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KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
VI
EL LAGO DE FUEGO
Todo lo que hace el hombre secretamente en la
oscuridad de la noche será revelado claramente a la luz del
día. Las palabras que se pronuncian en privado se convertirán
inesperada mente en conversación común. Los actos que hoy
escondemos en los rincones de nuestra casa mañana serán
pregonados en cada calle.
Así los fantasmas de la oscuridad revelaron el
propósito de la entrevista del obispo Bulos Galib con
Farris Efendi Karamy, y la conversación que
sostuvieron fue repitiéndose por todo el vecindario, hasta que
llegó a mis oídos.
La discusión que tuvo lugar aquella noche entre
el obispo Bulos Galib y Farris Efendi no fue acerca de los
problemas de los pobres, de las viudas y de los huérfanos. El
propósito principal de mandar llamar a Farris Efendi y de
llevarlo en el coche del obispo fue pedir la mano de Selma
para el sobrino del obispo, Mansour Bey Galib.
Selma era la única hija del acaudalado Farris
Efendi, y la elección del obispo recayó en Selma, no por su
belleza y su noble espíritu, sino por el dinero de su padre,
que garantizaba a Mansour Bey una gran fortuna y haría de él
un hombre importante.
Los jefes religiosos del cercano Oriente no se
conformaban con su propia opulencia, sino que tratan de que
todos los miembros de sus familias tengan posiciones de
dominio y formen parte de la clase opresora. La gloria de un
príncipe se transmite por herencia a su primogénito, pero la
exaltación de un jefe religioso debe ser como un contagio
entre sus hermanos y sobrinos. Así, los obispos cristianos,
los imanes mahometanos y los sacerdotes brahmanes se
convierten en pulpos que atrapan a sus presas con muchos
tentáculos, y succionan su sangre con muchas bocas.
Cuando el obispo pidió la mano de Selma para su
sobrino, la única respuesta que recibió del anciano fue un
profundo silencio, y amargas lágrimas, pues le dolía perder a
su hija única. El alma de cualquier hombre tiembla cuando se
lo separa de su hija única, a la que ha criado amorosamente y
que ya se ha convertido en joven hermosa.
La tristeza de los padres cuando se casa una
hija es igual a su felicidad cuando se casa un hijo, porque un
hijo aporta a la familia un nuevo miembro, mientras que una
hija, al casarse se aleja de la familia.
Farris Efendi tuvo que plegarse a la petición
del obispo, aunque con renuncia, porque Farris Efendi sabía
muy bien que el sobrino del obispo era un hombre peligroso,
lleno de odio, malvado y corrompido.
En el Líbano, ningún cristiano puede oponerse a
la voluntad de su obispo sin perder su buena fama.
Ningún hombre puede desobedecer a su jefe
religioso sin perder su buena reputación. El ojo no podría
resistirse a la amenaza de una lanza sin recibir cruel herida,
y la mano que empuñara la espada contra el jefe espiritual
sería arrancada del brazo.
Supongamos que Farris Efendi se hubiera opuesto
a la voluntad del obispo y que no hubiera obedecido a su
deseo; la reputación de Selma se habría enlodado y su nombre
habría corrido de boca en boca, irreparablemente sucio.
Porque, para la zorra, los racimos de uvas que están demasiado
altos están verdes y no son apetecibles.
De esta manera, el destino hizo presa de Selma
y la condujo, como a una humillada esclava, a la numerosa
procesión de las sufridas mujeres orientales, y así cayó ese
noble espíritu en la trampa, después de haber volado
libremente con las blancas alas del amor, bajo un cielo
nimbado de luz de luna y aromatizado con la esencia de las
flores.
En algunos países, la riqueza de los padres es
una fuente de sufrimientos para los hijos. El fuerte y pesado
cofre que el padre y la madre han utilizado como garantía de
seguridad y de riqueza llega a ser una estrecha y oscura
prisión para las almas de sus herederos. El todopoderoso
Dinar, la moneda a la que la gente rinde culto, llega a ser un
demonio que castiga el espíritu y aniquila a los corazones.
Selma Karamy fue una de esas víctimas de la
riqueza de sus padres y de la voracidad de su prometido.
Si no hubiera sido por la riqueza de su padre,
Selma viviría aún, sana y feliz.
Transcurrió una semana. El amor de Selma era mi
único pensamiento, que por la noche me cantaba canciones, y
que me despertaba al alba para revelarme el misterio de la
vida y los secretos de la Naturaleza.
Un amor como el que yo le tenía a Selma es un
amor celestial, desprovisto de celos, rico, y que nunca hace
daño al espíritu. Es una profunda afinidad que sumerge al alma
en una fuente de alegría; es un gran hambre de afecto y
ternura que, cuando se satisface, llena el alma de bondad y
riqueza; es una ternura que crea esperanza sin agitar el alma,
transformando la tierra en paraíso y la vida en un dulce y
hermoso sueño. Por las mañanas, cuando caminaba yo por los
campos, veía un signo de la Eternidad en el despertar de la
Naturaleza, y al sentarme en la playa escuchaba yo las olas,
entonando el cántico de la Eternidad. Y al caminar por las
calles veía la belleza de la vida y el esplendor de la
humanidad, en la apariencia de los transeúntes y en los
movimientos de los trabajadores.
Aquellos días pasaron como fantasmas y
desaparecieron como nubes, y pronto no dejarían en mí sino
tristes recuerdos. Los ojos con los que solía yo mirar la
belleza de la primavera y el despertar de la Naturaleza ya no
podían ver sino la furia de la tempestad y la miseria del
invierno. Mis oídos, que antes oían con agrado el canto de las
olas, ya sólo oían el ulular del viento y el embate del mar
contra los acantilados. El alma que antes observaba feliz el
vigor incansable de la humanidad y la gloria del Universo,
sentía la tortura del conocimiento de su decepción y
frustración. Nada había sido más hermoso que aquellos días de
amor, y nada era más amargo que aquellas horribles noches de
tristeza.
Un fin de semana, no pudiendo ya contenerme, me
dirigí una vez más a la casa de Selma, al santuario que la
Belleza había erigido y que el Amor había colmado de
bendiciones, en la que el espíritu podía rendir culto y el
corazón podía arrodillarse humildemente, y orar. Al entrar
nuevamente en el jardín, sentí que un poder ignoto me sacaba
de este mundo y me colocaba en una esfera sobrenatural,
liberada de la lucha y de las penalidades. Como un místico que
recibiera una revelación celestial, me vi a mí mismo entre los
árboles y las flores, y al aproximarme a la casa vi a Selma
sentada en un banco a la sombra del jazmín, donde habíamos
estado juntos hacía una semana, aquella noche que la
Providencia había elegido para que nacieran al unísono mi
felicidad y mi tristeza.
Mi amada no hizo ningún movimiento, ni habló,
al acercarme a ella. Parecía saber intuitivamente que iba yo a
llegar y al sentarme a su lado, me miró un momento y exhaló un
profundo suspiro; luego, volvió la cabeza y miró hacia el
cielo. Y, al cabo de un momento lleno de mágico silencio, se
volvió hacia mí y, temblando, tomó mi mano en las suyas, y me
dijo con desmayada voz:
-Mírame, amigo mío: examina mi rostro y lee en
él lo que quieres saber y lo que no puedo decirte.
Mírame, amado mío: mírame, hermano mío.
La miré atentamente y vi que aquellos ojos que
días antes habían sonreído como labios felices, y que habían
aleteado comes un ruiseñor, estaban hundidos y helados con la
tristeza y el dolor. Su rostro, que había sido como un lirio
que abriera sus pétalos bajo la caricia del sol, se había
marchitado y no mostraba ningún color. Sus dulces labios eran
como dos rosas anémicas que el otoño ha dejado en sus tallos.
Su cuello, que había sido una columna de marfil, se inclinaba
hacia adelante, como si ya no pudiese soportar la carga del
dolor que albergaba su cabeza.
Observé todos estos cambios en el rostro de
Selma, pero para mí eran como una nube pasajera que cubre el
rostro de la luna y la hace más bella. Una mirada que revela
un dolor interno añade más belleza al rostro, por más tragedia
y dolor que refleje; en cambio, el rostro que silencioso no
exterioriza ocultos misterios, no es hermoso, por más
simétricas que sean sus facciones. La copa no atrae a nuestros
labios, a menos que veamos el color del vino a través del
cristal transparente.
Aquella tarde, Selma era como una copa
rebosante de vino celestial, especiado con lo amargo y lo
dulce de la vida. Sin saberlo, mi amada simbolizaba a todas
las mujeres orientales, que no abandonan el hogar de sus
padres hasta que les echan al cuello el pesado yugo del
esposo, y que no salen de los amantes brazos de sus madres
hasta que van a vivir en calidad de esclavas a otro hogar,
donde tienen que soportar los malos tratos de la suegra.
Seguí mirando a Selma, y escuchando los gritos
de su espíritu deprimido, y sufriendo junto con ella, hasta
que sentí que el tiempo se había detenido, y que el universo
había vuelto a la nada. Lo único que podía yo ver eran sus
grandes ojos que me miraban fijamente, y lo único que podía
sentir era su fría, temblorosa mano, que apretaba la mía.
Salí de mi letargo al oír que Selma decía con
voz queda:
-Ven, amado mío; hablemos del horrible futuro
antes de que llegue. Mi padre acaba de salir para ver al
hombre que va a ser mi compañero hasta la muerte. Mi padre, al
que Dios escogió como autor de mis días, se entrevistará con
el hombre que el mundo ha elegido para que sea mi amo por el
resto de mis días. En el corazón de esta ciudad, el anciano
que me acompañó en mi juventud verá al hombre joven que será
mi compañero en los años futuros. Esta noche, ambas familias
fijarán la fecha del matrimonio. ¡Qué extraña e impresionante
hora! La semana pasada, a esta misma hora, bajo este mismo
jazmín, el Amor besó mi alma por vez primera, mientras el
Destino estaba escribiendo la palabra decisiva de mi vida en
la mansión del obispo. Y ahora, mientras mi padre y mi
pretendiente están fijando el día de matrimonio, veo que tu
espíritu vaga en torno a mí como un pájaro sediento, que
aletea desesperado sobre un manantial, vigilado por una
hambrienta serpiente. ¡Ah!, ¡cuán grande es esta noche, y cuán
hondo es su misterio!
Al oír esas palabras, sentí que el oscuro
fantasma de la desesperanza se apoderaba de nuestro amor, para
aniquilarlo en su infancia.
-Este pájaro seguirá aleteando sobre ese
manantial -le dije- hasta que la sed lo aniquile, o hasta que
caiga en las fauces de una serpiente, y sea presa del reptil.
-No, amado mío -me replicó Selma-; ese ruiseñor
debe seguir viviendo y cantando, hasta que llegue la
oscuridad; hasta que pase la primavera; hasta el fin del
mundo, y debe seguir cantando eternamente.
Su voz no debe sofocarse, porque da vida a mi
corazón, y sus alas no deben quebrarse porque su movimiento
ahuyenta las nubes de mi corazón. -Selma, amada mía, la sed
matará a ese ruiseñor, y si no la sed, el miedo -susurré.
Y ella me respondió inmediatamente, con labios
temblorosos:
-La sed del alma es más dulce que el vino de
las cosas materiales, y el temor del espíritu es más valioso
que la seguridad del cuerpo. Pero escucha, amado mío:
escúchame con atención: este día estoy en el umbral de una
nueva vida, de la que nada sé. Soy como un ciego que camina a
tientas y que procura no caer. La riqueza de mi padre me ha
llevado al mercado de las esclavas, y ese hombre codicioso me
ha comprado. No lo conozco ni lo amo, pero aprenderé a amarlo,
lo obedeceré, le serviré, y lo haré feliz. Le daré todo lo que
una débil mujer puede darle a un hombre fuerte.
"Pero tú, amado mío, aún estás en lo mejor de
la vida. Puedes caminar libremente por la senda espaciosa de
la vida alfombrada de flores. Eres libre para atravesar el
ancho mundo, haciendo de tu corazón una antorcha que ilumine
tu camino. Puedes pensar, hablar, y actuar libremente; puedes
escribir tu nombre en el rostro de la vida, pues eres hombre;
puedes vivir como un amo, porque la riqueza de tu padre no te
llevará al mercado de esclavos, y no te comprarán ni te
venderán; puedes casarte con la mujer que elijas, y antes de
que viva en tu hogar puedas albergarla en tu corazón, y puedes
intercambiar confidencias con ella, sin ningún obstáculo.
Reinó un momento el silencio, y luego Selma
continuó:
-Pero, ¿es hora de que la Vida nos aparte para
que tú puedas alcanzar la gloria del hombre, y para que yo me
vaya a cumplir con los deberes de la mujer? ¿Para esto el
valle se traga en sus profundidades la canción del ruiseñor, y
para esto el viento esparce los pétalos de la rosa, y para
esto los pies han apisonado el vino? ¿Fueron en vano todas
esas noches que pasamos a la luz de la luna bajo el jazmín,
donde nuestras almas se unieron? ¿Hemos volado velozmente
hacia las estrellas hasta que se cansaron nuestras alas, y
estamos descendiendo ahora al abismo? ¿O acaso el Amor estaba
dormido cuando vino a nosotros, y al despertar montó en ira, y
decidió castigarnos? ¿O quizá nuestros espíritus transformaron
la brisa de la noche en un viento huracanado que nos hizo
pedazos y nos barrió, como si fuéramos polvo, a la profundidad
del valle? Nosotros no hemos desobedecido a ningún
mandamiento, ni hemos probado el fruto prohibido, así que,
dime, ¿qué nos obliga a abandonar este paraíso? Nosotros nunca
hemos conspirado ni nos hemos rebelado; entonces, ¿por qué
estamos bajando al infierno? No, no; los momentos que nos
unieron son más grandes que los siglos, y la luz que iluminó
nuestros espíritus es más fuerte que la oscuridad; y si la
tempestad nos separa en este océano borrascoso, las olas nos
unirán nuevamente en la playa tranquila; y si esta vida nos
mata, la muerte nos unirá. El corazón de una mujer no cambia
con el tiempo ni con las estaciones; e incluso si muere cada
día, en la eternidad, nunca perece. El corazón de una mujer es
como un campo, convertido en campo de batalla: después que los
árboles se han desarraigado y que el césped se ha quemado, y
que las rocas se han teñido de roja sangre, y después de que
la tierra se ha sembrado de huesos y de cráneos, ese campo
permanece quieto y silencioso, como si nada hubiera pasado;
porque la primavera y el otoño vuelven a su, debido tiempo, y
reanudan su labor.
"Y ahora, amado mío, ¿qué haremos? ¿Cómo nos
separaremos, y cuándo volveremos a encontrarnos? ¿Hemos de
considerar que el amor fue un visitante extranjero, que llegó
en la noche y nos abandonó por la mañana? ¿O supondremos que
este cariño fue un sueño que llegó a nosotros mientras
dormíamos, y que se marchó cuando despertamos?
"¿Consideraremos que esta semana fue una hora
de ebriedad, a la que seguirá la serenidad? Alza el rostro y
mírame, bien amado; abre la boca y déjame oír tu voz.
¡Háblame! ¿Te acordarás de mí después de que esta tempestad
haya hundido el barco de nuestro amor? ¿Oirás el susurro de
mis alas en el silencio de la noche? ¿Oirás mi espíritu
vagando y aleteando en torno a ti? ¿Escucharás mis suspiros?
¿Verás mi sombra aproximarse a ti con las sombras del
anochecer, y verás que luego se desvanece con el resplandor de
la aurora? Dime, amado mío, ¿qué serás después de haber sido
un mágico rayo de luz para mis ojos, una dulce canción para
mis oídos, y unas alas para mi alma? ¿Qué serás después?
Al oír estas palabras, sentí que mi corazón se
deshacía. -Seré lo que tú quieras que sea, amada mía - le
contesté. -Quiero que me sigas amando como ama un poeta sus
melancólicos pensamientos -me dijo ella a continuación. Quiero
que me recuerdes como un viajero recuerda el quieto estanque
en que se reflejó su imagen, al saciar la sed en cristalinas
aguas. Quiero que me recuerdes como recuerda una madre a su
hijo muerto antes de nacer, y quiero que me recuerdes como un
rey misericordioso recuerda a un prisionero, muerto antes de
que llegara el perdón real. Quiero que seas mi compañero y que
visites a mi padre, y lo consueles en su soledad, porque
pronto lo abandonaré, y seré una extraña para él.
-Haré todo lo que me has dicho -le contesté-, y
haré de mi alma un abrigo para tu alma, y de mi corazón una
residencia para tu belleza, y de mi pecho una tumba para tus
penas.
Te amaré, Selma, como las praderas aman a la
primavera, y viviré en ti la vida de una flor bajo los rayos
del sol. Cantaré tu nombre como el valle canta el eco de las
campanas de las iglesias aldeanas; escucharé el lenguaje de tu
alma como la playa escucha su amado país, y como un hambriento
recuerda un banquete, y como un rey destronado recuerda los
días de su gloria, y como un prisionero recuerda las horas de
su libertad. Te recordaré como un labrador recuerda las
gavillas de trigo en su era, y como un pastor recuerda los
verdes prados y los alegres arroyos.
Selma escuchaba mis palabras con el corazón
palpitante.
-Mañana, la verdad será fantasmal, y el
despertar será como un sueño -agregó.-. ¿Acaso un amante
estará satisfecho con abrazar a un fantasma, o acaso un hombre
sediento saciará la sed con el manantial de un sueño?
-Mañana -contesté-, el destino te colocará
entre una familia pacífica, pero- a mí me enviará al mundo
lleno de luchas y guerras. Tú estarás en el hogar de una
persona cuya buena suerte lo ha hecho el más afortunado de los
hombres, al gozar de tu belleza y de tu virtud, mientras que
yo llevaré una vida de sufrimientos y temores. Tú entrarás por
la puerta de la vida, mientras que yo entraré por la puerta de
la muerte. A ti te recibirán con hospitalidad, mientras que yo
llevaré una existencia solitaria, pero erigiré una estatua de
amor y le rendiré culto en el valle de la muerte. El amor será
mi único remedio para mis penas, y beberé el amor como un
vino, y lo llevaré como un traje. En las auroras, el amor me
despertará de mi sueño y me llevará a un campo lejano, y al
mediodía me llevará a la sombra de los árboles, donde me
guareceré, junto con los pájaros, del calor del sol. Por la
tarde, el amor me hará hacer una pausa antes del ocaso, para
oír el adiós de la Naturaleza, que se despide cantando de la
luz del día, y el amor me mostrará fantasmales nubes que
surcarán el cielo. Por las noches, el amor me abrazará y
dormiré, soñando con el mundo celestial donde moran felices
los espíritus de los amantes y de los poetas. En la primavera,
caminaré al lado del amor entre violetas y jazmines y beberé
las últimas gotas del invierno en los cálices de los lirios.
En el verano, haremos almohadas con heno, y el césped será
nuestro lecho, y el cielo azul nos cobijará mientras
contemplamos las estrellas y la luna.
"En el otoño, el amor y yo iremos a los viñedos
y nos sentaremos cerca del lugar, y observaremos cómo se
desnudan las uvas de sus adornos de oro, y las aves
migratorias pasarán en bandadas sobre nosotros. En el
invierno, el amor y yo nos sentaremos cerca del fogón, a
contarnos historias de hace mucho tiempo, y crónicas de
lejanos países. Mientras dure mi juventud, el amor será mi
maestro; en mi edad madura, será mi auxiliar, y en mi vejez
será mi delicia. Amada Selma mía, el amor estará conmigo hasta
el fin de mi vida, y después de la muerte, la mano de Dios nos
volverá a unir.
Todas estas palabras salieron de lo profundo de
mi corazón, como llamas que salen, ávidas, de una fogata para
luego desaparecer, convertidas en cenizas. Selma lloraba, como
si sus ojos fueran labios que me contestaran con lágrimas.
Aquellos a quienes el amor no ha dado alas no
pueden volar detrás de la nube de las apariencias, para ver el
mágico mundo en que el espíritu de Selma y el mío existían
unidos en aquella hora, al mismo tiempo triste y feliz.
Aquellos a quienes el amor no ha elegido no oyen cuando el
amor llama.
Esta historia no es para ellos. Porque, aunque
comprendieran estas páginas, no serían capaces de captar los
significados ocultos que no se visten de palabras, y que no
pueden imprimirse en el papel; pero, ¿qué clase de ser humano
es aquel que nunca ha bebido el vino con la copa del amor, y
qué espíritu es el que nunca ha acudido reverentemente al
iluminado altar del templo, cuyo piso está constituido por los
corazones de los hombres y de las mujeres, y cuyo techo es el
secreto palio de los sueños? ¿Qué flor es esa en cuyos pétalos
la aurora nunca ha dejado caer una gota de rocío? ¿Qué
arroyuelo es ése que perdió su curso sin llegar hasta el mar?
Selma alzó el rostro hacia el cielo, y se quedó
contemplando las estrellas que tachonaban el firmamento.
Extendió las manos; sus ojos parecieron agrandarse, y sus
labios temblaron. En su pálido rostro podía yo ver los signos
de la tristeza, de la opresión, de la desesperanza y del
dolor.
- ¡Oh, Señor! -exclamó-, ¿qué ha hecho esta
pobre mujer para ofenderte? ¿Qué pecado ha cometido para
merecer tal castigo? ¿Por qué crimen se le ha infligido este
castigo eterno? Señor, tú eres fuerte, y yo soy débil. ¿Por
qué me has hecho sufrir este dolor? Tú eres grande y
todopoderoso, mientras que yo no soy más que una
insignificante criatura que se arrastra ante tu trono. ¿Por
qué me has aplastado con tu pie? Tú eres la estruendosa
tempestad, y yo soy como el polvo; ¿por qué, mi Señor, me has
arrojado a esa fría tierra? Tú eres poderoso, y yo soy
desvalida; ¿por qué me combates? Tú eres misericordioso, y yo
soy prudente; ¿por qué me estás destruyendo? Tú has creado a
la mujer con amor; entonces, ¿por qué, con amor, la aniquilas?
¿Por qué con tu mano izquierda me precipitas al abismo? Esta
pobre mujer lo ignora. En su boca Tú soplaste el aliento de la
vida, y en su corazón sembraste las semillas de la muerte. Le
mostraste el camino de la felicidad, pero la has conducido al
camino de la miseria; en su boca pusiste un canto de
felicidad, pero luego cerraste sus labios con la tristeza, y
paralizaste su lengua con el dolor de la agonía. Con tus
misteriosos dedos curas sus heridas, pero con tus manos
también das dolor a sus placeres. En su lecho pusiste el
placer y la paz, pero a su lado eriges obstáculos y temor.
Hiciste que en ella surgiera el afecto, por tu voluntad, y de
su afecto surge la vergüenza. Tu voluntad le mostró la belleza
de la Creación, pero su amor por la belleza se ha convertido
en un hambre terrible. Le hiciste beber 1a vida en la copa de
la muerte, y la muerte, en la copa de la vida.
"Tú purificaste a esta mujer con lágrimas, y
con lágrimas su vida transcurre. ¿Oh, Señor! Tú me has abierto
los ojos con amor, y con amor me has cegado. Tú me has besado
con tus divinos labios y me has golpeado con tu divina mano
poderosa. Tú has plantado en mi corazón una rosa blanca, pero
alrededor de la rosa has puesto una barrera de espinas. Tú has
unido mi presente con el espíritu de un joven al que amo, pero
has unido mi vida al cuerpo de un hombre desconocido. Así
pues, Señor, ayúdame a ser fuerte en esta lucha mortal, y
asísteme para que pueda ser veraz y virtuosa hasta la muerte.
¡Hágase tu voluntad, oh Dios!
Hubo un gran silencio. Selma miró hacia abajo,
pálida y cansada; sus brazos cayeron, y su cabeza se inclinó,
y me pareció como si una tempestad hubiera roto la rama de un
árbol, y la hubiera arrojado al suelo, seca y muerta.
Le tomé la fría mano y se la besé, pero cuando
traté de consolarla, era yo el que necesitaba más consuelo.
Guardé silencio, pensando en nuestro dolor y escuchando los
latidos de mi corazón. Ni ella ni yo dijimos nada más.
El dolor extremo es mudo, por lo que nos
sentamos en silencio, petrificados, como columnas de mármol
enterradas bajo la arena después de un terremoto. Ninguno
quería escuchar al otro, porque las fibras de nuestros
corazones se habían debilitado, y sentíamos que hasta un
suspiro podría romperlas.
Era la media noche, y podíamos ver la luna
creciente alzándose detrás del monte Sunín, y parecía la luna,
en medio de las estrellas, como el rostro de un cadáver en un
ataúd rodeado de las vacilantes luces de unos cirios. Y el
Líbano parecía un anciano cuya espalda estuviera doblada por
la edad, y cuyos ojos fueran un golfo de insomnio, observando
la oscuridad y esperando a la aurora; como un rey que
estuviera sentado sobre las cenizas de su trono, en las ruinas
de su palacio.
Las montañas, los árboles, los ríos, cambian de
apariencia con las vicisitudes de los tiempos, y con las
estaciones, así como el hombre cambia con sus experiencias y
sus emociones. El solitario chopo que a la luz del día, parece
una novia vestida, parecerá una columna de humo en la noche;
la gigantesca roca que se yergue desafiante en el día,
parecerá un miserable mendigo en la noche, con la tierra como
lecho y el cielo como frazada; y el riachuelo que vemos
saltando en la mañana y al que oímos cantar el himno de la
eternidad, por las noches nos parecerá un río de lágrimas,
llorando como una madre que ha perdido a su. hijo, y, el monte
Líbano, que una semana antes nos parecía majestuoso, cuando la
luna era llena y nuestro espíritu estaba gozoso, nos parecía
triste y solitario aquella noche.
Nos pusimos en pie y nos dijimos adiós, pero el
amor y la desesperación estaban entre nosotros como dos
fantasmas, uno de ellos extendiendo sus alas, y con los dedos
en nuestras gargantas, el otro; llorando, uno, y el otro
riendo sarcásticamente.
Al tomar la mano de Selma y llevarla a mis
labios, mi amada se me acercó y me dio un beso en la frente,
para luego dejarse caer en la banca de madera. Cerró los ojos
suspirando quedamente - ¡Oh Dios, ten piedad de mí, y cura mis
alas rotas! -dijo. Al dejar a Selma en el jardín, sentí que
todos mis sentidos se cubrían con espeso velo, como un lago
cuya superficie está oculta por la niebla.
La belleza de los árboles, la luz de la luna,
el profundo silencio que reinaba, todo en torno de mí me
pareció feo y espantoso. La verdadera luz que me había
mostrado la belleza y la maravilla del universo se había
convertido en una gran llama que consumía mi corazón y la
música eterna que antes escucharon mis oídos, se volvió un
estruendoso grito, más aterrorizante que el rugido de un león.
Llegué a mi habitación, y como un pájaro herido
derribado por el cazador, me dejé caer en el lecho, repitiendo
las palabras de Selma:
-¡Oh Dios, ten piedad de mí, y cura mis alas
rotas!
Prefacio | I-Callada Tristeza | II-La Mano del Destino | III-La Entrada al Santuario | IV-La Antorcha Blanca | V-La Tempestad | VI-El Lago de Fuego | VII-Ante el trono... | VIII-Entre Cristo e Ishtar | IX-El Sacrificio | X-La Libertadora
Alas Rotas | Jesús, el Hijo del Hombre | Jesús, el Hijo del Hombre(Cont) | El Profeta | El Jardín del Profeta | La Voz del Maestro

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