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DUARTE Y GASPAR HERNÁNDEZ Mientras «La Filantrópica», prácticamente dirigida, como sociedad dramática, por Juan Isidro Pérez y por José María Serra, realizaba desde el escenario una intensa labor de propaganda revolucionaria, Duarte no descansaba, por su parte, en la tarea de reunir prosélitos para la causa de la independencia absoluta. Con el fin de preparar también el ambiente en los países vecinos, en donde residían desde la época de la cesión de la isla a Francia numerosas familias oriundas de tierra dominicana, se dirigió en 1841 hacia Venezuela. En Caracas se hospedó en el hogar de sus tíos maternos, Mariano y José Prudencio Diez. Después de enterarlos de sus proyectos separatistas, y de lograr que ambos le ofrecieran su apoyo en favor de la libertad de su tierra nativa, se dedicó a visitar a todos los elementos dominicanos de algún relieve que a la sazón residían en la capital venezolana. En esta ocasión trabó amistad con José Patín, con Teófilo Rojas, con Hipólito Pichón, con Lucas de Coba, con Pedro Núñez de Cáceres, con Antonio Madrigal y con Antonio Troncoso y otros compatriotas residentes en Venezuela y los interesó a favor de la causa nacional para que en el momento oportuno ofrecieran parte de sus recursos económicos, y, en caso necesario, sus servicios personales, al grupo que en Santo -Domingo debía iniciar la revuelta contra las autoridades haitianas. Obtenida la promesa de ayuda de los dominicanos residentes en Caracas, Duarte emprende entonces la labor de conquista de las personas de nacionalidad venezolana que podían auxiliarle en su empresa. Gracias a las relaciones de su familia con personajes venezolanos que disponían de grandes influencias en la política de aquel país, pudo llevar a los círculos más distinguidos de la sociedad caraqueña el anhelo que ya empezaba a hervir en las conciencias dominicanas. Muchos venezolanos prominentes le hicieron protestas de adhesión a la causa que representaba, y prometieron secundar su obra en la hora precisa. La travesía se hacía en aquella época en barcos de vela que tocaban en diversas islas del Caribe. Duarte aprovecha la permanencia de la goleta en que viaja en cada uno de esos puntos de escala, para obtener en favor de la independencia nacional nuevas adhesiones. Su ascendiente personal, el extraordinario don de simpatía que le fue característico, le permitió hacerse oír donde quiera que estuvo en solicitud de ayuda para su patria oprimida. Desde su retorno al país, se acerca al presbítero Gaspar Hernández, con quien ya antes había tenido contactos que le permitieron medir la importancia del concurso que podría prestar a su causa el ilustre sacerdote peruano, y lo induce a incorporarse activamente a la cruzada emprendida por «La Trinitaria » en favor de la independencia dominicana. El gran cura limeño, seducido por el fervor revolucionario de su amigo, funda una cátedra de filosofía, y a ella acude Duarte con sus partidarios más fervorosos. Las clases se convierten desde el primer día en junta de conspiración contra las autoridades haitianas. El padre Gaspar Hernández riega con el vigor de su palabra la semilla sembrada ya por Duarte en la conciencia de un grupo de jóvenes que se asociaron a él bajo el juramento de morir o de rescatar la patria de la dominación extranjera. Cuando la influencia de Gaspar Hernández empieza a hacerse sentir en el alma de la juventud dominicana, ya el ideal de la independencia, concebido y calentado por Duarte, se halla en vías de concretarse en una realidad venturosa. Pero el apóstol no desecha ninguna oportunidad para mantener encendida esa aspiración en el grupo de los elegidos y para extenderla cada día con más fuerza a todas las esferas sociales. El elocuente sacerdote venido del Perú, de donde trajo un rabioso fervor españolista, secunda con calor los planes del ilustre caudillo que creó «La Trinitaria», y sus prédicas, transformadas en material explosivo gracias al celo fanático con que el fogoso predicador acoge la idea de la separación de las dos porciones de la isla, cunden en todos los espíritus y ganan continuamente nuevos prosélitos para el ideal de la independencia aun entre los hombres que menos confianza mostraban en el triunfo de las ideas revolucionarias. Todavía falta algo más a Duarte para la realización de sus planes. La juventud llamada a secundar sus ideas y a convertir las prédicas en actos cuando llegue el momento señalado, debe adiestrarse en el manejo de las armas y poseer toda la aptitud indispensable para intervenir en las operaciones militares que la expulsión de los haitianos del suelo nacional hiciera necesarias. El apóstol es el primero en dar el ejemplo a sus discípulos, e ingresa a la guardia nacional como «furrier» de una compañía compuesta de elementos nativos. Con el fin de que sus compañeros adquieran también los conocimientos indispensables y se familiaricen con la vida de los cuarteles, auxilia a los que carecen de medios económicos para que se provean de sus propias armas y de su propio uniforme. El celo que pone en el cumplimiento de sus deberes, como miembro de la milicia nacional, así como el ascendiente que aquí, como en todos los sectores donde actuó, obtuvo desde el primer día sobre las tropas, le permiten ascender en 1842 al grado de capitán del batallón en que ingresó algún tiempo después de su regreso de España. Aunque no es la carrera de las armas el centro de su actividad, Duarte posee dos años antes de iniciarse la guerra de la independencia, mayores conocimientos que cualquiera de sus compatriotas en el ramo de la milicia. El prócer estaba ya preparado para dirigir la rebelión contra los invasores. Todo lo ha previsto, y nada le falta ya para emprender, con seguridades de éxito, la obra de emancipar a los dominicanos del yugo con que Haití los oprime y los afrenta.
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