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KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
X
LA LIBERTADORA
Cinco años del matrimonio de Selma
transcurrieron, sin que hubiera hijos que reforzaran los
lazos espirituales entre ella y su esposo, lazos que
hubieran podido acercar a sus almas contrastantes.
La mujer estéril es vista con desdén en todas
partes, porque la mayoría de los hombres desean perpetuarse
en su posteridad.
El hombre común considera a su esposa, cuando
no puede tener hijos, como a un enemigo; la detesta, la
abandona y desea su muerte. Mansour Bey Galib era de esa
clase de hombres; en lo material, era como la tierra, duro
como el acero y codicioso como un sepulcro. Su. deseo de
tener un hijo que llevara su nombre y prolongara su
reputación hizo que odiara a Selma, a pesar de su belleza y
de su dulzura.
Un árbol que crece en una cueva no da fruto; y
Selma, que vivía en la parte oscura de la vida, no
concebía...
El ruiseñor no hace su nido en la jaula, a
menos que la esclavitud sea el sino de su raza... Selma era
una prisionera del dolor, y era voluntad del Cielo que no
hubiese otro prisionero que le hiciera compañía. Las flores
del campo son hijas del afecto del sol y del amor de la
Naturaleza; y los hijos de los hombres son las flores del
amor y de la compasión.
El espíritu del amor y de la compasión nunca
reinó en su hermosa casa de Ras Beirut. Sin embargo, se
arrodillaba Selma todas las noches y pedía a Dios un hijo en
quien encontrar compañía y consuelo...
Oró hasta que el Cielo oyó sus plegarias.
El árbol de la cueva floreció y, al fin dio
fruto. El ruiseñor enjaulado empezó a hacer su nido con las
plumas de sus alas.
Selma extendió los encadenados brazos hacia el
Cielo, y recibió el precioso don, y nada en el mundo pudo
hacerla más feliz que saber que iba a ser madre...
Esperó ansiosamente, contando los días, y
ansiando el tiempo en que el canto más dulce del Cielo, la
voz de su hijo, sonara como campanitas de cristal en sus
oídos.
Empezó Selma a ver la aurora de un futuro menos
negro, a través de sus lágrimas.
Era el mes de Nisán cuando Selma estaba en el
lecho del dolor y del trabajo de parto, donde luchaban la
vida y la muerte. El médico y la comadrona se preparaban a
entregar al mundo a un nuevo huésped. Pero a altas horas de
la noche, Selma empezó a gritar, con gritos que eran una
separación de la. vida... Un grito que se prolongó en el
firmamento de la nada... Un grito de fuerza debilitada ante
la quietud de fuerzas superiores... El grito de mi pobre
Selma, que se debatía entre los pies de la vida y los pies
de la muerte...
Al alba, Selma dio a luz un varón. Al abrir los
ojos la madre, vio rostros sonrientes en toda la habitación,
y luego vio que la vida y la muerte aún luchaban en su
lecho. Cerró los ojos, y exclamó, por primera vez:
- ¡Oh, hijo mío!
La comadrona envolvió al recién nacido en
pañales de seda, y lo puso junto a su madre, pero el médico
se quedó mirando a Selma, moviendo tristemente la cabeza.
Gritos de gozo despertaron a los vecinos, que
se precipitaron a felicitar al padre por el nacimiento de su
heredero, pero el médico miró a Selma y al hijo, y movió
tristemente la cabeza.
Los sirvientes corrieron a dar la buena nueva a
Mansour Bey sin saber que el médico seguía considerando a
Selma y al niño con honda preocupación.
Al salir el sol, Selma se llevó el niño al
pecho, y el niño abrió los ojos y miró a su madre. El médico
tomó al niño de los brazos de Selma y con lágrimas en los
ojos, dijo:
-Es un huésped que se va...
El niño falleció mientras los vecinos
celebraban con el padre en la gran sala de la casa, y
mientras bebían vino a la salud del heredero. Selma miró al
médico, y le rogó:
-Deme a mi hijo, y deje que le de un beso...
Y aunque el niño estaba muerto, los sonidos de
las copas entrechocando por los brindis de alegría,
resonaban en la gran sala.
El niño nació al alba, y murió al llegar los
primeros rayos del sol...
No vivió para consolar y acompañar a su madre.
Su vida había empezado al terminar la noche y
cesó al principiar el día, como una gota de rocío vertida
por los ojos de la oscuridad y secada al contacto de la luz.
Fue una perla que la marea arrojó a la costa y
que la misma marea devolvió a las profundidades del mar...
Un lirio que acababa de abrirse del capullo de
la vida y que aplastó el pie de la muerte.
Fue un huésped querido que iluminó un instante
el corazón de Selma, y cuya partida mató su alma.
Tal es la vida de los hombres, la vida de las
naciones, la vida de soles, lunas y estrellas.
Y Selma miró intensamente al médico.
- ¡Deme a mi hijo y déjeme abrazarlo -gritó-;
deme a mi hijo, y déjeme darle el pecho!
Pero el doctor inclinó la cabeza y su voz se
quebró al decir:
-Señora, su hijo está muerto; tenga paciencia.
Al oír estas palabras del médico, Selma dio un
terrible grito. Luego, permaneció inmóvil un momento, y
sonrió, como con alegría. Su rostro se iluminó como si
hubiera descubierto algo, y dijo dulcemente:
-Denle a mi hijo; quiero tenerlo cerca de mí,
aunque esté muerto.
El médico le llevó el niño muerto a Selma y se
lo puso en los brazos. Selma lo abrazó, luego volvió el
rostro a la pared, y le habló a su hijo, en estos términos:
-Hijo mío, has venido por mí; has venido a
mostrarme el camino que conduce a la playa. Aquí estoy, hijo
mío; llévame, y salgamos de esta oscura cueva.
Y un minuto después, un rayo de sol penetró
entre las cortinas de las ventanas e iluminó dos cuerpos
inmóviles, que yacían en la cama, custodiados por la
profunda dignidad del silencio y protegidos por las alas de
la muerte. El médico salió de la habitación con lagrimas en
los ojos, y cuando llegó a la gran sala, la celebración se
convirtió en un funeral; pero Mansour Bey Galib nunca
pronunció una palabra de lamento, ni derramó una sola
lágrima. Se quedó de pie, inmóvil como una estatua, con una
copa de vino en la mano derecha.
Al día siguiente, Selma fue amortajada con su
blanco vestido de novia y puesta en un ataúd; la mortaja del
niño fueron sus pañales de seda; sus ataúd, los brazos de su
madre; su tumba el calmado pecho que no lo alimentó. Eran
dos cuerpos en un solo ataúd. Seguí reverentemente el
cortejo que acompañó a Selma y a su hijo hasta su último
reposo.
Al llegar al cementerio, el obispo Galib empezó
a cantar los salmos funerarios, mientras los demás
sacerdotes oraban, y en los indiferentes rostros de todos
ellos vi un velo de ignorancia y vacuidad.
Al bajar el féretro, uno de los asistentes dijo
en voz baja: -Es la primera vez que veo a dos cuerpos en un
ataúd. -Parece que el niño hubiera venido a rescatar a su
madre de un esposo inmisericorde -dijo otra persona.
Y otra persona exclamó:
-Miren a Mansour Bey: dirige la vista al cielo,
como si sus ojos fueran de hielo. No parece que haya perdido
a su esposa y a su hijo en un solo día.
Y otra persona más, comentó:
-Su tío, el obispo, volverá a casarlo mañana
con una mujer más rica y más fuerte.
El obispo y los sacerdotes siguieron cantando y
murmurando plegarias hasta que el sepulturero terminó de
llenar la fosa. Luego, todos se fueron acercando uno a uno,
a ofrecer sus respetos y sus condolencias al obispo y a su
sobrino, con tiernas palabras, pero yo me quedé aparte,
solitario, sin un alma que me consolara, como si Selma y su
hijo no hubieran significado nada para mí.
El cortejo salió del cementerio; el sepulturero
se quedó cerca de la nueva tumba, sosteniendo una pala en la
mano. Me acerqué al sepulturero y le pregunté:
-¿Recuerda usted dónde enterró a Farris Efendi
Karamy? Me miró un momento, y luego señaló la tumba de Selma.
-Allí mismo; puse a su hija sobre él, y en el pecho de su
hija reposa su nieto, y encima de ellos llené la fosa con
tierra, con esta pala.
-En esta fosa -le dije- también ha enterrado
usted mi corazón.
Y mientras el sepulturero desaparecía detrás de
los álamos, no pude más; me dejé caer sobre la tumba de
Selma, y lloré.
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