que piensen igualmente y se agrupan, se preparan y
conservan pequeños monumentos de arte, para los que
han de estudiarlo mañana y levantar el grande
monumento de la historia de nuestra civilización.
El gaucho no conoce ni siquiera los elementos de su
propio idioma, y sería una impropiedad cuando menos,
y una falta de verdad muy censurable, que quien no ha
abierto jamás un libro, siga las reglas de arte de
Blair, Hermosilla o la Academia.
El gaucho no aprende a cantar. Su único maestro es la
espléndida naturaleza que en variados y majestuosos
panoramas se extiende delante de sus ojos.
Canta porque hay en él cierto impulso moral, algo de
métrico, de rítmico que domina en su organización,
y que lo lleva hasta el extraordinario extremo de que
todos sus refranes, sus dichos agudos, sus proverbios
comunes, son expresados en dos versos octosílabos
perfectamente medidos, acentuados con inflexible
regularidad, llenos de armonía, de sentimiento y de
profunda intención.
Eso mismo hace muy difícil, si no de todo punto
imposible, distinguir y separar cuáles son los
pensamientos originales del autor, y cuáles los que
son recogidos de las fuentes populares.
No tengo noticia que exista ni que haya existido una
raza de hombre aproximado a la naturaleza, cuya
sabiduría proverbial llene todas las condiciones rítmicas
de nuestros proverbios gauchos.
Qué singular es, y qué digno de observación, el oír
a nuestros paisanos más incultos expresar en dos
versos claros y sencillos, máximas y pensamientos
morales que las naciones más antiguas, la India y la
Persia, conservaban como el tesoro inestimable de su
sabiduría proverbial; que los griegos escuchaban con
veneración de boca de sus sabios más profundos, de Sócrates,
fundador de la moral, de Platón y de Aristóteles;
que entre los latinos difundió gloriosamente el
afamado Séneca; que los hombres del Norte les dieron
lugar preferente en su robusta y enérgica literatura,
que la civilización moderna repite por medio de sus
moralistas más esclarecidos, y que se hallan
consagrados fundamentalmente en los códigos
religiosos de todos los grandes reformadores de la
humanidad.
Indudablemente, que hay cierta semejanza íntima,
cierta identidad misteriosa entre todas las razas del
globo que sólo estudian en el gran libro de la
naturaleza; pues de él deducen, y vienen deduciendo
desde hace más de tres mil años, la misma enseñanza,
las mismas virtudes naturales, expresadas en prosa por
todos los hombres del globo, y en versos por los
gauchos que habitan las vastas y fértiles comarcas
que se extienden a las dos márgenes del Plata.
El corazón humano y la moral son los mismos en todos
los siglos.
Las civilizaciones difieren esencialmente."Jamás
se hará, dice el doctor don V. López en su prólogo
a Las Neurosis, un profesor o un catedrático europeo,
de un bracma"; así debe ser: pero no ofrecería
la misma dificultad el hacer de un gaucho un bracma
lleno de sabiduría; si es que los bracmas hacen
consistir toda su ciencia en su sabiduría proverbial,
según los pinta el sabio conservador de la Biblioteca
Nacional de París, en "La sabiduría popular de
todas las naciones", que difundió en el nuevo
mundo el americano Pazos Kanki.
Saturados de ese espíritu gaucho, hay entre nosotros
algunos poetas de formas muy cultas y correctas, y no
ha de escasear el género, porque es una producción
legítima y espontánea del país, y que, en verdad,
no se manifiesta únicamente en el terreno florido de
la literatura.
Concluyo aquí, dejando a la consideración de los benévolos
lectores lo que yo no puedo decir sin extender
demasiado este prefacio, poco necesario en las
humildes coplas de un hijo del desierto.
!Sea el público indulgente con él! Y acepte esta
humilde producción que le dedicamos, como que es
nuestro mejor y más antiguo amigo.
La originalidad de un libro debe empezar en el prólogo.
Nadie se sorprenda, por lo tanto, ni de la forma ni de
los objetos que éste abraza; y debemos terminarlo
haciendo público nuestro agradecimiento hacia los
distinguidos escritores que acaban de honrarnos con su
fallo, como el señor D. José Tomas Guido, en una
bellísima carta que acogieron deferentes "La
Tribuna" y "La Prensa", y que
reprodujeron en sus columnas varios periódicos de la
República. El Dr. D. Miguel Navarro Viola, en la última
entrega de la "Biblioteca Popular", estimulándonos,
con honrosos términos, a continuar en la tarea
emprendida.
Diversos periódicos de la ciudad y campaña, como
"EL Heraldo", del Azul, "La
Patria", de Dolores, "El Oeste", de
Mercedes, y otros, han adquirido también justos títulos
a nuestra gratitud, que conservamos como una deuda
sagrada.
Terminamos esta breve reseña con "La Capital",
del Rosario, que ha anunciado la VUELTA DE MARTÍN
FIERRO, haciendo concebir esperanzas que Dios sabe si
van ha ser satisfechas.
Ciérrase este prólogo diciendo que se llama este
libro LA VUELTA DE MARTÍN FIERRO, porque este título
le dio el público, antes, mucho antes de haber yo
pensado en escribirlo; y allá va a correr tierras con
mi bendición paternal.
José Hernández
LA
VUELTA DE MARTÍN FIERRO
de
José Hernández
I
396
Atención pido al silencio
Y silencio a la atención,
Que voy en esta ocasión,
Si me ayuda la memoria,
A mostrarles que a mi historia
Le faltaba lo mejor.
397
Viene uno como dormido
Cuando vuelve del desierto;
Veré si a esplicarme acierto
Entre gente tan bizzarra
Y si al sentir la guitarra
De mi sueño me despierto.
398
Siento que mi pecho tiembla,
Que se turba mi razón,
Y de la vigüela al son
Imploro a la alma de un sabio
Que venga a mover mi labio
Y alentar mi corazón
399
Si no llego a treinta y una
De fijo en treinta me planto,
Y esta confianza adelanto
Porque recibí en mi mismo,
Con el agua del bautismo,
La facultá para el canto.
400
Tanto el pobre como el rico
La razón me la han de dar;
Y si llegan a escuchar
Lo que esplicaré a mi modo,
Digo que no han de rair todos:
Algunos han de llorar.
401
Mucho tiene que contar
El que tuvo que sufrir,
Y empezaré por pedir
No duden de cuanto digo;
Pues debe creerse al testigo
Si no pagan por mentir.
402
Gracias le doy a la virgen,
Gracias le doy al señor,
Porque entre tanto rigor
Y habiendo perdido tanto,
No perdí mi amor al canto
Ni mi voz como cantor.
403
Que cante todo viviente
Otorgó el Eterno Padre;
Cante todo el que le cuadre
Como lo hacemos los dos
Pues sólo no tiene voz
El ser que no tiene sangre.
404
Canta el pueblero... y es pueta;
Canta el gaucho... y, !ay Jesús!,
Lo miran como avestruz,
Su inorancia los asombra;
Mas siempre sirven las sombras
Para distinguir la luz.
405
El campo es del inorante,
El pueblo del hombre estruido;
Yo que en el campo he nacido
Digo que mis cantos son
Para los unos... sonidos,
Y para otros... intención.
406
Yo he conocido cantores
Que era un gusto el escuchar;
Mas no quieren opinar
Y se divierten cantando;
Pero yo canto opinando,
Que es mi modo de cantar.
407
El que va por esta senda
Cuanto sabe desembucha,
Y aunque mi cencia no es mucha,
Esto en mi favor previene;
Yo se el corazón que tiene
El que con gusto me escucha.
408
Lo que pinta este pincel
Ni el tiempo lo ha de borrar;
Ninguno se ha de animar
A corregirme la plana;
No pinta quien tiene gana
Sino quien sabe pintar.
409
Y no piensen los oyentes
Que del saber hago alarde;
He conocido aunque tarde,
Sin haberme arrepentido,
Que es pecado cometido
El decir ciertas verdades.
410
Pero voy en mi camino
Y nada me ladiará;
He de decir la verdá;
De naides soy adulón;
Aquí no hay imitación;
Esta es pura realidá.
411
Y el que me quiera enmendar
Mucho tiene que saber;
Tiene mucho que aprender
El que me sepa escuchar;
Tiene mucho que rumiar
El que me quiera entender.
412
Más que yo y cuantos me oigan,
Más que las cosas que tratan,
Más que los que ellos relatan,
Mis cantos han de durar;
Mucho ha habido que mascar
Para echar esta bravata.
413
Brotan quejas de mi pecho,
Brota un lamento sentido;
Y es tanto lo que he sufrido
Y males de tal tamaño
Que reto a todos los años
A que traigan el olvido.
414
Ya verán si me despierto
Cómo se compone el baile;
Y no se sorprenda naides
Si mayor fuego me anima;
Porque quiero alzar la prima
Como pa tocar al aire.
415
Y con la cuerda tirante
Dende que ese tono elija,
Yo no he de aflojar manija
Mientras que la voz no pierda,
Si no se corta la cuerda
O no cede la clavija.
416
Aunque rompí el estrumento
Por no volverme a tentar,
Tengo tanto que contar
Y cosas de tal calibre,
Que Dios quiera que se libre
El que me enseñó a templar
417
De naides sigo el ejemplo,
Naides a dirigirme viene;
Yo digo cuanto conviene,
Y el que en tal güeya se planta,
debe cantar, cuando canta,
Con toda la voz que tiene
418
He visto rodar la bola
Y no se quiere parar;
Al fin de tanto rodar
Me he decidido a venir
A ver si puedo vivir
Y me dejan trabajar.
419
Sé dirigir la mansera
Y también echar un pial;
Sé correr en un rodeo,
Trabajar en un corral;
Me sé sentar en un pértigo
Lo mesmo que en un bagual
420
Y enpriéstenmé su atención
Si ansí me quieren honrar
De no, tendré que callar,
Pues el pájaro cantor
Jamás se para de cantar
En árbol que no da flor
421
Hay trapitos que golpiar
Y de aquí no me levanto;
Escúchenme cuando canto
Si quieren que desembuche:
Tengo que decirles tanto
Que les mando que me escuchen.
422
Déjenmé tomar un trago:
Estas son otras cuarenta
Mi garganta está sedienta,
Y de esto no me abochorno,
Pues el viejo, como el horno,
Por la boca se calienta.

II
423
Triste suena mi guitarra
Y el asunto lo requiere;
Ninguno alegrías espere
Sino sentidos lamentos
De aquel que en duros tormentos
Nace, crece, vive y muere.
424
Es triste dejar sus pagos
Y largarse a tierra ajena
Llevándose la alma llena
De tormentos y dolores;
Mas nos llevan los rigores
Como el pampero a la arena.
425
Irse
a cruzar el desierto
Lo mesmo que un forajido,
Dejando aquí en el olvido,
Como dejamos nosotros,
Su mujer en brazos de otro
Y sus hijitos perdidos
426
¡Cuantas veces al cruzar
En esa inmensa llanura,
Al verse en tal desventura
Y tan lejos de los suyos,
Se tira uno entre los yuyos
A llorar con amargura!
427
En la orilla de un arroyo
Solitario lo pasaba,
En mil cosas cavilaba
Y, a una güelta repentina,
Se me hacía ver a mi china
O escuchar que me llamaba.
428
Y las aguas serenitas
Bebe el pingo trago a trago,
Mientras sin ningún halago
Pasa uno hasta sin comer,
Por pensar en su mujer,
En sus hijos y en su pago.
429
Recordarán que con Cruz
Para el desierto tiramos
En la pampa nos entramos,
Cayendo, por fin del viaje,
A unos toldos de salvajes,
Los primeros que encontramos.
430
La desgracia nos seguía:
Llegamos en mal momento;
Estaban de parlamento
Tratando de una invasión
Y el indio en tal ocasión
Recela hasta de su aliento.
431
Se armó un tremendo alboroto
Cuando nos vieron llegar;
No podíamos aplacar
Tan peligroso hervidero;
Nos tomaron por bomberos
Y nos quisieron lanciar.
432
Nos quitaron los caballos
A los muy pocos minutos;
Estaban irresolutos;
¡Quién sabe qué pretendían!
Por los ojos nos metían
Las lanzas aquellos brutos.
433
Y déle en su lengüeteo
Hacer gestos y cabriolas;
Uno desató las bolas
Y se nos vino enseguida;
Ya no créiamos con vida
Salvar ni por carambola.
434
Allá no hay misericordia
Ni esperanza que tener;
El indio es de parecer
Que siempre matar se debe,
Pues la sangre que no bebe
Le gusta verla correr.
435
Cruz se dispuso a morir
Peliando y me convidó.
"Aguantemos", dije yo,'
"El fuego hasta que nos queme".
Menos los peligros teme
Quien más veces lo venció.
436
Se debe ser más prudente
Cuando el peligro es mayor;
Siempre se salva mejor
Andando con alvertencia
Porque no está la prudencia
Reñida con el valor.
437
Vino al fin el lenguaraz
Como a trairnos el perdón;
Nos dijo:"La salvación
Se la deben a un cacique;
Me manda que les esplique
Que se trata de un malón.
438
"Les ha dicho a los demás
Que ustedes quedan cautivos
Por si cain algunos vivos
En poder de los cristianos,
Rescatar a sus hermanos
Con estos dos fugitivos."
439
Volvieron al parlamento
A tratar de sus alianzas,
O tal vez de las matanzas,
Y, conforme les detallo,
Hicieron cerco a caballo
recostándose en las lanzas.
440
Dentra al centro un indio viejo
Y allí a lengüetiar se larga;
¡Quién sabe qué les encarga!
Pero toda la riunión
Lo escuchó con atención
Lo menos tres horas largas.
441
Pegó al fin tres alaridos
Y ya principiaba otra danza;
Para mostrar su pujanza
Y dar pruebas de jinete,
Dio riendas rayando el flete
Y revoliando la lanza.
442
Recorre luego la fila,
Frente a cada indio se para,
Lo amenaza cara a cara
Y, en su juria, aquel maldito
Acompaña con su grito
El cimbrar de la tacuara.
443
Se vuelve aquello un incendio
Más feo que la mesma guerra:
Entre una nube de tierra
Se hizo allí una mezcolanza
De potros, indios y lanzas,
Con alaridos que aterran.
444
Parece un baile de fieras
Sigún yo me lo imagino;
Era inmenso el remolino,
Las voces aterradoras;
Hasta que al fin de dos horas
Se aplacó aquel torbellino.
445
De noche formaban cerco
Y en el centro nos ponían;
Para mostrar que querían
Quitarnos toda esperanza,
Ocho o diez filas de lanzas
Alrededor nos hacían.
446
Allí estaban vigilante
Cuidándonos a porfía;
Cuando roncar parecían
"Huincá", gritaba cualquiera,
Y toda la fila entera
"Huincá", "huincá", repetía.
447
Pero el indio es dormilón
Y tiene un sueño projundo;
Es roncador sin segundo
Y en tal confianza es su vida,
Que ronca a pata tendida
Aunque se de güelta el mundo.
448
Nos aviriguaban todo
Como aquel que se previene,
Porque siempre les conviene
Saber las juerzas que andan,
Dónde están, quiénes las mandan,
Qué caballos y armas tienen.
449
A cada respuesta nuestra
Uno hace una esclamación,
Y luego en continuación
Aquellos indios feroces,
Cientos y cientos de voces
Repiten al mesmo son.
450
Y aquella voz de un solo,
Que empieza por un gruñido,
Llega hasta ser alarido
De toda la muchedumbre,
Y ansí adquieren la costumbre
De pegar esos bramidos.

III
451
De ese modo nos hallamos
Empeñaos en la partida;
No hay que darla por perdida
Por dura que sea la suerte,
Ni que pensar en la muerte,
Sino en soportar la vida.
452
Se endurece el corazón,
No teme peligro alguno;
Por encontrarlo oportuno
Allí juramos los dos:
Respetar tan sólo a Dios;
De Dios abajo, a ninguno.
453
El mal es árbol que crece
Y que cortado retoña;
La gente esperta o bisoña
Sufre de infinitos modos;
La tierra es madre de todos,
Pero también da ponzoña.
454
Mas todo varón prudente
Sufre tranquilo sus males;
Yo siempre los hallo iguales
En cualquier senda que elijo;
La desgracia tiene hijos,
Aunque ella no tiene madre.
455
Y al que le toca la herencia,
Donde quiera halla su ruina:
Lo que la suerte destina
No puede el hombre evitar,
Porque el cardo ha de pinchar
Es que nace con espinas.
456
Es el destino del pobre
Un continuo zafarrancho
Y pasa como el carancho,
Porque el mal nunca se sacia,
Si el viento de la desgracia
Vuela las pajas del rancho.
457
Mas quien manda los pesares
Manda también el consuelo:
La luz que baja del cielo
Alumbra al más encumbrao,
Y hasta el pelo más delgao
Hace su sombra en el suelo.
458
Pero por más que uno sufra
Un rigor que lo atormente,
No debe bajar la frente
Nunca, por ningún motivo:
El álamo es mas altivo
Y gime constantemente.
459
El indio pasa la vida
Robando o echao de panza;
La única ley es la lanza
A que se ha de someter:
Lo que le falta en saber
Lo suple con desconfianza.
460
Fuera cosa de engarzarlo
A un indio caritativo:
Es duro con el cautivo,
Le dan un trato horroroso;
Es astuto y receloso,
es audaz y vengativo.
461
No hay que pedirle favor
Ni que aguardar tolerancia;
Movidos por su inorancia
y de puro desconfiaos,
Nos pusieron separaos
Bajo sutil vigilancia.
462
No pude tener con Cruz
Ninguna conversación:
No nos daban ocasión,
Nos trataban como ajenos
Como dos años, lo menos,
Duró esta separación.
463
Relatar nuestras penurias
Fuera alargar el asunto.
Les diré sobre este punto
Que a los dos años recién
Nos hizo el cacique el bien
De dejarnos vivir juntos.
464
Nos retiramos con Cruz
A la orilla de un pajal;
Por no pasarlo tan mal
Hicimos como un bendito
En el desierto infinito,
Con dos cueros de bagual.
465
Fuimos a esconder allí
Nuestra pobre situación,
Aliviando con la unión
Aquel duro cautiverio,
Tristes como un cementerio
Al toque de la oración.
466
Debe el hombre ser valiente
Si ha rodar se determina,
Primero, cuando camina;
Segundo, cuando descansa;
Pues en aquellas andanzas
Perece el que se acoquina.
467
Cuando es manso el ternerito
En cualquier vaca se priende;
El que es gaucho esto lo entiende
Y ha de entender si le digo
Que andábamos con mi amigo
Como pan que no se vende.
468
Guarecidos
en el toldo
Charlábamos mano a mano:
Éramos dos veteranos
Mansos pa las sabandijas,
Arrumbaos como cubijas
Cuando calienta el verano.
469
El alimento no abunda
Por más empeño que se haga;
Lo pasa uno como plaga,
Ejercitando la industria,
Y siempre como la nutria
Viviendo a la orilla del agua.
470
En semejante ejercicio
Se hace diestro el cazador:
Cai el piche engordador,
Cai el pájaro que trina;
Todo bicho que camina
Va parar al asador.
471
Pues allí a los cuatro vientos
La persecución se lleva;
Nadie escapa de la leva
Y dende que el alba asoma
Ya recorre uno la loma,
El bajo, el nido y la cueva.
472
El que vive de la caza
A cualquier bicho se atreve,
Que pluma o cáscara lleve,
Pues, cuando la hambre se siente,
El hombre le clava el diente
A todo lo que se mueve.
473
En las sagradas alturas
Está el maistro principal
Que enseña a cada animal
A procurarse el sustento,
Y le brinda el alimento
A todo ser racional.
474
Y aves y bichos y pejes
Se mantienen de mil modos:
Pero el hombre en su acomodo
Es curioso de oservar:
Es el que sabe llorar
Y es el que los come a todos.

IV
475
Antes de aclarar el día
Empieza el indio a aturdir
La pampa con su rugir,
Y en alguna madrugada,
Sin que sintiéramos nada,
Se largaban a invadir.
476
Primero entierran las prendas
En cuevas como peludos;
Y aquellos indios cerdudos,
Siempre llenos de recelos,
En los caballos en pelos
Se vienen medio desnudos.
477
Para pegar el malón
El mejor flete procuran;
Y como es su arma segura
Vienen con la lanza sola,
Y varios pares de bolas
Atados a la cintura.
478
De ese modo anda liviano
No fatiga al mancarrón;
Es su espuela en el malón,
Después de bien afilao,
Un cuernito de venao
Que se amarra en el garrón.
479
El indio que tiene un pingo
Que se llega a distinguir,
Lo cuida hasta pa dormir;
De ese cuidao es esclavo.
Se lo alquila a otro indio bravo
Cuando vienen a invadir
.480
Por vigilarlo no come
Y ni aun el sueño concilia:
Sólo en eso no hay desidia;
De noche les asiguro,
Para tenerlo siguro
Le hace cerco la familia.
481
Por eso habrán visto ustedes,
Si en el caso se han hallao,
Y si no lo han observao,
Tenganló dende hoy presente,
Que todo pampa valiente
Anda siempre bien montao.
482
Marcha el indio a trote largo,
Paso que rinde y que dura;
Viene en dirección sigura
Y jamás a su capricho;
No se les escapa bicho
En la noche más escura.
483
Caminan entre tinieblas
Con un cerco bien formao;
Lo estrechan con gran cuidao
Y agarran, al aclarar,
Ñanduces, gamas, venaos,
Cuanto ha podido dentrar.
484
Su señal es un humito
Que se eleva muy arriba,
Y no hay quien no lo aperciba
Con esa vista que tienen;
De todas partes se vienen
A engrosar la comitiva.
485
Ansina se van juntando,
Hasta hacer esas riuniones
Que cain en las invasiones
En número tan crecido;
Para formarla han salido
De los últimos rincones.
486
Es guerra cruel la del indio
Porque viene como fiera;
Atropella donde quiera
Y de asolar no se cansa;
De su pingo y de su lanza
Toda salvación espera.
487
Debe atarse bien la faja
Quien a aguardarlo se atreva;
Siempre mala intención lleva,
Y, como tiene alma grande,
No hay plegaria que lo ablande
Ni dolor que lo conmueva.
488
Odia de muerte al cristiano,
Hace guerra sin cuartel;
Para matar es sin yel,
Es fiero de condición;
No golpia la compasión
En el pecho del infiel.
489
Tiene la vista del águila,
Del león la temeridá;
En el desierto no habrá
Animal que él no lo entienda,
Ni fiera de que no aprienda
Un instinto de crueldá.
490
Es tenaz en su barbarie:
No esperen verlo cambiar;
El deseo de mejorar
En su rudeza no cabe;
El bárbaro sólo sabe
Emborracharse y peliar.
491
El indio nunca ríe,
Y el pretenderlo es en vano,
Ni cuando festeja ufano
El triunfo en sus correrías;
La risa en sus alegrías
Le pertenece al cristiano.
492
Se cruzan en el desierto
Como un animal feroz;
Dan cada alarido atroz
Que hace erizar los cabellos;
Parece que a todos ellos
Los ha maldecido Dios.
493
Todo el peso del trabajo
Lo dejan a las mujeres:
El indio es indio y no quiere
Apiar de su condición
Ha nacido indio ladrón
Y como indio ladrón muere.
494
El que envenenen sus armas
Les mandan sus hechiceras;
Y como ni a Dios veneran,
Nada a los pampa contiene:
Hasta los nombres que tienen
Son de animales y fieras.
495
Y son, ¡por Cristo bendito!,
Los más desasiaos del mundo:
Esos indios vagabundos,
Con repunancia me acuerdo,
Viven lo mesmo que el cerdo
En esos toldos inmundos.
496
Naides puede imaginar
Una miseria mayor;
Su pobreza causa horror;
No sabe aquel indio bruto
Que la tierra no da fruto
Si no la riega el sudor.

V
497
Aquel desierto se agita
Cuando la invasión regresa;
Llevan miles de cabezas
De vacuno y yeguarizo;
Pa no afligirse es preciso
Tener bastante firmeza.
498
Aquello es un hervidero
De pampas -un celemín-.
Cuando riunen el botín
Juntando toda la hacienda,
Es cantidá tan tremenda
Que no alcanza a verse el fin.
499
Vuelven las chinas cargadas
Con las prendas en montón;
Aflige esa destrucción:
Acomodaos en cargueros
Llevan negocios enteros
Que han saquiao en la invasión.
500
Su pretensión es robar,
No quedar en el pantano;
Viene a tierra de cristianos
Como juria del infierno;
No se llevan al Gobierno
Porque no lo hallan a mano.
501
Vuelven locos de contento
Cuando han venido a la fija;
Antes que ninguno elija
Empiezan con todo empeño,
Como dijo un santiagueño,
A hacerse la repartija.
502
Se reparten el botín
Con igualdad, sin malicia;
No muestra el indio codicia,
Ninguna falta comete:
Sólo en eso se somete
A una regla de justicia.
503
Y cada cual con lo suyo
A sus toldos enderieza;
Luego la matanza empieza
Tan sin razón ni motivo,
Que no queda animal vivo
De esos miles de cabezas.
504
Y satisfecho el salvaje
De que su oficio ha cumplido,
Lo pasa por ahí tendido
Volviendo a su haraganiar,
Y entra la china a cueriar
Con un afán desmedido.
505
A veces a tierra adentro
Algunas puntas se llevan;
Pero hay pocos que se atrevan
A hacer esas incursiones,
Porque otros indios ladrones
Les suelen pelar la breva.
506
Pero pienso que los pampas
Deben de ser los más rudos;
Aunque andan medio desnudos
Ni su conveniencia entienden:
Por una vaca que venden
Quinientas matan al ñudo.
507
Estas cosas y otras piores
Las he visto muchos años;
Pero si yo no me engaño
Concluyó ese vandalaje,
Y esos bárbaros salvajes
No podrán hacer mas daño.
508
Las tribus están deshechas;
Los caciques más altivos
Están muertos o cautivos,
Privaos de toda esperanza,
Y de la chusma y de la lanza,
Ya muy pocos quedan vivos.
509
Son salvajes por completo
Hasta pa su diversión,
Pues hacen una junción
Que naides se la imagina;
Recién le toca a la china
El hacer su papelón.
510
Cuando el hombre es más salvaje
Trata pior a la mujer:
Yo no sé que pueda haber
Sin ella dicha ni goce.
¡Feliz el que la conoce
Y logra hacerse querer!
511
Todo el que entiende la vida
Busca a su lao los placeres;
Justo es que las considere
El hombre de corazón;
Sólo los cobardes son
Valientes con sus mujeres.
512
Pa servir a un desgraciao
Pronta la mujer está;
Cuando en su camino va
No hay peligro que le asuste;
Ni hay una a quien no le guste
Una obra de caridá.
513
No se hallará una mujer
A la que esto no le cuadre;
Yo alabo al Eterno Padre,
No porque las hizo bellas,
Sino porque a todas ellas
Les dio corazón de madre.
514
Es piadosa y diligente
Y sufrida en los trabajos;
Tal vez su valor rebajo
Aunque la estimo bastante;
Mas los indios inorantes
La trata al estropajo.
515
Echan la alma trabajando
Bajo el más duro rigor;
El marido es su señor,
Como tirano la manda,
Porque el indio no se ablanda
Ni siquiera en el amor.
516
No tiene cariño a naides
Ni sabe lo que es amar.
¿Ni que se puede esperar
De aquellos pechos de bronce?
Yo los conocí al llegar
Y los calé dende entonces.
517
Mientras tiene qué comer
Permanece sosegao;
Yo que en sus toldos he estao
Y sus costumbres oservo,
Digo que es como aquel cuervo
Que no volvio del mandao.
518
Es para él como un juguete
Escupir un crucifijo;
Pienso que Dios los maldijo
Y ansina al ñudo desato:
El indio, el cerdo y el gato
Redaman sangre del hijo.
519
Mas ya con cuentos de pampas
No ocuparé su atención;
Debo pedirles perdón,
Pues sin querer me distraje;
Por hablar de esos salvajes
Me olvidé de la junción.
..........................
520
Hacen
un cerco de lanzas,
Los indios quedan ajuera;
Dentra la china ligera
Como yeguada en la trilla,
Y empieza allí la cuadrilla
A dar güeltas en la era.
521
A un lao están los caciques,
Capitanejos y el trompa
Tocando con toda pompa
Como un toque de fajina;
Adentro muere la china,
Sin que aquel circulo rompa.
522
Muchas veces se les oyen
A las pobres los quejidos;
Mas son lamentos perdidos:
Al rededor del cercao,
En el suelo están mamaos
Los indios dando alaridos.
523
Su canto es una palabra
Y de ahi no salen jamás;
Llevan todas el compás
"Ioká-ioká" repitiendo;
Me parece estarlas viendo
Más fieras que Satanás.
524
Al trote dentro del cerco,
Sudando, hambrientas, juriosas,
Desgreñadas y rotosas,
De sol a sol se lo llevan:
Bailan aunque truene o llueva,
Cantando la mesma cosa.

VI
525
El
tiempo sigue su giro
Y nosotros, solitarios;
De los indios sanguinarios
No teníamos qué esperar;
El que nos salvó al llegar
Era el más hospitalario.
526
Mostró noble corazón,
Cristiano anhelaba ser;
La justicia es un deber,
Y sus méritos no callo:
Nos regaló unos caballos
Y a veces nos vino a ver.
527
A la voluntad de Dios
Ni con la intención resisto:
El nos salvó...¡ah, Cristo!,
Muchas veces he deseado
No nos hubiera salvado
Ni jamás haberlo visto.
528
Quien recibe beneficios
Jamás los debe olvidar;
Y al que tiene que rodar
En su vida trabajosa,
Le pasan a veces cosas
Que son duras de pelar.
529
Voy dentrando poco a poco
En lo triste del pasaje;
Cuando es amargo el brebaje
El corazón no se alegra;
Dentró una virgüela negra
Que los diezmó a los salvajes.
530
Al sentir tal mortandá
Los indios, desesperaos,
Gritaban alborotados:
"¡Cristiano echando gualicho!"
No quedó en los toldos bicho
Que no salió redotao.
531
Sus remedios son secretos,
Los tienen las adivinan;
No los conocen las chinas
Sino alguna ya muy vieja,
Y es la que lo aconseja
Con mil embustes, la indina.
532
Allí soporta el paciente
Las terribles curaciones,
Pues a golpes y estrujones
Son los remedios aquellos:
Los agarran de los cabellos
Y le arrancan los mechones.
533
Les hacen mil herejías
Que el presenciarlas da horror;
Brama el indio de dolor
Por los tormentos que pasa,
Y untándolo todo de grasa
Lo ponen a hervir al sol.
534
Y puesto allí boca arriba,
Alrededor le hacen fuego;
Una china viene luego
Y al oído le da de gritos;
Hay algunos tan malditos
Que sanan con este juego.
535
A otros les cuecen la boca
Aunque de dolores cruja;
Lo agarran allí y lo estrujan,
Labios le queman y diente
Con un güevo bien caliente
De alguna gallina bruja.
536
Conoce el indio el peligro
Y pierde toda esperanza;
Si a escapárseles alcanza
Dispara como la liebre;
Le da delirios la fiebre,
Y ya le cain con la lanza.
537
Esas fiebres son terribles,
Y aunque de esto no disputo
Ni de saber me reputo,
"Será", decíamos nosotros,
"De tanta carne de potro
Como comen esos brutos".
538
Había un gringuito cautivo
Que siempre hablaba del barco,
Y lo augaron en un charco
Por causante de la peste;
Tenía los ojos celestes
Como potrillo zarco.
539
Que le dieran esa muerte
Dispuso una china vieja,
Y aunque se aflije y se queja,
Es inútil que resista:
Ponía el infeliz la vista
Como la pone la oveja.
540
Nosotros nos alejamos
Para no ver tanto estrago;
Cruz sentía los amagos
De la peste que reinaba,
Y la idea nos acosaba
De volver a nuestros pagos.
541
Pero contra el plan mejor
El destino se rebela.
¡La sangre se me congela!
El que nos había salvado
Cayó también atacado
De la fiebre y la virgüela.
542
No podíamos dudar,
Al verlo en tal padecer,
El fin que había de tener,
Y Cruz que era tan humano:
"Vamos", me dijo,"paisano
A cumplir con un deber".
543
Fuimos a estar a su lado
Para ayudarlo a curar;
Lo vinieron a buscar
Y hacerle como a los otros;
Lo defendimos nosotros,
No lo dejamos lanciar.
544
Iba creciendo la plaga
Y la mortandá seguía.
A su lado nos tenía
Cuidándolo con pacencia,
Pero acabó su esistencia
Al fin de unos pocos días.
545
El recuerdo me atormenta;
Se renueva mi pesar;
Me dan ganas de llorar;
Nada a mis penas igualo;
Cruz también cayó muy malo
Ya para no levantar.
546
Todos pueden figurarse
Cuánto tuve que sufrir;
Yo no hacía sino gemir,
Y aumentaba mi aflición
No saber una oración
Pa ayudarlo a bien morir.
547
Se le pasmó la virgüela,
Y el pobre estaba en un grito;
Me recomendó un hijito
Que en su pago había dejado:
"Ha quedado abandonado".
Me dijo, "aquel pobrecito".
548
"Si vuelve, búsquemeló",
Me repetía a media voz;
"En el mundo éramos dos,
Pues él ya no tiene madre;
Que sepa el fin de su padre
Y encomiende mi alma a Dios".
549
Lo apretaba contra el pecho,
Dominao por el dolor;
Era su pena mayor
El morir allá entre infieles
Sufriendo dolores crueles
Entregó su alma al Criador.
550
De rodillas a su lado
Yo lo encomendé a Jesús.
Faltó a mis ojos la luz,
Tuve un terrible desmayo;
Cai como herido del rayo
Cuando lo vi muerto a Cruz.

VII
551
Aquel bravo compañero
En mis brazos espiró;
Hombre que tanto sirvió,
Varón que fue tan prudente,
Por humano y por valiente
En el desierto murió.
552
Y yo, con mis propias manos,
Yo mesmo lo sepulté;
A Dios por su alma rogué
De dolor el pecho lleno,
Y humedeció aquel terreno
El llanto que redamé.
553
Cumplí con mi obligación;
No hay falta de que me acuse,
Ni deber de que se escuse,
Aunque de dolor sucumba:
Allá señala su tumba
Una cruz que yo le puse.
554
Andaba de toldo en toldo
Y todo me fastidiaba;
El pesar me dominaba,
Y entregao al sentimiento
Se me hacía cada momento
Oír a Cruz que me llamaba.
555
Cual más, cual menos, los criollos
Saben lo que es amargura;
En mi triste desventura
No encontraba otro consuelo
Que ir a tirarme en el suelo,
Al lao de su sepultura.
556
Allí pasaba las horas
Sin haber naides conmigo
Teniendo a Dios por testigo,
Y mis pensamientos fijos
En mi mujer y mis hijos,
En mi pago y en mi amigo.
557
Privado de tantos bienes
Y perdido en tierra ajena,
Parece que se encadena
El tiempo y que no pasara,
Como si el sol se parara
A contemplar tanta pena.
558
Sin saber qué hacer de mí
Y entregao a mi aflición,
Estando allí una ocasión,
Del lao que venía el viento
Oí unos tristes lamentos
Que llamaron mi atención.
559
No son raros los quejidos
En los toldos del salvaje,
Pues aquél es vandalaje
Donde no se arregla nada
Sino a lanza y puñalada,
A bolazos y coraje.
560
No preciso juramento,
Deben creerle a Martín Fierro;
He visto en este destierro
A un salvaje que se irrita,
Degollar a una chinita
Y tirársela a los perros.
561
He presenciado martirios,
He visto muchas crueldades,
Crímenes y atrocidades
Que el cristiano no imagina,
Pues ni el indio ni la china
Sabe lo que son piedades.
562
Quise curiosiar los llantos
Que llegaban hasta mí;
Al punto me dirigí
Al lugar de ande venían:
¡Me horroriza todavía
El cuadro que descubrí!.
563
Era una infeliz mujer
Que estaba de sangre llena,
Y como una madalena
Lloraba con toda gana;
Conocí que era cristiana
Y esto me dio mayor pena.
564
Cauteloso me acerqué
A un indio que estaba al lao,
Porque el pampa es desconfiao
Siempre de todo cristiano,
Y vi que tenía en la mano
El rebenque ensangrentao.

VIII
565
Más tarde supe por ella,
De manera positiva,
Que dentró una comitiva
De pampas a su partido,
Mataron a su marido
Y la llevaron cautiva.
566
En tan dura servidumbre
Hacían dos años que estaba;
Un hijito que llevaba
A su lado lo tenía.
La china la aborrecía
Tratándola como esclava.
567
Deseaba para escaparse
hacer una tentativa,
Pues a la infeliz cautiva
Naides la va a redimir,
Y allí tiene que sufrir
El tormento mientras viva.
568
Aquella china perversa,
Dende el punto que llegó,
Crueldá y orgullo mostró
Porque el indio era valiente:
Usaba un collar de dientes
De cristianos que él mató.
569
La mandaba a trabajar,
Poniendo cerca a su hijito
Tiritando y dando gritos,
Por la mañana temprano,
Atado de pies y manos
Lo mesmo que un corderito.
570
Ansí le imponía tarea
De juntar leña y sembrar
Viendo a su hijito llorar,
Y hasta que no terminaba,
La china no la dejaba
Que le diera de mamar.
571
Cuando no tenían trabajo
La emprestaban a otra china,
"Naides", decía, "se imagina,
Ni es capaz de presumir
Cuanto tiene que sufrir
La infeliz que está cautiva.
572
Si ven crecido a su hijito,
Como de piedá no entienden
Y a suplicas nunca atienden,
Cuando no es éste es el otro,
Se lo quitan y lo venden
O lo cambian por un potro.
573
En la crianza de los suyos
Son bárbaros por demás.
No lo había visto jamás:
En una tabla los atan,
Los crían así, y les achatan
La cabeza por detrás.
574
Aunque esto parezca extraño,
Ninguno lo ponga en duda:
Entre aquella gente ruda,
En su bárbara torpeza,
Es gala que la cabeza
Se les forme puntiaguda.
575
Aquella china malvada,
Que tanto la aborrecía,
Empezó a decir un día,
Porque falleció una hermana,
Que sin duda la cristiana
Le había echado brujería.
576
El indio la sacó al campo
Y la empezó a amenazar
Que le había de confesar
Si la brujería era cierta;
O que la iba a castigar
Hasta que quedara muerta.
577
Llora la pobre afligida,
Pero el indio, en su rigor,
Le arrebató con juror
Al hijo de entre sus brazos,
Y del primer rebencazo
La hizo crujir de dolor.
578
Que aquel salvaje tan cruel
Azotándola seguía;
Más y más se enfurecía
Cuanto más la castigaba
Y la infeliz se atajaba
Los golpes como podía.
579
Que le gritó muy furioso
"Confechando no querés;"
La dio vuelta de un revés
Y, por colmar su amargura,
A su tierna criatura
Se la desgolló a los pies.
580
"Es inc |