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KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
IX
EL SACRIFICIO
Un día, a fines de junio, cuando la gente salía
de la ciudad para ir a la montaña huyendo del calor del
verano, fui, como siempre, al templo a reunirme con Selma,
llevando conmigo un librito de poemas andaluces. Al llegar al
templo, me senté a esperarla, leyendo a intervalos mi libro,
recitando aquellos versos que llenaban mi corazón de éxtasis,
y que traían a mi memoria el recuerdo de los reyes, de los
poetas y caballeros que se despidieron de Granada, y que
tuvieron que dejarla, con lágrimas en los ojos y tristeza en
los corazones; que tuvieron que dejar sus palacios, sus
instituciones y sus esperanzas. Al cabo de una hora, vi a
Selma que caminaba por los jardines y se acercaba al templo;
se iba apoyando en su paraguas, como si estuviera soportando
todas las preocupaciones del mundo sobre sus hombros. Al
entrar en el templo, y sentarse a mi lado, noté un cambio en
sus ojos, y me apresuré a preguntarle qué le ocurría.
Selma intuyó mi pensamiento, me puso una mano
en la cabeza y me dijo:
-Acércate a mí; ven, amado mío, y deja que
sacie mi sed, porque la hora de la separación ha llegado.
-¿Se enteró tu esposo de nuestras citas aquí?
-le pregunté.
-A mi esposo no le importa nada de mi persona
-me respondió-, ni se molesta en averiguar lo que haga, pues
está muy ocupado con esas pobres muchachas a las que la
pobreza ha llevado a las casas de mala fama; esas muchachas
que venden sus cuerpos por pan, amasado con sangre y lágrimas.
-¿Qué te impide, que vuelvas a este templo a
sentarte a mi lado, reverentemente, ante Dios? -le pregunté-.
¿Te exige tu conciencia que nos separemos?
Y Selma me contestó, con lágrimas en los ojos:
-No, amado mío, mi espíritu no exige que nos
separemos, porque tú eres parte de mí. Mis ojos nunca se
cansan de mirarte, porque tú eres la luz de mis ojos; pero si
el Destino dispuso que yo tuviera que caminar por el áspero
sendero de la vida cargada con cadenas, no es justo que tu
suerte sea como la mía. No puedo decirte todo, porque mi
lengua está muda de dolor; mis labios están sellados por la
pena, y no pueden moverse; sólo puedo decirte que temo que
caigas en la misma trampa en que yo caía
-¿Qué quieres decir, Selma, y de quién tienes
miedo? Mi amada se llevó las manos al rostro.
-El obispo ya ha descubierto que cada mes he
estado saliendo de la tumba en que me enterró -dijo.
-¿El obispo descubrió que nos vemos aquí?
-Si lo hubiera descubierto, no me estarías
viendo sentada aquí a tu lado; pero algo sospecha, y ha
ordenado a sus sirvientes y espías que me vigilen bien. He
llegado a sentir que la casa en que vivo y el sendero por el
que camino están llenos de ojos que me vigilan, y de dedos que
me señalan, y de oídos al acecho de mis pensamientos.-Guardó
silencio un momento, y luego añadió, con lágrimas que mojaban
sus mejillas: -No temo al obispo, pues el agua no asusta a los
ahogados, pero temo. que tú caigas en una trampa y seas su
víctima; tú aún eres joven y libre como la luz del sol. No
temo al oscuro destino qué ha disparado todas sus flechas a mi
pecho, pero temo que la serpiente muerda tu pie y detenga tu
ascensión hacia la cima de la montaña en que el futuro te
espera con sus placeres y sus glorias.
-Quien no ha sido víctima de las mordeduras de
las serpientes del día, y quien no ha sentido las tarascadas
de los lobos de la noche, puede decepcionarse ante los días y
las noches. Pero escúchame, Selma; escucha bien: ¿Es la
separación el único medio de evitar la maldad de las personas?
¿Acaso se ha cerrado la senda del amor y de la libertad, y no
queda más salida que la sumisión a la voluntad de los esclavos
de la muerte?
-No queda más remedio que separarnos, y
decirnos adiós. Con espíritu rebelde, le tomé la mano.
-Nos hemos sometido a la voluntad de la gente
durante mucho tiempo -dije, nervioso-, desde que nos conocimos
hasta este momento nos han dirigido los ciegos, y junto con
ellos, hemos rendido culto a sus ídolos. Desde que te conocí
hemos estado en manos del obispo como dos pelotas con las que
ha jugado a su antojo. ¿Nos hemos de someter a su voluntad
hasta que la muerte nos lleve? ¿Acaso Dios nos dio el soplo de
la vida para colocarlo bajo los pies de la muerte? ¿Nos dio El
la libertad para hacer de ella una sombra de la esclavitud?
Quien extingue el fuego de su propio espíritu con sus propias
manos, es un infiel a los ojos del Cielo, pues el Cielo
encendió el fuego que arde en nuestros espíritus. Quien no se
rebela contra la opresión, es injusto consigo mismo. Te amo,
Selma, y tú me amas también; y el amor es un tesoro precioso;
es el don de Dios a los espíritus sensibles y de altas miras.
¿Desperdiciaremos tal tesoro, para que los cerdos lo dispersen
y lo pisoteen? Este mundo está lleno de maravillas y de
bellezas. ¿Por qué hemos de vivir en el estrecho túnel que el
obispo y sus secuaces han cavado para nosotros? La vida está
llena de felicidad y de libertad; ¿por qué no quitamos este
pesado yugo de tus hombros, y por qué no rompemos las cadenas
de tus pies, para caminar libremente hacia la paz? Levántate,
y dejemos este pequeño templo, para ir al templo mayor de
Dios. Salgamos de este país y de toda esta esclavitud e
ignorancia, y vayamos a otro país muy lejano, donde no nos
alcancen las manos de los ladrones. Vayamos a la costa al
amparo de la noche, y tomemos un barco que nos lleve al otro
lado del océano, donde podamos llevar una nueva vida de
felicidad y comprensión. No vaciles, Selma, porque estos
minutos son más preciosos para nosotros que las coronas de los
reyes, y más sublimes que los tronos de los ángeles. Sigamos
la columna de luz que nos conduzca, desde este árido desierto,
hasta los verdes campos donde crecen las flores y las plantas
aromáticas.
Selma movió la cabeza negativamente, y se quedó
mirando el techo del templo; una triste sonrisa apareció en
sus labios.
-No; no, amado mío -dijo-. El Cielo ha puesto
en mi mano una copa llena de vinagre; me he obligado a beberla
hasta las heces; hasta que sólo queden unas cuantas gotas, que
beberé pacientemente. No soy digna de una nueva vida de amor y
paz; no soy suficientemente fuerte para gustar de los placeres
y de las dulzuras de la vida, porque un pájaro con las alas
rotas no puede volar por el espacioso cielo. Los ojos
acostumbrados a la débil luz de una vela no son lo bastante
fuertes para contemplar el sol. No me hables de felicidad; su
recuerdo me hace sufrir. No menciones en mi presencia la paz;
su sombra me aterroriza; mírame, y te mostraré la santa
antorcha que el Cielo ha encendido en las cenizas de mi
corazón. Tú bien sabes que te amo como una madre a su único
hijo, y que el amor me ha enseñado a protegerte hasta de mí
misma. Es el amor purificado con fuego, el que me impide
seguirte a tierras lejanas. El amor mata mis deseos, para que
puedas vivir libre y virtuosamente. El amor limitado exige la
posesión del amado, pero el amor ilimitado sólo pide para sí
mismo. El amor que aparece en la ingenuidad y el despertar de
la juventud se satisface con la posesión y se reafirma con los
abrazos. Pero el amor nacido en el firmamento y que ha bajado
a la tierra con los secretos de la noche no se satisface sino
con la eternidad y la inmortalidad; no hace reverencias sino a
la deidad.
"Cuando supe que el obispo quería impedirme
salir de la casa de su sobrino y despojarme de mi único
placer, me paré ante la ventana de mi habitación y miré hacia
el mar, pensando en los vastos países que hay más allá, y en
la libertad real y en la personal independencia que se puede
encontrar allá. Me vi a mí misma viviendo a tu lado, protegida
por la sombra de tu espíritu, y sumergida en el océano de tu
cariño. Pero todos estos pensamientos que iluminan el corazón
de una mujer y que la hacen rebelarse contra las viejas
costumbres, y desean vivir a la sombra de la libertad y de la
justicia, me hicieron reflexionar que así nuestro amor será
limitado y débil, indigno de alzarse ante el rostro del sol.
Grité como un rey despojado de su reino y de sus tesoros, pero
inmediatamente vi tu rostro a través de mis lágrimas, y tus
ojos que me miraban, y recordé lo que un día me dijiste:
"Ven, Selma, ven y seamos fuertes torres ante
la tempestad. Enfrentémonos como valerosos soldados al enemigo
y opongámonos a sus armas. Si nos matan, moriremos como
mártires; y si vencemos, viviremos como héroes. Retar a los
obstáculos y a
las penalidades es más
noble que retirarse
a la tranquilidad.
Estas palabras, amado mío, las pronunciaste
cuando las alas de la muerte se cernían sobre el lecho de
muerte de mi padre; las recordé ayer, mientras las alas de la
desesperación se cernían sobre mi cabeza. Me sentí más fuerte,
y sentí incluso en la oscuridad de mi prisión, una especie de
preciosa libertad que paliaba nuestras dificultades y
disminuía nuestras tristezas.
Descubrí que nuestro amor era tan profundo como
el océano, tan alto como las estrellas, y tan espacioso como
el Cielo. Vine a verte, y en mi débil espíritu hay una nueva
fuerza, esta fuerza es la capacidad de sacrificar algo muy
grande, para obtener algo todavía más grande; es el sacrificio
de mi felicidad, para que puedas seguir siendo virtuoso y
honorable a los ojos de la gente, y para que estés lejos
de sus traiciones y de su persecución...
"En otras ocasiones, al venir a este sitio,
sentía yo que pesadas cadenas me impedían caminar; pero hoy,
vine con una nueva determinación que se ríe de las cadenas y
acorta el camino. Venía yo a este templo como un fantasma
asustado, hoy vine como una mujer valerosa que siente lo
imperioso del sacrificio, y que conoce el valor del
sufrimiento; como una mujer que quiere proteger a su amado de
la gente ignorante y de su propio espíritu hambriento. Me
sentaba yo a tu lado como una sombra temblorosa, hoy vine a
mostrarte mi ser verdadero, ante Ishtar y ante Cristo.
"Soy un árbol que ha crecido en la sombra, y
hoy extendí mis ramas para temblar un poco a la luz del día.
Vine a decirte adiós, amado mío, y espero que nuestra
despedida sea tan bella y tan terrible como nuestro amor. Que
nuestra despedida sea como el fuego, que funde el oro y lo
hace más resplandeciente.
Selma no me permitió hablar ni protestar, sino
que me miró, con. los ojos brillantes, con una gran dignidad
en el rostro, y parecía un ángel que impusiera silencio y
respeto.
Luego me abrazó fuertemente, lo que nunca había
hecho antes y puso sus suaves brazos alrededor de mi cuello, y
estampó un profundo, largo, dulcísimo beso en mi boca.
Al irse ocultando el sol, retirando sus rayos
de aquellos jardines y de aquellos huertos, Selma caminó hacia
la parte central del templo, y contempló largamente sus muros
y sus ángulos, como si quisiera verter la luz de sus ojos
en las imágenes y en los símbolos. Luego, dio otros pasos
al frente, y se arrodilló con reverencia ante la imagen de
Cristo, besó sus pies, y susurró:
- ¡Oh, Cristo!, he escogido tu cruz y he
abandonado el mundo de los placeres y felicidad de Ishtar; he
llevado la corona de espinas y he rechazado la corona de
laurel; me he bañado con sangre y lágrimas, y he rechazado el
perfume y el incienso; he bebido vinagre de la copa que
tendría que dar vino y néctar; acéptame, Señor, entre tus
fieles, y condúceme a Galilea, junto con los que han elegido
tu camino, contentos en sus sufrimientos, y gozosos en sus
tristezas.
Luego, Selma se levantó y me miró.
-Ahora, volveré feliz a mi oscura cueva, donde
reside el horrible fantasma. No me tengas lástima, amado mío,
y no te entristezcas por mí, porque el alma que ve una vez la
sombra de Dios no volverá a tener miedo, desde entonces, a los
fantasmas de los demonios. Y el ojo que ha visto el cielo no
será cerrado por los dolores del mundo.
Y al acabar de decir estas palabras, Selma
salió del santuario; permanecí allí, perdido en un hondo mar
de pensamientos, absorto en el mundo de la revelación, donde
Dios se sienta en su trono y donde los ángeles registran los
actos de los seres humanos, donde las almas recitan la
tragedia de la vida, y donde las novias del Cielo cantan los
himnos del amor, de la tristeza y de la inmortalidad.
La noche ya había llegado cuando salí de mi
meditación, y me encontré estupefacto, en los jardines,
repitiendo el eco de cada palabra que había pronunciado Selma,
recordando su silencio, sus actos, sus movimientos, sus
expresiones y el toque de sus manos, hasta que me di cuenta
cabal del significado de la despedida y del dolor de la
soledad. Me sentí. deprimido y con el corazón roto. Fue
entonces cuando descubrí que los hombres, aunque nazcan
libres, seguirán siendo esclavos de las estrictas leyes que
sus mayores promulgaron, y que el firmamento, que imaginamos
inmutable, es la sumisión del día de hoy a la voluntad del día
de mañana, y la sumisión del ayer a la voluntad del presente.
Muchas veces, desde aquella noche, he pensado
en la ley espiritual .que hizo que Selma prefiriera la muerte
a la vida, y muchas veces he comparado la nobleza del
sacrificio con la felicidad de la rebelión para saber cuál de
las dos actitudes es más noble y más hermosa; pero hasta ahora
he obtenido sólo una verdad de todo ello, y esta verdad es la
sinceridad, que es la que puede hacer que todas nuestras
acciones sean hermosas y honorables. Y esta sinceridad estaba
en Selma Karamy.
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