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KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
V
LA TEMPESTAD
Un día, Farris Efendi me invitó a cenar en su
casa. Acepté, y mi espíritu, hambriento del divino pan que el
Cielo había puesto en las manos de Selma, estaba hambriento,
sobre todo, de ese pan espiritual que da más hambre a nuestros
corazones mientras más comemos de él. Era ese pan que Kais, el
poeta árabe, Dante y Safo probaron, y que incendió sus
corazones; el pan que la Diosa prepara con la dulzura de los
besos y la amargura de las lágrimas.
Al llegar a la casa de Farris Efendi vi a Selma
sentada en un banco del jardín, descansando la cabeza en el
tronco de un árbol, y con el aspecto de una novia ataviada con
su blanco vestido de seda, o como un centinela que custodiara
aquellos parajes.
Silenciosa y reverentemente me acerqué a ella,
y me senté a su lado. No podía yo hablar, así que recurrí al
silencio, único lenguaje del corazón, pero sentí que Selma
estaba escuchando mi mensaje sin palabras, y que observaba el
fantasma de mi alma en mis ojos.
Al cabo de unos minutos, el anciano salió de la
casa y me saludó, con la cordialidad de siempre. Al extender
la mano hacia mí, sentí como si estuviera bendiciendo los
secretos que nos unían a mí y a su hija.
-La cena está servida, hijos míos -dijo el
anciano-; entremos a comer.
Nos levantamos de nuestros asientos y lo
seguimos; había ojos de Selma brillaban, pues un nuevo
sentimiento se había añadido a su amor, al oír que su padre
nos decía "hijos míos".
Nos sentamos a la mesa y disfrutamos de la
buena comida y del vino añejo, pero nuestras almas estaban
viviendo en un mundo muy lejano; éramos tres personas
inocentes, que sentían mucho y sabían poco; se estaba
desarrollando un drama entre un anciano que amaba a su hija y
quería su felicidad, una joven de veinte años que miraba hacia
el futuro con ansiedad, y un joven que soñaba y se preocupaba,
y que aún no probaba el vino de la vida, ni su vinagre, y que
trataba de llegar hasta la altura del amor y del conocimiento,
pero que era incapaz de alzarse a sí mismo. Allí estábamos los
tres, sentados a la luz del crepúsculo, comiendo y bebiendo en
aquella casa solitaria, custodiada por los ojos de Dios, pero
en los fondos de nuestras copas se ocultaban la amargura y la
angustia.
Al término de la cena, una de las criadas
anunció la presencia de un hombre en la puerta que deseaba ver
a Farris Efendi.
-¿Quién es? -preguntó el anciano.
-El mensajero del obispo -dijo la criada. Hubo
un momento de silencio, durante el cual Farris Efendi miró a
su hija, como un profeta que consultara el firmamento para
adivinar su secreto.
Luego, dijo:
-Que entre.
Poco después, un hombre, en uniforme oriental,
y que llevaba un gran bigote retorcido en las puntas, entró al
aposento, y saludó al anciano con estas palabras:
-Su Ilustrísima, el obispo, le ha enviado a
usted su carruaje particular; desea tratar asuntos importantes
con usted.
El rostro del anciano se ensombreció, y su
sonrisa se borró. Tras un momento de honda reflexión, se
acercó a mí, y me dijo en tono amistoso:
-Espero encontrarte aquí cuando vuelva, pues
Selma disfrutará de tu compañía en este lugar solitario.
Y diciendo esto, se volvió hacia Selma, y al
tiempo que sonreía le preguntó a la muchacha si estaba de
acuerdo. La joven asintió con la cabeza, pero sus mejillas se
tornaron rojas, y, con voz más dulce que la música de la lira,
dijo:
-Padre, haré lo posible para que nuestro
huésped esté contento.
Selma observó el carruaje que llevaba a su
padre a casa del obispo, hasta que desapareció de nuestra
vista. Luego, se sentó frente a mí en un diván forrado de seda
verde. Parecía un lirio doblado hacia la alfombra de verde
césped por la brisa de la aurora. Fue voluntad del Cielo que
aquella noche estuviera yo a solas con Selma, en su hermosa
casa rodeada de árboles, donde el silencio, el amor, la
belleza y la virtud, moraban juntos.
Ambos guardábamos silencio, esperando que el
otro hablara, pero no es el lenguaje hablado el único medio de
comprensión entre dos almas. No son las sílabas que salen de
los labios y de las lenguas las que unen a los corazones.
Hay algo más alto y puro de cuanto la boca
puede pronunciar. El silencio ilumina nuestras almas, susurra
en nuestros corazones, y los une. El silencio que separa de
nosotros mismos, nos hace viajar como en un velero por el
firmamento del espíritu, y nos acerca al Cielo; nos hace
sentir que los cuerpos no son más que prisiones, y que este
mundo es sólo un lugar de exilio transitorio.
Selma me miró, y sus ojos reflejaban el secreto
de su corazón. Luego, me dijo, en voz alta:
-Vayamos al jardín, sentémonos bajo los árboles
y contemplemos la luna saliendo de las montañas. Obedecí, y me
levanté de mi asiento, pero vacilé.
-¿No crees que es mejor permanecer aquí, y
esperar a que la luna esté alta e ilumine el jardín? -le dije,
y añadí-: La oscuridad oculta los árboles y las flores. No
podremos ver nada.
-Si la oscuridad oculta los árboles y las
flores a nuestros ojos, no podrá ocultar el amor a nuestros
corazones -contestó ella.
Y al pronunciar estas palabras en un extraño
tono de voz, Selma volvió la mirada hacia la ventana.
Guardé silencio, pesando cada palabra de mi
amada y saboreando el significado de cada sílaba. Luego, me
miró como si lamentara lo que acababa de confesarme, y trató
de alejar esas palabras de mi oído con la magia de sus ojos.
Pero aquellos ojos, en vez de hacerme olvidar lo que la joven
acababa de expresar, repitieron en la profundidad de mi ser,
más clara y eficazmente, las dulces palabras que ya se habían
grabado en mi memoria, para toda la eternidad.
Cada belleza y cada grandeza de este mundo es
creada por una sola emoción, y por un solo pensamiento en el
interior del hombre. Cada cosa que vemos hoy, realizada por
pasadas generaciones, fue, antes de adquirir su apariencia,
antes de aparecer, un solo pensamiento en la mente de un
hombre, o un solo impulso en el corazón de una mujer. Las
revoluciones que han, derramado tanta sangre, y que han
transformado las mentes humanas para orientarlas hacia la
libertad, fueron una idea de un hombre, que vivió entre miles
de hombres. Las devastadoras guerras que han destruido
imperios fueron un pensamiento que existió en la mente de- un
individuo. Las supremas enseñanzas que han cambiado el destino
de la humanidad fueron inicialmente las ideas de un hombre,
cuyo genio lo distinguió de su medio. Un solo pensamiento hizo
que se construyeran las Pirámides, un solo pensamiento fundó
la gloria del Islam, y un solo pensamiento causó el incendio
de la biblioteca de Alejandría.
Un solo pensamiento acudirá en la noche a la
mente del hombre, y ese pensamiento puede elevarlo hasta la
gloria, o reducirlo al asilo para locos. Una sola mirada de
mujer puede hacer del hombre el más feliz del mundo. Una sola
palabra de un hombre puede hacernos ricos o pobres.
La palabra que pronunció Selma aquella noche me
suspendió entre mi pasado y mi futuro, como un barco anclado
en medio del océano,. Aquella palabra despertó a mi ser del
letargo de la juventud, del sueño de la soledad y me lanzó al
escenario de la vida, en que la vida y la muerte representan
sus respectivos papeles.
El aroma de las flores se mezclaba con la brisa
cuando salimos al jardín y nos sentamos silenciosamente en un
banco, cerca de un arbusto de jazmín a escuchar la respiración
de la Naturaleza durmiente, mientras en el azul del cielo los
ojos de lo inefable presenciaban nuestro drama.
La luna salió desde el monte Sunín y alumbró
las costas, las colinas y las montañas. Y podíamos ver
las aldeas desparramadas por el valle como apariciones que de
pronto surgieran ante algún conjuro de la nada. Podíamos
contemplar la belleza de todo el Líbano bajo los plateados
rayos de la luna. Los poetas occidentales piensan en el Líbano
cono en un sitio legendario, olvidado, puesto que por allí
pasaron David, Salomón, y los profetas;.como el jardín del
Edén, perdido tras la caída de Adán y Eva.
Para estos poetas occidentales, la palabra
Líbano es una poética expresión, que asocian a la montaña
cuyas laderas están perfumadas por el incienso de los Cedros
Sagrados. Les recuerdan los templos de cobre y mármol,
erectos, firmes e impenetrables, y los rebaños de ciervos
pastando en los verdes valles. Aquella noche, yo mismo vi al
Líbano de ensueño, con los ojos de un poeta.
Así cambia la apariencia de las cosas según las
emociones, y así vemos la magia y la belleza en las cosas,
pero lo que sucede es que la belleza y la magia están
realmente en nosotros mismos.
Mientras los rayos de la luna brillaban en el
rostro, en el cuello y en los brazos de Selma, parecía una
estatua de marfil, esculpida por los dedos de algún adorador
de Ishtar, la diosa de la belleza y del amor. Y, mirándome, mi
amada me dijo:
-¿Por qué callas? ¿Por qué no me cuentas algo
de tu pasado?
Al mirarla, mi mutismo desapareció, y mis
labios se abrieron.
-¿No oíste lo que te dije al encaminarnos a
este huerto? El espíritu que oye el susurro de las flores y el
canto del silencio, también puede oír el estremecimiento de mi
alma, y el clamor de mi corazón.
Selma ocultó el rostro en las manos, y me dijo,
con voz vacilante:
-Si, te oí: oí una voz que venía del seno de la
noche, y un clamor surgiendo del corazón del día.
Y olvidando mi pasado, mi existencia misma,
todo lo que no fuera Selma, le repliqué:
-Y yo también te oí, Selma. Oí una música
regocijante que vibraba en el aire, y que hizo que todo el
universo se estremeciera.
Al oír estas palabras, mi amada cerró los ojos,
y en sus labios vi una sonrisa de placer, mezclada con
tristeza. -Ahora sé que hay algo más alto que el cielo, y más
hondo que el océano, y más extraño que la vida, la muerte y el
tiempo. Ahora sé lo que no sabía antes de conocerte... -me
susurró suavemente.
En aquel momento, Selma llegó a ser para mí una
persona más querida que una amiga, más íntima que una hermana
y más adorable que una novia. Llegó a ser un pensamiento
supremo; una emoción incontrolable; un hermoso sueño que vivía
en mi espíritu.
Nos equivocamos al pensar que el amor nace de
una larga camaradería y de perseverante enamoramiento. El amor
es el renuevo y el vástago de la afinidad espiritual, y a
menos que se cree esa afinidad en un momento dado, no se
creará en años, ni en generaciones.
Luego, Selma alzó la cabeza y miró al
horizonte, en el que el monte Sunín se encuentra con el cielo.
-Ayer eras como un hermano para mí -dijo- con
el que me sentaba calmadamente a charlar, bajo los cuidados de
mi padre. Ahora siento la presencia de algo más misterioso y
dulce que el cariño a un hermano: un sentimiento de naciente
amor que no había conocido, y un temor que al mismo tiempo
embarga a mi corazón de tristeza y felicidad.
-Esta emoción que nos llena de temor y que nos
estremece cuando traspasa nuestros corazones es la ley de la
Naturaleza -respondí- que guía a la Luna alrededor de la
Tierra, y al Sol alrededor de Dios.
Enseguida mi amada me puso una mano en la
cabeza y me acarició el pelo. Su rostro brillaba, y caían
lágrimas de sus ojos, como gotas de roció en los pétalos de un
lirio.
-¿Quién creerá nuestra historia? -me dijo-.
¿Quién creerá que en estas horas hemos franqueado los
obstáculos de la duda? ¿Quién creerá que el mes de Nisán, que
nos unió, es el mes que nos detuvo en el recinto más santo de
la Vida? Su mano estaba todavía en mi cabeza mientras decía
esto, y no habría cambiado esa mano por una corona real, ni
por una guirnalda de gloria; nada me parecía más valioso y
amable que aquella hermosa y suave mano, cuyos dedos
jugueteaban con mi pelo.
-La gente no creerá nuestra historia -le dije-,
porque no sabe que el amor es la única flor que crece y
florece sin el concurso de las estaciones; pero ¿fue realmente
el mes de Nisán, que nos reunió, y es esta hora la que nos ha
suspendido en el recinto más santo de la Vida? ¿No es la mano
de Dios la que nos acercó, y la que hizo que seamos
prisioneros uno del otro, hasta que terminen nuestros días y
todas nuestras noches? La vida del hombre no empieza en el
seno materno, y nunca termina con la muerte, en la tumba; y
este firmamento, lleno de luz de luna y de estrellas, no está
ayuno de almas que se aman, ni de espíritus intuitivos.
Al retirar Selma la mano de mi pelo, sentí una
vibración eléctrica en las raíces de los cabellos, y la
sensación se mezcló a la suave caricia de la brisa nocturna. Y
como un devoto que recibe la bendición divina al besar el
altar, en su santuario, tomé la mano de Selma, y mis ardientes
labios depositaron un largo beso en ella, y aún ahora el
recuerdo de aquel beso funde mi corazón y su dulzura me
extasía.
Transcurrió así una hora, y cada minuto de ella
fue un año de amor. El silencio de la noche, la luz de la
luna, las flores y los árboles nos hicieron olvidar toda la
realidad que no fuera el amor, cuando, de pronto, oímos el
galope de unos caballos y el chirrido de las ruedas de un
carruaje. Despertados de nuestro placentero arrobamiento, y
vueltos bruscamente del mundo de los sueños al mundo de la
perplejidad y de las penas, nos dimos cuenta que el anciano
había regresado de su visita. Nos levantamos de nuestros
asientos, y caminamos por el huerto, para salir a su
encuentro.
Al llegar al carruaje a la entrada del jardín,
Farris Efendi bajó de él, y caminó lentamente hacia nosotros,
con la cabeza inclinada hacia adelante, como si estuviera
llevando una pesada carga. Se acercó a Selma, le colocó las
manos en los hombros, y la miró profundamente. Las lágrimas
corrían por el arrugado rostro del anciano, y sus labios
temblaban con forzada sonrisa triste. Con voz quebrada por la
emoción, le dijo:
-Amada Selma, hija mía, muy pronto, te alejarán
de los brazos de tu padre, para que vayas a los brazos de otro
hombre. Muy pronto el Destino te arrancará de esta solitaria
casa, y te llevará al espacioso mundo, y este jardín perderá
la presión de tus pasos, y tu padre será un extraño para ti.
Ya está decidido. ¡Que Dios te bendiga!
Al oír estas palabras, el rostro de Selma se
ensombreció, y sus ojos se helaron, como si hubiera sentido
una premonición de la muerte. Luego, lanzó un grito, como un
ave a la que se abate un tiro, y con visible dolor, temblando,
dijo, con voz quebrada:
-¿Qué dices? ¿Qué quieres decir? ¿Adónde me vas
a enviar? -Luego, miró a su padre como tratando de descifrar
su secreto. Un momento después, dijo: - Comprendo. Lo
comprendo todo. El obispo te ha pedido mi mano, y ha preparado
una jaula para este pajarillo de alas rotas. ¿Es ese tu deseo,
padre?
La respuesta del anciano fue un profundo
suspiro. Condujo a Selma al interior de la casa, con ternura,
y mientras, yo permanecía de pie en el jardín, sintiendo que
la perplejidad me invadía en oleadas, como una tempestad sobre
las hojas de otoño. Luego, los seguí hasta la sala, y para
evitar una escena molesta, estreché la mano del anciano,
dirigí una larga mirada a Selma, mi hermosa estrella, y salí
de la casa.
Cuando iba yo llegando al extremo del jardín,
oí la voz del anciano que me llamaba y me volví para ir a su
encuentro. Me tomó de la mano y se disculpó.
-Perdóname, hijo mío. Te he echado a perder la
noche con mis lágrimas, pero por favor ven a verme cuando mi
casa esté vacía, y me encuentre yo solo y desesperado. La
juventud, mi querido hijo, no armoniza con la noche; pero tú
tendrás la bondad de venir a verme y de recordarme aquellos
días de mi juventud compartidos con tu padre, y me darás las
noticias que haya en la vida la cual ya no me contará entre
sus hijos. ¿Vendrás a visitarme cuando Selma se vaya y me
quede aquí completamente solo?
Mientras el anciano pronunciaba estas tristes
palabras, estreché su mano silenciosamente y sentí que unas
lágrimas tibias caían de sus ojos hasta mi mano. Temblando- de
tristeza y de afecto filial, salí de aquella casa con el
corazón inundado de pena. Pero antes de salir alcé el rostro,
y él vio lágrimas en mis ojos; se inclinó hacia mí, me dio un
beso en la frente.
- ¡Adiós, hijo mío! ¡Adiós! -me dijo.
Las lágrimas de un anciano son más potentes que
las de un joven, porque constituyen el residuo de la vida en
un cuerpo que se va debilitando. Las lágrimas de un joven son
como una gota de rocío en el pétalo de una rosa-, mientras que
las de un anciano son como una hoja amarillenta que cae al
embate del viento cuando se aproxima el invierno.
Cuando salí de la casi de Farris Efendi Karamy,
la voz de Selma aún vibraba en mis oídos; su belleza me seguía
como un espectro y las lágrimas de su padre se iban secando en
mi mano.
Mi vida fue como la salida de Adán del Paraíso,
pero la Eva de mi corazón no estaba conmigo para hacer del
mundo entero un Edén. Aquella noche, en que había yo nacido
por segunda vez, sentí también que había visto el rostro de la
muerte por vez primera.
Así, el sol puede dar la vida y matar poco
después, con su calor, los sembrados campos.
Prefacio | I-Callada Tristeza | II-La Mano del Destino | III-La Entrada al Santuario | IV-La Antorcha Blanca | V-La Tempestad | VI-El Lago de Fuego | VII-Ante el trono... | VIII-Entre Cristo e Ishtar | IX-El Sacrificio | X-La Libertadora
Alas Rotas | Jesús, el Hijo del Hombre | Jesús, el Hijo del Hombre(Cont) | El Profeta | El Jardín del Profeta | La Voz del Maestro

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