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UN FILÓSOFO Cuando estaba con nosotros nos observaba con toda admiración lo mismo que a nuestros actos, por cuanto sus ojos jamás se empañaron con el velo de los años. Todo lo vio caro a la luz de su juventud, y a pesar de haber sondeado la profundidad de la belleza, siempre se maravillaba ante ella y su esplendor. Frente a la Tierra se ha detenido igual que el primer hombre, el día primero; mas nosotros, de embrutecidos sentidos, contemplamos la clara luz del día y nada vemos: prestamos oídos y no oímos; extendemos nuestras manos y nada palpamos; y si se quemaran delante de nosotros todos los inciensos arábigos, seguiremos nuestro camino sin oler nada. No vemos al labrador cuando vuelve de su campo en el crepúsculo, ni oímos la flauta del pastor cuando conduce su rebaño, ni alargamos nuestra mano para tocar el ocaso del Sol, y nuestro olfato no tendrá más ansias que aspirar el perfume de las flores de Charon. No respetamos ni reconocemos monarcas ni reinos, ni oímos el trino de la cítara sin antes tener sus cuerdas en nuestras manos, ni advertimos la presencia de un niño en un monte de olivos, pues lo confundimos con un- olivo; que todas las palabras debían salir de labios naturales para no sentirnos mudos y sordos. Miramos y no vemos; prestamos oído y no oímos, comemos y bebemos, y no sentimos gusto. En todo esto consiste la diferencia primaria entre Jesús el Nazareno y nosotros, porque todos sus sentidos se renovaban siempre, tanto que tenía el orbe ante sus ojos, perennemente nuevo. No era menos para Él el balbuceo de un niño que el grito de la Humanidad entera, que para nosotros sería ni más ni menos el balbuceo de un infante. Y el tallo de la anémona amarilla era, a su juicio, una aspiración hacia Dios, lo que para nosotros no es más que un simple tallo.
URÍA, UN ANCIANO NAZARENO Era un extraño en nuestro medio. Su vida se hallaba oculta por un manto oscuro. No siguió el camino de la felicidad, por cuanto ha elegido el camino de los malvados y la canalla. Su juventud se reveló y rechazó la dulzura de la leche que hay en nuestra naturaleza. Su juventud ardía como paja seca en la noche. Y cuando llegó a hombre tomó las armas contra todos nosotros. Hombres como éste son concebidos en la dulce bonanza humana. Nacen en las furiosas tormentas y en ellas viven un día, y luego mueren para siempre. ¿No lo recordáis cuando era niño, cómo discutía con nuestros sabios doctores, mofándose de sus investiduras? ¿No recordáis su juventud, transcurrida entre el serrucho y el cepillo, cuando rehusaba acompañar a nuestros hijos e hijas en los días de fiesta, prefiriendo la soledad? No devolvía el saludo a los transeúntes, como si nosotros no fuésemos amasados de su mismo barro. Una vez lo vi en el campo; lo saludé y sólo me sonrió. En su sonrisa vi reflejada la soberbia y el desdén. Mi hija fue a la viña con sus compañeras, a cortar uvas; lo encontró, lo saludó, y él no respondió el saludo. En cambio dirigió la palabra a todas las trabajadoras de la viña, como si mi hija no hubiese estado entre ellas. Cuando dejó a sus padres y vagó por el país, perdió todo y se hizo charlatán. Su voz era, en ese entonces, como garra que se hundía en nuestra carne. Rememoramos un eco ingrato y doliente de su voz: Hablaba mal de nosotros y de nuestros padres y abuelos; su lengua era una flecha envenenada que traspasaba el alma. Ese era Jesús. Si hubiese sido hijo mío lo hubiera enviado con el ejército romano, al país de los árabes, y hubiera solicitado al general que lo pusiera en primera fila, para que en la hora del comba te muriera bajo las flechas del enemigo, y así librarme de su audacia y soberbia. Mas no tengo hijo, por suerte; ¿qué habría sido de mí si de mi hijo hubiera salido un enemigo de su pueblo? Mis canas se habrían cubierto de ceniza y mi blanca barba se habría deshonrado.
NICODEMO, POETA Los necios y los mistificadores Muchos son los necios que dicen que Jesús se interpuso entre Él y su propio Sendero; que se combatió a sí mismo; que no conoció su propio pensamiento y que al perder ese conocimiento, se engañó y se perdió. Numerosas son las lechuzas que no saben de cantos más que aquéllos que se asemejan a sus chistidos. Yo y tú conocemos a los charlatanes que gustan jugar con las palabras; aquellos que sólo respetan a los que les superan en burlas y engaños, y llevan sus cabezas en cestas para venderlas en la feria por el primer precio que se les ofrezca. Nosotros conocemos a los enanos que retan a los gigantes cuyas cabezas tocan el cielo. También sabemos lo que dice la zarza a la encina y al cedro. Me compadezco de ellas porque no pueden subir y trepar las alturas. Mas la compasión no les lleva luz por más que la rodea la piedad de todos los ángeles. Conozco el espantapájaros que se mueve con sus andrajos en medio de las espigas, pero está muerto para las espigas y el viento cantor. Igualmente conozco cómo la araña que no tiene alas teje sus redes para cazar los alados. Conozco a los impostores y a los que soplan en los caramillos y a los que tocan los atabales; aquellos que por el ruido o la barahúnda que hacen no pueden oír el canto de la alondra del cielo ni el susurro del aura matinal en el bosque. Conozco el que rema en todos los ríos pero no conoce el manantial, y viaja con todos los arroyos, pero sin atreverse a bajar a la orilla del mar. Conozco aquel que ofrece sus manos lentas al jefe de los albañiles del templo y al ser rechazadas esas manos inhábiles, amenaza en la lobreguez de su corazón, diciendo: "Destruiré todo lo que se construya". Conozco a todos esos, pues son los que protestan por lo que dijo Jesús una vez: "Os traigo la Paz"; y en otra vez: "Traigo una espada". Ellos no pueden entender que Jesús dijo la verdad cuando habló así: "Yo llevo la Paz para los hijos de la Paz y coloco la espada entre el que ama la paz y el que ama la espada". También se admiran de cómo dijo un día: "Mi Reino no es de este mundo", para luego añadir: "Dad al César lo que es del César"; porque ignoran que si en verdad desean ser libres para entrar en el Reino de los anhelos de sus almas, es menester primero no discutir con el guardián que vigila el pórtico de sus necesidades, pagando miserable tributo para entrar en aquella ciudad. Esos son los que dicen: "Ha enseñado la bondad, la misericordia y el amor al prójimo, pero no se interesó de su madre ni de sus hermanos, cuando éstos lo buscaban por las calles de Jerusalén", desconociendo acaso que, por temor de perderlo, querían que volviera al taller de la carpintería. Mas Él quería abrir nuestros ojos para que viéramos la Aurora de un nuevo día. Su madre y sus hermanos querían que viviese en lo oscuro de la muerte; pero Él prefirió morir sobre aquella colina, a, fin de permanecer vivo en nuestra mente, que no duerme. Sé de esos topos que cavan sus cuevas sin un fin determinado. ¿No son ellos los que combaten a Jesús diciendo que él se elogiaba cuando, ufano, dijo a la multitud: "Soy el Camino y la Puerta de la salvación", y se llamó "La Vida y la Resurrección"? Pero Jesús no pidió para sí más de lo que para sí pregona mayo a su llegada. Es verdad que dijo que Él era el Camino, la Vida y la Resurrección para el espíritu humano. Yo testimonio la verdad de ese dicho. ¿No os acordáis de mi? Soy Nicodemo, quien jamás se apartó de la ley y no creyó sino en ella, respetando sus preceptos y mandatos. Observadme ahora veréis a un hombre que camina con la Vida y sonríe con el Sol al despuntar la aurora, hasta declinar la tarde y ocultarse tras las colinas. ¿Por qué os detenéis vacilantes, dudando ante la palabra "Salvación"?; yo mismo logré mi salvación por medio de Jesús. No me preocupa hoy lo que será de mí mañana, porque sé que Jesús reanimó mis sueños e hizo de ellos mis mejores camaradas y amigos del Camino. ¿Seré menos que un hombre si creo en una persona que es más que un hombre? Las barreras de los pies y de la sangre. han desaparecido al tenderme su mano el poeta de Galilea. Un espíritu me cogió y elevó a las alturas, y en medio del cielo entonaron mis alas las canciones del espacio puro. Y cuando bajé con el viento y manifesté mis curiosas opiniones en el Sanedrín, no perdí mis canciones ni aún en el seno del mismo, porque mi ascensión con alas sin plumas se ha conservado en el cántico, y todo lo que hay de indigencia en esta mísera tierra no podrá despojarme de mi Tesoro. He hablado lo suficiente. Deja que los sordos entierren el balbuceo de la vida en sus oídos muertos; yo estoy conforme con la melodía armoniosa de la cítara de Jesús, que Él llevaba consigo, y en cuya cuerdas tañía su Himno cuando lo elevaron sobre la Cruz y con su Sangre regó la Tierra.
JOSÉ DE ARIMATEA Los dos manantiales que surgían del Corazón de Jesús En el Corazón del Nazareno había dos manantiales: el de su parentesco con Dios, a quien llamó Padre, y el del Amor, que cotejo con el Reino del Mundo Sublime. ¡Cuántas veces he pensado, en mis horas solitarias, en Él y he seguido esos dos manantiales que emanaban de su Corazón! Sobre el borde del primer manantial encontré mi alma, y mi alma era, ya una pordiosera vagabunda, ya una princesa en su jardín. Después seguí el segundo manantial; en el camino encontré un hombre golpeado y despojado por ladrones, pero con inefable sonrisa en los labios. A tiempo que me marchaba me encontré con los mismos ladrones; vi que en sus rostros había surcos de lágrimas no lloradas por nadie. Después oí el murmullo de esos dos manantiales en las honduras mías y me llené de alegría. Y cuando visité a Jesús, antes de ser tomado preso por Poncio Pilatos y los clérigos, hablamos mucho todo un día sobre infinidad de cosas; y al retirarme supe que era el Rabí y Señor de esta Tierra sobre la cual vivimos. Sucumbió el Cedro desde mucho y largo tiempo, mas su alba perdurará siempre y empapará los cuatro puntos cardinales de la Tierra, hasta la Eternidad.
GEORGIUS DE BEIRUT Estaba Jesús con sus discípulos en el bosque de los olivos, tras el cerco de mi casa. Cuando comenzó su sermón me levanté a escucharlo. Lo habría reconocido en el acto, porque su nombre se había difundido en nuestras costas antes que él, hiciera su primera visita. Cuando concluyó llegué hasta él y le dije: -Ven conmigo, Señor, y hónrame con tu presencia. Me miró sonriente y dijo: -No este día, amigo mío, no será hoy. En sus palabras había bendición, y sentí que su voz me envolvía cual un manto de lana en una noche glacial. Luego observó a sus discípulos y les habló así: -Ved a este hombre que, sin habernos visto, no nos cree forasteros, tanto que nos invita a su casa. En verdad os digo que en mi Reino no habrá extranjeros. Nuestra vida es la de todos los hombres; nos fue dado conocerlos a todos y amarlos. Los actos de los hombres son nuestros primeros actos, tanto íntimos cuanto públicos. Os ruego no seáis un solo "yo" sino varios, y que seáis el dueño de la casa y el que no la tenga; el labriego y el ave que persigue los granos antes que descansen en la tierra; el que da con generosidad y alegría, y el que recibe con inteligencia y sin humillación. La belleza del día no se limita a lo que veis vosotros, sino que entiende a lo que ven otros también. Es por eso que os he elegido de entre los muchos que me han elegido a mí. Me miró, sonrió por segunda vez y dijo: -Todo lo que he dicho también te lo digo a ti, porque tú también recordarás mis palabras. Le rogué otra vez: -¿Honrarás mi casa con tu presencia, Señor? Y me contestó: -Conozco tu alma y me basta haber visitado tu Casa Mayor. Cuando se dispuso a marcharse agregó: -Quisiera Dios que tu casa sea una Casa Mayor, para que así hospede bajo tu techo a todos los peregrinos de la tierra.
MARÍA MAGDALENA Su boca era como el corazón de una granada. Las sombras de sus ojos eran muy profundas y Él era dulce y tierno como el hombre que está seguro de sus fuerzas. En mis sueños he visto todos los monarcas del mundo ponerse de pie, respetuosamente, ante Él. Quisiera hablar de su Rostro, pero ¿de qué manera podré hacerlo? Era como la noche sin oscuridad, y como el día que no conoce el bullicio del día. Era un rostro triste pero pletórico de alegría. Recuerdo bien cómo una vez alzó su brazo hacia el cielo; parecían sus dedos ramas de fresno. Recuerdo bien cuando medía el agua con sus pasos; no parecía que caminaba. Era Él mismo un sendero sobre otro sendero del mismo modo que la nube que flota sobre la tierra y baja sobre ella para animarla e infundirle vida. Pero cuando llegué hasta Él, era un hombre cuyo enérgico semblante despedía confianza y fortalecía los ojos que lo contemplaban. Al verme, me preguntó: -¿Qué quieres, María? No le respondí. Mis alas se plegaron sobre mis secretos, y por mi cuerpo corrió calor; y como no podía soportar su Luz, lo dejé y proseguí mi ruta. En ese momento sentí huir de mí toda impudicia y quedarme sólo mi pudor, y las ansias de hallarme a solas para que sus dedos tañeran las cuerdas de mi corazón.
DE JOZAM EL NAZARENO A UN
ROMANO Amigo mío, tú eres como todos los romanos; quieres imaginar la vida más que vivirla, y eliges gobernar la tierra antes de ser gobernado por el Espíritu. Prefieres conquistar los pueblos y ganarte las maldiciones de sus hijos, que quedar en Roma y vivir feliz y bendecido. Tú que no piensas más que en los ejércitos conquistadores y en naves que cruzan los mares, ¿cómo puedes entonces entender a Jesús de Nazareth, el Hombre modesto, el Hombre humilde y solitario; aquel que vino, no con ejércitos ni con centurias, a construir un reino en cada corazón y un imperio en el espacio libre de cada corazón? ¿Cómo puedes comprender a ese Hombre, que no era guerrero, pero vino armado con la fuerza del Cielo? No era una deidad sino un hombre como tú y yo, pero en Él se fusionó la mirra de la Tierra con la resina del Cielo, y en sus palabras se entremezclaron nuestros tartamudeos con el susurro de lo invisible, y en sus cánticos oímos una voz inconmensurable. Sí; Jesús era un Hombre, no un dios, y en ello está nuestro asombro y admiración. Mas, vosotros los romanos os maravilláis sólo ante los dioses, y ningún hombre os causa admiración; por eso no podéis entender al Nazareno. Jesús se adueñó de la juventud del Pensamiento, y vosotros sólo poseéis la vejez del Pensamiento. Hoy nos gobernáis, pero esperemos un día más... ¡Quién sabe si este Hombre que no dirige ejércitos ni comanda centurias no gobierne el mundo mañana. Nosotros, los que seguimos al Espíritu, surcaremos con nuestro sudor, y con gotas de sangre, la Tierra entera, en nuestros viajes en pos de Él. Roma se arrastrará en el suelo como los huesos de un esqueleto. Sufriremos mucho, mas nos armaremos de paciencia y triunfaremos, y Roma será vencida. Sin embargo, si Roma, en su caída y humillación, pronuncia su nombre, Él soplará en sus huesos nueva vida, a fin que vuelva a levantarse y ser ciudad viva entre las ciudades. Todo esto lo hará mi compatriota Jesús, sin necesitar ejércitos ni esclavos que remen en sus galeras, porque estará solo.
EFRAÍM DE JERICÓ Cuando llegó por segunda vez a Jericó, fui a saludarlo y decirle: -Maestro, mi hijo tomará esposa mañana; te pido nos honres con tu presencia en el banquete, como la vez que honraste la boda de Caná de Galilea. Y me respondió: -Es verdad que estuve presente una vez en una boda, mas no asistiré a otra, y menos hoy que mi alma está de novia. Insistí: -Te ruego, Maestro, que asistas a la boda de mi hijo. Sonrió, como si en su sonrisa hubiera un reproche e inquirió -¿Por qué me suplicas? ¿No tendrás suficiente vino? -Los cántaros y los jarrones están llenos, Maestro, mas, deseo que asistas a la boda de mi hijo. -Quién sabe... Tal vez vaya... Sí, asistiré si tu corazón fuera un altar en su templo. Al día siguiente se casó mi hijo; Jesús no acudió al banquete de la boda; y a pesar de haber venido mucha gente, me pareció como si no hubiese habido nadie. En realidad yo mismo, que recibía a los concurrentes, no me hallaba en la boda. ¡Quién sabe!... Tal vez mi corazón no era un altar cuando lo invité, y que sólo yo quería presenciar en mi casa un segundo milagro.
BARCA, MERCADER DE TIRO A mi ver, ni los judíos ni los romanos comprendieron a Jesús; ni sus mismos discípulos, aunque hoy predican en su nombre. Los romanos lo asesinaron, y en esto cometieron un grave error. Los galileos quisieron hacerlo dios, y este fue otro error. Jesús era el corazón del hombre. He surcado los siete océanos con mis naves; he tratado con reyes y príncipes, como también con estafadores y perdularios, en las más lejanas ciudades, pero no conocí ningún hombre que haya entendido tan bien a los mercaderes, como Jesús. Le oí una vez relatar esta parábola: "Viajó un mercader a un país extraño. Tenía dos siervos. A cada uno le dio un puñado de oro y le dijo: "-Estoy para partir a una tierra lejana en busca de ganancias, haced lo mismo vosotros por otras partes, con este dinero. Sed sagaces y meticulosos en vuestros tratos, tanto al dar como al recibir. "Después de un año se reunió el comerciante con sus dos siervos, y estos dieron cuenta de lo que habían hecho: "-Yo -dijo uno de ellos- negocié con el oro que me diste, comprando y vendiendo, y esta es la ganancia. "-Esa utilidad es para ti, por haber empleado bien el capital. Fuiste fiel a mí y a ti mismo. "-Yo -dijo el otro siervo- tuve temor de perder tu oro y por eso no compré ni vendí. Aquí tienes tu oro intacto, y en esta bolsa. "-Hombre de poca fe; si -hubieses negociado y perdido habría sido más provechoso que no hacer nada, porque como el viento esparce la semilla y espera el fruto, debe ser el hombre comerciante. Más te habría valido servir a los demás". Cuando Jesús habló de esa manera, sin ser comerciante, reveló el secreto del comercio. Sus ejemplos evocaban ciudades y países lejanos que no he conocido en mis viajes, pero yo los sentía más realmente que mi casa y herederos. Mas el joven nazareno no era un dios, y me duele que los discípulos de ese hombre justo y sabio, pretendan hacer de él una divinidad.
FUMÍA, PITONISA DE SIÓN Empuñad vuestras flautas que quiero cantar Tocad las cuerdas de plata y de oro. Tañed que quiero cantar el recuerdo del Hombre valiente Que mató al salvaje del valle, y luego se sentó A contemplarlo con misericordia. Templad vuestros laúdes para cantar A la Alta Encina que está en las Alturas. Cantemos al recuerdo del Hombre cuyo espíritu toca a Los cielos y cuya mano rodea el Mar. Aquel que besó los labios pálidos de la Muerte, Pero que hoy tirita ante la boca de la Vida. Templad vuestros laúdes para cantar juntas Al Cazador valiente que está sobre la loma, Que cazó al animal con su invisible flecha, Extrayéndole la garra y el colmillo. Templad vuestros laúdes para cantar todas juntas Al joven aguerrido que venció las ciudades de los montes Y de las llanuras, amontonadas cual serpientes sobre arena; Y que no combatió contra enanos sino contra gigantes Hambrientos y sedientos de nuestra carne y de nuestra sangre; y que era cual el primer halcón áureo que sólo riñe con las águilas, porque sus alas son grandes y orgullosas y no quieren ser castigo de los débiles. Templad vuestros laúdes para cantar todas juntas la canción del mar y del aluvión. Los dioses han muerto y hoy duermen en paz En la isla olvidada, en el mar abandonado; Mas Él está sentado sobre un trono, triunfante. Estaba en su juventud, porque la Primavera Todavía no le había dado barba. Su estío era adolescente en su campo. Traed vuestros laúdes para cantar juntas a la tormenta Que en el bosque destroza los gajos secos y desnudos, Mientras deja que las raíces se alimenten de la savia del suelo. Tomad vuestros laúdes para cantar Juntos el Himno Eterno de nuestro Bien Amado. Deteneos, compañeras, y no tañáis más vuestras cuerdas. Dejad vuestros laúdes; no podemos cantarle ahora; Porque el susurro débil que arrancan vuestros cantares No llega a su tempestad, y no tiene fuerza para penetrar La majestad de su silencio. Dejad vuestros laúdes y venid a mí. Quiero repetir a vuestros oídos sus parábolas Y cantaros sus ejemplos, porque la reverberancia de su voz Es más profunda que nuestro amor.
BENJAMÍN, ESCRIBA Dicen que Jesús era enemigo de Roma y del judaísmo, mas yo os digo que no era enemigo de ningún hombre ni de ningún género de gente. Yo mismo le escuché decir: -Las aves del espacio y de las altas cumbres no se ocupan de las culebras en sus cuevas. Permitid que los muertos entierren a sus muertos, y en cuanto a ti, envuélvete en la vestidura de tu "yo" aún entre los vivos, y elévate hacia lo alto. Yo no era discípulo suyo, pero lo he seguido con la multitud que iba tras Él para ver su rostro. Miraba a Roma y a nosotros los esclavos de Roma, como cuando mira el Padre a sus hijos que pelean entre sí por un juguete. Jesús era más grande que la Provincia y el Estado; era más grande que la Revolución. Vivía solo en su retiro y era una vigilia perfecta. Lloró por todo eso que nosotros no hemos llorado, y sonrió de nuestra rebelión y desobediencia. Jesús era el comienzo de un nuevo Reino sobre la Tierra, que jamás tendrá fin. Era hijo y nieto de todos los monarcas que han levantado el Reino del Espíritu, y nuestro reino sólo será gobernado por el Espíritu.
ZACARÍAS Vosotros creéis por lo que se dice en vuestra presencia, pero más os valdría creer en lo que no se dice, porque lo que calla la gente está más cerca de la verdad que sus palabras. Y me preguntáis si Jesús era capaz de rehuir la tortura de su muerte y salvar a sus discípulos y sus adeptos de la persecución. Yo os contesto que sí, que podía haberse salvado de la muerte si lo hubiera deseado, pero no lo hizo, ni se preocupó en proteger sus rebaños de los lobos de la noche. Predijo su final y sabía lo que estaba reservado para sus fieles, tanto, que se anticipó en avisarnos lo que sería de cada uno de nosotros. No buscó su destino pero lo aceptó; como el labrador que, al enterrar sus granos en el corazón de la tierra, acepta el Invierno y luego la Primavera y por fin la cosecha; como el albañil que busca la piedra mayor para el cimiento. Su grupo se componía de hombres venidos de los valles de Galilea y de las quebradas del Líbano. En las manos de nuestro Maestro estaba el reformar con nosotros a nuestra tierra y vivir acompañados de su juventud, en nuestros jardines, hasta que la vejez nos hubiera llevado de nuevo al corazón de los años. Podía habernos dicho: "Voy a Oriente con el Viento del Oeste", y así despedirse de nosotros con una sonrisa en los labios. Sí; podía decirnos: "Volved a vuestros hogares, pues el mundo no está preparado para recibirme. Volveré dentro de mil años; entretanto, enseñad a vuestros hijos a saber esperar mi regreso". Todo eso pudo habernos dicho si hubiese querido, pero sabía que para edificar el Templo invisible le era preciso colocarse Él mismo de Piedra Fundamental en sus cimientos, y luego ser nosotros las piedrezuelas del cemento reforzante. Sabía también que la savia de su árbol, cuyas ramas se elevan hasta el cielo, no viene sino de sus raíces; por eso vertió su sangre sobre ellas sin pretender hacer con eso algún sacrificio, sino ganar un galardón más. La muerte devela los misterios y la muerte de Jesús reveló el misterio de su vida. Si hubiera huido, habríais triunfado vosotros y sus enemigos al mundo; es por eso que no ha huido, porque ninguno gana todo sin haberlo dado todo. Jesús pudo escapar de la muerte y vivir hasta su completa vejez, pero conocía el giro de las Estaciones y quiso entonar la canción de su alma. ¿Qué hombre armado enfrenta un mundo desarmado y rehúsa vencerlo por corto tiempo, para luego conquistar el mundo y los siglos? Y ahora ¿queréis saber, en verdad, quién asesinó a Jesús, si fueron los romanos o los sacerdotes de Jerusalén? Sabed que no fueron ellos, mas la humanidad en pleno se ha reunido al pie del Gólgota para tributarle veneración.
JONATHÁN Un día yo estaba con mi amada remando en un lago de agua dulce, circundado por las colinas del Líbano. Pasábamos debajo de los sauces llorones, gozando de la fresca sombra que se dibujaba alrededor de nosotros. En tanto yo remaba y la barquilla se deslizaba, mi amada cantó así: "¿Qué otras flores, de no ser los lotos del Nilo, conocen el agua y el sol? "¿Qué otro corazón, de no ser el tuyo, conocerá la tierra y el cielo? "Mira, amado mío, esta flor dorada que flota entre el cielo y la mansa hondura del lago tal como nadamos (tú y yo) entre mi amor, que estuvo desde el principio y que así seguirá hasta el fin de los siglos. "Mueve tu remo, amor mío, que yo tocaré mi laúd, y así seguiremos al sauce llorón y al lirio del agua. "En Nazareth hay un poeta cuyo corazón es como la flor de loto. Es un poeta que conoce el alma de la mujer, y sabe de su sed que brota de las aguas y de su hambre de sol; no obstante tener ella sus labios hartos. "Dicen que vive en Galilea, pero yo digo que está remando con nosotros. "Mírame, amado mío, mira; donde se inclina el sauce y se resume su sombra sobre el rostro del lago, allí se mueve ese poeta, tal como nos mecemos blandamente en esta barca. ¡Cuán bello y encantador es conocer la juventud de la vida, amado mío, con su alegría cantante! "¡Cuánto anhelo que tus remos permanezcan eternamente en tus manos y tener yo entre mis dedos las cuerdas de mi laúd, donde sonríen los lotos del Nilo, bajo los rayos del Sol, y se lustra el sauce en el agua, acompañados de la reverberancia de mis cuerdas! "Rema, amado mío, que quiero tañer mi laúd. En Nazareth hay un poeta que nos conoce y nos ama. "Rema, amado mío, que quiero arrancar a las cuerdas de mi laúd la canción más dulce".
JUANA DE BETSAIDA Mi tía en su juventud Mi tía nos dejó cuando era joven para ir a habitar una cabaña próxima a una viña, en heredad de su padre. Vivía sola y era muy frecuentada por los campesinos, a quienes curaba sus males con hierbas frescas o con raíces y flores secadas al sol. Los campesinos la creían profetisa, pero no faltaba quien la creía hechicera y bruja. Un día me llamó mi padre y me dijo: -Lleva estas hogazas de trigo a mi hermana, con esta jarra de vino y esta cesta de pasas. Cargué con todo mi burrito y fui hasta la cabaña de mi tía, quien al verme se alegró mucho. Mientras me hallaba sentada con ella a la sombra, pasó un hombre que saludó a mi tía diciéndole: -Buenas tardes, y bendiciones de la noche sobre ti. Mi tía se levantó respetuosamente y respondió: -Buenas tardes tengas, Señor de los Buenos Espíritus y vencedor de los malos. La miró aquel hombre con dulce mirada y siguió su camino. Reí en mi corazón porque creí aue mi tía estaba loca, pero hoy bien sé que no lo estaba. Supo que yo había reído en mi alma y me reprochó tiernamente: -Óyeme, hija mía, y aprende de mí lo que te voy a decir: ese hombre, que ha pasado ante nosotros en este instante, cual la sombra de un águila que vuela entre el sol y la tierra, vencerá a los Césares y a su imperio; derribará al toro alado de los caldeos y al león con cabeza de hombre del Egipto, y gobernará el mundo. Esta tierra sobre la cual camina sucumbirá; y en cuanto a Jerusalén, que está sentada soberbia sobre sus colinas, sucumbirá repudiada en medio del humo ante el viento desolador. Cuando dejó de hablar mi risa se trocó en calma, y pregunté: -¿Quién es ese hombre, de qué país es y de qué tribu viene? ¿Cómo logrará vencer a los grandes reyes y a los opulentos reinos? -Nació en este país, mas nosotros ya lo habíamos visto en los sueños de nuestros anhelos antes de venir a este mundo y desde el comienzo del tiempo. Es de todas las tribus y no pertenece a ninguna. Vencerá con su palabra de verdad y con el fuego de su espíritu. Y de pie, inmóvil cual una roca, agregó: -Perdóneme el Ángel de Jehová estas palabras: Lo matarán y envolverán su juventud con las mortajas, y dormirá junto al corazón callado de la tierra, y será llorado por las doncellas de Judea. Y alzando sus brazos al cielo continuó: -Pero sólo morirá su cuerpo físico. Subsistirá su espíritu y saldrá con sus legiones de esta tierra en que nace el sol, a aquella en cuyo horizonte muere al atardecer, y su nombre será el primero entre las naciones. Mi tía era una profetisa de avanzada edad cuando me dijo esas palabras, mientras yo sólo era una pequeñuela, un campo virgen y agreste y una piedra que aún no se había empleado en ningún muro. Todo cuanto he visto en ese entonces en el espejo de sus pensamientos, ahora ha sucedido ante mis ojos. Jesús resucitó y luego condujo la humanidad a la tierra donde muere el sol. Y la ciudad que lo entregó a sus enemigos se redujo a escombros. En la sala donde. lo condenaron a muerte graznan los búhos y las lechuzas, en tanto derrama la noche el rocío de su corazón, como lágrimas sobre mármol destrozado. Hoy ya soy vieja, encorvada por el peso de los años. Mis padres han muerto y mi pueblo se ha extinguido. Después de aquel día lo vi una sola vez y oí su voz; sucedió esto en una meseta sobre una colina, cuando se dirigía a sus discípulos y amigos. Y a pesar de mi vejez actual y de mi amarga soledad, Él me visita en mis sueños; llega hasta mí cual ángel blanco; silencia con su gracia el terror de mis noches y me transporta a un mundo elevado, poblado de sueños sublimes. Aún sigo siendo un campo inculto y una fruta insulsa, todavía pegada a la rama. Todo cuanto poseo es el calor del sol y el recuerdo de aquel Hombre. Sé que en mi pueblo no habrá más reyes, ni Mesías, ni sumos sacerdotes, tal como lo predijo mi tía; porque saldremos de este mundo con la corriente de los ríos y se olvidarán eternamente de nuestros nombres. Mas los que han atravesado los mares de Jesús en su propia corriente, dejarán su recuerdo en el mundo.
MANASS, UN ABOGADO DE
JERUSALÉN Más de una vez lo he escuchado hablar. La palabra estaba presente en sus labios en todo momento. Lo admiré más como hombre que como líder, porque sus sermones no me agradaban. Tal vez no los habré comprendido bien, porque superaban a mis pensamientos. Además, yo no necesito ni pretendo que nadie me aconseje. Pero lo que más me había deslumbrado en él eran sus ademanes y su voz, y no los argumentos de sus discursos. Me agradó, mas no me convirtió, porque es ambiguo y lírico y de mucha reticencia. Por eso no penetró en mis ideas. Conocí a muchos como él, pero no fueron tan constantes en sus principios, ni tan perseverantes y persuasivos en sus trabajos como firmes en sus luchas. Asimismo éstos encantaron a su auditorio, pero no alcanzaron al templo de los espíritus. Lo lamentable es la persecución que le hacen sus feroces enemigos, que piden su muerte. No creo necesaria la eliminación de ese hombre, y esa hostilidad duplicará su fuerza y trasmutará su dulzura en un avasallador poder. No es extraño que con su dialéctica opositora diera ánimos a un hombre que no los poseía, y le creara alas. No conozco a sus enemigos, pero estoy convencido que por miedo a ese hombre, que nunca hizo mal a nadie, le han dado fuerzas para convertirlo en un gran peligro para todos ellos.
NEFTALÍ DE CESAREA Ese hombre cuyo recuerdo colmó vuestros días y cuya sombra os acompaña en vuestras noches, es la hiel en mi boca; pese a ello, vosotros mortificáis mis oídos hablándome de él, y perturbáis mis pensamientos refiriéndome sus actos. Yo no tolero escuchar nada de lo que ha dicho y, sobre todo, de lo que ha hecho. Tan sólo nombrarlo me molesta tanto como el nombre de su pueblo. No quiero escuchar nada de lo que a él se refiera. ¿Por qué hacéis un profeta de un hombre que no era más que una sombra? ¿Por qué divisáis una torre en un montón de arena y un lago en la concavidad producida por la pisada de un caballo, donde se han amontonado unas gotas de agua? No detesto el eco que repercute en las grutas de los valles, ni las largas sombras que dibujan las horas del ocaso, pero no quiero oír las sandeces ni las manifestaciones que llenan vuestras cabezas; como tampoco quisiera detenerme ante el efecto que podría provocar en vuestros ojos. ¿Qué cosa dijo Jesús que antes no la hubiera dicho Hilel, y qué sabiduría proclama ese Nazareno que no fuera proclamada antes por Gamalael? ¿Qué comparación hay entre sus palabras indecisas y su tartamudeo con la voz de Filón? ¿Qué címbalos él ha tocado sin que, antes que él naciera, no hayan sido tocados por otros? Oigo el eco que repercute en las grutas de los silenciosos valles, y contemplo las sombras que sobre la tierra dibuja el ocaso del sol, pero no soporto que el corazón de ese hombre encuentre eco en otros corazones, y no admito oír al espectro de los brujos charlatanes llamarse profetas. ¿Quién se atreve a hablar después de Isaías, ni a cantar después de David? ¿Nacerá otra vez la sabiduría, después de haber ido Salomón a reunirse con sus padres? ¿Y qué podemos decir de nuestros profetas, cuyas lenguas eran puñales, y llamas de fuego sus labios? ¿Habrán dejado una sola espiga a este espigador de Galilea, o alguna fruta caída a ese pordiosero del norte? No supo más que romper para sí el pan que antes que él habían horneado nuestros antepasados, y escanciar el vino de la viña que sus pies santos estrujaron. Yo respeto más al alfarero y no al que compra el ánfora, y venero más a aquellos que están sentados ante sus telares y no a los haraganes que visten sus telas. ¿Quién era ese Jesús el Nazareno y quién es? Es un hombre que no se atrevió a vivir sosteniendo sus ideas; es por ello que encontró su muerte, su único merecido. Por consiguiente, os ruego no mortificar mis oídos con lo que pudo haber dicho y hecho ese hombre. Mi corazón está lleno de gracia de los santos profetas de la antigüedad. Y esto me alcanza.
JUAN, EL DISCÍPULO
BIENAMADO Jesús, el Verbo Me pedís que os hable de Jesús, pero ¿cómo puedo engañar o ahogar la canción del amor divino que llenó el universo, con esta caña hueca? En cada suceso de los diversos aspectos del día, Jesús veía al Padre presente ante Él. Lo vio en las nubes y en la sombra de las nubes que flotaban sobre la tierra. Vio el rostro del Padre reflejado en las albercas quietas y las huellas de sus pies marcados sobre los médanos. Y muchas veces cerraba sus ojos para contemplar aquellos ojos divinos. La noche le hablaba, con la Voz del Padre y en su soledad sentía a los ángeles que lo llamaban, y cuando buscaba descanso en el sueño oía el cuchicheo de los cielos en esas horas. A menudo se sentía muy feliz en nuestra compañía y nos llamaba hermanos. Mirad, pues, cómo el Verbo, que en el principio era con Dios nos llama hermanos a nosotros, que apenas somos ciertas humildes sílabas pronunciadas ayer. Tal vez me preguntéis por qué lo llamé Verbo primordial; pues oíd: en el principio se movió Dios en el espacio y de su movimiento inconmensurable nació la Tierra y sus Estaciones. Por segunda vez se movió Dios y brotó la vida, y el anhelo de la Vida buscó ansiosamente la Altura y la Profundidad para que Dios posea la Mayor de toda Mayor cantidad de sí mismo. Y después habló Dios, y el hombre fue una de sus palabras, un espíritu hecho del Espíritu de Dios. Y cuando hubo hablado así, el Mesías fue su primer Verbo, un Verbo Perfecto. Y al advenir Jesús el Nazareno al mundo, se supo del nacimiento del primer Verbo salido de la boca de Dios. Y fue concebido en carne y sangre la Voz del Verbo. De este modo, Jesús el Ungido es el Verbo Primordial con que Dios habló al mundo. Del mismo modo que el manzano de un jardín, que florece y da frutos, antes que los demás árboles, por un día; y en el jardín de Dios, en aquel único día, había un ciclo completo. Sí, todos somos hijos del Altísimo, mas el Ungido era su primer hijo, que, encarnando en el cuerpo de Jesús el Nazareno, vivió entre nosotros y a quien hemos visto con nuestros propios ojos. Os digo todo esto para que lo comprendáis, no tan sólo con el pensamiento, sino también con el alma. El pensamiento pesa y mide, pero el espíritu llega al corazón de la vida y abraza sus misterios, porque la simiente del espíritu no muere. El viento sopla y luego acalla, y el mar tiene su flujo y reflujo; mas el corazón de la vida es un círculo sereno iluminado por astros firmes y eternos.
DE MANUS DE POMPEYA A UN
GRIEGO Los judíos son como sus vecinos fenicios y árabes, no permiten descansar un momento a sus dioses sobre las alas de los vientos. Se preocupan demasiado de ellos y disputan por cuestiones de oración, de adoración y de sacrificio. Nosotros los romanos, mientras tanto, nos ocupamos en construir los templos con piedras de mármol precioso, para nuestros dioses, en tanto vemos a esos pueblos semitas pasar su tiempo discutiendo sobre la naturaleza de su dios. Los romanos, en nuestras horas de amor y pasión por -nuestros dioses, cantamos y bailamos a las puertas de los templos de Júpiter, de Juno, de Marte y de Venus; en cambio ellos, en esas horas visten cilicio y se cubren la cabeza con ceniza, gimiendo y maldiciendo el día en que han nacido. Mas Jesús, ese hombre que demostró a su pueblo que Dios es un ser que ama la felicidad y el placer, fue perseguido y crucificado por ellos. Esa gente no quiere ser feliz con un dios feliz, y extraño es que los compañeros de Jesús y sus mismos discípulos, que conocieron su alegría y oyeron su risa, adjudiquen una imagen a su dolor y la adoren. Con esa imagen no se elevan hasta su dios, sino que lo rebajan al nivel de ellos mismos. De todo esto creo yo que ese filósofo de Jesús, que no es muy distinto de Sócrates, tomará pronto en sus manos el gobierno de su país y tal vez extenderá sus doctrinas a otras naciones; porque todos somos seres tristes que tenemos nuestras dudas infantiles. Si alguien nos dijera: "¡Alegrémonos con los dioses!, no titubearíamos en seguirlo. Extraño es, entonces, que el sufrimiento de ese hombre se haya convertido en dogma. Esos hombres quieren dar con un segundo Adonis. Pero confesemos, como un romano a un griego, que si nosotros estuviéramos en las calles de Atenas, nos asombraría la risa de Sócrates y olvidaríamos la copa de cicuta, aún cuando nos halláramos en el templo de Dionisio. ¿No se detienen nuestros padres, hasta hoy, en las esquinas de las calles, para comentar y hablar de sus males y gozar, por un instante de dicha, del recuerdo del triste final sobre cuyo camino han pasado nuestros grandes hombres?
PONCIO PILATOS Mi mujer me habló de él más de una vez, antes de traerlo sus enemigos a mi presencia, mas nunca me preocupó. Mi esposa es muy soñadora, como todas las mujeres romanas de su casta. Últimamente se ha entregado a los ritos y a las supersticiones de Oriente, que son para el imperio muy nefastas. Tanto como encuentren eco en el corazón de nuestras mujeres, en cuanto su peligro se agranda, por causa de las tales supersticiones, que pueden ocasionar nuestra ruina. Egipto murió y se eclipsó su poderío cuando las caravanas de los árabes le transportaron desde su desierto el Dios único. El esplendor de Grecia se vino abajo cuando desde las orillas de Siria partió Astarté para ocuparla, con sus siete doncellas. Yo no había conocido a Jesús antes del día en que me lo entregaron, como malhechos y enemigo de su pueblo y de Roma. Lo condujeron a palacio con los brazos atados con gruesa soga. Yo estaba sentado en el pabellón cuando llegó hasta mí, caminando con pasos atléticos y firmes. Se detuvo ante mí con la cabeza erguida. No puedo recordar ni imaginar lo que en ese instante pasó por mí; tuve súbitamente un deseo oculto y emocionante -no obstante no haber habido causa justificada en mi voluntad- de abandonar mi sitial y prosternarme ante él. Sentí como si el César hubiera entrado en mi casa, porque el que estaba parado delante de mí era más grande que la misma Roma. Esta emoción me duró un tiempo, pasado el cual vi en mi presencia un hombre modesto y simple, acusado de traición por su pueblo. Yo era su gobernador y su juez. Le pregunté por qué causa lo habían traído hasta mí, y no respondió, pero me miró; había mucho de compasión en su mirada, como si él fuera mi juez y mi gobernador. Se oían los gritos y la algarabía que afuera producía el pueblo, mas él permanecía callado, sereno y tranquilo, y en sus ojos se reflejaba la conmiseración. Salí y me detuve en la escalera del palacio; cuando el pueblo me vio cesó en su algarabía. -¿Qué deseáis con este hombre? -pregunté a la muchedumbre. -¡Queremos crucificarlo, porque es enemigo nuestro y de Roma! -contestaron al unísono. Había entre ellos quien acusaba: -¡Dijo que destruiría el templo! ¡Quiso reinar! ¡Nosotros no queremos más rey que el César! Regresé a la sala pretorial; allí estaba el reo de pie, solo, erguida la cabeza y honda la mirada. En ese momento me asaltó un pensamiento que había yo leído a un filósofo griego: "El solitario es el más fuerte de los hombres". Y es verdad; en aquel instante el Nazareno era más grande que todo su pueblo. No sentí por él alguna compasión, porque él estaba por encima de toda conmiseración. Al preguntarle si era el Rey de los judíos, no respondió. Le pregunté por segunda vez: -¿Dijiste que eras el Rey de los judíos? Y contestó con voz suave y serena: -Tú mismo me has proclamado Rey, y tal vez para eso he nacido; mas sólo he venido para testimoniar la Verdad. Pensad un poco sobre este hecho curioso: un hombre que habla de la Verdad cuando su pueblo lo conduce para ajusticiarlo. Me armé de paciencia, y repliqué en voz alta, como hablando conmigo mismo: -¿Y qué es la Verdad, y de qué le sirve al inocente cuando la mano del verdugo está erguida sobre su cabeza? Entonces Jesús contestó firme y enérgico: -Ningún hombre puede gobernar en el mundo sino por el Espíritu y la Verdad. -¿Y tú vienes del Espíritu? -También tú vienes del Espíritu, pese a que lo ignores. ¿Qué es el Espíritu y qué es la Verdad, en momento en que yo, por salvar el país y su pueblo, por mantener celosamente sus costumbres y sus ritos, entrego un hombre inocente al suplicio? Ningún hombre, ni pueblo, ni imperio alguno, desearán eludir el camino de la Verdad, si lleva a la meta de la perfección. Insistí en preguntar: -¿Eres el Rey de los judíos? -Tú lo has dicho. He llegado al mundo en esta hora. De todo cuanto me dijo fue esto lo único que no estaba en su lugar, porque, como sabéis, Roma es la única que ha triunfado en el mundo entero. En ese momento las voces atronadoras del populacho inquieto llenaban la sala. Le dije al reo: -Ven conmigo. Y me detuve con él en las gradas del palacio. Cuando el pueblo lo vio, clamó tumultuosamente. En medio de aquella marea tempestuosa de pueblo agitado, sólo se escuchaba esta condenación: -¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Lo restituí a los sacerdotes que me lo habían entregado y les dije: -Haced lo que os guste con este inocente. Y si queréis lo haré vigilar con soldados romanos. En el acto lo precedieron. Ordené que sobre la cruz se fijase este rótulo: "Jesús el Nazareno, Rey de los judíos". Sin duda, mejor hubiese sido: "El Rey Jesús Nazareno". Lo desnudaron y lo crucificaron. Podía haberlo salvado, pero eso hubiera incitado una insurrección en todo el pueblo. La cautela aconseja siempre al gobernante de una provincia romana, aceptar con paciencia todas las dudas y las supersticiones religiosas del pueblo vencido. Hasta ahora sigo creyendo que aquel hombre era al o más que un insurrecto. Las órdenes que dicté en aquea tragedia no fueron por mi voluntad; lo hice por Roma. Después de un corto tiempo salimos de Siria, y desde aquella fecha mi mujer estuvo triste y melancólica. Muchas veces la vi pasear por este hermoso jardín con el rostro sombrío, como si se desarrollara en su interior una tragedia. Luego supe que siempre hablaba de Jesús a las damas de Roma. Observad cómo el hombre cuya muerte yo había ordenado, vuelve desde el mundo de las sombras a refugiarse en mi casa; mientras yo sigo hasta ahora preguntando desde lo más hondo de mi ser ¿Qué es la Verdad...? ¿Qué es la Verdad? ¿Será factible que el Sirio nos convenciera en la quietud de nuestras noches? Esto, en realidad no puede ser, ya que Roma deben vencer los sueños de nuestras mujeres.
BARTOLOMÉ EN ÉFESO Dicen los enemigos de Jesús, que éste hacía sus propuestas a los esclavos y a los repudiados, incitándolos a la rebelión contra sus patrones. Dicen que siendo él también de la plebe y mientras pedía socorro para los de su clase, trataba de ocultar su origen. Pero hablemos ahora sobre los acólitos de Jesús y sobre su autoridad. En él principio eligió unos compañeros, para su obra, de gente del Norte, y todos eran libres, robustos, audaces y fuertes en el Espíritu. En los veinte años pasados han maravillado al mundo por su valor, por su voluntad inquebrantable y por su valor aún ante la muerte. ¿Creeréis, por ventura, que esos hombres eran esclavos o repudiados? ¿Cómo admitir que los grandes adalides y príncipes del Líbano y de Armenia, tan vanidosos de su linaje, se hayan destituido de su jerarquía y potestad para aceptar a Jesús como profeta de Dios? ¿Es de creer que esos nobles de Antioquía, Bizancio, Roma y Atenas se hubiesen dejado embaucar por la voz de un jefe de esclavos? El Nazareno no estaba junto al esclavo en contra de su amo, ni con éste en contra de aquél; porque era un Hombre superior a todos los hombres, y los arroyuelos que han transitado en los cursos de su fuerza, cantaban con el dolor y con la fuerza al mismo tiempo. Si la nobleza está en la protección, Jesús el Nazareno es el más noble que hay en la tierra, y si la libertad constituye el pensamiento, el decir y el hacer, Él sería el príncipe de todos los libres y de todos los siglos. No olvidéis que en la carrera sólo el más fuerte y veloz logra laureles. Y Jesús fue coronado por sus amigos y adeptos, tanto como por sus enemigos, sin que lo supieran, y hasta ahora Él recibe los trofeos de los triunfos, de las sacerdotisas de Artemisa en la sacristía de su templo.
MATEO Una tarde pasó Jesús por la Torre de David mientras nosotros íbamos detrás de él; de pronto lo vimos detenerse para colocar sus mejillas sobre las piedras de la prisión y exclamar: -¡Hermanos de mi antiguo día!: mi alma se conmueve con la vuestra detrás de estos muros, y desearía que os libertarais dentro de mi libertad, y marcharais conmigo y con mis compañeros. Estáis prisioneros, mas no estáis solos. ¡Numerosos son los que caminan en las calles amplias, no obstante tener las alas sanas! Son como los pavos reales, aletean pero no vuelan. "¡Hermanos de mi segundo día!: pronto os visitaré en vuestras cárceles y os ofreceré mis hombros para alivianar vuestras cargas, porque el inocente y el criminal no se separan uno del otro; son cual los dos huesos del brazo, que nunca se separan. "¡Hermanos de este día de hoy, que es mi día!: habéis nadado contra la corriente de los pensamientos de vuestros enemigos y os aprehendieron. Dicen que también yo nado contra esa corriente, y quizá me lleve pronto hacia vosotros, donde permaneceré como violador de la ley entre sus violadores. "¡Hermanos de un día que aún no ha Regado!: estos muros caerán y con sus rocas harán muchas formas de casas, las manos de Aquel cuyo martillo es la luz y cuyo buril es el viento. En cuanto a vosotros, os detendréis libres en la libertad de mi nuevo Día. Así habló Jesús y luego siguió su rumbo. Su mano fue acariciando el muro de la fortaleza hasta que abandonamos la Torre de David.
ANDRÉS La angustia de la muerte es, en verdad, menos amarga que la vida sin ella. Se enmudecieron los días y calláronse cuando se apagó su voz. Sólo permanece el eco que devuelve a mi memoria sus palabras, pero no su voz. Cierto día le oí decir: -Id al campo en vuestras horas de añoranza y anhelos, y sentaos al lado de los lirios, y los oiréis cantar a los rayos del sol. Los lirios no tejen vestiduras para vosotros, ni cortan madera ni piedra para vuestras casas, sino que entonan sus cantinelas. Y quien trabaja en la noche reemplaza sus necesidades y el rocío de su bondad moja sus pétalos. ¿Y a vosotros no os cuidará también Aquel que no sabe de la fatiga ni sabe dar tregua a su labor? Otra vez le oí hablar así: -Los pájaros del firmamento están conformes. Vuestro Padre los protege y los cuenta, lo mismo que cuenta los cabellos de vuestras cabezas. No caerá ningún ave a los pies del cazador; no encanecerá ningún cabello de vuestras cabezas ni caerá al abismo de la ancianidad sin que todo se haga por la voluntad de Él. En otra ocasión dijo así: -Os he oído susurrar en vuestros corazones, diciendo: "Es menester que nuestro Dios sea más clemente y piadoso con nosotros, que somos hijos de Abraham, que con esos que no lo conocieron desde el principio". Mas yo os digo: El patrón de la viña que requiere un obrero a la madrugada, para trabajar, y llama otro al atardecer, pagando igual paga a ambos, está libre de toda censura. ¿Acaso no paga de su bolsa y por propia voluntad? Es así como abrirá mi Padre las puertas de su palacio cuando los pueblos vayan a golpearlas. Y las abrirá a cualquiera de vosotros, porque sus oídos gozan con el mismo amor, tanto del nuevo canto como de las viejas canciones a que ya están habituados. Y festeja jubilosamente y de modo particular el nuevo canto porque es la cuerda menor en la cítara de su Alma. En otra oportunidad habló así: -Acordaos de estas palabras mías: "El ladrón es un hombre necesitado, el mentiroso es un hombre medroso y el vago a quien le prende el guardián de vuestras noches, es atrapado por el vigía de su misma lobreguez. Deseo que os compadezcáis de todos éstos. Si golpean las puertas de vuestras casas abridlas y convidadlos a vuestra mesa, y si los rechazáis seréis culpables por cualquier acto que cometieran". Un día lo seguí, como varios otros, hasta la plaza de Jerusalén, y allí nos contó la historia del hijo pródigo, y la del comerciante que vendió todo lo que tenía para comprar una joya. Mientras nos hablaba llegaron los fariseos trayendo una mujer que ellos llamaban "adúltera". La colocaron en medio del gentío y, rodeando a Jesús, le dijeron: -Esta mujer profanó el voto de fidelidad, cometiendo adulterio. . Posó Jesús su mano sobre la frente de la mujer pecadora y la miró largamente en los ojos; luego se volvió a los fariseos, y después de observarlos gravemente, se inclinó y comenzó a escribir con un dedo en la arena, los nombres y pecados de los fariseos. Mientras escribía vi que los acusadores se marchaban, unos tras otros, vencidos. Antes de que terminara Jesús no quedaban a su lado más que la mujer y nosotros. Miró nuevamente a la acusada y le dijo: -Has amado mucho, pero los que te han conducido a mi presencia muy poco han amado, y sólo te trajeron para inmiscuirme en sus ardides. Ahora vete en paz; ya no queda ningún acusador; y si quieres ser tan sensata cuanto eres amorosa, llámame, que el Hijo del Hombre no te juzgará. Me quedé admirado en ese entonces, sin saber si esto se lo dijo a ella, porque Él mismo no se hallaba libre de pecado. Desde aquel día estudio, investigo y medito. Ahora sé bien que un corazón puro disculpa al hombre esa sed que lo conduce a aguas putrefactas, y que sólo el fuerte puede tender su mano al caído. Y de cierto digo que la angustia de la muerte es, en verdad menos amarga que la vida sin ella.
UN HOMBRE RICO Jesús condenaba a los ricos. Un día le pregunté: -¿Qué debo hacer, Señor, para poseer la paz del Espíritu? Me ordenó entregar mis bienes a los, pobres y seguirle. Como él no posee nada no conoce lo que hay en el dinero y los bienes de seguridad para la vida y la libertad personal, y el respeto de afuera e interno. En mi casa hay ciento cuarenta sirvientes y esclavos; algunos trabajan en mis montes y otros dirigen mis naves a tierras lejanas. Si yo le hubiera escuchado, dando a los pobres mi dinero y todos mis bienes, ¿qué habría pasado con mis esclavos y sirvientes y sus respectivas familias? Sin duda alguna se habrían vuelto pordioseros y vagabundos como él y sus acólitos, y en ese estado andarían por las calles de la ciudad y por las galerías del templo. Ese buen hombre no ha sabido investigar el secreto que rodea al oro, y como él vivía con sus sectarios de la caridad pública, creyó que todos los hombres deberían vivir como ellos. He aquí ahora este secreto contradictorio: ¿Es deber de los ricos dar su fortuna a los pobres; que éstos deban poseer la copa y el pan del rico antes de ser recibidos por ellos, a sus mesas? ¿Es deber o es digno del Señor de la Torre, dar hospedaje a sus amigos sin que primero sea nombrado dueño y señor de la tierra? La hormiga que guarda su alimento para el invierno, es más sabia que las cigarras, que un día se alegran con sus canciones y otro pasan hambre. Dijo uno de sus secuaces en la plaza pública: -Sobre el portal del cielo, donde Jesús pone sus sandalias, ningún hombre es digno de poner su cabeza. Mas yo cuestiono: ¿Sobre el umbral de qué casa pudo aquel vagabundo y simple de corazón dejar sus sandalias, él que no tenía casa ni umbral y con frecuencia andaba descalzo?
JUAN EN PATMOS Deseo hablar de Él otra vez, pero como Dios me privó de la palabra, me dio en cambio la voz y los labios ardientes; y a pesar de no ser yo merecedor del Verbo perfecto, convoco mi corazón para que se pose sobre mis labios. Jesús me amó y no sé por qué. Yo lo amé porque Él elevó mi alma por sobre mi cabeza y la bajó a honduras insondables. El Amor es un misterio sacrosanto; los que verdaderamente aman no hallan palabras con qué definir su amor, mas aquellos que no aman creen que el amor es una burla cruel. Jesús me llamó a mí y a mi hermano mientras trabajábamos en el campo. Yo era joven; mis oídos sólo conocían la voz de la aurora, pero su voz puso punto final a mi trabajo y dio inicio a la era de mi amor y fascinación. Para mí sólo quedó, desde entonces, el caminar bajo el sol y adorar la Belleza de la Hora. ¿Puedes aceptar una sublimidad cuya sutileza impide su manifestación, o una belleza cuya luz no llega a nuestros ojos? ¿Podrás escuchar en tus sueños una voz que se avergüenza de su amor? Jesús me llamó y yo lo seguí. Esa tarde volví a la casa de mi padre para munirme de mi segunda vestidura, y dije a mi madre: -Jesús el Nazareno quiere unirme a los suyos. Mi madre me ordenó: -Sigue su camino como lo siguió tu hermano. Y seguí a Jesús. Me dio sus órdenes, pero para liberarme solamente, porque el Amor es hospitalario y generoso con sus huéspedes, pero su casa es espejismo y burla para los no llamados. ¿Queréis ahora que os aclare mejor los milagros de Jesús? Somos todos una señal milagrosa del tiempo, y nuestro Señor y Maestro es el punto medio de ese tiempo, mas Él no quiso que nadie lo supiera. Le oí una vez decir al paralítico: -Levántate y vete a tu casa, pero no digas al sacerdote que yo te he curado. El pensamiento de Jesús no se hallaba con los paralíticos, sino más bien con los fuertes y los erguidos. Su pensamiento buscó otros pensamientos, y los protegió, y su Espíritu perfecto visitó otros espíritus, y con este acto su Espíritu alteró aquellos pensamientos y aquellos espíritus, lo cual a la gente pareció un gran milagro; pero para nuestro Señor y Maestro era una cosa sencilla como el soplo del viento cotidiano. Y ahora hablemos de otras cosas. Un día me paseaba con Él en un huerto: los dos teníamos hambre; así llegamos a un manzano silvestre; en el árbol había dos manzanas; Jesús lo sacudió con sus manos, de tal suerte que cayeron las dos manzanas; las alzó y me entregó una, conservando la otra en su mano. Yo metí diente a la mía y cuando terminé de comerla vi que Jesús tenía aún, la suya en su mano, que me extendió, diciendo: -Toma y come esta también. La recibí avergonzado, pero el hambre me incitó a ello. Y mientras caminábamos observando su rostro... ¡Oh! ¿Cómo puedo contaros lo que en Él he visto? Vi una noche en cuyo espacio se quemaban los cirios de un sueño inabordable por nuestros sueños; un mediodía en el que los pastores se alegran mirando pacer su rebaño; una tarde serena y un silencio confortable y encantador; una casa para refugio del espíritu y un dormir tranquilo y un dulce soñar.. Todo eso he visto en su cara. Me dio las dos manzanas. Yo sabía que Él tenía tanto hambre como yo, y sé ahora que al darme las dos había satisfecho y saciado su hambre, porque había comido y gozado el fruto de un árbol desconocido. Quisiera contaros otras cosas más, pero ¿cómo me sería posible hacerlo?, porque cuanto mayor es el amor tanto más difícil es explicarlo o definirlo, y cuando la memoria se encuentra muy cargada, se encamina a buscar las honduras calladas.
PEDRO Cierto día me dijo mi Rabí y Maestro en Cafarnaúm: -Vuestro vecino es vuestro segundo "yo" que vive tras las paredes. Con la mutua comprensión sucumben todas las paredes. Y quién sabe si vuestro vecino no es vuestro mejor "yo" encarnado en otro ser. Procurad, entonces, quererlo tanto como a vosotros mismos. Es también una manifestación del Todopoderoso, que vosotros no conocéis. "Vuestro vecino es un campo en el cual se pasea la Primavera de vuestras esperanzas con su atavío verdoso. Vuestro Invierno sueña en él, con las cimas cubiertas de nieve. "Vuestro vecino es un espejo en cuya faz se refleja vuestra imagen alegre y triste; alegría y tristeza que vosotros desconocéis. Amad, pues, a vuestro vecino tal como os he amado yo. Entonces le pregunté: -¿Cómo puedo amar a un vecino que no me ama, que es envidioso y quiere quitarme lo mío, y muchas veces me roba? -Cuando aras y mientras tu siervo echa la semilla detrás de ti, ¿te detienes, acaso, para observar hacia atrás y ahuyentar un gorrión que baja al suelo a mitigar su hambre con un grano de los tuyos? Si así lo hicieras no serías digno de la bendición ni la riqueza de la siega. Cuando me hubo dicho eso tuve vergüenza de mí mismo, mas no me desanimé porque me fortaleció su sonrisa.
UN ZAPATERO EN JERUSALÉN Jamás lo amé, pero tampoco lo odié. Nunca presté oído a sus prédicas; prefería oír su voz melódica, que me era tan agradable. Todo lo que dijo era ambiguo e incomprensible a mis oídos y pensamientos, aunque la música de su voz era clara y sonora para mí. En verdad, si yo hubiera oído de labios de la gente la acotación de sus enseñanzas, no habría podido diferenciar si Jesús era amigo o enemigo del judaísmo.
JOSÉ, LLAMADO "JUSTUS" Dicen que era villano y una espiga endeble en una endeble y raquítica sementera; un hombre obtuso y bruto. Dicen que sólo el Viento peinaba sus cabellos y que sólo la lluvia lavaba su rostro y sus ropas. Dicen también que era un loco, y atribulan sus palabras a influencia de los demonios. Pero ese hombre ha retado a duelo a sus enemigos, y sus palabras continúan infundiéndoles temor, porque ningún ser humano puede detenerse ante Él. Cantó una melodía cuya resonancia nadie podrá interrumpir. Ella seguirá libremente vibrando de siglo en siglo, recorriendo los océanos, llevando el eco de aquellos labios que la modularon y el gran Espíritu que la engendró. Era un extraño; sí, sí; era un Peregrino que andaba en el Sendero del Sacrosanto Lugar. Era un Mensajero que venía a golpear nuestras puertas. Era un Huésped que venía de lejanas ciudades, y que no encontró entre nosotros cumplido y generoso hospedaje; por eso regresó al Lugar que le fue preparado desde la creación del mundo.
SUSANA, NAZARENA VECINA DE
MARÍA Conocí a María, madre de Jesús, antes de casarse con José el carpintero. En aquel momento las dos éramos solteras. María tenía visiones y oía voces, y hablaba de servidores celestiales que la visitaban en sus sueños. Los nazarenos tenían obvia preocupación por ella y la observaban en sus idas y venidas. La miraban con dulzura, porque su frente era alta y derechos sus pasos, mas unos decían que era loca, porque actuaba con entera libertad. Yo la consideraba como una mujer adulta, pese a su plena juventud, porque he visto una sazón de cosecha en sus flores y frutos, ya maduros, en su Primavera. Nació y creció en medio de nosotros, y sin embargo ha sido en nuestra aldea como una extraña del Norte. En sus ojos había siempre la sorpresa del extranjero que nunca nos vio. Tenía también el mismo orgullo de la vieja Myriam que con su hermana se había retirado del Nilo al desierto. Después se casó con José el carpintero. Durante su embarazo, de Jesús, María solía hacer paseos por los prados, y cuando regresaba traía en sus ojos una belleza encantadora y un hondo dolor. Y al nacer Jesús, me contó una amiga que María dijo a su madre: -No soy sino un árbol cuyas ramas aún no fueron podadas, sino observa este fruto. Estas palabras fueron oídas por Martha la partera. Luego de tres días fui a visitarla. En sus ojos se reflejaba sorpresa y su pecho estaba agotado. Tenía abrazado al niño como la concha que atesora su perla. Todos hemos amado al hijo de María y seguimos sus pasos con amorosos ojos, porque el niño estaba lleno de vitalidad. Pasaron las estaciones y sucediéronse las lunas, y llegó el niño a la pubertad. Era alegre; reía mucho. Nadie sabía lo que iría a ser ese niño que parecía extraño a nuestra raza. Nadie se animaba a reprenderlo, no obstante el peligro a que muchas veces se exponía por su tesón e intrepidez. Jugaba con sus compañeros, pero no podría aseguraros si estos jugaban con él. Cuando llegó a los doce años ayudó a un ciego a vadear el arroyo, y lo llevó hasta el camino real. El ciego, agradecido, le preguntó: -¿Quién eres, tú, niño? -No soy niño, soy Jesús. -¿Quién es tu progenitor? -Dios es mi padre. Se rió el ciego y agregó: -Has dicho la verdad, hijo mío. ¿Quién es tu madre? -Yo no soy hijo tuyo, y la Tierra es mi madre. -Entonces es el Hijo de Dios y de la Tierra el que me ha llevado. -Te conduciré a donde quieras y mis ojos acompañarán tus pies. Y crecía Jesús como una preciosa palmera en nuestros jardines, y cuando llegó a los diecinueve años era ya un mozo muy gallardo y bello como un gamo. Sus ojos eran dulces y llenos del asombro del día. Su boca tenía la sed de un rebaño en el desierto frente a un arroyo cristalino. Caminaba solo en los campos, mientras nuestros ojos y los de las mozas de Nazareth lo seguían con ternura, pero en presencia de los suyos todos nos sentíamos avergonzados, y como el Amor es púdico y vergonzoso ante la belleza, ésta es y siempre será el objeto y punto de mira del Amor. Y luego lo invitaron las estaciones a conversar en los jardines de Galilea. A menudo María le seguía los pasos para oír sus palabras y en ellas escuchar a su espíritu, mas cuando iba con sus amigos a Jerusalén no lo seguía, porque siempre en las calles de Jerusalén se mofaban de nosotros, los hijos del Norte, aunque vengamos con nuestro presente para el Templo. María era tan delicada que no quería ser causal de mofa de la gente del Sur. Jesús visitó otros países de Oriente y Occidente, y a pesar de no conocer nosotros el país que Él había visitado, nuestros corazones lo seguían. Mientras, María lo esperaba sentada en el umbral de su casa, mirando siempre al camino por donde tenía que volver al hogar. Y cuando regresaba Jesús a su casa venía María a decirnos: -Es enorme para que sea mi hijo; su elocuencia supera la inteligencia de mi corazón callado. ¿Cómo, pues puedo pretender que me pertenezca? Noté que María no pudo creer que la llanura engendrara la montaña, y en el candor de su corazón no: advirtió que la falda de la montaña era el camino a la cima. Ella conoció en Jesús al Hombre, pero como era su hijo no se atrevió a reconocerlo como tal. Un día fue Jesús al lago para encontrarse con sus amigos los pescadores; María me susurró al oído: -¿Quién es el Hombre, sino ese ser inquieto que surge de la Tierra y del ansia, y que se yergue camino del cielo? Mi hijo es un anhelo que viene de muy lejos; es todos nosotros elevándonos con nuestros anhelos hacia las estrellas. ¿Dije yo que es mi hijo? ¡Dios me perdone! Pero mi corazón me dice que soy su madre.
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