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El Misticismo

EL MISTICISMO DE DUARTE

Todos los hijos de doña Manuela Diez y de Juan José Duarte se hallan dotados de una emotividad que enternece. Casi todos nacen con una marcada inclinación al misticismo, y sus sentimientos, en las distintas esferas donde actúan, son generalmente extremados.

Cierta sensibilidad enfermiza, muy pronunciada en todos los miembros de esta  familia, preside sus actos y rodea a veces sus acciones más sencillas de un sentido impenetrable.

La reacción espiritual de cada uno de los Duarte frente a los acontecimientos que se registran en su vida, se produce sin violencia, pero de manera que espanta y conmueve al propio tiempo, por el grado de intensidad que alcanzan en sus temperamentos esas crisis afectivas. Sandalia, la menor de las hermanas de Juan Pablo Duarte, es raptada en plena adolescencia por un bergantín de corsarios norteamericanos: es tan tremendo el estupor que el hecho engendra en aquella sensibilidad virginal, que la pobre niña no puede sobrevivir al ultraje que recibe y muere poco después consumida por indomable tristeza. Manuel, el más joven de los hermanos, profundamente conmovido por la iniquidad de Santana que lo condena juntamente con su madre y sus hermanas al destierro, pierde la razón y queda desde el mismo día en que se le notifica la orden de extrañamiento sumido en una especie de locura ensimismada.

Cuando Tomás de la Concha es conducido al patíbulo juntamente con Antonio Duvergé y las demás victimas del 11 de abril, Rosa Duarte, quien ama desde la niñez al joven trinitario, hace voto de castidad y continúa queriendo hasta más allá de la muerte al prometido, cuyo recuerdo vive desde entonces en el corazón de la novia como la imagen del amor inolvidable. En la vida del fundador de la República, tal vez el más sano y varonil de estos seres de naturaleza apasionada, abundan también las actitudes que se llevan hasta los últimos límites de la abnegación con energía aterradora. Los veinte años que pasa sepultado en el Apure o errante por las selvas del Orinoco, bastan por sí solos para poner de manifiesto hasta qué punto llevó este visionario su desdén del mundo y su desprecio de las glorias humanas.

No es de seres comunes esta emotividad caudalosa. Algo extraordinario debió de haber puesto la naturaleza en esos temperamentos virginalmente sensibles. Los mismos amigos que conocieron íntimamente a Juan Pablo Duarte y a sus hermanos, se sintieron muchas veces temerosos de que la sensibilidad que cada uno de ellos poseía como un don del cielo, los pudiese arrastrar a decisiones desesperadas. El día 25 de diciembre de 1845, el Padre de la Patria recibe desde Cumaná una carta donde Juan Isidro Pérez le ruega, con acento patético, que no se deje matar en el destierro por la inanición y la melancolía:

«Vive, Juan Pablo, y gloríate en tu ostracismo y que se gloríe tu santa madre y toda tu honorable familia... Mándame a decir, por Dios, que no se morirán ustedes de inanición- mándamelo a asegurar porque esa idea me destruye... » Sabía Juan Isidro Pérez, amigo del fundador de «La Trinitaria» desde los días de la infancia, que Duarte era capaz de adoptar toda clase de resoluciones extremas: la de no probar alimento como protesta contra la vejación que en su persona se hacía a la virtud y a la inocencia, la de dejarse invadir en tierra extraña por una tribulación excesiva, o la de entregarse poco a poco a la muerte como quien pierde la voluntad de vivir sea por horror a la maldad de los hombres, o sea por deseo de sustraerse a la abyección cotidiana.

La sensibilidad excesiva se encuentra en Duarte y en sus hermanos combinada con una incontenible tendencia al misticismo. El Padre de la Patria nació con vocación para santo. Los veinte años que pasó recluido en el desierto como un monje en su celda, el calor apostólico que puso en sus palabras y en sus actos, su imperio sobre sí y sobre sus apetitos más naturales; su desprecio por el poder, pasión de demagogo vulgar o de político ambicioso; su sentido abnegado del patriotismo, fuerza que actúa sobre él como una especie de exaltación religiosa; sus concepciones políticas, influidas por el Cristianismo hasta el extremo de que la cruz, símbolo de amor y emblema de concordia, preside los colores de la bandera con que dota a la República; la fe con que sostiene sus ideas y otras muchas circunstancias de la misma índole, manifiestas tanto en su obra como en su propia vida, demuestran que hubo en el alma de Duarte algo que identifica al hombre de acción con San Francisco de Asís o con cualquiera otra de esas  criaturas bienaventuradas que la Iglesia ofrece a nuestra veneración en los altares. Es indudable que el santo convertido por el patriotismo en un héroe capaz no sólo de acciones abnegadas, sino también de actitudes sublimes y de lances intrépidos, dispuso de la energía necesaria para organizar y dirigir sus milicias con el sentido épico y con el entusiasmo férreo con que formó las suyas San Ignacio de Loyola. «La Trinitaria» fue en realidad una especie de «Compañía de Jesús», donde los admitidos debían actuar como soldados, prestos a morir por su idea y a participar con un invencible espíritu de sacrificio en las controversias humanas. Pero por debajo del combatiente, del soldado de una causa sagrada, capaz de entrar con corazón indómito en la arena de los combates, existió en Duarte el ángel incorruptible, el ser infinitamente diáfano en quien el estiércol humano se convierte en algo tan puro como el éter ligero.

Si Duarte no ingresó al sacerdocio fue, sin duda, porque se lo impidió su obsesión patriótica. Perdido en las selvas de Río Negro e incomunicado en el Apure de toda relación con el mundo, piensa noche y día en su país y se resiste a incorporarse a una orden religiosa, no obstante el atractivo que sobre él ejerce la vocación sacerdotal, porque lo detiene el presentimiento de que la República seria nuevamente víctima de la codicia extranjera. Pero la actitud que adopta en el momento decisivo de su existencia es la única que hasta cierto punto concilia las dos tendencias poderosas que obran sobre su espíritu: la que lo inclina al apostolado patriótico y la que lo llama insistentemente a los altares. El aislamiento a que se condena en el desierto le permite sustraerse a las vanidades de la vida y disfrutar en la soledad de los placeres de la meditación religiosa; y el destierro prolongado que se impone a sí mismo lo preserva del contagio político y le ofrece a la vez la oportunidad de contemplar, desde playas distantes y serenas, el desconsolador espectáculo de sus conciudadanos que viven en la discordia y contribuyen con sus rencillas a retardar la entrada del país en el régimen de las instituciones.

Dos actitudes más pueden aún señalarse como testimonio de que el Padre de la Patria fue un místico en quien el sentimiento de algo superior se manifiesta de un modo extraordinario: su espíritu de resignación y la fuerza que puso en sus resoluciones. Perseguido por la fatalidad, echado como un vulgar malhechor de su país, errante en las selvas o solitario en medio de los hombres, pobre hasta carecer de lo más indispensable; privado del abrigo de un hogar y de los afectos más ele-mentales, como el de la mujer o el del hijo, no doblega la cabeza ante el infortunio ni se le ve adoptar jamás una actitud destemplada. La resignación, una resignación verdaderamente heroica, es lo que caracteriza a este Job del patriotismo, para quien el destino parece haber cambiado el orden de sus leyes, pero quien en medio de su estercolero mantuvo intacta la niñez de su espíritu y conservó la virginidad de su ilusión que poseyó la virtud de ser interminable como la vida y eterna como la esperanza. No menos grande fue la energía moral con que Duarte mantuvo sus propósitos. Proscrito por Santana en 1844, se propuso permanecer alejado del país mientras las furias del odio y de la discordia imperaran sobre su tierra nativa. Durante veinte años mantuvo sin flaquear esa consigna y ni la pobreza ni la necesidad de reposo físico que experimentó en el desierto, donde la salud empezó a abandonarlo, fueron parte para reducirlo a quebrantar esa resolución que hubiera arredrado a cualquier otro hombre de naturaleza más débil o de voluntad menos aguerrida.

Agréguese aún, si se quiere completar la fisonomía de esta personalidad extraordinaria, el don profético que acompañó desde la juventud al Padre de la Patria. Los hombres que creen con exaltación en sus ideas, aquellos a quienes acompaña una fe ilimitada y profesan sus ideales con una especie de idolatría supersticiosa, son precisamente los que suelen poseer un sentido de adivinación más certero. El misticismo de estos seres extraños, dotados de una facultad de videncia de que carece el común de los mortales, se manifiesta muchas veces por un don de segunda vista que les permite adelantarse a las realidades inmediatas. Llamados por la naturaleza a participar, gracias a su instinto adivinatorio o a su fe desorbitada, de uno de los privilegios característicos de los dioses, tales hombres creen cuando en torno suyo la esperanza ajena vacila o se desploma; afirman, cuando los demás se desconciertan en un laberinto de dudas y de contradicciones; se anticipan, en fin, a los acontecimientos, y presienten que la utopía de hoy será la realidad de mañana. Duarte poseyó en gran medida esa facultad extraordinaria. Creyó en la Patria, y el día en que era mayor la incertidumbre reinante sobre su porvenir, todavía incierto y oscuro, hizo alarde de su fe en una nacionalidad imperecedera y mostró hecho carne a sus conciudadanos atónitos el sueño de la independencia absoluta.

Pero Duarte fue un espíritu lleno de madurez y de equilibrio no obstante haber poseído una sensibilidad desmesurada. Los actos que realiza, en los momentos críticos de su existencia, no son en él indicios de excentricidad ni testimonios de locura. Los veinte años que pasó en la selva, perdido para su familia y para el mundo, hasta el extremo de que se le juzgó muerto hasta el día de su reaparición en 1864, se explican por las cualidades excepcionales de su carácter más bien que por un acceso de misantropía morbosa. Ese enterramiento en vida acto inconcebible por la cantidad de paciencia y de resignación que revela, es una evidencia inequívoca de la intrepidez del ánimo de Duarte y del imperio abrumador que el hombre ejerció sobre sí y sobre sus pasiones.

Son pocas las figuras del santoral católico que pueden exhibir una abnegación semejante. Entre los hombres comunes, entre aquellos que conservan algo de la bestia primitiva y a propósito de los cuales se puede hablar del «animal humano», no hay uno solo que haya sido capaz de tanto sacrificio ni de tanta entereza. La persecución implacable de que fue objeto se explica en gran parte por la diferencia que reinó entre su nivel moral y el de sus contemporáneos. Santana, Bobadilla, Caminero, Ricardo Miura, Báez, Santiago Díaz de Peña, hombres llenos de orgullo y de ambición, pobres pecadores que hociquean sin pudor en el cieno de la política, no podían tolerar la presencia entre ellos de un ciudadano tan insultantemente probo; y de ahí que, sin razón alguna que lo explique, hayan hecho desde el primer día a esa probidad insólita una guerra sin cuartel, como si todos, sin poder evitarlo, se sintieran ofendidos por su pulcritud y escandalizados por su pureza.

¡Singular familia la del fundador de la República! Sus condiciones espirituales de excepción pueden hacernos creer a veces que algunos de los hijos de Juan José Duarte y de Manuela Diez, fueron seres enfermos en quienes el mismo amor a la patria cobra con frecuencia el sesgo aterrador que suelen adquirir las reacciones del sentimiento en todas las personas de sensibilidad extraviada. Pero lo que en los miembros de aquel hogar podría acaso atribuirse a excentricismos o a posibles enfermedades de la razón o del espíritu, no es sino el fruto de un exceso de vida y de salud moral que unas veces se manifiesta, como en el caso del Cristo errante que deambula por espacio de veinte años al través de las selvas del Orinoco, por medio de actos de abnegación casi aterradores, y que otras veces se desborda en llanto y en melancolía, como en el de la virgen raptada que no quiso sobrevivir a su deshonra e inclinó para siempre la cabeza como la flor doblegada por la lluvia.

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