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EL BESO DE LA GLORIA La bizarría de los separatistas sorprendió a los invasores, que no esperaban semejante golpe de audacia. La intención de resistir en los recintos fortificados, tales como la capitanía del puerto y la Fortaleza Ozama, fue desechada por el gobernador Desgrotte cuando varios regimientos, casi totalmente compuestos por elementos nativos, se asociaron a sus compatriotas y volvieron las armas contra las autoridades haitianas. El cónsul de Francia, Juchereau de Saint Denys, quien había servido de conducto a Buenaventura Báez y a los que participaban de la idea de constituir un nuevo Estado bajo la tutela de -un gobierno extranjero, intervino cerca de los ocupantes para convencerlos de la inutilidad de cuantos esfuerzos pudieran hacer para impedir el triunfo de la rebelión iniciada en la Puerta del Conde, y el gobernador Henri Etienne Desgrotte capituló, abandonando la capital de la antigua colonia española casi sin efusión de sangre. Varios días después, las armas dominicanas consolidaron en Azua y en Santiago de los Caballeros, con espléndidas victorias sobre las fuerzas de ocupación, la República creada por Duarte y por los que como él creyeron en la utopía de la independencia absoluta. Con el nombre de Junta Central Gubernativa fue constituido, el 6 de Marzo de 1844, un organismo llamado a ejercer el poder público y a preparar el país para el disfrute de su soberanía, vaciando la república incipiente en moldes constitucionales. El pueblo, libre ya de toda servidumbre y dueño por primera vez de sus destinos, reclamó la presencia de Juan Pablo Duarte, creador de aquella realidad portentosa que superaba los sueños de los más optimistas, y la Junta Provisional, presidida por Ramón Mella, envió un buque a Curazao en busca del proscrito. Uno de los nueve idealistas que fundaron «La Trinitaria», el prócer Juan Nepomuceno Ravelo, recibió el encargo de notificar al apóstol la constitución de la República, y de invitarlo a reintegrarse a la heredad por él emancipada. Muchos amigos del desterrado pidieron que se les incorporara a la comitiva, deseosos de compartir con Ravelo el honor de acompañar al seno de la Patria al más grande de sus hijos, y la Junta Central Gubernativa, dominada por el entusiasmo público, se inclinó ante la voluntad de los admiradores de Duarte, y autorizó la salida, el primero de marzo de 1844, de la goleta «Leonora», la primera embarcación que paseó por los mares de América el pabellón enarbolado dos días antes en la Puerta del Conde. Otro prócer, Juan Alejandro Acosta, fue honrado con el mando de la nave, que despegó aquel día de las costas dominicanas. Mientras la goleta «Leonora» ‘navegaba hacia Curazao, Duarte esperaba con angustia en aquella isla nuevas de la Patria. El 28 de febrero, un día después de haberse proclamado la independencia, recibió una carta en que su madre le anunciaba que la familia había aceptado el sacrificio por él pedido, y que todos los bienes que dejó Juan José Duarte se entregarían inmediatamente para hacer posible, según sus deseos, el movimiento revolucionario. El mismo día recibió también cartas de su hermano Vicente Celestino y de algunos de sus partidarios más fervorosos. Todas estas comunicaciones respiraban optimismo, y en ellas se traslucía un entusiasmo incontenible por la proximidad del momento en que estallaría la revuelta. Para calmar las ansias del proscrito, doña Manuela Diez le anunciaba que un buque costeado por la familia, iría en su busca antes de que la independencia fuese proclamada. Desde aquel día Duarte, acompañado de Pina y de Juan Isidro Pérez, no se apartaba del muelle de Curazao, desde donde oteaba sin cesar el horizonte en la dirección en que debía llegar el barco deseado. El 6 de marzo, los tres próceres alcanzaron a ver, al fin, en alta mar, un barco de vela que lucía en el mástil un pabellón para ellos bien conocido: era aquélla una insignia nunca vista en aquel puerto, centro de una constante actividad comercial, adonde acudían naves procedentes de todos los países del mundo. Cuando el barco atracó al muelle, Duarte, poseído de alegría frenética, saltó ágilmente sobre cubierta y se arrojó en brazos de Juan Nepomuceno Ravelo. El corazón del caudillo separatista latió con más violencia que nunca al abrir el sobre de la carta en que la Junta Central Gubernativa le decía lo siguiente: «El día 27 de febrero último llevamos a cabo nuestros proyectos. Triunfó la causa de nuestra Separación con la capitulación de Desgrotte y de todo su Distrito. Azua y Santiago deben a esta hora haberse pronunciado. El amigo Ravelo, portador de la presente, les dará amplios detalles de lo sucedido, y les informará de lo necesarios que son el armamento y los pertrechos. Regresen tan pronto como sea posible para tener el honor y el imponderable gusto de abrazarnos; y no dejen de traer el armamento y los pertrechos, pues los necesitamos por temor a una invasión.» La escena que luego se desarrolló entre los próceres, sobre la cubierta de la goleta «Leonora», fue de una emotividad inenarrable: toda la tripulación se aglomeró en torno a los proscritos, y Duarte, el más alegre de todos, conoció aquel día la felicidad, una felicidad semejante al gozo que invade el corazón del hombre cuando le anuncian el nacimiento de un hijo. Los amigos que los desterrados habían hecho en Curazao se unieron al regocijo de los patriotas dominicanos y las autoridades de la colonia, informadas del arribo del buque, empavesado con una bandera en cuyo centro lucía una cruz blanca, hicieron desde aquel momento objeto de manifestaciones de calurosa simpatía al joven apóstol, a quien todos los recién llegados aclamaban como el fundador de la nueva república que acababa de nacer en la cuenca antillana. Bajo la tolerancia amistosa de la policía insular, Duarte se dedicó en los días siguientes a reunir las armas y pertrechos que la Junta Central Gubernativa reclamaba con urgencia, y en la noche del catorce de marzo arribó en la goleta «Leonora» al puerto del Ozama. La ciudad de Santo Domingo esperaba ansiosamente desde hacia varios días la llegada del iniciador del movimiento separatista. Varios miembros de la Junta Central Gubernativa habían ofrecido un valioso obsequio al primero que avistara en el horizonte el navío. Algunas personas, entre ellas un lobo de mar a quien se daba popularmente el nombre de «Pedro el Vigía», velaban a toda hora desde las atalayas del puerto del Ozama. La circunstancia de haber entrado el buque en la ría después de la medianoche, dio lugar a que el arribo se efectuara en silencio. Los tres proscritos quisieron saltar en seguida al muelle para dirigirse a sus hogares. Pero el capitán de la «Leonora», el ilustre marino Juan Alejandro Acosta, pidió a los viajeros que permanecieran a bordo hasta el siguiente día, porque su deber era dar parte primero de la llegada a la Junta Central Gubernativa. El capitán de la nave bajó luego al muelle y se internó embozado en la ciudad silenciosa. Sólo Pedro, el Vigía, se dio cuenta a última hora del arribo de aquel buque que llegaba rodeado del mayor misterio, y siguió discretamente los pasos a Juan Alejandro Acosta. El gran marino atravesó la Puerta de San Diego y subió hacia la calle del Comercio para dirigirse a la morada de doña Manuela Diez viuda de Duarte. Su seguidor le vio golpear en una de las ventanas de la casa número 96 de la misma calle, y pocos minutos después tropezó con Vicente Celestino Duarte, que corría en dirección al muelle. Estos indicios bastaron a Pedro el Vigía para adivinar el sentido de tales actitudes, y sin perder tiempo empezó a golpear con sus anteojos las puertas del vecindario y a gritar a voz en cuello: « ¡Albricias, albricias, el general Duarte ha llegado!» Sorprendida en su lecho por los gritos de Pedro el Vigía, la ciudad entera despertó alborozada. Las luces se fueron encendiendo como por encanto, y en muchos hogares, a pesar de lo avanzada de la hora, se adornaron las ventanas con banderas. La casa de doña Manuela Diez fue invadida por una multitud fervorosa. La gente acudía en espera de que el apóstol llegara de un momento a otro. Tomás de la Concha, prometido de Rosa Duarte, puso término a la expectación general anunciando que el desembarco no se efectuaría, según orden de la Junta Central Gubernativa, que deseaba recibir dignamente a los recién llegados, hasta el siguiente día en la mañana. El 15 de marzo amaneció agolpada una inmensa multitud en los alrededores de la Puerta de San Diego. Una comisión de la Junta Central bajó al muelle a las siete de la mañana con el objeto de ofrecer al libertador los saludos oficiales. Cuando Duarte puso el pie en tierra, las tropas, alineadas frente al puerto, le rindieron honores, y las baterías del Homenaje le saludaron con los disparos de ordenanza. El Arzobispo don Tomás de Portes e Infante fue el primero en estrechar entre sus brazos al apóstol y en darle la bienvenida, en nombre del pueblo y de la Iglesia, con las siguientes palabras: «Salve, Padre de la Patria.» El desfile desde el muelle hasta el Palacio de Gobierno se inició en medio de aclamaciones incesantes. Al llegar la comitiva a la Plaza de Armas se levantó de improviso un clamor unánime para pedir a la Junta Central Gubernativa que confiriera al prócer el titulo de General en Jefe de los Ejércitos de la República. Desde el Palacio de Gobierno, en donde la Junta Central le entregó las insignias de General de Brigada, el Padre de la Patria se encaminó, seguido por una muchedumbre frenética, hacia la casa que ocupaba su familia en la calle del Comercio. El nuevo desfile, revestido de proporciones apoteóticas, fue un acontecimiento nunca visto hasta entonces en la Ciudad Primada. Banderas flamantes, bordadas en aquellos mismos días de embriaguez patriótica, lucían en las puertas de todos los hogares. Los vítores al caudillo de la separación atronaban el espacio, y de todas las bocas salían bendiciones para el patriota sin mácula que rescató el territorio nacional del dominio extranjero. En el hogar esperaban al Libertador su madre, doña Manuela Diez, y sus hermanas, convertidas desde el amanecer del 27 de febrero en centro de la devoción del pueblo, que veía reflejada en aquellas mujeres la gloria del recién llegado. El traje negro que vestía la anciana avivó de golpe en la memoria del apóstol el recuerdo del desaparecido. En medio del júbilo general, del entusiasmo de los viejos discípulos de «La Trinitaria» y de los vivas de las multitudes aglomeradas ante la casa del Padre de la Patria, aquel recuerdo dominaba el ambiente y se sentía flotar en todas partes como un huésped incómodo. Doña Manuela y sus hijas compartían, con más título que nadie, la alegría de la ciudad embanderada. Pero su dolor, aún reciente, no les permitía gozar en toda su plenitud del entusiasmo y el fervor generales. Fue preciso que José Diez y Ramón Mella hicieran a la viuda y a las huérfanas reconvenciones cariñosas para que abrieran al pueblo las puertas de su hogar en duelo y participaran también de las satisfacciones de aquel día de júbilo. El presbítero Bonilla secundó las súplicas anteriores dirigiendo a doña Manuela esta amonestación afectuosa: —Los goces no pueden ser completos en la tierra. Si su esposo viviera, el día de hoy le proporcionaría una de esas dichas de las que sólo es dable disfrutar en el cielo. ¡Dichosa la madre que ha podido dar a la patria un hijo que tanto la honra! Aunque el recuerdo de su padre, a quien la muerte prematura no permitió gozar del triunfo de su hijo ni de la independencia de la patria, ennegrecía el pensamiento de Duarte, fue aquél, sin duda, el único día feliz para este hombre limpio y virtuoso. Fue el único de toda su vida en que se sintió unánimemente querido, y en que fue festejado. El 15 de marzo de 1844 fue también el único día en que tuvo la sensación de haber recibido sobre la frente el beso de la popularidad y el beso menos cálido, pero más duradero, de la gloria.
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