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KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
I
CALLADA TRISTEZA
Vecinos míos, vosotros recordáis. con placer la
aurora de vuestra juventud, y lamentáis que haya pasado; pero
yo recuerdo la mía como un prisionero recuerda los barrotes y
los grilletes de su cárcel.
Vosotros habláis de aquellos años entre la
infancia y la juventud como de una época de oro, libre de
confinamientos y de cuidados, pero aquellos años. yo los
considero una época de callada tristeza que caía como una
semilla en mi corazón, y crecía en él; y que no encontraba
salida hacia el mundo del conocimiento y la sabiduría, hasta
que llegó el amor y abrió las puertas de mi corazón, e iluminó
sus recintos.
El amor me dio lengua y lágrimas. Seguramente
recordáis los jardines y los huertos, las plazas públicas y
las esquinas que presenciaron vuestros juegos y oyeron
vuestros inocentes cuchicheos; yo también recuerdo hermosos
parajes del norte del Líbano. Cada vez que cierro los ojos veo
aquellos valles, llenos de magia y dignidad, cuyas montañas,
cubiertas de gloria y grandeza, trataban de alcanzar el cielo.
Cada vez que cierro mis oídos al clamor de la ciudad, oigo el
murmullo de aquellos riachuelos y el crujido de aquellas
ramas. Todas esas bellezas a las que me refiero ahora, y que
ansío volver a ver como niño que ansía los pechos de su madre,
hirieron mi espíritu, prisionero en la oscuridad de la
juventud como el halcón que sufre en su jaula al ver una
bandada de pájaros que vuela libremente por el anchuroso
cielo. Aquellos valles y aquellas montañas pusieron el fuego
en mi imaginación, pero amargos pensamientos tejieron en torno
de mi corazón una red de negra desesperanza.
Cada vez que iba yo a pasear por aquellos
campos volvía decepcionado, sin saber la causa de mi
decepción. Cada vez que miraba yo el cielo gris sentía que el
corazón se me encogía. Cada vez que oía yo el canto de los
pájaros y los balbuceos de la primavera, sufría, sin
comprender la razón de mi sufrimiento. Dicen que la
simplicidad hace que un hombre sea vacío, y que ese vacío lo
hace despreocupado. Acaso sea esto cierto entre quienes
nacieron muertos y viven como cadáveres helados; pero el
muchacho sensible que siente mucho y lo ignora todo es la más
desventurada criatura que alienta bajo el sol, porque se
debate entre dos fuerzas. La primera fuerza lo impulsa hacia
arriba, y le muestra lo hermoso de la existencia a través de
una nube de sueños; la segunda, lo arrastra hacia la tierra,
llena sus ojos de polvo y lo anonada de temores y hostilidad.
La soledad tiene suaves, sedosas manos, pero
sus fuertes dedos oprimen el corazón y lo hacen gemir de
tristeza. La soledad es el aliado de la tristeza y el
compañero de la exaltación espiritual.
El alma del muchacho que siente que el beso de
la tristeza es como un blanco lirio que empieza a desplegar
sus pétalos. Tiembla con la brisa, abre su corazón en la
aurora, y vuelve a cerrar sus pétalos al llegar las sombras de
la noche. Si ese muchacho no tiene diversiones, ni amigos, ni
compañeros de juegos, su vida será como una reducida prisión
en la que no ve nada, sino telarañas, y no oye nada, sino el
reptar de los insectos.
Tal tristeza que me obsesionaba en mi juventud
no era por falta de diversiones, porque si hubiera querido las
habría tenido; tampoco era por falta de amigos, porque habría
podido tenerlos. Tal tristeza obedecía a un dolor interno que
me impulsaba a amar la soledad. Mataba en mí la inclinación a
los juegos y a las diversiones, quitaba de mis hombros las
alas de la juventud, y hacía que fuera yo como un estanque
entre dos montañas, que refleja en su quieta superficie las
sombras de los fantasmas y los colores de las nubes y de los
árboles, pero que no puede encontrar una salida, para ir
cantando hacia el mar.
Tal era mi vida antes de que cumpliera yo
dieciocho años. El año que los cumplí es como la cima de una
montaña en mi vida, porque despertó en mí el conocimiento, y
me hizo comprender las vicisitudes de la humanidad. En ese año
volví a nacer, y a menos que una persona vuelva a nacer, su
vida seguirá siendo una hoja en blanco en el libro de la
existencia. En ese año vi a los ángeles del cielo mirarme a
través de los ojos de una hermosa mujer. También vi a los
demonios del infierno rabiando en el corazón de un hombre
malo. Aquel que no ve a los ángeles y a los demonios en toda
la belleza y en toda la malicia, de la vida estará muy lejos
del conocimiento, y su espíritu estará ayuno de afecto.
Prefacio | I-Callada Tristeza | II-La Mano del Destino | III-La Entrada al Santuario | IV-La Antorcha Blanca | V-La Tempestad | VI-El Lago de Fuego | VII-Ante el trono... | VIII-Entre Cristo e Ishtar | IX-El Sacrificio | X-La Libertadora
Alas Rotas | Jesús, el Hijo del Hombre | Jesús, el Hijo del Hombre(Cont) | El Profeta | El Jardín del Profeta | La Voz del Maestro

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