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Judas

JUDAS

La Trinitaria creció con rapidez asombrosa: poco tiempo después de instalada, ingresaron en ella jóvenes de todas las categorías sociales. Sólo permanecieron fuera de la institución los hijos de aquellas familias que a la sombra del gobierno de Boyer habían logrado conservar y aun extender en algunos casos las preeminencias de que disfrutaron bajo los gobiernos de la España Boba. La red de la conspiración se iba extendiendo con sigilo, pero tendía a abarcar a toda la sociedad de ascendencia española.

La obra de propaganda realizada después del 16 de julio de 1838 revela a Duarte como hombre dotado de energías portentosas. No puede perderse de vista, en efecto, que hasta el día en que surge «La Trinitaria» la flor del país coopera con las autoridades de ocupación. Algunos hombres notables, aunque sienten por la soldadesca de Boyer una repugnancia instintiva, colaboran activamente en la obra de desnacionalizar el país y de adormecer su conciencia con sofismas como el de la indivisibilidad de la isla y el del carácter irremediable de la dominación haitiana. Uno de aquellos hombres, el defensor público don Tomás Bobadilla, se había prestado a escribir el documento en que Haití respondía a los alegatos de España en favor de la restitución de la colonia a sus antiguos señores. Otros, como Buenaventura Báez y el presbítero Santiago Díaz de Peña, se disputaban en las asambleas de Puerto Príncipe la representación de sus provincias respectivas. Vencer ese estado de descomposición moral y combatir esa inercia aniquiladora, era la obra reservada a Duarte y a los que se asociaron a él para fundar «La Trinitaria».

Pero entre los nueve fundadores se había filtrado un traidor: Felipe Alfau. Pertenecía este fariseo a una familia más española que dominicana. Sacó al país, durante la colonia, todo género de gajes y se alió, después de la independencia, al partido de los anexionistas y al de los sostenedores más implacables de la tiranía de Santana. El padre de Felipe, don Julián Alfau, fue de los que en la Junta convocada por Duarte, en vísperas de la llegada al país del ejército de Charles Hérard, se ladeó en favor de la prudencia y pidió que se desechara toda idea de resistir al invasor en nombre de la cordura.

Felipe Alfau, si bien fue un hombre de valor y acaso rivalizó con Santana como conductor de tropas y como estadista de voluntad enérgica, parece haber sido un político de temperamento díscolo y de susceptibilidad exagerada. Después de haber recibido toda clase de distinciones del héroe del 19 de marzo, se disgustó por un motivo baladí de su protector y le miró desde entonces con cierta hostilidad rencorosa. Luchó con arrojo frente a los haitianos en «El Memiso» y en «Sabana Larga», donde su dirección influyó poderosamente en el triunfo de las armas dominicanas. Pero no amó al país, y a lo que en realidad servía, cuando peleaba contra Haití, era a sus sentimientos españolistas furibundamente arraigados. Tenaz, como buen aragonés, aunque accidentalmente nacido en territorio dominicano, empleó desde el primer día todo su poder de fascinación y todo el prestigio vinculado a su apellido para inclinar a Santana en favor de la reincorporación de la República a España.

Hay que reconocer, en honor suyo, que fue leal a su sangre y a su raza, aunque en los días difíciles que precedieron a la independencia fue de los que se plegó, como Caminero y como Bobadilla, a los dominadores indeseables. Si sirvió fielmente al hatero de «El Prado» durante los primeros tiempos de su hegemonía política, también fue de los autores intelectuales de la anexión, esto es, fue uno de los hombres que más trabajaron en desprestigio de Santana. Al hijo de Julián Alfau se debió en gran parte que el futuro Marqués de las Carreras, un déspota cegado por la codicia y el orgullo, aceptara la reanexión a España en vez de negociar, como parecía desearlo la corriente de opinión más respetable del país, un simple protectorado. Por egoísmo o por un sentimiento de rabiosa y estúpida adhesión a la tierra de sus antepasados, Felipe Alfau señaló desde el primer momento a su jefe el partido menos digno y menos aconsejable: el del sacrificio total de la independencia solución repudiada por la casi universalidad de los dominica. nos, que deseaban la ayuda de España para sostener su libertad, pero que no querían esa protección a trueque de una servidumbre absoluta. Si en vez de Felipe Alfau, hombre más afecto a España que a su propia tierra nativa, el escogido pan negociar con los ministros de Isabel II hubiera sido un santanista del tipo de Alejandro Angulo Guridi, dominicano de fibra patriótica más pura que la del desertor de la sociedad «La Trinitaria», acaso se hubiese logrado un acuerdo más satisfactorio para el país y sin duda más duradero que el que tuvo por base la reincorporación pura y simple del territorio nacional a la monarquía española.

Pero Felipe Alfau, aunque figuró entre los primeros miembros de «La Trinitaria», no compartió el idealismo de Duarte ni fue capaz de medir la grandeza de su apostolado.

Cuando «La Trinitaria», la cual llevaba apenas algunos años de existencia, trató de extender fuera de la antigua capital de la colonia su obra de propaganda clandestina, Duarte eligió a Simón, nombre con que era conocido Felipe Alfau en el seno del grupo revolucionario, para que llevara la semilla separatista al Cibao. Pero Alfau, quien ya desconfiaba del triunfo de la causa de la patria y se disponía a entenderse con los haitianos que conspiraban contra el gobierno de Boyer, se negó a aceptar la comisión y aludió con desdén a los esfuerzos que realizaba el partido de la independencia. Su actitud se hizo desde aquel día sospechosa. Todo hacía esperar de él una delación que pusiera a Duarte y a sus adictos a merced de las autoridades haitianas. Los hechos demostraron luego que esas sospechas no eran infundadas. Alfau fue quien denunció al general Riviére los planes separatistas de los patriotas de «La Trinitaria». Los treinta dineros que este Judas recibió por su traición consistieron en el grado de coronel del batallón de guardias nacionales, que todavía en 1843 subsistía en la antigua capital de la colonia.

Todos los trinitarios vieron desde entonces como un desertor a este malvado. La siguiente anécdota pinta el grado de animadversión que le cobró Sánchez al perjuro. En las postrimerías de 1844, después de una corta estancia en Irlanda, llegan a Nueva York algunas de las víctimas del decreto que condenó a destierro perpetuo a Duarte y a los principales caudillos de la Puerta del Conde. Un día en que Francisco del Rosario Sánchez, Ramón Mella y Pedro Alejandrino Pina, quienes figuraban entre ese grupo de inmigrantes, acosados de su país por el despotismo naciente de Santana, atravesaban una de las calles portuarias de la gran urbe, tropezaron inesperadamente con Felipe Alfau. Mella y Pedro Alejandrino Pina, desconcertados por aquel encuentro súbito, corrieron hacia el compatriota para abrazarlo con entusiasmo efusivo. Sánchez, en cambio, miró con acritud al consejero de Santana, al antiguo Simón de las conjuras secretas de «La Trinitaria», y le volvió orgullosamente la espalda.

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