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KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
VIII
ENTRE CRISTO E ISHTAR
En medio de los jardines y colinas que unen la
ciudad de Beirut con el Líbano hay un pequeño templo, muy
antiguo, cavado en la roca, rodeado de olivos, almendros y
sauces.
Aunque este templo está como a un kilómetro de
la carretera principal, en la época de mi relato muy pocas
personas aficionadas a las reliquias y a las ruinas antiguas
habían visitado ese santuario. Era uno de los muchos sitios
interesantes escondidos y olvidados que hay en el Líbano. Por
estar tan apartado, se había convertido en un refugio para las
personas religiosas, y en un santuario para amantes
solitarios.
Al entrar en este templo, el visitante ve en el
muro oriental, un antiguo cuadro fenicio esculpido en la roca,
que representa a Ishtar, diosa del amor y de la belleza,
sentada en su trono, rodeada de siete vírgenes desnudas, en
diversas actitudes. La primera de ellas lleva una antorcha; la
segunda, una guitarra; la tercera, un incensario; la cuarta,
una jarra de vino; la quinta, un ramo de rosas; la sexta, una
guirnalda de laurel; la séptima, un arco y una flecha; y las
siete miran a Ishtar reverentemente.
En el segundo muro hay otro cuadro, más moderno
que el primero, que representa a Cristo clavado en la cruz, y
a su lado están su doliente Madre, María Magdalena, y otras
dos mujeres, llorando. Este cuadro bizantino tiene una
inscripción que demuestra que se esculpió en el siglo XV o en
el XVI. En el muro occidental hay dos tragaluces redondos, a
través de los cuales los rayos del sol entran en el recinto e
iluminan las imágenes y dan la impresión de estar pintadas con
agua dorada. En medio del templo hay un altar rectangular, de
mármol, con viejas pinturas a los lados, algunas de las cuales
apenas pueden distinguirse bajo las petrificadas manchas de
sangre, que demuestran que el pueblo antiguo ofrecía
sacrificios en esa roca y vertían perfume, vino y aceite sobre
ella.
No hay nada más en ese pequeño templo, excepto
un profundo silencio, que revela a los vivientes los secretos
de la diosa y que haba sin palabras de pasadas generaciones y
de la evolución de las religiones. Tal espectáculo lleva al
poeta a un mundo muy lejano, y convence al filósofo de que los
hombres nacieron con tendencia hacia la religiosidad;
sintieron los hombres la necesidad de lo invisible, y crearon
símbolos, cuyo significado divulgó los secretos, los deseos de
su vida y de su muerte.
En este templo casi desconocido, me reunía yo
con Selma una vez al mes, y pasaba varias horas: en su
compañía, contemplando esas extrañas imágenes, pensando en el
Cristo crucificado, y meditando en los jóvenes y en las
,jóvenes fenicios que vivieron, amaron y rindieron culto a la
belleza en la persona de Ishtar, quemando incienso ante su
estatua y derramando perfume en su santuario, es un pueblo del
que no ha quedado más rastro que su nombre, repetido por la
marca del tiempo ante el rostro de la eternidad.
Resulta difícil describir con palabras los
recuerdos de aquellas horas de mis encuentros con Selma;
aquellas celestiales horas, llenas de dolor, felicidad,
tristeza, esperanza y miseria espiritual.
Nos reuníamos secretamente en el viejo templo a
recordar los viejos días, a hablar de nuestro presente, a
atisbar con recelo el futuro, y a sacar gradualmente a la
superficie los ocultos secretos de las profundidades de
nuestros corazones, ex uniéndonos las quejas de nuestra
frustración y nuestro sufrimiento, tratando de consolarnos con
esperanzas imaginarias y sueños melancólicos. De vez en cuando
nos calmaban, enjugábamos nuestras lágrimas y empezábamos a
sonreír, olvidándonos de todo, excepto del amor; nos
abrazábamos hasta que nuestros corazones se enternecían;
luego, Selma me daba un casto beso en la frente, y llenaba mi
corazón de éxtasis; yo le devolvía el beso al inclinar ella su
cuello de marfil, mientras sus mejillas se coloreaban
ligeramente de rojo, como el primer rayo de la aurora en la
frente de la montaña. Contemplábamos silenciosamente el lejano
horizonte, donde las nubes se teñían con el color anaranjado
del ocaso.
Nuestra conversación no se limitaba al amor; de
vez en cuando hablábamos de diferentes temas, y hacíamos
comentarios. Durante el curso de la conversación Selma hablaba
del lugar de la mujer en la sociedad, de la huella que la
generación pasada había dejado en su carácter, de las
relaciones entre marido y mujer, porque la miran detrás del
velo sexual, y no ven en ella sino lo externo; la miran a
través de un lente de aumento de odio, y no encuentran en ella
sino debilidad y sumisión.
En otra ocasión, me dijo, señalando los cuadros
esculpidos en el templo:
-En el corazón de esta roca están dos símbolos
que reflejan la esencia de los deseos de la mujer, y que
revelan los secretos de su alma, que oscila entre el amor y la
tristeza, entre el cariño y el sacrificio, entre Ishtar
sentada en su-trono y María al pie de la cruz. El hombre
adquiere gloria y fama, pero la mujer paga el precio.
Sólo Dios supo el secreto de nuestros
encuentros, además de las bandadas de pájaros que volaban
sobre el templo. Selma solía ir en su coche a un sitio llamado
Parque del Pachá, y desde allí caminaba hasta el templo, donde
me encontraba, esperándola ansiosamente.
No temíamos que nos observaran, ni nuestras
conciencias nos reprochaban nada, el espíritu purificado por
el fuego y lavado por las lágrimas está por encima de lo que
la gente llama vergüenza y oprobio; está libre de las leyes de
la esclavitud y de las viejas costumbres que ponen trabas a
los afectos del corazón humano.
Ese espíritu puede comparecer orgullosamente y
sin vergüenza alguna ante el trono de Dios.
La sociedad humana se ha plegado durante
setenta siglos a leyes corrompidas, hasta el punto de no poder
entender el significado de las leyes superiores y eternas.
Los ojos del hombre se han acostumbrado a la
pálida luz de las velas, y no pueden contemplar la luz del
sol. La enfermedad espiritual se hereda de generación en
generación, hasta llegar a ser parte de la gente, que la
considera no una enfermedad, sino un don natural, que Dios
impuso a Adán. Si estas personas encuentran a alguien liberado
de los gérmenes de tal enfermedad, piensan que ese individuo
vive en la vergüenza y en el oprobio.
Los que piensan mal de Selma Karamy porque
salía del hogar de su esposo para entrevistarse conmigo en el
templo están enfermos, y forman parte de esos débiles mentales
que consideran a los sanos unos rebeldes. Son como insectos
que se arrastran en la oscuridad por miedo a que los pisen los
transeúntes.
El prisionero oprimido que puede escapar de su
cárcel y no lo hace, es un cobarde. Selma, prisionera inocente
y oprimida, no pudo libertarse de sus cadenas. ¿Se la puede
censurar porque mirara a través de la ventana de su prisión
los verdes campos y el espacioso cielo? ¿Dirá la gente que
Selma fue infiel por salir de su casa para ir a sentarse á mi
lado ante Cristo e Ishtar? Que la gente diga lo que quiera:
Selma había pasado por los pantanos que
sumergen a otros espíritus, y había llegado a un mundo que no
podían alcanzar los aullidos de los lobos, ni el cascabeleo de
las serpientes.
Que la gente diga lo que quiera de mí, porque
el espíritu que ha visto el espectro de la muerte no puede
atemorizarse con los rostros de los ladrones; el soldado que
ha visto brillar sobre su cabeza las espadas, y correr arroyos
de sangre bajo sus pies, camina imperturbable, a pesar de las
piedras que le arrojan los niños callejeros.
Prefacio | I-Callada Tristeza | II-La Mano del Destino | III-La Entrada al Santuario | IV-La Antorcha Blanca | V-La Tempestad | VI-El Lago de Fuego | VII-Ante el trono... | VIII-Entre Cristo e Ishtar | IX-El Sacrificio | X-La Libertadora
Alas Rotas | Jesús, el Hijo del Hombre | Jesús, el Hijo del Hombre(Cont) | El Profeta | El Jardín del Profeta | La Voz del Maestro

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